Los años pasaron largos y felices para Odiseo y Penélope. No así para Telémaco, encargado de administrar los asuntos del reino y de mantener a raya las conjuras y conspiraciones. Odiseo pensaba que, muerto Eupites, padre del ignominioso Antinoo y principal agitador de los pretendientes después de la matanza, se habían terminado los días aciagos para dar paso al fin a una época de paz y bonanza. Nada más lejos de la verdad, pues Eupites había regado toda Ítaca con su simiente y algunas de sus crías habían alcanzado ya la edad de reclamar lo que a Antinoo le fue negado.
Los ojos de aquellos jóvenes, ansiosos por vengar a su padre y a su hermano, miraban fija y codiciosamente el trono y la hacienda de Odiseo. Tramaban en lo oscuro, en silencio, tejiendo sus perniciosas redes, y Telémaco les seguía los pasos desde el anonimato, tratando de complicar o desarticular sus planes con sus limitados recursos. Habría sido más sencillo asesinarlos uno a uno, pero aquello habría generado un escándalo imposible de ocultar a Odiseo. La vida era dura y difícil para Telémaco, que debía conducir un reino solo, sin ningún tipo de ayuda o asistencia, y sin poder revelarse como quien realmente era, el basileus sagrado de Poseidón.
Cierto día, mientras Telémaco se paseaba en el patio principal abrumado por sus muchas tribulaciones, llegó a las puertas de palacio un muchacho famélico, andrajoso, con el cuerpo surcado de heridas. El extranjero solicitaba entrevistarse con el rey Odiseo y aunque fue echado por los guardias, que lo tuvieron por un vulgar pordiosero, volvió una y otra vez a plantarse en la puerta, desde donde clamaba con su voz quebradiza:
—¡Rey Odiseo, vengo desde Ísmaro buscando noticias de mi padre!
Cuando Telémaco lo escuchó se acercó a las puertas custodiadas por los guardias. Lo miró de rodillas, sollozando y repitiendo, cada que recuperaba el aliento, la misma consigna. El corazón de Telémaco se contraía al escuchar la súplica de aquel muchacho, pues él también había tocado a las puertas de otros reinos buscando noticias de su propio padre; era como verse a sí mismo antes de que Odiseo volviera al hogar.
—¡Déjenlo pasar! —ordenó Telémaco.
Los guardias, sujetando al muchacho por las axilas, lo arrastraron al interior del palacio hasta ponerlo a sus pies.
—¿Quién eres? —le preguntó, al tiempo que ordenaba a los sirvientes que le trajeran agua y algunas viandas.
—Soy Orfanós Agertíada…. —respondió el muchacho, tomando el cuenco entre sus manos temblorosas.
Telémaco se sorprendió al escuchar aquel patronímico…
—He venido a Ítaca porque me dijo mi madre, antes de morir, que mi padre era natural de estas tierras y que había servido en las filas del rey Odiseo… —alcanzó a articular el muchacho antes de desmayarse, dejando caer el cuenco que trazó círculos por la tierra derramando el agua hasta encontrarse con el pie de Telémaco.
—Es todavía un niño…
Odiseo contemplaba con los ojos inundados de ternura al joven Orfanós, que había sido conducido al interior del palacio y que yacía sobre frescos almohadones. Ordenó entonces a una doncella que trajera paños húmedos para limpiar al muchacho y cuando su rostro quedó libre de sangre y suciedad, Telémaco pudo comprobar que sus juveniles facciones replicaban el gesto sereno y solemne de Agertes, el congregador de huestes.
—¡Eres idéntico a tu padre! —sonrió Odiseo, ofreciéndole un cuenco con agua en cuanto empezó a abrir los ojos.
—¿Señor Odiseo?
—Yo le debo la vida a tu padre, muchacho… —al escuchar aquellas palabras el cuerpo del joven Orfanós se relajó como si hubiera sido liberado de un enorme peso—. Lo quise tanto como a un hijo y él me quiso como a un padre.
—¿Él vive? —preguntó el muchacho, pero los labios de Odiseo se torcieron en una mueca de tristeza que aquel comprendió al instante—. Entonces, ¿no queda en Ítaca nadie de su familia?
—Ahora nosotros somos tu familia… —replicó Odiseo, mientras recogía de la mejilla del muchacho una gruesa lágrima.
