—¿Qué es eso que me traes tan cuidadosamente envuelto? —preguntó Hefesto a Atenea al verla traspasar el umbral del taller, mientras dejaba sus herramientas y se limpiaba el sudor con el dorso de su nervuda mano.
—Es el gorgoneion de mi égida, el funesto rostro de Medusa —respondió la diosa, al tiempo que depositaba el peligroso envoltorio en las manos del artesano.
—¿Y qué esperas que haga con él? —inquirió Hefesto, sosteniendo la siniestra reliquia con inocultable repulsión.
—Fúndelo en la fragua y dame máscaras para las guerreras que saldrán del Gimnasio. No quiero simples caretas: te pido piezas capaces de emanar el espanto de la Gorgona —explicó Atenea con determinación.
—¿Acaso también las mujeres se adiestrarán para la lid? —cuestionó Hefesto, contrariado.
—La disciplina del Ánax Aquiles es tan severa que la mayoría de los aspirantes no sobrevive a ella. De seguir así, jamás engendraremos guerreros dignos de tus panoplias. Pedí entonces a Agertes, el Congregador de Huestes, que recorriera nuevamente el mundo para encontrar y traer fieras aspirantes, pues tengo la convicción de que ellas sí podrán cumplir con la instrucción del Gimnasio, por rigurosa que sea.
—Pero ¿habitarán en el Gimnasio, junto con los hombres? —preguntó el Divino Artesano, que no lograba inteligir los elevados designios de Atenea.
—¡Jamás! Mujeres y hombres cohabitarán únicamente en el agón. Si acaso se atrevieran a compartir algo más que la instrucción de los didáscalos, se les someterá a la obligación de elegir entre el exilio o la muerte —proclamó la Hija del Crónida, enfática; y al advertir que el Divino Artesano seguía sin comprender, agregó—: ¡Deberás construir un Gineceo, noble artífice! Edifícame el recinto para las gimnetas que muy pronto nos traerá Agertes.
Y entonces por fin comprendió Hefesto que mujeres y hombres tendrían su propio espacio en el Gimnasio. Y comprendió también que, aunque ahora se cernía sobre el recinto la negra nube de la tentación, no habría tolerancia alguna para la debilidad.
—Te veo dubitativo, Paridor de Prodigios… —deslizó Atenea, sondeando al herrero.
—No me atrevería a cuestionar tu sapiencia, Conductora de Ejércitos… —respondió Hefesto, hundiendo el gorgoneion en la fragua incandescente, para después coger de entre sus repisas escuadra, plomada, cordeles, regla y nivel, que echó dentro de un saco de cuero curtido.
—Aunque el actual orden del mundo y tú mismo se resistan a verlo y aceptarlo, las mujeres están y siempre han estado más habituadas que los hombres a sobrellevar los rigores de la existencia —le dijo ella, mientras lo veía salir del taller con su paso renqueante y su saco a la espalda.
—Si yo dudara de las mujeres, ¿crees que estaría devotamente sirviendo a una? —le respondió el artesano ya afuera de su herrumbroso taller, mirando de un lado a otro, procurando hallar el sitio idóneo para edificar.
—¿No son las amazonas temibles en la guerra? —insistió Atenea, al tiempo que posaba su delicado pie fuera de la herrería.
—¡No necesitas convencerme, Hija del Crónida! Tú tienes la luz, mientras que yo, que te alumbré al mundo, tengo el arte. Se hará como quieres, y ahora mismo comenzaré a levantar tu Gineceo.
—¡Constrúyelo y forja las máscaras, Industrioso Hefesto! Vamos a imprimir a la guerra un nuevo ritmo… Y todo aquel que no esté dispuesto a danzar será convertido en piedra —concluyó Palas, mientras lo contemplaba alejarse en dirección al terreno donde habría de alzarse el Gineceo.
El Divino Artesano, sin dejar de caminar y sin volver la cabeza, alzó su diestra en señal de asentimiento.
Al amanecer del nuevo día, una mujer entraría al sagrado recinto en calidad de gimneta.
Cierto día se acercó al Ánax Aquiles el Sabio Centauro, conduciendo de la mano a una pequeña y discreta figura.
—¿A quién me traes, querido amigo, que de tan apocado pareciera venir contra su voluntad? —inquirió Aquiles.
—¿Apocado? Acércate más, Ánax, para que tus ojos puedan ver bien… —respondió Quirón, tomando por los hombros a la diminuta figura para hacerla avanzar hasta donde Aquiles pudiera apreciarla mejor.
—Dime, Quirón, ¿quién es esta pequeña niña? ¿Por qué está aquí, en sitio tan poco propicio para su corta edad? ¿Y cómo sugieres que castigue a la Esfinge por haberla dejado entrar? —preguntó el Pélida con visible enojo.
—Veloz como eres, severo Ánax, te has apresurado a desacreditar méritos y repartir castigos… —contestó el Sabio Centauro, atrayendo hacia sí a la frágil niña para luego cubrirla con sus gruesos brazos.
—Si esta inocente criatura ha sido engendrada aquí, y si aún viven quienes la trajeron al mundo, te aseguro que hoy será la última vez que sus ojos miren la luz del día. Pero si vino de fuera, entonces habrá que reprender a la Esfinge por haberle permitido el paso o por haberse dejado burlar. Solo tú, Quirón, que la arropas en tus brazos, puedes aclararme qué es lo que realmente ha sucedido… —argumentó Aquiles, cuya molestia crecía por momentos.
—A esta niña nadie la había visto en el Gimnasio, ni en el Gineceo, porque desde el día en que Agertes me la entregó comprendí que, igual que al trigo, había que separarla de la cizaña. Sus virtudes son tantas y tan extraordinarias que no hay nadie, entre quienes actualmente se adiestran en este recinto, capaz de superarla. La he traído hasta ti para pedirte que le otorgues una panoplia divina.
Se hizo un denso silencio entre mentor y pupilo.
