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Entonces un pesado silencio se impuso en el campamento, donde los soldados itacenses comían, bebían y cantaban, aún con las manos, las armas y las ropas teñidas con la sangre de los cicones. Incapaces de contravenir las órdenes de su rey, los soldados serenaron sus ánimos y dejaron en libertad a las mujeres, que corrieron presurosas a encontrarse con sus hijos pequeños y a buscar entre los cadáveres a sus esposos, padres y hermanos. Ares, el iracundo y violento dios de la guerra, quien había visto y escuchado todo con estupor, no podía concebir que Odiseo se resistiera al frenesí de la victoria y a las glorias de la batalla. Sintiéndose injuriado por semejante conducta, el dios resolvió ejecutar una cruenta venganza contra Odiseo y los suyos.
-No puedo permitir que se me deshonre de semejante manera. Renegar de la sangre derramada no es propio de los guerreros y no puedo favorecer a quien no es capaz de celebrarme. Mañana mismo, los que hoy se arrepienten de haber desenvainado la espada, por ella serán abatidos…- Masculló entre dientes Ares, contemplando a la distancia el campamento de Odiseo donde reinaba la paz, para luego internarse en la espesura del bosque que bordeaba la ciudad. Atenea, la diosa de la sabiduría, había logrado escuchar las intenciones de su hermano Ares, y siendo ella misma entendida en las artes de la guerra, se propuso permanecer junto a Odiseo, a quien siempre había prodigado un trato privilegiado, y a quien debía además proteger hasta su retorno a Ítaca.
A la primera hora, cuando Helios ya anunciaba su luminosa corona, Ares salió de entre los árboles del bosque encabezando un grueso batallón de cicones vecinos. El dios estaba determinado a destrozar el campamento de Odiseo, pero fue interceptado por Atenea, quien le dijo:
-Bien sabes, hermano, que yo misma intercedí ante los dioses en el concilio olímpico por Odiseo. Es mi voluntad que vuelva a su casa y así será, por más que te opongas…
-Retírate, orgullosa hermana, pues lo que aquí va a suceder está más allá de tus designios…
-¿No te ha sido suficiente con toda la sangre que bebiste durante diez años en Troya? ¿Tanta es tu sed que ahora quieres lamerla de la arena de Ísmaro como un perro?
-Nunca estoy satisfecho de sangre y ya deberías saberlo. Pero ahora, lo que quiero es castigar la afrenta que cometió Odiseo al renegar de mi favor. Porque no habría sido posible que él y sus hombres se adueñaran de Ísmaro, si yo mismo no le hubiera otorgado la victoria…
-Cuida bien lo que haces, no vaya a ser que por querer que Odiseo te honre a ti, deshonres tú los designios de los olímpicos.- Así habiendo dicho, Atenea se esfumó rápidamente entre las rosadas nubes. Una vez que Ares la vio perderse, infundió en el corazón de los cicones un ardor incontenible de un solo soplo. Lanzando feroces gritos, las huestes de Ares invadieron el campamento de los itacenses y comenzaron a acribillar a los inadvertidos soldados. Al estar ungidas por el flamígero beso de Ares, las armas de los cicones acertaban cada uno de sus mortíferos golpes. Entre la confusión de la carnicería, Ares buscaba afanosamente a Odiseo, pues deseaba abatirlo él mismo para mirarlo a los ojos y reclamarle su ingratitud.
Hasta la playa, abriéndose paso a punta de espada, llegó Agertes lo más pronto que pudo. Él era el único de los itacenses que no había dormido esa noche en el campamento. Había sido convidado a dormir a la casa de un anciano cicon en agradecimiento a su intervención para que Odiseo ordenara la liberación de las mujeres. En aquel humilde hogar el piadoso Agertes comió, bebió y escuchó del anciano las más sentidas y agradecidas palabras. Y ahí mismo, también, el héroe fue bendecido por Afrodita, la diosa del amor, que le abrió el lecho de la más joven de las hijas del anciano. Apenas escuchó los primeros estruendos y alaridos del combate, Agertes se levantó, cogió sus armas y salió en busca de su rey. Volveré, le dijo Agertes a la joven muchacha, sin saber que jamás habría de cumplir su promesa.
