—¿Queda espacio para uno más?
—¿Quién es?
—No receles de mí, pues tengo con qué pagar… —Se escuchó el tintineo de una moneda lanzada al aire que el barquero Caronte cogió al vuelo.
—¿Qué trae a un olímpico a este lugar?
—Vengo a entrevistarme con tu señor… —respondió Hefesto, montando en la lóbrega barcaza que estaba a punto de adentrarse en las pantanosas y pestilentes aguas del río Aqueronte.
—De nada habrá de servirte esa hacha aquí… —señaló Caronte, sardónico, al ver que el maltrecho dios descansaba un brazo en el ojo de la herrumbrosa herramienta.
—Me fue de utilidad para llegar aquí y lo será de nuevo al salir… —respondió el dios, indiferente. Hefesto tenía toda su atención puesta en tratar de distinguir los rostros de las impávidas almas que lo acompañaban.
—Sea como dices…
—Luces cansado, barquero… —señaló Hefesto, que intentaba habituar sus ojos a la oscuridad de aquel reino.
—Hacía ya mucho tiempo que no se me presentaba una jornada tan extenuante…
—¿Has estado inusualmente ocupado?
—¿Por qué me preguntas eso? Tú deberías estar mejor informado que yo, pues deduzco, por tu imprevista visita, que estás involucrado en lo que sea que esté sucediendo allá arriba —devolvió el barquero con suspicacia.
—¿Y qué supones que acontece en el mundo de los vivos, que tan pródigamente engrosa las filas de los muertos?
—No me atrevería a aventurar una respuesta, pero seguro estoy de que allá arriba Ares, el destructor de ciudades, habrá dado rienda suelta a su frenética sed de sangre… O Poseidón habrá castigado alguna impiedad estremeciendo la tierra y los mares… O Zeus padre habrá puesto fin a algún pueblo sacrílego… —respondió el barquero, hastiado, pues no acostumbraba cruzar palabra con sus pasajeros—. ¡Qué más da! Partamos ya porque, como tú mismo ves, aún me quedan muchos viajes por hacer…
Entonces Caronte hizo zarpar la barca con su pértiga. Hefesto se volvió para observar a quienes se quedaban en la orilla a la espera del retorno del triste navío, y su corazón se contrajo al reconocer muchos de aquellos lívidos rostros. La barcaza avanzó lentamente por las turbias aguas durante un tiempo que al propio Hefesto, siendo inmortal, le pareció eterno.
Deimos emprendió el largo viaje hacia Tracia con Fobos a rastras. Avanzaba con desgano por las veredas y los caminos principales, furioso por tener que acarrear el cuerpo de su hermano, que a cada paso le resultaba más pesado. Tras los pasos de Fobos se arrastraban las larvas, que habían ido aumentando de tamaño poco a poco.
Al cabo de dos o tres días, cuando hubieron alcanzado las dimensiones de una bestia mediana, las larvas comenzaron a desplazarse de forma arrítmica y dificultosa. Bajo una capa de piel traslúcida se insinuaban huesos angulosos, afilados y protuberantes; hocicos, garras y pezuñas de alimañas que batallaban por avanzar y, al mismo tiempo, por liberarse de su envoltorio larvario. Finalmente, las membranas cedieron al roce, a la fricción y al desgarramiento, cayéndoseles a pedazos por el camino.
Deimos se detuvo al escuchar los bufidos y resuellos de aquellos seres y se volvió a mirarlos: eran todos monstruosos. En sus cuerpos amorfos se mezclaban los rasgos más atroces de bestias salvajes y alimañas rastreras. Uno tenía cabeza de reptil, tronco de simio y extremidades de arácnido; otro se sostenía sobre incontables patas de saltamontes y por cuerpo no tenía más que un dorso cubierto de cuencas dentadas que castañeaban y lanzaban mordiscos; otro más, el que venía rezagado, llegó rodando hecho una bola de armadillo, pero, apenas se emparejó, dio un brinco y se incorporó sobre patas felinas, dejando ver un vientre escamoso en cuyo centro sobresalía un ojo blanco y sin pupila.
Así permanecieron durante largos instantes: Deimos, azorado, contemplando la inenarrable fealdad de los engendros nacidos de la cabeza de su hermano; y los monstruos alineados, expectantes, desprovistos de toda expresión o intención.
Deimos se encogió de hombros y reanudó la marcha, adentrándose en un páramo pestilente y cenagoso por el cual arrastró el cuerpo inerme de su hermano, que se fue cubriendo de fango y hojarasca hasta convertirse en un bulto informe, mientras la escolta de monstruos seguía devotamente el rastro de aquel fardo. Era como si los engendros supieran que, bajo la inmundicia, yacía quien los había engendrado. Y aquellos monstruos, en efecto, eran la prole de Fobos, que iba dejando un rastro imposible de ignorar.
Fue así como, durante su trayecto de regreso al Gimnasio en respuesta al llamado que el Ánax llevara a todos los rincones de la Hélade en nombre de Atenea, Pentesilea de Ares, la temible basilissa dorada, se topó con aquellas huellas extrañas e inquietantes. Se trataba de un surco voluminoso e irregular sobre un extenso herbazal, acompañado por un sinnúmero de pisadas que parecían de animal, de insecto o de alimaña, mezcladas todas desordenada y apresuradamente; eran huellas frescas, recientes, cual no las había visto nunca en sus muchos viajes. Qué clase de engendro dejaba ese insólito rastro, se preguntaba Pentesilea, mientras clavaba su fría mirada en el horizonte siguiendo el trazado del surco. Decidida a averiguar, la guerrera divina se dispuso a dar alcance a lo que fuera que hubiese hollado el camino.
Pentesilea corrió a una velocidad inaudita, casi sin tocar el suelo, siguiendo el trayecto del surco. Tras su paso quedaba una estela rojiza que iluminaba la noche por unos instantes para desvanecerse luego en suaves grumos. De pronto, los monstruos detuvieron el paso al intuir una presencia poderosa que se aproximaba. Deimos, que ya se había habituado al sonido de las pisadas de su escolta, se volvió al notar el súbito silencio. Entonces observó las caras de insecto, de reptil y de batracio moviéndose inquietas; ojos arácnidos, cristalinos y polarizados oteando en la insondable oscuridad con desesperación; antenas que se aguzaban, patas que se frotaban y alas traslúcidas que vibraban nerviosas. La excitación de las bestias crecía con rapidez y el propio Deimos empezó a inquietarse al percibir un sonido cortante, cual proyectil que se acerca, acompañado por una turbulencia en el aire.
Una fuerte ráfaga de viento obligó a Deimos a cubrirse el rostro con la mano libre; cuando el vendaval pasó, bajó el brazo, se giró y descubrió ante sí, a cierta distancia, la imponente figura de Pentesilea, la basilissa divina. Nunca antes el hijo de Ares había visto a un guerrero ateniense. Del venablo enhiesto de Pentesilea emanaba una luz densa que se descomponía al reflejarse en los tergitos y esternitos que conformaban su espléndida panoplia, dándole un aspecto fantástico. La guerrera observaba con inocultable fascinación a los monstruos que ya habían avanzado hacia ella ordenadamente, como si conformaran una falange, gruñendo, aullando y rugiendo amenazantes, haciendo crujir sus garras y esqueletos bajo la intensa luz de la lanza.
La basilissa aguzó la vista y reconoció otra presencia detrás de los engendros. La luz que irradiaba el venablo cambió de consistencia, transformándose en un rayo delgado que recorrió a Deimos de pies a cabeza. Pentesilea identificó al dios guerrero, buscó a sus espaldas y extrajo su máscara sagrada. Al reconocer aquel artefacto, cuyos siniestros poderes bien conocía, Deimos profirió un grito de horror. Entonces los monstruos se abalanzaron al unísono contra la guerrera sagrada, cual si hubiesen reconocido en aquella exclamación una voz de mando. Se escuchó el estruendo de las múltiples colisiones contra el cuerpo sólido de Pentesilea y Deimos echó a correr, despavorido, con el cuerpo de su hermano a rastras.
Pentesilea fue aplastada por los monstruos, que la acometieron salvajemente con sus garras, pezuñas y dientes. La guerrera, superada en número, se encogió para que ninguna parte de su cuerpo quedara expuesta. La panoplia sagrada forjada por Hefesto resistió los embates mientras iba acumulando potencia en forma de luz que estalló finalmente, liberando los miembros de Pentesilea y proyectando a los monstruos en todas direcciones. La guerrera estaba desconcertada, pues jamás había sido golpeada por enemigo alguno; nunca había tenido que hacer uso de un recurso defensivo y menos de uno tan desesperado como acorazarse. Iluminó los alrededores con el venablo que aún conservaba entre las manos y buscó afanosamente la máscara, que había salido despedida al recibir el primer impacto; la encontró, corrió a tomarla y pudo escuchar e incluso sentir en el suelo a los monstruos que ya regresaban desde todos lados, enloquecidos, feroces, desbocados… Huyó. Aquella fue la primera y única vez que Pentesilea de Ares eludió un combate.
A los pies de un discreto otero en los valles de Tracia, una caverna de estrecha boca exhalaba negras bocanadas de humo que ascendían al cielo formando caprichosas y siniestras figuras. Al adentrarse por el túnel del socavón, intransitable por el humo que fluía hacia el exterior, era posible apreciar, tras avanzar una considerable distancia, la enrarecida incandescencia de los carbones que alimentaban hornos, cazos y fraguas. No era un trayecto apto para mortal alguno, e incluso al mismísimo Ares le parecía, cada vez que lo recorría, como si estuviera descendiendo al ominoso Tártaro, prisión de dioses y titanes.
El pasadizo desembocaba a una amplia cavidad de alta techumbre donde el aire tenía una consistencia densa, viciada e irrespirable. Ahí, las lumbreras ardían con ferocidad y las paredes de la caverna retumbaban al ritmo de martillazos en los que latían ideas. Todo en ese lugar estaba perfectamente dispuesto: las divinas herramientas reposaban en estantes labrados directamente en las paredes de la cueva, ordenadas por tamaños y usos. Mazas, marros, pinzas y cuñas, precisa y estratégicamente ordenadas para las arduas labores de la forja. En el centro se hallaban el yunque y la fragua, así como los hornos y cazos humeantes que exhalaban su abrasador aliento. Ese era el taller donde Cástor trabajaba afanosamente en la elaboración de una panoplia para su amo, el dios Ares.
El belicoso hijo de Zeus, sin embargo, sabía que no podía exigir mucho de su maestro forjador. Atenea, su odiada hermana, tenía acaparados los mejores yacimientos minerales de la Hélade y era poco y de mala calidad lo que podía poner a disposición del joven herrero. Ello no le impedía, no obstante, dispensar a Cástor un trato hostil y humillante; el muchacho le resultaba particularmente odioso, pero también necesario, y estaba decidido a conservarlo y aprovecharse de él todo el tiempo que fuera posible, que no sería mucho, ciertamente.
La sola existencia de Cástor, pensaba Ares, debía ser afrentosa para su orgullosa hermana. Por eso, aunque lo despreciaba, también le complacía tener a su servicio al mortal que había sido capaz de devastar el Gimnasio. Esta era la razón por la cual Ares hizo cavar el taller de Cástor en las entrañas del otero, pues estaba decidido a mantenerlo a salvo y a no permitir que Atenea lo recuperara para ajusticiarlo. El dios guerrero había emprendido incluso, sin enterar de ello al osado aprendiz, una intensa campaña para arrebatar a su hermana algunas minas y proveerlo de buenos metales. Campaña que, por cierto, tuvo un imprevisto éxito inicial.
En efecto, al mandar reunir a su ejército de guerreras y guerreros, Atenea dejó sin resguardo los yacimientos de la Hélade, muchos de los cuales se encontraban en poblados que habían sido sometidos por la fuerza al tributo y al culto ateniense. Cuando llegaron las avanzadas tracias de Ares, con la promesa de permitir a los pobladores restaurar su antigua fe a cambio del usufructo de las minas, fueron bien recibidas, y en muy pocas ocasiones fue necesario el uso de la fuerza para hacerse con los yacimientos.
Una vez establecidas, la primera acción de las fuerzas de Ares consistía en demoler los templos de Atenea para edificar, sobre sus ruinas, nuevos santuarios a las divinidades antiguas; y este era un gesto que mortales e inmortales recibían con beneplácito. Para muchas de las gentes de aquellos poblados, la presencia de los tracios, que les permitían seguir con su vida, sus creencias y sus prácticas, era preferible al sometimiento que les había impuesto la tiránica hija de Zeus. Fue así como el dios guerrero tuvo un breve periodo de bonanza durante el cual logró proveer a Cástor de ricos cargamentos de metal.
—¡Ya no hay excusa! ¡Quiero una panoplia que pueda competir con las de Atenea! —exclamó Ares al entregarle el primer cargamento.
—¿Cómo has obtenido estos metales?
—Eso no debe importarte. En lo único en que debes ocuparte ahora es en forjarme una armadura con este oro —se jactó Ares, al contemplar sobre el suelo del taller el precioso metal en el que se reflejaba el ardor de la fragua. Aquella vestimenta debía ser, según sus delirantes exigencias, única e inigualable, propia de un dios y más poderosa que las de los basileis de su hermana. Demandas burdas que Cástor desestimó al darse cuenta de que Ares no comprendía lo que pedía. Aun así, sin protestar, se puso de inmediato a trabajar en la magna obra. Una cosa, solo una, pidió Cástor antes de comenzar:
—Tráeme vino.
La siguiente vez que Ares descendió, arrastraba los pasos por los tenebrosos recovecos de la caverna, sorteando herramientas, retazos y escombros, esperando no tropezar con el cuerpo de su maestro forjador. La única luz en todo el taller provenía de unas exangües brasas que crepitaban al fondo del horno. Recelando de sus propios pasos, el dios se dirigió a tientas hacia la mesa, donde comprobó, como suponía, que la bandeja de los alimentos bullía de gusanos.
—¡Nada has comido! —exclamó el hijo de Zeus, asegurándose de que su voz grave y recia se escuchara en todos los rincones. Nadie, más que el eco, respondió al encendido reproche del dios de la guerra, quien cogió el estamno del vino para voltearlo de cabeza y comprobar, también como sospechaba, que estaba vacío—. ¡Aunque sí te has terminado todo el vino! ¡Otra vez! —reclamó el dios, indignado, pero también preocupado ante la falta de respuesta. Luego de largos y tensos instantes, una voz apagada y distante respondió:
—No se puede comer con mazo y pinza en las manos… —se escuchó desde algún rincón.
—No se puede comer, ¿pero sí beber? —Ares aguardó atento la respuesta para poder encaminar sus pasos.
—Vete, aún no he terminado tu panoplia… —Aquel sutil rumor bastó al dios para encontrarlo al fin, recostado contra una de las paredes de la caverna, pálido y tembloroso.
—¿Demasiado trabajo para ti? —lo increpó Ares, tratando de herirle el orgullo para que se avivara—. Quiero ver cuando menos un avance, alguna pieza, ¡lo que sea!
—¡Dame el vino! —respondió Cástor, arrojando un pocillo abollado que, tras dar un par de giros, se detuvo a los pies del dios. Ares recogió el recipiente y lo colmó del negro vino que llevaba en un grueso ritón.
Cástor, al ver el néctar colmar el recipiente, se incorporó como impulsado por un resorte; le arrebató el cuenco y se vació el contenido en la garganta con desesperación, empapándose las rizadas barbas. Cástor tragó, hizo un gesto de amargura que le frunció momentáneamente el ceño y extendió el pocillo hacia el dios con mano titubeante. Ares lo miró detenidamente, sin lograr comprender el origen de aquella malsana afición a la bebida de la que nada sabía ni había sido advertido cuando resolvió reclutarlo.
