Canto sexto
Cástor

—¿Será tanta tu maestría, mi señor, como para bastarte a ti mismo en la reparación de las panoplias divinas y en la forja de las de hoplita? 

—¿Quién eres? —preguntó Hefesto, tratando de identificar a la oscura y anónima figura que se hallaba de pie en el umbral del herrumbroso taller.

—Soy uno más de los gimnetas, pero podría ser tu ayudante si así lo consientes — replicó la delgada silueta.

—Acércate, déjame que te mire bien, porque no es bueno ni sabio dialogar con las sombras —exclamó el forjador olímpico.

—¿No necesitas que alguien te asista? Todos en el Gimnasio sabemos que tu trabajo es tan necesario como arduo. Sin lo que tú haces, no habría guerreros que portaran panoplias, ni forma de reparar las que se dañan en combate.

—La razón te asiste, misterioso muchacho. Ciertamente, cada día aumenta más mi trabajo. Las misiones que Atenea encomienda a sus guerreros deben ser terribles y cruentas, a juzgar por el estado en que las panoplias regresan a la fragua del Gimnasio. No he terminado de reparar una, cuando ya llega otra que requiere iguales o mayores arreglos —exclamó Hefesto, con inocultable pesar.

—¿Y no crees, mi señor, que justamente por eso te convendría tener a alguien que te asista?

—No es mala idea, pero no es a aprender un oficio a lo que tú y los otros aspirantes han venido al Gimnasio. Los dueños de algunas de estas panoplias ya no volvieron, y de entre las que con dueño retornaron, algunas podrían quedar pronto vacantes. Yo te aseguro, muchacho, que convertirte en herrero no te hará digno de vestir una panoplia. Tú debes dedicarte exclusivamente al entrenamiento —expresó Hefesto, quien se acercó renqueando a la puerta del taller ante la negativa de su solicitante a trasponer el umbral—. Tu rostro me parece familiar, ¿quién eres? Tengo la impresión de haberte visto ya en otra ocasión… —preguntó el dios artesano, auscultando con curiosidad el rostro de aquel joven, que afectaba un aire melancólico y dramático.

—No eres el primero ni serás el último que de la misma forma se engañe, mi señor —contestó el joven, con molestia.

—Tú eres, no tengo dudas, el basileus sagrado Polideuces de Dioniso. ¿Qué haces en el Gimnasio? ¿Por qué desprestigias tu investidura solicitando un puesto como ayudante de herrero? Tú no deberías estar aquí, sino en procesiones o bacanales. Tú deberías estar cumpliendo con la misión que Atenea te encomendó el día que vestiste la panoplia divina —exclamó, extrañado, el dios forjador.

—Mi nombre es Cástor y con mi hermano gemelo me confundes —contestó el joven, evitando la mirada penetrante de Hefesto.

—Ya comprendo… —expresó el dios, cuyo torcido cuerpo se relajó en un prolongado suspiro.

—Mi hermano Polideuces y yo competíamos por la misma panoplia. Fue a él, sin embargo, a quien le concedieron la vestimenta divina por recomendación de nuestro tutor, el sabio Quirón —explicó Cástor en un seco y maquinal discurso.

—Sí, ya lo recuerdo… ¿Y cuál fue la razón de que Quirón lo eligiera a él y no a ti? —preguntó el dios, directamente y sin escrúpulos, por más que era evidente que aquel tema incomodaba al muchacho.

—Una vez, solo una, le pregunté al maestro Quirón por qué prefirió a Polideuces y no a mí para vestir la panoplia divina. Él contestó, mas yo no pude ni he podido hasta ahora comprender su respuesta. No sabes, mi señor, cuántas noches he pasado tratando de develar el sentido de sus palabras —expresó Cástor, con voz apagada y sombría.

—¿Y qué fue lo que te dijo ese orgulloso y viejo centauro? —preguntó Hefesto, con viva curiosidad.

—La razón, me dijo, era que había una cosa de entre todas las que nos había enseñado a los dos, que yo no había sido capaz de comprender… —repitió el muchacho, apenas con un hilo de voz —, pero no quiso decirme cuál…

—¡Insensato! De entre todos los didáscalos del Gimnasio es sin duda el que menos goza de mi simpatía. Detesto su aire de sabio y su discurso siempre lleno de parábolas y enigmas —escupió Hefesto, sin ningún esfuerzo por matizar su repulsa hacia Quirón—. Muchacho, una cosa sí es cierta: la herrería no va a ayudarte a descubrir el sentido de ese malicioso acertijo —concluyó el dios, quien comenzaba a sentir un poco de pena por Cástor.

—La herrería es lo único que me queda por hacer en el Gimnasio, mi señor… —murmuró el joven, cuya voz destilaba una profunda desazón.

—¿Cómo es eso?

—Todas las panoplias divinas que forjaste han sido entregadas y la única a la que yo podía aspirar le fue dada a mi hermano. Yo alcancé el más alto nivel de instrucción que se puede lograr aquí y no puedo, por lo tanto, vestir una panoplia de hoplita, como esas que tienes ahí por reparar —dijo Cástor, señalando hacia el rincón del taller donde Hefesto apilaba los trabajos pendientes—. Estoy confinado a la vida en el Gimnasio sin posibilidad alguna de salir.

—Es cierto… Solamente se puede salir de aquí vistiendo una panoplia… —reflexionó el dios, mesándose las tupidas barbas.

—Teseo, Heracles y Perseo no me reciben más en su instrucción, porque dicen que ya todo me lo han enseñado y ya todo lo tengo aprendido. Cuando Polideuces se fue del Gimnasio no solo se llevó la panoplia divina de Dioniso, sino también mi vida. Me convertí en un estorbo sin sitio ni utilidad y para no pasar los días sin hacer nada, me he visto obligado a inventarme distintas ocupaciones, mi señor —explicó Cástor, notando que el dios parecía mostrar cada vez más interés en su historia.

—¿Y Quirón? ¿También el viejo centauro te ha marginado de su lección? —preguntó Hefesto, mientras se acomodaba recargándose en una mesa de trabajo.

—Para mí y para mi ilustre hermano, Quirón ha sido, más que un tutor, un dedicado padre. Él no me ha negado permanecer a su lado, sino que yo mismo he decidido alejarme para no estorbarle en la formación de los nuevos aspirantes. Estos, al enterarse de quién soy y de mi historia, suelen mirarme con suspicacia y, a veces, incluso con lástima. Yo puedo soportar esas miradas, pero he notado que a mi maestro Quirón le resultan lastimosas —expuso Cástor, quien se recargó en el borde de otra mesa, convidado por un afable gesto del dios herrero.

—Ser hijo es cosa harto difícil, muchacho… —completó Hefesto, quien ya había desistido por completo de su actitud distante y recelosa.

—Su trato cálido y condescendiente me recuerda que le fallé por no haber sido capaz de obtener la panoplia. Por eso prefiero pasar el menor tiempo posible a su lado —refirió Cástor, agachando la mirada.

—Y con dignidad te conduces, cuando tú mismo, antes de que te echen, te calzas las crépidas —aprobó el divino artesano.

—No puedo salir de aquí, y aquí estando, ya nada me queda por hacer. Mi último trabajo consistió en asistir a los valientes guerreros que regresan de sus cruentas batallas. A algunos de ellos los he visto reponerse para reclamar de vuelta sus panoplias; pero a otros, mi señor, he debido acompañarlos hasta las puertas del Hades. Sin temor a errar puedo decirte cuáles son las panoplias que necesitan más pronta reparación. Y eso porque ya sé, al haberlos asistido, cuáles son los guerreros que habrán de sobrevivir. También sé de cuáles podrías aplazar los arreglos, porque tendrán que aguardar a un nuevo y digno portador —dijo Cástor, quien ya se había incorporado para desplazarse hasta donde se hallaban las panoplias, pasando su delgada mano sobre las magulladuras producidas por las duras batallas.

Hefesto lo veía hacer encandilado por los detalles de su relato.

—Ya veo, muchacho, que estás bien enterado y admiro tu intención de no permanecer ocioso ante el involuntario presidio que, sin ser reo, te mantiene confinado en el Gimnasio. No sé qué valores les inculcan aquí, pero para mí el mayor de todos es el trabajo. Quien gustosamente dedica su tiempo y su esfuerzo al trabajo, no puede hacer más que bien a sí mismo y a los otros… —manifestó Hefesto, sobándose la cabeza y examinando detenidamente al joven Cástor.

—Tal vez lo único que me queda por aprender, y creo que puede ser eso lo que en falta me echó Quirón, sea la humildad. Y me parece, mi señor, que tendré buena ocasión de adquirirla aquí si me dejas servirte como ayudante, reparando las panoplias de quienes, a diferencia mía, sí fueron dignos de ser investidos con un ropaje sagrado —dijo el aspirante, irguiendo el tronco y buscando resuelto la mirada del dios.