—Considero afrentoso que reservaras solamente para ti a esta niña, y más aún que vengas ahora a reclamar para ella una panoplia sagrada. Ya deberías saber, siendo quien eres, que no es solo a través de tu magisterio, sino del de todos los didáscalos, como se puede aspirar a engrosar las huestes de Atenea. ¿Te has vuelto tan viejo como para olvidarlo? Porque si no obraste de este modo llevado por la senilidad, lo hiciste faltando alevosamente a mi autoridad, al prestigio de los otros mentores y a las sagradas leyes del Gimnasio —sentenció Aquiles alzando la voz, lo que hizo estremecer a la pequeña protegida de Quirón.
—Todo cuanto has dicho es cierto y justo, noble Ánax, pero no era en la lección de Perseo, Heracles o Teseo donde esta niña podría haber desarrollado plenamente sus extraordinarias facultades. Cuando el Piadoso Agertes la trajo, yo mismo, como tú lo haces ahora conmigo, lo cuestioné, pues llegó aún más frágil y pequeña. Pero Agertes, al confiármela, me pidió que le procurara una instrucción singular. Receloso, no me fié al principio del potencial que describía; no fue sino tiempo después cuando logré descubrir en ella dones como jamás antes había presenciado. Sospecho, Ánax Aquiles, que esta niña, igual que tú, debe descender de alguna deidad, pues solo así se comprende lo que es capaz de obrar. Y te aseguro, hijo mío, que no será quebrantando espinazos como hará frente al enemigo; pero créeme cuando te digo que, en cuanto ella aparezca en la lid, ya no habrá más contienda… —manifestó el Sabio Centauro, acariciando con sus manazas velludas la delicada cabeza de la niña.
—Aquí estamos para forjar guerreros, no hechiceras. Si esta niña no es capaz de quebrar espinazos, ¿cómo conseguirá conservar íntegro el suyo? Yo mismo he visto a varios de los que aquí se entrenan tronchar de un mordisco huesos más recios que el mayor de los suyos, y no en el combate, sino sentados a la mesa, durante el ariston. Vayamos de inmediato a la palestra para que nos muestre esas extraordinarias habilidades que tanto pregonas. ¿O pretendes que le otorguemos la panoplia divina sin someterla a prueba? —inquirió Aquiles, quien jamás imaginó tener que hablar con tanta dureza a su antiguo mentor.
—Piensa bien lo que vas a hacer, noble Ánax, no vaya a ser que la prueba impuesta a una niña termine siendo condena para un hombre… —advirtió el Sabio Centauro con honda pesadumbre.
—¡Basta! Ninguna panoplia sagrada se concederá jamás en un torneo de palabras. Por ello, no hablaremos más hasta el desenlace de este trance. Que a nuestro silencio, ilustre Quirón, se oponga la elocuencia de su insospechado poder; a los dioses la encomiendo, y a la propia Atenea, pues no alcanzo a vislumbrar el espectáculo que nos aguarda… —zanjó el Pélida, colérico.
—Sea como dispones, justo Ánax —aceptó Quirón, guiando él mismo a la frágil niña hasta el centro de la arena, mientras Aquiles ordenaba que gimnetas y didáscalos se congregaran de inmediato, colmando las gradas encendidas por los inclementes rayos del omnisciente Helios.
—¡Atenea, de entre todas las divinidades olímpicas la más justa, yo, Aquiles, tu devoto servidor, te invoco! —exclamó el veloz Ánax, extendiendo los brazos hacia el cielo, de pie en el centro de la palestra—. Quirón me ha presentado a una aspirante y demanda que se la invista con el sagrado ropaje de basilissa. ¡Asístenos, sabia diosa, para que seas tú quien pronuncie el infalible juicio! —continuó Aquiles, mientras de lo alto descendía con lentitud una densa columna de luz blanca—. ¡Didáscalos y gimnetas, el día se ha cumplido! Hoy por fin tendrá lugar nuestra primera contienda de investidura. Casi nadie queda de la primera generación de aspirantes que Agertes, el Congregador de Huestes, nos trajo; y nuevos contingentes fueron llegando con el paso del tiempo, incluidas las mujeres, a quienes con irreprochable valentía he visto ofrendar la vida en nuestra dura disciplina. A muchas de nuestras gimnetas las he visto superar con creces mis expectativas y las de los didáscalos; pero, hasta ahora, nadie ha sido capaz de egresar del Gimnasio, pues nadie puede cruzar este umbral si no es vistiendo una panoplia sagrada forjada por Hefesto —proclamó Aquiles, a quien atentos y expectantes escuchaban desde el graderío. La emoción era unánime, pues todos sabían que al fin iba a ser entregada la primera panoplia divina.
—De modo que ha llegado el día… —dijo una voz potente y a la vez cálida que inundó la arena, mientras la columna de luz tomaba cuerpo a un costado del Ánax Aquiles. Era la propia Atenea, que ya se manifestaba en el recinto.
—Así es, venerable diosa; hoy será el primero de los días que me acerquen al retorno hacia el mundo de los muertos. Y no es que anhele el reposo eterno, sino que inmenso es mi deseo de nutrir tu hueste sagrada. No ha habido una sola jornada en esta nueva vida mía, desde que me ungiste como Ánax, en que mi corazón no se debata entre la imperiosa necesidad de cumplir mi cometido y la zozobra de ignorar cuándo resolverá un dios adverso desencadenar las cruentas guerras que tú y tu ejército habrán de librar… —exclamó el Pélida, señalando con un amplio ademán hacia los gimnetas congregados en las gradas.
—Abnegado Aquiles, te escucho y me convenzo de que obré con justicia al enemistarme con Hades para devolverte el aliento y encomendarte esta rigurosa tarea. Y si fuera el mismísimo Rey del Inframundo quien mañana decidiera sernos hostil, como día a día recelas de él o de cualquier otro enemigo, sé que incluso mis gimnetas combatirán ferozmente para defender nuestra causa, aunque no ostenten una panoplia sagrada. No tengo reproche alguno contra ti, Ánax Aquiles, ni contra los didáscalos y aspirantes del Gimnasio —respondió la de Glaucos Ojos, posando una cálida mirada por todo el graderío.