—¿Bebías así cuando estabas en el Gimnasio? —El dios volvió a llenar el pocillo; Cástor lo cogió, sonrió con desgano y tragó, dejando aquella pregunta sin contestar. Una vez que apuró el contenido, el muchacho dejó caer los brazos, echó la cabeza hacia atrás y exhaló un suspiro ronco de alivio al sentir cómo sus entrañas se iban calentando con el néctar—. ¿Desde cuándo bebes así? —insistió Ares, mirándolo con una mezcla de asco y desprecio.
—¡Desde que me tienes aquí! —gritó Cástor, tajante, fastidiado por aquellas insulsas preguntas.
Trabajosamente, el joven herrero intentó encaminarse al horno, apoyándose en todo cuanto tenía a su alcance; Ares se apartó al verlo trastabillar, pues no quería tocarlo ni dejarse tocar por él. Apenas había conseguido dar un par de pasos cuando un fuerte dolor lo hizo doblarse, apretándose el vientre con ambas manos, atacado por una intensa tos. Cástor esputó una plasta oscura y viscosa que cayó al suelo, dejando gruesos hilos de saliva que se limpió con el dorso de la mano. Respiró hondo, recobró la vertical y, cual si la expulsión de aquella flema lo hubiera reanimado, comenzó a caminar con paso firme y resuelto hacia el horno de exangües brasas.
Ares lo miraba perplejo, sin saber qué decir o hacer, pues en sus planes jamás había estado reclutar a un inmundo beodo. Al verlo así, apocado y errático, el dios dudó de la capacidad de Cástor como maestro forjador; pero estaba resuelto a conservarlo a toda costa y el mayor tiempo posible, tan solo para hacer rabiar a su hermana. El joven herrero, ajeno a las tortuosas reflexiones del dios, reanimó rápidamente el fuego del horno y, sin mayor preámbulo, introdujo en él un amorfo trozo de metal. Ares lo observaba, fija e inquisitivamente, sin lograr comprender cómo en tan poco tiempo se había convertido en un hombre completamente distinto a aquel con quien había tramado el asalto al Gimnasio. Lo único que sobrevivía de aquel altivo muchacho, pensó, era su soberbia. Cástor ya no era el joven vivaz y desafiante de pensamiento ágil y lengua aguzada; se había convertido en un ser huraño y receloso, imposible de tratar, siempre enojado o ausente, que parecía vivir abrumado por una pena que lo desbordaba. Y aunque el dios no alcanzaba a comprender cuál era el pesar que tenía subyugado a su maestro forjador, no por eso estaba dispuesto a preguntarle para averiguarlo. No quería establecer con él ningún vínculo más allá del que lo tenía sometido a su servicio.
—¡Voy a limitarte la bebida! —exclamó Ares, encolerizado por el alud de ideas que se precipitaba en su mente de inmortal.
—Si tal cosa haces, me perderás… —replicó Cástor sin dignarse a mirarlo y sin dejar de maniobrar afanosamente sobre la pieza que mantenía sumergida en la boca del horno.
—¿Qué insinúas? —devolvió Ares, contrariado.
Cástor levantó el rostro, que se iluminó con la iridiscencia rojiza del metal fundido, confiriéndole un aspecto ominoso y siniestro; por toda respuesta, fustigó al dios con una torva y elocuente mirada.
—¿Serías capaz? —inquirió Ares, incrédulo.
Cástor sonrió, sorprendido por la candidez de la pregunta, para devolver luego toda su atención a las fauces llameantes del horno. Ares, herido en su dignidad de olímpico, rezongó furioso:
—¿Qué te mantiene aún aquí? ¿Por qué no simplemente apresuras lo inevitable, infeliz mortal?
Cástor, sin embargo, ya no lo escuchaba. Totalmente concentrado en la forja, el muchacho hacía alarde de una maestría y vigor inconcebibles. El dios de la guerra no podía comprender que el enjundioso artesano que ahora tenía ante sus ojos, abocado por completo a la fragua, fuera el mismo despojo al que había encontrado, hacía apenas unos instantes, tendido en un rincón del herrumbroso taller suplicando por un sorbo de vino.
Como ya había hecho en las últimas ocasiones, Ares rellenó el sufrido estamno de Cástor y emprendió el camino de regreso a la superficie. No quería sustraer al herrero del trance en que el vino lo había sumergido, pues ahora se mostraba industrioso y productivo. Se imponía aprovecharlo al máximo, pensaba el dios, antes de que la ebriedad volviera a sumergirlo en su decadente letargo. Así avanzó Ares un largo tramo por el estrecho socavón, hasta que el eco de una imperiosa demanda le golpeó las espaldas:
—¡Cuando vuelvas, trae una carga más generosa de vino!
No solo el carácter de Cástor se había transformado durante su reciente servidumbre. También su aspecto había cambiado dramáticamente: los ojos permanentemente enrojecidos por el humo del horno, el rostro y el torso tostados por el chispar de la forja, el cabello largo y adherido al contorno de su espalda sudorosa, la barba tupida y revuelta, las manos y los brazos teñidos por el arduo trajinar con las divinas herramientas, le conferían un semblante rudo y desaliñado, casi como si fuera un retrato de su maestro Hefesto, solo que sin la indescriptible deformidad del olímpico.
En efecto, los rigores de la fragua en el interior del socavón habían acentuado en Cástor la trágica aura de su belleza natural, la cual se conservaba, sin él saberlo, en virtud de las extraordinarias propiedades de la leche de Afrodita. El suero divino, ciertamente, había conferido insospechados atributos al joven, dones que él mismo ni siquiera imaginaba, pero que Ares intuía de algún modo y que le hacían experimentar una inconfesable inquietud cada vez que se hallaba en su presencia. Era a causa de esta extraña y perturbadora sensación por lo que Ares procuraba bajar lo menos posible al taller, aunque mucho le urgía que Cástor progresara en la fragua de su panoplia.
Y Cástor, efectivamente, ponía todo su empeño en la forja, mas eran muchas las tribulaciones que agitaban su espíritu. El joven reconocía, en su fuero interno, que no tenía derecho a protestar o a quejarse del duro trato que Ares le dispensaba; creía que, padeciendo las crueldades del insufrible dios de la guerra, expiaba de algún modo los horribles crímenes de haber sacado provecho de Hefesto para asaltar el Gimnasio y de haber asesinado a su tutor, el centauro Quirón. No se arrepentía, y de eso estaba del todo convencido, de haber conspirado en contra de Atenea y del Ánax para devastar el recinto; por el contrario, se sentía orgulloso de haber liberado al mundo de un sitio tan abominable como aquel.
Sucedía, sin embargo, que cuando los vapores del vino se le subían a la cabeza, lo asaltaba constantemente una espantosa visión: la sangre de Quirón y de los aspirantes muertos en el asalto al Gimnasio caía a borbotones por la bocamina, tumbando a su paso las herramientas de las repisas, volteando las fraguas y apagando el horno, del que se despedía una humareda de insoportable fetidez. Entonces él comenzaba a nadar a contracorriente a través de la estrecha galería que conducía al exterior pero, por más esfuerzos que hacía, no lograba avanzar ni un ápice, ya que la sangre caía cada vez con mayor potencia arrastrándolo de vuelta e inundando por completo el taller. En apenas unos cuantos instantes, durante los cuales su angustia crecía hasta lo insoportable, Cástor podía sentir con mucha viveza cómo se ahogaba a causa del denso líquido sabor acre que se introducía por su nariz y su garganta. Antes de desvanecerse, justo al contemplar su cadáver flotando en aquel mar de sangre inocente, el joven artesano se despertaba sobresaltado de la pesadillesca ensoñación.
Cuando esta visión lo asaltaba, lo que sucedía con bastante frecuencia, Cástor sentía la imperiosa necesidad de seguir bebiendo hasta perder por completo el juicio. Se despertaba luego de un tiempo que siempre se le figuraba muy largo y difuso, presa de una terrible angustia y de un malestar generalizado que solo podía aliviar volviendo a beber. Y era únicamente con ayuda de la bebida que hallaba fuerzas para coger de nuevo las divinas herramientas y continuar con la forja.
Pero el vino también propiciaba en Cástor accesos de profundo virtuosismo. Durante aquellos trances, el muchacho ensayaba aleaciones cuya solidez era ya equiparable a la de las panoplias hoplíticas de su maestro e imprimía en sus piezas un elegante refinamiento, distinto ciertamente al de su mentor, pero no por ello menos exquisito. Durante estos trances, Cástor se sentía poseído por una inspiración que le permitía desplegar, en su máxima potencia creativa, los saberes que con tanto esmero le había comunicado el dios Hefesto. Sentía entonces que, aunque mucho le repugnaba su nuevo amo, honraba con el ejercicio de su arte las nobles enseñanzas de su amado didáscalo, y eso, en cierta forma, infundía un poco de dicha a su atormentado corazón.
Al hijo de Zeus, no obstante, le preocupaba que Cástor se fuera ahogando gradualmente en la bebida. El dios era consciente de que solo podía tener a Cástor ocupado en la forja de su panoplia proveyéndole abundantes cantidades de vino, pero sabía también que ningún mortal que bebiera de tal forma podía aspirar a vivir no ya demasiado, sino apenas lo suficiente para terminar aquel trabajo. Apremiado por las circunstancias, y como no tenía los medios ni la forma de conseguir un vino más benévolo, Ares dispuso de un néctar fermentado por el propio Dioniso especialmente para él, cuya propiedad consistía en infundir un indómito furor en el fragor de las batallas. Arriesgándolo todo y con mucha fortuna, el dios de la guerra encontró la proporción adecuada en la mezcla de su belicoso néctar con agua común; ya que, de haber predominado el vino, su forjador habría muerto irremediablemente, no sin antes transitar por un acceso de indomable furia.
La primera vez que Ares ofreció el brebaje a un lamentable Cástor, acercándole la copa a los trémulos y exangües labios, no tuvo más opción que quedarse con él para comprobar el efecto que la bebida le producía. Ares lo miraba como si le hubiera dado veneno, decidido incluso a apurar su muerte si lo veía adentrarse en el violento trance de etílica locura, pues habría sido muy riesgoso, aun para él, dejarlo vivo. Nada de eso sucedió: Cástor fue saliendo poco a poco de su obnubilamiento, al tiempo que sus miembros, antes flácidos, se vigorizaban. El delirante aprendiz de herrero pasó de mascullar ininteligibles vocablos a construir frases y articular palabras con sorprendente lucidez, e incluso con cierta agudeza y picardía; Cástor lucía completamente reanimado, acaso alegre, tras apurar apenas una copa de aquella mezcla. Ares había descubierto el combustible perfecto para su forjador.
Cierta ocasión, mientras Cástor martillaba un trozo de metal recién sacado de la fragua, sintió detrás de sí una presencia que se aproximaba. Sin dejar de propinar golpes a la pieza de forja, el muchacho aprovechó un silencio entre martillazos para increpar a su inoportuno visitante:
—Vete, aún no he terminado… —musitó Cástor con desdén, apartándose los cabellos de la frente antes de asestar un nuevo mazazo a la pieza al rojo vivo, que iba cobrando forma con sus certeros golpes.
—¿Podrías, con ese pedazo de metal, hacer una máscara para mí?
Cástor sintió que sus rodillas se doblaban. El mazo cayó estrepitosamente errando el golpe, y el trozo de forja resbaló, quedando muy cerca de sus pies descalzos. El joven artesano reconoció al instante aquella voz malévola y melosa. La sangre se le agolpó súbitamente en la cabeza, produciéndole vértigo, y aunque deseaba voltear, sintió miedo; experimentó un terror enloquecedor e indescriptible de girarse y no hallar, o peor aún, de hallar, a la dueña de aquella voz. Finalmente, el muchacho tuvo el valor de darse la vuelta, y allí estaba ante sus ojos, ataviada con su entallado vestido rojo que parecía hecho de sangre tibia y brotante, Enio, la furibunda diosa destructora de hombres y ciudades.
—A partir de aquí irás por tu cuenta —dijo el barquero con parquedad, una vez que el navío arribó a la ribera del Hades.
Hefesto descendió apoyándose en su hacha y, mientras la barcaza se vaciaba de sus fantasmales tripulantes, hurgó entre sus ropas. Ya emprendía el barquero la travesía de regreso cuando fue sustraído de la monotonía de sus faenas por un sonido que estimuló al instante su codicia. Al girarse, Caronte contempló a Hefesto sopesar en su gruesa mano un ruidoso envoltorio de lo que sin duda eran bruñidas monedas.
—Yo mismo las he acuñado y son todas para ti… —exclamó Hefesto, desanudando el cordel que mantenía cerrado el costal, del que se desprendió una luz que refulgió como estrella incandescente en la eterna penumbra del Inframundo—. Muchas almas provenientes del Gimnasio llegarán sin óbolo. ¡Toma estas monedas en pago por ellas! —Hefesto entregó el fardo a Caronte, que miraba encandilado las lustrosas piezas de metal.
—Eres dadivoso. Debo reconocer que allá, en la otra orilla, le he negado el servicio a muchas ánimas que se presentaron sin el debido tributo…
—¡Y muchas más estarán llegando! —lo interrumpió el dios—. No las fustigues, te lo imploro, pues mucho han padecido ya entre los vivos para que vengan también a sufrir entre los muertos… —le pidió Hefesto con solemnidad.
—Ten por seguro, magnánimo dios, que sin importar cuántas aguardan y cuántas más habrán de llegar, doy por saldada su deuda y a todas he de transportar… —respondió el barquero, reemprendiendo el camino de vuelta.
En su desordenada huida hacia Tracia, Deimos fue a dar con uno de los afluentes del río Estrimón. Como cada vez le resultaba más penoso tener que arrastrar la enorme masa de escombro en que se había convertido su hermano, se sumergió en las aguas para que la corriente lo limpiara. Allí permaneció, con aquella pesada carga a cuestas, pensando que tal vez le sería imposible eludir a los guerreros atenienses que andaban ya tras su rastro. Así estaba Deimos, sumido en sus angustiosas reflexiones, cuando notó que, uno tras otro, fueron llegando a la orilla del afluente los monstruos; se sintió aliviado con su presencia, pues les debía el haber escapado a salvo de su choque con la basilissa del ejército de Atenea.
Una vez que estuvo limpio, el cuerpo de Fobos emergió a la superficie. Los monstruos, al verlo, se inquietaron y comenzaron a llorar, a gemir, a chillar, a emitir sonidos en los que se adivinaba un intenso apego por aquel que los había parido. Deimos sintió pena por los engendros y comprendió que, mientras estuviera unido a su hermano por aquella cadena, contaría con su valiosa protección. Levantó entonces el cuerpo inerme entre los brazos, salió del cauce y reemprendió el camino hacia Tracia, con los monstruos, otra vez, siguiéndole el paso. Su angustia se disipó al escucharlos gruñir, bufar, croar y sisear detrás de sí.
Deimos ignoraba que, al sumergirse en aquel afluente del Estrimón, había dejado un rastro reconocible para una de las patrullas atenienses encargadas de seguirles el rastro. En efecto, conforme se fueron presentando en las ruinas del Gimnasio, atendiendo el llamado de Atenea llevado por el Ánax, algunos hoplitas fueron agrupados en brigadas de rastreo cuya misión era ubicar a los perpetradores del asalto y, si acaso era ello posible, asesinar a Cástor y presentar su cabeza a los pies de Atenea. Una de esas comitivas estaba liderada por Faetón, hoplita que encarnaba el espíritu del río Erídano y que tenía la habilidad de camuflarse e integrarse en cualquier corriente de agua dulce; bajo su mando estaban Folo, hoplita de Centauro, y Cedalión, hoplita de Orión, ambos jóvenes e inexpertos, pero muy valerosos.