—Severo eres al juzgarte a ti mismo, muchacho… Y más dignidad de la que alcanzas a ver hay en el pozo de tu alma. No sé si conmigo puedas aprender lo que quieres, pero para la forja tienes las cualidades necesarias —proclamó Hefesto, sonriente, acercándose al joven para palmearle la espalda con su gruesa y pesada mano—. La verdad es que no me vendría mal tener un ayudante. El trabajo aquí es mucho, incluso para un dios, y yo también quiero, como los ilustres didáscalos del Gimnasio, practicar mi enseñanza. Pero antes de formalizar nuestro arreglo será necesario informar a Aquiles, pues, como se dice, nada aquí debe hacerse sin su venia… —concluyó el artesano, enfatizando con sorna la última frase y guiñando un ojo al sorprendido Cástor, quien le siguió los pasos hacia la distante estancia del Ánax.

—¡Justo y benévolo Aquiles! Entre más y de mejor forma cumples con la gravísima misión que te encomendó Atenea, más me complicas a mí realizar debida y oportunamente la mía, no menos grave e importante —dijo Hefesto traspasando tan veloz como se lo permitían sus maltrechos pies el umbral de la estancia del Ánax.

—¿De qué asunto me hablas, hábil artesano? —preguntó Aquiles, sorprendido por la inesperada visita.

—¿No es cierto que Atenea te sacó del Hades para que aquí formaras guerreros que sean dignos de vestir mis panoplias? ¿No es cierto que ya muchos de ellos se han ido para cumplir con sus misteriosas misiones, de las que a veces no vuelven o regresan malheridos? ¿Quién es en este Gimnasio y en el mundo entero, lúcido Aquiles, el único capaz de reparar las panoplias si no soy yo, que las forjé? — preguntó Hefesto, inspirado y muy animado con su rebuscado soliloquio.

—Tú sin duda, laborioso Hefesto. Sin ti, para terminantemente decirlo, no habría guerreros atenienses. Y creo que en todo el tiempo que en el Gimnasio llevamos formando guerreros, no hemos agradecido suficientemente al forjador de las panoplias —exclamó Aquiles, reconociendo su falta—. Infortunadamente, cuanto mejor hecho está un trabajo, más se pronuncia el anonimato de quien lo ejecuta —expresó Aquiles, en tono serio y pensativo—. Pero dime, dios herrero, ¿quién es ese joven que te acompaña y que se ha quedado parado en el quicio de la puerta?

—Este no es otro más que Cástor, el hermano gemelo de Polideuces, basileus divino de Dioniso —dijo Hefesto, haciéndole una señal al muchacho para que se acercara—. Y ha venido a mí a ofrecerme su ayuda a cambio de mi enseñanza. A mí me parece un trato justo y con muchas ventajas, no solo para él o para mí, sino para todos los que al Gimnasio nos debemos, porque un asistente habría de hacer más eficientes los servicios de la fragua —manifestó Hefesto, pasando su brazo por los hombros del muchacho, que permanecía en silencio y con la cabeza gacha ante la presencia del Ánax.

—Cástor, hermano de Polideuces, ¿por qué te has ofrecido al dios Hefesto como aprendiz? —preguntó Aquiles, confundido por tan inusual solicitud.

—Ya que yo no puedo aspirar a vestir y con mi muerte honrar una panoplia sagrada, me parece que sirviendo como aprendiz en el taller podría ser útil a la causa del Gimnasio —respondió Cástor, sin atreverse a mirar a la cara al héroe.

—Tu contribución ha sido grande y, no obstante, muy discreta No creas que me has pasado desapercibido, pues yo mismo te he visto sembrar y cosechar junto a Quirón en el huerto. En la cocina, sé que has preparado y servido nuestros alimentos, recogido las mesas y lavado los trastos. Sé que has asistido en las faenas para el saneamiento de nuestras aguas negras. En la arena te he visto levantar los cuerpos de los contendientes fallecidos y prepararlos luego para su cremación. Sé que has cuidado solícitamente a los gimnetas y guerreros heridos en su convalecencia y muchas otras labores, todas muy penosas e impropias para alguien que bien podría estar vistiendo una panoplia divina de basileus. Me doy clara cuenta de tu desdichada situación y mucho me gustaría hallar la forma de remediarla; pero como no me es posible concederte una panoplia sagrada que no sea la que se llevó tu hermano, no me queda más que consentir que te unas a Hefesto como aprendiz en su taller. Reconozco en ti tu devoción al Gimnasio y te agradezco, a nombre mío y de nuestra diosa, tu espíritu de servicio —sentenció Aquiles, para sorpresa del muchacho, que jamás había imaginado recibir semejante reconocimiento de parte del Ánax.

—¡Así sea, justo Aquiles! —exclamó jubiloso el artesano, palmeando de nueva cuenta la espalda de Cástor, quien trastabilló al sentir la pesada y efusiva mano del dios—. ¡Ya verás, mi querido pupilo, que no existe en el mundo un oficio más bello que el nuestro! Y si acaso existiera, ninguno sería más útil, te lo aseguro —agregó Hefesto, que estaba ansioso por regresar al taller para iniciar en sus artes al nuevo aprendiz.

—Me honra, venerado Ánax, que en mí encuentres más mérito que el de solo ser hermano de Polideuces, el basileus divino de Dioniso. Nunca imaginé, después del día en que fui vencido por él, que volverías a posar tus ojos en mí. Me siento halagado y también conmovido —exclamó Cástor, agachando respetuosamente la mirada ante el Ánax, quien asintió esbozando apenas una tenue sonrisa.

—¡Basta ya de solemnidades! Partamos ahora, muchacho, que ya vas tarde a tu primera lección… —concluyó Hefesto, sujetando del quitón a Cástor y arrastrándolo fuera de la estancia del Ánax, quien los vio marcharse, satisfecho.

Con el correr de los días, Cástor alcanzó una notable destreza en las artes de la forja. Más allá de su talento natural, poseía una rigurosa disciplina, virtud a la que el propio Hefesto atribuía sus asombrosos progresos. Del mismo modo en que el joven había destacado bajo la guía de los didáscalos en el Gimnasio, pronto comenzó a demandar del dios enseñanzas más profundas y complejas.

Hefesto se complacía de hallar en su taller a un mortal con quien compartir su entendimiento; alguien capaz de apreciar la verdadera nobleza de su arte y cuya insaciable curiosidad lo impulsaba a refinar sus propios secretos. Cástor se volvió tan diestro y digno de confianza que el olímpico vio en él la oportunidad de encomendarle el cuidado de la fragua. Solo así podría atender, al fin, un designio que perturbaba su ánimo desde los primeros días confinado en el Gimnasio, entregado a la fundición y, más tarde, a la restauración de las panoplias.

—Qué terrible cosa es la belleza, querido Cástor… —musitó el dios con voz sombría, preparando el terreno para la conversación.

—¿Qué ocurre, mi señor? —preguntó Cástor, contrariado, pues jamás había visto en semejante estado de desánimo a su preceptor.

—Digo que la belleza es una horrible maldición… Ni mortales ni olímpicos podemos sustraernos a su dulce veneno —insistió Hefesto con un hondo suspiro.

—¿Cómo puedes expresarte así de la belleza, tú que eres capaz de forjarla con tus propias manos?

—No hablo de la gracia que nace del yunque y el esfuerzo, muchacho, sino de aquella que brota del mundo. El arte es una cosa, y tú y yo reconocemos su valía, pero la naturaleza es otra, y esta no requiere de nuestro juicio para imponerse… —elaboró torpemente el dios, como si no hallara las palabras exactas para confesar sus pensamientos.

—No alcanzo a comprenderte, maestro, pero si algo pudiera hacer para aliviar la pena que te agobia, lo haría sin dudarlo —contestó Cástor, disponiendo las herramientas en su sitio para acercarse a Hefesto y sentarse a su lado.

—Algo puedes, mas temo que no sea legítimo pedirlo… —expresó el divino artesano, levantándose para deambular de un lado a otro mientras se frotaba las manos.

—¡Dímelo y me pondré a ello de inmediato! —exclamó Cástor, a quien le pesaba ver la angustia del inmortal.

—¡Necesito ausentarme del Gimnasio con urgencia! Pero me resisto a abandonar la fragua y descuidar nuestras labores, que son muchas y apremiantes… —reveló al fin el dios, señalando el bronce de las piezas pendientes.

—¿Cómo? ¿Acaso tú tampoco tienes permitido cruzar estos muros? Pensaba que ibas y venías a placer… —se extrañó el joven.

—¡Solo mi conciencia me retiene aquí! —Replicó el dios, fingiendo una ofendida dignidad—. Podría marcharme ahora mismo, pero si tal cosa hiciera, ¿qué sería de estas panoplias que deben entregarse al amanecer? —agregó, lanzando una mirada severa a las armaduras por reparar.

—Maestro, si tu espíritu lo requiere y tus pasos pueden llevarte fuera, no deberías vacilar. Tu partida no dejará la tarea inconclusa; ¿para qué, si no, me acogiste como aprendiz? A menos, claro, que tú, al igual que Quirón, receles de mi destreza. —La respuesta de Cástor mudó su semblante en un gesto de amargura.

