Canto noveno
Afrodita

Mientras en el Ática se realizaban los funerales y los juegos en honor a los mártires del Gimnasio, en otro sitio remoto, en la casa que Hefesto había edificado para vivir con su esposa Afrodita, también se verificaban graves acontecimientos:

—¡Ahí vienen ya! ¡Tarde, pero al fin llegan! —Ares se levantó precipitadamente del lecho para mirar a través de la ventana.

—¿Cómo te atreves a abandonarme? ¿Y qué es todo este ruido? No creas que no me he dado cuenta de tu ausencia… Ya veo que aguardabas este horrible alboroto… —Afrodita se levantó también del tálamo, todavía revuelto y húmedo.

—¡Ahora mismo vas a verlo con tus propios ojos! —Ares cogió a la diosa de la mano para conducirla de nuevo al lecho, pero ella se soltó bruscamente al escuchar a las escandalosas huestes rodear su mansión.

Afrodita abrió las puertas de la habitación e instruyó a su servidumbre para que atrancaran los portones de la casa, pero fue en vano. Sus hijos, los dioses gemelos, ya habían entrado y se dirigían a la alcoba dando veloces zancadas.

—¿Cómo se atreven ustedes dos a irrumpir así en mi casa? —los increpó la diosa mientras se envolvía en una blanca sábana.

—¿Y bien? ¿Dónde está? ¡Tráiganlo ya! —ordenó Ares, excitado.

—¡Perdónanos, madre! —Fobos se inclinó respetuosamente ante Afrodita y luego, tras dar un par de pasos, se colocó al pie de la cama en la que aguardaba Ares—. Padre, lo perdimos…

Deimos se apresuró a colocarse al lado de su hermano y ambos agacharon la mirada, avergonzados.

—¿Cómo que lo perdieron? —El grito de Ares retumbó en toda la casa.

El dios se levantó de un salto y encaró a sus hijos. Deimos comenzó a balbucear palabras ininteligibles, pero Ares lo interrumpió con su atronadora voz:

—¿Dónde está mi hermana?

—Estoy tan sorprendida como tú… —respondió Enio, que comenzaba a tomar cuerpo en el quicio de la puerta.

—¡Presentarte aquí, en mis aposentos, es una infamia! —reprochó Afrodita, quien jamás se habría imaginado, al contemplar las primeras luces de esa mañana, la escena que tendría lugar en su propia alcoba—. Y tú, ¿cómo fuiste capaz de exponerme a esta atroz humillación? —Ares, sin embargo, fingió no escucharla, clavando sus llameantes ojos en Enio.

—Destruimos el Gimnasio y de allí salimos: Cástor con Hefesto y tus hijos con las herramientas. Yo misma ayudé a Cástor en la huida, porque le salió al paso la feroz Esfinge. Custodié sus pasos hasta que llegaron al camino, donde Fobos y Deimos los subieron a un carro para traerlos aquí. Entonces me retiré, pues no tenía interés en atestiguar el espectáculo que querías montar aquí… —concluyó la Diosa de Bermejas Ropas, a quien los gemelos escuchaban mordiéndose los labios.

—¡Eres un miserable! Querías humillarlo frente a mí y al mismo tiempo deshonrarme. Osado y malévolo proyecto, ya lo creo, pero en tus manos terminó por ser cándido y ridículo —Afrodita sonrió mordazmente y encaminó sus delicados pies hacia el lecho, donde se recostó complacida con el propósito de contemplar lo que habría de seguir.

Ares, herido en su amor propio, se limitó a lanzarle una mirada llena de ira que ella recibió gozosa.

—¿Por qué no mataron a Cástor cuando llegó con Hefesto? —preguntó Ares encarando a sus vástagos, que no se atrevían a mirarlo a los ojos. Finalmente, haciendo acopio de valor, Fobos balbuceó:

—Cástor portaba una máscara que tiene el poder de convertir en piedra a quien la mira. No pudimos acercarnos a él para cumplir tu orden de darle muerte. Además, llegó encadenado a Hefesto y amenazó con cortarle la mano si no te lo entregaba él mismo.

—¡Pero si no es más que un vulgar mortal! —vociferó Ares, abofeteando a Fobos, quien debió apretar los puños para evitar soltar una lágrima.

—¡Alto! ¡No voy a consentir que fustigues a mis hijos en mi propia casa! Este no es, pese a lo que tu embrutecida mente cree, un campo de batalla. —Afrodita se levantó del lecho y acudió a reconfortar a Fobos, quien la rechazó afectuosamente, pues no deseaba que su padre lo viera sollozar entre los brazos de la diosa.

La Nacida de la Espuma comprendió y prodigó a su hijo una tierna caricia en la mejilla, antes de volver a acomodarse en el lecho.

—Pero logramos traer las herramientas del Dios Artesano… —musitó Deimos con un hilo de voz.

Enio contemplaba la escena sin ocultar una sardónica sonrisa que enardeció los ánimos del Dios de la Guerra.

—¡Ah! ¿Te burlas de mí, hermana?

—¡Sería incapaz! —exclamó la Diosa de Bermejas Ropas, sin la menor intención de ocultar una pronunciada sonrisa en los labios. De pronto, sin embargo, se tornó seria, lo que causó extrañeza en el resto de los inmortales—. Una cosa sí tengo en claro, furibundo hermano: de ahora en adelante Atenea querrá cazarnos como a animales… Cuida de ti y de estos dos, si así lo quieres. ¡Yo me separo de ustedes! No puedo confiar en ti, que no sabes distinguir cuáles batallas son más importantes, si las del campo o las del lecho; ni tampoco en estos, que al competir insulsamente entre sí fueron incapaces de dar conclusión a una empresa ya consumada.

Fobos y Deimos, al escucharla, la miraron con encendido rencor.

—¿Qué es eso de que estos competían entre sí? —cuestionó Ares, volteando rápido hacia donde se hallaban los gemelos.

—Al alejarme, los vi montar en sus caballos para emprender una veloz carrera… Que te expliquen ellos por qué abandonaron los carros donde viajaban las presas. —La pálida y sanguinaria diosa comenzó entonces a desvanecerse. Los gemelos, incapaces de ocultar su bochorno, apartaron la mirada.

—¡Lárgate! ¡No te necesito para hacerle frente a Atenea!

—¡Así sea! —concluyó Enio, alzando el vuelo para atravesar el alto techo de la casa. Afrodita no se dignó ni a mirarla partir; la Nacida de la Espuma mantenía sus oceánicos ojos puestos en la figura de Ares, quien sentía cómo esa inquisitiva mirada lo traspasaba.

—¡Aparta de mí tus ojos! —reclamó Ares, increpando a Afrodita, quien no se inmutó ante el violento desplante.

—Dejo de mirarte, si así lo deseas; pero quiero que sepas que, en vez de detestarte por la infamia que pretendías cometer, te compadezco… —sentenció Afrodita, apartando del dios sus azules y cristalinas pupilas.

—¡A mí no se me compadece! ¡Yo soy el Señor de la Guerra!

—Tú podrías, algún día, capturar a Hefesto y obligarlo a servirte, pero no por ello habrías de dominarlo. Lo que de él quieres es algo que nunca podrás conseguir. Tu violencia desfallece ante su arte y eso te aterroriza. Por eso planeaste esta burda farsa, pues querías demostrarle que podías poseer lo suyo. Pero no fuiste capaz ni de someterlo ni de poseerme, aunque por un momento nos tuviste a ambos. ¡Me das lástima!

—¡Cállate! ¡Deja ya de pronunciar tan absurdos desvaríos! —bramó Ares, iracundo, dándole la espalda.

Un profundo silencio se impuso en la habitación, congelando una escena en la que solo Afrodita parecía estar cómoda.