—Quirón, quien me crió como a un hijo, y no solo a mí, sino también a Heracles y a tantos otros, ha venido a reclamarme una panoplia divina para esa niña que se agazapa entre sus brazos. Nadie más que él conoce a la chiquilla y solo él le ha dado instrucción, con lo cual han quedado burladas la disciplina de los otros didáscalos, mi autoridad como Ánax y las sagradas leyes del Gimnasio. Con todo, pese a haber obrado al margen de lo permitido, hoy viene Quirón y me pide una panoplia para su pupila, que no conoce el Gineceo. ¿No es justo, sabia diosa, que al menos se someta a esta niña a la prueba de investidura? Porque de no ser así, ya podrías designar a Quirón como Ánax y a mí devolverme a la barcaza de Caronte —reclamó Aquiles, cuya cólera causó estupor entre didáscalos y aspirantes.
—No apruebo la conducta de Quirón al reservarse la educación de esta niña, pero tampoco dudo de su criterio y sabiduría. La prueba se llevará a cabo, como lo exigen las normas del Gimnasio, y se hará en los términos que tú decidas, Ánax Aquiles, para compensar la falta del centauro. Que todos sepan en este recinto que no existe mayor autoridad que la tuya —respondió Atenea, lanzando con el rabillo del ojo una sutil mirada a Quirón para asegurarle que no debía temer la furia del Pélida.
—¡Sea entonces! —exclamó el Ánax, apretando los puños—. ¡Heracles, convoca a tu más destacado pupilo! Decide escrupulosamente, porque al mandarlo a la palestra, será como si enviaras a tu hijo a combatir con la hija del que eres hijo. Duro es ser padre, sin duda, pero hay circunstancias como esta en la que más duro es ser hijo… —ordenó Aquiles, en cuya voz se apreciaba que la insubordinación de Quirón le había herido profundamente.
—¿Por qué no me pides a mí contendiente, justo Ánax? ¿Acaso juzgas que mi disciplina desmerece frente a la de los otros mentores? —inquirió Perseo, quien no atinaba a comprender por qué razón quedaba excluido del certamen. Mientras tanto Teseo, que bien pudo haber expresado un reclamo semejante, prefirió guardar silencio tras cruzar una sutil mirada de complicidad con la diosa.
—Mejor será, osado Perseo, que no arriesgues en esta desdichada contienda. Como todos saben, a Heracles y a mí nos crió Quirón en nuestra lejana infancia. Pero parece que el viejo centauro no quedó complacido con la educación que nos dio. Tanto, que por eso prefirió reservarse para él la instrucción de esa niña. Así, no soy yo quien desconfía de la lección que impartes, Perseo, sino Quirón quien desconfía de la instrucción que impartimos Heracles, Teseo y yo. Y puesto que tú nada le debes al centauro, ni tampoco él a ti, justo será que esta contienda se resuelva entre deudores. Ya veremos si Quirón se guardó algo al educarnos, y si ese algo se lo ha instruido a esta niña… —vociferó Aquiles, cuya flamígera mirada recorría la arena de cabo a rabo, procurando no obstante eludir los serenos y resignados ojos del centauro.
—Yo nada le debo a Quirón, pero él a mí sí, por haber dudado de mi lección. Incluso sin haberme criado como lo hizo contigo y con Heracles, considero que el centauro debería tributar una mínima consideración a mis innegables hazañas. Pero no pienso reclamar esa deuda, pues no deseo entrometerme en querellas de familia y mucho menos contravenir tu inapelable voluntad, digno Ánax. Por ello, aunque el padre me debe, me consideraré pagado si éste salda la deuda con el hijo… —sentenció el Exterminador de la Gorgona, apartándose de la disputa por la sagrada armadura.
Aquiles volvió los ojos, encendidos en ira, hacia el discreto Teseo, quien, con los brazos cruzados, no mostró intención de exponer a sus gimnetas al certamen.
—Te has expresado con honor y elocuencia, bisabuelo… —reconoció Heracles, luego de soportar largos instantes el silencio del héroe ateniense y haciendo un visible esfuerzo por contener su indignación—. ¡Ánax, hace mucho que espero este día y mi elección la tengo ya hecha! Mandaré a la palestra al mejor de mis pupilos, a quien todos en el Gimnasio conocen, incluido Quirón, quien también le ha impartido generosa lección. Yo, como el centauro a su misteriosa protegida, considero a mi pupilo digno de vestir una panoplia divina, y ya hace tiempo que venía valorando demandar que lo sometieras a prueba. Quirón solo ha acelerado lo que ya era inevitable —expresó el Portador de la Maza, apuntando con firmeza su musculoso brazo hacia un sitio eclipsado de las gradas, desde donde un joven alto y atlético descendió a la arena con paso orgulloso y altivo, arrastrando los murmullos y la admiración de quienes poblaban las gradas.
Heracles se regodeó en aquella algarabía que le trajo a la memoria la remota ocasión en que, sin él saberlo, combatió contra su propio padre en la prueba del pugilato, lid en la que los jueces olímpicos declararon un empate al no haber un vencedor indiscutible. Aun así, el tebano se sintió asaeteado por la conmiserada mirada de Quirón, que lo observaba a la distancia, y aquello bastó para hacerle perder los estribos:
—¡Digno Ánax, al mejor de mis pupilos me pides y al mejor de ellos voy a darte, pero solo porque compruebo que Atenea nos asiste! Ya en el pasado, obnubilado por oscuros designios, presencié cómo el fuerte aniquilaba al débil, pues yo mismo era el fuerte y mis hijos los débiles. No existe, te lo aseguro, culpa más atroz sobre la tierra. De modo que, si algo semejante ha de repetirse hoy, confío en que será bajo el amparo de la diosa, quien consiente que se batan en la palestra padre e hijo en desigual batalla, sin que ninguno de ustedes deba apurar la amarga hiel de dejar de ser padre dando muerte a los propios hijos… —bramó el Alcida, arrojando una mirada cargada de lástima a la pupila de Quirón.