—¡Diría, muchacho, si no fuera yo quien te ha instruido, que posees mayor elocuencia que maestría con el martillo! —vociferó el dios, aproximándose a Cástor con su andar renqueante para hablarle al oído—. Está resuelto, partiré esta noche. Y ruego, no por tu propio bien, pues en ti confío, sino por el mío, que mi ausencia sea breve… —barruntó el artesano divino, mientras su mirar se tornaba siniestro y sombrío.

—Ignoro qué amarga pena es capaz de lacerar el corazón de un inmortal, pero te aseguro, querido maestro, que estas panoplias serán debida y oportunamente reparadas —prometió Cástor, tomando con presteza nuevamente las herramientas.

—¡Nadie en este recinto podría confiar en ti más que yo, muchacho! Tan caro y querido te me has vuelto que, aun sin conocer a tu hermano, te recomendaría a ti antes que a él o a cualquier otro para el honroso puesto de herrero… —exclamó Hefesto, efusivo, desde el umbral de la fragua, ansioso ya por marcharse.

—Si tanto confías en mí, venerable señor, podrías también decirme, para no dejarme en ascuas, la razón que te impele tan imperiosamente a partir —aventuró Cástor, acercándose al olímpico, que no dejaba de otear escrupulosamente los oscuros rincones del Gimnasio.

—Tengo en mi morada terrenal la fruta más bella que le ha nacido al mundo, pero jamás he podido probar su carne ni beber su néctar… Y mucho me temo, muchacho, que otros estén disfrutando de ella en mi ausencia… —confesó el dios, cruzando una fugaz mirada con Cástor, quien ya comenzaba a adivinar la causa de tanta zozobra.

—Jamás he experimentado semejante sufrimiento y nada sé de las mujeres, pero me figuro, al contemplar tu agitación, que no debe existir pasión más violenta —expresó el joven, aventurando una arriesgada suposición.

—Todo el dolor que impera en el Gimnasio no se compara al suplicio de los celos. Al menos ustedes pueden precipitarse a la muerte cuando su martirio se vuelve insoportable; pero yo, que no puedo morir, estoy condenado a llevar dentro este fuego inextinguible… —concluyó el dios, con un pie ya fuera del taller. Cástor se estremeció ante la sola idea de un sufrimiento eterno.

—¿De quién sospechas, maestro? —se atrevió Cástor a preguntar.

—¡De ella! ¿De quién más podría ser? —vociferó Hefesto con una amarga sonrisa—. Para nadie es un secreto que Afrodita y Ares engendraron a Eros, así como a los gemelos Fobos y Deimos. Sé bien que ella profesa una predilección especial por el padre de sus hijos. ¡Me marcho ya, muchacho, pues esta duda me carcome las entrañas! A tus hábiles manos encomiendo la fragua… —concluyó el dios, perdiéndose como una sombra en la oscuridad del Gimnasio.

—Compruebo con gusto cuán beneficioso te ha resultado acoger a un aprendiz —exclamó el Ánax, traspasando el umbral de la fragua mientras paseaba una mirada llena de curiosidad por el recinto, sin detenerse en rincón alguno.

—¡Aquiles! De haber sabido que vendrías, te habría dispuesto un recibimiento digno de tu rango —devolvió Hefesto, sorprendido, pues era la primera vez que el soberano honraba su herrería con su presencia.

—No hacía falta anuncio alguno. Solo he venido a celebrar las notables mejoras en tus obras —repuso el Ánax, sin apartar los ojos del entorno—. ¿Dónde se halla? ¿En qué labor se ocupa ahora tu discípulo? —agregó el héroe, buscando con insistencia la silueta de Cástor.

—Sígueme… —respondió el dios, guiando al Ánax por angostos pasadizos flanqueados por calderos herrumbrosos, pesadas herramientas y montículos de escoria. Aquiles percibió cómo el aire se tornaba denso y ardiente a cada paso, hasta que al fin divisó a Cástor al fondo del taller, maniobrando con absoluta concentración ante una fragua al rojo vivo.

—¡Ah, el servicial y paciente Cástor! No hay alma en todo el Gimnasio que no se haya favorecido de su destreza… —articuló el Ánax, contemplando al muchacho con honda satisfacción.

—¿Y no te resulta singular, esclarecido Aquiles, que él sea el único en el Gimnasio que jamás ha obtenido provecho alguno? En verdad que la existencia de los mortales puede ser ingrata, ¿no lo crees tú, que ya en dos ocasiones has gustado de ella? —expresó Hefesto con mordaz ironía.

—No osaría yo cuestionar el juicio de un inmortal, pero me asalta una duda ante tus palabras: ¿puede acaso pronunciarse sobre el valor de la vida quien está vedado de morir? —devolvió el Ánax, con reverencia pero también con una brizna de osadía.

—Digamos que no… Dejemos entonces que sea un mortal quien nos hable sobre el precio de la vida. ¡Cástor, aparta las manos del fuego y ven aquí; pues aunque simules ignorarnos, bien sabes que aguardamos! —llamó Hefesto, rompiendo el ensimismamiento del joven artesano.

—¡Si suelto el bronce en este instante, maestro, se perderá irremediablemente! —respondió Cástor a voz en cuello.

—¡Nada a lo que no esté habituado un mortal! Ven aquí y resuelve esta controversia que ha surgido entre Aquiles y yo —insistió el dios.

Cástor soltó las herramientas y se acercó presuroso, mientras la pieza de forja se hundía lentamente en el metal fundido. Sin darle oportunidad a que le extendiera el saludo marcial al que estaban obligados todos los gimnetas, el Ánax lo interpeló:

—Dime Cástor, ¿crees tú que la vida del Gimnasio ha sido ingrata contigo? —le soltó Aquiles, directo y sin vacilaciones.

Cástor, que no esperaba encontrarse de nueva cuenta con el Ánax y mucho menos ser interrogado por él sobre un asunto de tal naturaleza, titubeó:

—Así me lo parecía hasta antes de llegar aquí, mi señor… —balbuceó el jóven, tragando saliva.

—Explícate —ordenó el Ánax.

—Mi vida, que perdió todo propósito al haber sido relegado de la panoplia divina, renació aquí, en el taller, donde descubrí que aún puedo ser útil a Atenea, al Gimnasio y los valientes guerreros. ¡Nunca antes he sido más dichoso, mi señor, y todo eso se lo debo a mi mentor! —explicó Cástor, inclinándose afectuosamente ante el dios, quien le devolvió el gesto con una cálida sonrisa.

—¡Regresa ya a tus labores! Tan breve y contundente ha sido tu respuesta, que tal vez puedas recuperar tu pieza de forja… —completó Hefesto, conmovido.

Cástor, antes de hacer lo que le mandaba su maestro, buscó aprobación en los ojos de Aquiles, quien asintió levemente con la cabeza. El muchacho extendió el saludo marcial que no había hecho al principio, giró sobre sus pies y volvió a la fragua incandescente.

—Tenías razón, Aquiles, no le es lícito hablar a un inmortal sobre el valor de la vida…

—Qué ironía… —masculló el Ánax, abstraído en la contemplación del hipnótico maniobrar de Cástor y ajeno a las insidiosas palabras del dios—. Sacrificamos a quien pudo haber sido uno de los mejores guerreros atenienses, pero a cambio ganamos un excepcional artesano… —concluyó el Ánax, que más bien parecía estar reflexionando en voz alta.

Luego de llenarse los ojos con la maestría que desplegaba el joven al modelar el metal, el Ánax procedió a abandonar el taller sin añadir palabra. En el umbral, sin embargo, se giró levemente para hacer un saludo al dios, quien se lo devolvió extrañado. Hefesto caminó hacia la entrada de su taller donde también se detuvo para ver alejarse al héroe. Ahí, sin sentirlo venir, fue sorprendido por la voz de Cástor.

—¿A qué vino el Ánax? Nunca antes, desde que se inauguró el Gimnasio, había venido aquí, ¿o sí maestro?

Y aunque era cierto lo que Cástor decía, porque aquella fue la primera y única visita que haría Aquiles al taller, Hefesto dejó la pregunta sin contestar.

—Dime muchacho, ¿es cierto lo que allá adentro dijiste? —le preguntó el dios, clavando en él su profunda y penetrante mirada de inmortal—. ¿Es verdad que, a pesar de todo lo que has padecido en este infame lugar, eres feliz aquí, en el taller? —insistió Hefesto.

—Soy más dichoso de lo que podría expresar con palabras, maestro. Agertes nos trajo al Gimnasio siendo huérfanos y aquí hallamos, mi hermano y yo, un padre en la figura de Quirón. Polideuces se fue vistiendo la panoplia divina, mas yo me quedé para encontrar un segundo padre. De lo que él solo tiene uno, yo tengo dos… —expresó el joven, con voz entrecortada.

—Si mi esposa Afrodita se dignara a darme un hijo, querría que en todo fuese como tú. Pero como eso nunca sucederá, yo te recibo, querido Cástor, como hijo mío… —concluyó Hefesto, estrechando entre sus nervudos brazos al muchacho que, para devolver el abrazo, debió soltar las herramientas, perdiendo ahora sí, irremediablemente, la pieza en la que estaba trabajando.

