Canto undécimo
Dédalo

El Ánax se detuvo al escuchar el murmullo de una voz dulce y meliflua que se mezclaba con el lejano borboteo del agua. Temiendo ser descubierto, se desplazó sigilosamente entre los tupidos árboles de caídas ramas, de las que colgaban frondosos frutos, hasta divisar las voluptuosas formas de un cuerpo flotando en el ojo de agua. Agertes, el Congregador de Huestes, se arrastró lenta pero decididamente hasta un extremo de aquel lago de color turquesa, donde espumaba la catarata que le hacía coro al jubiloso canto de mujer. Ya no albergaba dudas: quien se bañaba en las tibias aguas era Helena, la Basilissa de Afrodita.

El Ánax intentó calcular cuánto tiempo había transcurrido desde que descubrió a Helena chapoteando en la orilla de aquel mismo estanque, antes de conducirla al Gimnasio para iniciar su formación. Su voz y la tonada parecían las mismas, con la salvedad de que ya no evocaban una cándida copla infantil. Aquella melodía incomprensible ya no era el canto risueño de la niña que salpicaba el agua con sus diminutos pies; la canción, aun siendo la misma, se había transformado en el reclamo apremiante de una mujer que había madurado como los higos que cubrían el suelo en torno al remanso.

Oculto entre los troncos, el Ánax alcanzó a distinguir, a un costado de la cascada, el brillo rosado de la panoplia sagrada de Afrodita y, sobre ella, el diáfano fulgor de la máscara divina. Aquello le pareció una negligencia imperdonable, y resolvió hurtar las sagradas vestiduras para darle un severo escarmiento. Procuró obrar con extrema cautela, pues Helena era una guerrera de poderío formidable; si ella lo atacaba, se vería forzado a defenderse y ambos, con certeza, saldrían malheridos.

En su silencioso avance hacia la panoplia divina, el Ánax fue tropezando con restos humanos bullentes de gusanos. Para su asombro, aquel sinuoso rastro de despojos no hedía, sino que despedía un aroma cada vez más intenso y penetrante a los lirios que florecían en las márgenes del torrente. Cuanto más se aproximaba, reptando por senderos cenagosos y estrechos, más limpios y pulcros se mostraban los cráneos y las osamentas. De pronto, el Ánax se halló vadeando un lecho de huesos blancos y sonoros, por lo que debió frenar su avance para no delatarse.

Mientras meditaba el modo de alcanzar la panoplia, comenzó a sentirse obnubilado. Una tibia lasitud se apoderó de sus miembros al entregarse a la escucha de la dulce melodía, y comprendió que aquellos restos pertenecían a hombres temerarios pero incautos que acaso se habían propuesto la misma empresa. El Ánax advirtió que, de permanecer inmóvil, sus propios huesos acabarían nutriendo aquel húmedo osario. Hurgó entonces entre los esqueletos hasta dar con una mano, de la que arrancó las falanges de los dedos medio y anular, y con ellas se taponó los oídos. Al fin inmune al hechizo del enigmático canto, el Ánax cobró impulso, dio un salto ágil y, suspendido en lo alto, eclipsó por un instante el sol que acariciaba la tersa silueta de Helena, precipitándose velozmente hacia la panoplia de Afrodita hendiendo el aire a su paso.

El canto de la Basilissa cesó de golpe. La guerrera, desconcertada, emergió del agua con presteza, descubriendo sus exuberantes formas, y corrió hacia su panoplia; pero al alcanzar el sitio donde la había dejado, ya no la encontró. Aún temblaban sus pechos y sus muslos cuando escuchó la voz del Ánax, erguido en la cima de la cascada sosteniendo las sagradas vestiduras:

—Debes presentarte cuanto antes en el Gimnasio, por mandato de nuestra señora Atenea…

—¡Eres tú! —exclamó Helena, exhalando un suspiro de alivio mientras se protegía los ojos del sol para contemplar con mayor claridad a su asaltante.

—Si hubiese sido el enemigo, además de las divinas vestiduras habrías perdido la vida… —sentenció el Ánax con aspereza.

—Tienes razón, Basileus de Atenea… Devuélveme ahora mi panoplia y también mi máscara… —reclamó Helena, entornando los ojos para divisar mejor al atrevido ladrón.

—Como Ánax has de dirigirte a mí. Esta panoplia, al igual que la máscara, quedan decomisadas en castigo por tu imprudencia.

—¿Tú, Ánax? ¿Y qué fue del valeroso Aquiles? —preguntó Helena, intrigada.

—Parte ya, que de eso y mucho más habrás de enterarte al comparecer ante nuestra señora…

—¿Y esperas, Ánax, que me presente en el Gimnasio desnuda? —preguntó Helena, adoptando una sugestiva postura que acentuó la tortuosa sinuosidad de sus formas.

El Congregador reflexionó por un instante y comprendió que aquello no representaba escarmiento alguno para Helena, y sí un suplicio para quien tuviera la desdicha de mirarla. Dejó caer las vestimentas sagradas y se marchó con tanta presteza como le fue posible. Cruzó montes y collados a una velocidad inaudita; casi volaba con desesperación, como si la premura le permitiese dejar atrás sus inconfesables pensamientos, hasta que, entrada la noche, alcanzó un elevado peñasco sobre una tierra ignota y un mar embravecido.

Absorto en la contemplación de la luna y las estrellas, que trazaban un manto lechoso de un confín al otro de la cúpula celeste, halló al fin reposo para recobrar el aliento. Pero fue allí, expuesto a la inmensidad del cosmos, donde lo asaltó un anhelo aún más intenso y apremiante que aquel del que acababa de huir: el Ánax sintió el deseo irrefrenable de despeñarse y ser devorado por el rugiente abismo del océano. Sentía el llamado irresistible de la negra eternidad, en cuyas aguas deseaba sumergirse tan solo para averiguar si también allí imperaba la inapelable voluntad de Atenea.

Horrorizado ante la impiedad que acababa de concebir, el Ánax admitió que la fatiga nublaba ya su juicio. Había perdido la cuenta de los días y las noches consagrados a recorrer el orbe en pos de los guerreros atenienses, y sintió de golpe cómo el peso de cuanto había vivido desde la infausta noche del asalto al Gimnasio se agolpaba en sus sienes.

Aún restaba un guerrero por hallar, pero ya no le quedaban fuerzas para ir en su busca: era el Hoplita de Lobo, a quien Atenea encomendara una crucial misión más allá de las tierras Hiperbóreas, y de quien jamás se volvió a tener noticia tras su partida. Carente ya de arrestos para emprender una travesía tan remota, el Ánax, con pasos lentos y desfallecientes, tomó la senda de regreso al Gimnasio.

Una esbelta saeta cubierta de pies a cabeza por un manto se abrió paso por las oscuras y solitarias calles de Cámico. Era una noche plácida, silenciosa y sin luna, que ponía al descubierto el impecable trazo de la ciudad, así como su moderno sistema de iluminación, único en toda la Hélade. La extraña saeta andaba sin prisa pero con resolución, cual si recorriese un camino transitado incontables veces; a su espalda, llevaba colgado un escudo grabado con la forma del caduceo y, en la diestra, usándolo a ratos como bastón, un caduceo exquisitamente tallado. Cruzó el ágora, que era perfectamente circular y se hallaba bordeada por cuatro arcos de gruesas columnas enfrentadas en forma de cruz.

Al dejar la plaza, ascendió por una alta escalinata interrumpida por amplios descansos, custodiados a cada lado por magníficas estatuas de imponentes bestias. En el primer rellano, un par de soberbias águilas desplegaban sus tupidas alas, que en días soleados prodigaban refrescante sombra a los camicenses. En el segundo descanso reposaban dos toros membrudos con los morrillos erguidos y la testuz apuntando al horizonte; su estampa serena e indiferente rayaba en la regia solemnidad. En el tercer descanso, dos leones de semblante sobrio y alargado, recostados sobre el vientre, se miraban como si se reflejaran en un espejo, celebrando, uno en los ojos del otro, su indiscutible señorío.

Desde ahí, al volverse, la saeta divisó, en el confín oriental más distante, la silueta recia y ondulante del acueducto que abastecía de agua a la polis: semejaba el lomo terso de una serpiente ciclópea ciñendo la ciudad. Hacia el poniente, coronando la acrópolis, se erguía el palacio del soberano: un edificio compacto, sólido y bien iluminado, orientado hacia el anchuroso mar y flanqueado por nutridas hileras de altos abedules. Tras recrear la vista en la majestuosa arquitectura de Cámico, el caminante reanudó la marcha.

Calles más adelante, la saeta se encontró ante las recias y elevadas columnas de un templo. Al rodearlo, pensó en lo mucho que aquel pueblo debía venerar a su arquitecto, quien con sus prodigios le había procurado una creciente prosperidad. La saeta se asomó con discreción al interior del santuario de alta techumbre tan solo para distinguir, en el frontis del patio, la orgullosa y magnífica figura de Atenea, esculpida en un mármol blanquísimo donde parecía concentrarse la débil luz de las lejanas estrellas. Una sonrisa de complacencia se dibujó en los labios del viajero, que se apresuró a continuar su camino.

