Durante uno de sus viajes de reclutamiento, el basileus de Atenea decidió hacer una escala en la ciudad de Pilos para descansar. Agertes sabía que ahí debía gobernar el nonagenario rey Néstor, quien había sido consejero de las huestes aqueas en la ya lejana guerra de Troya. Conociendo su talante, que su estirpe sin duda había preservado, supuso que, si se presentaba respetuosamente en el palacio, sería bien recibido.
Agertes se sorprendió al enterarse, de camino al palacio, de que Néstor aún vivía, por lo que resolvió ser muy discreto y anunciarse no más que como un cansado viajero. No había necesidad, pensó el basileus, de enterar al venerable anciano de la existencia de los guerreros de Atenea ni de las futuras guerras que asolarían el mundo, aún más sangrientas y terribles que la de Troya. Néstor y todos los héroes de aquella gesta, en la que el mismo Agertes había combatido, formaban parte una era que se extinguía y que debía ser preservada como un modelo para los futuros guerreros atenienses, nada más.
Aquella noche el rey Néstor celebraba una hecatombe en honor a Poseidón, dios de los mares, y acogió con benevolencia no solo al solitario viajero, a quien no reconoció —aunque no fueron pocas las ocasiones en las que debió verlo en compañía de Odiseo—, sino también a un joven que exigía verlo y que decía venir de muy lejos en busca de información sumamente importante para su reino.
—¿Quién es ese muchacho? —preguntó Agertes a uno de los sirvientes que atendían a los convidados, cuando el joven aquel se aproximó a conferenciar con el anciano.
—Lo único que sé, mi señor, es que dice venir de Ítaca y que desea enterarse, de viva voz de nuestro rey, sobre la suerte de su padre, otro soberano quien también combatió ante los muros de Troya… —respondió el paje, llenando el kylix del congregador de huestes, quien quedó helado al escuchar aquellas palabras, pues ese muchacho no podía ser otro que Telémaco, hijo de Odiseo y sucesor al trono de Ítaca.
Una cálida llama se encendió en el cansado corazón de Agertes al reconocer en el muchacho, luego de mirarlo más detenidamente, los varoniles gestos de su amado rey Odiseo, embellecidos por los delicados rasgos de su venerada reina, Penélope. Ante la visión del apuesto y regio muchacho, el basileus se sintió transportado, súbitamente, a su remota infancia. Y ahí, en aquella fantástica ensoñación, se halló de pronto en compañía de sus añorados seres queridos, departiendo con ellos en una soleada y tranquila tarde de verano. Sucedió, sin embargo, que cuando quiso mirarlos a la cara no fue capaz de reconocerlos ni de evocarlos con nitidez. El rostro de su madre, el de sus hermanas y hermanos, eran solo manchas borrosas y gesticulantes que le produjeron horror. Peor aún, las facciones de su padre, a quien había visto morir antes de partir en las naves hacia Troya, el rostro del único hombre al que había amado tanto como a Odiseo, no era ya sino un humo vago y neblinoso que, más que espanto, le produjo una infinita tristeza.
El basileus de Atenea apuró el kylix y lloró en silencio, perdiéndose entre la multitud de dignos invitados, asegurándose, sin embargo, de encontrar un sitio desde el cual poder observar y escuchar al desesperado Telémaco. Así se enteró de que el muchacho, quien efectivamente se anunció como el hijo del rey Odiseo, temía por su casa y su hacienda, pues una camarilla de insolentes pretendientes asediaban a su madre Penélope, reclamando su derecho al trono y también al lecho real. Todos esos personajes sostenían sus infames demandas en la suposición de la muerte de Odiseo que, aunque no podían confirmar, él mismo, su hijo, no podía tampoco desmentir. Con indecible pena, el piadoso Agertes escuchó al rey Néstor declarar que nada sabía de la suerte de Odiseo. Entonces, el basileus sintió unas ganas incontenibles de contravenir su propia resolución e interrumpir la conferencia para informar a ambos, rey y príncipe, sobre lo sucedido en la isla de Ísmaro, pero se contuvo.
Refrenando sus ánimos, Agertes escuchó al rey Néstor, cuya sabiduría y mesura no menguaban a pesar de su avanzada edad, recomendar a Telémaco emprender un nuevo viaje a Laconia para preguntar al mismísimo Menelao, esposo de la disputada Helena y hermano del comandante en jefe de los ejércitos aqueos durante la guerra de Troya, Agamenón, rey de Micenas, si sabía algo sobre el paradero de su padre, a cuyo ingenio debían la victoria. Abatido, Telémaco aceptó el consejo y luego de comer y beber escasamente y de mala gana, se retiró al puerto a esperar la llegada del nuevo día.
Al despuntar el alba, Telémaco, quien no había podido pegar los ojos, ordenó a sus hombres que prepararan el navío para zarpar de inmediato. Agertes, quien había pasado la noche en vela junto a la nave, avanzó arrastrando sus pasos sobre la arena hasta donde el hijo de Odiseo se hallaba, absorto, contemplando la inmensidad del océano:
—He escuchado que vienes de Ítaca, joven príncipe. Yo también soy originario de aquella benévola isla que tuve que dejar hace ya mucho tiempo, cuando fui convocado a embarcarme en las naves que partieron rumbo a Troya, en las que navegaba tu padre, el ingenioso Odiseo… —Telémaco, al escuchar hablar de tal forma al extraño y recién llegado personaje, sintió una fuerte curiosidad.
—¿Así que tú lo conociste? Responde, ¿vive mi padre? —preguntó el joven, corriendo a su encuentro.
Al sentirlo venir, Agertes ajustó el escudo a su espalda y bajó el saco en el que transportaba su pesada panoplia; lo colocó en la arena y se incorporó rápidamente para contener el ímpetu del muchacho, quien nunca antes, en su corta vida, había sentido lo que aquellos penetrantes ojos le transmitieron en tan solo un instante: había algo en el mirar del viajero que lo obligó a serenarse, pues ya iba dispuesto a asirlo por los hombros y exigirle respuestas.
—No puedo demorar más mi partida, pues desesperado estoy por obtener noticias sobre mi padre... Ahora mismo me dispongo a partir a Laconia, a consultar al rey Menelao, a quien seguramente conoces si, como dices, serviste a mi padre en la guerra de Troya. Y si tal cosa es cierta, ahórrame, te lo suplico, este nuevo viaje y sus muchas angustias… Tú no lo sabes, pero el tiempo va a cobrarme muy caro cada respiro que doy fuera de nuestra patria… —exclamó Telémaco, desconsolado, y sus palabras produjeron en el basileus una lacerante pena.
—Si un sitio hay en tu nave para mí, puedo acompañarte en tu travesía y aclarar, en la medida de lo que pueda, tus acuciantes dudas…
Telémaco no dudó ni un instante e invitó al misterioso viajero a abordar su embarcación, sin saber que con aquella decisión quedaba ya sellado su destino.
Durante el trayecto de Pilos a Laconia Agertes contó al muchacho que había combatido en el contingente itacense al mando de su padre. Le mantuvo oculta, sin embargo, la matanza en la costa de Ísmaro, pues, tras aquel episodio, tampoco él sabía nada de su rey. Y no quería, por lo demás, acrecentar la cruel angustia del joven príncipe revelándole cómo, en aquella isla, su padre se había ganado la enemistad del terrible dios Ares.
—¡Pero la guerra acabó! ¡Y tú vives! ¡Néstor vive! ¡Lo mismo que Menelao y Agamenón! ¡Dime! ¿Qué fue de mi padre? ¿Es que no volviste con él en nuestras naves? ¡Tú debes saber la verdad! —exclamó Telémaco, tomando a Agertes por los hombros.
El basileus, sin embargo, no hizo más que agachar la cabeza, y aunque desesperadamente lo sacudía el príncipe itacense, no le pudo arrancar ni una sola palabra. El muchacho, al ver que nada lograba, desistió y, resignado, se disculpó:
—Te pido que perdones mi comportamiento, noble viajero, pero mi situación es tan apremiante que…
La voz de Telémaco se quebró, sus labios se contrajeron en una mueca desolada y un par de lágrimas brotaron de sus ojos. El muchacho sintió la mano del viajero posarse sobre su hombro y, en aquel simple gesto, experimentó una calidez como no la había sentido hacía ya mucho tiempo, cuando su abuelo Laertes lo levantaba en brazos.
El piadoso Agertes le habló entonces, profusamente, del arrojo, la valentía y el ingenio que distinguían a su padre en la batalla. Le contó sobre cómo todos los héroes aqueos lo admiraban y respetaban, y cómo también, a la muerte del veloz Aquiles, sus armas, por consenso, le fueron entregadas para distinguirlo. El joven escuchó, complacido, todas aquellas anécdotas que inundaron su compungido corazón de una alegría que, no por ello, dejó de ser amarga. Aun así, aquellas historias trajeron un poco de calma a su ánimo abatido.
—¿Cómo es que tú no tomaste el mismo rumbo que mi padre? —preguntó al fin Telémaco, quien respiraba ya más tranquilo.
—Al término de la guerra yo fui requerido por la diosa Atenea, la más sabia entre los olímpicos, para realizar un encargo muy especial. Esta empresa me privó de la dicha de embarcarme en las naves itacenses y compartir el incógnito destino de tu padre, a quien yo mismo amé como le amas tú. Y aunque mucho lo he deseado yo tampoco he podido volver a mi hogar, con los míos, que deben echarme de menos tanto como tú lo extrañas a él; porque dolerse por los ausentes no es exclusivo de príncipes. Y ha sido, joven Telémaco, en el devoto cumplimiento de mi irrenunciable encomienda, como si todo estuviera ya tejido por las Moiras, que he coincidido contigo en la isla de Pilos…
—¿Qué encomienda es esa, noble viajero? —preguntó Telémaco, con voz débil en la que Agertes percibió un cansancio abrumador.
