Canto séptimo
Asalto

—¿Qué te ha pasado, Polideuces, que vienes bañado en sangre? —preguntó la Esfinge, sorprendida, cuando Cástor se plantó, jadeante, ante su pedestal.

—¡Esta sangre es mía y de otros que no tardarán en agolparse ante el acceso que custodias! ¡Déjame entrar, celosa Esfinge! ¡No hay tiempo para dar dos veces la misma noticia! ¡No es a ti, sino al Ánax Agertes, a quien debo advertir sobre la amenaza que ahora mismo se cierne sobre el Gimnasio! —exclamó Cástor, resoplando y arrastrando los pasos para cruzar el umbral.

—¿Qué es lo que sucede? —insistió la Esfinge, cuyos pelos del lomo se erizaron confiriéndole un aspecto pavoroso.

—Antes de que te responda, dime tú si por estas puertas ha salido Hefesto… —devolvió Cástor, cayendo de hinojos.

—Nadie ha cruzado por aquí después de tu partida… —respondió la bestia, inspeccionando de cerca al yaciente mortal—. Percibo una presencia extraña —murmuró, descendiendo de la columna y olfateando de un lado a otro.

—¡Eran fundadas las sospechas del precavido Aquiles! —masculló Cástor, arrastrándose hacia el interior del recinto, hasta que la Esfinge lo inmovilizó con una de sus garras colosales.

El osado aprendiz, que apenas podía respirar bajo el peso de la bestia, sintió la húmeda nariz del monstruo recorriendo su espalda.

—¡Déjame entrar, leal Esfinge! ¡Tu deber es defender esta entrada, que pronto será asediada, y el mío prevenir al Anax! —suplicó Cástor con un hilo de voz, pero el legendario animal parecía no escucharle.

La Esfinge lo aprisionaba con sus patas delanteras, triturándole los huesos mientras lo olisqueaba de arriba abajo. De pronto, Cástor sintió que el codo del brazo con el que llevaba el tirso se quebraba al revés ante la opresión de la fiera, que pegó su rostro a la bermeja piña. Al instante, brotó del tirso, enroscándose al cuello de la Esfinge, una hiedra roja que manaba sangre. La bestia dio un brinco hacia atrás, intentando deshacerse de aquella planta que cubría todo su cuerpo, restringiendo sus movimientos.

Al fin libre, Cástor se incorporó y, trastabillando, se internó en el recinto por la vía principal en dirección a la arena. Una vez ahí, se detuvo para contemplar las gradas, desde donde contempló la muerte de tantos y tantas. De la piña del tirso emergió un humo bermejo que se corporizó ante sus ojos, adquiriendo torneadas y pronunciadas formas.

—Dime, ¿cuáles son los edificios que hay que incendiar? —preguntó Enio, al tiempo que le tocaba el codo roto, apenas con la punta de los dedos. La articulación de Cástor sanó al instante y, con ese mismo brazo, el traidor le indicó el dormitorio y el Gineceo.

Enio volvió a desvanecerse en el aire, y apenas tuvo Cástor tiempo de parpadear, cuando vio cómo un remolino de rojas llamas envolvía por completo el dormitorio de los gimnetas. Como flamígero tentáculo, el fuego alcanzó el Gineceo, un edificio más compacto y alto. Otras dos flamígeras tenazas desprendieron del techo dos vigas de madera con las que Enio atrancó las puertas que abrían hacia afuera. Entonces Cástor quebrantó el silencio que imperaba en el Gimnasio con un grito desgarrador.

—¡Ánax Agertes, atiende mi voz que la catástrofe nos amenaza! —aulló Cástor, plantado firme en el centro de la arena—. En ese preciso instante, provenientes de los edificios en llamas, comenzaron a escucharse los espantosos bramidos de los gimnetas.

—¿Quién eres tú y qué es ese horrible estruendo?— Preguntó el Ánax, quien no tardó ni un instante en asomarse por el balcón que daba a la arena—. Cástor lo miraba con siniestra y altiva pose, adoptando una posición de pelea. Ante los ojos incrédulos del Ánax, los dos edificios eran devorados por salvajes llamas.

Los aspirantes comenzaron a salir por puertas y ventanas. Iban heridos, agonizantes, mutilados o envueltos en llamas, pero sus gritos eran opacados por los berridos infernales de las gimnetas, atrapadas en el Gineceo.

—¡Soy Polideuces, basileus sagrado de Dioniso! —gritó el osado aprendiz, con ironía y rabia, señalándolo con su tirso.

—¡Tú no eres Polideuces, sino Cástor! ¡Te conozco bien y ya me doy cuenta de que esto es una infame emboscada! —vociferó el Ánax, lanzándole su veloz y poderosa lanza.

—¿Así que tú eres Agertes? Hace mucho que quería conocerte… —exclamó Enio, que había detenido con su blanca mano la veloz saeta justo antes de que atravesara la panoplia y el pecho de Cástor—. ¡Toma, empuña de nuevo tu pértiga! —bramó la diosa, tirándosela de vuelta al Ánax, quien dio un paso al costado para cogerla en pleno vuelo.

—¿Quién eres y qué poderes ostentas para detener esta lanza con una sola mano?

—¡Ya voy hasta donde estás, para susurrarle a tu cadáver la respuesta! —clamó la diosa, quien ante los desorbitados ojos de Cástor se precipitó contra el Ánax en forma de llama.

La Esfinge logró deshacerse al fin de la hiedra sangrante que aprisionaba sus miembros y corrió presurosa al interior del recinto, atraída por los alaridos de las gimnetas que se calcinaban dentro del Gineceo. De un solo zarpazo, la bestia quitó las dos trabes que atrancaban la puerta permitiendo a las muchachas sobrevivientes, que no eran muchas, huir de las voraces llamas.

Mientras tanto, por las desguarnecidas puertas del Gimnasio entraban Deimos y Fobos, rematando con sus espadas a los gimnetas que encontraban a su paso.

—¡Allá viene Heracles! —advirtió Deimos, al divisar al forzudo héroe, que avanzaba rápida y decididamente hacia ellos—. ¡Tú enfréntalo, mientras yo voy por esa maldita Esfinge!

Los gemelos se separaron para hacer frente, cada uno, a su propio rival. Para entonces, el fuego ya había consumido en su totalidad ambos edificios y comenzaba a expandirse a las otras construcciones del recinto. Los aspirantes que habían logrado salir intentaban luchar cuerpo a cuerpo con los dioses guerreros, mas estos los hacían volar por los aires con apenas tocarlos.

Al constatar que Enio se batía ferozmente con el Ánax, Cástor echó a andar presuroso hacia la pequeña cabaña del centauro Quirón, ubicada en el extremo oriente del recinto, donde este vivía e impartía sus lecciones. Ahí se hallaban los establos de las cabras y las reses, la fuente de la que brotaba el agua que alimentaba el Gimnasio y también un huerto donde el centauro cultivaba, con la ayuda de algunos gimnetas, olivas, higos y legumbres para el sustento común. Cástor lo encontró plantado en el quicio de su puerta, contemplando horrorizado con sus grises y cansados ojos la desgracia que se cernía sobre el Gimnasio.

—¿Te conmueve lo que ves, maestro? Pues nunca antes, hasta ahora, te había visto derramar una lágrima… —preguntó el traidor, apareciéndose ante el viejo centauro como una sigilosa sombra emergida de la noche.

—¿Eres tú, Cástor? ¡Mírate, bañado en la sangre de tus hermanas y hermanos! —exclamó Quirón, desencajado, al distinguir la terrible estampa del que fuera su pupilo.

—¿Hermanos? Sí, yo tuve una vez un hermano… —masculló Cástor con inocultable pesar.