—¡Atenea, didáscalos, gimnetas, estos dos contendientes lucharán entre sí y quien sobreviva será investido con la panoplia sagrada! —rugió Aquiles, provocando un enorme clamor en el graderío, que estalló en alaridos ante esa proclama, porque al fin tendría cumplimiento la aspiración compartida por quienes vivían y habían muerto en el Gimnasio bajo una implacable y cruenta disciplina. Aquella investidura, ahora ya ineludible, devolvió a todos la esperanza.
Aquel inusitado tumulto llamó la atención del Artesano Olímpico, quien se hallaba en su taller, concentrado en dar forma sobre la fragua incandescente a una pieza de metal. Picado por la curiosidad, encaminó sus pisadas renqueantes hacia la palestra para constatar por sus propios ojos que, lo que causaba tamaña agitación, era el certamen para asignar la primera panoplia sagrada modelada por sus manos.
—Antes de dar inicio a la contienda, Ánax Aquiles, me gustaría escuchar qué tiene que decir Quirón de su pupila; aunque bastante más elocuente que cualquier discurso es el hecho mismo de solicitar para ella una panoplia divina… —inquirió la diosa, dirigiendo sus glaucos ojos hacia el Sabio Centauro y la niña.
—No quisiera exacerbar la cólera del Ánax, quien me ha exigido guardar silencio hasta el desenlace de esta prueba; pero tampoco me atrevería a desatender tus deseos, justa diosa… —contestó el preceptor, cuya voz grave y tono sosegado suscitaron irritación en sus antiguos pupilos: el fornido Heracles y el colérico Pélida—. Aunque siento admiración y respeto por quienes colman las gradas, estoy convencido de que no hay actualmente, en todo el Gimnasio, nadie capaz de manifestar tanto poder como esta niña…
Una ola de indignados murmullos recorrió el graderío; Quirón agachó la mirada y esperó a que el barullo se disipara por la palestra antes de proseguir:
—Las habilidades de esta niña son diferentes a las de ese imberbe muchacho con quien desea hacerla combatir el Ánax —señaló el Sabio Centauro, girándose hacia al orgulloso gimneta, a quien también había impartido instrucción—. Eres un extraordinario combatiente, hijo mío, pero no tienes ninguna oportunidad contra ella… —concluyó con voz apagada, como si ya lamentara lo que estaba por ocurrir.
—¡Me cuesta sufrir tamaña presunción en quien mis ojos siempre contemplaron con veneración! —masculló el Ánax, cuya mirada de desprecio se clavó en la insólita pareja que formaban el centauro y su protegida—. ¿De dónde, maestro Quirón, sacaste a esta niña para proclamar que supera a estos dignos aspirantes? —lo increpó, fuera de sí, sofocando el recelo del graderío.
—Seré yo quien a ello responda, si mi diosa lo permite… —exclamó Agertes, quien se apareció veloz y ligero cortando el aire, dejando tras de sí una estela dorada, para ocupar un sitio a un costado de Quirón y su pupila.
—Oportuno y Piadoso Agertes, solo tú nos faltabas para dar inicio a nuestra primera contienda de investidura. Explícanos de dónde has traído a esta niña… —ordenó la Hija del Crónida, cediendo la palabra a su Guerrero Crisoelefantino.
—La encontré en las faldas del monte Ida, en Creta, manifestando insólitas cualidades, y supuse que bien tutelada podría desempeñar en la guerra un papel decisivo. Nunca antes y tampoco después me he encontrado con alguien que poseyera semejantes talentos. Si aqueos o troyanos hubiéramos contado en nuestras filas con alguien como ella, la guerra no se habría prolongado por tantos años y muchas muertes se habrían evitado —proclamó el Congregador de Huestes con firmeza, encendiendo aún más los crispados ánimos de Aquiles.
—¡Mide el peso de tus palabras, basileus, pues no consentiré que se juzgue con ligereza la contienda que me costó la vida! —exclamó Aquiles, apuntando a Agertes con su lanza.
—A mí también me gustan las historias fantásticas y maravillosas, porque yo mismo he sido el celebrado protagonista en muchas de ellas! —intervino Heracles, con sonoras risotadas, para relajar la situación que se había vuelto demasiado tensa—. Pero esta vez creo que la sombra le ha aventajado los pasos al cuerpo. Si vamos a entonar épicos poemas a un héroe o heroína, que sea solo hasta que las hazañas se hayan consumado. Esa al menos, había sido hasta ahora la manera tradicional de cantar las epopeyas. A menos, claro, que el basileus Agertes, favorito de nuestra diosa, tenga también su permiso para reinventar la lírica —finalizó Heracles, arrancando jubilosas carcajadas entre gimnetas, pero también entre Teseo y Perseo, quienes se sonrieron con disimulo.
—No nací para aedo, elocuente Heracles, pero entiendo el arte de la guerra. A fin de cuentas, he sido yo quien ha reclutado a todos estos combatientes. Antes que tú, fui yo quien advirtió las virtudes que cultivaste en ese muchacho a quien llamas a combatir —replicó el Piadoso Agertes, a quien incomodó la mofa del tebano.
—No hagamos hablar más a Agertes. Qué tal que, además de ser versado en las artes de la guerra, también resulta entendido en el arte de la profecía. ¿Acaso ustedes desean que nos revele anticipadamente el desenlace de este certamen? —terció el Vencedor de Creta, quien lo mismo que Heracles, deseaba dar inicio al combate cuanto antes.
—¡Ya es tiempo de abandonar la arena! Ubiquémonos allá, en el palco de nuestra diosa, y desde ahí observemos cómo es que cada uno de estos agonistas ejecuta sus artes —dispuso el Pélida, siguiendo con reverencia el paso de Atenea, escoltado por los didáscalos.
—Al primero que alcance la base de este palco le será otorgada la panoplia divina. La sola condición será que a sus espaldas no quede rival en pie —sentenció Aquiles antes de ocupar su asiento a la diestra de la diosa.
Quirón permaneció en segundo plano, tras los otros mentores, guarecido tras un pilar para sustraerse a lo que estaba por acaecer.