Apenas comenzaba Helios a asomar su corona dorada cuando la ágil saeta descendía hacia el extremo oriental de la urbe, cruzando largas avenidas flanqueadas de viviendas. Las calzadas comenzaron a animarse con el bullicio de toda gran ciudad y pronto le fue imposible avanzar en línea recta. Empezó a zigzaguear entre las gentes que iban y venían sin prestarle mayor atención, pese a su inocultable porte de extranjero, pues en Cámico todos parecían habituados a los forasteros. La saeta se detuvo al alcanzar el arco donde nacía el barrio de los oficios: el más apartado hacia el levante y el único, entre todos los distritos de la populosa ciudad, vertebrado por una sola calle, la más ancha y dilatada de todas. Lo que Atenea le había encomendado buscar en aquella remota polis aguardaba ahí, en medio de aquel hervidero humano.

La saeta cruzó el umbral y se adentró en la bulliciosa vía.

La saeta comprobó que las personas que acudían a los primeros locales a adquirir bienes o requerir servicios provenían de las zonas más acaudaladas de Cámico, no solo por la ostentación de sus vestiduras, sino porque los precios, en aquel tramo inicial, eran considerablemente elevados. Clientes menos pudientes procuraban internarse algo más en la ancha avenida, hasta el sector donde las tarifas comenzaban a menguar.

Al alcanzar este punto, la saeta se vio forzada a aminorar el paso: no había modo de cruzar con holgura a través de aquel hervidero humano que examinaba, hurgaba y regateaba con afán. Le tomó toda la mañana y parte de la tarde sortear el trecho donde los precios se mantenían estables. Oscurecía ya cuando la silueta pudo al fin recobrar ritmo y ligereza, a partir de una linde indefinible donde tanto los costes como los viandantes comenzaban a decrecer lenta pero constantemente.

Helios concluía su recorrido celeste cuando, cual si obedecieran a su postrer destello, se encendieron todas las farolas de la ciudad, incluidas las que trazaban con pálida luminiscencia las dos líneas convergentes en el distante confín del barrio de los oficios. La saeta se maravilló ante semejante portento de ingeniería.

La noche avanzó enfriando el ambiente, y el emisario advirtió con extrañeza que los comercios no cerraban y que aún transitaban sombras por la calzada. Los locales de aquel sector, sin embargo, eran todos miserables, y las figuras que en ellos comerciaban parecían arrastrar su penuria con torpe desvarío. La saeta, que de nuevo tenía la vía expedita, se detuvo aquí y allá a observar desde lejos aquellas escenas de indigencia, que le resultaron no solo repulsivas, sino también sospechosas.

Se aproximó con cautela a una de aquellas patéticas conferencias para averiguar en qué términos negociaban quienes ya nada poseían para ofrecer. Pronto notó que ninguno reparaba en su presencia; de modo que, sin vacilar, avanzó veloz, como un dardo, internándose en la interminable avenida. Se detuvo al azar bajo el cono de luz de una mortecina farola, donde todavía descubrió parejas regateando a ambos lados del camino. La saeta se volvió y comprobó que desde aquel punto ya no se divisaba edificio alguno de la urbe, ni siquiera la alta techumbre del templo de Atenea.

Avanzó con paso lento pero precavido hacia los tratantes más cercanos. Pisó fuerte, levantando el polvo de la calzada yerma; respiró hondo y exhaló con estruendo; carraspeó e incluso tosió con fuerza, pero nadie se dignó a mirarlo. Apuntó entonces el caduceo hacia la farola que alumbraba a los comerciantes y la pulverizó con un rayo fulgurante; ni aun así aquella pareja, sepultada en la penumbra, interrumpió su regateo.

La saeta se interpuso entre ambos cuerpos, que, aun teniéndolo en medio, continuaron gesticulando y balbuceando simulacros de palabras. Posó la punta del caduceo en la frente de uno de ellos, que no cesaba en sus rítmicos ademanes, y le destrozó la cabeza en un chispazo incandescente; el tronco descabezado prosiguió imperturbable sus autómatas movimientos. El caduceo ardiente cayó entonces sobre el pecho del otro individuo y lo hizo estallar en mil pedazos.

La detonación fue tan violenta que horadó el suelo, dejando al descubierto, bajo el sitio donde habían estado los pies de ambas figuras, un intrincado engranaje de cuerdas, ruedas dentadas y poleas que no cesaban de oscilar con acompasada armonía. La saeta comprendió que había caído en un insondable laberinto: un ingenio que ocultaba sus trampas bajo la apariencia de una recta infinita, donde los viandantes del último tramo eran meros artefactos animados por la maquinaria subterránea. La treta no era descabellada tratándose del singular artífice a quien había ido a buscar.

Súbitamente, su pecho se contrajo presa de una emoción que hasta entonces le era desconocida: angustia.

La saeta se detuvo, extenuada. Había corrido durante una jornada entera sin descanso y sin alcanzar destino alguno. Al frente, la avenida parecía prolongarse indefinidamente, aunque ya no había más farolas ni autómatas; la última pareja de muñecos mecánicos había quedado atrás hacía uno, dos o quizá tres días: había perdido ya la noción del tiempo transcurrido desde que cruzara el arco del barrio de los oficios.

Resollando, agobiado por una vorágine de negros pensamientos, el emisario procuró situarse en el centro exacto de la calzada. Justo allí, clavó la base del caduceo en el piso, como si fuera una estaca. Cerró los ojos y, guiado por su instinto, reemprendió la carrera a una velocidad inaudita, irreal, procurando sostener una trayectoria recta inmutable.

Así avanzó durante el resto del día, abriendo un surco en el pavimento que estallaba arrojando afiladas esquirlas; su propósito era descubrir si existía alguna curvatura imperceptible en la avenida. Al frenar en seco, comprobó que la hendidura no se aproximaba más a ninguna de las dos aceras. Entonces no albergó duda alguna: se hallaba atrapado en un laberinto tan funesto como fantástico.

La noche caía pesada sobre sus fatigados hombros. El estrecho surco a sus espaldas se perdía donde la vista ya no alcanzaba la luz, y, hacia adelante, no parecía aguardar más que aquel insondable vacío flanqueado de muros blancos. La desesperación se apoderó de su juicio de forma despiadada, arrancándole un estridente alarido.

Con aquel grito, su cuerpo estalló en una llamarada abrasadora que redujo a cenizas su discreto manto, dejando al descubierto el fulgor de una panoplia divina. Había llegado la hora de tomar una decisión irrevocable: retroceder o continuar.

Podía volver y reiniciar el rastreo partiendo otra vez del arco donde nacía el barrio de los oficios. Desandar lo andado, sin embargo, significaba perder aún más jornadas, incluso si regresaba al límite de sus fuerzas y sin concederse tregua. Pensó entonces que, al no existir desvíos en la avenida, tal vez alguno de entre las decenas de miles de locales de los primeros tramos ocultaba el acceso a un pasadizo que lo conduciría a su destino. No había manera, sin embargo, de comprobarlo salvo registrando cada establecimiento, empresa que habría demandado el empeño no de una, sino de incontables vidas. Volver no suponía otra cosa que abdicar de la misión urgente que le había encomendado Atenea.

La senda estaba trazada: debía seguir avanzando.

Al decidir continuar, se propuso moderar su paso, pues no podía dilapidar en ráfagas furiosas toda su energía. Así, avanzaba con presteza y constancia, y lo hacía, aun con mesura, a una velocidad jamás vista en mortal alguno. Tres, cuatro y hasta cinco veces le habría dado ya la vuelta a la Tierra, pensó, pero todavía no vislumbraba el final de aquella nefasta avenida. Se detuvo al contemplar los tenues hilos rosados de Eos anunciándose en el horizonte; echó un vistazo al camino recorrido, respiró hondo y reemprendió la marcha.

Parecía una estrella fugaz cruzando veloz la amplia calle y dejando tras de sí una estela dorada. Ya no quedaba desesperación en su pecho, ni angustia o desasosiego; su espíritu entero se hallaba inflamado de una férrea e indómita determinación. Pero no era su moral la que iba a ceder, sino su cuerpo: cuando volvió a detenerse para tomar aliento, el sol implacable del mediodía caía a plomo sobre su panoplia sagrada.

De nuevo se abatió la noche y la saeta frenó en seco. Todo en torno suyo era completa y absoluta oscuridad. Aquella era, como la anterior, una noche sin luna, y solo un escaso racimo de pálidas estrellas tachonaba el firmamento. El emisario apuntó al frente con el yelmo, de cuya punta emergió una pálida luz: ante sus ojos avistó el mismo abismo interminable, pero con el negro vértice de las aceras paralelas un poco más próximo. Incrementó la luminosidad del cetro y el vértice oscuro pareció replegarse; convirtió entonces la punta del caduceo en un globo de luz para proyectar la sombra más lejos y reanudó la marcha.