—Estás perturbado, muchacho… —lamentó el centauro, sin poder apartar los ojos del fragor de la batalla.

—¿Incluso ahora, en tu última hora, tan poco valgo para ti que no merezco que me mires a la cara? —reclamó Cástor, furioso.

—Ya te miro, joven Cástor, puesto que tienes, según amenazas, mi tiempo contado. Dime, ¿por qué? —inquirió el centauro, señalando la masacre que cobraba fuerza a la distancia.

—No estás, maestro, en posición de hacer preguntas, pero sí de responderlas. Ahora sí vas a decirme con toda claridad, sin acertijos ni enigmas, ¿por qué preferiste postular a Polideuces, y no a mí, para vestir panoplia sagrada, cuando yo demostré siempre ser más diestro y aventajado que él? —articuló al fin Cástor, despojándose del yelmo, mientras arrastraba sus ojos inyectados en sangre del establo al manantial y de este al huerto, deteniéndose en cada sitio como si ahí lo asaltaran lejanos y dolorosos recuerdos.

—¿Qué otra respuesta quieres a tu pregunta que esta? —exclamó el didáscalo, volviendo a señalar con un movimiento de sus gruesos brazos la barbarie que devastaba el recinto.

—¡Mira cuánta sangre ha sido necesario derramar para que tú, obstinado, te obligues por fin a contestar con claridad una simple y maldita pregunta! ¿Por qué Polideuces y no yo? —gritó Cástor, encarando a Quirón e hirviendo en su propia cólera.

—No entendiste entonces y tampoco entiendes ahora que la panoplia no es un trofeo, sino una condena. Y tanto como trofeo la deseaste, que de aprendiz al taller de Hefesto te metiste solo para forjarte una… ¡Te has perdido! Te has perdido y condenado, hijo mío… —expresó Quirón, extendiendo las manos hacia las mejillas de Cástor y mirándolo con insondable pena.

—¡Quirón, yo te maldigo con todo el ardor de mi inflamado corazón! —explotó el traidor en un doloroso aullido, al tiempo que atravesaba a su antiguo maestro con el espurio tirso.

Al sentir la estocada, el viejo centauro apretó con fuerza el rostro del que fuera su pupilo, mientras caía lentamente al suelo, entre las flores que adornaban su umbral. Cástor sujetaba al centauro y lo sentía temblar en la tierra como si fuera un crío aterido. El mentor de gimnetas y héroes intentaba poner en palabras un pesar mucho más grande que el que le producía la herida por la cual se desangraba, pero el sonido no salía de sus labios marchitos.

Con los ojos inundados en llanto, sintiendo una profunda lástima por Cástor, Quirón alcanzó finalmente a murmurar con su último aliento:

—¿Por qué elegí a Polideuces y no a ti? En tus manos, pequeño Cástor, yace ya la respuesta…

—¡Eres poderosa, feroz Esfinge! Sería preciso combatir contigo dos días y dos noches para darte muerte, pero no podemos permanecer aquí tanto tiempo —exclamó Deimos, eludiendo con dificultad los zarpazos de la custodia del Gimnasio para luego escapar hacia la orilla de la palestra, donde su hermano Fobos combatía mano a mano con Heracles.

—¡Tanto se quieren los hermanos que han decidido caer juntos a mis pies! —se jactó el hijo favorito de Zeus al ver venir a Deimos, mientras tenía sujeto a Fobos por el cuello, quien hacía grandes pero infructuosos esfuerzos por zafarse.

—¡Debemos abandonar las contiendas individuales para darle alcance a Cástor! —bramó Deimos, alzando contra Heracles su flamígera pértiga.

El hacedor de trabajos soltó a Fobos para bloquear el embate; instante que este aprovechó para golpear al héroe en el pecho. El esforzado guerrero salió proyectado, cayendo al otro lado de la arena tras chocar contra una columna que se derrumbó sobre su cuerpo. Entonces, cada uno de los dioses gemelos tomó su propio rumbo, perdiéndose de vista entre la densa cortina de humo y llamas.

—¿Abandonan nuestra lid, miserables despojos de dioses? —clamó Heracles mientras se levantaba de entre los escombros, pero los gemelos ya se habían escapado.

—¡Anax: los dioses gemelos buscan a Cástor! —exclamó Heracles, mientras Agertes, en terrible lucha, se debatía con la sangrienta Enio.

—¡Cástor ha sido el traidor! ¡Hay que capturarlo vivo! —respondió el Ánax, lanzando veloces golpes de su venablo a la elusiva diosa de bermejas ropas.

—¡A Cástor no volverás a verlo, si antes yo misma lo encuentro! Te respeto, Agertes, pues hay que estar señalado por las Moiras para sobrevivir a la lucha contra dos inmortales… —reconoció la deidad para luego esfumarse, dejando tras de sí una estela vaporosa.

—¡Didáscalos, guerreros, gimnetas, escuchen! ¡Hefesto es el preciado botín de este ataque! —bramó el Ánax, haciéndose escuchar en todo el recinto—. ¡Debemos impedir que se lo lleven, aunque en ello el Gimnasio irremediablemente se pierda!

Entonces Thysía, una discreta gimneta que había logrado escapar con vida del Gineceo, echó a correr hacia la salida del Gimnasio portando un leño ardiente a modo de antorcha. Otras muchachas, que comprendieron al instante lo que intentaba hacer, emularon su ejemplo y se fueron tras sus pasos.

—¡Malditas cobardes! ¡La lucha está por acá! —gritó Teseo, indignado, y deseoso de darles alcance para castigarlas.

El héroe renunció a su propósito cuando vio que la Esfinge ya iba presurosa tras ellas…

—Miserables, tendrán su merecido… —celebró el ateniense entre dientes, para luego integrarse a la marcha de los otros.

Nadie, sin embargo, fue capaz de llegar; sobre la vía que conducía directo al taller, Enio ya había apilando escombros llameantes de los edificios destruidos. Agertes, los héroes y los gimnetas comprendieron que sería imposible pasar por ahí, por lo que dieron la vuelta con la intención de salir del recinto y rodearlo; pero la diosa ya había levantado más barricadas en ese extremo de la vía. Como ratones, habían caído en la trampa y ahora estaban cercados por infranqueables columnas de fuego y humo.

—¡Vienen por ti, maestro! ¡Del Gimnasio solo quedan cenizas! ¡Sígueme, que yo veré la forma de sacarte de aquí! —dijo Cástor a Hefesto, quien ya se había atrincherado en la oscuridad de su herrumbroso taller.

—¡Por los dioses, que vienes bañado en negra sangre! ¿Quiénes vienen por mí? —preguntó el dios, sorprendido al enterarse de que era él la causa de aquella espantosa masacre—. ¿Qué son esos trastos que estás vistiendo? —inquirió el forjador olímpico, tanteando el cuerpo de su aprendiz con sus toscas manos.

—Es pedacería de la forja. Me he puesto estos retazos para protegerme de los invasores, que están incendiando cada rincón del recinto para buscarte… No tardarán en derrumbar también esta puerta —susurró Cástor a su mentor.

—¿Qué cuentas debo y a quién, para tener que pagar con tamaña desgracia? —profirió el dios, tirándose los encrespados cabellos al contemplar a la distancia las columnas de fuego y humo recortadas en la negra noche.

—Ares ha enviado a su hermana y sus hijos a devastar el Gimnasio con el único propósito de capturarte —contestó el traidor con dureza.

—¡Ah, impúdico profanador de aposentos! —vociferó Hefesto, volteando una mesa de un manotazo, incapaz de contener su ira.