—Tengo el deber de encontrar valerosas guerreras y arrojados guerreros, así como lo fue tu padre, para engrosar las filas del naciente ejército de la diosa Atenea. Una fuerza como no hay ni habrá jamás otra en el mundo entero, dedicada a velar por las más justas causas…
Aquellas palabras reanimaron el espíritu del apesadumbrado Telémaco, quien, incrédulo, fascinado incluso, se dispuso a escrutar con mayor detenimiento a aquel hombre que aseguraba haber combatido bajo el mando de su padre y que ahora, según decía, se hallaba al servicio de la diosa Atenea. Navegaban entonces en plácidas aguas sobre las cuales Selene desparramaba sus luminosos rayos y Telémaco arrastró sus ojos hinchados a través de la figura de su acompañante.
Notó que, a pesar de la discreción de su atuendo, había en él una dignidad y nobleza que parecían regias, casi divinas. Bajo los pliegues de su quitón pudo observar las nervudas formas que evidenciaban el cuerpo de un poderoso luchador. Todo ello, sumado a su mesurado y cuidado tacto en el decir y en el hacer, persuadió al muchacho de que, en efecto, se hallaba ante un hombre excepcional. Pero no sería este conjunto de detalles lo que terminaría de convencer al hijo del ingenioso Odiseo de que realmente se hallaba ante un guerrero de Atenea. Faltaba una cosa más…
—Hemos hablado ya tanto y aunque conoces mi nombre y me tratas como príncipe yo aún no sé el tuyo. ¿Cómo debo llamarte, paisano?
—Agertes es mi nombre, príncipe Telémaco, y no solo soy tu paisano, como dices, sino que también puedes contarme ya, desde hoy y para siempre, entre el número de tus más leales amigos…
El rostro de Telémaco, gris y apocado, se iluminó al fin en una lastimera sonrisa. Sin poder refrenar su juvenil entusiasmo, Telémaco se abalanzó sobre Agertes, quien pese a haber sido endurecido por la férrea disciplina del Gimnasio lo recibió compasivo. Al sentirse arropado por los fuertes brazos de un hombre que había servido y querido a su padre, el joven príncipe se derrumbó. Telémaco lloró de nuevo, pero esta vez convulsa e inconteniblemente, dejando salir en cada lágrima parte del dolor y la frustración por no saber nada de su progenitor y por padecer a los infames pretendientes que consumían su hacienda y asediaban a su madre, día a día, desde hacía ya largos años.
El congregador de huestes, al sentir el inconmensurable peso del dolor que embargaba al hijo de su amado rey, resolvió socorrerlo. Y aunque sabía que todo hacer ajeno a su propósito original, que era reclutar aspirantes a guerreros, sería interpretado por Atenea como un flagrante desacato. No podía, por lo tanto, ofrecerse él mismo a regresar con Telémaco a Ítaca para ajusticiar a los pretendientes y hacerles pagar su infame comportamiento, pero en sus mientes comenzaba ya a fraguarse un atrevido plan.
—Dime, amigo Agertes, ¿qué guardas en ese saco? —preguntó el muchacho, ya más repuesto, luego de haber vaciado su alma.
—Ahí, príncipe Telémaco, llevo la panoplia de basileus que me concedió mi señora, la diosa Atenea, como el primero de sus guerreros…
Toda la atención del príncipe se volcó entonces sobre la luz que reflejaban los bordes dorados del escudo que Agertes llevaba a la espalda. Anticipándose a su juvenil curiosidad, Agertes lo atajó:
—Y aunque mucho me gustaría mostrártela, no es este el tiempo ni el lugar para vestir unas armas divinas… —aclaró Agertes, con un tono solemne que hizo al príncipe renunciar inmediatamente a su deseo de ver la panoplia.
—Comprendo, amigo Agertes… ¿O debo, desde ahora, llamarte basileus? —preguntó Telémaco; pero el guerrero ateniense dejó aquella pregunta sin contestar; redirigió las anhelantes pupilas del muchacho hacia el mar, al clavar él mismo sus propios ojos en el negro horizonte, donde cielo y océano confundían sus límites.
Telémaco, al posar sus ojos en aquel profundo abismo sintió de golpe una extrema pesadez y se quedó dormido en su sitio. Aunque fue poco tiempo el que pudo descansar, hacía ya mucho que no dormía tan plácidamente, con un descanso tan reparador. Se despertó al escuchar el aviso de tierra a la vista cuando, rayando el alba, ya se anunciaban a la distancia las tersas y blancas playas de Lacedemonia. Lo primero que hizo el príncipe al levantarse fue buscar a su nuevo amigo, a quien encontró en la proa de la nave.
—¿No has dormido, Agertes?
—No…
—Hemos llegado a Laconia y mucho apreciaría que tú me acompañaras a entrevistarme con el rey Menelao. No tengo la menor duda de que, al verte, reconocerá en ti a uno de los hombres de mi padre y obligado se verá a decirme todo cuanto sepa de él…
—Me temo, querido príncipe, que tal cosa no será posible...
—¿Cómo dices?
—Tengo que reemprender ya mismo el curso de mi misión y debo hacerlo apenas desembarques…
—¿Es entonces que me abandonas?— Preguntó Telémaco, descorazonado.
—Solo por ahora, noble príncipe… ¡Debes ser valiente y perseverante! ¡No desfallezcas!— Respondió Agertes, al tiempo que, del interior del saco de piel comenzó a propagarse un zumbido casi musical, como una voz lejana y solemne que se mezclara con el viento de la costa.
El piadoso abrió el saco y del interior se asomó una grumosa luz dorada que obligó a Telémaco a apartar la mirada. Cuando aquella luz se disipó, Agertes ya vestía la sagrada panoplia crisoelefantina, pero el hijo de Odiseo apenas pudo ver la silueta del basileus eclipsando con su brillo los rosados rayos de Eos.
—¡En verdad es una panoplia sagrada! —exclamó el príncipe itacense, cándido como un crío, tapándose los ojos con el dorso de la mano.
—Ahora debo marcharme, querido muchacho, pero mantente firme… ¡Avanza, siempre avanza! —concluyó el basileus, alejándose por la costa en dirección del naciente Helios.
Aquella misma noche, mientras Telémaco dormía profunda y plácidamente sobre la cubierta, la mismísima Atenea descendió sobre la embarcación para confrontar a Agertes:
—¿Qué es lo que pretendías, piadoso basileus, al abordar esta nave? —preguntó la diosa, que había adquirido la forma de una lechuza de brillantes ojos, posada en lo más alto del mástil.
—Este muchacho es el hijo de mi rey... Y si es cierto que Odiseo ya no vive, entonces él es mi soberano legítimo… —exclamó Agertes, a quien Atenea escuchó con manifiesto asombro.
—En tu ánimo perturbado, basileus, ¿alcanzas a distinguir todavía a quién le debes lealtad? —insistió Atenea.
—Odiseo ofreció su vida a cambio de la mía en la playa de Ísmaro. Lo menos que puedo hacer es socorrer a su hijo en este momento tan difícil para él y para nuestro reino… —respondió Agertes.
—¡Tú debes volver, cuanto antes, a la misión que te he encomendado! —replicó Atenea, con severidad.
—Mi señora, el príncipe Telémaco me ha dicho que los perversos pretendientes acosan a su madre, mi reina Penélope, y que consumen con vulgar ferocidad la hacienda de Odiseo. Yo no puedo permanecer indiferente a semejante infamia. Permíteme ir a Ítaca aunque sea por un instante para abatir a esos villanos… —solicitó Agertes.
—¿Me estás pidiendo permiso para abandonar la misión que te encomendé?
—Te estoy pidiendo, divina señora, que me dejes ejecutar un acto de justicia…
—¡No hay más justicia en este mundo que mi voluntad! —sentenció Atenea, colérica—. Y es mi voluntad, piadoso basileus, que sigas recorriendo el mundo reclutando aspirantes para engrosar las filas de mis huestes.
Agertes, desesperado, apeló a la orfandad del príncipe itacense:
—Él es tan joven aún que no podría hacer frente a los infelices pretendientes si vuelve solo a nuestra patria… —exclamó el piadoso Agertes, señalando con un lastimero ademán a Telémaco, que dormía acurrucado entre los pliegues de sus propias ropas.
—Dime, Agertes, ¿a quién sirves ahora? ¿Al reino de Ítaca o a mí? —preguntó Atenea, tajante, dejando al guerrero sin palabras. En su silencio latía una enorme frustración—. Recuerda que tu panoplia te une irremisiblemente a mí y que, por lo tanto, a nadie más le debes lealtad y obediencia… —manifestó la diosa, extendiendo sus alas, para luego desplazarse hasta el filo de la proa.
El basileus, abatido por tan categórica respuesta, agachó la cabeza, avergonzado.
—¡Al tocar tierra volverás a mi servicio! —concluyó Atenea, a punto de reemprender el vuelo.
—¡Espera, justa señora! —en la mente del hoplita renació, súbitamente, la temeraria idea que ya había concebido en su cabeza. Las níveas alas de Atenea se replegaron, envolviendo de nuevo su cuerpo de ave nocturna—. Retomo pues, como lo exiges, mi primigenia encomienda… Y me permito, por lo tanto, recomendar al joven Telémaco para vestir una panoplia sagrada… —dijo el congregador de huestes, levantando de a poco la cara, para observar la reacción que habría de tener su atrevida propuesta en el ánimo de la diosa.