—¡Cobarde! Te ensañas con tus hijos castigando en ellos tu propia incompetencia. Fuiste tú, al dejarlos solos, quien cometió el primer y más grave error, del que se desprendieron todos los demás que acabaron por dejarte con herramientas, pero sin herrero… —hiló con tino y contundencia Afrodita, a quien Ares fingía no escuchar, con el rostro vuelto hacia la ventana y la mirada puesta en el carro que contenía los enseres de Hefesto.

—¿Resulta entonces que el culpable del fracaso de una misión que no comandé y en la que no estuve soy yo? —ironizó Ares, dignándose al fin a romper el silencio mientras caminaba hasta la ventana.

—Al darla por ganada la perdiste… Tan seguro estabas del triunfo que decidiste pasar la noche aquí esperando la feliz convergencia de tus trofeos. Pero lo único que te ha quedado, pobre de ti, son esas herramientas que ni tú ni nadie, más que Hefesto, pueden usar…

—Como las serpientes: cuanto más bella, más venenosa… —Ares giró la cabeza lo suficiente para que Afrodita apreciara su gesto desdeñoso—. Pero no me interesa lo que piense un ser tan veleidoso como tú. Lo que quiero saber ahora es cómo fue que tus hijos perdieron a mi presa…

Ninguno de los dioses gemelos se atrevió a responder. Clavados en su sitio y con la cabeza gacha, se aferraron al mutismo.

—¡Respóndanle, por Zeus! —reclamó Afrodita, a lo que Fobos, pese a haber sido duramente reprendido, contestó:

—Es cierto lo que dijo Enio, padre… Deimos emprendió la carrera con el ánimo de llegar primero y yo lo seguí, porque no quería perder el privilegio de anunciarte la victoria.

—¡Perro ruin! —escupió Deimos, lanzando una mirada llena de rencor a su hermano.

—Veníamos a todo galope cuando escuchamos un enorme estrépito que nos obligó a desandar el camino. Al llegar al punto del que partimos, descubrimos que se había librado una terrible batalla y que Hefesto ya no estaba…

—¡Escucha, padre! —interrumpió Deimos, intentando imprimir a sus palabras una mayor dignidad que su hermano—. ¡Alguien del Gimnasio atacó la caravana, abatió a Cástor y liberó a Hefesto! ¡No hay nada más que explicar!

—¿Qué te ha pasado en la mano? —preguntó Ares al contemplar la extremidad petrificada.

Ante aquella pregunta, la súbita altanería de Deimos desapareció, dejando lugar de nuevo al silencio.

—Ya te lo he dicho, padre. Cástor porta, si es que sigue vivo, una máscara que convierte en piedra a quien la mira. Deimos intentó quitársela y ese es el resultado…

—¡Ya me las pagarás! —amenazó Deimos a su hermano con la mano tullida, ocultándola rápidamente tras su espalda; pero Fobos ni siquiera lo miró.

—¿Es que Cástor aún vive? —preguntó Ares.

—Lo descubrimos desangrándose por un corte en el cuello, como si hubieran intentado degollarlo. Yo le cerré la herida y lo trajimos hasta acá tan rápido como nos fue posible, junto con las herramientas… —Fobos señaló el carro donde venían los utensilios y el aprendiz.

—¡Ah, desdichados los dos! ¿Por qué no empezaron por decirme eso? —reprochó Ares, saliendo de la habitación a grandes zancadas con sus hijos detrás—. ¿Dónde está? ¡Muéstrenmelo ya!

Deimos abrió con su mano sana la puerta del carro, descubriendo a un Cástor inerte, yerto entre las herrumbrosas herramientas.

Afrodita, entre tanto, aprovechó el momento para abandonar el lecho y reunir a su servidumbre, a la que comunicó precisas instrucciones.

—¡Cástor aún respira! —gritó Ares, tratando de desenterrar al aprendiz de herrero con sus propias manos.

—¡Detente, padre! —lo contuvo Fobos, sujetándole los brazos con fuerza—. ¡No querrás convertirte en piedra!

El dios de la guerra se apartó con repulsión.

—¡Llévenlo dentro de la casa! —ordenó Ares. De inmediato se dispusieron a cumplir la orden un par de doncellas de Afrodita, previamente aleccionadas por su ama, no sin antes arrojarle al muchacho un oscuro paño sobre el rostro—. ¡Pide a tus sirvientas que sanen a este joven! —exigió el altivo Ares, como si se hallara en sus propios dominios.

—¿De cuántas otras formas piensas seguir mancillando este hogar? —se lamentó Afrodita, horrorizada ante la visión del joven ensangrentado.

—¡Si Cástor muere, en el Tártaro mismo habré de refundir a tus dos hijos! —rugió Ares, despidiendo llamas azules por los ojos.

—Ahora tu prisionero está en mis manos y puedo, si quiero, ordenar a mis doncellas que terminen de vaciarle la sangre… —devolvió Afrodita, retadora.

—¿Te atreverías?

—No querrán averiguarlo ni tú ni tus hijos, ¿o sí? ¡Aguarden! Y mientras esperan, dejen que mis doncellas los atiendan. —Afrodita chasqueó los dedos y de entre los muros y pilares aparecieron hacendosas muchachas que tomaron de la mano a los dioses guerreros para conducirlos a la estancia principal, donde les ofrecieron mullidos asientos, vino y viandas.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó Afrodita, acercándose a examinar al moribundo muchacho, que había sido llevado a una alcoba para recibir atención.

—Débil, pero vivirá, mi señora… —dijo enfática el ama de la casa, mientras intentaba arrancarle una pieza de la armadura que se le había incrustado en el costado, para terminar de limpiar con paños húmedos su lacerado cuerpo.

—¡No están hechos mis ojos para estos espectáculos! —se lamentó la diosa, mirando hacia otro lado, pero dando precisas instrucciones—. Mientras lo curan, rellenen las copas de esos de allá afuera únicamente con el vino que me obsequió Dioniso… Y para este, traigan también una copa con ese mismo vino diluido.

Aquel elixir había sido fermentado por el Dios de la Vid especialmente para Afrodita y tenía la propiedad de obligar a hablar con la verdad a quien lo bebiera.

—Se hará como quieres, mi señora… —respondió el ama de las doncellas, repartiendo presurosa las tareas.

—¡Quítale la máscara! —ordenó Afrodita a una de sus inocentes sirvientas.

La muchacha, que ignoraba los terribles poderes de la careta, se convirtió en piedra apenas posó su mano en ella.

—¡Extraordinario! ¡Digno del arte de Hefesto, sin duda! —reconoció la diosa, despojando ella misma a Cástor, con sumo cuidado, de la terrible máscara. Una vez que la tuvo entre sus delicadas manos, la envolvió en un negro paño y ordenó al ama de llaves que la sacara de la habitación.

—¿Dónde estoy? —preguntó Cástor con voz débil y entrecortada—. ¿Quién eres? ¡Jamás mis ojos habían contemplado tan insoportable belleza!

—¡Tranquilízate! Yo soy Afrodita y estás en mi casa —lo consoló la diosa, al tiempo que las doncellas se acercaban portando una bandeja con vino y agua, así como blancas y perfumadas prendas.

Afrodita cogió la copa con el vino ya rebajado y ella misma se lo acercó a la boca—. Dime, ¿qué clase de vínculo te une a Hefesto?

Al sentir en los labios la calidez del sagrado néctar, el muchacho sorbió con desesperación. Sus ojos miraban con asombro a la diosa, pues aunque muchas veces la había imaginado, su belleza superaba cualquier ensoñación.

—Yo era su aprendiz… —respondió Cástor, sin dejar de apurar el vino—. Aunque él me recibió como a un hijo… —agregó, y su rostro se desdibujó en una patética mueca de dolor y pena.

—Entonces, ¿tú lo quieres?