La saeta lo ignoraba, pero su ritmo había mermado no solo por la dificultad de marchar en penumbra, sino por el desgaste energético que le exigía aquel fulgor. Sospechaba, y razón no le faltaba, que aquella espesa tiniebla formaba parte de las trampas del laberinto.

Al contemplar de nuevo los primeros rayos de la dorada cabellera de Helios despuntando por el oriente, la saeta se detuvo. Su mente comenzó a divagar y, de improviso, imaginó que Atenea ya no lo esperaba más. Pensó que, ante su prolongada ausencia, la diosa habría dado por sentado su fracaso o, algo peor, encomendado la misión a un emisario más capaz. Su orgullo sufrió un golpe indecible ante semejante conjetura, pues su soberbia se negaba a concebir la existencia de alguien superior.

Durante su monótona y extenuante travesía, recordó la conversación sostenida con Atenea al retornar al devastado Gimnasio. Las palabras de la divinidad aún resonaban con fuerza en su cerebro embotado; se las había proferido en la arena, desde donde pudo contemplar en su espantosa magnitud la inaudita saña del asalto perpetrado por los dioses de la guerra y por el traidor Cástor, con quien antaño compartiera instrucción en la primera generación de aspirantes reclutados por Agertes.

Ahí, Atenea le había revelado la trascendencia del personaje que le ordenaba traer desde Cámico para su estrategia bélica frente a Ares y ante cualquier otro mortal u Olímpico que osara desafiarla. Aquel a quien buscaba en el interminable barrio de los oficios constituía una pieza crucial, indispensable e insustituible para la supervivencia de la causa divina.

Por ello, cuanto más avanzaba, más naufragaba su pensamiento en un piélago de sombríos presagios que desembocaban invariablemente en una misma escena: su cadáver exánime tendido en un punto perdido de aquella infinita avenida, y su panoplia remontando el vuelo de regreso al Gimnasio. Abatido, aturdido, se dejó caer de rodillas y posó la frente contra el frío pavimento. Con el cuerpo y el espíritu quebrantados, su voluntad, antaño audaz e indómita, comenzó a desmoronarse.

Todo era silencio y oscuridad. La saeta volvió la cabeza y apoyó una mejilla en el pavimento: estaba fresco. A la lúgubre estampa de la panoplia divina abandonando su cadáver le sucedió otra que lo sobrecogió todavía más. Aquella visión cobró vida propia en su febril imaginación; pudo incluso escucharla y se sintió envuelto por ella, pero no lograba asirla. Allí estaba, próxima, casi al alcance, refrescante, límpida, latiendo dentro de él, pero completamente esquiva, vacía e intangible. La desesperación lo hizo sucumbir y quedó inmóvil, con el pecho aplastado contra el suelo. Antes de perder el sentido, sus marchitos labios apenas alcanzaron a susurrar:

—Agua…

Hefesto recorría frenético el camino de regreso al mundo sin ser visto por ninguna de las ánimas que pululaban por los Campos Elíseos. Estaba henchido de valor y determinación, y nada deseaba tanto como enfrentarse cuanto antes a Ares, su odiado enemigo, para rescatar a Cástor. Impaciente, aguardó en la orilla del Aqueronte la barcaza de Caronte, que al arribar descargó una nueva y nutrida comitiva de espíritus.

Abordó con sigilo, sin que el barquero lo advirtiera, y ocupó un rincón en la popa, donde meditó durante todo el trayecto en las infinitas posibilidades que le brindaba portar aquel yelmo. Al alcanzar la otra orilla del río, echó a correr hacia la superficie, ansioso por poner a prueba su audacia: estaba hambriento de luz y de aire.

Afuera resplandecía un día espléndido. Las corolas abiertas recibían a las abejas que libaban el néctar y partían luego, trazando erráticas y difusas líneas en busca de pétalos más frescos y coloridos. Las ramas de un frondoso y solitario naranjo, enraizado en la cumbre de una verde ladera, se inclinaban hacia el suelo vencidas por el peso de frutos redondos y maduros. El caudal cristalino y cantarín de un estrecho riachuelo engullía las naranjas que se desprendían del ramaje, arrastrándolas hacia un entramado de lozanas colinas que parecía no tener fin.

El Dios Herrero, atónito ante aquella frescura, dudaba si era este el mismo paraje por el que se había adentrado en las negras regiones del Averno. «¿Cuánto tiempo ha pasado?», se preguntó, consciente de que la percepción del transcurrir del tiempo era diferente en el mundo de los mortales respecto de las moradas eternas como el Olimpo o el Hades, del cual acababa de emerger. De pronto, la belicosa euforia del dios mutó en una punzante inquietud.

Incapaz de precisar cuánto tiempo había transcurrido durante su estadía en el Inframundo, Hefesto se preguntaba si Cástor vivía aún, mientras contemplaba al naranjo desprenderse de sus frutos sin empobrecerse. «¿Cuánto tiempo ha pasado?», volvió a preguntarse, atraído por el trayecto que recorrían las naranjas al caerse, hasta ser engullidas por la corriente del riachuelo que se las llevaba cuesta abajo. El dios se acercó a la orilla del arroyo y cogió al paso uno de los frutos maduros. Lo miró detenidamente y en la cáscara creyó distinguir el tejido de una tersa y aceitada piel.

Se despojó del Yelmo de la Invisibilidad y clavó los dientes en el fruto para anegar su boca con el néctar. Apenas probó el dulce jugo, el icor de sus venas comenzó a hervir, forzándolo a escupir los tiernos gajos. Arrojó con violencia lo que quedaba del fruto contra la tierra, temblando de rabia mientras sus ojos relampagueaban furiosos. Su pretérita resolución de acudir en rescate de Cástor se transformó, de improviso, en una calcinante llamarada de celos que desvió su rumbo.

Hefesto se lavó la boca en las frías y rápidas aguas del riachuelo para despojarse del empalagoso dulzor de la naranja. Se ciñó de nuevo el Yelmo de Hades y, olvidándose de Cástor, por quien había emprendido su descenso al Inframundo, marchó a toda prisa hacia su morada, en la que ansiaba irrumpir oculto bajo el velo de invisibilidad…

Era de noche cuando la saeta abrió los ojos. Intentó levantarse, pero la panoplia le pesaba; se sentía muy débil y frágil. Al levantar la cara creyó divisar, a la distancia, algo que parecía ser una tenue mancha, ubicada justo en el lejano vértice del horizonte en el que debían converger ambas aceras. Arrastró una mano hasta su rostro, se talló y entornó los ojos, y la mancha seguía ahí, solo que ahora parecía parpadear, muy tenuemente, como la más lejana de las estrellas del firmamento. Se levantó, sacando fuerzas del frescor de la noche que lo envolvía y avanzó, tambaleante, apoyándose en su caduceo. Cuanto más avanzaba, más próxima se apreciaba aquella mortecina luz. Llegado el momento, se convenció de que sus exangües ojos ya no podían mentirle: algo, sin duda, palpitaba allá lejos, en el fondo de la ancha avenida.

Ya amanecía cuando logró distinguir claramente el final: la fachada de una austera casa cerraba el camino de acera a acera. La luz provenía de dos amplias ventanas, una a cada lado de la puerta. Era una luz amarillenta que inspiraba calor y tras la cual no se alcanzaba a percibir movimiento alguno; parecía que algún tipo de velo translúcido las cubría desde adentro.

Cuanto más se aproximaba, arrastrando con penoso esfuerzo su existencia, más le extrañaba que el artífice de aquel laberinto infernal y de la portentosa polis habitase una construcción tan tosca y rústica. Un pensamiento aterrador nubló su juicio: «¿No será esta la verdadera entrada al laberinto?».

El alba despuntó por completo y las luces de aquella sobria morada se extinguieron. Supo entonces, con certeza inequívoca, que alguien aguardaba en su interior. Presa de una indescriptible sensación de irrealidad, descargó el puño contra la sólida puerta de encino. Instantes después, el batiente se abrió.

—¿Quién eres? ¿Qué eres?

—Yo soy Autólico, el Basileus Sagrado de Hermes, servidor de Atenea, y tú eres Dédalo, el Arquitecto. Vengo por ti para llevarte ante mi señora… Ahora, dame agua… —alcanzó a pronunciar el guerrero, tras lo cual se desplomó sin sentido a los pies del viejo artífice.

Dédalo contemplaba, embelesado, el exquisito detalle con el que estaba forjada la panoplia de su insólito huésped. Intentaba averiguar, examinándola a través de una lente que amplificaba la visión de los objetos, si el metal con que fuera fundida era oro puro o producto de alguna insospechada aleación; mucho le habría complacido, incluso, verter sobre las piezas algún ácido para deducir su composición, pero temía la reacción que la sustancia pudiese provocar en su portador.