—El amor por Odiseo y la nostalgia por tu tierra natal te ciegan. No estás razonando con cordura… —agregó Palas, desdeñosamente.
—Al sospechar de mi juicio, ¿estás rechazando a este que propongo, mi señora?— Preguntó Agertes, apelando a una ironía de la que nunca antes se habría creído capaz.
—No puedes reclutar a Telémaco… —respondió Atenea, luego de un inusual silencio en la elocuente hija de Zeus.
—¿Y por qué no, mi señora? —insistió Agertes, cuya osadía, y lo sabía bien, rayaba ya en el sacrilegio.
—No puedes llevártelo al Gimnasio a recibir instrucción. Su destino está trazado y tú no puedes alterarlo…— Musitó Atenea, con parquedad.
—Y en su destino, mi diosa, ¿está escrito que Telémaco no puede ser uno más de tus guerreros?
Un nuevo silencio, éste más prolongado que el anterior, retrasó la respuesta de Atenea. Agertes aprovechó aquella pausa para insistir:
—Si tal cosa no está escrita, ¿por qué rechazarlo? ¿Te parece, mi señora, un muchacho indigno de portar una panoplia sagrada?
—Por su estirpe, piadoso Agertes, sabes bien que no hay nadie más digno que él… Pero, aunque por sus venas corra la sangre de Odiseo, no por eso puede ser eximido del entrenamiento por el que todos los aspirantes tienen que pasar… —respondió la diosa, con un tono de voz que parecía irse ablandando.
—Aunque la opinión de los didáscalos y del Ánax es importante, solo tú puedes decidir quién es digno de portar una panoplia divina. ¿No me entregaste a mí la panoplia crisoelefantina antes de que se abriera el Gimnasio? ¿No concediste la panoplia sagrada de Zeus a una anónima aspirante que solamente tomó lecciones del centauro Quirón? ¿Por qué no entregar entonces una panoplia sagrada al hijo del hombre cuyo ingenio y tenacidad doblegaron a Troya? No desmerecen, mi señora, te lo aseguro, las pruebas a las que Telémaco ha tenido que someterse en Ítaca, desde su más temprana infancia, padeciendo a los pretendientes, a las que el Ánax Aquiles impone en el Gimnasio para atemperar la voluntad de tu futuros guerreros. Si se trata de padecer para fortalecer el ánimo, el vástago de Odiseo ha sufrido tanto como cualquier gimneta, o tal vez más, porque él está atestiguando la extinción de su reino. —hilvanó Agertes, en un trance de insospechada lucidez—. Yo presagio en Telémaco, mi señora, uno de los más valerosos guerreros de tus fuerzas… —insistió el basileus, cuyas palabras revestían el valor de provenir del único héroe que participaba activamente de la era antigua y la emergente.
—¡No puedes trastocar el curso de los acontecimientos que se avecinan! ¡Y si insistes en intentarlo, no tendré más remedio que encaminar tus pasos yo misma al Hades! —exclamó Atenea, con severidad. Agertes palideció al escuchar tan graves palabras y luego de un prolongado silencio musitó, resignado:
—No he de insistir más, mi diosa…
—¡Telémaco será investido basileus sagrado, después de que Antínoo sea abatido por justa mano! Pero esto solo sucederá a condición de que no sea él quien le arrebate la vida al infame pretendiente… —sentenció Atenea, para luego alejarse aleteando en la negritud del mar nocturno.
Desde entonces, el basileus guardó silencio, como quien ha aceptado un designio que no le corresponde desentrañar.
Al despuntar el alba, la nave arribó a las costas de Laconia. Tras una breve jornada por tierra, Telémaco y sus hombres llegaron al palacio, donde fueron recibidos por el rey Menelao y por su esposa Helena, causante de que tantos murieran en Troya.
Telémaco se proclamó como el hijo de Odiseo y pidió informes sobre el paradero de su padre, pues en Ítaca ya lo daban por muerto. Y aunque poca y vaga información le refirió Menelao, sí fue la suficiente para infundir nuevos ánimos en su cansado espíritu. Le dijo que, de boca misma del dios marino, Proteo, había escuchado que Odiseo vivía en Ogigia, donde reinaba la ninfa Calipso.
«¡Mi padre vive!», se repetía Telémaco, rebosante de esperanza, mientras avanzaba por la amplia naos del palacio hacia la salida.
—¡Odiseo vive! —gritó al fin, eufórico, al encontrarse con Pisístrato, el hijo menor del rey Néstor, a quien este había designado para acompañarlo durante su travesía.
—¿Es verdad lo que dices, amigo Telémaco? —devolvió Pisístrato, quien lo había esperado afuera de la estancia real, incrédulo ciertamente, pero contagiado del júbilo que irradiaba su camarada, con quien compartía el ímpetu de la juventud.
—¡Eso es lo que iremos a averiguar, Pisístrato, si dispuesto estás a acompañarme!
—¡Dispuesto estoy! ¿Pero a dónde iremos a buscarlo?
—¡A Ogigia! ¡Ahí, me ha dicho el rey Menelao, lo tiene cautivo la divina Calipso! ¡Debemos partir ahora mismo! —exclamó Telémaco, impetuoso.
—¡Espera, amigo mío! Es un viaje largo, más largo aún que el que emprendimos de Pilos a acá… Quedémonos esta noche a recobrar fuerzas y mañana salgamos al despuntar el alba… —lo atajó el joven y mesurado Pisístrato, sujetándolo afectuosamente por los hombros.
Al mirar a los ojos al hijo de Néstor, Telémaco se convenció de que, en efecto, lo mejor era descansar, aunque nada deseaba tanto como partir inmediatamente tras el único rastro que había de su padre.
—La razón te asiste, amigo Pisístrato… Conviene descansar y no tentar al vinoso ponto. Mañana, como bien propones, partiremos de aquí, en cuanto el horizonte sea rayado por la puntual Eos… —concluyó Telémaco, quien al así resolverse sintió caer sobre sí un peso abrumador. Era el cansancio de tantos días y noches de zozobra.
Entonces los dos príncipes caminaron juntos hacia el pórtico del palacio, donde se acomodaron para poder descansar. En cuanto Pisístrato cerró los ojos cayó cautivo en los brazos de Hypnos. No sucedió igual con Telémaco, quien apenas cerró los ojos fue visitado por la mismísima Atenea.
—¡Levántate, muchacho! Con cada día que pasas lejos de tu casa, más cerca están los pretendientes del lecho de Penélope. Y cuando uno de ellos logre introducirse al tálamo en el que fuiste concebido, habrás perdido no solo a tu madre, sino también tu heredad entera. ¡Levántate! ¡Navega de noche! Aprovecha las penumbras para volver a Ítaca, pues los pretendientes te preparan una emboscada. Yo te aseguro que, si zarpas ahora mismo, podrás eludirlos. Una vez que te encuentres en Ítaca, busca a Eumeo, el porquerizo, quien aún le es leal a tu padre y espera con él, pues es ahí donde habrá de resolverse la suerte del que aún es tu reino.
Entonces, renunciando a sus planes de partir en busca de su padre hacia Ogigia, y tal y como se lo acababa de indicar la regia diosa, Telémaco se incorporó y despertó a su amigo Pisístrato para emprender el camino hacia Ítaca al amparo de la noche y de la voluntad divina.
Tal como Atenea le había ordenado, Telémaco partió sin demora hacia Ítaca. Guiado por la prudencia y la urgencia, evitó las rutas más expuestas y logró arribar a su patria sin caer en la emboscada de los pretendientes. Por esos mismos días, mientras Telémaco retornaba a su patria por orden de la diosa, el destino de Odiseo se disponía también a cumplirse.
Menelao le había dicho la verdad a Telémaco: su padre permanecía cautivo en Ogigia, y ahí habría encontrado el fin de sus días si Zeus mismo, el soberano olímpico, no hubiera enviado al alado Hermes a liberarlo.
—Es voluntad del Crónida que Odiseo continúe su viaje de vuelta a Ítaca y nadie, ni tú, Calipso, podrá impedirlo… Déjalo ir ahora mismo, hija del poderoso Atlas, pues no es tuyo el destino del pródigo en ardides…
Y entonces Calipso, al escuchar mentar al señor del Olimpo, se obligó a renunciar al vencedor de Troya.
En su ardoroso deseo de conservarlo a su lado, Calipso le había ofrecido a Odiseo concederle el preciado don de la inmortalidad, mismo que el héroe rechazó. Aunque estaba agradecido por el trato y los placeres que Calipso le había prodigado, Odiseo sin dudarlo habría preferido pasar un solo día en compañía de su amada esposa y de su añorado hijo, que una eternidad sumergido en las voluptuosidades de Ogigia. Odiseo se marchitaba y moría cada día que pasaba lejos de su hogar. Rechazada, profundamente herida, la ninfa Calipso no tuvo más opción que renunciar al héroe y dejarlo partir.
Y Odiseo partió, pero naufragó en la tierra de los feacios, donde el rey Alcínoo lo acogió con benevolencia. Alcínoo, al enterarse quién era, se dispuso a ayudarlo a regresar por fin a Ítaca, aunque él habría preferido, después de verlo triunfar en los juegos, casarlo con su hija Nausícaa para hacerlo heredero de su trono. Fue así como, finalmente, después de dos largas décadas de amarga ausencia, Odiseo volvió a pisar la tierra que lo vio nacer.
