Canto octavo
Funeral

El Ánax Agertes informó detalladamente a Atenea de lo sucedido; al menos de cuanto sabía con certeza, pero también de sus sospechas. Así se enteró la diosa de la traición de Cástor y de cómo los didáscalos, que aún no regresaban, y él mismo, habían partido del Gimnasio en persecución de los invasores, quienes se habían llevado a Hefesto y sus herramientas divinas.

—Así que Ares también quiere vestir a sus huestes con panoplias divinas… —murmuró la diosa, que iba atando los hilos de la conjura conforme el congregador le relataba los hechos.

Mientras el Ánax rendía cuentas, volvió Heracles, emergiendo de un cúmulo de escombros humeantes con paso lento y pesaroso. El hacedor de trabajos presentaba un aspecto terrible, pues todo su cuerpo estaba llagado por descarnadas quemaduras; la piel de león que siempre vestía, al igual que su propia cabellera, estaba completamente chamuscada. Su maza, con la que había realizado incontables hazañas, había quedado reducida a un madero inerme de carbón.

El héroe avanzó silenciosa y pesadamente, arrastrando el arma inservible por el suelo y trazando una línea hasta las ruinas a un costado de las gradas, donde finalmente se sentó, exhalando un profundo suspiro.

—¿Qué te ha ocurrido, hermano? —le preguntó Atenea. Fue solo al escuchar la voz de la deidad cuando el favorito de Zeus pareció volver a la realidad.

—Me perdí entre los árboles… —comenzó Heracles, mirando hacia el sitio por el cual había arribado, que desembocaba hacia el corazón del bosque que envolvía el ala occidental del derruido Gimnasio—. Di vueltas y vueltas sin parar, estoy seguro, hasta que divisé a la distancia las siluetas de unas veloces gimnetas…

Al escuchar mentar a las mujeres del recinto, Atenea se giró hacia el Gineceo pero no lo halló. Aquel fue el único edificio que había sido reducido totalmente a cenizas. Nada, ni una piedra, quedaba en pie.

—Decidí darles alcance, mas no pude. La diosa Enio se interpuso en mi camino. Combatimos encarnizadamente hasta ya entrada la mañana… ¡Y finalmente se marchó! Abandonó la lid, y no porque yo la estuviera venciendo… —concluyó el héroe, encorvándose y tomándose la cabeza por las sienes.

Atenea no quiso atormentar más al hacedor de trabajos, a quien aún restaban muchas más desgracias que atravesar, y lo dejó a solas con su pesar. La diosa advirtió, sin embargo, que poco a poco iban volviendo, por uno y otro flanco, gimnetas tanto o más abatidos que Heracles. No escapó a su entendimiento que, entre quienes regresaban, escaseaban considerablemente las mujeres.

De pronto, cuando la diosa estaba a punto de volver a interrogar al Ánax Agertes, Heracles se levantó violentamente de su sitio y caminó en dirección a la pira funeraria, sin soltar aquel carbón con el que surcaba el suelo. Todos voltearon a ver al héroe, incluso quienes apenas regresaban, formando un círculo alrededor de la improvisada plazuela.

Un penoso e insondable silencio inundó las ruinas del Gimnasio, quebrado solamente por los lastimeros clamores que Heracles profería al avanzar hacia el cadáver de su mentor, colocado en la cima de la pira y rodeado por los restos de las gimnetas y de los aspirantes que Anfión había conseguido rescatar de entre los escombros.

Los sobrevivientes, que buscaban afanosamente con la mirada reconocer a sus hermanas y hermanos caídos, se estremecían con cada gemido del hijo de Zeus. Algunos no pudieron soportar más y, contagiados por la profunda pena del héroe, comenzaron a sollozar; otros pasaron rápidamente al llanto, un lamento estentóreo e incontenible como nunca antes se había escuchado en aquel lugar donde las lágrimas estaban proscritas.

Atenea contempló con sus glaucos ojos aquella ominosa escena y decidió guardar silencio para permitir que Heracles, quien ya se había abrazado al cuerpo de Quirón, se desahogara libremente. Su inexorable y severa estampa, sin embargo, contuvo prontamente la emoción de los aspirantes, que de a poco recuperaron la compostura.

El propio Heracles se obligó a serenar su ánimo al descubrirse observado por los presentes; tras esto, se puso en pie, se apartó de la pira, se echó el negro carbón al hombro y se retiró discretamente buscando un sitio entre los sobrevivientes.

Por el mismo resquicio por el que había vuelto Heracles, se anunció otra amorfa figura que anticipaba su llegada con el repicar de trompicadas, desiguales y presurosas pisadas. Los gimnetas, con la mirada fija en aquel bulto que se fue perfilando conforme se acercaba, pasaron súbitamente del llanto al gozo, profiriendo sonoros alaridos de triunfo.

Era Teseo, conduciendo sujeto por la nuca al renqueante Hefesto. La diosa, al ver aproximarse al herrero olímpico suspiró aliviada, pero no se permitió ninguna otra muestra de emoción. Heracles mismo salió de su ensimismamiento y se avanzó al encuentro de los recién llegados pegando brincos, como si fuera un niño.

El vencedor de Creta llegó con su cautivo al centro de la improvisada plazuela y, después de él, arribó Perseo, que llevaba entre sus brazos los restos exánimes de la valiente Thysía. Tras los pasos del exterminador de la Gorgona entró a la plazuela, desfalleciente, una comitiva de gimnetas que portaba, con mucho cuidado y delicadeza, las estatuas de cuatro guerreras. Todos depositaron su carga al pie de la pira común, cual si se tratara de piadosas ofrendas.

Aprovechando la algarabía general, Atenea ordenó a Agertes que condujera discretamente a Hefesto a una celda, donde habría de permanecer aislado mientras los héroes le rendían los debidos informes. El congregador se aprestó a cumplir la voluntad de la diosa, pero hizo una señal a Anfión para que les siguiera.

—¿Por qué me tratan como a un criminal? —preguntó Hefesto, indignado.

—A los criminales se les ponen grilletes y se les atan las manos, y tú llevas las tuyas, prodigiosas como no las hay otras en el mundo, completamente libres…

—Y no obstante, vas a encerrarme en esa prisión…

—¡Eres un olímpico! En este mismo instante podrías consumirme con tu fuego hasta los huesos… ¿Por qué no lo haces? ¿Por qué no me aplastas y te marchas? Si te has dejado conducir hasta aquí es porque tu conciencia de inmortal te acusa… —concluyó Agertes, atrancando la puerta y echando una última mirada al divino artesano, quien se la devolvió colmada de cólera.

A una nueva señal de Agertes, Anfión acortó la distancia.

—Quédate aquí a cuidar de él. No va a escapar, lo sé, pero tañerás tu lira ante cualquier suceso extraño…

—Sea, mi señor…

Cuando Agertes volvió a la plazuela, Atenea ya conferenciaba con los didáscalos en privado, mientras los gimnetas se acomodaban donde podían para descansar sus miembros. Algunos, apenas tocaron el suelo, se quedaron profundamente dormidos bajo el cobijo de los suaves y tibios rayos de Helios que bañaban las ruinas.

—Tengo la convicción, mi señora, de que Cástor nunca planeó entregar a Hefesto… —Perseo hablaba para ser escuchado, mas su mirada parecía ausente, como si se hubiera vuelto al interior para recrear los intrincados sucesos de la infausta jornada. Todos, incluso Agertes, estaban pendientes del héroe y de sus palabras—. Cuando llegué a aquella vereda, Hefesto huía y Cástor trataba de propiciar su escape. Yo derribé al dios y, cuando lo amagué con mi espada, Cástor se interpuso. Me rogó entonces que me lo llevara de allí antes de que se presentaran Fobos y Deimos.

—¿Por qué no lo trajiste vivo, como yo lo había ordenado? —interrumpió el Ánax, con un tono de voz en el que se adivinaba cierto recelo.

—¡Yo iba a matarlo! —contestó Perseo, lanzando una mirada torva y desafiante al congregador de huestes—. Pero Hefesto amenazó con dejarse atrapar si no le perdonaba la vida a su aprendiz.

—Es cierto… Cástor suplicaba que nos fuéramos mientras las huestes enemigas se aproximaban a toda velocidad. No tuvimos más opción que partir y abandonarlo a su suerte…—. Confirmó Teseo.

—Pero entonces, ¿cuál fue el motivo que llevó a Cástor a aliarse con Ares para secuestrar a Hefesto y después liberarlo? ¡Tantas muertes en vano! —exclamó Heracles, confundido, mesándose la chamuscada melena de león.

—Me parece, mi señora, que entre Hefesto y Cástor surgió un afecto únicamente equiparable al que hay entre un padre y un hijo… —confesó al fin Perseo, causando conmoción en el hacedor de trabajos.