Era evidente que un poder inconcebible debía ocultarse en aquella armadura, en su portador, o en ambos, pues Dédalo había concebido el laberinto del barrio de los oficios de tal suerte que nadie, jamás, pudiese franquearlo.

Aquel laberinto era, hasta entonces, su obra más portentosa. En ella había desplegado, integrándolos armónicamente, sus más refinados conocimientos en todas las artes en las que era no solo competente, sino el más grande artífice de cuantos mortales habían poblado la Tierra. Aquella era, con toda certeza, la única obra en su larga e ingrata existencia, ya grande como una ciudad, o pequeña como un alhajero, cuyo único beneficiario era él y nadie más que él.

La había hecho levantar para no verse obligado a complacer jamás los caprichos de ningún amo, mortal o inmortal, pues la servidumbre solo le había deparado inenarrables desdichas. Dédalo juzgaba que ya había entregado suficiente al mundo y que el mundo jamás le había retribuido con justicia: a sus más nobles designios y a sus desvelos más fervientes, el destino siempre le había respondido con una tragedia más atroz que la anterior.

Dédalo renegaba del talento con el que había sido señalado por los dioses. Estaba cansado del mundo, de sí mismo, de la imperiosa e irresistible necesidad que tenían sus manos de estar siempre tallando, trazando y modelando. Estaba harto de ver cómo la grandiosidad de sus empresas devenía siempre en abominables tragedias. Lo único que quería, en el último tramo de su vida, era perderse y quedar completamente fuera del alcance del capricho de mortales y dioses. El artista deseaba estar solo, aislado, para que su irrefrenable necesidad de hacer y crear fuese inocua; para que no hubiese oportunidad de dañar ya nunca a nadie; para poder crear, simplemente por el placer de crear. Pero la aparición de ese extraño le hizo saber, con apabullante certeza, que aún tenía una deuda pendiente con el mundo y que había llegado la hora de pagar.

Ese joven de finos y afilados rasgos, de complexión recia y espigada, ¿era mortal o inmortal? Por su vestimenta, parecía ser uno de los eternos, pero ninguna deidad se habría permitido caer inconsciente en el quicio de la puerta de un anciano. Entonces, la febril imaginación del artista se iluminó con una desesperada ocurrencia: corrió a su mesa de trabajo y cogió, de entre las muchas herramientas y artilugios que ahí se amontonaban, las primeras que parecían capaces de realizar la terrible osadía que le cruzó por la mente. Luego, tan rápido como se lo permitieron sus entumecidos miembros, se dejó caer de hinojos sobre la cintura del misterioso muchacho, blandiendo en la mano izquierda una cuña que colocó a la altura del corazón y, en la diestra, una sólida maza. Golpeó una, luego otra y finalmente una tercera vez. Aquello era inaudito: la afilada punta parecía no alcanzar siquiera a tocar la superficie del metal; había algo que le impedía llegar, una especie de película delgadísima e invisible, un halo que rodeaba la panoplia y la hacía impenetrable.

Aunque la vejez pesaba sobre sus espaldas, Dédalo sabía que aún conservaba la fuerza suficiente para abollar cualquier pieza de metal, por recia que fuese. Esta vez, sin embargo, no había sido capaz ni siquiera de rozar la placa dorada. Además, aquellos recios impactos no habían surtido el menor efecto en el portador de la panoplia, quien yacía inconsciente, respirando hondo, casi apaciblemente.

Abrumado por la incertidumbre, Dédalo recorrió con desesperada mirada al visitante de pies a cabeza y advirtió que las grebas tenían tallado un inquietante motivo. La derecha mostraba un conjunto de almas expectantes orientadas hacia la izquierda, en la que se apreciaba al Mensajero de los Olímpicos cargando a otra alma para conducirla al Hades. «Uno de esos seré yo», pensó el viejo, que creyó incluso reconocer su propio rostro en uno de los espíritus que, con desasosiego, esperaban su turno en la espinilla de la pierna derecha. Dédalo miró los tobillos y vio que ambos estaban flanqueados por sendos pares de diminutas alas. «Habrá llegado volando, no hay otra forma», pensó y, al reconcentrar su vista en aquel relieve que parecía ser reflejo suyo, las facciones metálicas se ablandaron de manera que el rostro giró para mirarlo directamente a los ojos.

—¡Sí, soy yo! —gritó, horrorizado y, ahora sí, completamente resuelto a violentar la ley de Zeus.

Inspeccionó nuevamente, desesperado, el cuerpo de su odioso huésped y comprobó que el rostro era la única parte que no estaba protegida. La cabeza, en efecto, se hallaba enfundada en un soberbio yelmo, más semejante a un pétaso que a un casco de guerra, en cuyas sienes se hallaban esculpidas dos tupidas alas replegadas.

La parte frontal del yelmo estaba surcada, de extremo a extremo, por una cadena de ojos cerrados bajo cuyos párpados, sin embargo, se anunciaban vivaces movimientos. «Está durmiendo», pensó Dédalo; pero «¿quién duerme? ¿El hombre, el casco o cada uno de los ojos del yelmo?». El arquitecto se rascó las canosas barbas. «¡Todos duermen!», resolvió al fin, «porque no son muchos, sino solo uno, como Argos, el vigía abatido por Hermes». Y, en efecto, el anciano comprobó que los propios ojos del muchacho también danzaban con agitación bajo sus párpados, como si estuviesen contemplando vertiginosas visiones.

Las placas pectorales de la coraza tenían labradas, una a cada lado, dos serpientes confrontadas que nacían trenzadas desde el ombligo. Pero, pese a sus salientes lenguas bífidas, parecía que ambas sierpes dialogaban y se entendían entre sí, como si estuviesen dilucidando los arcanos más profundos del cosmos. Fue justo al costado izquierdo del intersticio formado por sus cabezas donde había intentado apuñalar al visitante.

Bajo el ombligo destacaba el cinturón que ceñía el cuerpo esbelto del guerrero. Dédalo se percató de que tenía la traza de una senda sembrada de hermai a breves intervalos, a semejanza de los muchos caminos que vertebraban el creciente entramado de la Hélade, ahora tan remota para él.

El viejo se fijó entonces en el brazal de la diestra de su indeseado huésped y advirtió que tenía cinceladas huellas que parecían ser de reses, aunque invertidas, trazando un camino que iba de la muñeca al codo. Volteó a mirar el brazal de la siniestra y se percató de que las huellas nacían ahí, siguiendo un sinuoso camino que, al parecer, cruzaba de un brazo a otro pasando por la espalda. No estaba dispuesto, sin embargo, a voltear a aquel guerrero para comprobarlo.

Dédalo se fijó entonces en el hermoso caduceo que el extranjero aferraba con firmeza en la diestra, aun en medio de su desmayo. No cabía duda: aquel ser estaba íntimamente consagrado a Hermes, pero se había proclamado servidor de Atenea. Intentó arrancar el caduceo de los dedos del recién llegado, pero la empresa fue vana: mano y cetro parecían formar un solo cuerpo indivisible.

Finalmente, Dédalo examinó con detenimiento el escudo que yacía a un costado del cuerpo y vio de nuevo el emblema de Hermes labrado en el metal. Levantó del suelo el pesado artefacto, cogiéndolo por uno de sus cantos, y comprobó, con un estremecimiento, que su cara cóncava no parecía metálica, sino que semejaba el interior del caparazón de una tortuga. Lo dejó caer, casi con repulsión, temiendo que de su interior brotara algún sonido; pero nada escuchó salvo la resonancia del bronce contra el suelo.

Creyó distinguir entonces que las serpientes se destrenzaban, amenazando con salirse del relieve para abalanzarse sobre él, como si recordaran que, apenas unos instantes atrás, había intentado apuñalarlas en el pecho de la panoplia. «No, debo de estar soñando», se dijo, frotándose los ojos, tras lo cual las sierpes se mostraron de nuevo inmóviles, exquisitamente cinceladas en el macizo trozo de metal. Dédalo sintió que enloquecía.

Con una convicción como jamás experimentó en su atribulada vida, el anciano arquitecto dirigió la cuña directo al entrecejo del visitante y aprovechó el mismo impulso para descargar la maza. En menos de un parpadeo, el mundo giró violentamente en torno suyo: sintió un impacto seco en el costado y otro en la cabeza, agudo y punzante, que lo obligó a contraerse presa de un insoportable crujido de músculos, vértebras y articulaciones.