Habiendo alcanzado Ítaca bajo la guía de los feacios, y tras ocultarse según el designio divino, Odiseo aguardó el momento propicio para revelarse. El pródigo en engaños se encontró con su hijo Telémaco en la casa del porquerizo Eumeo y el muchacho rebosaba de alegría, pero había algo más que felicidad en su joven corazón. Telémaco era presa de un ardor que lo consumía y que le infundía una fuerza belicosa como nunca antes lo había experimentado en su corta pero atribulada vida. El impetuoso muchacho estaba convencido, incluso antes de deshacer el abrazo en el que se había fundido con su amado padre, de que la hora de los pretendientes estaba por cumplirse.
Odiseo, haciéndose pasar por mendigo, atestiguó el momento en que Penélope propuso a los pretendientes un certamen para por fin elegir esposo. La reina convino en conceder su lecho a aquel que fuera capaz de atravesar con una flecha los ojos de doce hachas alineadas una tras otra utilizando el arco del ausente. Aquella era una hazaña que Odiseo solía realizar por recreo y los pretendientes, ufanos, accedieron a participar en el concurso.
Puesto que ninguno fue siquiera capaz de tensar el arco, Odiseo, el pordiosero, pidió una oportunidad para probarse. Aunque los pretendientes se resistieron a conceder semejante privilegio a un errabundo, terminaron por aceptar ante la insistencia de Telémaco. No estaba de más, murmuró Antínoo a sus compinches, concederle un último capricho al imberbe príncipe antes de aniquilarlo, pues ya habían acordado acabar con su vida ese mismo día.
Sucedió, sin embargo, que Odiseo fue capaz no solo de tensar el arco, sino también de atravesar los ojos de las hachas con su flecha. Los pretendientes, asombrados, se miraron entre sí, pues todos esperaban ver al mendigo fracasar para vejar a Telémaco por haber insistido en que se le permitiera competir. Aquello causó una enorme conmoción, porque resultaba que, según las reglas establecidas por Penélope y aceptadas por los aspirantes, aquel vagabundo se había impuesto en la prueba que ninguno de ellos pudo cumplir. Ahora, aquel andrajoso anciano, era el legítimo dueño del trono y del lecho reales.
Tras ceñirse el arco que solo él podía dominar, y antes de desatar su venganza, Odiseo reconoció plenamente a los pretendientes y a quienes aún le eran fieles en su propia casa, y pidió a los dioses una señal favorecedora, misma que llegó desde el Olimpo en forma de un rayo que estremeció el cielo claro y despejado de Ítaca: Zeus se había pronunciado.
Entonces, antes de que los pretendientes pudieran reaccionar, Odiseo tensó de nuevo el arco y disparó. El primero en caer fue el pertinaz Antínoo, alcanzado en la garganta mientras apuraba su kylix rebosante de vino. Los demás, orgullosos y cegados por sus excesos, pagaron con la vida las muchas tropelías y vejaciones que habían cometido durante la prolongada ausencia del legítimo rey.
Y fue así como la promesa hecha por Atenea quedó sellada, pues Antínoo acababa de ser abatido con justicia a manos del mismísimo Odiseo. Telémaco habría de ser investido basileus y, como tal, asistió a su padre en la matanza de los funestos pretendientes. Su habilidad y precisión asombraron a su padre, quien jamás imaginó que su vástago fuera tan diestro en la lucha y en el dominio de las armas. El embate de Telémaco era como una ola arrasadora nacida desde las profundidades del mar; el ímpetu de Telémaco no parecía humano, sino telúrico.
Uno a uno, los enemigos de Ítaca fueron cayendo mientras el palacio se inundaba con los alaridos y la sangre de quienes, hacía apenas unos cuantos instantes, reían y bramaban como hienas. Ya terminaba Odiseo de abatir al último pretendiente cuando volteó ansioso a buscar a su hijo con la mirada. Lo encontró al otro extremo de la naos, de pie entre los cuerpos mutilados, entre vísceras y huesos rotos, tratando de hallar algún rastro de vida entre sus enemigos. El muchacho parecía irradiar cierta luz que lo envolvía y que lo mantenía, aunque él mismo la había perpetrado, por encima de la atroz matanza.
Lo que más sorprendió a Odiseo era que, aunque su hijo había ajusticiado a muchos pretendientes, sus manos, sus armas y sus ropas lucían pulcras e inmaculadas. La actitud misma de Telémaco parecía ausente, pues su rostro, joven y hermoso, carecía de toda expresión; ningún gesto se advertía en el semblante del príncipe, quien se desplazaba entre los cuerpos caídos como llevado por un viento calmo, tal como un mar después de la tempestad.
Al comprobar que ya nadie respiraba de los que antes, ufanos comían y bebían sin hartazgo, encaminó sus pasos hacia donde se hallaba su padre, atravesando la naos del palacio sembrada de cadáveres. Odiseo, horrorizado, comprobó que su hijo tenía el aspecto de un gigante dando largas zancadas. Al verlo venir se contrajeron sus músculos y la sangre se le agolpó en la cabeza, produciéndole una sensación de vértigo y repulsa como no sintiera nunca antes, a pesar de haber enfrentado a enemigos terribles y fantásticos no solo en Troya, sino también durante su larga y tortuosa travesía de regreso a Ítaca. Su hijo se le apareció aún más terrible que el propio Polifemo.
—A excepción de los que huyeron antes del certamen, todos los pretendientes que aquí se quedaron han sido abatidos… —exclamó Telémaco, en un tono de voz metálico que parecía estar acompañado de un eco difuso y lejano, como si él mismo no se encontrara en aquel lugar, sino en otro sitio, fuera del mundo.
Odiseo, incrédulo, inspeccionó las manos, las armas y las ropas del muchacho, pero tal como lo había sospechado, no halló en él ningún rastro de la masacre. La ligera luminiscencia que envolvía a su vástago se fue desvaneciendo poco a poco y el gesto pétreo de su rostro se desdibujó, permitiendo que aflorara una tenue sonrisa. De pronto, como si el tiempo se acelerara y como si el sonido se expandiera, Odiseo se sintió devuelto a la realidad, a una realidad de la cual había sido sustraído violentamente durante la contemplación de su hijo al atravesar la naos. Y fueron justamente la voz juvenil y animosa de Telémaco, así como su expresión franca e ingenua, las que terminaron de devolver a Odiseo al momento presente.
—Ya te he escuchado hijo mío… —respondió Odiseo, sin lograr comprender la naturaleza de la siniestra visión que acababa de tener.
—¿Te encuentras bien, padre? —preguntó Telémaco, al ver el azoro en que se hallaba Odiseo.
—Yo me hallo bien, hijo mío, pero tú… Dime, ¿tú cómo te encuentras? —preguntó el héroe, señalando con sus brazos la atroz escena de la matanza.
Telémaco giró entonces sobre sus pasos y contempló, sorprendido, el baño de sangre que acababan de perpetrar. Sin sentir pena por los pretendientes, pues aquella grotesca estampa lo llenaba de satisfacción, Telémaco parecía no tener recuerdos sobre lo que acababa de suceder en palacio. El muchacho, desconcertado e igual que lo había hecho su padre, se inspeccionó las ropas y el cuerpo para encontrar algún rastro de la lucha.
—Yo les he matado, estoy seguro, aunque, ahora mismo, no logro recordar cómo lo he hecho… —murmuró Telémaco, quien insistía en buscarse, aunque fuera en un pliegue de sus prístinos vestidos, alguna mancha de sangre.
—¿Quién eres, hijo mío? ¿En qué te has convertido durante mi larga ausencia? —preguntó Odiseo, tomándole las manos.
—¡Soy tu hijo y me he convertido en un hombre! —respondió Telémaco, ya sin dudas.
—Mi hijo eres, ciertamente, pero me parece que ahora eres mucho más que un simple hombre… —agregó Odiseo, quien aún lo miraba con estupor.
Telémaco enmudeció súbitamente, aunque el ánimo tenía de contestar. Las palabras simplemente se rehusaron a salir de su boca. Entonces, una voz dulce y melodiosa le habló desde el interior de su propia cabeza: «Serénate, valeroso Telémaco y estate atento, porque pronto habré de convocarte». Era la diosa Atenea quien le hablaba…
En los días que siguieron a la matanza, la casa de Odiseo fue purificada según la costumbre. Los cuerpos de los pretendientes fueron incinerados, provocando conmoción en el pueblo itacense, especialmente entre los pretendientes que lograron escapar antes de que comenzara la masacre y entre los familiares de quienes hallaron la muerte en el palacio, que muy pronto comenzaron a confabular contra la familia real. Así, aunque la paz al fin había vuelto a los aposentos reales después de dos largas décadas, afuera, en las calles y campos, bullían los ánimos de conjura.
Pero los dioses no permitieron que sombra alguna enturbiara aquel reencuentro. Y cuando los labios trémulos de Penélope y Odiseo volvieron a encontrarse, Atenea, que todo lo dispone, dejó que la estirpe de los héroes comenzara a hundirse silenciosamente en el océano de los tiempos.
Mas llegada la noche, cuando el tumulto comenzó a disiparse y cuando los reyes se despidieron de su hijo para caminar juntos hacia su alcoba, en la que los esperaba la promesa del gozo y el amor, Telémaco fue atraído a un recoveco oscuro y solitario del palacio por una fuerza irresistible.
—¿Eres tú, mi diosa, quien me llama con tanta vehemencia? No es necesario que me arrastres hacia ti, pues yo puedo ir por mi propia voluntad.— Exclamó Telémaco, cuyos pies se habían despegado del piso, al tiempo que sus rizados cabellos ondularon por la velocidad del desplazamiento.
—¡No es Atenea quien te trae, sino yo!