Las salidas nocturnas de Hefesto para ir a espiar a su esposa Afrodita comenzaron a ser cada vez más frecuentes. Durante estas escapadas del dios, Cástor hacía uso de las herramientas divinas para reparar las panoplias dañadas, pero también aprovechaba para forjarse una réplica de la panoplia divina de Dioniso, cuyas piezas fue llevando furtivamente a su celda conforme las iba terminando.

Cuanto más cerca estaba de concluir la espuria vestimenta, más crecían en él las ansias de ceñírsela, lo que imprimió a su ánimo un talante nervioso y taciturno. Los días durante los cuales estuvo trabajando en la réplica del yelmo, sin duda la pieza más difícil y, por lo tanto, la que requería de mayor esfuerzo y dedicación, Cástor estuvo particularmente irritable, situación que no pasó desapercibida por Hefesto:

—¿Qué te pasa hijo mío? Sé que eres discreto y reservado, pero hoy, desde que llegaste, no has pronunciado una sola palabra… —preguntó el dios, preocupado.

—Solo deseo terminar lo mejor y lo antes posible mi trabajo, maestro… —contestó Cástor, secamente.

—¡Sea pues! Esta noche te quedas nuevamente a cargo del taller, pues vengo urdiendo una trampa y necesito afinar los detalles para poderla consumar… —exclamó el dios maliciosamente, mientras revisaba las junturas de una red metálica en la que había estado trabajando los últimos tiempos.

—Espero, maestro, que para tal cosa sea una noche propicia… —concluyó Cástor, en cuya voz creyó Hefesto distinguir un dejo de inconformidad.

—He sido injusto contigo, hijo mío, pues al ser tú tan dedicado y capaz, te he dejado prácticamente solo en la reparación de las panoplias… —se disculpó el dios, dejando la red sobre la mesa y aproximándose renqueando al yunque donde Cástor terminaba de modelar una hombrera—. ¡Ya habrá tiempo para lo mío! Vete a tu celda a descansar. Yo seguiré con los arreglos de esas panoplias —le dijo el dios con una amplia y franca sonrisa a la que Cástor no pudo oponerse, aunque aquello prolongara aún más su insoportable espera.

—Gracias, maestro, eres generoso… —dijo Cástor, forzando una sonrisa, para luego salir del taller y encaminarse hacia su celda, donde lo aguardaba una noche larga y tortuosa.

A la mañana siguiente Hefesto recibió a un Cástor ojeroso y malhumorado al que prefirió no importunar. Lo dejó ocuparse de sus deberes mientras él mismo seguía trabajando en su misteriosa red metálica. Al llegar la noche se despidió de él como hacía cada vez que salía del Gimnasio y se fue.

Una vez que estuvo solo, Cástor reemprendió la forja del yelmo de su espuria vestimenta de basileus. Dio los últimos retoques al casco que con tanto ahínco se había labrado y, una vez terminado, lo envolvió en una manta para llevárselo a su oscura celda. Como una furtiva sombra, atravesó Cástor el Gimnasio a toda velocidad; las manos le sudaban, las sienes le pulsaban y tenía la impresión de que el corazón iba a salírsele del pecho. Nunca antes el trayecto del taller a su celda se le había hecho tan largo.

Cástor cerró tras de sí la puerta de su celda y, agitado, se recargó en ella. Aunque nadie había seguido sus pasos se sentía perseguido; le atormentaba la idea de que, de un momento a otro, habrían de golpear a su puerta. Le costaba respirar, estaba mareado e incluso se sintió desfallecer. La frías paredes de su estrecha celda comenzaron a dar vueltas en su cabeza. Dando tumbos llegó hasta el pie de su catre, sobre el cual depositó el envoltorio con el yelmo y se dejó caer, exhausto.

Apoyada la cabeza en el jergón, cerró los ojos para aplacar el vértigo; cuando los volvió a abrir, ya más repuesto, ignoraba si había transcurrido apenas un instante o tal vez horas, pues hacía días que no dormía lo suficiente. Cástor se incorporó y comprobó, a través de las rejas de la ventana, que afuera la noche aún era cerrada. Sacó de su escondrijo el resto de las piezas y, una a una, se las fue ciñendo, comenzando por las grebas.

Cuando finalmente se puso el casco sintió al instante un golpe de energía que vigorizó sus cansados miembros. La falsa panoplia brilló tenuemente y al mirarse de arriba a abajo, Cástor no pudo notar ninguna diferencia entre la suya y la que se había llevado su hermano Polideuces. Se despojó cuidadosamente de cada pieza y las fue guardando en un saco de gruesa lana. Se echó el envoltorio a la espalda, abandonó la celda y se encaminó resuelto hacia la salida del Gimnasio.

—¿No sabes, gimneta, que tienes prohibido salir del Gimnasio? —amenazó la Esfinge.

—¿Y tú no sabes, celosa Esfinge, distinguir entre un gimneta y un basileus? —replicó el osado Cástor, dejando caer ante la bestia el saco donde llevaba su falsa panoplia, que resonó perturbando el silencio de la oscura noche—. Cierra tus fauces y escucha. El Ánax me ha ordenado partir sin vestir mi panoplia, para no delatarme con el reflejo que podría producir en ella la luz de la Luna… Solo voy a colocarme el yelmo para que puedas reconocerme, pero debes ser discreta pues no puedo permitirte que malogres mi misión —concluyó Cástor, cubriéndose con la pieza en la que tanto había trabajado.

Entonces la Esfinge acercó su enorme y fiero rostro a la cara del osado aprendiz, que se llenó los pulmones con el aliento cálido y espeso de la fiera. Examinando las facciones del atrevido muchacho detenida y minuciosamente, la Esfinge giraba la cabeza hacia un lado y hacia el otro, empañando el metal del yelmo con su respiración.

—Tú eres Polideuces, el basileus sagrado de Dioniso… —murmuró al fin la Esfinge, regresando a su pose erguida y soberbia.

—Yo soy quien tú dices, y me voy ahora a cumplir mi encomienda —dijo Cástor, despojándose del casco para depositarlo con cuidado en el interior del saco.

—No tan deprisa, basileus… —lo atajó la Esfinge—. Antes debes decirme cómo y cuándo volviste, porque no te he visto cruzar por aquí.

—El Ánax me ha hecho volver al Gimnasio sin que nadie lo sepa, no hace mucho, cuando comenzaron a parecerle sospechosas las salidas nocturnas de Hefesto —explicó Cástor, que parecía ir ganando seguridad con cada palabra que pronunciaba.

—Él mismo ha pasado por aquí no hace mucho, igual que las últimas noches… —replicó la Esfinge, meditabunda.

—Mi misión es seguir a Hefesto sin ser notado y averiguar los ocultos motivos de sus salidas, pues aunque el Ánax lo reconoce como el artífice de las panoplias divinas, le extraña mucho que salga de aquí como ladrón, al amparo de la noche y a hurtadillas… —concluyó Cástor, volviéndose a echar a la espalda el saco.

—¿Qué es lo que teme el Ánax? —preguntó, extrañada, la feroz Esfinge.

—No lo sé, pues no me lo ha dicho, pero pienso que desea anticiparse a una posible conspiración. Y por eso, leal Esfinge, me es preciso realizar mi misión con absoluta discreción. Entonces, así como no me has visto regresar al Gimnasio, tampoco ahora me has visto salir… —concluyó Cástor, amenazante, clavando sus rasgados ojos en las profundas y acuosas pupilas de la Esfinge.

—Ve, basileus sagrado… —expresó la bestia, encogiendo sus alas y recostándose lentamente sobre el frío mármol de su columna.

Antes de partir, el osado aprendiz tocó la base de la columna de la Esfinge con la punta de su tirso, y al instante creció la verde hiedra, fresca y esponjosa, alrededor de la piedra. Cástor sonrió traviesamente a la bestia y se internó luego en la oscuridad de la noche, atravesando los bosques, caminos y campos a una velocidad inaudita con dirección a la lejana Tracia, donde sabía que habría de encontrar a Ares, el terrible dios de la guerra.

Cuando por fin llegó a la austera mansión, Cástor se anunció como un servicial emisario del Gimnasio de Atenea. Al conocer la procedencia del extraño visitante los sirvientes se apresuraron a informar a su señor. Ares, desconcertado, ordenó que lo hicieran pasar y acudió a su encuentro.

—¿Quién eres y a qué has venido? —preguntó el dios, recorriendo de pies a cabeza con su flamígera mirada al recién llegado.

—Mi nombre es Cástor y te traigo la venganza, mi señor… —exclamó el osado aprendiz, arrodillándose ante la imponente presencia de la belicosa deidad.

Desconcertado por aquellas insólitas palabras, Ares se dispuso a escuchar atentamente lo que aquel personaje tenía que decir.

—Habla…

—¿No es cierto que juraste, en aquella lejana gesta en las playas de Ísmaro, vengarte de tu hermana Atenea, favorita de Zeus padre?

—¿Cómo sabes eso?