Heracles palideció y se echó hacia atrás, marginándose del cónclave. Ni Atenea ni los didáscalos repararon en él, que volvió a tornarse sombrío y que se alejó, discreta y silenciosamente, en dirección de la pira.

—Mi señora, vayamos ahora mismo a escuchar al dios y dejemos de elucubrar… —expresó el Ánax con vehemencia, ostensiblemente hastiado del rumbo que había tomado aquella discusión.

—No voy a tratar a Hefesto como a un traidor. Aún no sabemos si él participó en la confabulación contra el Gimnasio y solamente yo puedo habérmelas con él —respondió Atenea categóricamente, ordenándole a Perseo continuar con un leve ademán de su diestra.

—Hefesto no tomó parte en la conjura, mi señora —afirmó Perseo.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó el Ánax, airado.

—Hefesto no era, a mi juicio, el motivo de la traición de Cástor, aunque sí su medio. Yo me inclino a pensar que el objetivo principal del aprendiz era destruir el Gimnasio… —concluyó el héroe, presentando un argumento que sorprendió a la divina Palas.

—¿Por qué Cástor habría de querer tal cosa? —preguntó Atenea, contrariada.

—Supongo, mi señora, que por la dura vida que tuvo aquí.

—¡Todos aquí llevamos una vida difícil, no solo él! —replicó el Ánax, y todos, incluso Perseo, callaron ante la contundente evidencia que se manifestaba en los cuerpos vencidos, heridos, quemados y llagados de los gimentas sobrevivientes y, más aún, en los cadáveres apilados en la pira coronada por Quirón.

—Pero solamente él había perdido la esperanza… —formuló Teseo, que hasta entonces había permanecido en silencio. Su afirmación resonó con fuerza y nadie replicó; el ateniense entonces se sintió obligado a dar libre curso a sus ideas—. Cástor debió unirse a Hefesto como aprendiz con el expreso propósito de forjarse una panoplia falsa para poder salir de aquí. Representó muy discretamente su papel para ganarse la confianza del dios, pero no contaba con que terminaría cogiéndole afecto, y mucho menos con que Hefesto también iba a encariñarse con él… ¡Todo sucedió día tras día, ante nuestros ojos! ¡Y ninguno de nosotros, ni el extinto Aquiles, fuimos capaces de darnos cuenta!

Perseo agachó la cabeza, avergonzado, pero asintió a cada una de las palabras pronunciadas por el ateniense. Agertes, por el contrario, se fue agriando y endureciendo, como si aquella sentencia le doliera más que las heridas recibidas durante la última noche. Atenea era la única que permanecía inconmovible.

—¡Perdóname, mi señora, pues me encuentro náufrago en este tormentoso océano de especulaciones! —concluyó Teseo, al darse cuenta de que, quizá, se había sobrepasado al dudar del juicio de los Ánax.

—Nada tengo que perdonarte. De no ser por ti, por ustedes, no tendríamos al hábil artesano de vuelta… —dijo Atenea, conciliadora.

—Eso no es verdad, mi señora… —se atrevió a confesar el ateniense, para consternación del Ánax y, esta vez sí, de la propia diosa, cuyo asombro lo obligó a continuar—. Si no fuera por aquella muchacha y por sus aliadas, habríamos perdido irremisiblemente a Hefesto.

—¿Qué muchacha? —preguntó Atenea.

—Aquella que Perseo dejó a los pies de la pira… —Atenea distinguió el cuerpo de la guerrera flanqueado por las cuatro estatuas de piedra—. Ella fue la primera en salir del Gimnasio en persecución de los enemigos y nos dejó un rastro seguro a seguir…

—¿Qué rastro? —inquirió la hija de Zeus.

Entonces Perseo extendió el brazo hacia la diosa para mostrarle una marmórea lasca sobre la palma de la mano.

—La Esfinge…

La hija del Crónida encaminó sus pasos hacia la pira, donde Heracles iba de un lado para otro, agachándose para prodigar cariñosas palabras y caricias de despedida a los caídos.

—Heracles, deposita a esta muchacha allá arriba, junto al centauro… —ordenó la diosa y el héroe acudió presto a recoger el cuerpo.

—¡Ah, valiente Thysía! ¡Eras tú, estoy seguro, a quien alcancé a divisar antes de que Enio me cortara el camino! —Heracles besó la frente de la muchacha y, con una ternura insospechada para sus voluminosos músculos, acomodó el cuerpo a un costado del de su maestro Quirón.

La diosa se volvió y con paso firme, veloz incluso, regresó al sitio donde se hallaban el Ánax y los didáscalos.

—Agertes, llévame ante Hefesto…

Sentado sobre una fría piedra de su improvisada prisión, Hefesto se resistía a aceptar la magnitud del desastre provocado por su aprendiz. No lograba comprender cómo alguien a quien había llegado a querer tanto —alguien tan gentil, dedicado y afable— había sido capaz de propiciar aquel baño de sangre.

El dios de la fragua sabía que Cástor lo había utilizado para dar cumplimiento a sus abominables propósitos, imposibles de anticipar tras un trato tan respetuoso y reverente. Pero si aquel comportamiento había sido fingido para conspirar contra el Gimnasio, no había razón para prolongarlo una vez iniciado el asalto.

Hefesto repasaba una y otra vez distintos momentos de su convivencia cotidiana en el taller, intentando hallar, infructuosamente, un signo, una señal, un pequeño indicio que le hubiera permitido atisbar en Cástor el detestable sello de un traidor; pero no encontraba nada.

Durante su ajetreado regreso al recinto y su breve estancia en la celda, el herrero olímpico se había remontado afanosamente a la época de la instrucción, que había sido sin duda el periodo más dichoso de su estancia allí. Durante ese tiempo, había logrado equipararse a los orgullosos didáscalos de los que todos hablaban; efectivamente, los aspirantes, entre los pasillos, celebraban la sabiduría de Quirón, la fuerza de Heracles, el arrojo de Perseo, la tenacidad de Teseo o la dignidad de Aquiles, pero nadie hablaba jamás de la habilidad del dios para forjar y reparar las divinas panoplias. Fue solo cuando compartió sus saberes con Cástor cuando Hefesto contempló, a través de la admiración y el reconocimiento de su aprendiz, la enorme valía de su arte, del que dependía el Gimnasio entero e incluso la propia Atenea.

Y de ello no se habría enterado nunca si Cástor no le hubiera referido lo cerca y, a la vez, lo lejos que estuvo de vestir la panoplia divina de Dioniso, o lo mucho que le habría gustado vestir una armadura, aunque fuese de hoplita, aunque fuera tan solo por un instante. Aún resonaban en sus oídos las maravilladas palabras de su pupilo al sostener un relumbrante yelmo restaurado con tanta maestría que parecía recién salido del yunque: «Si tan poderosas son, como dejan constancia en las muchas e inenarrables batallas que los guerreros enfrentan, es sin duda por el empeño y virtuosismo que les prodigas, maestro…». Palabras de reconocimiento a su labor que lo conmovieron profundamente por provenir de un humilde muchacho.

De cualquier manera, y sin absolverlo de su horrible felonía, el dios ya comprendía las razones que habían impulsado a Cástor. Condenado a la vida en el Gimnasio, el joven pasaba los días viendo ir y venir a guerreros que obtenían grande gloria, aunque ninguno de ellos lo superara en poder. Aquello debió haber sido muy difícil de asimilar para su fogoso espíritu, rebosante de virtudes.

—¿Por qué forjaste una panoplia para Cástor? —Atenea abrió de un solo golpe la puerta de la celda e interrogó directamente y sin ambages al dios, quien, pese al cúmulo de terribles experiencias, se plantó ante ella con aplomo y dignidad.

—Yo jamás hice tal cosa…

—¿De dónde sacó entonces Cástor la panoplia que vestía?

—Se la forjó él mismo…

—¿Cómo pudiste consentirlo? ¿No sabías que eso era una traición al Gimnasio y a mí?

—Yo no consentí nada… —replicó Hefesto con molestia, girándose para eludir la mirada de la diosa.

—Solo con tu consentimiento pudo Cástor fraguarse una armadura; y yo, con el del Crónida, habré de imponerte el castigo que mereces, que será severo, pues no hay falta mayor que la traición… —sentenció la juiciosa Palas.

—Yo no traicioné a nadie. Culpa tengo en la fragua de la panoplia de Cástor, ciertamente; pero en su traición tienen más culpa tú y tus didáscalos… —devolvió Hefesto, encendido, pero reanimado y dispuesto a discutir.

—¿Cómo podemos nosotros tener culpa? —cuestionó la hija del Crónida con incredulidad.

—¡Sí! ¡Tú, tus didáscalos y la despiadada disciplina del Gimnasio! Ustedes orillaron a Cástor a hacer lo que hizo, y si no era él, otro lo habría intentado tarde o temprano…

—¿Te atreves a culparnos de la locura de ese infeliz?