—Más de lo que podría expresar con palabras, mi señora… —Los labios de Cástor buscaban afanosamente el borde de la copa, de la que ya había apurado todo el contenido.

Afrodita ordenó entonces que trajeran más vino diluido y así lo hizo el ama de llaves, que procedió luego a ataviar con la ropa limpia al aturdido muchacho.

—¡Ay, maestro, perdóname! —clamaba Cástor, mientras el ama y la propia Afrodita le prodigaban suaves caricias para serenarlo.

—Ya está vestido, ahora vete —ordenó la diosa al ama de la casa, que se retiró solícita.

—¿Por qué clamas perdón a Hefesto?

—¡Porque lo traicioné! Pagué su bondadosa confianza con abominable ingratitud… —confesó Cástor amargamente, acercando con sus temblorosas manos la copa que Afrodita sostenía frente a sus labios.

—¿Y por qué hiciste tal cosa?

—¡Para destruir el Gimnasio de Atenea, donde tantas y tantos murieron tratando de conseguir una panoplia forjada por mi maestro! —proclamó Cástor con ira, para luego solicitar con un gesto de sus labios que se le ofreciera nuevamente la copa.

—¡Pero tú vives! Y una panoplia tienes, o al menos lo que queda de ella… —replicó Afrodita, señalando el rincón de la habitación donde el ama de llaves había apilado los restos ensangrentados de la espuria armadura.

—¡Yo vivo, aunque quisiera estar muerto! —berreó Cástor, atragantándose con el tibio brebaje, para luego mirar de reojo y con desprecio los despojos metálicos—. ¡Esos inmundos trastos están lejos de ser una panoplia! Solo son la vergonzosa evidencia de mi traición… —Cástor apartó la mirada y comenzó a llorar como un niño, conmoviendo el ánimo de Afrodita.

—¿Cómo puede ser esa panoplia evidencia de tu traición?

—¡Porque yo la fragüé a escondidas de mi maestro, aprovechando sus furtivas salidas del Gimnasio! —Al escuchar aquella confesión de beodo, Afrodita sintió el suelo temblar bajo sus pies.

—¿Furtivas salidas? ¿Cuándo, a dónde y por qué salía? —preguntó la diosa, dándole a Cástor a tragar otro sorbo de aquel vino de la verdad.

—¡A espiarte, mi señora! —confesó Cástor, tapándose la boca y lamentando cada una de las palabras que acababa de pronunciar. Afrodita enmudeció ante tal revelación.

—¿Y qué fue lo que descubrió? —inquirió, angustiada.

—Si algo descubrió, jamás me lo dijo… ¡Pero sufría indeciblemente por la incertidumbre! —El habla del muchacho ya era torpe; las palabras se le agolpaban entre la lengua y los dientes—. ¡Al fin te comprendo, maestro, pues ya fue apuñalado mi corazón por la misma daga envenenada!

—¿De qué daga hablas?

—De la que apuñala el corazón con el deseo de la amada… —La mirada de Cástor se había vuelto errática y sus movimientos lánguidos a causa del vino que corría por sus venas. Afrodita sonrió enternecida ante esta última confesión.

—¿Y quién es la que te ha insuflado su veneno? —preguntó, orgullosa y con voz meliflua.

—¡Enio, la de Ropas Sangrantes! —Afrodita jamás imaginó que habría de escuchar aquel nombre, que le produjo al instante un sentimiento de repulsa e indignación. Entonces, experimentó un súbito e irrefrenable deseo de terminar con la sufriente vida de aquel muchacho.

—Ambicioso corazón es el tuyo, que aspiras a tener amores con una diosa… Ambicioso y, no obstante, groseramente modesto, pues podrías aspirar a una cumbre más alta —le susurró Afrodita, dejando caer al suelo la sábana en la que iba envuelta. La diosa estaba dispuesta a devorar al muchacho quien, pese a su embriaguez, la contempló azorado.

Afrodita tomó el rostro de Cástor entre sus delicadas manos y depositó en sus exangües labios un beso húmedo y cálido que lo hizo estremecer. Cuando la diosa introdujo la lengua en su boca, el aprendiz se sumergió en un mar de sensaciones que jamás había experimentado ni imaginado. Transportado por una ola de lúbrico placer, se recostó y sintió cómo el cuerpo suave y frondoso de la diosa se montaba sobre el suyo. Afrodita atrajo la cabeza de Cástor hacia sus pechos y el aprendiz mamó de la leche divina con la placidez de un recién nacido.

Entonces, las extraordinarias propiedades de la secreción nutricia comenzaron a obrar prodigios en el cuerpo de Cástor: sus numerosas heridas sanaron al instante, se acentuó la trágica belleza de su fisonomía, se vigorizaron sus decaídos miembros e incluso los efectos de la embriaguez empezaron a disiparse. Cuando abrió los ojos y se contempló en las oceánicas pupilas de la diosa, se horrorizó.

—¿Qué pasa? —lo increpó Afrodita, apartándose al verlo temblar como un animal.

—¡No, no puedo infligir una nueva traición a mi maestro! —gritó Cástor, apartando la vista del cuerpo dispuesto y anhelante de la diosa—. ¡Esta sería mucho más ruin e infame que la anterior! Perdóname, mi señora, pero no puedo hacer esto.

—Realmente lo amas como a un padre… —Afrodita bajó del lecho, recogió del suelo la sábana y volvió a envolverse en ella. Se acercó despacio a Cástor, que la miraba con ojos suplicantes, y le dijo—: No temas, no te daré ocasión de volver a atentar contra Hefesto.

Nunca antes la Nacida de la Espuma había sido rechazada por nadie, ni mortal ni inmortal; pero la diosa comprendió que aquel despojo de hombre no la despreciaba a ella, sino a la traición. Jamás se imaginó, pues nunca había sentido nada por él, que alguien pudiera llegar a amar tanto a su marido. Y aquella certeza la sobrecogió, porque el Dios Artesano siempre le había parecido un ser ciertamente digno entre los olímpicos, pero aborrecible en el trato e indeseable en el tálamo.

—¿Sabes lo que te aguarda allá afuera? —le preguntó, sinceramente preocupada por él.

—No, mi señora.

Afrodita le narró a Cástor el estado en que había llegado a su casa y le advirtió que Ares quería escuchar de su propia boca cómo se había escapado Hefesto. Cástor comprendió la gravedad de la situación y le aseguró que haría cuanto le fuera posible para no mancillar más su hogar.

—Tu mentor tal vez lo ignora, pero estoy segura de que nadie en este mundo lo ha querido tanto como tú… No deberías atormentarte, muchacho, porque ese amor que le profesas es más grande que la traición de la que te acusas.

La diosa acarició la mejilla de Cástor, quien jamás había sentido tanta calidez y ternura.

—¡Llegó la hora de plantar cara a esos tres de allá afuera! ¡Vamos!

Afrodita tomó a Cástor de la mano y lo condujo hasta el vestíbulo, donde los dioses de la guerra comían, bebían y disfrutaban de los cantos y las danzas de las doncellas.

—¡Aquí tienen a su aprendiz de herrero! —anunció Afrodita, llevando hasta el centro de la estancia al renovado Cástor. Un silencio sepulcral se impuso entonces en toda la casa, que hasta hacía apenas unos instantes bullía con la música, los gritos frenéticos de las danzantes y las atronadoras voces de los dioses guerreros. Todos quedaron impactados ante la arrebatadora presencia del aprendiz.

—¡Este no puede ser Cástor! ¡Cuando lo trajeron no era más que un amasijo irreconocible! —reclamó Ares, cuyos modos se habían tornado más toscos y ásperos a causa del vino.

—Me pediste que evitáramos el paso de este joven al reino del Hades y así lo hicimos. Aquí lo tienes. Pregúntale lo que deseas saber para que puedan irse cuanto antes de mi casa. —Afrodita no disimuló la molestia que le producía la presencia de los dioses guerreros en su hogar.

