Señor del inframundo, distante, severo e implacable, custodia la ley inexorable que separa a los vivos de los muertos. Por ello, cuando Atenea desciende a su dominio para reclamar a un héroe caído en Troya, se opone con firmeza. Considera tal acto una violación flagrante de la estabilidad del cósmica.
Y aunque su oposición no impide el surgimiento del nuevo orden, Hades permanece como recordatorio de que toda alteración del equilibrio, incluso aquella orientada por la justicia, conlleva siempre consecuencias profundas.
Cuando Hefesto acuda a él en busca de una alianza, optará por mantenerse al margen de la guerra, porque su dominio trasciende el ámbito de lo terrenal. Pese a ello, concederá al dios herrero su casco de la invisibilidad, para que el sistema instaurado por Atenea tenga un contrapeso en el mundo.
Atenea desciende a los dominios de Hades para sustraer al más grande de los guerreros. Esta es una transgresión del orden cósmico que el dios de las riquezas no podrá impedir, pero que tampoco habrá de perdonar. Esta ruptura de la trama del universo tiene lugar en el Canto segundo del libro I, Aquiles…
AQUILES