Hefesto salió de la celda y comenzó a andar el camino hacia la plazuela. Anfión y Agertes, que esperaban afuera, amagaron con cortarle el paso, pero Atenea, a una señal, se los impidió.

—¿A dónde vas, artesano? —Atenea lo seguía, no muy de cerca, dando pasos cortos.

—Para ti el Gimnasio es solamente una fábrica de guerreros. ¿Sabes los nombres de tus muertos? ¡Míralos, ahí apilados! Esos hombres y mujeres habrán de irse al Hades como anónimos despojos… —dijo el dios, mirando primero con tristeza la enorme pila de cadáveres que rodeaban la pira y luego a la diosa—. Ahora ya no sé por qué acepté someterme voluntariamente al interminable trabajo de forjarte y repararte panoplias… —concluyó el artesano, manoteando y dándole la espalda a Atenea.

—Sí lo sabes —lanzó la diosa con determinación.

—¿Vas a recriminarme aquel episodio ya tan lejano? ¿No crees que me he resarcido suficientemente con todas las panoplias que para ti forjé y con las que ya he reparado no una, sino dos y hasta tres o cuatro veces? —reclamó el dios—. ¡Ya no te debo nada!

Hefesto hacía alusión a aquella ocasión anterior a la guerra de Troya e incluso a las expediciones de los argonautas, cuando Atenea acudió a su taller para solicitarle la forja de unas armas y él la acometió torpemente en un arrebato de incontrolable lascivia. La diosa lo había rechazado violentamente y, desde entonces, ninguna relación había mediado entre ambos, hasta que Atenea de nueva cuenta fue a buscarlo, pero esta vez a la morada donde Hefesto habitaba con su esposa, Afrodita. Allí, tomándolo por sorpresa, le pidió que se le uniera en una empresa como no había habido otra desde que Zeus se instalara en el Olimpo: le pidió que forjara las panoplias de sus guerreros. Hefesto, quien creía desde aquel infortunado episodio que Atenea solo podía sentir por él asco y desprecio, quedó pasmado ante tan inesperada solicitud. Viendo en ello una oportunidad no solo de resarcirse, sino de hacerse grato a la vista de la favorita del Crónida, aceptó la encomienda y puso en ella, desde el primer día que pisó el Gimnasio, el mayor de los empeños. Nadie, estaba seguro, podía reprocharle la calidad y excelsitud de su arte, ni siquiera la augusta diosa.

Pero ahora su sentir había cambiado por completo. Hacía tiempo que no se sentía complacido con su labor en el Gimnasio y su cercanía con Cástor le permitió tomar conciencia de ello. Durante todo aquel periodo, la diosa había mantenido un trato respetuoso pero distante. Si bien Hefesto no distinguió jamás señal alguna de menosprecio o repulsión, tampoco vio que en ella naciera el menor atisbo de aprecio o de simple simpatía. El artesano sentía que había trabajado afanosamente, echando mano de sus más altas dotes, sin que su posición respecto a la diosa hubiese cambiado un ápice. Tenía claro que, para Atenea, él valía exactamente lo mismo que antes de haberle forjado panoplias divinas. Aquella certeza lo hería profundamente, tanto que la enajenante fascinación que alguna vez sintiera por ella se fue transformando en desprecio. Y ahora, al estar parado ante la deidad, obligado a dar explicaciones, comprendía que de aquel embeleso no quedaba nada.

—Deberías cuidar tus palabras… —lo amenazó Atenea.

—Todos esos muertos no significan nada para ti —respondió Hefesto, señalando la pila de cadáveres a los que se les iban a tributar las honras fúnebres, sin reparar en la advertencia de la diosa—. Estoy seguro de que ni siquiera sabes sus nombres.

—No estoy obligada a saber el nombre de todos los aspirantes que entran al Gimnasio, y segura estoy de que tú tampoco los sabes…

—¡No, pero yo no los traje aquí para aprovecharme de ellos! Fuiste tú quien los mandó traer, a ellos y a todos, incluyéndome a mí, para servirte a ti y a tus nobles causas, sostenidas en atroces medios. —El artesano, que hasta entonces no había querido mirar, recorrió con lánguida mirada los rincones del devastado recinto.

—¿Atroces medios?

—¡Sí, atroces! En el Gimnasio han muerto ya más hombres y mujeres de los que seguramente han perecido en tus justas guerras… Y todos ellos en la flor de la juventud, llenos de sueños y esperanzas, aferrados a la cándida ilusión de convertirse en guerreros de Atenea. ¡Qué insensatez! Ahora me alegro de que Cástor haya destruido este infame lugar… —celebró el dios con una mueca de burla mezclada con tristeza.

—¡Insensato! No me parece que estés hablando cuerdamente, y si así fuera, lo haces sin medir las consecuencias de tu necedad… —replicó la diosa, sumamente indignada ante la insolencia de Hefesto.

—Jamás hablé tan cuerdamente como ahora, y me alegro de ver lo lejos que han llegado mis palabras, pues compruebo que han calado hondo en tu orgullo.

—No temes a nada, ¿verdad, artesano? —replicó la diosa encarándolo, amenazante.

—Le temo a la dureza del corazón, ¡a eso le temo! Y el mío habría permanecido duro como el mármol, impenetrable como el tuyo, si Cástor no lo hubiera ablandado.

—Te dejaste ablandar el corazón por un traidor…

—Concedo que Cástor sea un traidor; pero ahora dime: ¿todos ellos qué son, según tú? —señaló el dios la pira.

—Son dignos aspirantes que murieron en la defensa del Gimnasio…

—¡Ven! ¡Ven conmigo, venerable Palas, para que miremos directamente a los ojos de los dignos aspirantes! —exclamó Hefesto, intentando sujetar de la muñeca a Atenea, quien apartó la mano con violencia—. ¿No vienes? ¿A qué le temes? —insistió el dios, encaminando sus renqueantes pasos hacia los muertos.

Hefesto avanzó la mitad del camino, hizo una pausa para girarse y clavo sus ojos en Atenea, quien le sostuvo la mirada para hacerle saber que no cedería a su provocación.

—¿Es acaso que estos jóvenes, a quienes de hoy en adelante deberemos llamar los «mártires del Gimnasio», no son dignos de tus divinos ojos? —gritó Hefesto tan fuerte como pudo, para asegurarse de que su voz retumbara en cada rincón del recinto.

Entonces los gimnetas que dormían despertaron y los que estaban por hacerlo se desperezaron. Al ver que Hefesto se encontraba en la plazuela y que detrás de él se hallaba Atenea, se formaron en columnas, anticipando alguna instrucción. Los didáscalos, Agertes y Anfión también se aproximaron, pero ningún mortal se atrevió a intervenir en el trance que mantenía suspensos a los dos olímpicos.

—¡Ven a reconocer a tus mártires! —insistió el dios a voz en cuello.

Todos los ojos se posaron en Atenea, quien se volvió hacia las columnas de aspirantes, de las que se desprendió una ola de vivaces murmullos. Al contemplar los abatidos rostros de los sobrevivientes, Atenea comprendió que debía acercarse para animarlos con su presencia y se reprochó el haber caído en la artimaña del dios herrero. Resolvió aproximarse primero a la pila de cadáveres para satisfacer la ilusión de los sobrevivientes, quienes no concebían dicha más grande que la bendición de su diosa a los compañeros caídos.

—Te desprecio. Y aunque tú no hayas conspirado en mi contra con tu inefable aprendiz, te aseguro que esto vas a pagarlo… —le murmuró la diosa al artesano, una vez a su lado.

—¿Así que ahora me odias? ¡Vaya! ¡Pues mucho hemos ganado hoy tú y yo, aunque el precio haya sido tan alto! —exclamó Hefesto, orgulloso ante la inesperada reacción de la soberbia hija del Crónida. Imitó luego con su contrahecho cuerpo las genuflexiones que tantas veces vio ejecutar a Aquiles y al propio Agertes, y le ofreció el brazo.

—Lo único bueno que hay en ti son tus artes… Fuera de eso, eres un ser ruin y miserable… —musitó Atenea, colocando su delicada mano sobre el nervudo antebrazo de Hefesto.

—Desprecias injustamente a quien te trajo al mundo… —respondió el dios entre dientes, mientras ambos, entrelazados, reemprendían el camino hacia la pira. A Atenea le molestó terriblemente aquel incisivo comentario, pues era cierto que Hefesto, además de su acosador y su forjador, había sido también su partero—. Camina y procura disimular el odio que en este momento sientes por mí… —le aconsejó el herrero, intentando emparejar sus torcidas pisadas al caminar recto y altivo de la diosa—. Venga, avanza y no titubees. Vamos a darles a estos sufridos muchachos la satisfacción de que su soberana despida a los caídos, aunque no pueda llamarlos por su nombre…

Atenea, reprimiendo una furia y un asco jamás experimentados, avanzó sujeta al brazo del dios.