—¡Vas a delatarnos, maestro! Esos tres no van a parar hasta encontrarte. ¿Quieres saber para qué te quiere Ares? Tal vez al saberlo te decidas al fin a seguir mis pasos… Ares te quiere como forjador de panoplias divinas —le susurró Cástor al oído.

—¡Padre Zeus, nunca, ni aunque al Tártaro me condenes, habré de servirle a ese asqueroso animal de lujuria que es tu hijo! —clamó Hefesto, levantando los puños al cielo e invocando al rey de los olímpicos—. ¿Pero cómo es que tú sabes eso? —preguntó el dios, contrariado.

—¡Calla! Si no es voluntariamente, voy a sacarte por la fuerza… —exclamó Cástor, arrastrando al dios.

—Ya te sigo, hijo mío, aunque mi voluntad es quedarme a pelear… —sentenció Hefesto, crispando los puños.

—Es en la fragua y no en el campo de batalla donde se encuentra tu arte, querido maestro. Y no será con un martillo, te lo aseguro, como podrás repeler a tus perseguidores. ¡Marchémonos ya!

—¡Espera! Llévate esto, que seguro va a sernos de utilidad… —lo retuvo Hefesto, entregándole un envoltorio que cogió de una alta repisa y que manipuló con sumo cuidado.

—¿Qué es? —preguntó Cástor, sujetando la misteriosa dádiva con sus manos ensangrentadas.

—Es una de las máscaras que forjé con la égida de Atenea. ¡Guárdala! No te la pongas aún y no lo hagas, a menos que sea necesario, pues no queremos sembrar el camino con las estatuas de nuestros amigos…

—Eres precavido y noble, maestro… —expresó Cástor, guardándose la siniestra máscara y derramando una lágrima de culpa por aprovecharse de la confianza del dios.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras, hijo mío?

—No son lágrimas las que inundan mis ojos, querido maestro, sino el humo del fuego que consume el recinto…
Apenas salieron del taller, Cástor aproximó la piña de su tirso a las llamas. Seguido por su maestro, comenzaron escabullirse entre la vorágine de muerte y destrucción con dirección al penumbroso bosque.

—¡Anfión! ¡Tañe tu lira y abre una brecha hacia el taller! —ordenó el Anax, a lo que el virtuoso hoplita respondió pulsando las cuerdas de su instrumento.

Entonces, impulsados por la música tectónica que emergía de la lira, los escombros comenzaron apartarse hacia los flancos, abriendo un estrecho pasillo por el que aún serpenteaban las llamas.

—¡Perseo, Teseo, vayan directamente al taller de Hefesto! ¡Ahí habrá ido el pérfido Cástor en busca del dios! ¡Si no los encuentran, emprendan su cacería en las inmediaciones del Gimnasio y tráiganlo vivo! —ordenó el Ánax a los héroes, que atravesaron por el ardiente sendero cubriéndose con sus capas, seguidos por nutridos contingentes de gimnetas.

—¡Anfión, despeja las vías y aplaca el fuego con tu música! —instruyó Agertes al hoplita, que comenzó a tañer su lira atrayendo tras de sí los escombros llameantes, que se replegaban donde él marchaba. De esta manera, fue extinguiendo poco a poco el incendio que amenazaba con devorarlo todo.

—¡Heracles, tres dioses enemigos andan sueltos en el recinto! Hay que expulsarlos y evitar que se lleven a Hefesto. ¡Partamos en diferentes direcciones para hallarlos! —concluyó el Ánax; al instante, el forzudo héroe se alejó para internarse entre las columnas de humo.

Todavía tuvo Agertes un instante a solas para contemplar, en toda su amplitud, la inenarrable devastación. No podía creer que el magno recinto de Atenea hubiera sido destruido la primera noche de su mandato; pero comprendió amargamente que aquel ataque había sido larga y pacientemente tramado. Entonces, sujetando con fuerza el venablo de Aquiles, echó a andar, decidido a impedir el rapto de Hefesto o morir en la contienda.

Perseo llegó primero al taller y lo iluminó con su antorcha. Los aspirantes se agolparon en la entrada, tratando de distinguir en los sombríos recovecos alguna señal, algún movimiento.

—¡Se han ido! Pero puedo ver, por estas huellas, que el dios Herrero ha arrastrado sus pasos en aquella dirección… —exclamó Teseo desde el exterior de la fragua, alumbrando el suelo para seguir el rastro de las torcidas pisadas sobre el fango—. ¡Vayamos tras ellos, no debemos dejarlos escapar!

Entonces, los héroes corrieron tras el rastro, internándose en la espesa negrura del bosque, seguidos por los gimnetas que también se abrían paso con teas encendidas.

—¡Déjalos que se vayan, hermano! Ocupémonos de confiscar las herramientas de Hefesto… —dijo Fobos a Deimos.

Los dioses gemelos habían seguido furtivamente los pasos de los defensores. Así, sin que nadie se opusiera, sustrajeron las divinas herramientas del Gimnasio.

A través del humo que desprendían las brasas incandescentes de los escombros, a considerable distancia, alcanzó el Ánax Agertes a distinguir una amorfa figura de tamaño colosal que se aproximaba. Conforme se acercaba, reconoció una complexión monstruosa y musculosa, como si el ser tuviera cuatro brazos. Agertes se puso en guardia al escuchar que aquella silueta profería espantosos alaridos.

—¡Mira, Ánax, el infausto hallazgo con el que me he tropezado! ¡Iba yo en busca de los cobardes dioses que nos atacan, cuando a mis pies encontré, envuelto en una hiedra sangrante que parecía querer devorar sus restos, al que fuera mi maestro, y también el de Aquiles, y el de todos los que aquí comieron alimento y recibieron panoplias!

Era Heracles, que traía el cadáver de Quirón exangüe entre sus fornidos brazos.

—¡Ah, por Zeus! ¡Aparta de mi vista ese cuerpo, desdichado Heracles! —vociferó Agertes, rasgándose las vestiduras y prorrumpiendo un grito desgarrador.

—¡Ánax! ¡Los dioses gemelos se han llevado las herramientas del dios Hefesto! —advirtió un valeroso gimneta que regresó malherido desde un punto imposible de precisar—. Seguíamos los pasos de Perseo por el bosque, pero lo perdimos. De pronto, escuchamos que algo se movía como si arrastrara trastos viejos y descubrimos a Fobos y Deimos con los instrumentos. Atacamos, pero nos aplastaron. Solamente yo logré salir con vida… —alcanzó a balbucear el muchacho, a quien el piadoso Agertes cogió entre sus brazos antes de que se derrumbara.

En un último esfuerzo, el gimneta intentó señalar con el dedo la dirección en la que huían los ladrones, pero la negra noche veló sus ojos.

Thysía y las otras gimnetas serpenteaban ágilmente entre los árboles, siguiendo un rastro de dos pares de pisadas, uno de los cuales se adivinaba sinuoso y renqueante. La gimneta escuchó que a la zaga, a una velocidad inaudita, se aproximaban otras cuatro patas. Cuando volteó, vio emerger de entre las penumbras la feroz silueta de la Esfinge con las fauces abiertas de par en par. La muchacha cerró los ojos, anticipando la dentellada que le cercenaría la cabeza, pero solo sintió una ráfaga de viento que le agitó los cabellos y que a punto estuvo de apagar el fuego de su tea. La Esfinge pasó de largo, siguiendo el mismo rastro que perseguían ellas, y se perdió en la espesura, veloz, como un destello marmóreo.

—¡Pensé que iba a devorarnos por haber salido del recinto! —balbuceó una de las gimnetas, con la voz entrecortada y tragando saliva.

—¡Ya no hay más recinto! —respondió Thysía, recuperando el aliento—. ¡Sigamos!