Telémaco callaba…
Odiseo pensaba, y no sin razón, que Agertes había muerto en su desigual pelea contra Ares, el más terrible de los olímpicos. Ningún mortal habría podido sobrevivir a ese infausto combate. Las palabras se agolpaban en la boca de Telémaco que apretaba los dientes para no dejarlas salir; la verdad le quemaba en las entrañas, en la garganta, en la lengua, pues quería revelarle a su padre y a aquel pobre muchacho, en el que veía reflejado su propio dolor de dos décadas, que Agertes vivía, que había sido rescatado por la hija del Crónida en el último momento y que era además el basileus de Atenea, el primer guerrero del poderoso ejército de la diosa.
Cuando Odiseo lo volteó a ver, buscando sus ojos, trató de sonreír pero no pudo; su rostro se había contraído en una expresión de confusión y pesar que Odiseo, pese a su legendaria astucia, no supo interpretar. También el joven Orfanós buscó los ojos de Telémaco, que para no revelar sus atormentados pensamientos se acercó, lo abrazó con fuerza y le musitó al oído:
—Hermano…
Con el tiempo, la relación entre Telémaco y el joven Orfanós se fue haciendo más afectuosa y estrecha. Penélope y Odiseo lo trataban como a un hijo y Telémaco era para él como un hermano mayor. Orfanós resultó ser un muchacho jovial, industrioso y muy hábil para domar y montar caballos. Al verlo adiestrar potros indómitos o ejecutar temerarias suertes, los mozos de cuadra y el mismo Telémaco empezaron a llamarlo Belerofonte, en alusión al legendario domador del Pegaso.
A Orfanós le gustaba ser llamado como el héroe antiguo y Telémaco prefería llamarlo de esa forma, que no guardaba ningún vínculo con Agertes, el piadoso basileus de Atenea. Eventualmente, el nombre que le pusiera su madre en Ísmaro fue quedando en desuso, hasta convertirse en no más que un recuerdo de su precario pasado. Él mismo decía llamarse Belerofonte Odiásida, orgulloso de la casa y la estirpe que lo había acogido y criado amorosamente.
Cuando los juegos de guerra y las cabalgatas a campo abierto dejaron de entusiasmarle, Belerofonte empezó a mostrar interés por los asuntos del reino. Telémaco descubrió que su hermano menor tenía un don especial para reconocer el origen y los distintos matices de los problemas, pero también para atisbar las posibles formas de resolverlos. Pronto, Belerofonte pasó a ser para Telémaco más que un confidente, un verdadero consejero. Telémaco ya no se sentía solo en la abrumadora tarea de gobernar Ítaca desde las sombras, pues su hermano compartía con él el propósito de mantener próspero el reino de su padre.
No tardó Belerofonte en descubrir que la mayor preocupación de Telémaco eran los descendientes de Eupites y sus redes de conjuras. El muchacho, sin embargo, había ido meditando detenidamente sobre la mejor forma de acabar para siempre con los conspiradores, que le habían hecho fama dolosamente, desde su llegada, de hijo ilegítimo de Odiseo. Cuando al fin tuvo trazado su plan, se lo comunicó a Telémaco, que lo juzgó ingenioso pero demasiado osado; a pesar de ello, consintió en su realización, pues nada deseaba tanto como poder aniquilar definitivamente a aquella plaga que asolaba a su familia desde que tenía memoria. Ahora Belerofonte, además de su hermano, confidente y consejero, era también su cómplice.
En cuanto tuvo edad, Belerofonte aprovechó su fama de hijo bastardo para deslizar y dejar entrever, por aquí y por allá, unas veladas intenciones de aspirar al trono de Ítaca, así como una inconfesable animadversión por Telémaco, el heredero legítimo. Y aunque los hermanos siempre habían dado muestras de una relación afectuosa y estrecha, comenzaron poco a poco a distanciarse, haciendo notorias sus diferencias respecto a la administración de la hacienda. Por ello, al verlo participar tan activa y comprometidamente en los asuntos de la casa real, los descendientes de Eupites se convencieron de que las aspiraciones de Belerofonte debían ser ciertas y de que había una fractura en la casa de Odiseo.