Dos eran, entonces, los que buscaban a Odiseo en el fragor de la lucha. Ares con el deseo de aniquilarlo y Agertes con el propósito de protegerlo, pero ambos tenían grandes dificultades para encontrarlo. Al ver cómo los soldados de Odiseo caían uno tras otro, Atenea hizo descender una densa bruma al campo de batalla, de manera que nadie podía ver con claridad. Odiseo, que había tratado de abrirse paso hacia las naves, al verse envuelto en aquella neblina decidió esconderse tras un peñasco. Ahí, dispuesto y resignado a morir, escuchó cómo se acercaban unas ligeras y sigilosas pisadas. Empuñando con fuerza la espada con la que había conquistado los altos muros de Troya, giró rápido para enfrentar al que ya de cerca le acechaba.
-¡Agertes, hijo mío! Triste es nuestro destino cuando sobrevivimos a Troya y morimos en Ísmaro. Los dioses nos han castigado por haber subyugado a este pueblo inocente. Y de entre todos los que aquí vinimos a obrar la ignominia, solo tú te mantuviste íntegro y justo. Toma, sujeta mi espada, viste mis ropas y ábrete paso hasta las naves. Tal vez aún haya algún dios que te favorezca y te permita sobrevivir a esta masacre. Los nuestros que queden, al pensar que quien avanza soy yo, devotos sacrificarán sus vidas en el intento de lograr tu huida. Si alguien merece vivir, ese eres tú. ¡Ahora vete! Yo te bendigo como al hijo que jamás volveré a ver…
-Odiseo, rey y padre, no puedo dejarte aquí ni tampoco hacerme pasar por ti. Bien sé que ya nada podrá salvarnos, así que permíteme morir contigo, ya que los dioses no quieren vernos volver a Ítaca.- Ya nadie, sin embargo, contestó a la súplica de Agertes, quien de un empujón que le diera Odiseo quedó solo y desorientado, con los pies hundidos en la grumosa arena.
-¡He ahí a nuestro rey que aún vive! ¡Itacenses, procuremos todos, los que aún quedamos, que Odiseo pueda volver a reinar justamente sobre nuestros hijos y nietos! ¡Si solo él ha de regresar a Ítaca, que así sea!- Gritó el mismísimo Odiseo. Al escuchar eso, Atenea presurosa disipó la pesada bruma para ver ella misma el lugar donde se encontraba el héroe. Ciones e itacenses se batieron entonces en terrible batalla, creyendo todos que al que perseguían o protegían era al propio Odiseo. Favorecidos por Atenea, los itacenses lograron allanar el camino de Agertes hacia las naves, creyendo que lo hacían por su rey. solo unos pasos separaban al héroe del navío, cuando Ares, amenazante, le impidió el paso.
-¿A dónde vas, ingrato Odiseo? No permitiré que de aquí te escabullas y habré de enterrarte en esta playa, junto a todos tus coterráneos. Nadie, jamás, sabrá en Ítaca que fue gracias a tus artificios que los aqueos conquistaron Troya. ¡Vamos, empuña la espada y peleemos, para que puedas decir, al llegar al Hades, que fue un dios quien te arrebató la vida!
-¡Tú, quien el paso me impide, eres Ares! Te reconozco bien del campo de batalla en Troya… Dime, ¿qué te debo para que con mi vida quieras cobrarte?- Preguntó Agertes, quien comprendió que las hordas de cicones habían adquirido tan desmesurada belicosidad porque estaban comandadas por el terrible dios de la guerra.