Cuando abrió los ojos, se descubrió tendido en el suelo, con las piernas contra el muro más lejano de la estancia. Su visión se nubló por la sangre que le corría por los párpados proveniente de la cabeza. Su cuerpo entero pugnaba por reponerse de la experiencia de una fuerza demoledora, una como jamás había padecido ni concebido. Cuando al fin logró incorporarse, aturdido aún por el choque, intentó orientarse y clavó la mirada hacia el umbral, desde donde había salido proyectado. Ahí yacía el cuerpo del guerrero, exactamente en la misma postura en que cayera, salvo por un detalle: la pesada y afilada cuña se erguía rígida, cual un mástil, sobre el rostro impasible de aquel misterioso muchacho.

Dédalo se arrastró con lentitud y penoso esfuerzo, sorteando los muebles y herramientas derribados durante su brutal lanzamiento. Al alcanzar el cuerpo del huésped, sus ojos presenciaron el prodigio más insólito que hubiese contemplado jamás: la maciza cuña de hierro había sido atenazada en el aire por las alas del casco, impidiéndole rozar siquiera la afilada nariz del durmiente. Al posar la mirada sobre aquellas alas, que pese a su forja metálica lucían dúctiles y amoldables, vio cómo se replegaban para cobrar impulso, arrojándole la cuña directo al entrecejo y haciéndolo caer de bruces. Corroboró así, horrorizado, la más funesta certeza: el yelmo, y sin duda el resto de la panoplia, poseían voluntad propia.

Tendido en el suelo, el anciano reflexionó detenidamente sobre su aciaga situación: aquel insólito huésped, proclamado emisario de Atenea y Basileus de Hermes, había consumado la proeza de franquear el laberinto. Fuese lo que fuese un Basileus, juzgó que merecía consideración, más aún al presentarse como heraldo de la hija del Crónida para reclamar su presencia.

Pero ¿con qué designio lo convocaba la deidad tutelar de su patria, por la que tantas lágrimas derramara en sus amargos años de destierro? ¿Qué podía requerir de él la soberbia patrona de Atenas? ¿Acaso había llegado la hora inexorable de expiar las muertes de su sobrino Pérdix y de su amado Ícaro?

Las dudas lo laceraban sin tregua. En un arrebato de cólera y desesperación, había resuelto asesinar al emisario de Atenea, pero muy caro pagaba el precio de su impiedad: ahí yacía, postrado en el polvo y sin fuerzas para incorporarse, con la frente ensangrentada y los huesos quebrantados.

Todo se había desencadenado con una celeridad tan implacable y vertiginosa que rayaba en lo inconcebible. En un suspiro, la apacible y dilatada soledad que con tanto afán se labrara se había desvanecido; su anhelo de aguardar la muerte lejos de pugnas y tribulaciones quedaba sepultado para siempre y, ante sus ojos, se abría de nuevo un horizonte preñado de amarguras y pesares.

Resignado, Dédalo aceptó el hecho de que el emisario de Atenea lo había sometido sin necesidad de mover un solo dedo. Visto con detenimiento, aquella humillante sumisión no había sido obra propiamente del Basileus, sino de su fantástico yelmo. Dédalo se estremecía al pensar que, cuando el guerrero recuperara el conocimiento, iba a conducirlo irremisiblemente ante la más altiva de las deidades del Olimpo.

Entonces, una última y desesperada resolución cruzó por su juicio: con las manos entumecidas tanteó a su alrededor, pero no halló herramienta alguna de la cual servirse. Con el rabillo del ojo alcanzó a vislumbrar un afilado tiesto de cerámica a escasos pasos de distancia; intentó aproximarse empujándose con los omóplatos, pero el aliento se le extinguió al instante.

Dédalo sonrió amargamente ante la lacerante ironía de su destino: ahí, esparcidos por doquier, yacían instrumentos, artilugios y esquirlas con los que habría podido abrirse las venas, pero ninguno a su alcance. El viejo maldijo con rabia su existencia y a los mismos dioses.

De pronto, su ser entero se colmó de una sombría e indómita determinación: aprisionó su lengua entre los dientes, imploró el perdón de las almas inocentes de Pérdix y de Ícaro, y apretó la mandíbula con sus postreras fuerzas.

Ya alcanzaba Hefesto a divisar los contornos de su morada sobre el oscuro tapiz de una noche gélida y serena. Había conservado puesto el Yelmo de Hades durante todo el trayecto y no pensaba despojarse de él, resuelto a no delatar su presencia ante mirada alguna.

El Dios Artesano estaba convencido de que su esposa Afrodita, incapaz de refrenar sus instintos, había aprovechado su ausencia para entregarse a algún amante y dar rienda suelta a sus lúbricas pasiones. El corazón le latía con mayor fuerza conforme se aproximaba a su hogar, en el que ansiaba irrumpir para marchar directo hasta su alcoba y descubrir a su mujer en flagrancia. Aunque las imágenes lo torturaban, no dejaba de representarse a la diosa en brazos ajenos; la cabeza le daba vueltas al imaginarse de pie ante el lecho conyugal, contemplando la escena sin que ella ni su amante advirtiesen su presencia.

Hefesto se atormentaba preguntándose qué haría en ese instante: ¿Se quedaría inmóvil ahí, mirándolos? ¿Qué sentiría al verla gozar, al escucharla gemir, al contemplar sus uñas hendiendo otra espalda, sus muslos aprisionando caderas extrañas, sus rizos bermejos ondeando al compás de una furiosa cabalgata? ¿Descargaría su hacha sobre ellos? ¿A quién heriría primero? ¿Cómo reaccionarían los impúdicos amantes al verse acometidos por el vacío? ¿Se protegerían el uno al otro? ¿El profanador de su lecho huiría como un cobarde o se atrevería a plantar cara? Estas zozobras y mil más carcomían el juicio del Dios Herrero, forzándolo a acelerar su maltrecho paso.

En su frenética carrera, Hefesto no se percató de que le seguían el rastro con sigilo. Su cuerpo, aunque invisible a ojos de mortales e inmortales, dejaba huellas en la hojarasca y agitaba los arbustos y matorrales: era Jacinto de Apolo, el Basileus Sagrado, quien lo acechaba en la espesura como león a su presa.

Tras cruzar la nutrida foresta, el dios arribó resoplando hasta el amplio portal de su mansión. Con la espalda apoyada contra la fría y maciza lámina de bronce que sus propias manos forjaran, se detuvo a recobrar el aliento mientras contemplaba las estrellas tintineando en la bóveda celeste. Sintió desprecio por aquellos astros, testigos mudos e indiferentes de las inmundas felonías que con total certidumbre se consumaban tras aquellos muros.

Cuando al fin logró aplacar sus jadeos, razonó que la senda más prudente sería introducirse en la casa por la puerta de su taller privado, adosado a la parte posterior del palacio. De ese modo, calculó, esquivaría a la servidumbre de su esposa, que solía transitar a deshoras por las estancias principales.

Jacinto albergaba la certeza de que alguien se había introducido en la mansión. Sospechaba, por el trazo irregular de las pisadas, que se trataba de Hefesto, cuya renguera era harto conocida, pero no podía volver a las ruinas del Gimnasio sin al menos una prueba concluyente. En tales circunstancias, el Basileus Sagrado resolvió que lo mejor era quedarse a merodear de cerca, para observar qué más podía averiguar.

Ya en el interior de la fastuosa morada, Hefesto se deslizó sigilosamente a través de los pasillos y las estancias. Le sorprendió comprobar que, a su paso, no hallaba vestigio alguno de lo que esperaba: su casa no exhibía el menor rastro de una orgía desenfrenada, como aconteciera la última vez, cuando descubrió a los vástagos de su esposa tendidos a uno y otro lado del gran salón, sumidos en una impúdica embriaguez.

Todo estaba completamente cambiado y reducido al mínimo; los espacios eran tan amplios y luminosos que aquella mansión ya no guardaba semejanza con la que él mismo construyera y engalanara tras sus lejanas nupcias.

Temiendo que Afrodita ya no estuviera ahí, el dios corrió presuroso hacia la cámara nupcial. «¿Será que al fin me ha abandonado?», se preguntó, vacilando antes de franquear el umbral, mientras un torbellino de conjeturas tortuosas le abrasaba el juicio.

Una luz intensa y penetrante flagelaba sus párpados. No era un resplandor cálido ni abrasador, pero el viejo arquitecto lo sentía gravitar sobre la piel como si poseyera cuerpo y peso palpables. Temiendo quedarse ciego si se atrevía a abrir los ojos, se llevó las manos al rostro; descubrió entonces, perplejo, que los brazos ya no le dolían y que habían recuperado toda su movilidad.

Con miedo, pero también con curiosidad, Dédalo intentó mover una pierna; aplicó al inicio un esfuerzo leve y mesurado, temiendo al dolor, pero el miembro respondió con un vigor que no experimentaba desde hacía años. Intentó luego flexionar las manos y los dedos, y cada coyuntura obedeció con inusitada lozanía. Comprobó, en un torbellino de deleite y espanto, que estaba vivo, más vivo y pleno de lo que jamás recordara.