—¡No avanzarás más, desdichado impostor! —rugió la Esfinge, desarmando a Cástor de un violento zarpazo.

—¿Qué haces, obtuso animal? —clamó Hefesto, sorprendido ante el furioso ataque de la fiera, que se había interpuesto en su camino.

—¡Hefesto volverá conmigo al Gimnasio! ¡Y tú, infeliz, entre mis fauces expiarás tu traición! —bramó la celosa bestia, sacudiendo a Cástor con un violento mordisco para luego lanzarlo lejos, lo que provocó que se desprendieran varias piezas de su falsa armadura.

Dando un par de ágiles saltos, la Esfinge llegó a donde Cástor había caído, y este tuvo que revolverse entre la hierba para esquivar las mortales dentelladas. Entonces Enio, que había estado siguiendo a Cástor de cerca, descendió en forma de ligera nube, tomó con precaución la máscara divina y la puso al alcance del muchacho, haciéndole una discreta señal. Al distinguir a la deidad y divisar el artefacto, Cástor sintió renovados bríos; rodó hasta donde la diosa se encontraba y, en un veloz movimiento, se colocó la siniestra pieza de forja.

Al instante, la Esfinge se transformó en una amenazante estatua de tupidas alas, erizado lomo, feroces fauces y brutales zarpas. Cástor se dejó caer, exhalando un suspiro de alivio.

—¡Marchen pronto, porque los guerreros se acercan! —susurró Enio a Cástor ante la mirada incrédula de Hefesto, quien ya iba comprendiendo lo que en realidad sucedía—. ¡Váyanse! Yo extraviaré las pisadas de sus perseguidores… —insistió la deidad, desvaneciéndose en el aire.

Entonces, Cástor se incorporó trabajosamente y caminó hacia donde se encontraba su maestro, recogiendo al paso las piezas de la panoplia con las que se topaba.

—Tú te has aliado con ellos… —dijo al fin el dios herrero, que miraba fija y desesperadamente a Cástor, intentando hallar en su rostro algún gesto, algún ademán que le permitiera desmentir aquella terrible revelación—. ¡Esa era Enio, la hermana del perro Ares!

—¡La misma que dices! Y en una sola noche, me ha salvado ya dos veces la vida… —respondió Cástor, obligando a su maestro a reemprender la huida, al tiempo que Zeus desataba una copiosa lluvia.

—¡Oh, padre, qué tarde nos mandas esta lluvia! ¡Y como ya no ha de servir para apagar las llamas que devoraron el Gimnasio, al menos que sirva para limpiar la sangre de los caídos! —se lamentó Heracles, mientras se abría paso entre la tupida fronda a golpes de maza.

El hacedor de trabajos ya había inspeccionado todos los rincones del recinto sin encontrar a los enemigos. Entonces se propuso penetrar al bosque, por donde sin duda alguna, pensó, deberían haber huido. El hijo de Zeus lo ignoraba, pero, al igual que Perseo, Teseo y los gimnetas, erraba por los entreveros del negro bosque siguiendo rastros tan falsos como sinuosos; Enio torcía sus senderos, haciéndoles creer en todo momento que estaban próximos a dar alcance a su presa. No ocurrió así con Thysía y su comitiva, quienes por fin alcanzaron el claro donde la Esfinge se había batido en desigual lid contra Cástor.

Al contemplar la pétrea efigie de la bestia, Thysía comprendió que el traidor portaba una máscara y que gozaba de protección divina; lo que no atinaba a descifrar era qué deidad favorecía al aprendiz. Y aunque todo apuntaba a que debía ser Hefesto, porque nadie más habría podido proveerle la máscara gorgónica, advirtió, por la profundidad de las pisadas, que el dios, a partir de ese punto, caminaba en contra de su voluntad.

—¡Perdóname, celosa guardiana! —musitó la gimneta, apoyando la diestra sobre el pronunciado pecho de la Esfinge, tras lo cual profirió un grito de guerra acompañado de un contundente golpe con la siniestra, reduciendo la estatua a pequeños y desiguales fragmentos.

Las muchachas que la seguían contemplaron la escena sin comprender su proceder, mas se aproximaron a ella sin vacilar cuando les hizo una seña. 

—¡Iremos tras este rastro, aunque ignoro si seremos capaces de recuperar al divino forjador! Por ello, sembraremos el camino de piedras para que quienes vienen detrás sigan una senda segura… —exclamó la gimneta, emprendiendo la carrera.

El resto de las muchachas partió tras ella, dejando a su paso una fina línea de pedacería marmórea que ya relumbraba al contacto con los rosados hilos de Eos.

Entretanto, en lo que había sido la arena del recinto, Anfión, el hoplita, había conseguido despejar ya una espaciosa plazuela. Y aunque las ascuas todavía crepitaban al contacto de la llovizna, el fuego estaba próximo a extinguirse.

Anfión se tomó un momento para respirar, y entonces se dio cuenta de que, entre los escombros que había apilado cuidadosamente, se asomaban los rostros, las piernas, los pies, los brazos de sus hermanas y hermanos gimnetas abatidos en el asalto.

Con lágrimas en los ojos, y aunque habría podido tañer su lira para extirpar los cuerpos, se dispuso a rescatarlos, uno a uno, con sus propias manos, para reunirlos en la plazuela, donde había decidido construir una pira funeraria común.

Ya había dejado paso Eos a su hermano Helios cuando un rayo de luz blanca y espesa descendió de lo más alto de los cielos. En ese haz, que todos pudieron ver dentro y fuera del Gimnasio, viajaba Atenea. Entonces, el Ánax puso fin a su búsqueda y regresó al recinto, pues sabía que la diosa iba a reclamarle cuentas de lo sucedido. Él habría querido continuar la búsqueda, pues en ello le iba la vida, pero no podía permitir que Atenea se hallara sola en el Gimnasio devastado.

También Teseo le ordenó a los suyos detener la búsqueda y emprender el camino de regreso para atender las instrucciones de la deidad; así lo hicieron, hasta que el héroe distinguió a la distancia, a través de la fría y densa neblina matinal, un hilo luminoso que se abría paso entre los árboles, como si fuera un riachuelo de agua cristalina. Al acercarse con la intención de saciar su sed, comprobó el ateniense que aquello no era agua, sino trozos de mármol. Cogió uno y advirtió que tampoco eran guijarros comunes; lo que sostenía en las manos parecía ser una nariz.

—¡Alto! —gritó el héroe, y los gimnetas se reunieron en torno suyo, atraídos también por aquel río de piedras.

—¿Pero qué es esto?

—¡Esto es una garra!

—¡Un ojo, por Zeus! —se escuchaba exclamar a los gimnetas a lo largo del sendero que se internaba en el corazón del bosque.

—¡Todo cuanto podríamos perder ya lo hemos perdido! ¡Sigamos, y veamos si podemos rescatar algo! —sentenció el matador del Minotauro, dejándose guiar por aquel pétreo lazo que alguien, venturosamente, les había tendido.

Otro que también había dado con el rastro de piedras era Heracles, quien estuvo a punto de dar alcance al traidor, de no ser porque Enio se interpuso en su camino. El hijo de Zeus y la diosa de ropas sangrientas combatieron ferozmente, mano a mano y cuerpo a cuerpo, sin que ninguno pudiera inclinar a su favor la contienda.

Estadios más adelante, Cástor se detuvo abruptamente; era evidente que los seguían a gran velocidad. El muchacho escuchó agudos gritos belicosos que provenían de todas partes y, antes de que pudiera ponerse en guardia, recibió un primer golpe en pleno abdomen; a aquel, le siguieron más golpes contundentes, veloces, certeros. El osado aprendiz rodó por el suelo y, en un ágil contragolpe, logró convertir, casi al unísono, a tres gimnetas en estatuas de piedra.