Faetón había logrado distinguir, en otro distante afluente del río Estrimón, el humor característico de los dioses de la guerra. Entonces, mientras Deimos avanzaba, confiado en el poderío de su escolta, la cuadrilla ateniense les seguía el paso sin descanso. Y aunque Faetón redujo considerablemente la distancia que los separaba de los dioses gemelos, no pudo darles alcance antes de que completaran el camino hasta el campamento de Ares en Tracia, al que llegaron sin padecer mayores contratiempos.
—¡Por Zeus! —exclamó Ares al ver a Deimos llegar—. ¿Qué le ha pasado a Fobos? —El dios miraba, perplejo, la cabeza de su hijo partida en dos como si fuera la cáscara de una nuez.
—¡Pasó que nos abandonaste en casa de nuestra madre! —le reclamó Deimos con acritud, soltando el cuerpo de su hermano, que cayó pesado al suelo.
—¿Quién les ha hecho esto? —Ares contempló ahora, con estupor, la cadena que unía a sus vástagos.
—Hefesto… —murmuró Deimos, con voz apagada, para comenzar luego a narrar a su padre el infausto encuentro que habían tenido con el dios de la forja y, en el camino, con quien sin lugar a dudas debía ser una basilissa divina de la hueste ateniense.
Apenas estaba Deimos refiriendo los primeros detalles, cuando los diez monstruos aparecieron en la entrada del campamento, causando conmoción entre los tracios. Ares mismo, horrorizado, ordenó a un contingente de guerreros que les impidiera el paso, pero los engendros destrozaron la comitiva salvajemente en apenas un instante.
—¡No padre! —atajó Deimos—. ¡Déjalos pasar! Han salido de la cabeza de este y, de no ser por ellos, no estaríamos aquí.
Entonces todos en el campamento se apartaron y los monstruos comenzaron a avanzar hacia las tres deidades guerreras. Ares comprobó con sorpresa que, en la mirada que Deimos dispensaba a aquellos seres, no había repulsión, sino que, por el contrario, brillaba un dejo de gratitud.
—¿Le han salido de la cabeza, dices?
—Sí padre… Hefesto le partió la cabeza a este y de ahí salieron… —refirió Deimos, agitando la cadena divina, de la que colgaba el brazo exánime de su hermano—. Madre nos dijo que solo Hefesto podría liberarnos… —concluyó, cabizbajo.
—¡Eso ya lo veremos! —vociferó Ares, mirando con desprecio aquel tejido de eslabones, para luego encaminar sus pasos, resuelto, hacia el socavón.
Cuando Ares volvió, detrás de él iba Cástor, llevando a cuestas su odre de vino y un costal en el que había echado los utensilios necesarios para realizar cualquier trabajo. Ares no le dio explicación alguna; tan solo le había pedido que fuera con él y que llevara sus herramientas. Su asombro fue mayúsculo cuando se encontró ante los dioses gemelos encadenados por las muñecas, con Fobos inerte y la cabeza partida en dos.
—¡Libéralos! —ordenó el hijo de Zeus.
—¿Quién les ha hecho esto? —exclamó Cástor, perplejo.
—¡Hefesto! —respondió Deimos, indignado. Cástor sonrió maliciosamente mientras libaba del odre, y aunque a Ares le resultó chocante aquella mofa, prefirió no reprocharle nada.
—¿Qué son esos seres? —preguntó el aprendiz al contemplar a las bestias que custodiaban el cuerpo de Fobos.
—Le han salido a este de la cabeza… —escupió Deimos con desgano, hastiado de tener que repetir aquella explicación.
—¡Rompe ya esa cadena! —vociferó Ares, impaciente. A su grito respondieron las bestias gruñendo, bufando y ululando amenazantes.
Cástor extrajo un hacha del costal, bebió de nuevo del odre y caminó hacia los gemelos. Antes, sin embargo, de que pudiera acercarse a ellos, fue alzado en vilo por las bestias, que se disputaron su cuerpo mordiéndolo y zarandeándolo cual si se tratara de un muñeco de trapo. Cástor fue vapuleado y arrojado lejos; pero, para sorpresa de Ares y Deimos, se incorporó jubiloso, yendo presuroso a buscar el odre que había caído aún más lejos y del cual bebió con profusión.
El joven herrero se tendió de espaldas contra el suelo, donde, risueño y resoplante, aspiró grandes bocanadas de aire, complacido en la contemplación del inacabable tapiz azul del cielo. Bañado en su propia sangre, Cástor gozaba respirando aquel aire puro y diáfano que limpió sus pulmones de los densos y tóxicos humores del taller. La sangre le bullía en las venas, energizando todos sus miembros, y su corazón latía desbocadamente. Aquella era la primera vez en su infausta vida que recibía una paliza.
«Debe de ser a causa del vino sagrado», pensó Ares al acercarse a comprobar cómo las múltiples heridas de Cástor se iban cerrando de manera instantánea.
Una vez que el muchacho se sació de aire, de sol y de cielo, se incorporó y, sin decir palabra, avanzó tranquilo hacia las bestias, que le gruñeron con exacerbada hostilidad. Antes de quedar al alcance de sus fauces, Cástor hizo una pausa para extenderles el dorso de la mano. Los engendros, sin dejar de gruñir, se acercaron a olerlo; pero, como si ejerciera sobre ellos un poderoso hechizo, se apaciguaron de golpe, lamiéndole los dedos y la mano. Cástor se acomodó entre los monstruos y acarició sus horribles cabezas, mientras se dejaban hacer, dóciles, ante las miradas atónitas de los dioses de la guerra.
—¡No quiero que domestiques a esas bestias! —reclamó Ares, iracundo, pues aquella estampa le resultaba insoportable—. ¡Quiero que liberes a estos dos! —En el fondo, el dios estaba realmente impresionado por el prodigio que Cástor acababa de obrar al amansar a los engendros, así como por su inaudita capacidad de recuperación.
Cástor prodigó caricias una a una a las dóciles criaturas y fue luego a buscar su hacha. Cuando la halló, se volvió e hizo a Deimos una seña para que se aproximara; el dios caminó hacia él arrastrando el cuerpo desmadejado de su hermano Fobos, mientras los monstruos, echados en el suelo, los miraban alejarse. Deimos llegó a donde estaba Cástor y lo miró con ojos compungidos; en su expresión demacrada se podía apreciar lo penoso que le había resultado el tener que cargar con su hermano los últimos días.
El joven herrero hizo al dios una nueva seña con el hacha para que se tendiera en el suelo; Deimos, saboreando anticipadamente su libertad, se dejó caer exhalando un suspiro de alivio. Extendió el brazo para tensar la cadena, alargando el miembro inerte de Fobos. Deimos respiraba agitado, impaciente, pues nada deseaba más que liberarse de aquella maldita cadena.
—¡Hazlo ya! —reclamó Deimos al joven herrero, que parecía más entretenido en apurar el vino de su odre.
—Cierra los ojos… —respondió Cástor con afectada solemnidad, dejando el odre en el suelo para luego alzar el hacha por todo lo alto.
Deimos giró el rostro y se cubrió la cara con la mano sana. Entonces Cástor descargó un golpe certero sobre el antebrazo petrificado de Deimos, quien, al sentir el corte, bramó estruendosamente haciendo retumbar el suelo. El brazo de Deimos se soltó de la cadena con un fuerte tirón y de su herida expuesta comenzaron a brotar larvas, diez en total, idénticas a las que habían salido de la cabeza de Fobos. Deimos miraba horrorizado cómo las larvas reptaban por el suelo mientras Cástor, indiferente, bebía del odre. Ares, atónito, contemplaba con una mezcla de asco y fascinación los negros y viscosos bichos que se revolvían sin orden ni concierto.
—¿Qué has hecho, infeliz? —gritó Ares finalmente, saliendo de su estupor, mientras Deimos se retorcía en el suelo, chillando y gimiendo incontrolablemente.
—Lo he liberado… —respondió Cástor, sonriente, limpiándose el vino de la comisura de los labios con el dorso de la mano.
—¡Tenías que romper la cadena! —Ares estaba furioso: su cabellera se encendió de un rojo vivo y sus ojos centellearon cual brasas ardientes.
—Únicamente Hefesto puede romper esa cadena… —replicó Cástor con naturalidad, para encaminar luego sus pasos hacia donde reposaban las bestias.
Los engendros, al verlo llegar, se frotaron contra sus piernas, gimientes y menesterosos, buscando restos de icor en su piel y en sus ropas. El joven herrero miró a los monstruos compasivamente y se dejó caer al suelo. Entonces, con el filo del hacha divina, se trazó un corte a lo largo del pecho, del que brotó al instante, generosa, su negra y tibia sangre. Los monstruos comenzaron a chupar con sus hocicos dentados, sus lenguas bífidas y sus picos afilados, con la misma avidez con que las crías hambrientas maman de las ubres de la madre. Ares pudo observar, a través del mar de patas y garras, cómo los engendros desgarraban la carne de su maestro forjador, quien se limitaba a besar el brocal del sufrido odre sin siquiera chistar, cual si fuera inmune al dolor.
Estupefacto, sin poder desviar la mirada, Ares se acercó al lloroso Deimos; lo tomó de los ropajes, lo alzó del suelo y lo arrastró con el decidido propósito de alejarse del sitio donde tenía lugar aquella repugnante escena. Deimos, aferrado a su muñón, se volvió hacia donde miraba su padre; sus quejidos cesaron al instante al contemplar semejante imagen. Padre e hijo se apartaron en silencio, intentando pasar desapercibidos.
Todavía habría de sorprender Cástor a los dioses de la guerra con nuevos prodigios. Al día siguiente, y sin que en ello mediara orden alguna de Ares, el aprendiz salió del socavón llevando un voluminoso costal cargado de herramientas. Se encaminó firme y resueltamente hacia el cuerpo yacente de Fobos, custodiado por los diez monstruos que le permitieron el paso, mirándolo con docilidad. Ni Ares ni Deimos se atrevieron a detenerlo por temor a la reacción de las bestias; no tuvieron más remedio que dejarlo hacer y observarlo desde la distancia.
Cástor rodeó las sienes de Fobos con una diadema que forjó con un poco del escaso oro que le habían provisto. Unió cuidadosamente los extremos de la pieza con un perno de plata que quedó fijo en la nuca del dios, empleando en ello la fuerza apenas necesaria. Tan solo unos cuantos instantes después de ejecutada la maniobra, Fobos, con la cabeza al fin de una sola pieza, comenzó a recobrar el sentido.
—¿Dónde está Deimos? ¡Hermano! ¡Hermano! —clamó Fobos, mirando inquieto a un lado y a otro, zafándose de los brazos de Cástor—. ¡Ah, pero si eres tú! —El osado aprendiz lo soltó, mirándolo con frialdad e indiferencia, al tiempo que besaba el brocal de su odre.
—¡Cálmate, hijo mío! —le gritó Ares desde lejos; pero Fobos insistía, con débiles y torpes esfuerzos, en incorporarse para acometer a Cástor—. ¡Es él quien te ha arreglado la cabeza!
Fobos, entonces, comenzó a palparse el rostro con turbada ansiedad; al sentir el perno plateado en su nuca, experimentó una mezcla de vértigo y náusea que doblegó sus temblorosas piernas, postrándolo de hinojos ante el joven herrero.
—¿Dónde está Deimos? —insistió Fobos con voz apagada, antes de que un nuevo vahído lo devolviera al suelo, cual si fuera una cría de ciervo recién nacida.
—¡Aquí estoy, hermano! —exclamó Deimos a lo lejos, rodeado por los monstruos en los que se habían transformado las larvas nacidas de su muñeca: seres tan horripilantes como los que surgieron de la cabeza de Fobos.
El dios alargó el cuello intentando divisar a su hermano, pero el perno se lo impidió; las fuerzas lo abandonaron y se dejó caer exhalando un hondo suspiro.
—¿Quiénes son? —preguntó Fobos, tendido de espaldas, horrorizado y sin vigor para apartarse, mientras emergían ante sus ojos las grotescas figuras de sus monstruos, que le contemplaban con pesar.
—¡Te han salido de la cabeza! —respondió Ares, suavizando el tono de su voz con el propósito de calmarlo.
Fobos, asustado por el aspecto de aquellos seres, y aún más por la noticia, pugnaba por levantarse, pero sus miembros no le respondían. Resignado, se venció y se dejó examinar por aquellas horribles miradas de animal y de alimaña. Los monstruos, uno a uno, se fueron alejando tras comprobar que su padre, aunque débil, estaba bien.
Un pesado sopor se apoderó de la mente y del cuerpo del dios recién vuelto a la vida. El tiempo transcurrió lento y tortuoso para Fobos, quien fue abandonado por todos en el sitio donde había quedado tendido. Durante un periodo que le pareció interminable y que se hallaba envuelto en una atmósfera nebulosa y fantástica, Fobos hizo angustiosos e infructuosos esfuerzos por levantarse. Sin embargo, cada vez que intentaba mover un brazo, una pierna o tan solo un dedo, sentía que una fuerza ominosa y desconocida se apretaba contra él; era un peso descomunal que lo oprimía e impedía su movimiento.
Algo en las honduras de Fobos le decía que aquello debía de ser una especie de malévola ensoñación suministrada por Hipnos; no podía ser de otra forma dada la magnitud irresistible del poder que lo oprimía. No había, sin embargo, deuda o afrenta alguna que lo atara a aquel dios distante, residente del profundo Hades. Pero si aquello no era influjo de Hypnos, debía ser obra de Cástor, que había hechizado, no podía ser de otra manera, la diadema con que le había compuesto la cabeza. Así, cuanto más intentaba el dios desenmarañar lo que le sucedía, más desesperaba, pues sus sinuosas reflexiones, que comenzaban una y otra vez como un pensamiento hilado y coherente, lo conducían siempre, irremediablemente, a un vértigo que lo proyectaba hacia las más diversas e inusitadas direcciones del tiempo, del espacio e incluso de la razón, sin que su cuerpo se moviera un ápice.
Fobos intentaba, durante estos episodios, gritar, hablar, pedir ayuda; mas nada conseguía, pues ningún sonido brotaba de su garganta a pesar de sus denodados esfuerzos. En su desesperación, intentaba sincronizar el clamor de su garganta con el movimiento de alguno de sus miembros, mas únicamente lograba emitir un gemido que, de tan débil y apagado, le parecía ser no más que una pálida figuración de su febril imaginación. Sin poder precisar si se hallaba del todo dormido o despierto, o en un punto intermedio entre ambos estados, Fobos era capaz, eso sí, de desplazar la mirada alrededor de sí, en torno al sitio donde yacía. Eso le permitía tener una visión panorámica que, por momentos, parecía dilatarse, produciéndole una sensación de insoportable vahído. Así comprobaba, en cada ocasión, que las distantes estrellas tintineaban, incrustadas en el negrto manto de la noche, y la placidez de aquella estampa le producía un profundo desasosiego.