Confiado en la energía que vivificaba sus miembros, intentó incorporarse, pero no pudo: una fuerza mucho mayor se lo impidió al instante. Quiso resistirse, pero la pugna fue vana; cuanto más se agitaba, con mayor rigor lo sometía aquella potencia invisible que envolvía su cuerpo, privándolo de todo movimiento. La luz cobró una intensidad cegadora que lo forzó a desviar el rostro, pues su fulgor taladraba las retinas incluso tras los pliegues de la piel.

Dédalo sintió entonces, con pavorosa certidumbre, cómo sus maxilares eran desencajados y sometidos por la presión inexorable de dos férreas tenazas punzantes. No cabía duda de que el guerrero lo tenía a su merced. Con los ojos fuertemente apretados ante el resplandor que le hería las cuencas, sintió cómo el Basileus maniobraba con destreza en el interior de su boca.

—Eres obstinado, viejo... —dijo Autólico de Hermes, apartándose y permitiéndole al fin moverse con libertad.

La luz se fue extinguiendo con lentitud. Al abrir los ojos, el arquitecto advirtió que aquella insólita luminiscencia manaba del caduceo del guerrero. Las cabezas de las serpientes trenzadas aún se agitaban y siseaban, estirándose y contrayéndose mientras limpiaban, la una a la otra con sus lenguas bífidas, lo que semejaba restos de sangre y carne viva. Detrás de aquella conmoción, que fue serenándose al compás del resplandor, lo escrutaban los ojos hondos y apacibles del Basileus.

—Ya estás curado. Ahora levántate, que debemos partir de inmediato; pero antes dame agua —solicitó, volviendo la cabeza a uno y otro lado, visiblemente atormentado por la sed.

Dédalo, sumido en el más absoluto estupor, constató que su cuerpo respondía a la perfección, más ágil incluso que antes de desatarse la violencia. Se encaminó hacia un rincón de la estancia sorteando los múltiples despojos y tomó un ánfora para ofrecérsela al sediento visitante.

—¿Eres un inmortal? —preguntó Dédalo, asustado ante el sonido de su propia voz.

Autólico, sin embargo, no contestó; apuraba con avidez el contenido del ánfora, dejando que el agua se derramase copiosamente por los bordes y resbalara sobre los relieves de la refulgente panoplia. Dédalo contempló con asombro cómo las serpientes del caduceo, que el Basileus sostenía terciado bajo el mentón, parecían deleitarse al contacto de las gotas que las salpicaban. En cuanto hubo agotado el vital líquido, el guerrero exhaló un hondo suspiro de alivio y se encaminó a grandes zancadas hacia el umbral.

—¡En marcha! Este laberinto tuyo ha demorado en exceso el cumplimiento de mi encomienda.

Autólico cruzó la puerta y se plantó de cara a la interminable avenida, escrutándola meditabundo con los brazos cruzados sobre el pecho. Al notar que el viejo no lo seguía, se volvió y lo descubrió exactamente donde lo dejara: inmóvil, pasmado aún por todo lo que estaba sucediendo.

—¿Cómo me has sanado? —inquirió Dédalo, con un habla precisa y recia, mientras se tocaba insistentemente la lengua con los dedos de la diestra. La rodeaba, la oprimía, llegó incluso a pellizcarla con fuerza, pero no halló la menor huella de mutilación o desgarro. Su lengua se encontraba entera, flexible, libre de dolor; y en el paladar no persistía ya aquel regusto férreo de la sangre que momentos antes le anegara la garganta hasta privarlo del sentido.

—Muéstrame la salida del laberinto… —solicitó Autólico, quien parecía no escuchar nada de lo que el anciano decía.

—No tiene salida… —respondió Dédalo, caminando hacia él y extrañado de que un emisario divino formulara tan cándida petición.

Aquellas palabras conmocionaron al Basileus, quien lo miró con unos ojos en los que el viejo alcanzó a apreciar un enorme desasosiego.

—¿Y cómo haces tú para salir? —lanzó Autólico de manera maquinal, pero no obtuvo respuesta de Dédalo, quien se limitó a mirarlo con pena. En las pupilas grises y apagadas del anciano, el guerrero divino vio reflejada su propia ingenuidad—. ¿Y si regresamos por donde vine? —reflexionó en voz alta, clavando de nuevo la vista en la inacabable avenida.

—Yo no podría salir de aquí ni aunque tuviera tus años. Diseñé este laberinto para que ningún mortal pudiera entrar o salir; no concibo cómo es que tú... —El viejo fijó con mayor insistencia los ojos en su huésped—. Responde: ¿acaso eres un dios? —volvió a inquirir, auscultando el fino rostro del guerrero, enmarcado por las alas del yelmo.

—Conozco al menos a dos o tres capaces de entrar y salir de tu laberinto, aunque dudo que lo hiciesen con tanta presteza como yo... —replicó Autólico volviéndose una vez más hacia la avenida, a la que no dejaba de escrutar cual si pretendiera arrancarle algún secreto.

—Solo un dios puede confeccionar una panoplia como esa que portas... —insistió el obcecado artífice, empeñado en desentrañar la verdadera naturaleza de su insólito visitante.

—Sí, fue un eterno quien forjó esta panoplia... —contestó Autólico sin dignarse a mirarlo. Sus ojos, clavados aún en el inagotable horizonte, se ensombrecieron bajo el velo de una profunda zozobra.

Dédalo reconoció que no tenía forma de eludir a Atenea: si su emisario era un eterno, nada podría hacer para eliminarlo. Carecía de medios e instrumentos, pese a la agudeza de su ingenio, para idear o forjar artificio alguno capaz de vulnerar semejante armadura. Tampoco podía atentar contra su propia vida, pues el joven Basileus había sido capaz no solo de devolverle el aliento y recomponerle la lengua, sino de restañar sus muchas heridas. Cualquier tentativa que emprendiese sería frustrada o enmendada por el guerrero; ¿para qué entonces prolongar más lo inevitable?

—Hay otra forma de escapar de aquí... —musitó el anciano con un hondo suspiro, rindiendo los hombros.

—¿Cuál es? —inquirió de inmediato Autólico, en cuyas pupilas centelleó un repentino destello de esperanza.

Dédalo contempló con asombro cómo, al unísono, las alas del yelmo de su huésped se estremecieron, vivas y expectantes.

—Tú tienes los medios en tu propia armadura…

—Habla con claridad… —le imploró el Basileus, con un acento que conmovió el endurecido espíritu del anciano.

—Tu panoplia posee alas; ¿acaso no puedes volar? —inquirió al fin Dédalo, a quien le costaba concebir una armadura alada, obra de un dios, incapaz de remontar los aires.

—No hay, ni ha existido jamás, mortal capaz de consumar semejante portento, ni aun vistiendo una panoplia divina... —sentenció Autólico, afectando una erudición que arrancó una tenue sonrisa al arquitecto.

—¿Podré conocer, en el sitio adonde habrás de conducirme, al forjador de esta armadura? —preguntó Dédalo con audacia.

—Al forjador de esta y de muchas más... —prometió Autólico, entusiasmado, sin sospechar que tal encuentro resultaría imposible, pues ignoraba que Hefesto había roto para siempre sus lazos con Atenea.

Dédalo encaminó entonces sus pasos hacia el interior de la morada y, con mayor presteza de la que empleara al entrar, reapareció en el umbral portando entre los brazos un par de recias y tupidas alas.

—Toma... —Dédalo ofreció al guerrero el vetusto y polvoriento artefacto; Autólico lo examinó con detenimiento durante unos instantes hasta que, encogiéndose de hombros, reconoció que no tenía la menor idea de cómo emplearlo. El mecanismo estaba compuesto por un sinnúmero de cuerdas, hilos y tensores intrincadamente enlazados, envueltos en una densa maraña de plumas negras. Comparado con su panoplia divina, que se amoldaba a su cuerpo y a su voluntad con perfecta sincronía, aquel hato de groseros materiales semejaba simple despojo.

—¿Qué es esto? —inquirió Autólico desconcertado, mientras Dédalo, sujetando el armazón por los extremos, desplegaba las alas ante sus ojos incrédulos—. ¿Cómo pretendes que este armatoste nos saque de aquí? —añadió, incapaz de disimular un gesto de desdén.

—Tu soberbia panoplia no te elevará por sí sola sobre estos muros —sentenció Dédalo con sutil ironía, sabedor de que nadie capaz de surcar los cielos habría acometido el laberinto a pie.

Autólico sonrió al captar el sarcasmo y avanzó con docilidad hacia el anciano, extendiendo los brazos. Dédalo emprendió entonces la minuciosa faena de ceñirle y calibrar el correaje.

—¿Atenea me manda llamar para responder por mis crímenes? —preguntó el artífice sin ambages, mientras remataba con firmeza los últimos nudos.

—Ignoro con qué propósito te requiere la diosa... —respondió Autólico con sequedad, procurando acoplarse al armazón que Dédalo acababa de ceñirle.