—Dinos, ¿qué fue lo que sucedió? ¿Dónde está Hefesto? —inquirió Ares.

—El carro en que Hefesto y yo viajábamos fue asaltado por Perseo y una comitiva de aspirantes… —comenzó a narrar Cástor con seriedad—. Escuché un súbito blandir de espadas, seguido de estocadas precisas y ahogados lamentos. Al asomarme por una rendija, vi caer, uno tras otro, a los tracios que nos custodiaban, así como veloces siluetas que rodeaban el carro. Entonces arrancaron la puerta de su marco y nos sacaron a Hefesto y a mí, arrojándonos al suelo con violencia…

Cástor guardó silencio de pronto, porque a sus pies comenzaron a agolparse, cautivadas por su decir y su presencia, algunas doncellas de Afrodita. Las muchachas, rendidas ante un trance lúbrico, contemplaban a Cástor extasiadas, rozando sus pechos contra él, acariciándole las piernas y llevándose los dedos del joven a la boca. La diosa comprendió que, al beber el muchacho de su leche, no solo se había recuperado de sus múltiples heridas, sino que también había adquirido un atractivo abrumador e irresistible para aquellas mortales. Pero no solo Afrodita se percató de tal fenómeno; Ares, extrañado, contemplaba con una mezcla de incredulidad y fascinación la forma en que las jóvenes se retorcían a los pies del aprendiz de herrero.

—¿Pero qué es todo esto? —preguntó el dios, señalando boquiabierto aquel inusitado espectáculo al que el sorprendido Cástor no hallaba explicación.

—¡También yo quiero algo de eso! —Deimos rio escandalosamente, reclamando a la ama de casa que llenara de nuevo su copa.

—¿Vas a darles a lamer tu mano de piedra? —ironizó Fobos, molesto por el cariz de la situación y mirando con desprecio a las muchachas que yacían anhelantes a los pies de Cástor.

—¡Apártense todas! ¡Vayan y denle a aquel lo que quiere! —ordenó Afrodita, y las doncellas acudieron presurosas a atender a Deimos, pues era mayor el miedo a su señora que su incipiente deseo por Cástor, a quien Ares instó a proseguir su relato con un violento ademán.

—Cuando levanté el rostro, descubrí ante mí al decidido Perseo. Eludí su golpe de espada y lo aproveché para trozar las cadenas que me unían a Hefesto. Una vez libre, comencé a luchar contra los aspirantes que se abalanzaron sobre mí, abatiendo a unos con mi diestra y petrificando a otros con mi máscara… —declaró Cástor, acompañando su discurso con gestos dramáticos que en Ares parecían surtir especial efecto.

—¿Y la máscara? ¿Dónde está? —interrogó Fobos, arrellanado en su asiento y apurando su copa sin levantar el rostro.

Cástor no supo qué contestar y, abrumado, miró a Afrodita, quien le indicó apenas con un gesto de sus delicados dedos que guardara silencio.

—¿Dónde está la máscara? —insistió Ares, ante el titubeo del aprendiz.

—¡La máscara la tengo yo! Se la hice quitar, pues solo así pudimos devolverle la vida sin correr el riesgo de ser convertidas en estatuas… —respondió terminantemente Afrodita.

—¿Y dónde la tienes? Dime… —Ares se acercó a la diosa y la sujetó del talle con una fuerza desproporcionada; Afrodita intentó apartarlo al sentir en la cara su aliento acre y avinagrado, al tiempo que Cástor se interponía entre ambos olímpicos.

Cástor miró a Ares con una fogosidad que el dios no había visto jamás en las pupilas de un mortal; ni siquiera en los ojos de quienes estaban dispuestos a morir en la batalla.

—Eres valiente… —murmuró Ares, apartando la vista—. ¡Tráiganle una copa también a él! —ordenó abrazando a Cástor por el cuello para separarlo de Afrodita.

La diosa aprovechó el momento en que ambos se alejaban para hacerle señas al ama de casa y pedirle que se acercara.

—¡Escúchame bien! En la copa del muchacho, de ahora en adelante, servirás solo agua, ¿has entendido?

—Como quieres será hecho, mi señora… —contestó solícita la sirvienta, echando a correr en busca de la copa que reclamaba Ares para Cástor, quien continuó con su relato.

—Perseo aprovechó un descuido y me rajó la garganta. Caí con la certeza de que iba a morir. Lo último que recuerdo haber visto, antes de ahogarme en mi propia sangre, fue a Perseo tirando a Hefesto de la cadena con la que yo mismo lo había apresado —concluyó Cástor, para apurar de un solo trago el contenido de la copa que le acababa de ofrecer el ama de la casa.

—Y mientras eso sucedía, ¿dónde estaban estos dos? —preguntó Ares, señalando alternativamente a sus vástagos. Deimos, sin embargo, permanecía ajeno a todo, sumido en las caricias de las doncellas, mientras que Fobos, en su oscuro y solitario rincón, cabeceaba constantemente, haciendo grandes pero infructuosos esfuerzos por permanecer despierto. El ama de casa había tenido la precaución de rellenar sus copas una y otra vez hasta emborracharlos.

—Lo ignoro. Cuando el carro fue atacado, tus hijos ya no estaban —respondió Cástor, víctima de una sed como jamás la había experimentado en su infausta vida. El ama de casa, al comprobar que el muchacho había vaciado su copa, acudió rauda a colmarla de nuevo.

—Imbéciles… —Ares miraba con una mezcla de enojo y desprecio el lamentable estado de sus hijos.

De pronto, la expresión del dios se ensombreció y en sus ojos comenzó a arder una llama rojiza. Ares bebió de su copa apretando el borde con sus fríos labios mientras sorbía con lentitud, saboreando el líquido; oscuros y belicosos pensamientos se arremolinaban desordenadamente ante sus ojos. Afrodita reconoció aquel gesto fatídico de beodo y, en un reflejo involuntario, cogió angustiada la mano de Cástor.

—¡Entréguenme la máscara! —ordenó Ares, masticando cada palabra.

—¡Soy capaz de usarla yo misma contra ti si no te largas de mi casa! —respondió Afrodita, encarando, osada, al Dios de la Guerra.

Las llamas en los ojos de Ares refulgieron violentamente, tornándose azules, y su cabello se encrespó como agitado por el viento, soltando sonoras chispas que llegaron hasta los pies de la diosa, haciéndola dar un brinco hacia atrás.

—Voy a arrojar a tus hijos al Tártaro y reduciré tu casa a cenizas si no me das ahora mismo esa máscara… —amenazó Ares; Afrodita palideció y se quedó sin habla ante la terrible estampa del dios.

—¡Nada de eso es necesario! —exclamó Cástor, interponiéndose nuevamente entre los inmortales, pero esta vez con la cabeza y la mirada gachas en señal de sumisión.

—¡Denme la máscara! —exigió el dios, cuyo robusto cuerpo comenzó a incendiarse, provocando el horror en las doncellas, que huyeron despavoridas.

—¡Serena tu furia! Yo te propongo un arreglo en el que puedes recuperar lo que crees perdido. ¡Déjame servirte como herrero! —suplicó Cástor, arrodillándose ante el iracundo dios.

La animosidad de Ares decreció, pero su mirada torva y penetrante conservaba la ferocidad. Cástor, trémulo, continuó:

—Hefesto ya debe estar de vuelta con Atenea, pero, por ahora, no podrá fraguar ni reparar panoplias a falta de sus herramientas. Yo puedo forjar armaduras para tus huestes mientras planeas la defensa o incluso un nuevo ataque. ¡Tendrías ventaja! —Expectante, el aprendiz miraba desde el suelo al Dios de la Guerra, quien se fue serenando al escuchar la propuesta.