De lo alto de un frondoso pino cayeron sobre él dos pares de largas y musculosas piernas que hicieron tenaza alrededor de su cuello, asfixiándolo. Diez afiladas uñas le arañaban el rostro para arrancarle la careta, abriéndole pronunciados surcos en la piel. La máscara finalmente salió volando, pero ni así pudo Cástor liberarse de aquellos torneados muslos que lo sofocaban. Tanteando con la punta del tirso por encima de su cabeza, logró tocar a su agresora, que cayó al suelo envuelta en una maraña de hiedra roja como la sangre.

—¡Thysía! —gritó Cástor al reconocer a la férrea gimneta, que se revolvía para quitarse de encima los hierbajos.

Las muchachas, seis en total contando a Thysia, rodearon al traidor, expectantes de sus movimientos. Hefesto, a unos cuantos pasos, contemplaba la escena, con los ojos desorbitados.

—¡Thysía, debes volver al Gimnasio! —exclamó Cástor; pero no había en su voz la imperiosidad de una orden.

—¡Ya no hay más Gimnasio! —rugió la guerrera, mirándolo con ojos amenazantes e inyectados en sangre.

La muchacha resoplaba como una fiera salvaje y todos los músculos de su torneado cuerpo lucían tensos y listos para el ataque.

—¡No lo entiendes! ¡Debes dejarnos partir, te lo imploro! —clamó Cástor, juntando los brazos ante la guerrera, que permanecía ciega y sorda a sus súplicas.

Thysía amagó con lanzarse sobre él, quien le apuntó su tirso, instintivamente. La guerrera miró la piña y reculó.

—¡No quiero matarte! ¡A ninguna de ustedes! —advirtió Cástor, endureciendo al fin su tono de voz y su postura —. ¡Pero lo haré si me obligan! Por última vez, ¡déjennos ir!

No había terminado de enunciar su advertencia cuando dos de las gimnetas ya se habían abalanzado contra él. A la primera la degolló de un certero tajo con el dorso de su mano izquierda, mientras que a la segunda la atravesó por la garganta con el tirso; al caer, del cráneo de la muchacha comenzó a brotar una hiedra sangrante que se esparció por el suelo. Hefesto, dolorido, prefirió dar la espalda a aquel espantoso espectáculo.

No duró mucho la contienda; unos instantes, apenas, durante los cuales el dios herrero escuchó golpes ejecutados con absoluta precisión, quejidos ahogados después de cada impacto, el ruido opaco y pesado de cuerpos al caer y, finalmente, un terrible silencio.

—Sigamos, maestro… —le dijo Cástor, tocándole el codo para animarlo a reanudar la marcha.

Hefesto notó que su aprendiz caminaba con dificultad, inclinado hacia su derecha y presionándose el costado, de donde le manaba copiosa la negra sangre. El dios sintió el impulso de voltear, mas temiendo lo que vería, resignado, prefirió continuar.

Atenea peinaba con sus glaucos ojos los despojos humeantes de la devastación. Anfión, de pie en el centro de la plazuela improvisada en la que había dispuesto los cuerpos de los caídos, permanecía en silencio, con la cabeza gacha, abrumado por la presencia de la deidad. Solo se escuchaba el sonido de las últimas gotas de lluvia y el crepitar de las moribundas hogueras. Finalmente, aquel tétrico silencio fue roto por la propia Atenea, quien preguntó con voz severa:

—¿Dónde está Agertes?

—Tras los pasos del traidor, mi señora… —respondió Anfión con firmeza, pero sin atreverse a mirar a la diosa.

—¿Traidor? ¿A quién acusas?

—A Cástor, hermano de Polideuces, basileus sagrado de Dioniso. Fue el aprendiz de Hefesto quien inició el ataque.

—Quirón… —murmuró la diosa, lamentándose al contemplar el cuerpo del centauro en la cima de la pira y como si no hubiera escuchado el nombre del perpetrador del asalto.

Anfión volvió a mirar el cadáver de su maestro y no pudo evitar sollozar otra vez. El hoplita se mordía los labios porque, cuanto más intentaba serenarse, más convulsivamente le brotaba el llanto. La diosa se acercó a él con paso regio; sin dejar de llorar, el muchacho adoptó una postura marcial, esperando el castigo que él, y todos en el Gimnasio, merecían por la aplastante derrota.

Atenea, sin embargo, apoyó su diestra compasivamente en el hombro del guerrero. Al contacto con la divinidad, Anfión sintió al fin un poco de paz, pero también la certeza de que se avecinaban sufrimientos peores que los de la última jornada.

—¿Dónde está Hefesto?— inquirió la diosa; pero ante esa pregunta Anfión se quedó sin habla—. ¿Dónde está el dios herrero? —insistió Atenea, auscultando el rostro demacrado del hoplita de Lira, que ya no lloraba, pero que proyectaba una insondable tristeza.

—Hefesto ha sido secuestrado por Cástor, quien perpetró el ataque al Gimnasio coludido con los dioses de la guerra… —respondió Agertes, el infausto Ánax, abriéndose paso hasta la plazuela mientras se despojaba de las armas de Aquiles—. Si no es que el mismo herrero olímpico también participó en esta cobarde conjura… —completó sin detener sus pasos.

Atenea lo vio venir, impávida, casi indiferente.

—¿Dónde están los demás didáscalos?

—Tras el rastro de nuestros agresores…

Cuando Agertes al fin llegó ante ella, se arrodilló y posó ceremoniosamente las armas del Pélida a sus pies. 

—No soy digno de estas armas, mi señora…

—¿Por qué vas tan callado, querido maestro? ¿No te das cuenta de que ya nadie nos sigue? ¡Ya eres libre! —exclamó Cástor, a quien mucho le inquietaba la actitud silente y maquinal del dios.

—¿Libre? —replicó Hefesto, taciturno y sin dejar de avanzar.

—¿Pero es que lo dudas? —reviró Cástor, dándose la vuelta para encarar a su mentor—. ¡Esa mirada tuya me desnuda, maestro! —se lamentó el aprendiz, que en vez de encontrar agradecimiento, halló pena en los ojos del olímpico.

—Pero no estás desnudo. Ahora que la lluvia te ha limpiado de la sangre inocente, compruebo que eso que llevas puesto no son retazos de panoplia… —masculló Hefesto con una gravedad que a Cástor le heló el corazón.

—¡Maestro…! —titubeó el traidor.

—Te aprovechaste de mi confianza para forjarte esa armadura… —articuló el dios con insondable pesar. Cástor no supo qué contestar—. Ya sé a dónde me conduces… Haz lo que debas hacer.

—¡Juro que, mientras yo viva, jamás te pondrá Ares un dedo encima! —bramó Cástor, temblando de vergüenza; Hefesto se limitó a avanzar, arrastrando sus maltrechos pies por el fango.

«Pero si todo se ha hecho para liberarlo, ¿por qué no simplemente lo dejas ir?», se preguntaba Cástor sin apartarse del sendero fijado cuando se trazó el plan del asalto. «¡Déjalo ir!», se repetía una y otra vez, golpeándose el pecho y los muslos al caminar, cada vez más fuerte, sacando incluso al dios de su triste ensimismamiento.

—Estás a punto de alcanzar la brecha en la que Fobos y Deimos ya te esperan… —le susurró Enio al oído, mientras comenzaba a corporizarse en su presencia.

La diosa lucía agitada, sus llameantes cabellos estaban aún más revueltos y sus ropas tenían nuevos desgarros por los que se insinuaban sus sinuosas formas. Enio sonreía frenética, extasiada por la vorágine de violencia y muerte.