Durante la vivencia de estas extrañas figuraciones, en las que intentó incluso sumergirse voluntariamente para explorarlas hasta el final y recobrar así el dominio de sus sentidos, Fobos podía percibir los pasos firmes y pesados de su padre rondando su cuerpo, el mirar curioso de los monstruos que lo inspeccionaban y el aliento de Cástor revisando los goznes de su diadema. Y en cada caso, con tal de librarse del sortilegio que lo tenía preso, Fobos se permitía, aunque mucho lo perturbaba, experimentar cada situación y sentir crecer cada vivencia hasta ser envuelto completamente por ella. Sucedía, no obstante, que en ese vehemente y tortuoso despeñarse, cada vez que el dios sentía hallarse por fin al borde, antes de la anhelada apoteosis en la que la ominosa ensoñación habría de consumarse para liberarlo, todo regresaba a un estado anterior. Fobos se hallaba de nueva cuenta tendido en el suelo, solo y de cara al cielo estrellado, entregado al transcurrir lento y pesado del tiempo. El dios respiraba hondo, hasta que un nuevo estímulo, surgido de cualquier lado, lo volvía a sumergir, lenta pero irremisiblemente, en un nuevo y vertiginoso delirio.
Tal llegó a ser la desesperación del dios que, en alguno de los episodios previos al vértigo, en el que creyó tener a Cástor a su alrededor inspeccionando su diadema, intentó pedirle, suplicarle, aunque lo despreciaba y desconfiaba de él, que lo despertara si es que estaba durmiendo, o que lo moviera o simplemente lo tocara, para ver si aquello lo liberaba del trance. Primero intentó hablarle, pero su lengua no respondía; luego trató de mover algún dedo, mas no lo consiguió; finalmente intentó llamar su atención entornando los ojos, pero todo fue en vano. La figura de Cástor, como todas las demás a su alrededor, se diluyó rápidamente en el remolino al que Fobos se precipitaba, dando vueltas sin control en cada episodio de insufrible vértigo.
Llegado el momento, en una noche que al dios ya le parecía más larga que su vida entera de inmortal, Fobos al fin dejó de padecer estos trances y su cuerpo y su mente se rindieron a un sueño blanco y vacío. Despuntaba ya el alba cuando abrió los ojos, alertado por el sonido lejano pero persistente de metales al chocar. Giró la cabeza y contempló a la distancia la figura negra y torneada de Cástor avanzando hacia donde aguardaba su hermano Deimos, sentado, con el brazo apoyado en un tronco. Cástor llevaba a sus espaldas un costal en el que sin duda cargaba algunas de las herramientas divinas. El joven herrero llegó hasta donde estaba Deimos y dejó caer el saco, que hizo un ruido estrepitoso. «Sin duda alguna ahora sí estoy despierto», pensó Fobos, sintiendo cómo la luz del amanecer vivificaba sus miembros. Una vez de pie, el dios respiró profundo, llenándose del aire fresco, y sintió el icor arder en sus venas. Aquella noche infernal había quedado definitivamente atrás.
Desde su sitio, Fobos observó a Cástor inclinarse hacia su hermano y examinar con cuidado el brazo cercenado entre sus manos. El joven herrero extrajo del costal una hermosa prótesis de plata articulada y la hizo embonar en el muñón de Deimos, quien observaba el proceso con un gesto de atónita incredulidad. Fascinado, el dios comprobó cómo los dedos de plata respondían a su voluntad, al principio de forma torpe y dificultosa, para cobrar después vigor y agilidad. Conforme aquella mano respondía con mayor presteza a sus deseos, se fue dibujando una siniestra sonrisa en su rostro; al comprobar que el artefacto obedecía de manera instantánea, su sonrisa estalló en sonoras carcajadas. Ares, que todo lo había atestiguado en silencio, sonrió también satisfecho y contagiado por la alegría de su hijo.
—¡Eres hábil, sin duda! —reconoció Deimos, agradecido, dándole a Cástor un par de palmadas en el hombro.
Ares asintió, mirando con aprobación a su maestro forjador. El joven herrero, sin embargo, no se inmutó; bebió de su odre, recogió sus herramientas y se sumergió en el socavón que conducía a su taller subterráneo. Antes de perderse en la penumbra, exclamó:
—El vino está por terminarse… ¡Tráeme más!
La figura sucia y desgarbada de Hefesto contrastaba escandalosamente con la pulcritud y afectación de quienes poblaban los Campos Elíseos. Ahí, respirando el perfumado aroma de los verdes y floridos prados, retozaban las almas de los personajes más célebres de la Hélade. Y aunque ninguno de aquellos ilustres muertos fijó su atención en el presuroso andar del artesano, este se abrió paso lanzando despectivos improperios, al tiempo que trazaba sinuosos surcos en la aterciopelada hierba con la hoja de su hacha.
—¡Apártense, remilgados espectros, que va a pasar un inmortal!
Resoplando e irritado, el dios llegó al pie de una ancha escalinata de negro mármol. Al levantar los ojos, se percató de que los altos peldaños parecían elevarse sin fin. Apoyó entonces el grueso mango del hacha sobre su hombro, respiró profundo y emprendió el ascenso. Tras subir una distancia que le pareció mayor a la que separaba la tierra del Olimpo, el dios se halló ante una amplísima explanada en cuyo fondo se levantaba, sobre altas y gruesas columnas, un imponente palacio de negro mármol. Al avanzar, Hefesto notó que la entrada al recinto estaba presidida por tres estrados. En el primero, de izquierda a derecha, se hallaba sentado el legislador Radamantis; en el estrado central, el antiguo monarca cretense, Minos; y en el de la derecha, el piadoso rey de los mirmidones, Éaco. Aquellos tres, todos hijos de Zeus, eran los jueces del Inframundo.
—He fijado mis ojos en ti desde que se anunció tu crispada cabellera por la escalinata. Has caminado tan resueltamente hasta aquí como te lo han permitido tus pies cavos, que convencido estoy de que deseas entrar al palacio —exclamó Minos, con voz grave y críptica.
—Ya veo que no hace falta mucha perspicacia para ocupar uno de esos asientos… —replicó Hefesto, sin arredrarse.
—¿A qué vienes? Este no es sitio para ti… —secundó Radamantis, sorprendido, pero indulgente ante la simpática irreverencia del dios.
—Vengo a hablar con el amo y señor de este mundo. No solo le traigo noticias, sino que quiero proponerle un pacto… —contestó Hefesto, bajando el hacha, que rayó con su tosca hoja el pulido mármol de la explanada.
—Nadie puede poner un pie en el palacio sin llevar el alma y la conciencia limpias —sentenció Minos, mirando al dios de pies a cabeza.
—¡La conciencia es lo único que llevo limpio! —bramó Hefesto, sacudiéndose las ropas mientras espetaba sonoras y jocosas carcajadas que causaron gracia en Radamantis y aún más en Éaco, quien tuvo que cubrirse la boca para ocultar la sonrisa.
—Yo no estaría tan seguro de eso. En el mundo de los vivos se te acusa de traición, y no es una dignidad menor la que te señala… —refirió Éaco, recobrando la compostura para adoptar una expresión rígida y solemne.
—¿Y quién me acusa? —inquirió el artesano con tono retador.
—Mejor dinos: ¿tú te consideras culpable de aquello de lo que se te acusa? —preguntó Minos, frunciendo el ceño.
—¡Me declaro totalmente culpable! —devolvió el dios, inflando el pecho con orgullo.
—En ese caso, ya podrías volver por donde viniste… —falló Minos.
—¡Ni me desdigo ni me regreso! —El artesano empuñó su herrumbrosa hacha con ademán amenazante.
—Baja eso, artesano… Dinos mejor: ¿por qué te declaras culpable? —insistió Minos, quien realmente deseaba conocer los motivos del dios.
—Ya sé que Atenea me acusa, y razón no le falta si por deslealtad entiende el no querer someterme más a su servicio… —contestó Hefesto, cuyo ánimo comenzaba a encenderse.
—¿Podrías explicarte con mayor amplitud? —requirió Éaco, quien también sentía vivo interés por el drama del dios.
—¡No sabía que, al venir aquí, iba a ser sometido a un juicio sumario! ¿Dónde está mi acusadora? ¿Acaso está aquí? —Hefesto miraba a un lado y a otro con histriónicos gestos.
—Tú sabes bien que no está aquí… No hace falta que te burles de nosotros… —atajó Radamantis, quien seguía disfrutando de las charadas de Hefesto, pero decidido también a no permitir que les faltara al respeto con innecesarias mofas.
—¡Basta ya! Ustedes no tienen facultad para juzgarme… Es allá arriba, en el Olimpo, muy por encima de sus cabezas, donde se me podría someter a proceso. Y no sería ninguno de ustedes, si tal cosa sucediera, quien podría dictarme sentencia… —replicó Hefesto al fin, hastiado ya de aquella burda representación.
—Me parece que no comprendes lo que te estamos pidiendo… —interrumpió Éaco, con la intención de evitar que se crisparan más los ánimos del dios.
—No dudo que sobre mí pese tal acusación. Pero yo no estaría aquí, debatiendo inútilmente con ustedes tres, si el juez supremo me considerara culpable de alguna felonía. ¡Ya estaría yo, en este instante, postrado a los pies de Zeus padre! —vociferó Hefesto con altanería.
—Refrena tus ímpetus, artesano. Sabemos que no podemos juzgarte, porque ante nosotros comparecen los hombres, no los dioses…
—¿Y a qué vienen entonces todas estas preguntas? ¡Déjenme pasar ya, pues aunque soy uno de los eternos, el tiempo me apremia! —reclamó Hefesto, blandiendo su hacha con ambos brazos.
—¡También nosotros somos eternos ahora! —reprochó Radamantis, intrigado por la última afirmación del dios.
—¡Pero ustedes tres perecieron una vez! Conocen la muerte y pueden juzgar, a la luz de la finitud de la vida, los actos que condenan al hacerse o dejarse de hacer…
—En eso, hábil herrero, parece que te llevamos ventaja, pues tú, que morir no puedes, ¿qué valor le concedes a tus actos? —preguntó Éaco, al advertir que Hefesto intentaba inclinar la discusión a su favor.
—¿Crees que estaría aquí, intentando conferenciar con su amo, si no me reclamara a mí mismo lo que hago o dejo de hacer?
—Pensaba que los eternos podían obrar a placer sin reparar en las consecuencias de sus actos… —musitó Radamantis con suspicacia.
—Para mí, y esto es algo que ustedes y sus convictos jamás comprenderán, una mala decisión no representa una culpa que se puede expiar con la penitencia, el sufrimiento o el paso del tiempo. ¡No! Para mí representa un estigma imborrable. Orgulloso estoy de lo que he hecho justamente, pero aquello en lo cual he errado, ¡va a perseguirme y a pesarme por siempre! —gritó Hefesto, cuya agitación crecía a medida que hilaba sus palabras.
—¿Es que tú puedes sentir arrepentimiento? —insistió Minos, incapaz de dar crédito a lo que oía.
—Tanto como tú cuando vivías… —Hefesto lanzó una mirada hiriente que el antiguo rey de Creta prefirió esquivar, al cruzar por su pensamiento el recuerdo de los agitados días de su vida pasada.
—Una cosa debes tener clara, artesano: entre los eternos, como entre los mortales, la traición se juzga con igual severidad —replicó Radamantis.
—Yo no conspiré con los dioses de la guerra para destruir el Gimnasio de Atenea, aunque mucho me alegro de que lo hayan hecho. —Los jueces se miraron entre sí, confundidos—. Y rindo desde ahora testimonio a favor de mi aprendiz, quien acá habrá de venir, más tarde o más temprano, a ser juzgado por traición. Declaro, sépanlo bien, que no solo apruebo lo que hizo, aunque en ello me haya traicionado también a mí, ¡sino que incluso lo celebro!
—¿Cómo puedes alegrarte de semejante ignominia? ¿Acaso no viste, en tu enloquecida travesía hasta acá, las hordas de incautas almas que aguardan cruzar el río Aqueronte? —cuestionó Éaco, sin comprender el regocijo del dios.
—¡Muchas, muchísimas almas valerosas, cándidas e inocentes han venido y seguirán llegando aquí a causa de aquella espantosa gesta! Pero por grande que sea ese número, habría que multiplicarlo hasta tres veces por sí mismo para igualarlo a la cantidad de almas que la disciplina del Gimnasio les proveyó, dosificadamente, desde que iniciara sus actividades hace ya largos y malditos años… —respondió Hefesto airadamente, sin que ninguno de los jueces se atreviera a refutarlo—. ¿Callan? No solo saben juzgar, ya me doy cuenta, sino que también saben contar. Y obligados a ser consecuentes con sus propios cálculos, ¿por qué no me dicen quién ha engrosado más la población de este árido y lóbrego reino: Atenea con su inclemente disciplina o Cástor con su aberrante traición? —Nuevamente se impuso el silencio, hasta que Minos se animó a formular otra pregunta:
—¿Te parece, dios herrero, que la cuestión se reduce a cantidades?
—Si no, ¿a qué?
—¿No crees que al número se antepone la intención?
—¿Qué intención?
—El Gimnasio de Atenea tenía, antes de ser avasallado por tu aprendiz y sus aliados, el propósito de formar valerosos guerreros para luchar por las causas nobles y justas de la Tierra… —elaboró Minos, a quien Hefesto escuchó atenta pero recelosamente.
—¿Estás convencido de que las causas de Atenea son nobles y justas? —replicó Hefesto con suspicacia.
—La voluntad divina no debe ser puesta en duda… —sentenció Minos con voz apagada, solemne, casi inaudible.
—¿Y qué crees que soy yo? ¡Pero dime, justo juez! ¿Consideras noble la voluntad del dios de los mares, que te sometió a ti y a tu prole a su inenarrable venganza? —Radamantis y Éaco quedaron absortos ante las airadas y arteras palabras del dios herrero. Ambos, sin poder evitarlo, dirigieron la mirada a su compañero, quien lucía aún más sombrío en su estrado. El silencio que se impuso en la plazuela incomodó incluso al artesano, que se reprochó la poca habilidad para medir el peso y filo de sus palabras. Hefesto no sentía animadversión contra los jueces del Inframundo, pero le urgía conferenciar con Hades para salir lo más pronto posible de allí—. Ya veo que aún te lastiman los recuerdos de aquellos aciagos sucesos. Lamento haber abierto tan dolorosa herida, pero tú deberías comprender que… —Hefesto se detuvo ante un gesto de Minos, quien, aun clavado en su estrado, alzó la mano para indicarle que callara.
—Como bien dijiste, no estamos aquí para juzgar a los dioses. Aquí sometemos a escrutinio el proceder de los mortales, y tu aprendiz se rebeló contra el Gimnasio, es decir, contra Atenea, únicamente por despecho… —Minos hablaba con nitidez, casi sin mover los labios—. No soportó que la panoplia que tanto anhelaba le fuera dada a su hermano y la envidia lo corrompió, llevándolo a cometer horribles crímenes, como traicionarte a ti, que te precias de ser también un olímpico, y que hoy, inexplicablemente, vienes a abogar por él.
—Justa o injusta la voluntad de Atenea, Cástor no debía renegar de ella, y mucho menos sublevarse con tan brutal saña… —agregó Radamantis con una resolución que exacerbó los ánimos del dios.
—¡Miserables! ¡Ustedes ya tienen condenado a mi muchachos! ¿Qué caso tiene que lo sometan a proceso si ya lo dan por culpable? Ahora más he de empeñarme en retrasar su comparecencia ante ustedes. ¡Por eso he venido! Yo no lo juzgo y su traición la he perdonado… ¡Apártense, que quiero ver a Hades inmediatamente! —reclamó Hefesto, escupiendo con dureza cada una de sus palabras.
—¡No insistas, artesano! ¡Tanta agitación solo es testimonio de una conciencia convulsa y renegrida! ¡Te abrasarías en tu propia hiel si intentaras profanar con tus torcidos pies el templo del señor Hades! —vociferó Minos, incorporándose y señalando con su diestra en dirección a la empinada escalinata.