El ceño amenazante del dios se tornó severo y meditabundo y Afrodita misma pareció relajarse al verlo caminar, frotándose la barbilla, sopesando el ofrecimiento del aprendiz.

—Solo hay dos seres en el mundo capaces de emplear esas herramientas para forjar panoplias y uno de esos soy yo —concluyó Cástor, incorporándose y encarando orgulloso al Dios Guerrero.

—¿Cómo sé que no intentas engañarme? —cuestionó Ares, desconfiado.

—¿No te parece suficiente evidencia de mi fidelidad la carnicería que ejecutamos en el Gimnasio Enio, tus hijos y yo?

—¡A esa no la menciones! —reprobó Ares, libando de su copa amargamente.

—Pues de no ser por ella, tú no tendrías las herramientas divinas y yo no estaría aquí, dispuesto a servirte… —Cástor, emocionado, bebió también de su copa y pidió al ama de casa que se la llenara de nuevo.

—¿Qué dices?

—Dos veces durante el asalto al Gimnasio tu hermana me salvó la vida. La primera ante el mismísimo Ánax Agertes, quien al descubrir mi traición me lanzó la pértiga que heredó de Aquiles. Su lanza me habría atravesado el corazón si Enio no la hubiera detenido antes de impactar mi panoplia.

Cástor hizo una pausa para beber, sintiéndose súbitamente animado, aunque también incomprensiblemente melancólico. Incapaz de conciliar su contradictorio estado de ánimo, prosiguió con su relación:

—La segunda fue ante la feroz Esfinge, que nos dio alcance a Hefesto y a mí en un claro del bosque, desarmándome a zarpazos. A punto estaba la bestia custodia de devorarme el rostro a dentelladas cuando Enio me acercó la máscara… Fue así como la convertí en piedra en el último instante… —Cástor, inspirado, alzó la copa en ademán de brindar pero, al percatarse de lo impropio de su intención, bajó el brazo, ruborizado y risueño.

—Cuando hablas de ella te sofocas, te tiembla la voz y se te humedece la vista. Y yo a ella la descubrí mirándote con inusual interés, aunque ignoro qué pueda ver en una basura como tú… —Ares miraba detenidamente, de arriba a abajo, al aprendiz. Pero en sus ojos, ahora calmos, no había dejos de desprecio o de burla, sino una sincera curiosidad—. ¿Qué sientes tú por ella? —preguntó al fin, sin escrúpulos, el Dios Guerrero, sobrecogiendo a un Cástor que no esperaba ser interpelado de manera tan directa.

El aprendiz de herrero sintió sus rodillas flaquear; la vista se le nubló por un breve instante y se le secó la boca. Consternado, se llevó la copa a los labios, aunque nada tragó porque estaba vacía. Al verlo padecer en su predicamento, el ama de casa se acercó rauda y colmó la copa. El muchacho, agradecido, contempló cómo la devota sirvienta vertía el vino durante instantes que le parecieron eternos. Finalmente bebió, sintiendo cómo aquel líquido le calentaba el pecho y le infundía valor para responder. Las palabras, atropellándose, parecieron salir por sí solas cruzando el cerco de sus dientes:

—Una pasión irrefrenable… Un deseo quemante, ¡tortuoso! —respondió Cástor, vociferando y al borde de las lágrimas.

Un nuevo silencio se apoderó de la estancia, roto solo por el estruendo que hizo al estrellarse contra el suelo el enócoe con el que la sirvienta escanciaba el vino.

Afrodita advirtió con sorpresa que la muchacha, en contra de sus instrucciones, había estado sirviendo néctar de la verdad al indefenso Cástor.

Ares escuchó aquella confesión y sonrió para sus adentros; todo aquello no era para él más que un obtuso capricho de su hermana del que pensaba sacar provecho.

—¡Partamos entonces! —resolvió Ares, echándose la capa encima y cogiendo sus armas para encaminar sus pasos hacia la salida—. No conviene que nos sorprenda aquí el amanecer.

El Dios de la Guerra parecía haber recobrado totalmente el juicio y el control de sus actos, para sorpresa de Afrodita, que apenas unos instantes atrás temía la condenación de sus vástagos y la devastación de su hogar.

—Me voy, como quieres, pero antes debes entregarme la máscara…

Ares se había hecho seguir por Cástor y por Afrodita, quien ordenó al ama de la casa que trajera la siniestra careta. La hacendosa sirvienta, que se hallaba recogiendo los restos del enócoe, corrió presurosa a cumplir la apremiante instrucción.

—Dásela tú… —le dijo Afrodita a la muchacha, desdeñosamente, cuando esta se presentó de vuelta con la máscara envuelta en el paño.

El Dios Guerrero tanteó en silencio con sus gruesos dedos la forma de la careta a través de la tela. Montó su caballo y ordenó a los tracios que dispusieran otro corcel para Cástor.

—Yo iré a la vanguardia de la caravana, el carro de las herramientas en medio y tú en la retaguardia. Defenderás esas herramientas con tu vida, que ahora depende totalmente de ellas… —amenazó el dios a Cástor con su diestra, y el muchacho asintió mientras le preparaban la montura.

La sirvienta amagó con retirarse, pero Ares la detuvo. La miró recelosamente y, con un gesto de la mano, le pidió que se acercara. Así lo hizo ella, dando pasos cortos y con la mirada fija en el rostro adusto del dios.

En una rápida maniobra, Ares dejó caer el paño, se colocó la máscara y clavó su flamígera mirada en la sirvienta, que comenzó a transformarse en piedra, poco a poco, desde los pies hasta la coronilla. Todavía alcanzó el cuerpo de la mujer a abrir la boca como si quisiera proferir un grito, pero lo que le salió de la garganta fue un humo bermejo que formó una densa y huidiza nube.

Aquella entidad etérea se diseminó por el aire al ritmo de una risa melódica y suave. Se trataba de Enio, quien desde el comienzo de aquella ominosa jornada había poseído el cuerpo de la incauta sirvienta. Ares, indiferente, se apresuró a encabezar la comitiva, y Cástor, estupefacto, lamentó las confesiones que había proferido en su eufórico arrebato.

La caravana avanzó levantando nubes de polvo. Cástor endureció el rostro, enjugó una lágrima que corría por la mejilla y se inclinó ante Afrodita. La diosa le extendió su blanca mano y el aprendiz la besó respetuosamente.

Finalmente, el muchacho subió al caballo y se colocó al final de la comitiva, convencido de que nada ni nadie habría de arrebatarle las herramientas divinas. Siguiendo los pasos del Dios de la Guerra, partió rumbo a Tracia, donde ya lo aguardaba su destino.

Al llegar a las inmediaciones de su hogar, Hefesto se sorprendió al ver el suelo tachonado de pisadas de hombres y cascos de caballos. A pesar de lo difícil que le resultaba correr con sus maltrechas piernas, echó a andar tan rápido como pudo; pero se detuvo un instante cuando divisó a lo lejos a alguien que parecía hacerle señas con ambas manos. El dios respondió agitando un brazo, pues creyó que aquella era una súplica de que acelerara el paso, y así lo hizo; más adelante volvió a detenerse al comprobar que la figura insistía, inusualmente, en mantener ambas manos alzadas. Al avanzar un trecho más, se percató de que la figura permanecía inmóvil en su sitio y que su aspecto era de un gris pálido y arenoso; un cúmulo de aciagas suposiciones se agolpó en su cabeza. Entre tanto, el Ánax lo seguía de cerca sin hacerse notar, tal y como se lo encomendara Atenea, pero prestando suma atención a los detalles del camino, que revelaban con certeza la presencia del enemigo.