El guerrero movía los omóplatos, los brazos y los hombros, tratando de despertar las alas y entrar en comunión con ellas, pero no conseguía percibir el menor impulso. Su mente evocó la primera vez que vistió las ropas sagradas de Hermes y rememoró cómo el mero contacto con la panoplia le había infundido una sensación de poder y vigor sin límites. Aquellas alas postizas, en cambio, comenzaron a responder de forma lenta y torpe a su voluntad, a semejanza de un brazo tumefacto o una pierna entumecida.

—¿Y las tuyas? —preguntó Autólico, agitando el plumaje cual pajarillo que se dispone a remontar el vuelo por vez primera.

—Tú habrás de llevarme, Basileus, pues a mis años me resultaría imposible... —respondió Dédalo con una pícara sonrisa que Autólico comprendió y devolvió con franca complicidad.

—¡Sube, pues! —contestó el guerrero, encorvándose para ofrecerle la espalda.

Dédalo se abrazó al cuello del joven y advirtió, asombrado, que el contacto con la panoplia no resultaba frío. Al contrario: las vestiduras áureas de Autólico le transmitían una tibia sensación de seguridad y placidez, semejante a una piel tersa, firme y viva. Eran sensaciones insólitas que el anciano disfrutó al punto, sin recordar haberlas experimentado jamás, ni siquiera en su remota niñez.

Al percatarse de que ganaban altura con presteza, Dédalo apoyó su nívea cabeza en el hombro del guerrero. «El mundo ha cambiado», pensó el anciano al contemplar cómo empequeñecían bajo sus pies los confines de Cámico.

Autólico, entretanto, no solo había domeñado por completo el mecanismo de las alas, sino que, para pasmo de su artífice, les imprimía una potencia que el viejo jamás creyó factible al concebirlas. Aquel armazón había sido forjado para un mundo donde resultaban inconcebibles semejantes velocidades y distancias, por lo que el arquitecto temía que la urdimbre comenzase a desmembrarse de un momento a otro. Un funesto recuerdo ensombreció su alma al clavar la vista hacia el abismo y comprobar que cruzaban sobre las agitadas crestas de un mar embravecido, más inconmensurable que su propio laberinto.

Por un instante sintió el deber de advertir a su captor sobre los peligros de tan temerario ritmo, pero prefirió callar: si las alas se deshacían en el aire, ambos se precipitarían hacia la muerte; y al representárselo, una sombría sonrisa se dibujó en sus labios.

Las sombras de la noche comenzaban a cernirse sobre el mundo y las alas de Autólico no daban la menor muestra de fatiga, pese a haber sido sometidas a una travesía incesante y vertiginosa. El oleaje empezó a encresparse con furia y densos nubarrones velaron las estrellas. Entrecerrando los ojos para no herir sus pupilas con las ráfagas de lluvia que azotaban la superficie del mar, Dédalo advirtió que volaban directo hacia las fauces de una tenebrosa tempestad.

Autólico acomodó la égida para escudar el rostro del anciano, quien se estremeció contra su pecho transmitiéndole, en aquel involuntario espasmo, un inenarrable pavor a la muerte. Desconcertado ante aquella ignota congoja mortal que se filtraba a través de las junturas de su panoplia, el basileus experimentó la fugaz tentación de soltar al viejo, pero se contuvo.

El guerrero apretó los dientes y aceleró: su cuerpo se tensó cual una flexible pértiga que combó su rumbo hacia lo alto para hender el corazón mismo del vendaval. Autólico rasgó la borrasca desvaneciendo las preñadas nubes con un haz de luz resplandeciente proyectado desde el caduceo, que blandía en la diestra. Al dispersarse, los densos cúmulos dieron paso a un tibio y etéreo velo de vapor.

Guerrero y arquitecto emergieron a la claridad de una noche serena y estrellada. Enmarcados por la pálida lumbre de Selene, flotaron suspendidos unos instantes en el aire, mientras el Basileus sacudía las alas para despojarlas del agua acumulada; Dédalo aún tiritaba entre sus brazos.

En cuanto Autólico comprobó que el viejo se había tranquilizado, reemprendió la marcha, batiendo el aire con aletazos firmes y vigorosos que le permitieron recuperar rápidamente el ritmo. Dédalo tuvo la impresión de que ya habían cruzado de un extremo a otro la vasta Tierra.

Comenzaba a despuntar en el horizonte la rosada cabellera de Eos cuando el artífice sucumbió al peso abrumador de sus muchos años. Acurrucado contra el pecho del guerrero, el viejo arquitecto alcanzó a musitar, antes de deslizarse en un letargo profundo:

—Basileus, evita volar cerca del Sol...

Hefesto entreabrió la puerta y tropezó al fin con una imagen reconocible. Ante sus ojos se alzaba el lecho que él mismo, henchido de ilusiones, tallara en noble caoba cuando el Padre Zeus le prometiera la mano de Afrodita. Lecho ingrato donde viera fenecer sus esperanzas y en el que, sin duda alguna, la Nacida de la Espuma se había entregado a sus desenfrenados apetitos durante su ausencia. Contrario, sin embargo, a sus más oscuras suposiciones, no había intruso alguno entre los almohadones.

Cual corola de una lozana y perfumada flor, las satinadas sábanas que envolvían a Afrodita se fueron descorriendo con lentitud al roce de la discreta caricia de Helios, que ya se filtraba por el vano de la ventana. La diosa, vestida apenas con una traslúcida gasa de lino blanco, recibió aquella luminosidad en el rostro, sonriendo y parpadeando ligeramente.

Afrodita deslizó las yemas de los dedos desde la curva del cuello hasta las laderas de sus generosos senos, acariciándolos y frotándolos con suavidad. Sus pezones se irguieron apuntando hacia la techumbre, firmes y turgentes cual bullentes calderas de forja. La deidad se revolvió complacida entre las telas, tarareando una dulce melodía. Se humedeció luego con los labios los dedos de la diestra, que descendieron serpenteando bajo el embozo hasta perderse en su entrepierna.

«No tendrás un amante, pero el gozo no te falta», pensó el Dios Cojo, mirándola con profundo desprecio, pero también subyugado por una fascinación invencible.

Los muslos níveos y torneados de Afrodita se fueron entreabriendo, trazando un compás en sincronía con el pausado avance del fulgor que Helios derramaba, indiscreto, sobre los contornos del lecho. Enroscando el tobillo entre los pliegues de lino, la diosa dejó caer una pierna fuera del tálamo para sacudirse el peso de las mantas. Los dedos de su mano diestra, entregados ya a un ritmo y una cadencia frenéticos, desdibujaron la canción que entonaba hasta transformarla en un coro de entrecortados y anhelantes murmullos.

Hefesto se sintió presa de una conmoción que le resultaba por entero desconocida: una pasión feroz y desgarradora en la que se fundían la más acerba repugnancia y un indómito deseo. Ansiaba abalanzarse sobre Afrodita para poseerla con violencia, pero deseaba al unísono, y con idéntica furia, descargar su hacha de bronce sobre aquella mano grácil que usurpaba el sitio del anónimo amante con quien tanto se atormentara durante su travesía.

Los murmullos se fueron trocando gradualmente en gemidos, cuya modulación era dictada por la mano izquierda de la diosa, que recorría con languidez cada relieve de su cuerpo.

Hefesto observaba fascinado la precisión con que Afrodita ejecutaba sus movimientos y comprendió al fin que aquellas maniobras requerían tanta o más maestría que la requerida en el yunque de su forja. El desprecio que sentía por ella se diluyó y en su corazón comenzó a palpitar una sensación de profunda y amarga pesadumbre. La revelación de que el arte de su esposa era más antiguo y necesario que el suyo, tan irresistible y primordial ante el cual eternos y mortales, sin distingos, habían sucumbido desde el origen del cosmos, lo sumió en un desolador abatimiento.

El Dios Herrero comprendió de golpe que su esposa encarnaba un ímpetu de proporciones cósmicas, indomeñable ante cualquier yugo o destino; y aquella verdad lo hizo sentirse diminuto, pese a su condición de Olímpico. La maldijo a ella en silencio, se maldijo a sí mismo y renegó de Zeus en lo más hondo de su ser por haber decretado aquel matrimonio infame, más semejante a un suplicio que a un premio.

El Artesano derramó amargas lágrimas al contemplarla amándose a sí misma. Sus lágrimas manaban más gruesas y profusas con cada gemido que escapaba de Afrodita, quien se abría ya como fruto maduro caído a la tierra, escurriendo generoso su dulce néctar.

Abatido por tan cruel revelación, pero embelesado también por aquella visión, Hefesto se aproximó hasta los pies del lecho; desde ahí contempló, sobrecogido, el abismo insondable de aquella diosa que jamás había sido ni sería suya.

Afrodita se retorcía en pasmosas convulsiones al tiempo que sus gemidos inundaban la estancia. El Dios Herrero, suspenso ante el vaivén de aquellas manos expertas y enemigas, intuyó que el clímax estaba por consumarse.