—¡Agertes! —exclamó sorprendido el muchacho al ver ante sí, vistiendo su panoplia divina, a su amigo y paisano, el basileus de Atenea—. ¡Mi padre ha vuelto, Agertes! ¡Juntos acabamos con los malditos pretendientes! ¡Quédate esta noche y celebra conmigo! —le pidió el príncipe, rebosante de júbilo.
—¿Seguro estás, Telémaco, que han acabado con todos sus enemigos? — preguntó el congregador de huestes, lanzándole una torva mirada que diluyó de golpe la alegría del muchacho.
—Seguro estoy, pues ninguno de los que se hallaba en palacio quedó vivo… —respondió Telémaco, quien al instante mismo de contestar comprendió su equívoco.
—Aunque mucho te complace la alegría de tu casa, debes saber que la dicha arde como un fuego breve, y cuando se apaga, deja a los hombres a oscuras, rodeados de aquello que no quisieron ver.
—¡Basta! ¡No intentes opacar mi dicha que, en este momento, aunque dure solo una noche, es más grande que el sufrimiento de toda mi vida! —reclamó el hijo de Odiseo, despechado ante las duras palabras del basileus.
—Bien has dicho, muchacho, pues este gozo puede durarte nada más una noche… —devolvió Agertes, plantándole cara.
—¿Por qué me hablas de esa forma? ¡Dime ya de quién debo cuidarme!
—¿Es que no lo sabes?
—De los otros pretendientes, ¿no es cierto?
—Cierto es, y también de las familias de aquellos a los que dieron muerte en el palacio… Ven y compruébalo por ti mismo… —exclamó Agertes, cogiendo a Telémaco por el brazo para conducirlo hasta una almena del palacio desde donde se podía apreciar casi toda la isla.
El muchacho sintió el vértigo de las veloces y recias pisadas de aquel hombre que parecía tener una fuerza sobrehumana.
—Mira bien, ¿ves ese fuego? Esa es la casa de Eurímaco, a quien dieron justa muerte. Su madre y sus hermanos han reunido allí a los otros pretendientes y a los deudos de los caídos.
—¡Vayamos ahora mismo por ellos! —vociferó Telémaco, henchido de ímpetu.
—¿Vayamos? —preguntó Agertes, desconcertado.
—Sí, seguro estoy de que con tu intervención podremos aplastar ahora mismo a todos esos conspiradores… —sentenció Telémaco, eufórico.
—No necesitas de mí para acabar con ellos, ¿o es que no notaste en ti, en tu vigor, en tus habilidades de pelea una súbita e insospechada mejoría durante el combate con los pretendientes?
Telémaco enmudeció, pues era cierto que él mismo se sorprendió de la inusitada fuerza y destreza que desplegó durante la batalla.
—No sé qué me sucedió… Fue como si me hubiera transformado en otro ser en el preciso instante en que mi padre le atravesó la garganta al infeliz Antínoo. Me sentí arder por dentro y me abalancé contra mis enemigos, pero después todo se tornó borroso, confuso, y cuando volví en mí, la matanza se había consumado. ¿Qué fue lo que me sucedió, Agertes? ¿Tú lo sabes? —preguntó Telémaco, en cuyo rostro se asomaba una profunda inquietud.
—No soy yo quien debe decírtelo… ¡Partamos ya, pues nuestra señora me ha pedido que te haga comparecer inmediatamente ante ella!
Antes de que Telémaco pudiera preguntar a dónde partirían, fue arrastrado por una fuerza muy superior a cualquier cosa que hubiera sentido o imaginado jamás. El mundo se desgarró ante sus ojos. Las formas se estiraron, se volvieron delgadas como hilos, y el tiempo mismo pareció reducirse a un zumbido persistente que le golpeaba las sienes. Todo quedó envuelto en una claridad fría, azulada, hasta que, de golpe, la tierra volvió a sostenerlo con una violencia seca.
Y cuando aún no lograba recobrar el aliento, sintió sobre sí una presencia que no pertenecía al mundo que había dejado atrás. Era la guardiana Esfinge, que escrutaba sus rasgos con viva curiosidad. Agertes y Telémaco se hallaban a las puertas del Gimnasio de Atenea.
—Colmada de dolor ya se encuentra esta alma, ¿por qué anegarla con más sufrimiento? —preguntó la Esfinge a Agertes, sin despegar su felino rostro de la cara de Telémaco, que se sintió embriagado por su aliento dulce y ferroso.
El hijo de Odiseo miró al interior de las rasgadas pupilas de la criatura, y sintió el vértigo de quien se precipita al fondo de un pozo insondable.
—Permítenos pasar, Esfinge guardiana. Este que traigo ha sido llamado por Atenea, que ya nos espera en la arena.
Entonces el monstruo se echó hacia atrás para recostarse sobre su vientre en el pedestal, al tiempo que el pelaje de su lomo, erizado ante la presencia del extraño, recobró su quietud.
—Sígueme, no desvíes tus pasos ni hagas preguntas… —le indicó el basileus al muchacho, para luego echar a andar con paso firme al interior del Gimnasio.
Telémaco sintió, apenas al cruzar el umbral del Gimnasio, que el aire era difícil de respirar. No era ligero y salado como la brisa de las tersas playas de Ítaca; era un vaho denso y pesado, mezcla de sudor, sangre y esfuerzo. A medida que se internaban, aunque la noche era cerrada, distinguía aquí y allá siluetas de jóvenes fornidos y esbeltas amazonas entregados a ejercicios imposibles. El golpeteo de las pisadas, el choque de los cuerpos, el quebrarse de los huesos, se fundían con los gemidos de esfuerzo y las respiraciones agitadas. Aquel coro prevalecía en cada rincón. Y en él comenzaba a bullir una euforia semejante a la que sintió en los instantes previos a la matanza de los pretendientes.
Unos pasos más adelante, obstruyendo el paso de Agertes, el príncipe itacense vio a dos púgiles intercambiando golpes. Sus cuerpos, apenas iluminados por una pálida tea fijada en una columna, estaban ungidos en aceite; el hijo de Odiseo distinguió la sangre negra que fluía del párpado de uno de ellos. A medida que avanzaban, la guardia del herido comenzó a caer. Su adversario, inusualmente alto y esbelto, lanzó una rápida sucesión de golpes que impactaron en la sien y en la mandíbula. El cuerpo del combatiente se derrumbó, como si el soplo del alma lo hubiera abandonado.
Al pasar a su lado el vencedor se giró. Y entonces la mirada de Telémaco se encontró con la de una gimneta que llevaba el cabello atado a la nuca… Era una mujer… La luchadora lo siguió con una mirada que no era desafiante, pero que Telémaco percibió como un llamado, mientras ella resoplaba tragando aire a grandes bocanadas; el mismo aire que él le parecía viciado. El pecho firme de la combatiente se alzaba y descendía con rapidez; y al advertir la mirada del extraño, amagó con dar un paso hacia él, alzando los puños aún crispados y teñidos con la sangre del derrotado.
—¡Avanza! —exclamó Agertes, sin volverse ni detener el paso.
Tras un trayecto que le pareció interminable, y durante el cual sus nervios se tensaron como si aguardaran una nueva matanza, Telémaco se halló por fin ante la antesala de la palestra. Circundada por columnas rematadas por teas, aquel espacio tenía un aspecto menos espectral que los recintos que había dejado atrás. Pero fue precisamente ahí donde el príncipe itacense se detuvo. Sus piernas le impidieron avanzar.
—¡Ven! —le dijo Agertes, que ya se hallaba en el centro de la arena, llamándolo con un gesto imperioso.
Telémaco, sin embargo, quedó inmóvil, como quien ha mirado a la Gorgona.
—¡Acércate, hijo de Odiseo! —escuchó Telémaco decir a una voz resuelta y diáfana que parecía propagarse por todo el Gimnasio desde el centro mismo de la palestra.
Incapaz de contravenir la voluntad de la diosa, se internó en la arena, y allí sintió cómo el ímpetu combativo que ardía en sus miembros se apagaba. Entonces su vida, que apenas unas jornadas atrás había tomado un giro que él juzgaba venturoso, estaba a punto de cambiar, de nueva cuenta, pero esta vez para siempre.
—¡Yo te nombro, Telémaco de Ítaca, basileus de Poseidón! —exclamó la diosa.
De pie ante ella, el vástago de Odiseo se sintió sobrecogido por su majestad divina, que le turbó el pensamiento y le arrebató la palabra. Entonces una voz grave y severa lo arrancó de su trance. Era el mismísimo Aquiles, surgido de las penumbrosas columnas portando una hermosa panoplia en cuyos pulidos bordes y pliegues se reflejaban la llama de las teas, devolviendo destellos verdosos y azulados.
—¡Yo, Aquiles, Ánax del Gimnasio, te reconozco, basileus sagrado! Desde ahora, tu vida queda consagrada al servicio de nuestra señora y de sus designios, así como a honrar el culto de tu deidad patrona…
Agertes, el congregador de huestes, que se hallaba a un lado de Telémaco, le hizo una señal para que se postrara, y el muchacho obedeció, aún sin comprender. Telémaco recibió entonces la hermosa panoplia, cuyo peso le quebró las rodillas; al sopesarla, le pareció aún más indócil que el arco de Odiseo, aquel que, en muchas ocasiones, durante su infancia, intentó en vano sostener y encordar.
—Señor… —alcanzó a articular en su turbación—. El rey Menelao me dijo que habías perecido en Troya…
El Ánax no respondió. Entonces, la panoplia en los brazos del príncipe comenzó a vibrar y a resplandecer, emitiendo un sonido que parecía emular al del ponto embravecido. Telémaco, sin atreverse a soltarla, buscó a Agertes con la mirada; con una nueva y breve señal, el congregador de huestes le indicó que se la pusiera. Se la ciñó y, para su sorpresa, se le volvió más ligera, como si se tratara de un ligero quitón. Al contemplarlo ya armado, la diosa asintió, complacida, y su presencia se difuminó en el aire.