—En el Gimnasio es lo primero que se nos relata, mi señor. Así es como comienza nuestra instrucción para convertirnos en guerreros de Atenea.

—¿Y tú eres uno de esos guerreros? —preguntó Ares, auscultando con curiosidad el saco que el muchacho había depositado en el suelo, y tratando de adivinar el grabado del escudo que llevaba a la espalda.

—Yo soy, si tú me aceptas, uno más de tus sirvientes, mi señor… —respondió Cástor, aún de rodillas y agachando la cabeza, pero sosteniendo con firmeza el tirso dionisiaco.

—¡Levántate y di lo que tengas que decir sin rodeos! —ordenó Ares, aproximándose a Cástor, que pudo percibir a través de sus ropas el aura quemante que manaba del dios.

Entonces, en breves y concisas palabras, Cástor explicó que había sido uno de los aspirantes más avanzados, que lo habían relegado injustamente de vestir una panoplia sagrada, y que había tenido que ofrecerse a Hefesto en calidad de aprendiz para, secretamente, forjarse la panoplia que le había sido negada. Ares percibió sinceridad en las palabras del muchacho y se complació en el odio que rezumaban sus dichos al referirse a Atenea y a la infausta vida de los gimnetas.

—¿Podemos destruir el Gimnasio? —aventuró por fin el osado aprendiz.

—Sé del Gimnasio de mi hermana desde su inicio y sé también que lo edificó para formar un ejército. Eres tú quien quiere acabar con ese lugar, porque lo ves como la fuente de tus patéticos infortunios —respondió Ares, desdeñoso, ante un Cástor que se sintió desnudado por aquellas palabras—. Pero tal vez podamos llegar a algo… —continuó el dios, tomando asiento y pidiendo que le sirvieran vino.

Cástor, aunque estaba agotado y sediento por el largo viaje, debió permanecer en su sitio, sin ser convidado a sentarse o a beber siquiera un poco de agua.

—¿Es acaso que no te inquieta la hueste sagrada de Atenea, mi señor? —preguntó el aprendiz de herrero, sin medir el alcance de sus palabras.

—Nada puede importarme menos que la vida de los mortales… —rió Ares, apurando el contenido de su copa—. Además, a juzgar por ti, ese Gimnasio no es más que una mancha hedionda sobre el Ática —remató el dios, prodigándole a Cástor una mirada fría y despectiva que caló hondo en el osado aprendiz.

—Mi hermana cree que tiene el derecho de intervenir en todo cuanto sucede en el mundo, y quizá no le falte razón… Esos supuestos guerreros no son más que sus despreciables tentáculos, y toda la ventaja que llegan a tener reside solamente en las panoplias que visten, porque han sido forjadas por Hefesto… —hilvanó Ares, reflexivo, acariciándose el mentón.

Cástor se asombró al constatar el pronunciado contraste que existía entre la percepción que el dios tenía de las huestes de Atenea y la que se inculcaba a cuantos ingresaban al Gimnasio a recibir instrucción.

—Se dice que en Ísmaro, mi señor, Agertes, el primero de todos los guerreros de Atenea, te combatió con valentía… —porfió Cástor, titubeante y herido en su orgullo de luchador.

—¿Y qué otra cosa habrían de decirles? —sonrió el dios, de nueva cuenta, ante la candidez de Cástor, que se sintió estúpido—. Cuando estaba a punto de darle muerte, Atenea hizo descender de los cielos aquella maldita panoplia, que supera en mucho a los retazos que tú traes encima. En cuanto el guerrero la vistió, sanaron todas las heridas de su cuerpo, que se inundó de un vigor sobrehumano. ¡Un verdadero prodigio! —rememoró Ares, extendiendo sus torneados brazos.

—Entonces, ¿por qué no robarle a tu hermana su forjador de panoplias? —lanzó Cástor, atragantándose con las palabras.

El muchacho no lograba comprender cómo había brotado de su boca semejante propuesta, ante la cual la sonrisa cálida y franca de su didáscalo se dibujó en su mente, causándole un profundo pesar. Los ojos de Ares centellearon al escuchar la osadía, y en ese preciso instante cayó sobre el alma de Cástor una pesada y ominosa sombra que habría de perseguirlo hasta el último de sus días.

Para la Esfinge fue habitual ver salir del Gimnasio a Hefesto e, instantes después, al espurio basileus de Dioniso, con quien intercambiaba en cada ocasión un sutil guiño de complicidad. Pero no era tras el rastro de Hefesto a donde iba Cástor. Iba a Tracia, donde estaba tramándose una doble venganza. Muy pronto, no obstante, se arrepintió el osado aprendiz de haber acudido a Ares, pero ya le era imposible dar marcha atrás.

Durante aquellas frías madrugadas de camino a Tracia, el muchacho reflexionaba sobre el adoctrinamiento que habían recibido él y todos los aspirantes del Gimnasio. Era natural, dedujo, que hubiese supuesto encontrar en Ares un aliado genuino contra Atenea, ya que se le solía presentar como el terrible enemigo al que había enfrentado el primero de todos los guerreros, Agertes de Atenea. El sincero y pronunciado desdén que Ares manifestaba por el Gimnasio, sin embargo, le reveló con crudeza lo artificioso de aquella elaborada narrativa en la que se ensalzaban los valores de las huestes de Atenea. No había un enemigo primigenio, comprendió Cástor, y si acaso existían tales virtudes, ninguna tenía nada que ver con el legendario combate entre Ares y Agertes.

No tardó en descubrir que la verdadera intención del dios de la guerra era humillar a sus iguales olímpicos. A su hermana, quería arrebatarle por la fuerza su preciado forjador, mientras que a Hefesto deseaba someterlo a una infamante servidumbre. Era inocultable el odio que Ares profesaba hacia su hermana por ser la favorita de Zeus, así como la envidia que le tenía a Hefesto por ser el esposo legítimo de Afrodita, la madre de sus hijos. La devastación del Gimnasio, que era lo que Cástor en realidad ansiaba, resultaba para Ares algo meramente accesorio.

A Cástor, sin embargo, le producía horror el haber sido el principal instigador del perverso plan en el que su mentor pasaría de ser un sirviente de Atenea a un esclavo de Ares. Hefesto era el único de aquellos tres olímpicos que no le parecía un ser ruin y despreciable. Muy por el contrario, el osado aprendiz había llegado a querer al dios herrero verdaderamente como a un padre, pues consideraba que era el único en el Gimnasio que había sido leal y sincero con él. La culpa lo atormentaba día y noche, carcomiéndole el alma, pero no iba a desistir en su propósito de destruir el Gimnasio, al que consideraba una infernal aberración. Por eso, aunque fingía estar de acuerdo en todo lo que pactaba con Ares, había resuelto liberar a Hefesto en el momento preciso, para que, de esta manera, no tuviera que servir nunca más a ningún amo.

Enterado por Cástor de los celos de Hefesto y de la trampa que el herrero urdía para sorprender en flagrancia a su adúltera esposa, Ares decidió no visitar a Afrodita hasta la noche misma en que habría de ejecutarse el asalto al Gimnasio. El traidor se había permitido aquella dolorosa confesión con el fin de ganarse la confianza del dios; lo que ocurrió solo en parte, pues fue solo así que Ares, aun sin confiar en él, se decidió a asaltar el recinto.

La acometida habría de suceder cuando la última panoplia forjada por Hefesto fuera entregada, lo que pasaría pronto, pues los candidatos estaban en el proceso final de su entrenamiento. En efecto, Cástor le había referido a Ares la promesa hecha por Atenea a Aquiles de acompañarlo ella misma de vuelta al Hades cuando ya no quedara ninguna panoplia vacante. Así, aprovechando la ausencia de la diosa y del héroe, atacarían. Al aproximarse el certamen por aquella última vestimenta sagrada, que era la panoplia de hoplita de Lira, Ares mandó levantar un campamento en las afueras del Ática. Ahí, junto con Cástor y sus vástagos, Fobos y Deimos, quienes habrían de participar en la incursión, ultimaban los detalles.

—Él sigue creyendo que una de estas noches va a apresarte mientras yaces con su esposa —dijo Cástor, con la mirada fija en la lejana atalaya del Gimnasio, donde tintineaba una pálida llama.

—Conviene mantenerlo en ascuas. Ya tendré ocasión de darle satisfacción a él y también a su esposa… —respondió Ares, esbozando una perversa sonrisa—. El ataque debe iniciar desde adentro. ¿Cómo vamos a resolver eso?

—Yo solo no puedo iniciar. En cuanto me revele, saldrán a mi encuentro didáscalos, gimnetas e incluso los guerreros convalecientes, que no por estar heridos y sus panoplias dañadas dejarán de pelear. Son demasiados para mí… —Cástor guardó silencio para luego mirar detenidamente el saco donde guardaba su espuria armadura.

—¿En qué estás pensando? —le preguntó Fobos, con los ojos fijos también en aquel envoltorio.

—Lo primero que debemos atacar es el Gineceo… —masculló el osado aprendiz, como si hablara consigo mismo.