De repente, por toda Ítaca comenzó a esparcirse el rumor de que los hermanos reñían continuamente y que procuraban mantener ocultas sus disputas para no atormentar a Odiseo, cuya vejez transcurría plácida entre los muros del palacio. Todos en Ítaca sabían que Odiseo había alcanzado por fin la edad senil y que había delegado en sus hijos la administración del reino para poder disfrutar, libre de tribulaciones, sus últimos años de vida en la compañía de su amada esposa.
Cierta ocasión, cuando ya era un secreto a voces que Telémaco y Belerofonte no se toleraban, discutieron fuertemente en pleno olivar, frente a campesinos, sirvientas y trabajadores. Telémaco le llamó bastardo y Belerofonte, airado, lo abofeteó con saña. Los guardias se lo llevaron a una celda de palacio por orden del primogénito y a la mañana siguiente, a primera hora, se vio salir un barco en el que se presumía iba Belerofonte, exiliado.
Era cierto que Belerofonte iba a bordo de aquel navío, mas no en calidad de exiliado. Al propio Odiseo y a Penélope les había dicho el muchacho que anhelaba partir hacia Tesalia para montar sus célebres corceles, y ambos consintieron. Después de todo, se dijeron, si algo merecía aquel sufrido y hacendoso chiquillo, era un viaje de recreo.
Lo cierto era que el barco zarpó hacia Eea, donde Belerofonte se anunció como hijo de Odiseo ante la hechicera Circe, la reina de aquella fantástica isla. Cuando la maga supo que tenía frente a sí al más joven de los vástagos de su amado Odiseo, lo recibió calurosamente y se dispuso a escucharlo. Belerofonte la enteró de la apremiante situación que prevalecía en Ítaca a causa de las conjuras y le comunicó el plan que había tramado con su hermano Telémaco. El plan consistía en volver estériles a todos los hijos de Eupites para acabar de una vez para siempre con su semilla. La maga consintió en preparar un brebaje que lograra aquel efecto, pero externó sus reservas a Belerofonte:
—¿Y cómo habrás de suministrarles la pócima?
—Si tú lo permites, permaneceré aquí, en tu reino, por algún tiempo. Volveré a Ítaca de incógnito y comenzaré a tejer con ellos alianzas. Con tal de acabar con mi padre y mi hermano, consentirán en unírseme, aunque también para mí tendrán reservada la muerte. En el vino, cuando estemos tramando contra mi padre y mi hermano, les verteré el brebaje.
—¿Y qué pasará con los hijos que ya han engendrado? Crecerán y heredarán de sus padres, si no es que ya la poseen, la codicia por el trono de Odiseo.
—Los que ya la poseen, conspiradores serán. Y los que aún no la poseen, no vivirán suficiente para heredarla… —respondió Belerofonte, con resolución, pues aquello era algo en lo que había meditado largamente.
—No bastará con que extermines la simiente de tus enemigos. Cuando los conspiradores en edad de engendrar se den cuenta de que su estirpe se extingue, sospecharán: y, en su desesperación, serían capaces de arrastrarte al Hades a ti y a los tuyos…
—Esos de los que hablas son pocos y su primera reacción será repudiar a sus esposas… —la voz de Belerofonte se ensombreció de forma siniestra—. ¿Sería posible hechizarlas, como a las mujeres de Lemnos?
Circe sonrió complacida al comprobar que el que se había anunciado como hijo de Odiseo no solo había heredado su ingenio, sino que además lo superaba en malicia.
—Posible es, Belerofonte Odiásida… —la hechicera, ardiendo de deseo, tomó de la mano al muchacho y lo condujo hacia su alcoba—. Y puesto que habrás de permanecer aquí por algún tiempo, será mejor que te vayas habituando al único lecho que hay en este palacio…
Con Belerofonte en el exilio, Telémaco aprovechó para suprimir todas las iniciativas que aquel había alentado, sin importar que muchas de ellas hubieran resultado realmente beneficiosas para el reino. Después, cuando volvió a tener el control total de la hacienda, comenzó a cortejar a una joven y virtuosa muchacha de noble casa; todo marchaba bien entre los novios y los conspiradores comprendieron que el primogénito estaba planeando perpetuar su linaje. Fue entonces cuando Belerofonte volvió, asentándose en una discreta casa de las afueras, desde donde comenzó a tejer alianzas con los enemigos de su padre y de su hermano.