—Hijo de Odiseo —le dijo Aquiles, mirándolo fijamente a los ojos—, tu padre fue el más aguerrido entre los aqueos. Y así como él fue digno heredero de mis armas, tú deberás honrar las que hoy te han sido concedidas.
Nada pudo responder Telémaco ante aquellas palabras, cargadas de solemnidad y memoria. Y Aquiles mismo no esperó su respuesta, pues se dio media vuelta para desaparecer a través de las mismas penumbras por las que había emergido. Por primera vez, dos basilei se hallaron frente a frente en la palestra, portando sus panoplias sagradas.
—Es mi deber comunicarte la voluntad de nuestra señora Atenea… Hoy mismo volverás a Ítaca, para velar por la felicidad de Odiseo hasta el último de sus días… Esa es la misión que se te ha conferido.
—Nada querría más en este mundo que ver feliz a mi padre… —Devolvió el basileus del rey de los mares, ufano.
—Escucha atento: como ya te lo he mostrado, en la casa del extinto Eurímaco se teje, en este mismo instante, una conjura contra Odiseo, el último de los héroes antiguos, y es tu deber suprimirla. Por ningún motivo Odiseo debe verse impelido a coger nuevamente las armas…
—¡Volveré ahora mismo! —interrumpió Telémaco, impetuoso, amagando con echarse a correr.
—Quieres volar con tus nuevas alas cuando no has aprendido ni siquiera a gatear… —lo contuvo el piadoso Agertes, poniéndole la mano en el pecho. Las lustrosas armas del recién investido resonaron como si chocaran contra una muralla—. Tú eres ahora el eslabón que une a dos eras, y por eso debes ser el más discreto y reservado de los guerreros de Atenea…
—¡No comprendo…! —exclamó Telémaco, golpeando con los puños su yelmo escamado. La vorágine de acontecimientos había desbordado su joven corazón.
—Tú ya no perteneces más a tu padre, a tu madre o a tu tierra. Ahora eres de Atenea, y como uno de sus basileis sagrados, se te ha conferido el deber de mediar la transición entre dos eras. Es un deber mayúsculo, que no se debe acometer precipitadamente…
Telémaco negaba con la cabeza, maquinalmente, sin lograr comprender.
—Volverás a Ítaca ahora mismo, te comportarás como hijo devoto, preservarás la dicha de Odiseo, pero, bajo ninguna circunstancia, enterarás a nadie de la existencia de este Gimnasio o de los guerreros de Atenea…
Agertes, el congregador de huestes, comenzó entonces a desandar el camino hacia la entrada del Gimnasio, con paso firme, pero menos apresurado que aquel con el que habían entrado. Telémaco, al descubrirse solo en la amplia arena, echó a andar tras de su guía en aquella travesía.
—¿Me pides que sea alguien que ya no soy y que, al mismo tiempo, no revele quién soy ahora? ¿Se puede, acaso, ser y no ser al mismo tiempo? —preguntó Telémaco, persiguiendo al congregador de huestes, mientras se abrían paso entre gimnetas que detuvieron sus ejercicios al ver pasar dos panoplias sagradas.
—¡Yo no te pido! Atenea te ordena que cierres, de una vez y para siempre, la era de Ilión… —respondió el congregador de huestes, acelerando el paso, al saberse observados por los gimnetas, cuyos murmullos resonaron entre columnas y muros.
Apenas unos instantes antes, al recibir la panoplia de manos de Aquiles, Telémaco había creído ver el final de toda amenaza a la paz de su casa. Le habría bastado con irrumpir en los aposentos de Eurímaco portando su refulgente panoplia para abatirlos a todos con su tridente, sin miramientos. Un solo golpe, limpio y definitivo. Pero ahora aquello le estaba vedado; el basileus de Poseidón, recién investido, se sintió atado de manos.
—Yo no pedí esto. ¿Por qué me han elegido? —se detuvo en seco, en medio de un punto por el que habría de pasar un nutrido contingente de gimnetas a la carrera—. ¡Yo no quiero esto! —vociferó, señalando con sus manos la panoplia sagrada, que arrastraba la mirada extasiada y sorprendida de cuantos lo veían.
Al escuchar renegar de su sagrada vestimenta a aquel desconocido, los gimnetas, hombres y mujeres, abandonaron sus ejercicios y comenzaron a rodearlo.
—¡Necio! —exclamó Agertes, regresando por él. Lo tomó entonces del brazo para jalarlo pero el muchacho se resistió.
—Antes, siendo el hijo de mi padre, podía alzar la mano y responder a la injuria. Ahora, como guerrero de Atenea, no… ¿Qué absurda maldición es esta?
La conmoción en el Gimnasio era mayúscula, porque aquel extranjero no sólo portaba una panoplia sagrada, sino que la rechazaba y, por si fuera poco, parecía cuestionar además el mandato que le había sido impuesto.
—¡Silencio! —gritó Agertes, plantándole cara y mirándolo con unos ojos que no admitían réplica.
Y entonces no sólo él, sino todos los gimnetas que ya habían hecho un círculo alrededor de ellos, se callaron.
—Serás y no serás, eso es todo… —concluyó el congregador de huestes, tomándolo por la nuca para conducirlo hacia la salida.
Entonces Telémaco, basileus sagrado de Poseidón, pudo comprobar que los portentosos luchadores, las ágiles atletas, que le había cercado amenazantes, se se apartaban ante la apabullante determinación de Agertes, que lo llevaba como se lleva a un niño rebelde de vuelta a casa.
—¡Jamás creí que vería una investidura tan rápida! —exclamó la Esfinge, estirando su largo cuello, al escucharlos aproximarse y verlos cruzar el umbral—. Aunque, hasta el momento, solamente he visto una… —concluyó irónica, antes de recostarse otra vez sobre su vientre.
Nada respondieron a la bestia los basileis, que se internaron en la negra foresta. Agertes ya no tiraba más de Telémaco, solo apoyaba su mano franca sobre la nuca del muchacho, que se dejaba conducir dócilmente.
—La voluntad divina es un misterio para los mortales, Telémaco de Poseidón… —dijo Agertes, con un tono paternal que distaba mucho de aquel que había empleado para abrirse camino en el Gimnasio, tratando de animar al muchacho a hablar.
—Esta misión que me ha sido impuesta podría llevarme no ya otros veinte años, como los que estuvo ausente mi padre, sino tal vez toda una vida… —respondió Telémaco, abatido, y caminando sin darse cuenta de que Agertes lo conducía hacia la costa.
—Es tal como dices, basileus, pero sería una larga y feliz vida para Odiseo y Penélope…
—¿Qué debo hacer si mi madre es conducida la primera al Hades?
—Cuidar de Odiseo, para que nada le pase en la fragilidad de su duelo…
—¿Qué pasa si, en vez de Penélope, es Odiseo quien muere primero?
—Aniquilas a todos los conjurados y te vuelves inmediatamente aquí.— Respondió Agertes, categóricamente.
—¿Cómo debo obrar si los conjurados se aglutinan afuera del palacio, reclamando la sangre de mi padre? ¡Tú los has visto con tus propios ojos!
—Tú ya no tienes padre… Y eso es algo que no debes permitir que suceda. Odiseo debe vivir el resto de sus días en la más completa y diáfana paz. Nada ni nadie debe perturbar su tranquilidad. Deberá concluir sus días sabiéndose un rey venerado y querido por su pueblo… —sentenció Agertes, apartando los apretujados arbustos hasta que salieron a un alto y escarpado acantilado.
Telémaco salió de su abatimiento al volver a respirar el aire ligero y salado del mar, que ascendía en veloces ráfagas al romperse las olas en las rocas.
—Debes volver a Ítaca ahora mismo… —le dijo Agertes, señalándole el vacío.
Telémaco no comprendió lo que Agertes le estaba pidiendo, pero pudo comprobar que, al contacto de la brisa marina, su panoplia se ciñó aún más a su cuerpo. El metal se tornó suave y ligero, y parecía ser atraído irresistiblemente por el bullir de las olas. El muchacho plantó los pies firmes en la tierra, pero la panoplia tiraba de él hacia el precipicio. Incapaz de resistir a la fuerza de su vestimenta sagrada, lleno de angustia pero también de una inexplicable expectación, alcanzó a decir, antes de despeñarse:
—¡Pero tendré que rodear todo el Peloponeso!
—Decidiste conceder mi panoplia al hijo del que cegó a mi hijo…
—Y ahora, no podrás negarle tus favores… —respondió Atenea, mirando desde un amplio balcón del Olimpo hacia el acantilado donde Telémaco acababa de despeñarse.
El sacudidor de la tierra también se aproximó al borde del balcón para mirar al joven basileus investido con su panoplia luchar desesperadamente contra las olas que rompían violentamente en las escarpadas rocas.
—No voy a atentar contra él… —sentenció Poseidón, y al instante la marea se apaciguó. Telémaco, que era un buen nadador, tuvo tiempo de recuperar el aliento—. Esta misma noche estará de vuelta en Ítaca… —concluyó el dios, dejando sola a Atenea.
La diosa pudo apreciar cómo la estela azulada de su basileus se perdía en la inmensidad del océano y luego ella misma abandonó el balcón.
—Debo volver… —se dijo el joven basileus, convencido de que los dioses habían intervenido a su favor, pues la marea nunca desciende tanto durante la noche.