—Ven, quebraré tu cuello para que perezcas sin padecimiento… —dijo el pupilo de Heracles, extendiendo las manos hacia la pequeña mientras la contemplaba con manifiesta lástima—. ¿No avanzas? Iré entonces por ti… —murmuró, dando un paso al frente; pero no pudo ni siquiera tocarla.
La pupila de Quirón lo repelió violentamente con una enorme fuerza que se desprendió de su cuerpo sin que en ello se moviera uno solo de sus cabellos. Todos en la arena enmudecieron ante aquel extraño fenómeno. El pupilo de Heracles yacía contra el muro del graderío con espantosas quemaduras crepitantes que carcomían la piel de su rostro, brazos y torso. Entonces, ante los ojos incrédulos del Ánax, didáscalos y gimnetas, una esfera de energía que emergió de la niña envolvió su pequeño cuerpo; la esfera comenzó a crecer rápidamente en luminosidad y volumen de forma que todos en las gradas podían percibir su fuerza, así como se siente el empuje del viento que anuncia la tempestad.
Aturdido y mortalmente herido, el pupilo de Heracles se puso en pie. Buscó, a través de la rendija humeante del único ojo que le quedaba, a su contrincante. Ahí estaba ella, en el centro de la palestra, dentro de una esfera luminosa que comenzaba lentamente a levantarse del piso. El muchacho, que respiraba con mucha dificultad, apretándose las costillas con su diestra temblorosa, parecía no comprender nada de lo que estaba sucediendo. Él mismo se sentía como si hubiera sido arrojado de golpe al interior de una ominosa pesadilla. La esfera de energía, cada vez más grande y luminosa, flotaba sobre la arena a una altura superior a la del más alto de los gimnetas y ya no era posible distinguir la silueta de la niña en su interior. Reuniendo sus últimas fuerzas, el pupilo del Alcida lanzó un bramido desgarrador y, en desesperado lance, se abalanzó a toda velocidad contra aquel orbe temible.
—¡No te acerques a ella! —gritó Heracles, impotente ante el impulso ciego con que el joven se precipitaba hacia la esfera.
En cuanto el osado aspirante tocó el contorno de la esfera con su puño, ésta se expandió en un estallido tan cegador como ensordecedor. Una vez que la luz de la explosión se disipó, los presentes comprobaron que la esfera había aumentado considerablemente su tamaño. Cada vez más inestable y sin dejar de crecer, la esfera comenzó a resquebrajar con sus intensas vibraciones el sólido mármol del graderío, de los muros y de las altas columnas del Gimnasio. Hefesto, fascinado, contemplaba aquel suceso extraordinario con la mano puesta sobre un pilar, a través del cual podía percibir el inconmensurable poder que emanaba de la esfera. Aterrorizados, algunos gimnetas comenzaron a tirarle objetos, pero todos eran convertidos en polvo al apenas rozar la flamígera membrana de luz. El Gimnasio entero era sacudido desde sus cimientos por aquella fuerza que tronaba como el rayo del padre Zeus.
—¡Haz que se detenga! —bramó el Pélida al Sabio Centauro, quien había abandonado las sombras para asomarse al balcón, absorto ante el nacimiento de aquella estrella terrible.
Heracles, impetuoso por naturaleza, arrebató una lanza de las que ornaban el palco divino y, de un ágil salto, descendió a la arena. Ya se disponía a acometer el orbe luminiscente cuando lo contuvo la rotunda e imperiosa voz de la Hija del Crónida:
—¡Basta! ¡No necesitamos más demostraciones! ¡Apágate y desciende!
La esfera, súbitamente, comenzó a perder altura, atenuando también su luminosidad y volumen. Los pilares y paredes del Gimnasio dejaron de crujir y en el centro de la arena quedó la niña, con la cabellera hecha jirones y en actitud confundida, como los pequeños que se descubren solos y perdidos en un el ágora populosa. Todos la miraban perplejos y murmuraban entre sí sus inauditas impresiones de lo ocurrido. En el palco, el mutismo de Teseo y Perseo daba fiel testimonio de su absoluta consternación. Apostado tras el pilar desde el que había presenciado la lid, el Divino Artesano se preguntaba si aquella doncella no guardaría linaje con los inmortales, pues de ningún otro modo alcanzaba a comprender la naturaleza de tal portento.
—¿Qué, por la Estigia, es lo que acaba de ocurrir? —preguntó Aquiles, mirando alternativamente al Sabio Centauro, que recién comenzaba a salir de su trance y al basileus Crisoelefantino, el único que no estaba sorprendido por el siniestro espectáculo.
—Esta es apenas una tímida y domesticada muestra de lo que observé, justo Ánax, cuando descubrí a la niña. Por eso decidí traerla al Gimnasio y compruebo con alegría que la instrucción de Quirón le ha permitido no solo dominarse, sino también responder solícitamente a la voz de mando de nuestra señora Atenea —concluyó el Piadoso Agertes, asomándose al borde del palco para contemplar con mayor atención a la prodigiosa aspirante.
La explicación de Agertes dejó sin palabras al Pélida, hasta que una serie de desordenados aspavientos en la palestra atrajo la mirada de todos.
—¿Qué haces, Heracles, correteando de un lado a otro? —preguntó Aquiles, irritado por la agitación del forzudo héroe y sin lograr desembarazarse completamente de su asombro.
—¡No ha quedado nada de mi pupilo! ¡Ni un solo hueso que pudiera recoger para tributarle las debidas exequias! Yo mismo, que una vez asaeté a Helios con mis flechas, debí apartar la mirada cuando esta niña estalló; pero hela aquí, con sus ropas íntegras, mientras que de mi muchacho no restan ni las cenizas… —bramó el Alcida, apostado junto a la aspirante, que lo contemplaba con muda admiración, demorando la vista en la poderosa traza de sus músculos.
—¡Niña, despierta ya de tu ensueño y acércate! Dime, ¿cuál es tu nombre? —la regia voz de la Hija del Crónida impuso un silencio absoluto en el recinto. Hefesto, desde su rincón, aguzó el oído.