Aquel altivo gesto de superioridad y rechazo provocó la ira del dios. Su razón se nubló al tiempo que de su pecho brotó un alarido en el que halló fuerzas para alzar la pesada hacha por todo lo alto y atravesar la figura del juez, desde la coronilla hasta los pies, con un tremendo golpe que se incrustó en el negro mármol desprendiendo chispas.
—¡Insensato! ¡Ya se te dijo que esa hacha no habría de servirte aquí! —gritó Minos, haciendo retumbar la plaza con su atronadora voz.
Hefesto, sorprendido al constatar cómo su hacha había atravesado la figura del juez sin causarle daño alguno, se echó hacia atrás, no sin hacer grandes esfuerzos para desincrustar la herramienta del mármol.
—Dinos: ¿por qué no te arrepientes de haber contrariado la voluntad de Atenea? —insistió Minos, dulcificando la voz pero acentuando la vehemencia de su petición.
Hefesto titubeó al notar la dramática inflexión y, aunque no deseaba permanecer más en aquel lugar, contestó:
—Yo no estaba coludido ni con Cástor ni con los hijos del infame Ares; de tal cosa, aunque Atenea me acusara, el padre Crónida jamás me hallaría culpable… —El artesano dejó caer el mango del hacha contra su costado y se frotó el rostro con ambas manos, hastiado—. Tampoco sellé con Atenea un juramento que me obligara a servirle eternamente; forjé y reparé las panoplias de su ejército obnubilado por antiguas culpas. Y ahora me doy cuenta de que allí seguiría, sometido a su yugo, si Cástor no hubiera devastado el Gimnasio. ¡Cástor me liberó! No de ella, claro está, sino de la penitencia de servirle que me impuse a mí mismo.
—¿Por qué te impusiste esa penitencia? —inquirió Éaco.
—Hace mucho, mucho tiempo, antes de que tú fueras alumbrado al mundo, yo intenté robar a la casta Atenea sus favores… Ella me rechazó con violencia y yo desistí, avergonzado… —reconoció el dios con rubor—. Estuve esperando a que Zeus me llamara y me castigara por mi osadía, pero eso no sucedió. Comprendí que Atenea no me había acusado y que no tenía pensado tomar represalias contra mí. Habría preferido el castigo de Zeus, porque la culpa me estuvo atormentando durante mucho tiempo. Por eso, cuando Atenea misma fue a buscarme nuevamente para solicitar mis servicios en la forja de sus panoplias, yo acepté servirle, pensando que así podría resarcir el daño. Quise hacerme grato a sus ojos y aplacar los reclamos de mi conciencia… ¡Pero suficiente y hasta de sobra le he pagado! —bramó Hefesto, iracundo.
Los jueces callaron. Minos respiró hondo y levantó el rostro, dejando ver una tez pálida en la que brillaban sus chispeantes ojos.
—Qué afortunado es aquel por quien vienes a abogar… Puedes pasar, dios artesano —expresó Minos, invitando a Hefesto a cruzar el umbral del templo con un amable y solemne gesto.
El dios, atraído por un sordo pero insistente rumor que bullía a sus espaldas, echó un vistazo hacia las empinadas escalinatas por las que había subido. Avistó entonces al grupo de lentas y gimientes almas que habían desembarcado junto con él del navío de Caronte. Sintió el deseo de quedarse a abogar también por cada una de ellas, pero comprendió que si quería salvar a Cástor debía continuar; no podía perder más tiempo. Avanzó entonces, perdiéndose en las tenebrosas entrañas del palacio.
Acorralado en su propia tierra, Ares se alegró por el retorno de sus hijos y se sintió fortalecido al comprobar las proezas de que Cástor era capaz. Después de todo, pensó Ares, Cástor era, entre sus huestes, lo más parecido a un basileus de Atenea; y aunque el muchacho le era odioso a causa de su afición al néctar de Dioniso, Ares sabía que tenía en él un poderoso aliado contra su hermana, a la que ambos detestaban con igual intensidad.
Cástor había adquirido el hábito, extraño y perturbador a los ojos de los dioses guerreros, de abrirse cortes en las venas de las muñecas para dar de beber a los monstruos. Nadie, sin embargo, se hubiera atrevido a interferir o importunar a las bestias cuando se alimentaban, pues su aspecto, aunque se iba haciendo poco a poco más humano, seguía siendo amenazador. Efectivamente, los monstruos, tanto los que habían salido de la cabeza de Fobos como los que habían emergido del brazo de Deimos, fueron mutando y adquiriendo un aspecto antropomorfo: los hocicos, las fauces, las pinzas y tenazas, las ancas y alas que distinguían a aquellos engendros se transformaron en piernas, en brazos, en torsos esbeltos y delineados. Algo de su monstruosidad originaria, sin embargo, se conservaba en sus rostros, en sus expresiones, en sus formas de mirar, de moverse, de ser y hacer. Y el único que parecía no sentir repulsión alguna hacia aquellos siniestros seres era Cástor, quien, solícito, se abría las venas para alimentarlos; las bestias, a su vez, parecían corresponderle, dispensándole un trato agradecido y servicial. Cierta ocasión, mientras Ares y el joven artesano discutían por la cantidad de vino que este consumía, una de aquellas criaturas se acercó tímida y sigilosamente.
—¡Tu aliento hiede a ebriedad y estulticia! —reprochó Ares a Cástor con afectación, apartándose con un rápido giro al sentir la presencia del monstruo, que parecía estar apenas habituándose a marchar sobre dos patas.
El joven herrero se alejó desdeñosamente y se aproximó hacia la bestia; trazó un fino corte en su muñeca y se la ofreció a aquel ser, que tomó el brazo entre sus garras para inspeccionar la herida con avidez. Antes de adosar sus dentadas fauces a la pálida piel de Cástor, la criatura le lanzó una mirada con sus ojos negros y vidriosos que lo heló por entero; Cástor sintió incluso el impulso de retirar el brazo, pero algo en sus adentros se lo impidió. El muchacho se sintió azorado al percatarse de que la criatura había advertido su indecisión.
—¿Por qué les das de beber de tu sangre? ¿No te das cuenta de que, si han de dejar de ser bestias, se volverán ebrias y estúpidas como tú? —exclamó Ares, quien contemplaba la escena con verdadero estupor.
Pero Cástor, con el brazo prendido al hocico de aquella criatura, que en cada sorbo se iba tornando más humana, parecía no escuchar ni entender nada. Cuando la bestia al fin se despegó de su muñeca, con la tibia sangre escurriéndole por la comisura de unos delicados labios, ya no había frente a él ningún monstruo. Aquel ser era completa y enteramente una mujer, que sorprendió a todos al articular, con voz clara y nítida, las siguientes palabras:
—Generoso has sido al alimentarme, y dispuesta estoy a servirte a ti y a mi padre…
Todos enmudecieron, mirando con asombro las contorneadas formas de la que había sido un horripilante engendro.
—¿Quién eres?— Preguntó Cástor, con habla lerda y torpe.
—Yo soy Adicia, hija de Deimos, y soy la diosa de la injusticia…
El propio Deimos, fascinado y confundido con aquella revelación, se rascaba las sienes con el dorso de la mano metálica, viendo cómo la que había dicho ser su hija se retiraba para dejar su sitio a otro de aquellos seres, cuyo aspecto seguía siendo bestial.
—¡Bebe! —ordenó Cástor.
La bestia obedeció, clavando sus colmillos en la carne blanca y tersa. Chupó con avidez, al tiempo que su cuerpo iba adquiriendo forma de hombre, pero se contuvo en el último momento, como si intentara evitar colmar su apetito. La criatura separó entonces el hocico del brazo de Cástor, lo miró con ojos llenos de recelo y se apartó para encaminar sus pasos hacia el interior del socavón.
—¡Espera! —gritó el joven herrero con una voz áspera que sacó de su asombro a los dioses de la guerra. La figura alta y esbelta de aquel ser se detuvo en seco—. ¿Quién eres?
—Yo soy Anfilogias, hijo de Fobos, y soy el dios del Conflicto… —respondió, arrastrando una escalofriante mirada entre Cástor, Ares y sus hijos, para luego retomar su camino hacia el negro corazón del socavón.
Al final del día, Deimos contó entre su prole a Adicia, diosa de la Injusticia y la primera en anunciarse, así como a Algos, dios de los Dolores; Androctasias, dios de los Homicidios; Ate, diosa de la Ruina; Disnomia, diosa de la Anarquía; Homados, dios del Fragor; Ioke, diosa de la Persecución; Manías, diosa de la Locura; Polemos, dios de la Batalla, y Pseudologos, dios de las Mentiras: las macas primordiales.
Fobos, por su parte, enumeró entre sus vástagos al ya referido Anfilogias, dios del Conflicto; Pentos, dios de la Aflicción; Alke, diosa del Coraje; Cidoimos, dios de la Confusión; Proixis, diosa de la Embestida; Alala, diosa del Grito; Fonos, dios del Asesinato; Neikea, diosa de la Pelea; Horcos, dios del juramento y Lisa, diosa de la Ira: las hismas primordiales.
Tanto macas como hismas completaron la última fase de su metamorfosis bebiendo, ese decisivo día, directo de las venas del solícito Cástor.
Ares y sus hijos aún no lo sabían, y el propio herrero no imaginaba que, gracias a estas siniestras deidades primigenias, la balanza en la guerra contra Atenea acaba de inclinarse a su favor.
Ocultos tras la maleza, los hoplitas liderados por Faetón acechaban el campamento de los dioses guerreros.
—No podemos volver al Gimnasio y tampoco podemos quedarnos aquí, sin hacer nada. ¡Es preciso dar muerte a Cástor!
—Señor Faetón, ¿no te parece que estamos en total desventaja? No podremos asaltar el campamento y mucho menos dar liquidar a Cástor —sentenció Cedalión de Orión, aun a sabiendas de que sus palabras podían tomarse como insubordinación.
Faetón no respondió; tan solo le dirigió una breve y desdeñosa mirada para reconcentrar luego su atención en el campamento.
—¿No sería mejor, mi señor, dar aviso al Gimnasio y regresar con una hueste más numerosa? —insistió Cedalión, quien consideraba aquel temerario lance como un suicidio.
—Iremos por la vida de Cástor… —reafirmó Faetón de Erídano, entre dientes, sin despegar la vista del campamento, donde bullía la actividad—. Nos haremos pasar por otros más de esos engendros… —agregó, decidido.
—¿Pero qué has dicho? —lo increpó Folo de Centauro, quien hasta entonces se había esforzado por guardar silencio.
—Lo que has oído. Nos introduciremos en el campamento a plena luz del día y nos acercaremos a Cástor para pedirle que nos dé de beber, tal como hacen esas criaturas. Cuando estemos ante él, lo degollaremos.
—Mi señor, no creo que podamos siquiera acercarnos a él… —comenzó a decir Folo, pero fue interrumpido por su superior.
—Sé bien que no estamos en condiciones de combatir a los dioses de la guerra. Al único a quien podemos enfrentar es a Cástor, tan mortal como nosotros. Al arrebatar la vida a ese traidor, dejaremos a nuestros enemigos sin maestro forjador…
Un nuevo silencio se impuso; en los rostros de Cedalión y de Folo se dibujó una mueca de resignada resolución.
Durante el resto del día y la noche se mantuvieron observando los movimientos del campamento. Fue así como se convencieron de que aquel plan, aunque osado, resultaba imperativo, pues Cástor lograba evidentes progresos en la forja. Los guerreros atenienses comprobaron cómo incluso los dioses gemelos conversaban con Cástor, señalando y gesticulando lo que esperaban de sus propias panoplias. Urgía, por tanto, abatir a Cástor antes de que pudiera concluir las armaduras de los dioses guerreros.
A la mañana siguiente, Faetón y sus subordinados cubrieron sus vestimentas sagradas de lodo y hojarasca hasta igualar el aspecto de las macas e hismas. Se infiltraron en el campamento y comenzaron a pulular de un lado a otro, fingiendo asistir en las labores de la forja para aproximarse a Cástor, quien, afanoso, no se despegaba de la fragua incandescente que Ares hiciera subir del socavón para instalarla en el corazón del campamento y vigilar los avances de su obra.
En ese trajinar, Faetón y los suyos notaron que aquellos seres de apariencia humana eran más altos, ágiles y corpulentos que cualquier mortal sobre la faz de la Tierra. Su estampa poseía un aire fascinante y a la vez siniestro, nacido de la sensualidad que Cástor les transmitía al darles de beber su sangre: virtud heredada al mamar del pecho de Afrodita. Nada de esto, sin embargo, podían saber ni los guerreros atenienses, ni los pobladores del campamento de Ares, entre ellos el propio Cástor.
Con todo, los hoplitas calcularon que la única posibilidad de éxito radicaba en abatir a Cástor de un solo golpe. El plan era sencillo, casi burdo, pues consistía en flanquear al traidor entre los tres para acometerlo al unísono, sin margen de escape. Hasta ese punto, debían obrar en perfecta sincronía; sobre lo que vendría después no había mayor acuerdo que intentar la huida, a toda costa, para volver al Gimnasio. Los tres sabían en su fuero interno, sin embargo, que aquello no iba a suceder.
Paso a paso, Faetón y sus hombres acortaron la distancia. Cuando estuvieron lo bastante cerca para asestarle una estocada fatal, Faetón lanzó una mirada furtiva a sus compañeros, quienes asintieron entornando apenas los ojos. Se disponían ya a embestir al joven herrero cuando este, sin dejar de maniobrar sobre la fragua ardiente, resonó directamente en sus mentes: «Vete de aquí, Faetón de Erídano, y llévate a los tuyos…».
Aquella sentencia, que los tres escucharon clara e inteligible, y en la que Faetón reconoció la voz inconfundible de Cástor, su antiguo camarada del Gimnasio, les heló el ánimo y los miembros. Faetón no comprendía cómo el traidor los había descubierto y reconocido sin siquiera alzar la vista: «¡Márchense ahora!», insistió con desesperación, al tiempo que algunas macas e hismas se aproximaban curiosas al advertir la presencia de aquellos tres desconocidos.
Entonces Faetón, comprendiendo que no tendrían otra oportunidad, se abalanzó con presteza contra el cuerpo de Cástor profiriendo un atronador grito de batalla; tras él, imitándolo, se lanzaron Cedalión de Orión y Folo de Centauro. En la arremetida, los andrajos que los cubrían cayeron al suelo y sus panoplias quedaron expuestas, refulgentes bajo el sol.
Cástor, al escucharlos, cerró los ojos y ladeó la cabeza, exponiendo el cuello. Antes, no obstante, de sentir el tajo que le separaría la cabeza, oyó el crujir agudo del metal trenzado con apagados gemidos. Al volverse, comprobó con tristeza que los tres guerreros atenienses habían sido reducidos.
—¿Quiénes son estos, señor Cástor? —preguntó Algos, dios de los Dolores, quien mantenía a Faetón aplastado contra el suelo con su pesada mano.
Algos examinaba con viva curiosidad al hoplita, que se revolvía en vano intentando zafarse. Lisa, diosa de la Ira, había doblegado por sí sola a los otros dos: a Folo lo tenía suspendido por el cuello en el aire, mientras aprisionaba a Cedalión de Orión contra la tierra pisándole el pecho.
—Son guerreros de Atenea —respondió Cástor, incapaz de evitar mirarlos con un dejo de piedad.
—Me pareció ver que les ofrecías el cuello, señor Cástor… —deslizó Pseudologos, dios de las Mentiras, con suspicacia. Cástor calló mientras el resto de las macas e hismas acudían atraídas por el alboroto—. Casi como si desearas morir… —insistió Pseudologos con malicia.
—No hay un solo día en esta miserable vida en el que no desee morir… —respondió Cástor con amargura, ante el asombro de quienes se habían nutrido de su sangre.