Entonces su panoplia, impulsada por una fuerza ajena a él, se sumergió en el océano. Su cuerpo, guiado por la armadura, comenzó a ejecutar movimientos propios de una bestia marina. Serpenteó ágilmente a través de negras masas de agua hasta que encontró una corriente que lo habría de conducir a su destino, a una velocidad inaudita, y sin que él hiciera el menor esfuerzo. Telémaco se dio cuenta de que no tenía necesidad de emerger a la superficie a respirar hasta que el ruido de sus pensamientos lo distrajo.
Y es que no podía simplemente aplastar a los conjurados, porque al hacerlo se habría revelado como lo que ahora era, un guerrero de Atenea. Y no podía, tampoco, dejarlos tejer sus redes, porque Odiseo debía creer, hasta el último de sus días, que toda Ítaca lo volvía a honrar con beneplácito. Cuanto más se acercaba a Ítaca, más se alejaba de ella. Aun antes de regresar, ya se sentía como un extraño en su propio hogar.
Conforme se abría paso entre nutridos cardúmenes, recordó el breve instante en que había compartido con su padre la victoria ante los pretendientes, el único día, un solo día, en que había sido, sin sombras, el hijo de Odiseo. Un día que se disolvía en la inmensidad del vinoso ponto. Telémaco estaba maravillado ante el prodigioso poder de su panoplia sagrada, pero tenía la certeza que aquella armadura que le había sido concedida, lejos de ser una dádiva, era una condena imposible de eludir: debía comportarse como un hijo sin ser hijo; debía combatir al enemigo, sin delatarse él mismo como enemigo de su enemigo.
Telémaco no deseaba cargar sobre sus hombros con la pesada responsabilidad de concluir con una era, como si no hubieran sido suficientes veinte años de tribulaciones esperando el regreso de su padre. Y ahora que Odiseo por fin había vuelto, resultaba que ya no podía considerarse más su hijo. Su obligación era ciertamente proteger a Odiseo, pero no como a un amoroso y dedicado progenitor, sino como a un símbolo de una era que debía extinguirse tranquila y pacíficamente, como cabo de vela. Ya pudo Telémaco reconocer por fin que las palabras de Agertes sobre la fugacidad de la felicidad presagiaban su futuro, pues a partir de ahora, aunque habitarían en la misma casa y comerían en la misma mesa, él y Odiseo ya no eran más padre e hijo.
—Yo, que siempre anhelé la felicidad de mi casa, ahora que al fin la tengo, ya no puedo considerarla mía…— se lamentó el surcador de océanos, en voz alta, una vez que sus pies tocaron la playa itacense.
Y aunque todo su mundo se había puesto de cabeza, de una cosa sí estaba completamente seguro: Lo que sea que se estuviera tramando en contra de los reyes de Ítaca, no sucedería durante aquella madrugada. Clareaba el alba cuando Telémaco traspasó el umbral del palacio, pero en la alcoba real Odiseo y Penélope no habían terminado de amarse. El basileus sagrado de Poseidón se apostó bajo el dintel de la anchurosa puerta detrás de la cual yacían sus padres, convencido de que nada ni nadie habría de profanar ese momento de magna felicidad.
—Mi señora, la animosidad crece, y no sin razón, en las entrañas de tu Gimnasio… —declaró el centauro Quirón, parado en el centro de la palestra donde debían disputarse los certámenes por las panoplias divinas.
—¡Habla con claridad! —le ordenó, colérico, el Ánax Aquiles, parado a la diestra del trono de Atenea en el palco que daba a la arena.
Con una discreta señal de su blanca mano, la diosa conminó al Pelida a que se calmara, de manera que su antiguo mentor pudiera hablar. Los didáscalos, así como el congregador de huestes, se habían acomodado, silentes, en distintos lugares del graderío.
—Entre gimnetas cunde la pesadumbre, porque has entregado las primeras dos panoplias sagradas a, llamémosles, extranjeros del Gimnasio…
—¡Y el culpable de eso eres tú! —vociferó Aquiles señalando al centauro con su refulgente lanza, haciéndolo recular con sus cuatro patas—. ¡Y tú! —completó el Pelida, dirigiendo la punta de su implacable venablo hacia un punto en lo alto de las gradas, donde se hallaba sentado el basileus Agertes.
—Aquiles, escúchame… —musitó Quirón, suplicante, pero fue interrumpido por la voz atronadora del máximo guerrero del Gimnasio.
—¡No! Han sido ustedes quienes profanaron las sagradas leyes de este Gimnasio. Has sido tú, piadoso Agertes, el principal culpable de estos ultrajes. Trajiste primero a una niña que Quirón educó en secreto. Luego has traído al hijo de Odiseo, que ha pisado el Gimnasio un solo día y en ese día salió investido con una panoplia sagrada. Y en ello, ni uno ni otro me hicieron partícipe. Se han saltado mi mando para entenderse directamente con Atenea… —concluyó el Ánax, volteando a mirar con el rabillo del ojo fija y decididamente a la diosa.
Atenea le sostuvo la mirada, tan solo unos instantes que el Ánax no resistió, y aunque tenía mucho más por decir, ya no tuvo ánimos de seguir hablando. El silencio se apoderó de la arena.
—Mi señora, son justos los reclamos del Ánax Aquiles. Y nada podemos hacer Agertes y yo para enmendar lo hecho: las panoplias entregadas están. Podemos, eso sí, sofocar el agravio que ha comenzado a arder en el corazón de los gimnetas…
Quirón se calló de pronto, esperando recibir una señal de la diosa o del Ánax para continuar, pero fue Agertes quien tomó la palabra, descendiendo con su paso marcial a través de las gradas y haciendo resonar sus armas divinas.
—¡Me acusas, digno Ánax, de haber violado las sagradas leyes de este Gimnasio! Una acusación muy grave que se paga con la vida, como todos aquí sabemos… —sentenció Agertes, parándose a un lado de Quirón, quien miraba con ojos llenos de angustia ahora al congregador de huestes, ahora a la regia silueta de Aquiles recortada por las penumbras del palco—. Pero si efectivamente yo hubiera traído a seres indignos o extraños, como lo ha sugerido Quirón, la Esfinge no nos habría permitido entrar. Y no sólo eso, sino que además les ha permitido salir portando panoplias divinas. Panoplias que han sido concedidas con tu venia, y con la de nuestra diosa… —señaló, haciendo una pronunciada genuflexión—. De manera que, yo te pregunto: ¿cómo hemos podido violar Quirón y yo la ley del Gimnasio, si Atenea misma, que es la ley del Gimnasio, ha concedido panoplias divinas a nuestros basileis?
—Ya veo, piadoso Agertes, que de Odiseo aprendiste no sólo a combatir, sino también a discursar. Tal vez podrías reunir aquí a todas y todos los gimnetas que tú mismo has traído a formarse, y explicarles, para refrenar su malestar, por qué las únicas tres panoplias que se han entregado, incluyendo la tuya, han sido entregadas a seres que no han padecido los rigores de nuestra férrea disciplina. Podríamos hacerles venir ahora mismo… —concluyó Aquiles, amagando con descender también a la arena, hasta que, con una nueva señal, no menos sutil que la anterior, Atenea lo contuvo.
—Dime, Quirón, ¿qué es ese descontento que tanto te preocupa y por el cual nos has reunido con tanta urgencia? Porque, la última vez, yo vi a las gimnetas escoltar entre cantos y danza de regocijo a Amaltea hasta la salida del Gimnasio… —preguntó la diosa, y entonces tanto Aquiles como Agertes silenciaron sus bocas, que aún tenían mucho por decir.
—Cierto es lo que dices, mi señora, pero al paso de los días ese júbilo se apagó y lo que impera ahora es un desánimo general. He visto tristeza y desesperanza en los ojos de mis gimnetas. He notado que el cansancio les oprime los hombros y les dobla las rodillas. Les he visto afrontar las labores más simples con las espaldas encorvadas. He advertido que comen menos y que desean dormir más…
—Esto es un Gimnasio, no el gineceo de un oikos… —le interrumpió Aquiles.
—¡Quirón dice la verdad! De un tiempo para acá, yo también he notado un abatimiento en mis pupilas y pupilos —exclamó Heracles, poniéndose de pie y levantando por lo alto su contundente maza.
—No había querido aceptarlo, pero ahora que lo dicen el educador de héroes y el domador de monstruos, he de reconocer que es cierto. Desde que el hijo de Odiseo salió del Gimnasio portando una panoplia divina sin haber demostrado en esta arena ningún mérito para obtenerla, el espíritu de los gimnetas ha decaído… —confesó Perseo, levantando la mirada al cielo con gesto preocupado—. Llegué a pensar que mi instrucción se había vuelto rancia, y tal vez así sea, pero eso no explicaría el abatimiento que se ha cernido en todo el Gimnasio.
Atenea miró entonces hacia el oscuro rincón en una esquina de la arena donde se había resguardado Teseo, el único de los didáscalos que no se había pronunciado todavía. El héroe ateniense no pudo resistir el peso de los ojos de la diosa y con paso firme emergió a la luz de las teas que iluminaban la arena.
—No puedo negar, mi señora, que he visto cinismo en gimnetas que yo me había propuesto postular para un certamen de investidura… Y ahora, al verles flaquear, ya no me atrevería a traerles a esta arena a derramar su sangre en vano… —concluyó el vencedor de Creta, y el rostro de Aquiles se contrajo en una mueca de inocultable furia. El silencio, nuevamente, volvió a apoderarse de la arena.