—Amaltea es mi nombre… —contestó la niña, con una voz tan delicada y sutil que apenas alcanzaba a escucharse, luego de arrastrar sus diminutas pisadas hasta la base del palco e inclinar la cabeza en una respetuosa genuflexión.
—¿Qué fue lo que te vio hacer el Congregador de Huestes, para resolver traerte al Gimnasio? —preguntó Atenea, y la multitud en el graderío se inclinó hacia la arena para escucharla.
—Al pie del Ida se encuentra Zominthos, el poblado en que nací. Ahí, mi diosa, las mujeres somos entregadas a un hombre para servirlo apenas nos llega la primera sangre. Nuestras vidas son cortas y penosas y cuando la enfermedad u otro mal nos impide cumplir con los deseos de nuestro amo, se nos da muerte. Tampoco podemos sobrevivirle a nuestro señor, pues cuando éste muere, tenemos que tirarnos a la pira donde incineran sus restos para volvernos cenizas junto con él. A mí me sobrevino la sangre muy pronto, pero rehusé ser conducida a la morada de un amo, de modo que escapé. El señor al que me iban a entregar debió haberme repudiado, porque a los pocos días los demás hombres de la aldea comenzaron a cazarme. Cuando la sed, el hambre y el cansancio me dejaron sin fuerzas, busqué refugio en la cueva Ida, atraída por una pálida luz que emanaba de su interior. No encontré fuego ni gente en su interior, solamente una reconfortante calidez que me arropó. Ahí me encontraron, agazapada, vencida, y me sacaron tirándome de los cabellos. No sé cuántos hombres eran, pero todos me pegaron, me gritaron, me escupieron, desgarraron mis ropas y ataron mis brazos y piernas a los árboles. Cuando el primero de ellos se aventó sobre mí con la intención de herirme con su horrible lanza, yo grité y entonces me salió del pecho la luz… Al abrir los ojos vi que las cuerdas con las que me habían atado se habían consumido y que las ramas de los árboles ardían como si les hubiera caído un rayo… Me levanté y vi que los otros hombres también ardían como muñecos de paja arrojados a la hoguera… Me acerqué a ellos y pude ver sus ojos derretirse y escurrirse de sus cavidades… Vi sus mandíbulas desprenderse del cráneo y caer desperdigando los dientes carbonizados… Vi su piel crepitar y burbujear como agua hirviendo… El olor insoportable de su carne quemada y sus cabellos chamuscados me envolvió, me desvanecí, y cuando recobré el conocimiento me encontraba en los brazos de Agertes, arropada en su manto… —refirió la pequeña aspirante, cuya tremenda historia tenía a todos suspensos en la arena y en el palco.
—De niña, entonces, solo tienes la estampa… —advirtió Atenea, alzando la voz para hacerse oír por el Ánax y los didáscalos—. Compruebo que eres joven y delicada, mas también mujer y poderosa. Ello me complace y me llena de orgullo. Dime ahora: ¿por qué anhelas vestir una panoplia sagrada?
Hefesto sonrió al notar que Atenea se ufanaba de conceder la primera panoplia dorada a una mujer, salvo que las palabras de la joven truncaran su regocijo. Movido por la curiosidad, el Divino Artesano abandonó la sombra y avanzó hacia la arena con sus pasos renqueantes, mientras los gimnetas le abrían paso entre reverencias.
—El basileus Agertes me preguntó si deseaba instruirme para ceñir una panoplia sagrada. Ignoraba yo qué entrañaba tal don o qué propósito guardaba. Él me explicó que las armas sirven para amparar al débil frente al poderoso. Asentí entonces para proteger a mi madre y a mis hermanas, pues nadie existe más desvalido que mi madre y mis hermanas… —respondió Amaltea, alzando apenas la frente para mirar de reojo hacia el palco.
—¿Pretendes entonces las armas para regresar a Creta y redimir a las mujeres de la servidumbre? —replicó la de Glaucos Ojos con escepticismo.
—A cuantas niñas y mujeres sean forzadas al yugo de hombres más fuertes o numerosos… —declaró la Pupila de Quirón, clavando esta vez la mirada sin vacilar en el estrado.
—¿Y qué te induce a creer que una panoplia te otorga la potestad para tal empresa? —devolvió Atenea, pendiente de su réplica.
—Cuando Quirón me enseñó a controlar mi poder no quise otra cosa más que volver y exterminar a todos los hombres de mi tierra. Con el paso del tiempo, bajo la guía de mi mentor, conseguí reconocer la diferencia entre venganza y justicia. Ahora sé que, quien te sirve, solo puede combatir por causas justas. Y no concibo nada más lejos de la justicia que la venganza…
Los murmullos de las gimnetas en las gradas comenzaron a extenderse, discretos, como el agua sobre una superficie ramificada.
—Pero tal pareciera, por lo que dices, que aborreces la servidumbre… —inquirió la diosa.
—No podría, mi señora, aborrecer servirte. Pero no podría, tampoco, servir a un hombre que me considera de su propiedad. Y que incluso, al morir, me da la muerte para que le siga sirviendo en el inframundo…
—¿Has escuchado, Divino Artesano? —preguntó Atenea a un Hefesto que ya surcaba la arena con sus pies contrahechos—. ¡Por esta razón abrimos el Gimnasio a las mujeres! Te lo advertí cuando te ordené fundir mi égida para forjar las máscaras, y lo sostengo ahora. Este mundo, regido por mi padre, no fue dispuesto para nosotras. A las mujeres se les aplasta desde el nacimiento hasta la tumba y se les prodiga un trato más denigrante que a los animales. ¿No es cierto que aqueos y troyanos se disputaron la propiedad de Helena? ¿No fue Megara cedida como si fuera una res? ¿No fue Medea usada y después abandonada? ¿No fue entregada Andrómeda como un trofeo?
Las gimnetas en las gradas mudaron los murmullos en vivas exclamaciones de asentimiento. Todas, sin vacilar, se reconocían en aquellas palabras. Los varones, desconcertados, guardaban silencio, especialmente los didáscalos de la estirpe de Zeus.