—Pero nosotros no te dejaremos morir, señor Cástor. ¡Jamás te dejaremos morir! —replicó Pseudologos con una risueña determinación que estremeció el corazón del joven artesano.
—¡Hay que destrozarlos! —exclamó Lisa, apretando el cuello de Folo de Centauro, de cuya boca brotó un hilo de sangre.
—¡Espera! —atajó Pseudologos—. Dinos, señor Cástor: ¿acaso eran estos tus amigos en el Gimnasio? —inquirió, acentuando el tono sarcástico mientras apuntaba la más afilada de sus garras a las sienes de Folo, a quien se le extinguían las fuerzas.
—¿Qué sabes tú de aquel lugar? —espetó Cástor, colérico.
—¿Olvidas, señor Cástor, quiénes son nuestros padres? Al nacer de ellos, heredamos cuanto sabían. Para ninguno de nosotros es un secreto que tú y nuestros progenitores consumaron la devastación del Gimnasio, donde otros como estos hallaron la muerte… —respondió Pseudologos, guardando un breve silencio con gesto pensativo—. Lo que ignoro es qué clase de afecto albergas por estos tres, pues no concibo que odiaras a todos tus semejantes…
Cástor no respondió; dio media vuelta y echó a andar con paso lento y cabizbajo en dirección al socavón, resuelto a encerrarse de nuevo. A sus espaldas, resonó de inmediato el crujido del bronce y de los huesos, seguido de desgarradores alaridos. En el camino se cruzó con Ares, quien acudía atraído por los ecos de la carnicería.
—Quiero volver al socavón… Para mañana devolverás mis herramientas a las profundidades, o no trabajaré más —sentenció el joven artesano, pero Ares ni siquiera lo escuchó, absorto en la contemplación de las criaturas destrozando a sus presas.
En su descenso al oscuro taller subterráneo, Cástor escuchó cómo las macas e hismas despedazaban las panoplias y los cuerpos de los guerreros atenienses. Apresuró el paso intentando huir de aquel horroroso estruendo que le desgarraba el alma, pero era en vano. Los alaridos eran idénticos a los que escuchaba en sus etílicos delirios.
En el último instante, cuando ya estaba a punto de extinguirse la llama de su ser, Faetón de Erídano lanzó una lánguida mirada a los cuerpos de Folo de Centauro y de Cedalión de Orión, que yacían despedazados a los pies de las furibundas macas e hismas. Con sus postreras fuerzas, el hoplita comenzó a transmutar en agua que fluyó lenta entre la hierba y las piedras, buscando una salida del campamento. Ya sus piernas se habían diluido por completo y su tronco empezaba a ablandarse cuando Ares se percató de la extraña metamorfosis. El dios sacó la máscara divina que guardaba celosamente entre sus ropas, se la ciñó y miró el cuerpo exangüe del guerrero ateniense, que quedó petrificado en un rictus agónico.
Entonces, los fragmentos de las panoplias de Folo y Cedalión se reagruparon y comenzaron a elevarse por los aires; estaban a punto de escapar cuando Disnomia, maca de la Anarquía, y Alala, hisma del Grito, las interceptaron al vuelo. Como si supieran que las panoplias de los guerreros caídos regresaban al Gimnasio, arrojaron presurosas los pedazos al horno llameante. Un agónico y agudo alarido se desprendió de aquellas corazas mientras se fundían; el lamento resonó con fuerza en todo el campamento y viajó por el socavón hasta llegar al fondo de la caverna, donde Cástor se había refugiado para no presenciar la matanza. El joven artesano reconoció el llanto de las armaduras divinas y echó a andar hacia el exterior, pero fue detenido por una voz suave y meliflua que le susurró al oído:
—¿Ya tienes mi máscara, Cástor de Dioniso?
—¡No me llames así! —bramó el joven artesano, iracundo, pues aquel apelativo le resultaba hiriente y humillante.
Enio, la de sangrantes vestiduras, tomó al muchacho por la nuca, lo atrajo hacia sí y lo miró con una sonrisa en la que se fundían la ternura y la malicia.
—¿Cuánto más me vas a hacer esperar?
—Ni con el metal de las panoplias de esos tres que acaban de morir podría forjarte la máscara que quieres… —replicó Cástor, embelesado por el refulgir de las pupilas de la diosa—. ¿Por qué no simplemente vas y le arrebatas su máscara a cualquiera de las guerreras atenienses?
—¡Porque quiero que me la hagas tú! —respondió Enio, tirándole con fuerza del cabello—. ¡Sí, tú! ¡Cástor, el traidor! ¡El prófugo del Gimnasio! ¡El maldito a los ojos de Atenea! —hilvanó la diosa con su edulcorada y venenosa lengua.
El muchacho se zafó violentamente, dejándole un mechón de pelo entre las uñas y se apartó, encaminando sus pasos hacia la superficie.
—Cuando me des la máscara, me entregaré a ti… —le prometió al fin Enio.
Cástor se detuvo en seco, recorrido por un escalofrío. Se volvió entonces y la vio allí plantada: seductora, sonriente, perversa, y la sangre bulló en sus venas; se abalanzó precipitadamente sobre ella, pero la diosa se esfumó en una estruendosa carcajada, dejando tras de sí una bermeja nube que se deshizo entre sus dedos anhelantes.
El joven herrero salió del socavón con paso titubeante y las manos trémulas, turbado por la promesa que acababa de hacerle la deidad. Así llegó hasta el sitio donde sus antiguos compañeros habían sido masacrados y no pudo evitar sentir lástima por ellos. Recogió con sus propias manos los despojos y los arrojó al fuego; después tomó el fuelle y avivó las brasas para no prolongar más el tormento de aquellas panoplias sagradas.
Encandilados por el chisporroteo que desprendía el bronce al fundirse con la carne y los huesos de quienes fueran sus portadores, nadie reparó en el delgado hilo de agua que avanzaba serpenteando hacia el exterior; nadie, excepto Cástor, que reconoció en aquel cristalino líquido el postrer hálito de Faetón: «Ve con bien y encuentra tu camino», enunció el jóven artesano, transmitiendo su mensaje a aquella corriente que ya se escurría fuera del campamento, en dirección al río más cercano.
Jacinto, el basileus sagrado de Apolo, se postró respetuosamente a los pies de Atenea.
—Levántate… —lo conminó la diosa, y el guerrero, solícito, se puso de pie—. Te he hecho venir, como a los demás, para tener a todas mis fuerzas reunidas, pero he de pedirte que partas de nuevo a cumplir un encargo muy especial.
—Estoy a tus órdenes, mi señora —respondió Jacinto, inclinando la cabeza.
—Desde aquel lejano día en que Hefesto partió del Gimnasio, nada hemos sabido de él. Necesitamos averiguar su paradero, lo que hace y a quién sirve ahora…
—Pensé, mi señora, que se había retirado a su morada, con su esposa Afrodita.
—Así fue, pero después abandonó el hogar y no hemos vuelto a saber de él. Si ha estado sirviendo a otro olímpico, a Ares, por ejemplo, tendríamos que estar prevenidos.
—Sería una desgracia que Hefesto sirviera a nuestro enemigo —completó Jacinto, pensativo.
—No podemos darnos el lujo de especular. Es preciso saber dónde se halla y qué está haciendo.
—Sea, pues —asintió Jacinto—. ¿Qué debo hacer cuando lo encuentre? ¿Debo traerlo a comparecer ante ti, mi señora?
—Debes limitarte a conocer su paradero y su conducta; cuando me informes al respecto, decidiré cómo proceder… —Jacinto asintió de nuevo e hizo el ademán de retirarse—. Debes realizar esta misión con absoluta discreción. Y, sin importar qué descubras, no te expongas a una confrontación con Hefesto, ¿has comprendido?
—He comprendido, mi señora. Parto ahora mismo para dar cumplimiento a tu voluntad.
Jacinto de Apolo atravesó las ruinas del Gimnasio atrayendo miradas de sorpresa y fascinación. Pese a su juventud, el basileus sagrado era dueño de una leyenda que él mismo ignoraba, pero que alimentaba el anhelo y la fantasía de guerreras, guerreros y gimnetas por igual. Atenea e incluso el Ánax conocían aquella leyenda, y fue quizá en virtud de ella por lo que la diosa lo eligió para consumar tan delicada tarea.
Muy lejos de Tracia, en la populosa Naxos, Ate, maca de la Ruina, se abrió paso lentamente hasta el ágora, causando conmoción entre los ciudadanos que se habían reunido a los pies de la estatua de Atenea para dirimir una grave cuestión.
La gigantesca y amenazante figura de Ate contrastaba con su paso sereno y estilizado. Nunca las gentes de Naxos habían visto a alguien semejante, y aunque les provocaba un hondo sobrecogimiento, también les intrigaba saber qué buscaba aquella entidad que a todas luces parecía divina. Ate llegó hasta la estatua de Atenea en medio de un silencio sepulcral. Posó entonces su enorme mano sobre la cabeza de la diosa y la pulverizó de un solo apretón; la efigie entera se desmoronó instantes después, desencadenando un rumor generalizado de asombro y espanto. Aquella imagen de la hija de Zeus representaba para los habitantes de la región el testimonio vivo de su desgracia.
Naxos, como muchas otras ciudades poseedoras de yacimientos minerales, había sido conquistada mucho tiempo atrás por una emisaria de Atenea que se había presentado como Pentesilea, basilissa de Ares. Pentesilea había devastado comarcas y ejércitos enteros para imponer el culto a Atenea y un tributo exorbitante de metales destinado al taller de Hefesto en el Gimnasio. En cada sitio, como custodio, Pentesilea había dejado a un hoplita de su hueste para asegurar el pago puntual del tributo, y ella misma, de cuando en cuando, aparecía para vigilar la marcha de las cosas, descubrir conjuras o aplastar revueltas. Pero ahora no quedaban custodios, ni en Naxos ni en ninguna otra ciudad de la Hélade, pues todos los guerreros atenienses habían regresado al derruido Gimnasio atendiendo el llamado de su diosa. Cuando Ate apareció en el ágora, los principales de Naxos debatían si debían o no continuar con el pago del tributo que había convertido a su reino, antes próspero y pujante, en una empobrecida colonia de Atenas.
—Ya pueden adorar de nuevo a Dioniso… —exclamó Ate con una voz femenina y espectral que sobrecogió a mujeres, ancianos y niños—. Vengo en nombre de Ares, el señor de la guerra, a liberarlos del yugo ateniense. Les permitiremos restituir su antiguo culto, sus leyes y costumbres, a cambio de la mitad del tributo que entregaban a la hija del Crónida.
Los murmullos de extrañeza se convirtieron, al instante, en sonoros aplausos y vítores.
Y así como en Naxos, en muchos otros rincones de la Hélade se repetía la misma escena. Las macas e hismas primordiales, por orden de Ares, demolieron los templos consagrados a Atenea y todas sus efigies, prometiendo a los lugareños la restitución de sus antiguos cultos, la disminución del tributo en minerales y la protección ante posibles represalias de Atenea. En los yacimientos dejaban una comisión de tracios en calidad de custodios y después partían a liberar otras ciudades. Ni una sola gota de sangre fue derramada en esta campaña, porque los pueblos preferían someterse voluntariamente a los emisarios de Ares, que les permitían congraciarse con sus divinidades tutelares y les garantizaban mejores condiciones de vida, antes que seguir bajo el yugo infame de Atenea y su brutal embajadora, Pentesilea, basilissa divina. En apenas unos cuantos días, Ares, valiéndose de unas cuantas macas e hismas, se hizo con el control de los territorios que antes habían pertenecido a su orgullosa hermana.
Muy pronto, Cástor dispuso de buena materia prima para trabajar. Con el oro recibido forjó una hermosa panoplia que al fin fue del agrado de Ares; para los dioses gemelos fraguó bruñidas panoplias de plata, mientras que a cada una de las macas e hismas las revistió con armaduras en las que ensayó innovadoras aleaciones. El ejército de Ares era poderoso y lucía imponente. Había algo, sin embargo, en lo que Cástor no lograba progreso alguno por más que se esforzaba: la máscara que Enio le había encomendado.
El joven herrero había puesto en práctica infinidad de recursos, pero no conseguía producir una máscara que tuviese el poder de convertir en piedra a quien la contemplase. Cada vez que concluía una careta, Cástor salía a las inmediaciones del campamento para ponerse frente a alguno de los ciervos que ahí solían pastar; los animales lo miraban con desdén y huían luego a la carrera, internándose en la espesura del bosque. Nunca antes, ni en sus lejanos tiempos de aspirante en el Gimnasio, se había sentido tan frustrado y abrumado.
—Ya forjaste panoplias para mi hermano y sus hijos… Incluso a las macas e hismas les diste sus propios ropajes, pero de mí te has olvidado por completo…
Cástor, inclinado sobre la fragua llameante, se volvió para descubrir a la diosa Enio, quien lo miraba con expresión de reproche.
—Un simple mortal, como yo, no podrá igualar jamás las artes de un eterno… —respondió Cástor con tono sombrío.
—Y sin embargo aspiras a yacer con una inmortal… —sonrió Enio, acercándose a él mientras le alargaba los brazos, contoneaba sus caderas y enarcaba las cejas.
Cástor, trémulo de deseo, extendió también sus brazos quemados por la fragua y cerró los ojos para recibir a la diosa; pero esta lo atravesó, desvaneciéndose en una bermeja nube en medio de una sonora carcajada. Cástor apretó los puños y una amarga lágrima le rodó por la mejilla.
El joven herrero sabía que su maestro había forjado las máscaras de las guerreras atenienses al fundir la égida de Atenea, aquella en la que se hallaba esculpida la cabeza de la gorgona Medusa. Era plenamente consciente de que el siniestro poder de las máscaras procedía de aquella égida legendaria y de que no existía en el mundo materia alguna capaz de sustituirla.
En su desesperación, el aprendiz urdió un osado plan: forjar una máscara idéntica a la que poseía Ares, cambiarla sin que este lo advirtiese y entregar luego la pieza original a Enio. El verdadero dilema, sin embargo, radicaba en consumar el intercambio, pues Ares jamás se desprendía de la careta, que llevaba siempre oculta entre sus ropas… Sumido en estas oscuras reflexiones, Cástor regresó a la fragua para comenzar a modelar la réplica de la máscara divina.
Lélape, hoplita de Can, volvía al Gimnasio en una travesía que duraba ya muchos días. Al distinguir a la distancia un afluente del río Estrimón, decidió hacer una pausa para mitigar su sed. Apenas tragó el primer sorbo de agua, se incorporó como impulsada por un resorte. En aquel cristalino líquido había un mensaje que le heló la sangre: eran las últimas palabras de Faetón, advirtiendo de las renovadas y brutales fuerzas de Ares.
Lélape siguió el rastro dejado por Faetón y llegó al campamento del dios de la guerra, en Tracia. Helios brillaba pleno en el cielo cuando la hoplita cruzó el umbral, ciñéndose su máscara para avanzar por la vía principal del campamento, sembrando el camino con las estatuas de los tracios que corrían a cerrarle el paso.
—¿Quién eres? —resonó una voz potente, grave y espectral. Era Algos, maca de los Dolores.
—¡Yo soy Lélape de Can, hoplita de Atenea!
—¡No la miren! —gritó Pentos, hisma de la Aflicción; y el resto de los tracios, así como de macas e hismas que se iban congregando, se cubrieron los ojos con el dorso de las manos.
Pronto llegaron también Ares y los dioses gemelos, quienes cercaron a la temeraria hoplita.
—¿A qué has venido? —preguntó Fobos, enternecido por la menuda y esbelta estampa de la muchacha.