-¿Y todavía te atreves a preguntar? Fue gracias a mi favor que tú pudiste imponerte aquí, en Ísmaro… ¿Y qué hiciste? En vez de celebrarme, decidiste imponer la paz… ¡Te atreviste incluso a permitir que las mujeres volvieran a sus hogares! Comportamiento completamente indigno para uno de los vencedores de Troya. ¡Ahora verás lo que vale tu paz!- Exclamó el dios, lanzándole un golpe de espada que Agertes apenas pudo contener con su escudo. Al escuchar aquellas torvas palabras, el corazón de Agertes se heló, pues acababa de entender que aquella matanza, en la que seguramente habrían de morir él, Odiseo y todos sus compatriotas, era completamente culpa suya. Había sido por su negativa a mancharse más las manos de sangre inocente que Odiseo había ordenado detener la barbarie. Resignado a perecer a manos de Ares, pero sin sentir arrepentimiento por lo que había hecho, Agertes se dispuso a morir dignamente combatiendo por la paz que había elegido y que tanto había indignado al dios de la guerra.
-No hay forma de que un mortal venza a un inmortal. Seguro será mi fin, pero prefiero morir por la paz antes que seguir viviendo en la ignominia de la sangre y la violencia… -respondió Agertes, con la remota esperanza de que, al enfrentarse al poderoso dios, pudiera conseguir que Odiseo se salvara.
-No vaciles más, ingenioso Odiseo y avanza, pues solo yo me he dado cuenta de la treta que urdiste. Bordea la batalla entre Agertes y Ares y, a hurtadillas, aborda la nave que te espera para llevarte a Ítaca…- Susurró Atenea a los oídos del héroe.
-¡Eres tú, mi señora!- Exclamó Odiseo, sorprendido por la presencia de Atenea.- ¡No puedo hacer lo que me pides! Me resisto a abandonar a su suerte a mis hombres y a mi amado Agertes.
-Sígueme sin temor, que ni cicones ni itacenses habrán de notar que a la nave encaminas tus pasos. Anda sin miedo, pues tampoco Ares se ha dado cuenta de que no eres tú con quien lucha, sino Agertes…- Insistió Atenea, cubriendo con su quitón al receloso Odiseo.
-¿Entonces es Ares quien nos ataca? ¿Por qué el dios de la guerra resolvió matarme a mí y a mis hombres?- Preguntó Odiseo, quien bajo el manto de Atenea era invisible a los ojos de mortales e inmortales.
-Fue él quien facilitó la conquista de Ísmaro y se sintió deshonrado por tu decisión de no consumar la victoria y de dejar a las mujeres regresar a sus casas…- Respondió Atenea, arrastrando a Odiseo que se resistía a caminar.
-No tendría cara, mi señora, para volver a besar a mi esposa y abrazar a mi hijo, si aquí abandonara a mis reducidas huestes y al piadoso Agertes, quien se enfrenta a Ares haciéndose pasar por mí. Y ahora que sé que es a mí a quien el dios quiere, por haberle faltado con mi decisión, debo ser yo el que deje los huesos en esta maldita playa.- Respondió Odiseo, intentando zafarse del manto divino.
-No es la voluntad de los dioses que aquí mueras, Odiseo. Tu destino está ya sellado y ésta no es la última de las penalidades que te esperan. Apresúrate, sube a la nave y cumple así con tu aciago destino…- Reviró Atenea, escoltando los pasos del héroe hacia la embarcación.
-¿De qué aciago destino me hablas? ¿Por qué me obligas, anunciándome oscuros designios, a abandonar al joven y piadoso Agertes?- Se resistió Odiseo, negándose a dar un paso más.
-¡No te atrevas, osado Odiseo, a retar el mandato de los dioses! Muchas desgracias te aguardan aún y no tienes permitido evadirlas ofrendando aquí tu vida. Anda, continúa tu camino, eleva anclas y busca, con todas tus fuerzas, volver al trono de tu reino y al lecho de tu esposa…- Concluyó la diosa, llevándolo ella misma y depositándolo en la cubierta de la nave, donde ya algunos de los soldados que habían logrado escapar a la masacre empuñaban los remos.