—¡He aquí a tus mártires!

Los restos de los aspirantes caídos habían sido dispuesto en círculo, formando un cinturón alrededor de la pira sobre la que yacían los cuerpos de Quirón y Thysía. Hefesto condujo a la diosa por los márgenes del circuito hasta hacerla completar una vuelta.

—Pasa tu divina mano sobre ellos, soberana del Gimnasio, para que partan al Hades bendecidos por ti… —reconvino Hefesto a Atenea, que hacía duros esfuerzos por mantener extendido su brazo. Los ojos de la hija del Crónida contemplaron un espectáculo atroz: cuerpos desmembrados, rostros congelados en horrorizadas muecas, torsos abiertos en canal, trozos amorfos de carne carbonizada y pestilente. Aquellos despojos ya no tenían el aspecto de haber sido humanos.

—¡Ya ha sido suficiente! —exclamó la diosa, apartándose de la pira con paso apremiante.

—¡No, aún no! ¿Es que no tienes ni siquiera unas palabras para los sobrevivientes? ¡Míralos ahí, formados, anhelantes de tu voz! —insistió Hefesto, intentando conducirla por el brazo.

—¡Basta! ¿Qué quieres probar? —gritó Atenea, soltándose colérica de la áspera manaza del artesano.

—Sería muy alentador que te acercaras y, llamándolo por su nombre, reconfortaras al malherido, al cansado, al hambriento, al agobiado por las imágenes de la espantosa masacre que aquí tuvo lugar en tu ausencia, mientras conducías a tu favorito Aquiles de regreso al Hades.

—Ya no voy a consentir más de tus maliciosas jugarretas…

—Y yo ya no voy a servirte más…

—¿Te rebelas ante mí?

—Yo podría ahora mismo, si quisiera y para desdicha tuya, entregarme al mismísimo Ares…

—¿Y qué te lo impide?

—El respeto al sacrificio de Cástor… Pero podría también, si me apetece, y me apetece mucho, ir a tocar a la puerta de cualquier otro olímpico…

—¿Y cómo sabes que habrán de recibirte?

—¡Ah! ¿Dónde quedó tu prodigiosa sapiencia? ¿Tan ciega eres que no te das cuenta de que destruyeron tu Gimnasio para apoderarse de mí?

—¿En tan alta estima te tienes?

—¡En tan alta estima me tienes tú y todos los que desean aprovecharse de mi arte!

—Puedes irte hoy mismo si así lo deseas, pues nunca te retuve en el Gimnasio en contra de tu voluntad…

—Así será, pues no he de servir nunca más a una causa como la tuya… —respondió Hefesto, emprendiendo el camino hacia el bosque.

—Tendrás que atenerte a las consecuencias… —amenazó Atenea.

—¡Nada puedes tú contra mí, insulsa deidad! —sonrió Hefesto con ferocidad, alejándose con su paso renqueante.

—¿Tendrás el mismo engreimiento cuando te veas obligado a comparecer ante Zeus?

—¡Ah! ¿Entonces vas a acusarme con tu padre? ¿Y de qué vas a acusarme? —preguntó Hefesto burlonamente, mirándola apenas de reojo.

—¡De traición!

—¿A quién? ¿A qué? ¿A ti? —soltó el dios con desprecio, reanudando la marcha.

—Tu falta es gravísima y enfrentarás la cólera de Zeus…

—Gustoso aceptaré mi condena, porque culpable soy de haberme traicionado a mí mismo y de haberle fallado a un joven que depositó en mí todo su amor y confianza… —concluyó el dios, perdiéndose de vista entre la espesura del bosque.
Todos miraban, con los ojos colmados de angustia, cómo el forjador de panoplias se alejaba. Entonces Atenea hizo una señal al congregador de huestes para que se acercara a ella.

—Sigue su rastro. Que no se entere de que vas tras sus pasos y, cuando hayas comprobado cuál es su último destino, vuelve para informarme.

—Sea, mi señora…

Entonces Atenea, alzando su venablo, obligó a todos a concentrar sus miradas en ella. Solo unos cuantos vieron salir después al Ánax, quien también, como el dios, se internó en el tupido bosque. La ruptura entre los olímpicos era definitiva.

—¡Gimnetas! ¡Hemos sido víctimas de un cobarde atentado! Cástor, hermano gemelo de Polideuces, basileus divino de Dioniso, quien al servicio estaba en el taller de Hefesto, se atrevió a forjar para sí mismo una panoplia y se valió de ella para conspirar contra el Gimnasio en alianza con Ares —comenzó la diosa, a la que todos escuchaban atentamente—. El propósito de este deleznable ataque era apoderarse del dios artesano, pero nuestros valerosos didáscalos lo frustraron, al rescatarlo de las garras del enemigo. Y ahora, para reponerse de este amargo episodio, el dios ya parte a su hogar, custodiado por nuestro digno Ánax.

Todos miraron en dirección del bosque, por donde las siluetas del dios y del Ánax se habían internado, una tras otra.

—Aunque tres dioses y un impostor nos atacaron, esperando alevosamente a que yo condujera a Aquiles al Hades para aprovechar nuestras ausencias, no lograron vencernos. Tuvimos muchas pérdidas, pero fuimos capaces de repelerlos y de recuperar a nuestro forjador de panoplias. Y ahora, como saldo de su osadía, nuestros enemigos solo tienen en su posesión unas inútiles herramientas más la certeza de nuestra valentía, nuestra tenacidad y fraternidad—. Proclamó la diosa, iluminando las ruinas del recinto con una luz que emanó de su venablo.

Todos los aspirantes, incluso quienes ya no podían mantenerse en pie a causa del cansancio o de sus heridas, la escuchaban fascinados.

—Nos han atacado porque nos temen. Le tienen horror a nuestra disciplina, a nuestra fuerza, a nuestra convicción inquebrantable por defender la virtud. Por eso, y porque son incapaces de vencernos en justa lid, prefirieron venir hasta acá a destruir el Gimnasio. Y lo que encontraron, para su desgracia, fue un ejército de arrojados gimnetas que luchó digna y valientemente con no más que sus manos desnudas.

Los sobrevivientes fueron recuperando el brío ante aquel exaltado discurso.

—Sí, perdimos a la guardiana Esfinge y mucho nos duele, es preciso reconocerlo, la muerte de nuestro amado Quirón… —La diosa guardó silencio y caminó hacia la pira, donde depositó dos óbolos sobre los ojos del centauro y uno sobre la frente de Thysía.

Los gimnetas, conmovidos, veían a su diosa rendir los honores.

—¡Anfión! ¡Tú, que también luchaste con pundonor, ven aquí, a mi lado! ¡Tañe tu lira e interpreta un treno en honor de nuestros mártires!

El joven hoplita avanzó hacia la pira, saludó a la diosa con una discreta genuflexión, se colocó a su diestra y comenzó a tañer su instrumento, cuyas notas se esparcieron lenta y suavemente a través de las ruinas, confundiéndose con la bruma de la mañana.

Atenea tocó la base de la pira con la punta de su venablo y los troncos empezaron a arder. Las llamas se elevaron altas, cual si la tierra hubiera querido besar el cielo con una abrasadora lengua de roja lumbre. Los sollozos ahogados de los gimnetas comenzaron a mezclarse, por uno y otro lado, con la fúnebre música interpretada por Anfión. Hubo quienes, incapaces de soportar más aquel melodioso tormento, prorrumpieron en sonoros y doloridos lamentos. Muy pronto, ante el estímulo de los conmovedores acordes de la lira, el derruido recinto volvió a inundarse de amargos llantos.

Entonces Heracles se abrió paso hasta los pies de la pira y comenzó a bailar. Nadie, ni la diosa, se atrevió a interrumpir aquella danza tosca y pesada con la que el hacedor de trabajos parecía vaciarse de una pena que lo desbordaba. Era como si el hijo de Zeus cargara sobre sus hombros con todo el dolor de la destrucción, porque fue solo al verlo dar tumbos cuando los gimnetas hallaron por fin un poco de amargo consuelo.

—¡Gimnetas! El día de hoy lo dedicaremos a los funerales, y mañana celebraremos juegos en honor de nuestros muertos.

Heracles, al escuchar la promesa de los juegos, salió súbitamente de su trance fúnebre y comenzó a bailar y a reír jubilosamente, provocando la hilaridad de los abatidos gimnetas.

Atenea ordenó a los gimnetas montar guardias de relevos en los alrededores de las ruinas del Gimnasio. Temía que los enemigos aprovecharan los funerales o los juegos para rematarlos. Estaba convencida de que debían contraatacar, pero también sabía que era imprescindible despedir y honrar las almas de los caídos.