—Telémaco lleva las riendas del reino porque mi padre está enfermo. En cuanto muera, lo que sucederá más pronto que tarde, lo atacaré. ¡Y juro que compartiré el gobierno y los bienes de mi hacienda con quienes me respalden en esa empresa! —prometía Belerofonte a todo aquel que consentía reunirse con él en su casa y sellaban el pacto brindando con el vino en el que había diluido previamente el brebaje preparado por Circe.
Había entre los hijos de Eupites, sin embargo, quienes precisaban algo más que aquella insulsa promesa. Tuvieron su prueba cuando Belerofonte raptó y forzó a la prometida de Telémaco, apenas un día después de que se hicieran públicos su planes nupciales.
—Ve y dile a mi hermano que ahora eres la mujer del verdadero heredero al trono de Ítaca… —ordenó Belerofonte a la muchacha, que humillada y abrumada por la vergüenza prefirió lanzarse de un peñasco.
La repugnante osadía de este acto terminó por convencer a los escépticos, que se reunieron con Belerofonte en su casa para celebrarlo como su campeón. Todos brindaron, eufóricos, al imaginar el dolor que pesaría sobre Telémaco, sin sospechar que con aquellas libaciones se secaban sus semillas.
Al enterarse de lo que había sucedido, Telémaco mandó recoger los despojos de su prometida. La pira mortuoria ardió al pie del peñasco y solo él, su escolta y la familia de la muchacha hicieron las honras fúnebres. Belerofonte y los hijos de Eupites contemplaban complacidos desde lo alto de la rocosa cima.
—Vendrá a buscarme, lo conozco, pero no vendrá solo… —exclamó Belerofonte, cuando su hermano Telémaco levantó la vista para mirarlo.
—Tú tampoco estarás solo… —replicaron los eupítedas, quienes a partir de ese momento comenzaron a recibir a Belerofonte en sus casas.
Los días pasaron y Telémaco, en vez de tomar la iniciativa, como había previsto Belerofonte, se retrajo en palacio. Se corría la voz de que deambulaba por los pasillos apagado, taciturno, y aquello complacía sobremanera a los hijos de Eupites. Durante aquel tiempo, bajo el liderazgo de Belerofonte, los conjurados llegaron incluso a robarle rebaños al primogénito de Odiseo, sin que los pastores se resistieran y sin que la guardia real reaccionara. En aquel periodo, Belerofonte pasó de una casa a otra y llegó incluso a hacerse apreciar por algunos eupítedas; tanto que el más joven de ellos en edad fecunda, y por lo tanto uno de los conspiradores más confiados y entusiastas, le compartió una noche, al calor del vino, su más grave preocupación:
—Mi esposa, amigo Belerofonte, no es capaz de concebir…
—Quizá no está lo suficientemente dispuesta —respondió Belerofonte, ofreciéndole un primoroso dije que, según explicó, había obtenido en exóticas tierras durante su exilio—. Halaga primero su vanidad y después se abrirá su vientre… —concluyó, asegurándole que la joya tenía propiedades que incitaban al deseo.
El eupíteda regaló el dije a su esposa, que lo recibió complacida, sin sospechar que también había sido hechizado por Circe. Aquella joya, de la que Belerofonte poseía varias réplicas, tenía un siniestro poder, pues toda mujer que lo portara y que fuera repudiada por su esposo, se vería impelida a matarlo al instante, tal como habían hecho las mujeres de Lemnos con sus maridos. Sucedió entonces que, al paso de los meses y ante la imposibilidad de concebir, el joven eupíteda no tuvo más opción que comunicar a su mujer que iba a echarla de la casa. A la mañana siguiente, el cuerpo del muchacho fue encontrado a los pies de ella, que temblaba de manera incontrolable, completamente fuera de sí, con el cuchillo homicida en una mano y el dije hechizado colgando del cuello.
En el transcurso de unas cuantas semanas, la misma escena se repitió en las casas de los otros eupítedas. Para cuando el resto de su progenie comenzó a sospechar que algo turbio estaba sucediendo, ya no había nadie capaz de esparcir su simiente; de la raza de Eupites solo quedaban mujeres, viejos y niños. De golpe, las mujeres eupítedas debieron cargar sobre sus espaldas con el peso abrumador de la implacable maldición que parecía cebarse sobre su familia: los infantes comenzaron a desaparecer en el bosque, en los pozos, en las cuevas, mientras que los viejos amanecían muertos en sus propios aposentos.