Impulsadas por una brisa que combó sus velas y que el propio Eolo, guardián de los vientos, había liberado por petición de Atenea, las naves de Odiseo comenzaron a alejarse rápidamente. El rey se apresuró a subir a la punta del mástil para observar desde ahí a Agertes y al resto de sus hombres, que no pudiendo escapar, teñían con su sangre la playa. Vio entonces que Ares y su amado Agertes luchaban encarnizadamente en el centro de una improvisada arena, cercada por los cuerpos de sus soldados caídos, apilados en siniestra forma por los salvajes cicones. Amargas lágrimas brotaron de los ojos de Odiseo al contemplar a Agertes batirse solo y en desigual combate contra el más terrible de los dioses.
-No te aferres más a lo que aquí dejas, Odiseo. El destino de Agertes está decidido, lo mismo que el tuyo. Mira y mira bien, porque hoy, al separarse, comienza la historia que a cada uno de ustedes habrá de ganarles inmortal gloria…- Le dijo Atenea al compungido Odiseo, quien vio cómo, con gran estruendo, se abrían los cielos ante el golpe furioso del venablo de la diosa. Entonces todos, incluido Ares, quien ya pisaba el cuello del piadoso Agertes, voltearon a ver aquel súbito y extraordinario suceso. De aquella rasgadura en el cielo, entre regurgitantes remolinos de negras nubes, emergió una reluciente panoplia de apariencia crisoelefantina. La panoplia descendió velozmente surcando los aires, hasta posarse a los pies del moribundo Agertes. Ares mismo debió apartarse ante el brío que desprendía aquella fantástica armadura.
-Este, que hasta ahora ha resistido con inusitada valentía tu enloquecida ira, no es Odiseo, obtuso hermano. El laertíada es aquel que en las naves se aleja…- Sonrió Atenea, señalando a lo que quedaba de la flota itacense que rauda se internaba en altamar. Después, dirigiéndose al yaciente soldado, exclamó:- ¡Agertes, toca presto esta flamante panoplia! Desde hoy, yo te nombro el primer basileus de mi ejército sagrado. Combatirás bajo mi mando y lo harás siempre para defender la verdad y la justicia, fiel a las nobles cualidades que en Troya y aquí te distinguieron.- Agertes, próximo ya a dar su último aliento, posó su mano temblorosa y mutilada sobre el borde de la lustrosa égida, en cuyo centro, tallado en motivos dorados, se apreciaba un soberbio mochuelo. Atenea, golpeando la sangrienta arena con su lanza, provocó un destello luminoso que envolvió al joven guerrero, cegando a los cicones y al propio Ares. Al disiparse la luz, el belicoso dios contempló frente a sí y en todo su esplendor al recién nombrado basileus. Incrédulo, no atinaba a comprender cómo ese muchacho, a quien estaba a punto de arrancar la cabeza hacía apenas unos instantes, no solo había recuperado sus fuerzas, sino que, égida en mano, lucía aún más fuerte e imponente que al inicio de la contienda.
-¡Pérfida hermana! ¿Qué malas artes son estas? Ya veo que también he sido víctima de las astucias del ingrato y cobarde Odiseo, quien con tal de salvarse prefirió dejar en su lugar a un impostor… En cuanto a ti, joven guerrero, reconozco tu arrojo. Me has dado, para ser no más que un simple mortal, una digna batalla. Por eso, y en virtud de tu destreza y valor, te perdono la vida, aunque seguro estoy de que volveremos a encontrarnos. Y ahora me voy tras aquel, porque no he de descansar hasta empalar su cabeza en esta o en otra ominosa playa.- Sentenció Ares, encaminando sus férreas pisadas hacia el ponto.
-¡No des un paso más, impetuoso hermano, si no quieres que te cruce las sienes con mi venablo!- Le advirtió Atenea.
-¿Te atreverías a levantar tu delicada mano contra mí, que soy capaz de desencadenar las más horrendas desgracias?