—¿Por qué? —interrogó Deimos, irritado por la inocultable preocupación de Cástor hacia las mujeres del Gimnasio.

—Debe ser un golpe certero, rápido y preciso… Ellas no van a darnos tregua… —musitó el muchacho, no con la intención de responder al vástago de Ares, sino con el propósito de clarificar sus propios pensamientos.

—¡Habla, por Zeus! ¿Qué es lo que estás tramando? —insistió Deimos, que miraba alternativamente el rostro meditabundo de Cástor y el saco donde el traidor transportaba su espuria panoplia.

Pero el osado aprendiz tampoco dio respuesta a aquella exigencia.

—¡Recibe, Anfión, esta panoplia de hoplita consagrada a la lira! Honra con tu arte y virtuosismo la última de las panoplias forjadas por Hefesto para nuestra hueste sagrada —exclamó la soberana Atenea, que había descendido del Olimpo expresamente para tan especial ocasión.

La algarabía se apoderó del graderío, pues todos sabían que aquel era un día muy significativo para el Gimnasio y, particularmente, para el Ánax Aquiles, cuyo rostro de ordinario adusto y severo estaba visiblemente ensombrecido por una intensa emoción contenida. Y no era al hoplita Anfión a quien Atenea, Agertes, los didáscalos y gimnetas ovacionaban, sino al Ánax mismo, que se sabía el centro de todas las miradas.

—¡Aquiles, ha llegado el día! Con este ejército aplastaremos, donde quiera que se encuentren, a quienes persistan en regodearse en la injusticia y la ignominia. Muchas batallas habremos de librar, porque quien obra el mal y de él se beneficia, nunca de ello tiene suficiente. Al perro cuya sed no se puede saciar, se le alivia con la muerte. Y así iremos por la Hélade aliviando de su insana sed a todo aquel desgraciado que la padezca —exclamó Atenea, secundada por una potente ovación que hizo retumbar cada muro y pilar del recinto—. Más no puedo pedirte, aunque sé que mucho más podrías darme. Has cumplido tu encomienda y yo debo devolverte al reino de Hades. Llegó el momento de relevarte de tu digno cargo, Aquiles, así que entrégame tus divinas armas.

Aquiles respondió despojándose del peto y devolviendo su lanza. La diosa cogió las armas entre sus finas manos y, con una tenue sonrisa, lo conminó a hablar, pues era evidente que todos en el Gimnasio deseaban escucharle. Incluso Hefesto, quien solía rehusarse a asistir a los certámenes por su aversión a las ceremonias, se había acercado a la arena con la intención de oír a Aquiles en su despedida.

—Cuando una flecha disparada por Paris me atravesó el talón, no imaginé que tendría el extraño privilegio de morir dos veces, y mucho menos que tendría que dedicar mi segunda vida, lo mismo que la primera, al cruel arte de hacer la guerra. Pero más que enseñarles a pelear, me parece que les he enseñado a morir, porque ese es el destino de todo aquel que, como nosotros, consagra su vida a este ingrato oficio: morir con las manos manchadas de sangre y manchando con nuestra sangre las manos de otros —expresó Aquiles, clavando su mirada apagada y taciturna en las palmas de sus propias manos—. Me ha hecho falta vivir dos veces para comprender que no se puede vencer en la guerra, porque la vida misma es la guerra. En este penoso tránsito que va del nacer al morir, nada nos es tan caro como la victoria, pero nada como ella nos es más huidizo. A luchar venimos al mundo y toda conquista no es más que el inicio de una nueva batalla. La vida es una contienda que ningún ser parido por madre pidió pelear, y que condenado está a perder desde el instante mismo en que comienza a respirar — continuó Aquiles, extraviando su mirada en algún punto distante del cielo azul.

Los aspirantes lo escuchaban azorados, pues nunca antes lo habían visto en actitud tan apagada y sombría.

—Necesario me ha sido vivir dos veces, para entender que mejor está el que no nace nunca. Que si escoger se pudiera, lo más sensato sería elegir no existir. Pero tal cosa es tan imposible como absurda. Aquí estamos, arrojados a la vida, cargando una deuda que debemos pagar con los pesares de nuestros infaustos días —elaboraba Aquiles, con visible aflicción, hasta que fue interrumpido por Atenea.

—Pareciera, veloz Aquiles, que la vida te estorba, y que te abruma el desespero de acabarla… —señaló la diosa, sorprendida por las palabras del héroe.

—A ti nada se te oculta, mi señora. Pero quisiera antes dirigir mis últimas palabras a los gimnetas de este recinto —solicitó Aquiles.

—Yo a ti nada puedo negarte, valeroso Aquiles, así que habla —lo animó Atenea, que no estaba convencida de querer que sus gimnetas escucharan aquellas palabras llenas de desasosiego.

—Si nacer es un crimen que no cometimos y pagamos caro, desperdiciar la vida es un crimen que sí cometemos y que no tiene perdón. Es imperioso sacarle provecho incluso a aquello que se nos ha dado sin haberlo pedido. Tan inaudito e improbable es el don de la vida, que si se nos ha regalado mal haríamos en dilapidarlo —argumentó Aquiles, dirigiéndose a los jóvenes gimnetas en las gradas de la arena—. Pero ninguno de ustedes debe interpretar mis palabras como una licencia para abandonarse al ciego disfrute. Ustedes no tienen derecho a una vida así, pues están obligados a dominar las duras artes de la lucha y deben aprender también a conocer y refrenar sus instintos. Y este es, de entre los muchos trabajos del mundo, el más difícil quizá. Ustedes tienen que recorrer la senda del conocimiento de sí mismos con más empeño que cualquier otro mortal. Y esta misión demanda renunciar a la fatua promesa de felicidad que seduce el corazón de los débiles, de los lascivos, de los brutos, de los perversos —reflexionaba Aquiles, que a estas alturas de su discurso parecía hablarse más bien a sí mismo—. Ustedes deben hacerse diestros en la renuncia, y sin renunciar a la vida, morir de a poco en cada una de sus acciones. Pelear siempre, sin descanso, para que aquel que es capaz de gozar la vida no lo haga a costa del que no puede. Ustedes son la fuerza y la violencia domesticadas al servicio de nuestra diosa. Ustedes son el brazo invencible de Atenea y tienen la obligación de llevar al mundo la justicia —concluyó Aquiles, adoptando una postura digna y solemne.

—¡Cuánta verdad te asiste, veloz Aquiles! ¡Y justo por eso te sobrevivirá una gloria inmortal! —proclamó la diosa, animando a los aspirantes en las gradas a celebrar y aplaudir el lóbrego discurso que acababan de escuchar.

Los aplausos, aunque comenzaron discretos, terminaron en una gran ovación que Aquiles recibió impávido.

—Esta vida de duro sacrificio, que tan fielmente describiste, no parece ciertamente cosa digna de vivirse. Pero los muchos y atroces sacrificios de los guerreros atenienses habrán de ser recompensados con imperecedera fama, como la tuya. Una fama por encima de los nombres, de los rostros, de las simples y ordinarias historias de los muchos que siempre, en todo tiempo y lugar, acudirán a ustedes buscando protección y cobijo. Y aunque más resistente al paso del tiempo, la fama de los opresores, de los tiranos, de los posesos de la lujuria y el vicio, tampoco sobreviviría a la de ustedes, que los aplastarán con sus poderosos puños. El sacrificio, querido y esforzado Aquiles, es proporcional a la celebridad con que serán por siempre recordados. Ustedes, mis guerreros, serán los héroes de la eternidad —falló decidida la soberana diosa, posando su ligera mano en el hombro de Aquiles, quien ya se había hincado ante ella.

Los aspirantes del graderío habían redoblado su euforia y nadie, a excepción de Hefesto, que miraba desde lejos, parecía notar que Aquiles tenía ya un pie en el Hades. Los movimientos de su cuerpo respondían maquinalmente a lo que la ceremonia demandaba, pero su alma ya había ocupado un asiento en la barcaza de Caronte. El dios artesano sintió pena por aquel hombre que, en dos vidas, solo había podido conocer la lucha, el dolor y la muerte.

—¡Agertes, acércate a nosotros! Así como hoy todos reconocemos la excepcional labor del veloz Aquiles, así también es preciso hacer luz sobre tus loables hazañas. El Gimnasio no habría tenido materia propicia para modelar guerreros, si tú no lo hubieras poblado de valientes hombres y mujeres. Yo te libero de la panoplia de sagrada, Agertes, y te nombro ahora nuestro nuevo Ánax —proclamó Atenea, para sorpresa del guerrero, quien no había sido advertido de la nueva responsabilidad que habría de encomendársele.

El graderío estalló en vítores al contemplar la panoplia crisoelefantina desprenderse del cuerpo de Agertes para ir a ocupar su sitio, hasta entonces vacío, en el legendario nicho de la primera vestimenta sagrada. Los aspirantes contemplaron extasiados cómo la armadura reflejaba los rayos del sol mientras Hefesto, a la distancia, trataba de adivinar en la superficie de la vestimenta las huellas de sus antiguas batallas.