La pira ardió durante todo aquel día y su noche, tiempo que los gimnetas aprovecharon para descansar sus ajados cuerpos, comer, beber, dormir y reponer fuerzas. A Anfión encomendó la diosa la importante tarea de acondicionar el recinto para la realización de las lides; el inspirado hoplita tañó su lira para trazar con los escombros una pista de carreras, una pequeña palestra para el pugilato, así como un descampado para el tiro de disco y jabalina.

A la mañana del día siguiente, la diosa dispuso que se recogieran los huesos de los mártires y ordenó a Anfión erigir un túmulo mortuorio. Todo se hizo por obra de la música.

—¡Gimnetas, didáscalos! ¡Demos comienzo a los juegos en honor de nuestros muertos! ¡Veamos quién de ustedes es el más veloz! —la diosa invitó a quienes quisieran poner a prueba sus piernas a ocupar la línea de partida de la pista. Allí, Anfión había colocado, una a cada lado, dos de las estatuas de las gimnetas que combatieron junto a Cástor; las otras dos aguardaban, a lo lejos, flanqueando la meta.

—Entonces, ¿los didáscalos también podemos competir? —preguntó Heracles, quien lucía completamente reanimado.

Sobre las quemaduras se había untado el héroe un misterioso emplasto que él mismo fue a buscar entre los escombros de la morada de Quirón. Ahí mismo halló aceites que puso generosamente a disposición de la diosa para los atletas que habrían de competir en los distintos certámenes.

A ninguno de los presentes, sin embargo, agradó la idea de que Heracles tomara parte en las competiciones. El favorito de Zeus no fue ajeno al rumor de descontento y él mismo, que ya se había encaminado hacia la pista estirando sus músculos, sin esperar la confirmación de Atenea, se apartó, sonriente. En respuesta, un nutrido grupo de gimnetas se precipitó, jubiloso, a la pista. Solo dos mujeres, notó Atenea, se hallaban entre los velocistas.

La diosa también se percató de un extraño fenómeno. Todos y cada uno de los competidores, incluidas aquellas dos gimnetas, ocuparon su puesto en la línea de salida tras haber rendido una sentida genuflexión ante una u otra estatua; algunos incluso se besaron la palma de la mano y la apoyaron luego, respetuosamente, en la frente, el hombro o la rodilla de la efigie. Los gimnetas tributaban un agradecimiento espontáneo a aquellas muchachas que habían dado la vida para recuperar a Hefesto.

Perseo se desplazó hasta la meta para certificar el resultado y, una vez en su sitio, Atenea dio la señal de partida con su venablo. Apenas unos instantes duró la carrera, y el espigado gimneta que se llevó el triunfo recibió de manos de la diosa una corona de olivo silvestre. Antes de volver a perderse entre la multitud, el muchacho besó los pies de las dos estatuas que cerraban la meta.

—¡Vayamos ahora al lanzamiento de disco! —proclamó Atenea, haciéndole a Heracles una señal con la que le consentía competir.

Ninguno de los gimnetas avanzó hacia el descampado, al que Heracles ya había llegado en apenas unas cuantas zancadas y donde hacía movimientos para calentar sus brazos y piernas; nadie, excepto otra muchacha de baja estatura, pero de cuerpo compacto y sólido como una roca. Heracles la vio venir y lanzó un grito de alegría: la recibió con los brazos abiertos y la instó a calentar sus músculos. La muchacha, diligente, imitó cada movimiento del héroe.

—¡Vamos, acérquense! —exclamó Heracles, decepcionado de que nadie más quisiera probarse.

—Tu brazo reclama ese disco… —le dijo la diosa discretamente al exterminador de la Gorgona quien, alentado por la deidad, halló ánimos para competir.

Perseo avanzó con paso sereno hasta el descampado, donde cogió uno de los escombros que Anfión ya había modelado previamente, dándoles la forma adecuada para surcar los aires.

La gimneta fue la primera en lanzar. Su disco voló a media altura zumbando como un insecto pertinaz hasta casi completar la distancia al derruido muro perimetral del recinto. Heracles fue hacia ella y la felicitó animosamente palmeándole la espalda. La muchacha, cuyos labios habían permanecido cerrados desde su ingreso al Gimnasio, agradeció al héroe con una muda sonrisa.

Perseo cogió entonces su disco, sujetándolo por debajo de la palma de su diestra. Adoptó una postura como si fuera a combatir en el pugilato, haciendo girar su torso de derecha a izquierda una y otra vez, cada una, pronunciando más la torsión. Los gimnetas y el mismo Heracles lo veían ejecutar sus movimientos con una mezcla de extrañamiento y fascinación. Finalmente, cuando su cuerpo parecía estar a punto de romperse como una cuerda retorcida, dio dos giros completos y lanzó el disco, que salió disparado por los aires. Al ganar altura, el proyectil atravesó una corriente de viento que desvió su trayectoria. Al comenzar a descender, el disco lanzado por Perseo ya había abandonado los márgenes del descampado e incluso los del recinto. Cuando finalmente cayó, fue devorado por la frondosa copa de un pino del bosque, allá lejos por donde se habían librado cruentas batallas durante la madrugada del fatídico asalto.

—¿Será preciso ir a buscarlo? —preguntó el héroe, a modo de disculpa, y los gimnetas rieron al comprender la afectada ironía. Algunos de ellos, incluso, amagaron con echar la carrera hacia el distante punto.

—¡Esperen! —les atajó Heracles, quien cogió el disco más grande y pesado de entre los que quedaban.

El favorito de Zeus respiró hondo y, sin la ceremonia de su antecesor, arrojó el disco. Al instante, dejando tras de sí apenas un breve y agudo zumbido, el proyectil se perdió en el azul del firmamento, provocando la admiración de todos.

—¡Pero mi señora, no hay forma de saber dónde cayó! —reclamó Perseo a la diosa con histriónica ironía.

—Podríamos esperar… Como las águilas de Zeus, el disco habrá de completar la vuelta al mundo y caerá apenas un poco antes que el tuyo. Así podrá certificar el juez de mañana que tú has ganado —reviró Heracles. Todos rieron, divertidos; incluso la comisura de los labios de la diosa parecieron levantarse, apenas por un instante.

—No hace falta ir a buscar esos discos. Heracles ha sido el claro vencedor de esta contienda —decretó Atenea, coronando la testa del hacedor de trabajos con olivo silvestre.

El laureado hacedor de trabajos se encaminó entonces al sitio donde Anfión había apilado las jabalinas, a un costado de la pista, y aunque eran muchas y pesadas, las cogió todas con un solo brazo para llevarlas al descampado. Atenea comprendió el gesto del héroe y convocó la siguiente competencia:

—¡Otra corona de olivo será entregada a quien lance más lejos su venablo!

Los gimnetas recularon, pero el favorito de Zeus les hizo una señal para comunicarles que él no tomaría parte en esta competición y los animó a participar al levantar las jabalinas del suelo y llamarles para repartirlas. Muchos corrieron para tomar un venablo de entre los brazos de Heracles, quien los repartía como golosinas a aquellos guerreros que, en ese momento, semejaban chiquillos bulliciosos. Solo una gimneta se sumó al certamen, notó la diosa.

—¿Habrá gloria hoy para un ateniense? —deslizó Atenea, puntillosa.

—Todos esos gimnetas son atenienses, porque te sirven a ti, mi señora… —respondió Teseo, fingiendo no enterarse de la provocación de la diosa.

—Pero, ¿cuántos de ellos serán naturales de esta tierra?

—Sólo dos podrían decírnoslo: uno se fue tras Hefesto y el otro ardió en la pira, mi señora…

—Pues yo reclamo la gloria para Atenas… —insistió la deidad, que mantenía sus calmos ojos fijos en los ejercicios preparatorios de los agonistas.

Teseo comprendió que aquella exigencia no admitía réplica y, despojándose de la capa que lo cubría, se encaminó al descampado. Los gimnetas le abrieron paso y Heracles mismo lo recibió con efusivas muestras de gozo.

La diosa ordenó a los atletas grabar sus nombres en las jabalinas con un canto agudo; así lo hicieron, pues a todos, sin excepción, Quirón les había enseñado las letras. Entonces, Heracles se colocó a un costado de la línea de tiro y, a su señal, los competidores lanzaron al unísono.

Teseo deseaba cumplir la voluntad de la diosa, pero no quería humillar a los gimnetas, y mucho menos a la única mujer que había entre ellos. Por ello, sin empeñar toda su fuerza, sino apenas la suficiente, tiró el venablo, que aventajó considerablemente los de los demás.

Atenea coronó con laurel al ateniense y los gimnetas celebraron su triunfo, pero se empeñaron en averiguar quién había conseguido la mayor distancia entre ellos. La diosa consintió aquel capricho juvenil y todos corrieron a comprobar el resultado.