Sobresaltado por tener nuevamente ante sí a la terrible deidad, el traidor detuvo de golpe sus pasos. Hefesto, que jamás había visto a su antiguo pupilo tan afectado, se limitó a contemplar el encuentro.

—¡Debes ser muy cuidadoso porque los héroes se acercan! Pero ten por seguro que hallarás la muerte si completas el camino… Ares dio a sus hijos la orden de asesinarte en cuanto les entregues a este… Si es que realmente vas a entregarlo… —deslizó la diosa con una sonrisa divertida, señalando a Hefesto, quien la escuchaba mirándola fijamente.

—¡Yo no voy a entregar a mi maestro! —gritó Cástor, furioso, provocando el vuelo estrepitoso de las aves que se acicalaban en las copas de los árboles.

—¡Lo imaginaba! —sonrió la diosa, complacida—. ¡Toma! Puesto que los dos son herreros, la forma hallarán de encadenarse el uno al otro… —exclamó Enio, poniéndole a Cástor una gruesa y fría cadena entre las manos—. Dile a los gemelos que tú personalmente vas a entregar a Hefesto ante Ares. Tratarán de impedirlo, pero tú vas a amenazarlos con cortarle la mano a este. Ellos no tendrán más opción que aceptar, pues jamás se atreverían a llevar ante su padre a un herrero manco. Eso te dará tiempo para pensar qué hacer… —concluyó Enio con una risa lasciva que hizo hervir la sangre del traidor.

—¿Por qué me ayudas? ¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó el muchacho con un hilo de voz patético y suplicante.

—Quiero ver hasta dónde eres capaz de llegar… —le contestó Enio, otra vez al oído, casi mordiéndole el lóbulo de la oreja.

El osado aprendiz se estremeció ante las perversas caricias de la diosa, y Hefesto, que los contemplaba en silencio, sintió lástima por él. Aquello enturbió aún más su corazón de inmortal, porque jamás, ni una sola vez, ni siquiera el primer día en que Cástor se presentó al taller para solicitar el puesto de aprendiz, había sentido compasión por él.

—¡La máscara! Pídele al herrero la máscara, la vas a necesitar… Él la recogió y la lleva oculta entre sus ropas… —concluyó Enio antes de desaparecer de nuevo, dejando una estela vaporosa y rojiza tras de sí.

Cástor se dio media vuelta, caminó hacia Hefesto y, sin necesidad de que le pidiera las manos, el dios se las ofreció. Entonces, el traidor fundió los cabos de la cadena en su muñeca y en la de su mentor con solo apretarlos entre la palma de su mano libre. El dios se dejaba hacer, sin chistar, y aquella actitud laceraba el corazón del muchacho.

—Maestro, la máscara…

Hefesto hurgó entre sus ropas con la mano libre y le tendió la careta a su aprendiz, teniendo el cuidado de dársela boca abajo. Cástor, al advertir ese gesto, se contrajo de dolor; cogió el artefacto con mano temblorosa y se lo colocó, no tanto por previsión de lo que vendría, como por ocultar sus copiosas lágrimas.

—Andando, maestro, tenemos que seguir… —alcanzó todavía a pronunciar.

—Me dijiste, aquella primera noche que te dejé a cargo del taller, que nada sabías de mujeres… Bueno, pues hoy, sometiéndote al capricho de una, lo has aprendido todo… —le dijo Hefesto, sin siquiera mirarlo, antes de reanudar la marcha.

Siguiendo el rastro de piedras, llegaron Teseo y su comitiva al punto donde Cástor se había batido con las valientes gimnetas. El héroe contempló, horrorizado, las estatuas petrificadas en poses de combate, así como los cuerpos mutilados que yacían esparcidos por el fango.

—¡Silencio! —gritó el ateniense, poniendo fin a los murmullos de los gimnetas y aguzando el oído.

Entonces, el vencedor de Creta se precipitó hacia un sitio donde proliferaba de forma inusual una hiedra roja como sangre sacrificial; ahí encontró, convulsa en un agónico estertor, a Thysía. De su pecho, atravesado por el tirso del traidor, brotaba la planta maldita, que ya se había enroscado por todos sus miembros.

—¡Eres tú! ¡Son ustedes! —exclamó Teseo, más avergonzado que sorprendido.

Thysía carecía de voz para responder, pero con sus postreras fuerzas logró liberar la mano temblorosa para apuntar en la dirección por donde había escapado Cástor con su cautivo.

—¡En marcha! ¡Continúen! —ordenó Teseo a los gimnetas, que emprendieron la carrera, presurosos y convencidos de que pronto darían alcance al traidor.

La guerrera, que se asfixiaba en su propia sangre, giró entonces los ojos para mirar al héroe. Parecía instarlo a partir él también, cuanto antes, a detener al criminal.

—¡Resiste! ¡Tienes que resistir! —le suplicó el héroe, tomándola por las mejillas—. ¡Aguanta, volveré por ti para llevarte al Gimnasio! —añadió al incorporarse, desprendiéndose de la hiedra sangrante que ya había empezado a enredarse en sus pies y a trepar por sus piernas.

Thysía lo miró y parpadeó; no de forma casual, como lo hacen los mortales tantas veces al día, sino de manera deliberada y firme, apremiando al héroe a partir. 

—¡Perdóname, mujer! ¡Las juzgue injustamente! —se lamentó el ateniense, antes de perderse entre la maleza en persecución del traidor.

Nutridos contingentes de guerreros tracios llenaban la estrecha vía donde Fobos y Deimos aguardaban a Cástor. Aunque Ares podía disponer de estos bárbaros, conocidos en toda la Hélade por su ferocidad en la lid, temía que, al enfrentarse cuerpo a cuerpo con los combatientes entrenados expresamente por su hermana para la guerra, fueran derrotados; y no quería, bajo ninguna circunstancia, concederle semejante satisfacción. Por ello había dispuesto que fueran sus hijos y su hermana, llegada al último, quienes perpetraran el ataque, tal como había sucedido, al parecer, de manera exitosa.

Ya habían ordenado Fobos y Deimos a los tracios que cargaran un carro con las herramientas de Hefesto y habían preparado otro, a modo de celda, en el que habrían de conducirlo a él. Los bárbaros se agrupaban en compactos escuadrones alistándose para partir hacia la morada de Afrodita, donde los esperaba Ares desde la noche anterior. Solo aguardaban la llegada de Cástor con su prisionero para emprender la marcha, pero su retraso causaba inquietud entre los dioses gemelos.

—¿Y si Cástor no lo logró? No podemos regresar y sustraer a Hefesto, pues Atenea ya está allí… —reflexionaba Fobos, marchando de un extremo a otro de la estrecha vereda.

—Si Cástor no consiguió sacar a Hefesto, estamos perdidos. ¿Qué cuentas vamos a entregarle a nuestro padre? —completó Deimos con desesperación.

—¡Mira eso, hermano! —exclamó Fobos, señalando hacia un punto lejano del sendero del que emergió Cástor y, detrás de él, encadenado, el renqueante Hefesto.

—¡Lo logró! Pero ¿qué es eso que trae en el rostro? ¿Una máscara? ¡¿Cómo te atreves a presentarte ante nosotros sin darnos la cara?! —vociferó Deimos, ordenando a uno de los bárbaros que tenía a mano que despojara a Cástor de la misteriosa careta.

El tracio, un hombre corpulento y de aspecto intimidante, no pudo ni siquiera aproximarse: en cuanto quedó ante el rango visual de Cástor, se convirtió en estatua.