-Me atrevería, y ya podríamos así saber a quién de los dos prefiere Zeus padre… ¡Y ahora tú, Agertes, impide que aquellos cicones den alcance a Odiseo, para que éste pueda precipitarse sin estorbos al destino que los dioses le han trazado!- Entonces Agertes tomó entre las manos el venablo que, hundido en la arena, parecía reclamar el pulso de su dueño. Lo arrojó con tal fuerza que el proyectil atravesó las cubiertas de las naves que los cicones habían hecho zarpar en persecución de Odiseo, y una tras otra las envió al fondo del vinoso ponto. Cumplida su misión, la lanza regresó por sí sola y volvió a su mano; bastó con que el recién investido basileus extendiera el brazo para atraparla en el aire.
-¡Necia! No será aquí, entonces, donde habremos de medir nuestras fuerzas. Dejaré que otro dios entreteja los hilos del hado de Odiseo y me marcho, no sin antes advertirte, hermana mía, que voy a enseñarte, llegado el momento, cuál es el verdadero arte de hacer la guerra.- Vociferó Ares, iracundo, apuntando su flamígera lanza a los glaucos ojos de Atenea.
-Es gracias a mí que los hombres se ilustran en todas y cada una de las artes. Y el de la guerra, antes que serme ajeno, me es gozoso. Si algo nuevo se ha de aprender en esa lid, los guerreros que reclute para mi ejército sagrado lo aprenderán de mí y no de ti, ni de ningún otro…- Reviró Atenea, orgullosa.
-¡Hablas como si quisieras controlar los destinos del mundo! ¡Pero también yo soy un olímpico, que no se te olvide nunca! Sea pues como quieres, y que la sangre derramada en futuras batallas testimonie quién de los dos es el más diestro en el arte de la guerra.- Sentenció Ares, echando un último y amenazante vistazo al novísimo basileus, para luego esfumarse en una chispeante y roja llamarada.
-Escúchame Agertes, ahora que Ares, mi abominable hermano, por fin se ha marchado. Terribles y cruentas batallas nos esperan. Si te he separado de tu amado Odiseo es porque sus destinos están ya reservados a inenarrables penas, pero también a elevadas glorias. Tú y tu linaje, enlazado desde ahora y para siempre a mi culto, encabezarán, era tras era, los ejércitos que yo comande en las futuras guerras contra hombres y dioses. Deberás servirme, basileus, con más devoción que la que prodigaste a tu señor Odiseo, y para ello portarás tu panoplia sagrada, forjada por el mismísimo Hefesto. La primera misión que te encomiendo consiste en que recorras la Hélade anchurosa, de un extremo a otro, para reclutar aspirantes a conformar mi ejército. ¡Parte ya y acomete esta apremiante misión!
-Sabia y justa diosa, que nos has salvado a Odiseo y a mí de horrible muerte, comprendo la magnitud de la misión que me encomiendas y parto ahora mismo a cumplirla. solo espero que una chispa de tu nítida sapiencia me ilumine cada vez que deba elegir un aspirante.
-¡Parte ya, basileus! Y conduce a los aspirantes a mi Gimnasio. Noble y justo, como eres, sé que tu corazón hallará el camino…
Ísmaro
En Ísmaro, tierra de los cicones, Atenea invistió a Pegálides como su primer basileus, salvándolo de una muerte segura a manos de Ares, dios de la guerra, y encomendándole la misión de reclutar gimnetas para formar su ejército sagrado.
Fuente:
En la Odisea, canto IX (vv. 39–61), Odiseo relata que, tras abandonar Troya, arribó con sus hombres a Ísmaro, ciudad de los cicones, donde saquearon el asentamiento, dieron muerte a sus habitantes, se apoderaron de sus mujeres y repartieron el botín. Este episodio constituye una clara manifestación de hybris, cuyo castigo no tarda en llegar: pese a la advertencia de Odiseo de retirarse de inmediato, sus compañeros permanecieron en el lugar, lo que permitió que los cicones reunieran refuerzos del interior, más numerosos y experimentados en el combate. Al amanecer, los cicones contraatacaron el campamento aqueo, causando la muerte de seis hombres por nave y obligando a los sobrevivientes a huir. Así, el relato del retorno de Odiseo se inaugura con una primera experiencia de pérdida y abandono.