—¿Y no quiso también, a ti, mi diosa, atropellarte el forjador de las divinas panoplias? —hilvanó Amaltea con voz clara y potente; una voz que nadie en la palestra habría creído posible, helando los torcidos miembros de Hefesto, quien no podía concebir que aquella muchacha se atreviera a equiparar los asuntos de los mortales con los de los eternos.
El estupor en la arena fue absoluto. Cuantos se habían inclinado para percibir el hilo de voz de Amaltea retrocedieron en sus asientos con la vista desorbitada, perplejos ante el atrevimiento de aquella niña que increpaba al dios apostado a su lado: el mismísimo hacedor de la armadura en disputa.
Pero Hefesto no se sintió ofendido, ya que la niña no estaba diciendo algo que fuera falso, y porque él mismo, avergonzado de aquella lejana y afrentosa acción, intentaba redimirse ahora sirviendo a Atenea como forjador. El Divino Artesano estaba más bien sorprendido de que aquella niña, tan discreta y apocada, hubiera tenido el valor de señalarlo frente a todo mundo. Atenea misma, en su trono, se tomó todavía algunos instantes antes de incorporarse para caminar hasta la orilla del palco y reclamar la atención de didáscalos y gimnetas, extendiendo los brazos.
—¡Bien te ha enseñado Quirón y mejor aún has aprendido, valiente Amaltea! Has hablado con elocuencia y justicia revelando verdades que, hasta hoy, habían permanecido veladas, pero que no pueden ocultarse más… —exclamó Atenea, con un tono de sutil ironía dirigido al Ánax, a los didáscalos y al propio Hefesto—. Ahora entiendo que tu instrucción corriera a cargo exclusivamente del Sabio Centauro. Y por ello, me es preciso preguntar —la hija del Crónida se volvió entonces hacia Pélida, parado a su diestra: —¿te sigue pareciendo afrentoso, veloz Aquiles, que se les haya marginado a ti y a los otros mentores de la educación de esta gimneta?
—No, mi señora...— Respondió el Ánax, con parquedad.
Las gimnetas prorrumpieron en clamores de júbilo en las gradas.
—¿Y a ustedes, ilustres didáscalos? —inquirió la diosa.
Heracles, Teseo y Perseo negaron con la cabeza en un gesto unánime. La Hija del Crónida asintió complacida y encaró al preceptor:
—¡Ahora escúchame, sabio y venerable Quirón! Tú no educas, sino que amas. A ti te resulta imposible compartir tus saberes sin en ello ofrendar al mismo tiempo una parte de tu cálido ser. Cuida sin embargo, mentor de mentores, que en tu afán de cultivar las almas, las mentes y los cuerpos, no vayas a sembrar y procurar amorosamente una semilla que te dé malos frutos. Que tu devoción, querido Quirón, no vaya a ser a la vez tu perdición… —amonestó Atenea al Sabio Centauro, quien escuchó en silencio aquellas misteriosas palabras que se introdujeron en lo más profundo de su corazón tomando la forma de un pétreo y nefasto augurio—. ¡Procede ahora, Ánax Aquiles, al reconocimiento de la guerrera que hoy será investida con un ropaje sagrado!
Aquiles descendió del palco a la arena para situarse frente a Amaltea.
—Pese a tu menuda presencia y frágil talle, al contemplar tus facciones advierto que eres tan hermosa o más que la propia Helena, por cuya causa perecimos tantos combatientes disputando su posesión… Al fin comprendo al basileus Agertes cuando afirmó que, de haber contado con alguien como tú en nuestras filas, la lid de Troya se habría resuelto sin la espantosa matanza de aqueos y troyanos… —susurró el Pélida, conmovido ante la verdad que irradiaban los ojos cándidos de la joven—. ¡Soberana diosa! ¡Ruego con reverencia que concedas a esta gimneta, en mérito a su virtud, la panoplia divina! —exclamó con fervor el Ánax, secundado por los vítores atronadores de las gradas, compartidos esta vez por todos los presentes.
—A esta aspirante que vino al Gimnasio clamando venganza, Quirón la transformó en una guerrera que busca justicia. Habiendo demostrado poseer un extraordinario poder, pero también juicio y nobles intenciones, se ha hecho digna merecedora de la panoplia sagrada de Zeus… —sentenció Atenea, orgullosa de su decisión de haber permitido el ingreso de mujeres al gimnasio—. ¡Hefesto, ya que estás en la arena, trae hasta nosotros el divino ropaje!
Con un seco ademán de su diestra, el Hábil Artista señaló hacia el pie de las gradas, donde la armadura celeste aguardaba erguida frente a la columna consagrada al Crónida; al instante, la panoplia divina de cobalto y oro levitó ingrávida sobre la arena para posarse con un sordo tintineo en el centro de la palestra. Amaltea, al advertir el prodigio, se hincó de rodillas ante el Ánax.
—¡Aquiles, consagra a Amaltea a mi servicio! —ordenó la diosa, y el héroe asintió con fervor—. ¡Yo te proclamo Amaltea de Zeus, Primera Basilissa de mi hueste! —decretó la Hija del Crónida, mientras Aquiles alzaba las piezas para depositarlas en los delicados brazos de la doncella, que nadie habría creído capaces de soportar semejante peso.
—¡Mi vida te pertenece, mi señora! —respondió Amaltea, ya con la panoplia en su poder.
—Y ahora escúchame atenta, Amaltea de Zeus, porque voy a asignarte una misión. —exclamó la diosa, con voz grave y solemne, acallando las muestras de algarabía de las gimnetas, que no podían creer que una de ellas fuera la primera en ser investida—. Al salir de aquí tomaremos caminos distintos. Yo iré de vuelta al Olimpo y tú regresarás a Creta. Vas a liberar a toda madre o hermana que sea víctima de injusto sometimiento. ¡Tú serás, de ahora en adelante, mi brazo justiciero y liberador! —ordenó Atenea, quien, sin que nadie la viera descender del palco, ya se encontraba de frente a la basilissa sagrada.