Atenea ofreció entonces las armas de Aquiles a Agertes, quien se hincó para recibirlas, al tiempo que los gimnetas refrenaban sus ánimos para escuchar la voz de la diosa:

—¡Levántate, leal y esforzado Agertes! Nadie mejor que tú sabe que el Gimnasio está y siempre deberá estar por encima de quien lo dirige, de quienes en él enseñan y de quienes en él aprenden. Esa es y será tu consigna hasta el final de tu mandato —sentenció Atenea, al tiempo que Agertes se incorporaba, a un lado de Aquiles, quien a pesar de ser mayor en talla, lucía más pequeño y desnudo sin sus armas—. ¡Gimnetas, guerreros y didáscalos, he aquí a su nuevo Ánax! A él, como al primero, deberán en todo obedecer y honrar, porque es él quien con su mando me representa en el recinto… —agregó Atenea, en tono grave y solemne—. ¡Es tiempo ya, amado Aquiles, de llevarte de vuelta al país de las sombras! —concluyó la diosa de forma inapelable, tomando al héroe de la mano para caminar juntos hacia la salida del Gimnasio.

—Anfión, tañe tu lira e interpreta un himno en honor a la partida de Aquiles… —ordenó Agertes al último hoplita investido, quien atendió solícito.

La melodía que brotó de su instrumento conmovió el ánimo de gimnetas y didáscalos, e incluso el del mismo Hefesto, que derramó una lágrima al arrastrar sus pasos de vuelta al taller.

Una vez que Atenea y el héroe traspusieron el umbral del Gimnasio dejando atrás a la leal Esfinge, que les despidió respetuosamente al verlos pasar, la diosa volvió a abordar a un Aquiles trémulo, pálido y débil, que se mantenía en pie colgado de su brazo:

—No solo dejas el Gimnasio, valeroso Aquiles, sino también la vida, y esta vez para siempre…

—Jamás mis mortales ojos vieron un cielo tan calmo y azul como este, mi señora… —respondió Aquiles, con un tono de voz titubeante y senil—. Quisiera adentrarme en el celeste del firmamento hasta olvidar por completo el rojo de la sangre que he vertido… —dijo el héroe, haciendo un vano intento por mirar de nueva cuenta sus manos, que a falta de fuerzas ya no pudo levantar—. La música de la lira es tan dulce que apaga en mis oídos los gritos de horror de mujeres y niños; el aire es tan fresco que disipa la pestilencia a quemazón y cenizas de mi nariz. ¿Será así también mañana? ¡Que si así fuera, mi señora, me gustaría quedarme! —lloró Aquiles, traicionado por sus rodillas.

Atenea, conmovida, levantó al héroe en sus brazos para seguir el camino, y así lo llevó hasta la orilla del río Aqueronte, sintiendo a cada paso cómo el cuerpo del héroe se desvanecía.

—¡Déjame partir, mi diosa, creyendo que este arrebatador instante bien vale el sacrificio de tus guerreros! —musitó Aquiles, mientras Atenea lo depositaba tiernamente en la barcaza conducida por Caronte, a quien dio el respectivo óbolo—. ¡Oh, hermano Héctor, espérame, que ya voy por fin tras tus pasos! —exclamó con sus postreras fuerzas, mientras la barcaza se adentraba por las aguas cenagosas.

Mientras tanto en el Gimnasio, aprovechando la algarabía general, Cástor se escabulló sin ser notado hasta el pedestal custodiado por la Esfinge.

—Polideuces de Dioniso, Hefesto no ha salido del recinto, ¿a dónde vas y por qué justo ahora? —preguntó la bestia.

—Voy a cumplir con la última tarea que me encomendara el Ánax Aquiles —contestó Cástor, con el saco en el que transportaba su espuria panoplia a la espalda.

—Aquiles se ha ido al inframundo de mano de la diosa Atenea, como tú mismo y todos en el Gimnasio acaban de atestiguar. Su autoridad ya no impera aquí.

—Temiendo que nuestros enemigos pudieran aprovechar este momento, el Ánax me pidió que montara guardia en las inmediaciones del recinto apenas se marcharan él y Atenea —explicó Cástor, quien ya había puesto sus dos pies fuera.

—¡Alto ahí, basileus! —bramó la Esfinge, que de un rápido zarpazo reventó el saco, haciendo caer al suelo las piezas de la falsa panoplia—. ¿Cómo sé que esa instrucción en efecto te fue dada por el extinto Aquiles?

—No tengo forma de comprobártelo… —replicó Cástor, tanteando con la punta de sus dedos la herida que le acababa de hacer la feroz bestia—. Pero si insistes en impedir mi misión, tendré que matarte…

La Esfinge, al escuchar semejante amenaza, encrespó el lomo.

—¿Te crees capaz? —preguntó, relamiéndose los labios.

—Me creo capaz, mas piensa en lo que voy a decirte: si te aniquilo, no quedará nadie que custodie la entrada al recinto… Si tú me matas, no habrá nadie que realice la última voluntad del Ánax Aquiles… Si nos matamos mutuamente, no podremos advertir al Ánax Agertes de la llegada del enemigo, si es que lo hay, que cruzará por esta entrada en completa libertad… ¿Crees que convenga que averigüemos quién es capaz de dar muerte a quién? —hilvanó Cástor, haciendo nudos a los jirones del saco.

La Esfinge, dubitativa, replegó sus tupidas alas:

—Eres osado, pero también persuasivo, Polideuces de Dioniso. ¡Vete ya y cumple con  tu misión, que yo aquí habré de cumplir con la mía!

Entonces, Cástor se internó velozmente en la espesura del bosque con dirección al campamento de Ares.

—Llegó el momento.

—¿Ya se han ido?

—Así es; pero antes de marcharse, Atenea nombró a Agertes como Ánax del Gimnasio —dijo Cástor, reflexivo, preocupado.

—¡Bah! ¡No es rival para mis hijos! —vociferó Ares, ufano, dando un manotazo sobre la mesa donde Cástor había colocado un pedestre plano del recinto trazado por él mismo.

—La experiencia dice que no son rivales los hijos para quien le puede al padre… —reviró Cástor, con ironía, lanzando una mirada desdeñosa a los gemelos que se encontraban a cada lado de la mesa.

—¡Vamos, dispón ya las cosas! ¡Cuanto más pronto me traigas a Hefesto, más rápido me desharé de ti! —ordenó Ares, que sentía una intensa animadversión por Cástor.

El dios era bien correspondido: Cástor tampoco podía sufrir su trato. Mortal e inmortal se toleraban porque así convenía a sus intereses, pero se detestaban mutuamente y aprovechaban cada ocasión para hacérselo saber.

—En la madrugada volveré al Gimnasio pero no puedo entrar solo. Es necesario incendiar los dormitorios de los varones y el Gineceo… —al llegar a este punto, Cástor hizo una incómoda pausa.

—¡Otra vez ese maldito Gineceo! —intervino Deimos, que no podía tolerar la inquietud que sobrecogía al mortal cada que se refería a aquel lugar. 

—El Gineceo carece de ventanas; es así para que nadie pueda mirar dentro. Debemos prenderle fuego, y uno de ustedes debe apostarse en la puerta para acribillar a todas las que intenten salir. No podemos permitir que las gimnetas inunden el recinto…

—Concedes demasiada importancia a esas patéticas bestias… —reviró Ares, desdeñosamente.

Cástor lo miró, y aunque había llegado a reconocer que en el Gimnasio se inculcaba una idea demasiado halagüeña de las propias virtudes, estaba convencido de que Ares y los suyos subestimaban peligrosamente a las guerreras y guerreros de Atenea.

—El incendio del dormitorio y el Gineceo debe ser rápido y preciso, para obligar al Ánax, a la Esfinge y a los didáscalos a obrar cada uno por su propia cuenta. Deliberen entre ustedes a quién van a enfrentar; pueden elegir libremente, excepto a Quirón. Del viejo centauro me encargaré yo… —determinó Cástor, esperando respuesta de los hijos de Ares.

—Yo tomo a los hijos de Zeus… —solicitó Fobos, arrebatándole la palabra a su hermano, que estaba a punto de hacer su elección.

—Bien, tú quédate entonces con Perseo y con Heracles, que yo me ocuparé de Teseo… Pero no puedo desperdiciar toda mi fuerza en ese mísero mortal. Necesito, así sea solo para igualarte en cantidad, a otro digno oponente… —reclamó Deimos, irritado por la presunción de su hermano, con quien siempre estaba compitiendo por atraer la atención de su padre.

—Ya puedes entonces ocuparte de la celosa Esfinge. Será ella la primera en responder el ataque, estoy seguro, y lo hará incluso a costa de abandonar su pedestal. Pero queda el Ánax Agertes, a quien, según parece, ninguno quiere enfrentar, o volver a enfrentar… —deslizó Cástor con sorna, que fue muy mal recibida por Ares.

—No voy a caer en tus pueriles provocaciones. ¡Ocúpate tú de él y hazle pagar por haberte llevado al Gimnasio! Dos inmortales son suficientes para aplastar ese inmundo hormiguero —exclamó Ares con desprecio.