Atenea y Teseo los contemplaron desde la línea de tiro, a Heracles entre ellos, comentando y celebrando animosamente las distancias logradas. Los atletas se hacían bromas al comparar sus lanzamientos y reían a mandíbula batiente. La diosa los miraba, ecuánime y satisfecha, pero Teseo no pudo contener las lágrimas al verlos reír y alardear como si el Gimnasio no hubiera sido devastado la noche anterior. La diosa, al escucharlo sollozar, se volvió hacia él.

—Es justo que rían, mi señora… —articuló el vencedor de Creta con los labios trémulos.

—Es justo… —corroboró Atenea.

Entonces Teseo se despojó de la corona de olivo, la sujetó delicadamente entre los dedos y recorrió el descampado con paso firme. Aquel inusual gesto llamó la atención de todos y Heracles mismo dejó de reír al verlo aproximarse. El matador del Minotauro se abrió paso hasta la única gimneta que había participado en el certamen y colocó la corona en sus sienes.

Los murmullos de admiración se propagaron a lo largo del descampado. Heracles, iluminado por una visión repentina, corrió hacia ella y la alzó en vilo sobre sus fornidos hombros, completando el trayecto hasta la línea de tiro entre vítores. Teseo se quedó atrás, abatido.

—Casi todas tus hermanas perecieron… —le espetó Atenea a la gimneta con severidad.

Heracles puso la rodilla en tierra para que la muchacha descendiera. La gimneta se prosternó a los pies de la deidad y le ofreció la corona con los brazos extendidos.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó la diosa.

—Pirene… —respondió la guerrera, con la cabeza inclinada hacia el suelo.

—Te dejaré conservar esa corona, mas tendrás que demostrarme que eres digna de ella…

Pirene se incorporó, adoptó una postura marcial y se retiró en silencio entre los suyos.

—¡Es tiempo de nuestro último certamen! ¡El pugilato! —proclamó Atenea, y los murmullos entre los gimnetas reverberaron como espuma del mar.

Heracles miró a la diosa, que le consintió participar, y se encaminó solitario hasta la improvisada palestra, mientras se untaba aceite en los brazos y en el torso, excepto en los sitios donde el emplasto mágico de Quirón cubría las quemaduras. Nadie se atrevió a seguir los pasos del favorito de Zeus; ni siquiera alguna de las pocas mujeres que habían sobrevivido.

—¡No les educamos para ser cobardes! —profirió Heracles, cuyo ánimo, hasta entonces festivo, se tornó hosco. El hacedor de trabajos lucía verdaderamente molesto a causa de que nadie tuviera los arrestos de entrar a la palestra a medirse con él.

Los gimnetas se miraban unos a otros, pero todos se echaban hacia atrás, rehuyendo el combate. La diosa peinaba con sus severos ojos la multitud, pero todos se agachaban para no cruzar miradas con ella. Solamente Perseo, recargado en las ruinas de una columna, se sostuvo con firmeza.

—No doy la talla, mi señora… —sonrió el matador de la Gorgona, señalando con ambas manos su constitución física, atlética y perfectamente torneada, que aún así parecía la de un mísero alfeñique comparada con la de Heracles.

—Es cierto, ni siquiera tú tienes el tamaño para luchar contra él… —reconoció la diosa, mientras dirigía su glauca y fulminante mirada hacia el descampado, por donde apenas regresaba Teseo, cabizbajo.

Los gimnetas siguieron los ojos de la diosa y al contemplar al ateniense comenzaron a arengar. El héroe, extrañado, levantó la mirada y se supo aludido.

—¿Habrá gloria para Atenas en estos juegos? —volvió a preguntar a Atenea.

—Ya la hubo, mi señora… Tú misma me viste triunfar en el lanzamiento de jabalina… —replicó Teseo, quien de reojo alcanzó a ver a Heracles ciñéndose los himantes a los puños, ayudándose con los dientes para tensar las largas correas de cuero.

—¿Y tu corona de olivo? —inquirió la diosa, pero el héroe no tuvo palabras para contestar.

Muy a su pesar, convencido de que aquella era una pelea a la que no podía escapar, el ateniense redirigió sus pasos hacia la palestra. No había terminado de poner un pie en la improvisada arena cuando Heracles le lanzó el mismo aríbalo del que él había tomado el aceite de oliva para ungirse.

—Menos mal que no llevo puesta la piel de león… —ironizó Heracles—. La última vez que le hiciste frente la moliste a golpes…

—Era un niño entonces… —replicó Teseo con lúgubre seriedad mientras se ungía con el aceite  de Quirón.

Heracles comprendió que el ánimo del ateniense, ensombrecido sin duda por la masacre del Gimnasio, no estaba dispuesto para la lucha, pero no iba a tener concesiones con él. Le debía eso a los caídos, a Quirón, a Thysía, a Atenea misma.

Los gimnetas rodearon expectantes la palestra. Atenea misma ocupó un sitio principal y comisionó a Perseo que fungiera como juez del combate.

Teseo era poseedor, ciertamente, de una constitución física notable, superior a la de Perseo y a la de cualquiera de los gimnetas, pero ni aún así podía compararse a la complexión colosal del hijo de Zeus. Con todo, solo él, en el derruido Gimnasio, podía aspirar a medirse con Heracles.

Apresuradamente se ciñó el ateniense los himantes y se desplazó al centro de la palestra con una precaución que algunos juzgaron de temor. Heracles ya lo esperaba con la guardia en alto. Teseo, que era diestro, recogía su brazo fuerte tirando golpes rectos con la zurda para medir la distancia. Heracles recibía aquellos ligeros puñetazos en sus manos, siguiendo el desplazamiento circular que Teseo trazaba alrededor de los límites de la palestra.

Cansado de aquella ociosa danza, Heracles lanzó un puñetazo que cortó el aire buscando la sien del ateniense, quien logró eludir el impacto con una ágil inclinación del torso.

Nuevamente buscó Teseo el mentón del hacedor de trabajos con veloces y ligeros rectos de izquierda, mientras iba de izquierda a derecha con sus veloces piernas alrededor de la palestra. A todos sorprendía ver a un hombre de su corpulencia moverse tan ágil y calculadamente en un espacio tan reducido.

Heracles, impaciente, volvió a tirar un recio puñetazo, pero esta vez buscando la otra sien del ateniense, quien volvió a eludir el golpe agachándose e incorporándose para contraatacar a una velocidad inaudita. Dos recios golpes se llevó Heracles en plena cara. Aquellos impactos habrían podido derribar un árbol, pero apenas lograron hacer un leve corte en los labios del héroe.

Los gimnetas porfiaron, frenéticos, y Heracles sonrió, complacido, al tiempo que sus ojos llamearon, amenazantes. Teseo reculó ante la embestida de su adversario y, al caminar hacia atrás, tropezó cayendo fuera de las lindes de la palestra. Lo recibieron en sus brazos jubilosos gimetas que de un empujón lo devolvieron a la lid. Apenas tuvo tiempo el vencedor de Creta de inclinar la cabeza hacia su costado izquierdo porque ya lo recibía Heracles con un golpe de su diestra. Aquella inaudita maniobra causó conmoción en los gimnetas, que aplaudieron con frenesí.

Heracles, alentado por el bullicio, se giró de un brinco, cayendo en una posición que le permitió acometer al ateniense y, esquivando los rectos de izquierda que aquel le lanzara buscando su nariz para mantener la distancia, lo impactó con un gancho de izquierda justo debajo de las costillas. Aquel golpe sonó duro, certero, seco, causando conmoción en los gimnetas, algunos de los cuales gimieron como si lo hubieran recibido en sus propios cuerpos. Teseo se vació de aire, pero todavía tuvo arrestos para girar y encarar a su agresor.

El matador del Minotauro se dio cuenta de que podía embestir a su oponente con un certero golpe de su diestra, y así lo intentó, pero no pudo completar el movimiento. Una dolorosa punzada lo recorrió de pies a cabeza partiendo desde el sitio donde lo acababa de golpear Heracles, entumeciendo todos sus miembros con una ola de dolor paralizante como nunca antes sintiera en su vida. El pìnchazo, que le llegó retardado, lo hizo caer de rodillas a los pies del favorito de Zeus, que pudo haberlo rematado pero que, en cambio, lo acogió compasivamente en su regazo.

Teseo, que ya esperaba el golpe final, pudo recuperar la respiración bajo el abrazo de Heracles, cuyo contacto se sentía tierno y cálido. Los gimnetas estallaron en alaridos de gozo y cuando al fin logró ponerse de pie, lo primero que vio fue el rostro franco y afable del hijo de Zeus cuyos labios y dientes, teñidos en negra sangre, le sonrieron.

—¡Ya no eres un niño! —le dijo Heracles y Teseo, devolviendo el abrazo, sonrió también. Aquella sonrisa se convirtió pronto en una risa estridente, estentórea, muy parecida al llanto, que los gimnetas e incluso la diosa supieron acoger con solemnidad.