—A vengar la muerte de Faetón de Erídano…
Un murmullo de burlonas risas brotó entre las macas e hismas, pero no así entre los tracios, que miraban con azoro aquel sembrado de estatuas.
Entonces Ares, con un ademán, ordenó a un contingente de tracios atacar frontalmente a la hoplita. La guerrera convirtió en piedra a la mitad de ellos y a la otra la abatió con rápidos y certeros movimientos. Un nuevo grupo, ahora más nutrido, se abalanzó sobre ella a una señal de Deimos; la guerrera se revolvió con fiereza, haciendo añicos a muchas de las estatuas que habían resultado de la refriega. Resoplando y en posición de guardia, Lélape quedó erguida sobre una montaña de escombros y cuerpos mutilados.
Otra comitiva, todavía mayor que la anterior, le fue arrojada por Ares. El estruendo del combate y la algarabía que provocaba la carnicería entre las macas e hismas alcanzaron los oídos de Cástor, que se hallaba trabajando afanosamente en el socavón. Cuando al fin emergió a la improvisada arena, no pudo reconocer a aquella joven, pero sí los rasgos inequívocos de su panoplia divina.
—Dime, señor Cástor: ¿conoces también a esta valiente guerrera? —preguntó Pseudologos de las Mentiras, con aquel tono sardónico que tanto irritaba al herrero.
Cástor se limitó a negar con la cabeza, mientras la observaba lidiar contra hordas interminables de resignados tracios. Era notorio cómo menguaban las fuerzas de la hoplita, que no cesaba de apilar piedras y cadáveres a sus pies.
De pronto, mientras Lélape daba cuenta de un nuevo contingente, se escuchó un espantoso rugido que hizo retumbar la tierra. Era Homados, maca del Fragor, que había caído a espaldas de la hoplita, aplastándola con su mano descomunal, semejante a una maza. Homados presionó contra el suelo y trituró con su manaza de un lado a otro; todos escucharon el crujir de la panoplia divina y de los huesos, y vieron cómo brotaba la negra sangre bajo su palma. Cuando la maca del Fragor levantó la mano, solo quedaba un informe amasijo de carne y bronce untado a la tierra.
Homados volteó los despojos y apartó los cabellos del rostro de la guerrera, cuya máscara, aunque magullada, conservaba aún sus facciones. Se escuchó entonces un agónico estertor y Homados quedó petrificado en el acto. La máscara de la hoplita resbaló e intentó acomodarla con sus postreras fuerzas, pero Ares, desenfundando su propia careta, saltó hacia donde agonizaba la joven para mirarla y convertirla en piedra.
Cástor se aproximó a la estatua de Homados, le puso una mano en el pecho y luego de unos instantes, durante los cuales el dedo índice fue acumulando una luz blanca y grumosa, la hizo estallar en pequeños pedazos. De aquella arenilla se desprendió un vaho verde que se disipó en el aire, no sin antes emitir un quejido grave y ronco.
—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó Ares, atónito.
—Lo he liberado de su cárcel de piedra… —murmuró Cástor, disponiéndose a descender de nuevo al taller subterráneo, no sin antes dirigir una mirada lastimera a la estatua de Lélape, que yacía destrozada en el polvo.
Esa misma tarde, Ares bajó a la caverna. Hacía tiempo que no lo hacía, pues el muchacho había cumplido rápida y satisfactoriamente con la forja de armaduras para él, sus hijos y las macas e hismas primordiales. El dios estaba complacido con el desempeño de su maestro forjador, aunque jamás se lo hubiese manifestado; pero esta vez venía a exigir un nuevo prodigio. Su tono de voz, a diferencia de todas las ocasiones anteriores, fue franco, sereno e incluso respetuoso, lo cual desconcertó al joven artesano.
—Necesitamos máscaras… Es preciso que nos forjes máscaras…
—¡No puedo! —respondió Cástor, golpeándose la cabeza con los puños.
—¿Es que lo has intentado? —preguntó Ares, extrañado.
Cástor calló, consciente de la imprudencia cometida.
—¡Eres previsor! Pero ahora dime: ¿por qué no puedes?
Cástor suspiró al comprender que Ares no había advertido su íntimo predicamento.
—Esas máscaras fueron fundidas con la égida de Atenea… —explicó el aprendiz, repitiendo la sentencia que se recitaba tras cada frustrado ensayo.
Ares permaneció en silencio, meditabundo, marchando de un lado a otro frente al horno ardiente.
—A menos que… —musitó Cástor, cuya mente se iluminó con una temeraria idea.
—¿Qué? ¡Habla!
—A menos que me entregues esa máscara… —exclamó el osado aprendiz, sin poder evitar que una mustia sonrisa se asomara por las comisuras de sus labios.
Ares lo escuchó, pero no lo miró; no parecía sorprendido por aquella propuesta.
—No concibo que esa miserable rata haya sido capaz, ella sola, de petrificar y matar a tantos de los nuestros… —Ares hablaba más para sí mismo que para responder a Cástor—. Incluso en su agonía, pudo convertir en piedra a Homados…
El dios seguía paseándose frente a las brasas, meditabundo, mientras Cástor lo observaba ansioso y con los ojos inyectados en sangre.
—¡Sea pues! —exclamó Ares, tras instantes que a Cástor parecieron interminables—. ¡Funde esta máscara y equilibra nuestras fuerzas!
El dios extrajo la careta de entre sus ropas y la arrojó sin vacilar a las entrañas del fuego.
La máscara sagrada clamó dolorosamente al ser devorada por luengas llamaradas que lamieron en jirones la techumbre de roca. Cástor, perplejo, contempló cómo aquel fuego devoraba también su última esperanza de ganarse los favores de Enio, la de sangrantes vestidos.
Jacinto de Apolo recorrió toda la Hélade en busca del dios Hefesto, pero no pudo encontrar ningún indicio de su paradero. Como último recurso, decidió apostarse en las inmediaciones de la morada del dios, a la que, estaba seguro, debería volver más temprano que tarde llevado por los celos. Tenía plena certeza de que Hefesto no se hallaba ahí, porque había descubierto que el dios Hermes le hacía furtivas visitas a Afrodita, quien, incapaz de resistir por más tiempo las privaciones del amor, recibía cada dos o tres noches al de los pies alados. Hermes echaba mano de sus muchos artilugios para pasar desapercibido, y así habría sido a los ojos de cualquiera, excepto a los del basileus de Apolo, cuyo instinto y perspicacia eran casi infalibles. Hermes, pensaba Jacinto, jamás se habría atrevido a profanar el lecho de Hefesto corriendo el riesgo de ser descubierto; y como las visitas eran cada vez más frecuentes, la ausencia del herrero no podía prolongarse por mucho más tiempo. Razón no le faltaba al guerrero ateniense, pues en su travesía infernal Hefesto había conseguido llegar al fin ante el trono de Hades.
—¿Tiene algo que ver tu inesperada visita con el aluvión de almas que se han precipitado a mi reino?
El rey de los avernos estaba acompañado por Perséfone, su esposa, de pie tras su trono, y por los dioses de la muerte y del sueño, Tánatos e Hipnos, quienes ocupaban sitiales menores a cada lado del suyo. El artesano se sintió abrumado por la fastuosidad de aquel amplio palacio, y más aún por la majestuosa estampa que le ofrecían aquellas lúgubres deidades. Al escudriñar sus rostros, no logró distinguir ninguna expresión; parecían, por la palidez e imperturbabilidad de sus facciones, efigies de cera finamente talladas.
—Algo tengo que ver con todas las almas que aquí han llegado, y con las que aún quedan por llegar… —respondió Hefesto con soberbia.
Hades fijó sus abismales pupilas en la figura maltrecha del herrero, quien se sobrecogió al ser recorrido de pies a cabeza por aquel frío mirar. Por más que quiso adivinar en qué pensaba el señor del inframundo al observarlo, nada logró advertir, y eso le produjo una incómoda sensación de desasosiego.
—¿A qué has venido? —preguntó al fin el oscuro Hades.
—¡Vengo a ofrecerte mis servicios!
Aquellas palabras, pronunciadas con tal firmeza, sustrajeron de su pétrea impavidez a las otras deidades infernales, de modo que Hefesto al fin pudo distinguir un dejo de sorpresa en sus fantasmales rostros.
—¿Tú, servirme a mí? —Hades no comprendía la insólita propuesta.
—Así es… —respondió Hefesto, hinchando el pecho.
—¿De qué forma? —inquirió nuevamente el señor del averno.
—¡Como forjador de panoplias!
—¿Y para qué querría yo un forjador de panoplias? —devolvió Hades con una franqueza que desarmó al dios herrero, quien ya tenía lista, en la punta de la lengua, una elocuente y persuasiva arenga, que elucubró durante su travesía por el Aqueronte.
Entonces todo cambió abrupta e imprevisiblemente para Hefesto. El dios cayó en la cuenta de que había recorrido el inframundo con una convicción que solo tenía sentido y validez en sus enfebrecidas mientes. Se sintió ridículo, expuesto, y lo hería el mirar abúlico, casi despectivo, de aquellas deidades abisales. Hades notó el creciente desasosiego del olímpico y enarcó levemente las cejas; a su señal respondió un espectral sirviente que emergió de entre las sombrías columnas portando una bandeja con ambrosía y néctar para el dios artesano. Hefesto bebió con premura el dulce néctar, que relajó al instante sus tumefactos miembros, e hincó el diente a la generosa ambrosía que avivó su apetito.
Otros sirvientes, a un nuevo gesto del soberano del inframundo, le acercaron un mullido asiento donde lo recostaron para frotarlo con humeantes paños húmedos. Incapaz de resistirse, Hefesto se dejó llevar por aquellas espectrales manos que limpiaron cada miembro de su cuerpo con un cuidado y una delicadeza inauditas para él. En un momento de postrera lucidez, subyugado por la molicie con que lo agasajaban los siervos del averno, que lo ungían con perfumados aceites, Hefesto supuso que Hades lo cebaba para entregarlo al Crónida. Cerró los ojos, respiró profundo y exhaló con resignada placidez, al tiempo que el rostro vivaz de Cástor se dibujaba en su mente.
En su nebulosa remembranza, lo vio trabajando con entrega tras el aire enrarecido del horno en el que recocían las piezas de las panoplias dañadas en batalla. Cástor, concentrado en la delicada maniobra, se secó el sudor de la frente con el antebrazo y levantó el enrojecido rostro; buscó la mirada del dios y le sonrió, con aquella sonrisa amplia, franca y casi infantil en la que no había forma de adivinar el más mínimo rastro del sufrimiento que veladamente lo atormentaba. Luego, apartándose de la frente los negros cabellos, su pupilo volvió a las rigurosas labores de la forja. En el Gimnasio Hefesto había sido feliz, aunque entonces no lo sabía. El dios herrero sonrió con tristeza, presa de una añoranza que no pasó inadvertida para la pareja infernal. Perséfone apretó ligeramente la mano de su esposo y este intervino para rescatar a Hefesto de sus recuerdos.
—¿Por qué me ofreces tus servicios como forjador de panoplias? ¿No era esa la labor que realizabas para Atenea?
—Así era, pero no serviré más a la hija del Crónida… ¡Todas las almas que aquí han llegado son el precio de mi libertad!
—¿Tu libertad?
—Atenea vino en mi busca hace ya mucho tiempo para pedirme que le forjara panoplias. Yo acepté y me encomendó entonces edificar el Gimnasio, donde congregó a los más ilustres héroes de la Hélade para instruir a los jóvenes que habrían de vestir los ropajes divinos. Con ellos conformó su ejército de guerreras y guerreros…
—Lo sé. Aquí vino para llevarse, en contra de mi voluntad y con una astuta artimaña, el alma del veloz Aquiles —interrumpió Hades.
—A Aquiles lo convirtió en Ánax del Gimnasio, y a quienes se hicieron merecedores de una panoplia les encomendó misteriosas misiones, de las que muchos regresaban malheridos y otros ya no volvían. Tan solo regresaban sus armaduras, que yo estaba obligado a reparar…
Hefesto hizo una pausa para respirar. Tras exhalar un hondo suspiro, prosiguió:
—Cierto día llegó a mi taller quien habría de ser mi emancipador: ¡Cástor! Fue mi aprendiz, yo le enseñé el arte de la forja. Fue él quien, en alianza con los dioses de la guerra, devastó el Gimnasio de Atenea. Esa es la razón por la cual tu reino se halla inundado de almas inocentes. ¡Es por Cástor que estoy aquí!
El rostro de Hefesto se ensombreció.
—Sigo sin entender con qué propósito te ofreces a mí como forjador.
—Necesito a un aliado poderoso para liberar a Cástor de las garras de Ares.
Hades, con una sutil inclinación de la cabeza, lo instó a continuar.
—Al destruir el Gimnasio, Cástor me liberó de Atenea; después, para salvar mi morada y proteger a mi esposa, se entregó al servicio de Ares. Se ofreció a él como forjador, ¡pero yo no puedo permitir que ese salvaje se aproveche de las artes de mi pupilo! ¡Y tampoco voy a consentir que Atenea lo capture y lo someta a su juicio! Ahora soy yo quien debe salvarlo. Si tú me ayudas, si tú me proteges de esos dos, ¡yo seré tu forjador!
—Yo no necesito un maestro forjador… —devolvió Hades, extrañado.
Los ojos de los otros dioses infernales parecieron brillar de curiosidad, a la espera de la réplica de Hefesto.
—Tanto Atenea como Ares tendrán su propio ejército de guerreras y guerreros. ¿No deseas acaso tener tú el tuyo? Yo forjaré sus panoplias —insistió Hefesto, angustiado. Ya sabía que su propuesta carecía de sentido, pero no tenía nada más que ofrecer. Se hallaba al borde de la desesperación.
—Solo quienes tienen interés en los asuntos de los mortales necesitan ejércitos. Yo no albergo el menor interés en semejantes vanidades, pues no importa cómo vivan, qué hagan o dejen de hacer: al final todos, sin excepción alguna, terminan aquí.
Hefesto no supo qué contestar. Hizo memoria y, efectivamente, no pudo recordar una sola ocasión en que el rey del inframundo se hubiera involucrado en los asuntos de los mortales para tomar o defender partido alguno.
—¿Cómo puedes permanecer imperturbable ante los horrores que sacuden al mundo? ¿Es que no te conmueve la avalancha de almas que se precipita sobre tu reino? Si yo tuviera palabras para describirte los suplicios de los que fui testigo en el Gimnasio, estoy seguro de que abandonarías ese frío desdén… —vociferó el dios artesano.
—Tú no debes temer a los hijos del Crónida. No me necesitas como aliado, ni a mí ni a nadie; pero no consentiré que te marches de aquí con las manos vacías… —sentenció Hades, cuyas palabras reanimaron el abatido corazón del dios de la forja—. Voy a permitir que te lleves el casco con el que combatí en la Titanomaquia… —añadió el soberano de las sombras, mientras hacía levitar el divino yelmo desde el otro extremo de su oscuro palacio, suspendido sobre una fúlgida bandeja.
Hefesto no podía concebir que Hades le ofreciera aquella primigenia reliquia, que ahora flotaba ante sus incrédulos ojos.
—Este es el yelmo de la invisibilidad, forjado en el fuego de los extintos cíclopes, quienes te precedieron en el dominio de esas artes que hoy son tu condena.
Hefesto contemplaba, extasiado, aquel tosco y vetusto casco. En él creyó vislumbrar el arquetipo primordial de los incontables cascos que él mismo había forjado y esculpido hasta convertirlos en exquisitas obras de arte, capaces tanto de deleitar la vista como de decidir cruentas batallas. Pero aquel yelmo, burdo y elemental, encerraba más poder que cuanto él hubiera creado jamás, incluidas sus extraordinarias panoplias. En las abolladuras de aquella testa metálica se hallaba inscrita una parte viva de la historia antigua del cosmos.