—Esta máscara es testimonio vivo de la insuperable maestría de Hefesto. La fraguó con la égida de Atenea, aquella en la que estaba estampada la cabeza de Medusa. ¡Todo aquel que ose atacarme correrá la misma suerte que este hombre! —sentenció Cástor, señalando la efigie y sin detener su avance. Los tracios que bloqueaban su paso se apartaron a las orillas del camino, asustados.

—¡Ah, perro vanaglorioso! —bramó Deimos, iracundo, mientras hacía una señal a otro guerrero para que fuera a arrancarle la careta.

El tracio, tanto o más corpulento que el anterior, se acercó titubeante al osado aprendiz, quien incluso a considerable distancia lo transformó en una pétrea estatua.

—¿Ya comprenden la magnitud de este poder? ¿O es que alguno de ustedes, incrédulo, quiere venir aquí mismo a terminar de convencerse mirándome a la cara? —replicó Cástor sin dejar de avanzar, con paso resuelto que el dios herrero apenas seguía, trastabillando.

—¡Alto ahí, te creemos! ¡No te acerques más! ¡Entréganos a Hefesto para que podamos iniciar la marcha! ¡Tardaste mucho en llegar y ya vamos retrasados! —ordenó Fobos, fingiendo un tono de voz más conciliador y mesurado, pero apremiante.

—¡Seré yo quien presente a Hefesto ante Ares! ¡Y hasta que eso suceda, no voy a despojarme de esta máscara divina! —amenazó Cástor con firmeza, tal como se lo había indicado Enio.

—Ya hemos tardado demasiado. No podemos acercarnos para matar a Cástor y tampoco podemos quedarnos aquí, porque los esbirros de Atenea o ella misma podrían darnos alcance —dijo en secreto Fobos a Deimos, quien temblaba lleno de cólera.

—¡Yo no pienso dejarme manipular por un mísero mortal!

—¿Y qué hemos de hacer? ¿Deseas convertirte también en piedra? Partamos ya, porque no quiero ser objeto de la ira de nuestro padre. El trabajo está hecho, tenemos a Hefesto y sus herramientas. Ya veremos qué hacemos después con ese mortal.

Deimos, con los ojos inflamados de rabia, asintió sin decir palabra para montar luego un magnífico caballo.

—¡Sea! ¡Suban tú y el dios a ese carro! ¡Partimos enseguida! —gritó Fobos, señalando al muchacho el transporte que habían habilitado como celda. No habían terminado Cástor y Hefesto de abordar, cuando ya Deimos había espoleado a su corcel, echando a andar a toda velocidad.

—¡Quédate tú a cuidar a esos dos! —aulló Deimos, levantando una densa polvareda al salir al galope.

—¡Ah, miserable! ¡Pretendes llegar primero para llevarte todo el crédito ante nuestro padre! —replicó Fobos, tronando los dedos para que le llevaran de inmediato su propia montura. Así lo hicieron los devotos tracios, a quienes, antes de salir en persecución de su hermano, el joven dios dio escuetas instrucciones.

Allá iban los dioses gemelos en frenética carrera. Detrás de ellos, a un ritmo mucho más lento y pesado, comenzó a avanzar la caravana. El carro de las herramientas iba a la vanguardia y el de los prisioneros en la retaguardia, custodiados por nutridas columnas de bárbaros.

—¡Este es tu momento! Fobos y Deimos están lejos, compitiendo entre sí por llegar primero ante su padre… —escuchó Cástor susurrar a Enio a través de la reja del carro—. Yo voy a escabullirme entre los guerreros que custodian la retaguardia, pero tú tendrás que hacerte cargo de los que caigan desde la avanzada. ¡Vamos, no esperes más! —insistió la diosa de sangrantes ropas, en cuyo rostro no dejaba de brillar una sonrisa perversa. 

Cástor rompió entonces las cadenas que lo unían a su maestro, quien no lograba comprender por qué Enio, habiendo participado en el asalto al Gimnasio, los ayudaba ahora a escapar. El osado aprendiz arrancó la puerta del transporte y comprobó que, entre ellos y el tropel final, se había extendido una espesa nube rojiza que cerraba el paso a los bárbaros. Se despojó de las piezas de la panoplia que aún vestía, se las colocó a su maestro y le ofreció también la divina máscara.

—¡No me arrepiento de lo que hice! ¡Vete y jamás regreses a ese infame Gimnasio! —le dijo Cástor al herrero olímpico, empujándolo para que cayera del carro.

El muchacho bajó de un brinco y avanzó hacia las hordas de tracios que ya irrumpían por el frente. Hefesto, confundido, se quedó plantado en mitad de la vía, contemplando cómo Cástor se batía ferozmente. Uno de aquellos bárbaros, que gozaba de capacidad de mando, al notar que una fuerza sobrenatural se les oponía, instruyó a una comitiva para que diera alcance a los dioses gemelos con el propósito de hacerlos volver de inmediato.

—¡Vete! ¡Escapa ahora, maestro! —gritó Cástor, haciendo señas a su mentor al tiempo que intentaba contener a los tracios, que no dejaban de acometerlo en gruesos bloques.

En grotesca y trompicada carrera, Hefesto echó a andar desandando el camino, pero fue poco lo que logró avanzar. De entre la maleza por la que ellos mismos habían llegado al sendero, le salieron al paso rápidas y delgadas siluetas que lo rodearon. Eran los gimnetas de la avanzada de Teseo. El dios miró a su alrededor para reconocer a quienes lo cercaban, y así convirtió al instante a los aspirantes en estatuas de piedra. Tras ellos llegó Teseo quien, al percatarse de lo que ocurría, se dio la vuelta de inmediato, evitando los ojos extraviados pero mortales del dios.

Enio se percató de que el vencedor de Creta ya se hallaba en la vía y rápidamente creó un cerco de fuego para aislarlo de la brutal contienda. De esta manera, la diosa de ropas sangrantes se batía en dos frentes, atajando a los tracios de la retaguardia y al héroe ateniense. Esa fue la razón por la que no pudo evitar el arribo implacable de un nuevo contendiente.

Detrás de Teseo saltó al camino el mismísimo Perseo, con el rostro cubierto por su sólida égida, con la que golpeó fuertemente al dios artesano, haciéndolo caer y perder la máscara, así como los restos de la falsa panoplia. El héroe caminó hacia el herrero olímpico de espaldas, utilizando el bronce de su escudo como espejo y con la espada empuñada por lo alto. Hefesto, aturdido, distinguió las amplias espaldas del exterminador de la Gorgona, así como el filo de su hoja que ya caía sobre su cuello.

Cástor, que contempló aquella escena con horror, abatió a los tracios que lo cercaban y se precipitó con una velocidad inaudita sobre el cuerpo de su maestro.

—¡No es el suyo, sino el mío, el cuello que debes cortar! —vociferó el aprendiz, interponiendo su cabeza entre la espada de Perseo y el cuerpo de su mentor.

El héroe, sin comprender lo que acababa de suceder, plantó su pie sobre el pecho del joven y hundió en su garganta la punta de la hoja.

—¡Gimnetas, contengan a esos bárbaros! —ordenó Perseo, y los jóvenes acudieron presurosos a hacerles frente para bloquear el paso.

Hefesto aprovechó aquel instante para ponerse en pie.

—¿Por qué secuestraste al dios y aquí lo liberas? ¡Responde! —inquirió el héroe a Cástor, quien hacía grandes esfuerzos por respirar. Perseo le quitó el pie de encima y, tras aspirar profundamente, el traidor contestó:

—¡Yo solo quería destruir el Gimnasio! ¡Nunca fue mi intención entregar a mi maestro!