—Heracles ha sido el vencedor… —determinó Perseo, pero todos celebraron el arrojo del ateniense, que ya repuesto, recibía por todos lados palmadas de admiración de sus antiguos pupilos.

Heracles le tendió el brazo al ateniense por encima de los hombros y juntos caminaron hasta el extremo de la palestra donde se hallaba la diosa.

—No habrá gloria para Atenas el día de hoy… —concluyó la hija del Crónida, intentando asaetar al héroe con sus palabras, pero aquel apenas la escuchó, abrumado por los alegres vítores de los gimnetas y por el efusivo, aunque sofocante abrazo del hijo de Zeus, quien recibió la última corona de olivo de manos de Atenea.

La diosa ordenó a Anfión que cantara epinicios en honor a los vencedores de los distintos certámenes y todos gozaron con la música y el canto del hoplita. Entonces un águila chilló potente surcando el cielo del derruido Gimnasio y todos, también Atenea, comprendieron que los juegos funerarios se habían consumado con la aprobación del soberano olímpico.

Para el resto de la jornada, Atenea dispuso que se celebrara un banquete. Una partida de voluntarios se internó en el bosque para cazar y proveer la carne, mientras otra intentó recuperar del huerto de Quirón verduras, frutas y legumbres. Los gimnetas departieron animadamente, pero ya comenzaba a bullir el deseo generalizado de venganza.

Sin que nadie lo notara, Atenea se había desplazado hasta la entrada del Gimnasio, donde permanecía, reflexiva, a un costado del pedestal de la extinta Esfinge, devorado por una hiedra fétida y bermeja. La tarde agonizaba derramando sobre las ruinas una luz roja como la sangre vertida.

—Te suplico que disculpes mi insolencia, mi señora, pero debemos contraatacar ya… —Teseo se postró a sus pies, con la cabeza gacha.

—Lo sé… —replicó la diosa, haciéndole una señal para que se levantara—. Pero debemos obrar con prudencia. En este momento no tenemos la fuerza para hacerle frente a los dioses de la guerra.

—Los gimnetas quieren luchar… ¡Además tenemos a Heracles! —expresó Teseo, intentando comunicar a la diosa el sentir general.

Ambos alcanzaban a escuchar, pese a la distancia, las risotadas del hacedor de trabajos. Atenea volteó y distinguió, proyectada sobre las ruinas por el fuego de las fogatas, la sombra colosal del héroe brincando de un lado a otro.

Heracles bailaba y alardeaba mostrando sus dos coronas de olivo, una en cada mano. Los gimnetas lo celebraban y aplaudían mientras Anfión, improvisando, tañía la lira al ritmo de sus toscos pasos.

—¿Y no estuvo Heracles la noche del ataque? ¿No estaban también tú, Agertes y cinco veces los gimnetas que ahora anhelan luchar? ¿No estaba el recinto pletórico de valientes mujeres? —Teseo comprendió las palabras de la diosa y guardó silencio, parándose a un lado suyo para contemplar también la sombra danzante del hacedor de trabajos.

Atenea apoyó entonces la punta de su venablo sobre la base del pedestal de la Esfinge; la hiedra, aún fresca, se secó al instante, pero las piedras también colapsaron al toque, pulverizadas. Teseo contempló aquella acción indignado, pues el pedestal de la Esfinge era una de las pocas edificaciones del Gimnasio que habían salido indemne del asalto.

—Tomaré decisiones hasta que vuelva Agertes con noticias…

—Sea como dices, mi señora… —replicó Teseo, agachándose para recuperar, de entre los escombros, un guijarro del antiguo pedestal de la Esfinge.

—¿Has comido? —le preguntó la diosa.

—No tengo hambre, mi señora… —respondió el ateniense, apenas murmurando.

—Sé que temes un nuevo ataque, uno definitivo, pero Ares y los suyos no se atreverían… Zeus está con nosotros esta noche… —le dijo la diosa, suavizando su tono —. Vuelve allá, come, y apacigua los ánimos…

Teseo se volvió para dar cumplimiento a la orden de la diosa. La noche se había cernido al fin, más negra que el luto, sobre las ruinas del Gimnasio.

Nunca antes Atenea había permanecido tanto tiempo en el recinto, ni cuando se fundó ni durante los años de su apogeo. Por ello, su presencia producía en los gimnetas sobrevivientes sensaciones confusas: por una parte, les infundía el deseo apremiante de tomar venganza, encabezados por la mismísima diosa; por otro lado, sin embargo, los hacía temer el advenimiento de acontecimientos terribles y superiores a sus fuerzas. Porque, aunque el anhelo de vengar a los caídos era grande, subyacía el hecho contundente de la imposibilidad de combatir, y mucho menos vencer, a cuatro dioses de la guerra.

Todos en las ruinas del Gimnasio miraban con inocultable impaciencia a la diosa, que permanecía de pie a un costado de donde estuvo el pedestal de la Esfinge, fijando la mirada hacia la negrura del bosque. Era como si la hija del Crónida hubiera sido petrificada por Medusa; aquella imagen comenzó a producir en los sobrevivientes, al avanzar la mañana del día posterior a los juegos funerarios, un profundo desasosiego.

Ya había cruzado Helios el meridiano de la cúpula celeste cuando, por entre los escombros, se perfiló la figura inconfundible del reclutador de huestes. Didáscalos y gimnetas trataron de leer a la distancia su rostro, pero su expresión adusta estaba privada de cualquier emoción.

—Ánax, ¿qué noticias me traes? —Antes de pronunciar palabra, Agertes se prosternó respetuosamente a sus pies. Atenea, que deseaba enterarse cuanto antes de lo sucedido, lo apremió a prescindir de las ceremonias.

—Mi señora, Hefesto fue directo y sin escalas a su hogar. Pero, lo que quiero comunicarte, es que al pie de la mansión hallé la estatua de la que parecía haber sido una hacendosa sirvienta. Esto es indicio claro de que Cástor vive y de que está o estuvo en la residencia del artesano.

—¿Está o estuvo? —preguntó Atenea con severidad, reclamando una respuesta precisa.

—No lo sé, mi señora… —replicó Agertes—. Lo cierto es que el camino que conduce a la casa del dios estaba completamente surcado por las huellas de nuestros enemigos. Por la profundidad y orientación de las pisadas, deduzco que de allí se fueron hace poco hacia Tracia… Aunque también es posible, mi señora, que alguien se encuentre todavía en la casa…

—¿Quién?

—Al menos, el dios traidor…

—¿Acusas a Hefesto?

—Los hechos lo señalan… —Agertes comprendió que la diosa reclamaba una postura más firme y certera; pero él se había limitado a cumplir estrictamente su voluntad: verificó el destino del dios y volvió. De hecho, lo miró con sus propios ojos entrar a la mansión y regresó luego a las ruinas. Podría haber irrumpido en la residencia, que era lo que realmente deseaba, pero renunció a su anhelo porque juzgó que la decisión de la diosa estaba calculada. Y así debía ser pues, si allí se hallaba tan solo una deidad enemiga, él no habría podido volver. Agertes titubeó, confuso.

—Nuestra única evidencia, entonces, es que Cástor se alió con mi hermano… Y no hay forma de saber si Hefesto realmente nos traicionó… —musitó Atenea, reflexiva, mientras se volvía hacia las ruinas.

Agertes la vio avanzar con su andar regio y resuelto hacia el corazón del derruido recinto. Entonces, gimnetas y didáscalos, al verla aproximarse, se agruparon prestos a recibir las órdenes que tanto ansiaban.

—¡Es tiempo de despedirnos! —proclamó Atenea, causando conmoción; Agertes mismo, que había hecho grandes esfuerzos por seguirle el paso hasta la improvisada palestra donde se habían realizado los juegos fúnebres, la miró con estupor.

Nadie comprendió el sentido de las palabras de la diosa y la agitación creció entre las reducidas huestes. Los didáscalos avanzaron hacia la deidad para recibirla en las lindes de la arena.

—¿Nos abandonas de nuevo? —preguntó Heracles, colérico, sin medir el alcance de sus palabras.

Atenea, que amaba a su hermano mortal justamente por su simplicidad, dejó sin contestar aquella pregunta. Perseo y Teseo le abrieron paso y detrás de ella, resoplando, llegó Agertes.

—¡Sé que están deseosos de combatir! —exclamó Atenea, alzando por todo lo alto su venablo—. Pero no debemos precipitarnos. Nuestros enemigos esperan que cometamos ese error para aplastarnos definitivamente. ¡No, no lo haremos! Vamos a replegarnos y a reagrupar nuestras fuerzas…

Los didáscalos y gimnetas intercambiaron miradas llenas de consternación. El único que parecía conservar la entereza era Agertes.