—Tómalo, vete y sácale provecho contra esos dos. Ya tendrás ocasión de devolverlo —concluyó Hades, volviéndose para posar los ojos en su esposa, quien le devolvió una mirada complacida y condescendiente.
Hefesto soltó su hacha y sujetó el casco entre sus manos. Con temor, cual si estuviese a punto de desencadenar una fuerza indómita, levantó la pesada pieza por encima de su cabeza. Confundido, pues la oquedad por la que debía introducir la testa era demasiado ancha, temió que el casco resbalara hasta sus hombros. Trémulo, indeciso, sostenía suspenso sobre su coronilla aquel yelmo que hacía vacilar a sus vigorosos brazos, avezados a los rigores de la forja. El dios creyó desfallecer al sentir sobre su espalda el peso entero de toda una era, remota, incomprensible y aún más brutal que la presente.
Tras respirar hondo, dejó caer sus trémulos brazos; al instante, su visión se nubló en un torbellino vertiginoso, tiñéndose de un tono azulado y cobrizo que fue atenuándose poco a poco hasta alcanzar una nitidez indescriptiblemente definida de las cosas. Sus oídos zumbaron con un silbido agudo y sordo que le taladraba la cabeza, pero la molestia se disipó en cuanto advirtió que las cosas a su alrededor parecían manifestarse a través de aquella sorda vibración. Tanteando con los brazos a un lado y a otro, el dios herrero intentó habituarse a esa nueva dimensión de la realidad que lo envolvía con apabullante claridad.
En cuanto logró domeñar el vértigo, una angustia incontenible se apoderó de él: había llegado el momento de mirarse a sí mismo, de volver los ojos, si aún los conservaba, hacia donde suponía que debía alzarse su propio cuerpo, la carne que lo sostenía en pie. Ajeno a su corporeidad, pero dueño de su voluntad, Hefesto alzó con lentitud la diestra hasta introducirla en el campo visual de sus ojos, que todo lo percibían con inusitada agudeza. Los músculos, las venas, los tendones y los ligamentos de su brazo se tensaron, cruzando el ángulo de su atenta mirada; pero el dios comprendió que la extremidad ya había avanzado demasiado sin que lograra distinguir nada.
Sobrecogido, Hefesto agitaba el brazo ante sus ojos y, aun sin verlo, sabía que allí estaba. Sonrió fascinado, y aquella sonrisa se transformó pronto en una estruendosa y siniestra carcajada que rasgó la habitual solemnidad de aquel lúgubre palacio.
—No tientes a tu suerte, artesano —lo atajó Hades—. Sé cauto y prudente; no desperdicies, en un fogoso arrebato, el inmenso poder que se te acaba de conceder…
Hefesto serenó su ánimo y volvió la mirada hacia el hacha, que parecía llamarlo mediante una extraña resonancia de luz y sonido. Los contornos de la herramienta se dibujaban con una definición asombrosa, como si acentuaran su separación de todo cuanto la rodeaba. Animado por una irresistible curiosidad, extendió la mano hacia aquel fardo de madera y metal. Ignoraba si sus dedos chocarían contra el suelo, pues temía errar la trayectoria del agarre. De pronto, sintió en la palma la textura áspera y astillada del mango, y al instante el hacha se desvaneció ante su vista.
Aquello era formidable: aunque no podía contemplar la herramienta ni la mano que la empuñaba, sentía el peso del hacha perfectamente acoplado a su cuerpo, como si fuese una prolongación natural de su brazo. La blandió en lo alto y, aferrándola con ambas manos, la descargó con violencia, hendiendo el aire en un silbido cortante.
—¿Cómo podré agradecerte esto que has hecho por mí? —exclamó Hefesto, quien no se sentía tan henchido de entusiasmo desde las remotas vísperas de sus fallidas nupcias con Afrodita.
En los pálidos labios de Hades, apenas en la comisura, se dibujó la sombra de una tenue sonrisa. Hefesto dio media vuelta y avanzó con paso firme por donde había venido. Una vez fuera del palacio, contempló los respaldos de los estrados de los tres jueces del inframundo y cruzó entre ellos sin ser visto.
Telémaco observaba desde lo alto de un médano a su querido hermano Belerofonte dirigiendo las arduas labores del campo. Eran días de bonanza y de una paz que al menos Telémaco no conocía, pues no se había experimentado en Ítaca desde los tiempos anteriores a la guerra de Troya. El príncipe disfrutaba la sensación de la brisa marina en el rostro, el aroma a uvas recién desprendidas del sarmiento y el dulce canto de las mujeres que parecían danzar entre los frondosos viñedos, cuando una voz grave a sus espaldas lo arrancó de su ensueño.
—Telémaco de Poseidón…
Hacía años que no escuchaba aquella voz. El príncipe se volvió con la certeza de que los días de paz habían llegado a su fin.
—¡Agertes!
El más digno de los guerreros de Atenea iba cubierto por un sayal sencillo que ocultaba su cuerpo y su rostro. Con parsimonia, como si le pesara, dejó en el suelo el fardo en el que llevaba su panoplia sagrada, apoyó la lanza en la arena y se acomodó el escudo que portaba a la espalda, mientras aspiraba hondo el aire perfumado de Ítaca.
—Cuánto ha cambiado esta tierra…
—¿Qué te trae de vuelta? —preguntó Telémaco, sin ceremonias.
—¿Quién es él?
Parecía que el Ánax no había escuchado la pregunta, pues tenía toda su atención fija en Belerofonte.
—Es mi hermano —respondió Telémaco, cortante—. Ven. Hablemos en otro sitio…
Guió entonces al Ánax hasta la orilla de la playa.
—Debes volver de inmediato al Gimnasio…
—No puedo; mi misión me lo impide.
—Todos los guerreros de Atenea deben regresar.
—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?
—Nos han atacado… —Ambos callaron durante incómodos instantes—. Es una orden inapelable.
—¿Y mi misión?
—¿Qué misión es esa?
—Debo velar por la dicha de mi padre hasta el fin de sus días… —respondió Telémaco, quien al pronunciar aquellas palabras ya no sintió el pesar de antaño, cuando en sus noches de angustia las mascullaba una y otra vez apretando los dientes.
—Eso es lo que te ha encomendado Atenea… —musitó el Ánax, clavando los ojos en la fina arena.
Su semblante, de ordinario severo, se tornó melancólico, pues por primera vez en su infausta existencia sentía envidia. «A mí también me habría gustado acabar mis días plácidamente en esta tierra», pensó, recorriendo con lánguida mirada los montes y collados de Ítaca.
—Han sido tiempos difíciles en Ítaca, Agertes…
Entonces Telémaco pasó a relatar al Ánax sus tribulaciones en el gobierno del reino y sus temores ante las conjuras de los hijos de Eupites, pero también la forma en que todo cambió merced a la iniciativa de su hermano, quien con astucia y templanza había sabido desarticular las amenazas al trono para instaurar al fin la paz.
—¡Heredó el ingenio de Odiseo! —confirmó Agertes, tan asombrado como complacido al escuchar cómo aquel vástago de su antiguo señor había urdido y consumado la caída de sus adversarios.
—¡Hermano! —se escuchó la jubilosa voz de Belerofonte, que se aproximaba a galope sobre su brioso corcel—. ¿Qué haces aquí? —preguntó, desmontando de un salto y dejando entrever un cuerpo delgado y curtido por las arduas labores de la campo.
Ya sobre la arena, el joven inclinó la cabeza con un respetuoso saludo ante el extraño viajero, de quien apenas se adivinaban los ojos bajo la sombra del manto. Era imposible no mirar el voluminoso escudo que el viajante cargaba a la espalda y la soberbia lanza que empuñaba en su diestra. Agertes bajó el escudo, para descansar de él, y lo colocó a sus pies, con lo que Belerofonte pudo distinguir la imagen del mochuelo exquisitamente grabada en su cara convexa.
—He venido a tratar en privado con este hombre, que es un digno emisario de Atenas —respondió Telémaco, procurando dar a sus palabras un acento severo y solemne que obligara a Belerofonte a marcharse; pero obtuvo el efecto contrario.
—¿Ocurre algo malo, hermano? —preguntó Belerofonte, intrigado, con los ojos fijos en el saco que el forastero tenía a sus pies, en el cual distinguió los afilados perfiles de una panoplia.
Al muchacho le resultaba desconcertante que aquel misterioso caminante, que al parecer venía solo y a pie desde tan lejos, permaneciera encubierto bajo un grueso sayo a pesar del inclemente calor del verano. Pero, al advertir que su hermano lo trataba con tanta deferencia, casi con devoción, refrenó su natural curiosidad.
—Nada. Si has concluido la faena, regresa al palacio. Te alcanzaré más tarde…
Esta vez la orden de Telémaco sonó categórica, y Belerofonte, tras dedicar una discreta reverencia al viajero, montó de nuevo su caballo para alejarse por donde había venido.
—¡Es un joven extraordinario! —sonrió el Ánax, incapaz de concebir que tantas virtudes cupieran en aquella estampa menuda, ágil e imberbe—. ¿Qué edad tiene? —preguntó, maravillado.
—¡La suficiente! —atajó Telémaco con sequedad, resuelto a no dar más pormenores sobre Belerofonte al Ánax, su verdadero progenitor.
Ninguno de los dos debía conocer jamás la verdad, pues sobre aquel secreto se había cimentado la paz presente de Ítaca y la serena vejez de Odiseo.
—No puedo partir sin más. He de darle una explicación a mi padre, pues mi súbita ausencia lo mortificaría…
—No has de faltar a tu mandato. Pero me parece que ya nada debe inquietarte aquí, pues tu hermano se ha hecho cargo de todo… —replicó el Ánax, mientras contemplaba al diestro jinete perderse entre los médanos, camino del palacio.
—Hermano, debo partir de inmediato…
El tono grave en la voz de Telémaco parecía anticipar que no estaba dispuesto a responder pregunta alguna. Belerofonte lo miró detenidamente, intentando descifrar algo en la pétrea expresión de su rostro; y, al no descubrir nada, preguntó con timidez:
—¿Adónde? ¿Y qué he de decirle a nuestro padre?
Un incómodo silencio se prolongó durante tortuosos instantes. Telémaco, temeroso de revelar más de lo debido si se atrevía a pronunciar una sola palabra, rehuyó la mirada escrutadora de su hermano y se volvió hacia la ventana, derramando sus ojos entristecidos sobre el vinoso manto de las aguas del mar Jónico.
—¿Etolia? —preguntó Belerofonte, apresurándose a apoyarse en el alféizar para escrutar con insistente curiosidad el horizonte, como si buscase aquello que reclamaba la presencia urgente de su hermano—. No… No es a Etolia adonde te marchas… ¡Atenas! —exclamó el muchacho, girándose bruscamente para encararlo.
Telémaco no pudo soportar aquella mirada inquisitiva y, de un suave empellón, lo apartó de la ventana; se aferró al marco con ambos brazos y asomó la cabeza para aspirar hondo el aire húmedo y salitroso de la isla. Un nuevo silencio, más lastimero que el anterior, se alzó entre los dos como un muro ciclópeo, una muralla infranqueable.
—¿Es a causa de ese hombre que vino a verte, no es cierto? ¿Qué está ocurriendo? ¿Cuándo volverás?
Belerofonte tomó del brazo a su hermano, quien se volvió para quedar frente a él. Telémaco posó las manos sobre sus hombros, se inclinó levemente para mirarlo directo a los ojos y, con voz firme, le dijo:
—Que Zeus bendiga el día en que llegaste a esta casa… Has sido una dicha para nuestra familia y para Ítaca. En tus manos encomiendo el cuidado y la prosperidad del reino de Odiseo. A partir de ahora serás el custodio de la felicidad de nuestros padres y de nuestro pueblo…
Belerofonte se estremeció al escuchar aquel encargo que, en labios de su hermano, sonaba a condena.
Sin mediar más palabras, Telémaco abandonó la estancia y echó a andar. Belerofonte percibió cómo su hermano mayor aceleraba el paso, hasta apurar a la carrera el último tramo del largo corredor que conducía al patio del palacio.
Belerofonte se quedó solo en la habitación, con la vertiginosa sensación de que el techo y las paredes se desplomaban sobre sus hombros, precipitándolo en un insondable abismo de dudas, hasta que el graznido de una gaviota sobre las plácidas olas lo arrancó de su estupor. Atardecía…
Apenas se extinguiera el último destello del sol en la espuma del mar, el joven príncipe tendría que reunirse con Odiseo y Penélope para cenar, como acostumbraban desde su llegada, solo que ahora no serían cuatro, sino tres. Belerofonte arrastró los pasos, pensativo, deseando no llegar jamás, buscando con desesperación las palabras que habría de pronunciar… ¿Cómo explicar a Odiseo la ausencia de su hermano, no ya el primer día, sino una jornada tras otra? Días, semanas, meses o acaso años, pues albergaba el funesto presentimiento de que Telémaco no regresaría a Ítaca jamás.
Macas e hismas
Las macas (<μάχη, mákhē; pl. <μάχαι, mákhai>) y las hismas (<ὑσμίνη, hysmínē; pl. <ὑσμῖναι, hysmînai>) son divinidades primordiales de la guerra. Las primeras nacen del brazo de Deimos, cercenado por Cástor; las segundas, de la herida que Hefesto inflige a Fobos en la cabeza. Son seres monstruosos que encarnan los horrores de la guerra, pero devienen en combatientes antropomorfos al beber de la sangre que el joven herrero les prodiga, abriéndose generosamente las venas. Como no pueden morir, ningún guerrero de Atenea, ni siquiera los basileis sagrados, es rival para estas entidades. La Guerra Olímpica habrá de inclinarse en favor de Ares cuando macas e hismas irrumpan en el campo de batalla.
Estas divinidades son veinte en total. Las macas, hijas de Deimos, son: Adicia, de la injusticia; Algos, de los dolores; Androctasias, de los homicidios; Ate, de la ruina; Disnomia, de la anarquía; Homados, del fragor; Ioke, de la persecución; Manías, de las locuras; Polemos, del conflicto; y Pseudologos, de las mentiras.
Las hismas, hijas de Fobos, son: Horcos, del juramento; Pentos, de la aflicción; Alke, del coraje; Cidoimos, de la confusión; Proioxis, de la embestida; Alala, del grito de guerra; Fonos, del asesinato; Neikea, de la disputa; Anfilogias, de la controversia; y Lisa, de la furia.
Fuentes:
En la Odisea, cuando Homero, en boca de Odiseo, describe el cinturón de Heracles, menciona, como parte de su decoración, escenas de ὑσμῖναι, μάχαι, φόνοι (phónoi) y ἀνδροκτασίαι (androktasíai) (Odisea, XI, v. 612). Esta constituye una de las referencias más antiguas, aunque sumamente breve, a estas manifestaciones de la violencia bélica, presentadas como motivos iconográficos y no todavía como divinidades dotadas de genealogía propia.
Hesíodo desarrolla posteriormente esta enumeración al presentar a Éride, la Discordia, como madre de una prolífica descendencia integrada por personificaciones de los males que afligen a la humanidad. Entre ellas se encuentran las mákhai, los phónoi, las androktasíai, los neíkea (disputas), las amphilogíai (controversias), la dysnomía (ilegalidad), la atē (ruina) y las hysmînai (batallas) (Teogonía, vv. 226–232). Se trata de entidades de origen divino responsables de sembrar entre los mortales la violencia, el conflicto y la desgracia.