El ceño de Perseo se frunció, oscurecido por la duda. A lo lejos se alcanzó a escuchar, e incluso a sentir en la tierra, el retumbar de las hordas de tracios que regresaban, encabezadas sin duda por los dioses gemelos.

—¡Váyanse! ¡Fobos y Deimos regresan y ustedes no son adversarios para ellos! —clamó Cástor, pero Perseo lo obligó a callar, clavándole la punta de su espada en la garganta. Hefesto, al ver a Cástor sangrar, hizo un ademán de querer intervenir, pero lo detuvo la torva mirada del héroe—. ¡Vas a morir por haber traicionado a Atenea!

Hefesto no pudo soportar más y se abalanzó contra Perseo, obligándolo a apartar el bronce del cuello de su aprendiz. El héroe, confuso, retrocedió.

—¡Si lo matas, me quedaré aquí a velar su cadáver! —amenazó el dios, decidido.

—¡No! ¡No, maestro! ¡Tienes que irte! ¡No debes caer en las garras de Ares! —suplicó Cástor con la cara inundada en llanto.

Entonces, la bruma que Enio había esparcido comenzó a desvanecerse. Todos pudieron percibir el creciente temblor del suelo e incluso escucharon los frenéticos gritos de guerra cada vez más cerca; un estrépito espantoso que helaba la sangre.

—¡Pérfido! ¡Traicionaste al Gimnasio secuestrando al dios, y ahora traicionas a tus cobardes cómplices devolviéndolo! Estás a punto de tener el final que mereces… Pero si sobrevivieras y yo volviera a verte, ¡juro que, sin mediar palabra, habré de matarte! —sentenció Perseo, tomando a Hefesto por la nuca para internarse de nuevo en la maleza.

—¡Espera, espera! —clamó Hefesto, deshaciéndose de la gruesa mano del héroe para correr al encuentro de Cástor, quien lo miraba con mortal angustia—. Comprendo tu rabia contra el recinto, hijo mío. No sé qué va a sucederte ahora, pero si hallaste la forma de destruir el Gimnasio, hallarás también la manera de salir de esto… —expresó el olímpico, profundamente conmovido, sujetando por los hombros a su joven aprendiz.

—¡Vete ya, maestro! —sollozó Cástor, estrechándole las manos en actitud suplicante, mientras miraba con desesperación hacia el camino por donde temía divisar a los gemelos.

Teseo, libre por fin de las llamas con que lo acosara Enio, se acercó a grandes zancadas y con los brazos extendidos, resuelto a atrapar al traidor. Perseo no le permitió ni siquiera aproximarse; lo detuvo interponiendo violentamente su espada.

—¿Qué haces? ¡El Ánax Agertes nos ordenó llevarlo vivo al Gimnasio! —gruñó Teseo, contrariado; pero el exterminador de la Gorgona lo miró de tal modo que, sin decir palabra, lo convenció de emprender la retirada.

El ateniense cogió a Hefesto por el brazo y, echando un último vistazo a la distancia, alcanzó a divisar los penachos que coronaban los yelmos de Fobos y Deimos.

—¡Cástor, yo te encomiendo al padre de los olímpicos! ¡Y te aseguro, hijo mío, que no volveré a servir a Atenea jamás! —prometió Hefesto, mientras era arrastrado violentamente por el ateniense. Justo antes de ser engullidos por la maleza, le lanzó la máscara divina, que había alcanzado a recoger momentos atrás al ponerse de pie. Cuidando la retirada marchaban Perseo y el puñado sobreviviente de gimnetas.

Cástor se incorporó, se ciñó la máscara y, en tan solo un par de precisos movimientos, convirtió en piedra a los tracios con los que habían estado combatiendo los gimnetas. Lo que hizo después fue observar atentamente la espeluznante escena, eligió el lugar que le pareció más indicado y ahí mismo se rajó el cuello, justo donde Perseo le había hundido la espada. Se desplomó al instante y su negra sangre comenzó a manar, profusa, formando un charco alrededor de su cabeza.

Cuando los dioses gemelos llegaron al lugar y contemplaron la escena, comprendieron que habían perdido, irremisiblemente, al dios herrero. Fobos recorrió el sitio, zigzagueando entre los cadáveres y las estatuas, intentando reconstruir lo sucedido.

—No podemos presentarnos ante nuestro padre sin Hefesto… —chilló al fin el dios, anticipando ya la cólera de Ares.

—¡Ahí alguien aún vive! Parece que la vida lo abandona. ¡Que nos diga, con su último aliento, lo que aquí ocurrió! —exclamó Deimos, acercándose rápidamente al agonizante—. ¡Es Cástor! Responde, infeliz, ¿dónde está Hefesto? —El dios pateó con furia el cuerpo exánime del muchacho.

—¿No ves, imbécil, que se ahoga en su sangre? Si quieres respuestas, será preciso impedir que ponga los pies en el Hades… —reprochó Fobos.

—¡Aprovechemos para despojarlo de esa maligna máscara! —Deimos alargó la mano hacia el rostro de Cástor, pero no alcanzó a tocar la careta—. ¡Ay, por Zeus! ¡Maldito seas tú y esa abominable máscara! —bramó el dios, retrocediendo, horrorizado al contemplar cómo los dedos de su diestra comenzaban a convertirse en piedra.

Fobos, cubriéndose el rostro con su égida, se agachó a un costado de Cástor y extendió la mano hacia su cuello para cauterizar la herida por la que se vaciaba su vida.

—Solo Cástor puede explicar lo que pasó aquí. Espero, por nuestro propio bien, que no haya muerto todavía… ¡Partamos ahora! ¡Andando, a toda velocidad!

Fobos echó su capa sobre el rostro de Cástor y ordenó que lo montaran en el carro de las herramientas. La caravana reanudó la marcha, pero esta vez los dioses gemelos avanzaron junto a lo único que aún conservaban del asalto, temerosos de que Atenea y sus huestes les dieran alcance.

Asedios
Si bien el Gimnasio no constituye una ciudad o una polis en sentido estricto, funciona como una unidad territorial dotada de una delimitación propia, aunque mítica e imprecisable, dentro del Ática. En ese espacio tiene lugar un asedio brutal y devastador encabezado por el traidor Cástor, en alianza con las divinidades de la guerra: los gemelos Fobos y Deimos, así como Enio, hijos y hermana de Ares, respectivamente.

El objetivo del asalto consiste en apoderarse del dios Hefesto, forjador de las panoplias divinas, para someterlo al servicio de Ares y contrarrestar así el creciente poder de Atenea. El Gimnasio, en efecto, terminará por sucumbir; sin embargo, Hefesto nunca caerá en manos de Ares. En el último instante, Cástor decidirá dejarlo escapar, en el que constituye su último acto de amor y gratitud hacia el dios.

Fuentes:
Las historias de asedios, sitios y asaltos constituyen uno de los motivos centrales de la mitología griega. El ejemplo más célebre es, sin duda, el prolongado asedio de Troya, cantado en el ciclo troyano; sin embargo, no es el único. También destacan el ataque de los Siete contra Tebas y diversos episodios en los que la caída o la desestabilización de una comunidad depende de la intervención de alguien perteneciente a su propio interior.

Un caso particularmente significativo es el de Polinices, quien, tras ser privado del trono por su hermano Eteocles, conduce un ejército extranjero contra su propia ciudad. Este conflicto ocupa un lugar central en la tradición tebana y puede seguirse, entre otras fuentes, en Siete contra Tebas de Esquilo y en las Fenicias de Eurípides (vv. 446–637 y 663–690), donde se desarrolla el enfrentamiento entre los dos hermanos y el asedio de la ciudad.

Continúa en Canto octavo, Funeral...