Desconcertado, Hefesto daba vueltas en torno a aquella pétrea figura sin atinar a comprender cómo o por qué estaba ahí, hasta que Afrodita salió a su encuentro. La diosa se plantó a la vera del camino y auscultó con sus hermosos ojos azules el horizonte. Luego de comprobar que nada ni nadie más venía, se acercó a su cónyuge sorprendida y muy excitada. La diosa lo observó de arriba a abajo para luego llevarlo del brazo y hacerlo pasar, cerrando las puertas tras de sí, no sin antes cerciorarse, mirando a un lado y a otro, de que nadie lo había seguido.

—¡Pero cómo vienes! ¿Qué haces aquí? —preguntó al fin la Nacida de la Espuma, consternada por el inesperado arribo del maltrecho dios, aunque no tanto como por su aspecto, de por sí desagradable, pero ahora mucho más repelente a causa del trajín de los últimos sucesos.

—¡No es esta la forma de recibir a tu esposo! —reclamó el dios, arrastrando los pasos por cada rincón de la amplia mansión.

—¿Qué te pasa? ¿Qué haces? —inquirió la diosa al verlo recorrer el lugar.

—¿Pero qué fue lo que pasó aquí? —Hefesto dedujo, por lo que veía, que su casa había sido sede de una tremenda orgía: doncellas desnudas, copas volcadas, manchas de negro vino y restos de un abundante festín—. ¡Yo pensaba que con uno solo me engañabas, pero veo que aprovechas mi ausencia para celebrar estas obscenas bacanales! —vociferó Hefesto, sujetando a su esposa por el brazo con sus gruesas y ásperas manos.

—¡Nada de esto es lo que piensas! —gimió Afrodita, tratando de soltarse. Hefesto, al percatarse de que la lastimaba, la soltó para continuar su enloquecida inspección.

De pronto, al entrar en una de las alcobas, se topó con un espectáculo sobrecogedor: las blancas paredes y el suelo se hallaban manchados de roja sangre, como si allí hubiese tenido lugar una cruenta carnicería. En un rincón, apilados, reconoció los restos de la espuria panoplia forjada por su aprendiz.

—¡Por Zeus! —bramó, incapaz de asimilar la visión.

—¡No me alcanzarían las palabras para contarte! —exclamó Afrodita, prorrumpiendo en afectados sollozos. El Dios Artesano serenó entonces su ánimo, no porque estuviera menos agitado, sino porque la situación acababa de dar un giro imprevisto. Temiendo qué más podría encontrar, Hefesto titubeó al reanudar el paso. Lentamente, casi a tientas, traspasó el umbral en dirección a la estancia, y lo que vio ahí superaba la más amarga de sus elucubraciones.

—¡Fobos! ¡Deimos! —gritó Hefesto, horrorizado, al encontrarse con los perpetradores del asalto al Gimnasio tendidos en mullidos cojines.

El Ánax, mientras tanto, había rodeado la mansión sigilosamente intentando advertir algo a través de las ventanas: un indicio, una pista que le permitiera explicarse aquella estatua y el rastro de pisadas enemigas en el camino; pero nada logró distinguir.

La estatua, sin embargo, era para el Ánax la prueba clara de que Cástor vivía y de que había estado, o quizá aún estaba, en la casa del dios. Así reafirmó sus sospechas de que una infame e intrincada alianza se había tejido entre el aprendiz, el Forjador Olímpico y los dioses guerreros. Y, aunque deseaba quedarse a averiguar qué sucedía, no tuvo más opción que volver velozmente al Gimnasio para dar parte a Atenea. Tenía planeado informar y solicitar permiso para conformar una comitiva, asaltar la mansión y comenzar la cacería de los enemigos. Se apresuró, pues cada instante era vital.

En la casa, y no sin temor, Hefesto se aproximó lenta y silenciosamente a Deimos, a quien escuchó roncar sosegadamente. Luego, con sigilo, se acercó a Fobos, que dormía dando profundos suspiros.

—¿Por qué están estos dos aquí? —preguntó por fin el dios en voz baja.

—Estos dos son mis hijos… —respondió Afrodita en un murmullo.

—¿Sabías que tus hijos devastaron el Gimnasio de Atenea para secuestrarme?

—Sí lo sé… Y sé también que lo hicieron coludidos con tu aprendiz… —interrumpió Afrodita.

—He visto su armadura en esa habitación. ¿Dónde está él? —El dios volvió a correr de un lado a otro, hurgando desordenadamente en cada rincón.

—¡Cálmate! ¿No te das cuenta de lo que haces? Mira que puedes despertar a mis hijos y no querrás enfrentarte tú solo a ellos… —lo reconvino Afrodita.

—¿Dónde está mi pupilo? ¡Cástor! ¡Cástor, hijo mío! —gritaba Hefesto, dando tumbos por la estancia.

—¡Cástor no está aquí! —le espetó Afrodita, tomándolo por las tupidas patillas.

Afrodita jamás había sentido afecto por Hefesto; pero ahora, al atestiguar su angustia, sintió piedad por él.

—¡Se lo ha llevado Ares! —musitó Afrodita, anticipando el efecto que sus palabras producirían en su esposo; el dios palideció, quedándose mudo—. Conocí a tu aprendiz y entiendo bien que le hayas cobrado tan grande afecto… Si quieres saber qué fue lo que pasó, tendrás que serenarte y prometer que me escucharás con atención, sin sobresaltos —concluyó la diosa en un tono dulce pero severo, mientras sujetaba entre sus delicadas manos las de él, grandes, ásperas y sucias.

Hefesto se dejó conducir a la habitación donde estaban apilados los restos de la espuria panoplia, cuya sola vista le producía un desasosiego jamás experimentado.

—Ayer se presentaron muy temprano batallones enteros de tracios comandados por mis hijos. Me despertó el salvaje estrépito que hicieron al llegar y, sin comprender qué pasaba, salí a increparlos. No había puesto un pie fuera de la casa cuando a su encuentro llegó también, desde el norte, el mismísimo Ares…

Al escuchar mentar a su odiado rival, Hefesto se estremeció en un arrebato de furia, dispuesto a levantarse de nuevo. Afrodita lo contuvo posando la mano sobre su pecho; al contacto de la piel tersa de su esposa, el dios se calmó, fijando la mirada en el hermoso rostro enmarcado por una bermeja cabellera ondulada.

—Ares había concertado encontrarse con ellos aquí, en nuestra casa, para mayor humillación tuya y mía. Su perverso propósito era que yo misma fuera testigo de cómo nuestros hijos te entregaban a él junto con tus herramientas… —hilvanó Afrodita con afectada pesadumbre.

—¡Maldito! —Hefesto temblaba, apretando los puños.

—Serénate… Ares no contaba con que Fobos y Deimos llegarían aquí con las herramientas, pero sin ti. Incapaces de explicar tu pérdida, ambos tuvieron que confesarle a su padre que habían descuidado el carro en que viajabas…

—Y no mentían tus hijos, pues fue justo ese momento providencial el que aprovechó Cástor para liberarme…

—Sí, eso fue lo que él me dijo; pero no fue lo que le dijo a Ares…

—¿Cómo? ¿Es que tú hablaste con Cástor?

—¡Y vaya si hablé con él! Aquí lo trajeron con un pie en el Hades y fui yo quien lo devolvió al mundo de los vivos.

—¿Moribundo? —replicó Hefesto, con el rostro descompuesto por la angustia.

—Ares me exigió que le salvara la vida. Yo lo conduje a esta sala, donde curé sus heridas…

—Tú… ¿Le salvaste la vida? —preguntó Hefesto, con los ojos anegados en lágrimas, mientras le besaba agradecido las manos. Afrodita se sorprendió al no sentir repulsión por aquellos labios. Enternecida, se atrevió a prodigarle una lánguida caricia en la mejilla.