Entonces el cielo, que por la época estaba claro y límpido, se ensombreció de repente. Negras nubes se arremolinaron sobre la arena, amenazando tormenta, y un águila señorial sobrevoló el Gimnasio. Y todos interpretaron que, con aquellas insólitas señales, Zeus daba su consentimiento a la investidura de Amaltea. Todos, menos Atenea, que intercambió miradas retadoras con la magnífica ave. Así es, mientras surcaba el cielo sobre el Gimnasio, el águila posó sus ojos penetrantes y escrutadores sobre Palas, como si tratara de enfocar a su presa. Pero la señora del Gimnasio se sostuvo.
«¿Así que vas a entregarle la panoplia consagrada a mi culto a una virgen?», escuchó Atenea la voz tronante del Crónida directo en sus mientes.
«Habituado como estás, Padre de Dioses y Hombres, a despojar por la fuerza a las vírgenes de su pureza, supongo que mi designio contraría tu voluntad», replicó la diosa al ave, que planeaba sobre la arena con las alas desplegadas.
«Me sorprende que le otorgues mis armas a alguien que aborrece el contacto con los hombres.», insistió Zeus.
«¿Acaso también a ella pretendías someterla a tu deseo?»
«¿Y si así fuera?»
«¡Perecería! ¿Es que, con tal de saciar tu lascivia, serías capaz, como Poseidón con mi sacerdotisa Medusa, de mancillar su castidad y condenarla al mismo tiempo?»
«¡No cometeré tal ultraje! Conserva a tu basilissa. Solo aguardo que su pureza no termine tornándose en su propia ruina…», sentenció el águila mientras ascendía hacia lo alto para internarse en el oscuro corazón de la tormenta.
Poco a poco, aquella espesura nubosa se fue disipando hasta dejar de nueva cuenta el inabarcable tapiz azul del firmamento y el calor inclemente de la primavera.
—¡Hefesto, tráenos ahora la máscara que le corresponde a esta panoplia! —ordenó Atenea, satisfecha del intercambio que acababa de tener con su padre.
El dios forjador, con un ademán de la mano, hizo acudir a la arena desde las profundidades del taller una pieza envuelta en paño oscuro. Recibió el temible envoltorio en sus curtidas palmas y avanzó con paso claudicante hacia Amaltea, quien aguardaba conteniendo el aliento. Sin pronunciar palabra, el Divino Artesano extendió los brazos y depositó la máscara en las menudas manos de la Primera Basilissa. Ella, pese a haberlo increpado momentos antes, alzó la vista hacia el dios con devoción y asombro. Hefesto experimentó en aquella cándida mirada una calidez que jamás había conocido. Quiso advertirle de los peligros de la reliquia y alentarla a empuñarla contra sus agresores, mas la voz se le anudó en la garganta. El artífice sonrió con apenas la comisura de los labios, y Amaltea le devolvió una sonrisa franca y diáfana que conmovió al Industrioso Hefesto.
Sin mirar a nadie más, el dios dio media vuelta y arrastró sus pasos hacia el taller. Solo cuando el artesano hubo traspuesto la arena retomó Atenea la palabra:
—¡Hecho está! Quedan todavía once panoplias divinas por entregarse. Que la disciplina del Gimnasio, Ánax Aquiles, les encuentre dignas o dignos depositarios, como ha sucedido hoy… —concluyó Atenea, para luego disiparse en una breve refulgencia de luz.
Después el Ánax, el Congregador de Huestes, los didáscalos y gimnetas, escoltaron solemnemente los breves pasos de Amaltea, basilissa de Zeus, hacia las columnas custodiadas por la Esfinge. Las aspirantes rodeaban a la recién investida bailando, frenéticas, y profiriendo estridentes alaridos de combate. Era como si, cada una de ellas, cupiera en los diminutos pies de quien habría de abandonar el Gimnasio no solo vistiendo un ropaje sagrado, sino también con la encomienda de redimirlas a todas.
Antes de trasponer el umbral del Gimnasio, Amaltea, con las pesadas armas a cuestas, volvió la mirada hacia las gimnetas que la aclamaban sin siquiera conocerla. Y entonces la Primera Basilissa lloró, porque, aunque no habían compartido la instrucción, se sentía entrañablemente unida a su destino. Amaltea se alzó sobre la punta de sus pies y escrutó la muchedumbre, intentando hallar entre el tumulto al Sabio Centauro; pero no logró divisarlo. Habría deseado volver a la arena para buscarlo y rendirle gratitud, pero un designio de Atenea jamás admite demora. Los delicados pies de la Portadora del Rayo cruzaron al fin el linde del recinto, recibiendo de la soberbia Esfinge apenas una mirada gélida e indiferente.
Mujeres guerreras
Atenea ordena el ingreso de las mujeres al Gimnasio, para que se formen también en su dura disciplina y para que puedan aspirar a vestir una panoplia divina. De esta manera, introduce el aspecto femenino en la guerra, representado por ella misma, y manifiesto terrenalmente en su primera basilissa, Amaltea.
Fuentes:
La figura de la mujer guerrera no es ajena a la mitología griega, aunque se presenta como una realidad compleja y polivalente, que funciona casi siempre como contraste frente a la heroicidad masculina. Las amazonas constituyen un pueblo conformado exclusivamente por mujeres y dedicado, según refiere Apolodoro en su Biblioteca (2.5.9; 2.5.12), enteramente al ejercicio de la guerra. Entre ellas destaca Hipólita, cuyo cinturón, símbolo de soberanía concedido por Ares, es el objeto del noveno trabajo de Heracles.
Otro héroe que se enfrenta a las amazonas es Teseo. La llamada amazonomaquia (Biblioteca 3.15.1) designa precisamente la lucha entre las huestes del héroe ateniense y las guerreras encabezadas por Antíope, hermana de Hipólita. Este episodio mítico, representado en las metopas del Partenón de Atenas, pone en escena, en clave simbólica, el conflicto entre la polis y el mundo exterior, entre el orden civil y aquello que se percibe como su alteridad. La mujer como símbolo de fuerzas muy poderosas pero ajenas a la civilización; tras el mito, subyace cierto temor reverencial hacia lo que la mujer es y representa.