—¿No sería mejor tres inmortales? —murmuró una dulce y melodiosa voz de mujer, proveniente de una sombra sutil y bermeja que se coló a la tienda de los conspiradores a través de sus muchas junturas—. No hará falta que ninguno de ustedes, ni siquiera tú, querido hermano, confronte a ese Ánax del Gimnasio. ¡Yo misma he de hacerlo! Me gustaría comprobar qué tan poderoso es el mortal con el que peleaste en Ísmaro…

Era Enio, la diosa de las guerras sangrientas, corporizándose ante los virginales ojos de Cástor, que jamás habían sido heridos por la feminidad.

—¡Ah, pero si eres tú! ¿Cuánto tiempo llevas espiandonos? Ya veo que esperaste hasta el último momento para quedarte con el mejor bocado… —gritó Ares, sonriente y entusiasmado ante la presencia de su hermana.

—Estoy aquí desde que instalaste el campamento, siguiéndoles muy de cerca los pasos a ti y a este curioso joven… —respondió Enio, lanzando una risueña mirada a Cástor, quien al escucharse aludido por aquella melosa voz sintió que se le vencían las rodillas—. Durante todo este tiempo me hice pasar por una de las humildes mujeres que sirven en el campamento y desde mi anonimato les he visto tejer, puntada a puntada, la red que esta noche tenderán contra el Gimnasio de Atenea.

—¡Sola al Gimnasio podría mandarte y encadenado como un perro me traerías a Hefesto! —exclamó Ares, aproximándose a su hermana con los brazos abiertos; mas ella, sin siquiera mirarlo, le detuvo con un gesto de su blanca mano.

—Siento un especial interés por la ardiente ojeriza de este joven contra Atenea y su Gimnasio —dijo Enio, arrastrando sus palabras y sus pasos hacia Cástor, que la miraba con un asombro que devino en temor al sentirla aproximarse—. Estoy admirada de la osadía con que este muchacho ha construido sus alianzas y de la paciencia con que ha planeado el ataque. Por eso, y puesto que en alta estima me tienes, dame ocasión, querido hermano, de ejercitarme acompañando a este valiente guerrero en la ejecución de su venganza —pidió la diosa, colgada del cuello de Cástor, cuyos miembros temblaban de manera incontrolable.

—¡Que se haga como quieres! —concedió Ares, que observaba con repugnancia los entreveros de su hermana con el mortal—. ¡Ya lo has escuchado, basileus bastardo! Será Enio quien se encargue de Agertes. El reparto está hecho y ya no hay nada más que deliberar…

—¡El Gineceo! ¿Quién se va a ocupar del Gineceo?

—¡Ya vuelves a ese maldito lugar! —reviró Ares.

—¿Por qué no te ocupas tú de él, mi señor? El reparto se ha consumado, ciertamente, pero a ti no te ha tocado nada… —sugirió Cástor con ironía.

—Es cierto… Dime, hermano, ¿por qué tú no nos acompañas? Nunca antes te he visto rehuir una contienda y esta no es una que se pueda despreciar —preguntó Enio con sincera curiosidad.

—¿No es el lecho también un campo de batalla? Hace tanto que vengo haciéndome el sordo y el ciego a los imperiosos reclamos de Afrodita; pero esta noche, mientras ustedes devastan el Gimnasio, tendremos por fin nuestra propia batalla. Y no es menor mi contienda a la de ustedes…

Cástor sintió asco ante las palabras del orgulloso Dios. Pero sintió pena también por su mentor, al comprobar que sus celos no eran infundados.

—¡Todos juzgan sus batallas como las más duras! ¡Vayamos nosotros al Gimnasio de Atenea y tú al tálamo de Afrodita! —exclamó Enio, jubilosa por las inciertas emociones que les deparaba la noche.

—Prenderán fuego a ese Gineceo, atrancarán su puerta y con eso será más que suficiente. Cuando los héroes y Agertes hayan caído, conducirás a mis hijos y a mi hermana hasta el taller…

—¿Estás seguro de que los didáscalos y Agertes van a caer? —interrumpió Cástor, indignado.

—¡Son mortales, como tú! —vociferó Ares, harto de los escrúpulos del traidor.

—¡Necesitamos un plan y orden! —reclamó Cástor, que anticipaba la desgracia ante la ciega obstinación del dios de la guerra.

—¡Basta! —tronó por fin Ares, haciendo añicos de un manotazo la mesa sobre la que reposaba el mapa del Gimnasio, que quedó reducido a cenizas—. ¡Arrasarán con todo lo que respire en esa pocilga para capturar al único inmortal que la habita! Y entonces, me lo llevarán junto con sus herramientas… —concluyó el dios, terminantemente, y clavando sus flamígeros ojos en el traidor.

Cástor pudo sentir cómo los vellos de su cuerpo y de su rostro se chamuscaban por el calor desprendido por la mirada del dios. Resuelto a no discutir más, comenzó a ceñirse la espuria panoplia.

—No se puede ocultar que tienes talento. Esa réplica de panoplia es verdaderamente exquisita; nadie creería que fue hecha por un mortal. Estoy ansiosa por averiguar qué más eres capaz de hacer con esas manos de artista… —murmuró la diosa, con palabras suaves y tibias que extasiaron los oídos de Cástor y obnubilaron su razón.

—¡Yo entraré contigo al Gimnasio! Pero antes de que partamos, tengo algo que darte… —exclamó Enio, pidiéndole a Cástor, que ya tenía un pie fuera de la tienda, que se aproximara.

Cástor desandó el camino, mareado y con paso titubeante. Entonces, la siniestra deidad se apretó contra su cuerpo y el muchacho pudo respirar su aliento tibio y embriagador. Con sus pálidas y mortíferas manos, Enio acarició el rostro del joven, que se hallaba perdido en el abismo de sus negras pupilas. Cástor no advertía que, en cada una de las caricias que ella le prodigaba en los hombros, los brazos y la espalda, abría con sus afiladas uñas delgados surcos en el metal de su armadura, por los que comenzó a brotar su sangre.

El osado aprendiz quiso estrechar a la diosa entre sus brazos y buscó sus labios para besarla, pero no encontró más que un humo bermejo que se escurrió entre sus miembros. Aquel vapor comenzó a dibujar densas y caprichosas volutas, enroscándose en la piña del tirso que Cástor sostenía. La piña absorbió el humo tornándose roja como la sangre sacrificial.

—¡Parte ahora! Ya tienes el aspecto de haber librado una cruenta lucha. Si vas a traicionar el Gimnasio, que no te sea escaso el arte, del que tus hábiles manos algo entienden… —escuchó Cástor la voz de la diosa, que brotaba perversa de la piña de su tirso.

Sofocado y tembloroso, salió el traidor del campamento con dirección a su destino.

Traiciones
Cástor es una fisura en el sistema perfecto e ideal, aunque profundamente cruel, que Atenea ha erigido en el Gimnasio. Esa grieta se convierte poco a poco en una herida abierta y sangrante que terminará por arrastrar a la institución hacia su devastación. Sin embargo, la destrucción del recinto sólo puede consumarse a un precio terrible: la traición. Cástor se ve obligado a defraudar el amor y la confianza del único habitante del Gimnasio que fue verdaderamente honesto con él: Hefesto. Aquel acto se instalará en el corazón del muchacho como una enfermedad incurable, que avanzará lenta e inexorablemente hasta consumirlo.


Fuentes:
La mitología griega está llena de traiciones de toda índole, muchas de las cuales, si no es que casi todas, culminan de manera catastrófica: hijos que se rebelan contra sus padres, esposos que quebrantan sus juramentos, amigos que abandonan a quienes les fueron leales y dioses que frustran las expectativas de mortales y héroes. Desde una perspectiva mitológica, la traición suele marcar la ruptura de un orden establecido y desencadenar transformaciones decisivas; revela la fragilidad de la condición humana y la permanente tensión entre el deber y el deseo.

La traición resulta particularmente dolorosa cuando se gesta en el seno de un vínculo amoroso. Entonces, la ruptura de la confianza no sólo destruye una relación, sino que precipita una catástrofe moral y afectiva. El caso más paradigmático del amor burlado es, sin duda, el de Medea y Jasón.

La historia de esta tragedia se articula en diversas fuentes de la tradición griega. El nacimiento del amor de Medea por Jasón y los sacrificios que realiza por él ocupan un lugar central en las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, especialmente en los libros III (vv. 275–298, 744–824 y 948–1140) y IV (vv. 1–240), mientras que una versión más condensada del mito aparece en la Pítica IV de Píndaro (vv. 213–300). Sin embargo, fue Eurípides quien convirtió esta historia en una de las mayores tragedias de la literatura occidental al centrar su atención en la traición de Jasón y en la devastadora respuesta de Medea, quien lleva su venganza hasta el extremo de asesinar a los hijos nacidos de su unión con él. Esta interpretación se ha conservado hasta la actualidad en la tragedia que lleva precisamente el nombre de la protagonista: Medea.

Continúa en Canto séptimo, Asalto...