—Es un muchacho muy vivaz… —expresó Afrodita, sonriéndole a su marido. Hefesto correspondió a la sonrisa, enjugándose las lágrimas con el antebrazo—. Se lamentaba, en su delirio, por haberte traicionado y te llamaba, como si estuvieras aquí, implorando tu perdón…

—Oh, Cástor… ¡Yo te perdono, hijo mío! —Hefesto comenzó a sollozar desconsoladamente.

—¡Basta! ¡Vas a despertar a esos de afuera! Escúchame: Cástor me confesó que nunca estuvo en sus planes entregarte a Ares… Me contó cómo te había puesto en libertad para luego montar una escena con la que engañó a mis dos hijos…

—¿Escena? ¿Qué escena fue esa? —Los ojos del dios brillaron llenos de curiosidad.

—Aunque muchas y graves eran sus heridas, solo una ponía en riesgo su vida. Tu aprendiz venía con el cuello abierto de lado a lado y ese corte le había hecho perder casi toda su sangre. Pero una vez que se halló repuesto, Cástor me confesó que él mismo se había rasgado la garganta, para hacerles creer a mis hijos que había sido abatido por las huestes de Atenea y que estas te habrían recuperado… —Hefesto abrió grandes sus negros ojos, sorprendido—. Aquellos dos lo trajeron con la esperanza de que no muriese para que pudiera dar cuenta de lo que realmente había pasado contigo…

—Fue una jugada astuta, pero muy arriesgada… —razonó el dios, tornándose reflexivo.

—O tal vez realmente deseaba morir por haberte traicionado… —Hefesto no respondió—. Digamos que fue una acción astuta, si así lo deseas, pero de poco sirvió, ya que ahora tu aprendiz sirve a Ares… —remató Afrodita, luego de un prolongado silencio.

—¿Qué has dicho? —preguntó el Divino Artesano, dando un brinco.

—Mientras yo aquí, en esta habitación, me disputaba con Hades la vida de tu aprendiz, allá afuera Ares y los gemelos comían y bebían sin juicio ni continencia. Entrada la noche, cuando el vino ya les había obnubilado el juicio, Ares reclamó la presencia de Cástor y también la máscara que este portaba, la misma con la que había convertido en piedra la mano de Deimos y que yo, cuidadosamente, confisqué. —Hefesto amagó con interrumpirla, pues deseaba saber cómo Cástor había petrificado la mano del dios guerrero, pero Afrodita le puso los dedos en los labios—. Ares estaba obsesionado con la máscara, pero yo no quise dársela. Me dio miedo que, ebrio y embrutecido como estaba, hiciera uso de ese horrible artefacto en mi casa… ¡Mal hice en negársela! El salvaje amenazó con reducir a cenizas nuestro hogar… —La diosa ahogó un gemido de pesar; Hefesto se mordió los labios, furioso—. Temí lo peor, y yo tan sola… —Afrodita cerró los ojos como si el recuerdo la flagelara; Hefesto le sujetó la mano y, aunque el contacto con su piel áspera la lastimaba, se dejó hacer—. Fue entonces cuando Cástor intervino…

—¿Y qué hizo? ¿Qué pasó? —Hefesto, exasperado, apretó involuntariamente la delicada mano de Afrodita, quien la retiró adolorida, amonestándolo nuevamente con un gesto para que se callara.

—En un esfuerzo desesperado por contener la furia de Ares, Cástor se ofreció a servirle como forjador… —Al escuchar aquellas ominosas palabras, Hefesto sintió que se le nublaba la vista, la boca se le secó y sus puños se crisparon—. Cástor le hizo comprender que solo él era capaz de hacer correcto uso de tus herramientas. Y fue así como tu pupilo consiguió salvar esta casa… —concluyó Afrodita, apenas con un hilo de voz. Un nuevo, penoso y prolongado silencio se impuso entre ambos.

—No puedo aceptar que ahora Cástor sirva a Ares como maestro forjador… —masculló por fin Hefesto, incorporándose decididamente.

Afrodita lo observó confundida, pues ahora lucía completa e inexplicablemente sereno.

—¡Tengo que arrancarlo de las garras de ese miserable! —masculló el dios entre dientes.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Afrodita, quien jamás había visto tal arrojo en su esposo.

—¡Voy a rescatarlo! —sentenció el dios, apresurándose a salir de la estancia a grandes zancadas con sus pies zambos.

—¡Espera! ¡Tú no puedes enfrentarte a Ares!

El Herrero Olímpico detuvo sus pasos al hallarse de nuevo frente a los dioses gemelos, quienes aún dormían la borrachera de la noche anterior. Miró fija y atentamente a uno, luego al otro, y sonrió complacido al contemplar la mano petrificada de Deimos. Afrodita lo alcanzó y lo miraba en ascuas, como si quisiera adivinar qué pensamientos le pasaban por la mente. Hefesto reemprendió el paso dejando ahí plantada a la diosa, quien nada comprendía de su atolondrado proceder; pero poco le duraron las dudas, pues tras unos instantes lo vio volver portando un hacha pesada y herrumbrosa que había traído del pequeño taller del traspatio. Ahogando un gemido, la diosa lo vio avanzar decidido hacia sus hijos, blandiendo con firmeza el hacha por los aires.

—¡Detente! —gritó Afrodita, arrojándose a los pies de su esposo.

—¡Apártate!

—¡Son mis hijos! —suplicó la diosa.

—¡También son hijos de Ares!

—¡No les hagas daño! —insistió Afrodita, aferrándose a los brazos nervudos del Divino Artesano.

—¡Quítate, mujer! —respondió él, intentando deshacerse de aquellas blancas manos que no sabían implorar.

—¡Escúchame, Hefesto! ¡Tómame, anda! ¡Yo sé que siempre me has deseado, pero he sido cruel y esquiva contigo! ¡Llévame al tálamo, poséeme y libera en mí esa enloquecida furia que te domina! —bramó la diosa, incorporándose mientras frotaba su voluptuoso cuerpo contra los miembros maltrechos del dios.

Hefesto bajó entonces el hacha y apartó a la diosa con el dorso de su gruesa mano. Afrodita contemplaba con sus azules ojos inundados de angustia al silente artesano, en cuya expresión, para su mayor inquietud, no pudo leer ningún sentimiento. El dios la miró de pies a cabeza, dejó caer el hacha y giró sobre sus pasos, esta vez con un andar más lento pero más firme. Afrodita, con las manos entrelazadas en el pecho, lo vio regresar portando unas pesadas cadenas con un grillete a cada extremo.

—¿Qué haces? —le preguntó Afrodita al verlo empujar el sillón donde dormía Deimos en dirección del rincón donde yacía Fobos—. ¿Qué pretendes? —insistió la diosa, interponiéndose en su camino; pero por respuesta solo obtuvo una mirada furiosa que congeló sus miembros. Apartándola, Hefesto sujetó de un extremo la muñeca petrificada de Deimos y del otro la muñeca del durmiente Fobos. Aquel ajetreo despabiló por fin a los dioses gemelos, que al principio no alcanzaban a comprender lo que sucedía.

Fobos intentó incorporarse, pero fue devuelto a su sitio al tensarse la cadena que lo unía a su hermano. Deimos, a su vez, jaló de la cadena fuertemente, atrayendo el brazo de su hermano, que le golpeó el rostro. Terriblemente confundidos, los dioses se descubrieron sujetos el uno al otro a los pies de Hefesto, quien los miraba con desprecio.

El Dios Herrero caminó hasta donde se hallaba su hacha y la cogió, disponiéndose a salir. Deimos, al verlo portar la enorme herramienta, se revolvió en su sitio intentando levantarse; pero aquello le resultó imposible, pues a cada movimiento se le oponía el peso de su hermano. Fobos, al sentirse amenazado, lanzó una patada que hizo trastabillar a Hefesto, quien pretendía seguir de filo hacia la salida. El artesano consiguió mantenerse en pie, pero, furioso, descargó un duro golpe que partió en dos la cabeza de su agresor. Afrodita gritó antes de desplomarse en el piso, mientras Deimos contemplaba con horror los dos costados del rostro de su hermano gesticular enloquecidamente sin poder emitir ningún sonido.