—Para nuestros mentores termina aquí esta aciaga travesía. ¡Agertes, colócate a mi diestra! Anfión, ocupa un sitio a la espalda del Ánax —ordenó Atenea.

El desaliento fue total entre los sobrevivientes al escuchar que los didáscalos ya no estarían más entre ellos. Para muchos, la presencia de los héroes era la última fuente de esperanza.

—Heracles, ven e inclínate ante mí —indicó Atenea. El hacedor de trabajos dio un par de largas zancadas para postrarse a sus pies—. Mucho has avanzado, desde aquel lejano día en que te convoqué, en la expiación de tus culpas. Te aseguro que lo que aquí debías pagar está saldado. ¡Vete, eres libre! —exclamó Atenea, tocando con su lanza los fornidos hombros del héroe.

Ante aquel toque divino, la agitación del hijo de Zeus se desvaneció. Al incorporarse, Heracles lucía contento y animado, como si sobre su espalda no pesaran más la culpa ni el pesar por las muertes acaecidas en el asalto al Gimnasio. Clavó la mirada en el horizonte, sonriente, emocionado ante la promesa de nuevas aventuras.

—¡Perseo, ven y ocupa el sitio que deja Heracles! —ordenó Palas. El héroe se inclinó agachando la mirada—. Muchos y grandes servicios rendiste. No voy a pedirte más. Puedes irte, nada te retiene…

—El deber, mi señora, eso es lo que me retiene, porque me debo a los aspirantes que perecieron. Si Cástor aún vive, considero mi deber matarlo, porque habiendo tenido la ocasión de cortarle la cabeza, lo dejé escapar… —replicó Perseo. La diosa le ordenó que se levantara.

—Me has servido fielmente como mentor y no voy a consentir que sirvas ahora como asesino. La primera vez pudiste matarlo en un acto de justicia, pero te detuvieron las súplicas de Hefesto. Si tienes ocasión de enfrentarlo de nuevo y lo matas, será por venganza. Mancharás tu corazón, aún puro, con ese acto —resolvió la diosa con palabras suaves, mientras le cruzaba el hombro con su venablo. Perseo sintió como si el aliento de la diosa soplara sobre él, liberándolo de pesadas ataduras.

—¡Teseo, acércate!

—¡No! —se resistió el vencedor de Creta, para asombro de todos—. No quiero que me liberes con tu venablo del ímpetu que me posee y que clama por la sangre de Cástor… —vociferó el héroe, echándose hacia atrás.

—Ya lo he decidido: hoy, con los funerales, ha muerto también el Gimnasio…

—¡No murió! ¡Lo mataron! —respondió Teseo, insolente.

—¿Cuál es la diferencia? —preguntó la diosa, suavizando su tono de voz.

—En tu dignidad olímpica no concibes que un simple mortal sea capaz de odiarte, y más inverosímil te parece que su aborrecimiento le haya bastado para aplastar tu recinto… Porque todo lo que aquí pasó fue tramado por el miserable de Cástor, cuya sangre, ¡lo juro!, habrá de bañar mi espada…

—¿Así que tú conoces los pensamientos de los dioses? —sonrió Atenea—. Concedo ser merecedora del odio de Cástor, y concedo que por aversión a mí atacó el Gimnasio; pero no seré yo la primera ni la última deidad que es odiosa a un mortal… —replicó la Atenea con severidad y resuelta a no ser más tolerante con el temerario Teseo.

—Pero si aceptas que el odio es una fuerza irresistible capaz de proezas como aplastar tu Gimnasio, debes permitirme, impelido por la misma pasión, ir por la cabeza de Cástor…

—No consentiré que te manches las manos por odio —sentenció Atenea, inflexible.

—¡Heracles! ¡Haz un esfuerzo y despabílate de ese letargo al que te han inducido! —reclamó el ateniense, corriendo hacia el hijo de Zeus para sacudirlo por los hombros, pero nada pudo contra la imponente presencia del hijo del Crónida—. ¿Es que acaso no te importa que quede impune el asesinato de Quirón y los gimnetas? ¡Despierta de este maleficio! —clamó Teseo, sin lograr mover un ápice a Heracles, que lo miraba con dulzura.

A un gesto imperceptible de Atenea, Heracles abrió sus musculosos brazos y atenazó rápidamente a Teseo para levantarlo en vilo y llevarlo ante ella.

El matador del Minotauro se retorcía en vano pero la soberana Palas tocó ligeramente su hombro con el venablo divino. Entonces su cuerpo se vació de ira en una profunda exhalación, quedando inerte entre los brazos de Heracles. Pasados unos instantes, Teseo se despabiló, frotándose los ojos, y el hacedor de trabajos lo depositó suavemente en el suelo.

—También tú me has servido leal y devotamente, pero ahora debes volver al pueblo de Atenas, al que perteneces, para llevar una vida tranquila y apacible. Vete en paz y ocupa el resto de tus días en procurar la prosperidad de los tuyos — sentenció Atenea.

De pie ante la deidad quedaron los tres didáscalos, desprovistos de su fiera beligerancia. Los gimnetas contemplaban a aquellos hombres, ahora irreconocibles, con pasmosa incredulidad.

—¡Héroes que rindieron servicio en el Gimnasio! ¡Hoy los libero y despido, agradecida, para que sigan sus propios caminos y retomen sus vidas! ¡Inmortal gloria habrá de preceder a sus célebres nombres! —proclamó Atenea señalando con su venablo el camino hacia la salida del derruido recinto.

Aquel sendero se iluminó bajo una incandescente luz ámbar irradiada por el venablo divino. Los héroes, que caminaban a través de ella, lucían fascinados por la animada y azarosa danza de las partículas luminosas que los envolvían. Sorprendidos, los aspirantes vieron abandonar las ruinas del Gimnasio a sus antiguos didáscalos con un hondo desasosiego; algunos, desconsolados, se dejaron caer de hinojos al verlos trasponer las fronteras del recinto. Atenea notó que el ánimo decaía estrepitosamente, pero ya había concebido un ambicioso plan.

—¡Ánax, viste de nuevo la panoplia divina y convoca aquí, inmediatamente, a todo mi ejército! ¡Vamos a reunir nuestras fuerzas! —ordenó la diosa, encaminando sus pasos hacia donde, indefensos y derrotados, yacían los sobrevivientes de la masacre.

Agertes, el congregador de huestes, vistió de nuevo la magnífica panoplia consagrada a Atenea, la primera de todas las que forjara Hefesto, y salió del recinto dejando tras de sí una estela de luz que arrastró las desconsoladas miradas de los aspirantes.

—¡Pronto estarán aquí nuestros basileis y nuestros hoplitas! ¡Nadie se atreverá a atacarnos estando juntos! —proclamó la diosa levantando su venablo e iluminando las ruinas—. ¡Y entonces lucharemos!

Los vencidos corazones de los sobrevivientes se inflamaron con un tenue soplo de esperanza ante la promesa de reunir, por primera vez, a sus hermanas y hermanos laureados con panoplias divinas.

Funerales
El asalto al Gimnasio, perpetrado por el traidor Cástor en alianza con Enio y los gemelos Fobos y Deimos, tuvo como consecuencia la muerte de Quirón, la destrucción de la Esfinge, la caída de numerosos gimnetas y la casi total desaparición de las mujeres del recinto. Antes de emprender cualquier acción para reparar los estragos o contraatacar, Atenea ordenó celebrar los funerales en honor de los caídos y organizar unos juegos fúnebres, en los que los didáscalos se distinguieron al obtener las coronas de olivo.

Fuentes:
Homero narra que Aquiles ordena lavar y ungir el cuerpo de Patroclo, muerto a manos de Héctor, para después incinerarlo en una gran pira funeraria. Concluida la cremación, recoge cuidadosamente sus huesos, los deposita en una urna y manda levantar un túmulo, donde expresa el deseo de que, llegado el momento, también sean colocados sus propios restos. Asimismo, celebra unos juegos fúnebres que comprenden competencias de carrera de carros, pugilato, lucha, carrera a pie, combate con armas, lanzamiento de disco, tiro con arco y lanzamiento de jabalina, premiando a los vencedores con valiosos presentes (Ilíada, XXIII, vv. 1–897).

La Ilíada concluye con los funerales de Héctor, de carácter muy distinto, pues se centran en el duelo familiar y ciudadano. Tras recuperar el cuerpo del héroe gracias a la embajada de Príamo, los troyanos lo conducen a la ciudad, donde Andrómaca, Hécuba y Helena entonan sendos lamentos fúnebres. Después, el cadáver es incinerado en una gran pira; sus huesos son recogidos, depositados en una urna de oro envuelta en finos tejidos y sepultados bajo un túmulo, mientras el pueblo celebra un banquete funerario que pone fin a las exequias (Ilíada, XXIV, vv. 719–804).

Continúa en Canto noveno, Afrodita...