Algunas mujeres, incapaces de soportar el aluvión de desgracias, decidieron acabar con sus propias vidas. Otras resistieron, pero el dolor terminó por consumirlas, hasta convertirlas en obtusos seres llorantes. Una de las más longevas, sin embargo, abrazada a los restos del cuerpo de su nieto devorado por las fieras, alcanzó a proferir:
—¡Has sido tú, Belerofonte Odiásida, quien ha tramado nuestra desgracia! ¡Yo te maldigo! ¡Que tu mano traicionera y homicida acabe también con tu propia familia! —bramó la vieja, antes de que el mismísimo Telémaco le atravesara la garganta con una flecha.
—Hecho está… —dijo Belerofonte a Telémaco, cuando éste se paró a un lado suyo con el arco de Odiseo en la mano.
—Hecho está, hermano… —respondió Telémaco, satisfecho de que por fin la estirpe de Eupites había sido exterminada de Ítaca.
Circe
Belerofonte acude a Circe, durante su falso exilio, para pedirle que le ayude a tejer la extinción de los eupítedas. La temible hechicera lo recibe en consideración a Odiseo, pues el muchacho se anuncia como hijo suyo, y le suministra los recursos para consumar su plan: una pócima de la infertilidad, así como dijes malditos.
Fuentes:
Circe es retratada por Homero en La Odisea como una hechicera de extraordinario poder vinculado al uso de sustancias capaces de curar o destruir. Su principal intervención se da en el canto X (vv. 133-574), cuando convierte a los compañeros de Odiseo en cerdos mediante un brebaje mágico (vv. 229-243). Odiseo logra resistir su magia gracias a la hierba moly proporcionada por Hermes (302-308), luego de lo cual la obliga a revertir el encantamiento de sus hombres. A partir de ese momento, su relación se transforma: Circe se convierte en aliada y amante del héroe, y lo retiene durante un año completo (vv. 468–474), antes de asumir un rol decisivo como guía e iniciadora, pues instruye a Odiseo sobre el viaje al Hades (vv. 488–540) y le advierte de los peligros futuros, como Escila y Caribdis (vv. 37–110). De no ser por Circe, Odiseo jamás habría podido volver a Ítaca.
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Maldiciones
Belerofonte trama y ejecuta, con paciencia y precisión, la extinción de la estirpe de los eupítedas, enemiga de la casa de Odiseo. Antes de que Telémaco, cómplice silente, le atraviese la garganta con una flecha a la última de las ancianas de la raza de Eupites, ésta lanza una maldición contra el que, toda Ítaca, considera el hijo bastardo de Odiseo: “¡Que tu mano traicionera y homicida acabe también con tu propia familia!”, proclama la vieja, con los despojos de uno de sus nietos en los brazos, sellando así el destino del hijo de Agertes.
Fuentes:
Hay, en la mitología griega, maldiciones que se vuelven destino. Y en todas ellas las palabras ya señalan, al condenar, la hybris del maldecido.
En Los siete contra Tebas (vv. 785-791), de Esquilo, Edipo maldice a sus propios hijos, Eteocles y Polinices, y los condena a disputarse el poder hasta la muerte, lo que se cumple irremisiblemente, cuando, al combatir, los hermanos se asesinan mutuamente.
En la Orestíada (Coéforas, vv. 900-934), también de Esquilo, al ser asesinada por su propio hijo, Orestes, Clitemnestra invoca contra él a las Erinias en forma de maldición. Estas divinidades primigenias comienzan entonces la persecución del joven príncipe, hijo de Agamenón, que habrá de conducirlo al borde de la locura. La maldición activa fuerzas cósmicas relacionadas con la profanación del orden y con la urgencia de reparación.
Otra maldición constituye el remoto origen de la tragedia del linaje de los Atridas, según refiere Apolodoro (Biblioteca, Epítome, II, 7-8). Efectivamente, al ser traicionado y arrojado al mar, Mírtilo maldice a Pélope y a toda su descendencia, condenándola a un ciclo de traiciones, incestos y asesinatos que alcanza su punto culminante precisamente en Agamenón y en su hijo Orestes.
La maldición pronunciada fija un horizonte trágico para quien ha sido maldecido. Ninguna maldición es pronunciada sin razón.