Horribles larvas comenzaron a emerger de la herida de Fobos. Deimos y Hefesto contemplaban con asco y repulsión a aquellos seres que, al caer al suelo, se retorcían y reptaban dejando un rastro baboso y pestilente. Diez larvas en total emergieron de la cabeza abierta de Fobos, cuyo cuerpo desmadejado yacía en el suelo. Su grotesca expresión se había congelado en cada lado de su rostro bifurcado en una mueca de sorpresa y confusión. Hefesto intercambió miradas de azoro con Deimos, quien parecía temer que a él también le abriera la cabeza; pero el Olímpico no tenía intención de atacarlo, por consideración a Afrodita.  Finalmente, renqueando, reemprendió el paso hacia la salida y abandonó la casa totalmente decidido a rescatar a su aprendiz.

Cuando Afrodita recuperó el sentido, alcanzó a ver a Deimos sentado en el suelo a un costado del cuerpo de Fobos. La diosa se incorporó con ayuda de sus doncellas y, recelosa, se aproximó a donde yacían sus hijos. Al dar un par de pasos, recordó el instante preciso en que Hefesto propinó el hachazo a su vástago y dudó en mirar, pues no quería ver de nuevo aquella cabeza partida en dos. Deimos escuchó las pisadas de su madre y se volvió.

—¿Cómo pudiste permitir que ese cojo nos encadenara? ¿Ahora cómo vamos a liberarnos?

—No pueden. Solo Hefesto es capaz de romper esa cadena… Tendrán que aprender a estar juntos… —respondió Afrodita categóricamente, sin resolverse a comprobar el estado de Fobos, de quien solo alcanzaba a contemplar las piernas inertes—. ¿Cómo está? —preguntó al fin, apenas con un hilo de voz; pero Deimos no contestó.

La atención del dios guerrero estaba puesta en el grillete que sujetaba su mano de piedra y en la cadena que lo unía al brazo de su hermano. Afrodita escuchó unos ruidos extraños, parecidos a chapoteos, que provenían del cuerpo de Fobos. Su curiosidad pudo más que el temor y se erigió apenas lo suficiente para atisbar. Lo que vio la consternó tanto que a punto estuvo de desmayarse otra vez. Diez larvas regordetas y palpitantes se retorcían en el icor que manaba de la herida de Fobos, formando un espeso charco.

—¿Qué, por Zeus, son esos horribles monstruos?

—No lo sé. Le salieron a este de la cabeza. ¿Dónde está nuestro padre? —preguntó Deimos.

—¡Se ha marchado! ¡Y ustedes deben hacer lo mismo! ¡Váyanse ya! —le ordenó Afrodita.

—¿Y adónde quieres que vayamos? ¿Cómo vamos a irnos con este así? —señaló Deimos el cuerpo exánime de su hermano.

—¡Aquí no pueden quedarse! Pronto vendrán los emisarios de Atenea a cazarlos. ¡Largo! ¡Márchense ahora mismo!
—insistió Afrodita con vehemencia.

Deimos lanzó una mirada llena de despecho a su madre y, sin decir palabra, se levantó y echó a andar hacia la salida. El dios guerrero abandonó la casa abatido y desairado, llevando a rastras el cuerpo de su hermano; tras ellos iban también las diez larvas reptantes, siguiendo el rastro de icor que escurría de la cabeza abierta de Fobos. Afrodita los vio marcharse y, aunque sentía pena por sus hijos, no estaba dispuesta a permitir que su hogar se convirtiera en un campo de batalla. Suficiente había tenido ya con los agitados sucesos de las últimas jornadas.

Desde la inefable mañana en que despidió a sus hijos, Afrodita había tomado las previsiones necesarias para recibir a los guerreros de Atenea que, con toda seguridad, asaltarían su casa llegado el momento. Le exasperaba verse envuelta en aquella trama de traiciones, complicidades y venganzas en la que nada tenía que ver, pero en la que, estaba segura, Atenea habría de considerarla una enemiga más. Afrodita no estaba dispuesta a someterse a la humillación de rendirle cuentas a la Hija del Crónida, pero tampoco podía subestimar a los guerreros atenienses que, a juzgar por las ominosas proezas de uno de sus renegados, podían ser verdaderamente peligrosos.

Afrodita, ciertamente, sentía simpatía por aquel simple mortal que había sido capaz de seducir al hosco Hefesto y de desafiar a la orgullosa Atenea. Cuando pensaba que aquel muchacho había conseguido devastar el Gimnasio ateniense, sonreía, complacida, pero también lamentaba no haberlo podido salvar de las garras de Ares. Si bien no estaba dispuesta a intervenir en el conflicto en ciernes entre los hijos de Zeus, había decidido no comprometer a su marido ni a su aprendiz, a quienes unía un afecto tan grande. Con tal propósito, había ordenado a sus doncellas no hacer ni decir nada que pudiera comprometer a ninguno de los dos cuando las huestes atenienses derribaran su puerta. No sabía cuándo harían su aparición, pero cuando tal cosa sucediera, solo ella podía actuar.

Fueron días de espera e incertidumbre difíciles de sobrellevar para la Diosa Nacida de la Espuma, que padecía en extremo tener que privarse de los goces del tálamo. No podía dejar la mansión para ir al encuentro de alguno de sus amantes por temor a que los lacayos de Atenea la asolaran en su ausencia, y tampoco podía recibirlos, pues no quería exponerse a ser sorprendida en su propio lecho por inquisitivas e inoportunas miradas. Los días habrían de sucederse, uno tras otro, aburridos e insufribles para la Diosa del Amor y el Placer, recluida en su fastuosa morada.

Afrodita
Las intervenciones de la diosa del amor, la belleza y el deseo a favor o en contra de los mortales son harto frecuentes en la mitología griega. En esta ocasión, sin proponérselo, es arrastrada por Ares a su creciente conflicto con Atenea, en el que también están involucrados su esposo Hefesto y un peculiar mortal: Cástor, el aprendiz de herrero y traidor del Gimnasio.

Afrodita, que rehúye la violencia y la brutalidad de esta contienda, termina tomando partido al favorecer a Cástor, maldito por ambos bandos y por quien llega a sentir algo más que simpatía.

El favor de Afrodita obrará prodigios en Cástor, pero, como suele ocurrir a los mortales con las dádivas de los olímpicos, tras un bien se oculta un mal.Así entra la Nacida de la Espuma en la Guerra Olímpica, donde intervendrá de manera decisiva, aunque siempre desde los márgenes.


Fuentes:
Homero cuenta que, en el combate entre Paris y Menelao, el griego se impone y arrastra al troyano por el casco hacia las filas aqueas. Justo cuando su muerte parece inevitable, Afrodita interviene directamente para salvarlo: rompe la correa que lo asfixia, lo arrebata del combate, lo oculta en una espesa niebla y lo deposita en su perfumada alcoba para que yazca con Helena (Ilíada, III, vv. 369–382).

En otro pasaje, cuando Diomedes hiere con una enorme piedra a Eneas, hijo de Afrodita, y está a punto de matarlo, la diosa acude en su auxilio: lo rodea con sus blancos brazos y extiende sobre él los pliegues de su vestido para protegerlo de las armas aqueas, mientras intenta retirarlo del campo de batalla. Diomedes, sabedor de que Afrodita no es una diosa guerrera, la ataca y la hiere en la mano, obligándola a abandonar a Eneas, cuya protección queda entonces en manos de Apolo (Ilíada, V, vv. 305–317 y 330–346).

Continúa en Canto décimo, Macas e hismas...