—En vano… —masculló Aquiles, entre dientes—. ¡En vano! —vociferó al fin, haciendo retumbar las piedras del graderío—. ¿Así que consideran que quienes vengan a la arena a pelear por una panoplia lo harán inútilmente? Ahora comprendo por qué ninguno de ustedes ha postulado a nadie para una lucha de investidura. La duda se ha apoderado no sólo de los gimnetas, sino también de ustedes… ¡Se ha corrompido el corazón mismo de este sagrado Gimnasio!
—¡Justo Ánax, por favor! —reviró Quirón, en un gesto con el que suplicaba a Aquiles que reconsiderara la gravedad de sus últimas palabras.
—¡Pero yo no voy a cargar con el peso de una culpa que comparten solamente ustedes dos! Si nos has hecho venir, es sin duda porque, en tus retorcidas mientes, has debido tramar ya alguna artimaña para resarcir tu conciencia…
Atenea lamentó la aspereza de las palabras del Ánax, y así se lo hizo saber con una severa mirada cuando él volteó buscando su aprobación.
—Sí, Aquiles, he reflexionado detenidamente sobre este penoso dilema, que admite, no obstante, una solución bastante simple… —respondió el centauro, con una sonrisa nerviosa que crispó aún más los ánimos del Ánax.
—Habla, Quirón… —rrdenó Atenea adelantándose a Aquiles, que estaba a punto de increpar nuevamente a su antiguo mentor.
—Mi señora, es preciso que entregues las panoplias a las hijas y los hijos del Gimnasio… Y que la próxima, lo hagas pronto…
—¡Hagámoslo ahora mismo! —tronó Aquiles—. ¿Por qué no traes a la arena a alguien? Mejor aún, ¿por qué no traen tú y Agertes a alguien cada uno?
—Ánax, no es eso lo que he querido decir… —se lamentó el centauro, desbordado por la cólera del Pélida.
—¡Yo sí que puedo traer uno e incluso dos! —proclamó Heracles, dando un pronunciado brinco hasta la arena.
—¡Una cosa sí les aseguro a ustedes dos! No volveré a consentir que se otorgue una panoplia sagrada a nadie que no se haya formado en el Gimnasio como debe ser. Y no bastará con pararse en esta arena y dar muerte al otro. Quien sea investido, deberá demostrar merecerlo…
—¡Eso solamente va a desalentar más a los gimnetas, justo Ánax! Si les obligas a luchar hasta la muerte y aún así les niegas la panoplia, ¿qué sentido tiene combatir? —reprochó Agertes, con voz clara y contundente.
—¿Por qué no reinventas nuestra ley, congregador de huestes? ¡O simplemente tráeme, cuando lo consideres oportuno, a quien deba investir con una panoplia sagrada, no importa si se formó o no en el Gimnasio, tal como hiciste la última vez!
—¡No fue esa mi intención, Aquiles! —proclamó Agertes, cansado de los reproches del Ánax, que parecía no escucharlo más. Aquiles se había dado media vuelta para quedar frente a frente con la diosa.
—Mi señora, si me devolviste al mundo para gobernar en tu Gimnasio sin poder de mando, regrésame ahora mismo al Hades, te lo suplico, pues es mejor errar entre los muertos, que no precisan de ninguna ley, que intentar mandar entre los vivos, que no reconocen autoridad.
—Debemos escuchar a Quirón… —respondió la diosa, eludiendo el reclamo del Ánax.
Y el centauro, que había escuchado aquella orden, se apresuró a tomar la palabra, aprovechando que Aquiles debía permanecer en silencio.
—Ya me temía tu reacción, justo Ánax. No estarás obligado a conceder panoplias divinas a quienes no las merezcan. Pero tampoco podemos permitir que nuestros gimnetas se dejen la vida en el Gimnasio, sin obtener ningún tipo de recompensa. Hay que darles una razón para vivir…
—¡Explícate, Quirón! —ordenó Atenea, poniéndose de pie para acercarse al borde del palco.
—Nadie puede vivir sin un motivo. Quienes aquí se entrenan, lo hacen con la esperanza de servirte algún día, vistiendo una panoplia sagrada. Pero muchos no sobreviven a la dura disciplina del Gimnasio. Y quienes la sobreviven, han sido desplazados por otros… Debemos darles un incentivo.
—¿Qué propones? —Interrogó Atenea.
—Hay que darles panoplias, mi señora…
—No podemos forjar más panoplias divinas, lo sabes.
—No tienen que ser panoplias sagradas. Pueden ser panoplias de hoplita, que se otorguen en reconocimiento al esfuerzo y a la perseverancia. Sé que el Ánax va entregar las panoplias sagradas solamente a quienes sean capaces de desplegar un poder y virtud extraordinarios, y es justo que así sea. Pero la gran mayoría de los gimnetas no podrá aspirar a eso jamás Y no por ello dejan de ser guerreros dignos.
—¡Una panoplia de hoplita la puede conseguir cualquiera acudiendo a un herrero! —reviró Aquiles, indignado.
—¡No cualquiera, justo Ánax! Ninguno de nuestros gimnetas podría, porque al herrero hay que pagarle para que forje la armadura, y quienes aquí entrenan no sólo no pueden salir, sino que, si salieran, no tendrían con qué comprar ni un mendrugo de pan.
—¡El remedio al problema que ustedes dos han generado, es entregar premios a la mediocridad! —exclamó Aquiles, mirándolos a ambos, pero Agertes desvió los ojos al suelo.
—Ninguno de los gimnetas puede considerarse mediocre, justo Ánax. Cualquiera, hasta el más débil, es mejor guerrero que los mejores guerreros del exterior. ¡Y tú lo sabes! No puedes esperar, sin embargo, que todos sean dignos de las trece panoplias divinas.
—¿Tú piensas lo mismo, congregador de huestes? ¿También crees que debemos entregar panoplias de hoplita para premiar la medianía? Porque de ser así, yo te preguntaría, ¿por qué nos has traído al Gimnasio a quienes no son dignos de él? —interrogó Aquiles a Agertes, que permaneció en silencio, mirando la arena donde muchos de los gimnetas por él reclutados habían dejado la vida—. ¿Cómo, es que no se han puesto de acuerdo ustedes dos antes de hacernos venir?
—Aunque así te parezca, justo Ánax, Agertes y yo no hemos confabulado jamás contra tu autoridad. Todo cuanto hemos hecho, ha sido para servirle al Gimnasio y la diosa. —Reviró el centauro, visiblemente compungido.
—¿Estás conforme con lo que quiere hacer Quirón, congregador de huestes? —Insistió Aquiles, señalando con su lanza a Agertes, que volteó para encararlo.
—¡No lo estoy! —respondió al fin, provocando congoja en el centauro, que se mesaba la tupida barba. —Pero no soy yo, justo Ánax, quien habrá de decidir sobre este asunto.
—Dime, sabio Quirón, ¿qué es lo que realmente temes? —preguntó Atenea.
—Aquí formamos el carácter, pero no hay disciplina, ni la más ardua, capaz de doblegar por completo la naturaleza humana.
—¡Habla claro! —reclamó Aquiles.
—No hay ser humano que resista vivir sin sentido… Y en la búsqueda de sentido, siempre corre el riesgo de extraviarse…
—¡Enigmas, siempre enigmas! —clamó Aquiles, manoteando, pero la diosa le hizo una señal para que se calmara.
—¡Está bien, sabio Quirón! Daremos panoplias de hoplita… —sentenció Atenea, para sorpresa de Aquiles, que la miraba atónito—. ¿Vas a cuestionar mi autoridad, Aquiles?
—No, mi señora… —respondió el héroe, destensando sus músculos y dejando caer al piso la punta de su venablo.
—En ese caso, deberás quedarte en el Gimnasio hasta completar la entrega de todas las panoplias.
Aquiles lucía apesadumbrado y la diosa no fue ajena a ello. Dirigiéndose a quienes se hallaban en la arena y en las gradas, proclamó:
—¡A partir de ahora, será el Ánax Aquiles, y sólo él, quien decidirá quiénes serán investidos con panoplias sagradas o de hoplitas!
Mediante esa consigna Atenea había reivindicado la autoridad que Aquiles sentía vulnerada, pero el Ánax tenía la certeza de que algo, al interior del Gimnasio, se había pervertido.
—Ánax, comunica al divino herrero mi voluntad de que forje panoplias de hoplita. Serán armaduras comunes, carentes de atributos divinos, y tú decidirás cuántas deben ser.
—Sea como dices, mi diosa… —respondió Aquiles, inclinando la cabeza, y la diosa comenzó a desvanecerse en el aire. Los didáscalos en la arena también se inclinaron al verla partir.
La matanza de los pretendientes
Al consumarse la matanza de los pretendientes, el destino de Telémaco ya ha sido sellado. Será investido basileus sagrado. Y casi como si ya portara las divinas armas, unió fuerzas con su padre, Odiseo, para librarse de aquellos indeseables enemigos.
Fuentes:
Homero recrea la matanza de los pretendientes en el canto XXII (vv. 1-41) de La Odisea, pero la fue tejiendo pacientemente desde el canto XXI, en el que tiene lugar el certamen del arco, e incluso desde antes, cuando Odiseo disfrazado de mendigo analiza la situación imperante en el palacio, cantos XVII–XX.
La primera de las flechas justicieras disparadas por Odiseo va contra Antínoo. No se trata de un acto impulsivo, ya que todo ha sido preparado meticulosamente: se retiraron las armas disponibles para los pretendientes, se cerraron las puertas y se apartó a las mujeres que eran leales a los pretendientes. En esta empresa, Telémaco desempeña un papel decisivo, ya que empuña las armas contra los enemigos de su casa (XXI, vv. 90-130). De esta manera, la matanza de los pretendientes es también el paso definitivo de Telémaco a la madurez.