Entonces, en un instante que Hefesto sintió grabarse a fuego en sus propios huesos, en un convulso arquear de espaldas y ahogando un grito en la garganta, Afrodita despidió un torrente denso y blanquecino que alcanzó a salpicarle el pecho y las barbas. Los muslos de la diosa cayeron hacia un flanco, rendidos por el agotamiento, mientras su semblante se iluminaba en una dilatada sonrisa.

Hefesto, bañado por aquel flujo, temió delatar su presencia y abandonó la alcoba con tanta presteza y sigilo como le permitieron sus maltrechos pasos. Una vez en el exterior, examinó la sustancia con la que acababa de ser ungido: la olió, la probó con la punta de la lengua y la extendió entre las yemas de sus dedos para calibrar su espesura. Una sonrisa de amarga ironía asomó a sus labios al comprender que aquello era lo más íntimo que obtendría jamás de su esposa.

El Artesano Divino suspiró, vencido por la resignación, y se escabulló por las galerías del palacio hacia la salida, esquivando con destreza a las jóvenes doncellas que ya daban inicio a las faenas del alba.

—Despierta, que ya hemos llegado…

Al abrir los ojos, Dédalo se descubrió en el corazón de lo que semejaba el averno mismo. Tal fue el espanto que le produjo aquel panorama que se negó a posar los pies en tierra, aferrándose con desesperación al cuello de su captor.

—¡Al Hades me has traído! —le increpó el anciano, clavando en él una mirada de enconoso reproche.

—Muchas cosas he visto en el mundo que me han causado asombro, pero jamás imaginé ver un niño de pecho tan decrépito…

Autólico se volvió para descubrir a quien había proferido aquella mordaz ocurrencia. Ante sus ojos, se anunció una silueta familiar y entrañable. No pudo reprimir una ancha sonrisa al reencontrarse, cara a cara, con uno de sus más preciados amigos.

—¡Eres tú!

Aunque ya no eran los mismos, y no podrían serlo, pues nadie sometido a aquel tipo de vida podría conservarse igual siempre, Autólico celebró en su fuero interno que su antiguo camarada conservase intacto aquel humor punzante y socarrón.

El anciano, sobrecogido ante la imponente presencia que se había plantado frente a ellos, resolvió al fin apoyar los pies en el suelo. Tenía ante sus ojos incrédulos otra panoplia divina, tan deslumbrante y formidable como la del Basileus que lo condujera hasta aquel ignoto paraje. Con paso vacilante, se aproximó embelesado por los destellos del ropaje sagrado; recorrió con avidez sus junturas y grabados, buscando descifrar en cada relieve cuáles serían sus ocultas virtudes y poderes.

El viejo sintió una irresistible curiosidad por el casco, coronado por un penacho de plumas más lóbrego que el Érebo mismo, si tal negrura cabía en la imaginación. Tres feroces cabezas de can circundaban el yelmo: una sobre cada sien y la tercera dominando la frente. Al fijar la vista en ellas, Dédalo creyó escuchar que las bestias le ladraban y gruñían; pero cuando intentó retroceder, sus piernas se negaron a obedecer, pues una ignota e irresistible fuerza lo arrastraba hacia la panoplia.

Luengos y sedosos mechones de plata pendían del yelmo sagrado, escurriéndose por las hombreras y el peto como si se tratara de una dulce y sosegada corriente de agua que se diluía poco antes de llegar a la cintura. Dédalo sintió pavor de recorrer con la mirada aquella sinuosa cascada de cabellos lacios; pues, aunque había conocido a hombres y héroes extraordinarios, ninguno poseía el porte irreal y quimérico que distinguía al portador de aquella armadura divina.

Detuvo su inquisitiva mirada en las hombreras y distinguió en la derecha el relieve de un mísero hombre empujando una roca por una empinada pendiente; aquella imagen le causó una instantánea repulsa al ver reflejado en semejante suplicio su propio e interminable trajinar, sabedor de que la piedra, irremisiblemente, apenas llegada a la cumbre, habría de rodar al abismo: «Trabajar, siempre trabajar para satisfacer caprichos obtusos de amos mezquinos», se lamentó.

Con recelo, pero aguijoneado por una inexplicable ansia de desentrañar los secretos del metal, posó los ojos en la hombrera izquierda. Ahí contempló, esculpidas en el bronce, las figuras de unas dolientes y hermosas doncellas inclinadas sobre un remanso de agua, empeñadas en colmar cántaros horadados en el fondo. Aquel motivo le molestó aún más que el primero, pues no concebía que aquellas muchachas ignorasen la rotura de sus vasijas. No: ellas sabían de sobra que estaban huecas y, pese a todo, perseveraban en su absurda y eterna condena. «Trabajar, siempre trabajar», masculló el anciano con una rabia inaudita, apretando los puños y rechinando los dientes, hasta que sus pupilas tropezaron con los pectorales del peto.

En el derecho, el artífice de la panoplia había cincelado con exquisita finura un majestuoso carro tirado por briosos corceles; y aunque el rostro del auriga no se distinguiera con nitidez, resultaba evidente que aquellas riendas las empuñaba el mismísimo Señor del Averno. En el pectoral izquierdo, Dédalo contempló, plasmada con idéntico primor, la cándida figura de una doncella que segaba flores en un tupido jardín. El viejo inclinó la frente, embargado por una honda compasión hacia la muchacha que estaba a punto de ser arrebatada del mundo de los vivos.

Fue así como sus grises pupilas se toparon con el cinturón del Basileus, labrado con una solemne franja de cipreses umbríos. Aquella visión infundió en el arquitecto un deseo irresistible de trasponer el confín y desentrañar los misterios que aguardaban al otro lado, pues el follaje de aquellos árboles parecía susurrarle dulces promesas que sus oídos no lograban descifrar.

Con la mirada inclinada hacia la tierra, Dédalo no pudo menos que reparar en las grebas del Basileus. Los tobillos de ambos pies parecían cuajados de metales y piedras preciosas a punto de desprenderse, semejantes a frutos maduros pendientes de una rama. El anciano, quien jamás se dejara seducir por la codicia y que acometiera sus obras, incluso las más portentosas sin afán de lucro, sintió la súbita tentación de extender los dedos y hurtar una de aquellas gemas en bruto. Pronto se reprendió a sí mismo por tan vulgar flaqueza y se forzó a recoger la mano y a alzar los ojos.

Se detuvo así en las espinillas, cuyos motivos divergían entre sí de manera manifiesta. Ambas nacían, según dedujo, de aquel aglomerado de pedrería subterránea; pero en la diestra lo que distinguió fue el caprichoso trazado de cinco vertientes fluviales. Hurgando en su atormentada memoria, en cuya bodega solo se hacinaban desdichas, rescató los nombres de los torrentes: Aqueronte, Estigia, Cocito, Flegetonte y Leteo... «¡Ah, cuánto quisiera olvidar!», suspiró el viejo, acometido por una violenta e insólita sed de beber las ignotas aguas de aquel último caudal.

Al desviar la vista hacia la greba izquierda, contempló una estampa enteramente distinta: la efigie de una hermosa y cándida doncella a cuyos pies, postrado de hinojos y en actitud doliente, yacía un joven aedo tañendo la lira. La escena, cuyo sentido no alcanzó a desentrañar, le inspiró sin embargo una punzante piedad por la infortunada pareja.

Exhausto, cual si su decrépito cuerpo hubiese recorrido los simbólicos confines cincelados en la panoplia del Basileus, el viejo alzó sus marchitas pupilas. Lo último que advirtió fue la punta de la lanza con que el guerrero le apuntaba: el filo de aquel venablo, en cuya base parecía engastada una granada de encendido carmesí, ejerció sobre su voluntad una atracción irresistible. Vencida su resistencia, estiró la mano hacia aquel rozagante fruto con un apetito atroz que eclipsaba cualquier sensación previa. Ansiaba coger aquel fruto entre sus dedos para llevárselo a la boca y paladear la savia escarlata que prometían sus granos. Ya saboreaba el néctar cuando fue arrancado con violencia del trance.

El Basileus recién llegado se había dejado contemplar con enternecida complacencia durante aquellos instantes, que para Dédalo habían sido interminables, esbozando apenas una afable sonrisa. Pero, una vez que el viejo comenzó a extender su mano, el guerrero sagrado desvió su mirada hacia los ojos del expectante Autólico, trocando su cándida sonrisa en una oscura y siniestra advertencia.

«Nuestra señora Atenea me encomendó traer a este hombre», advirtió Autólico, hablando directo a su mente.

«Como también mandó por ti, por mí y por todos», replicó el otro, al tiempo que los perros de su yelmo comenzaron a ladrar y a gruñir con ferocidad.

—¡Atrás! —bramó Autólico, aferrando a Dédalo por el cuello de sus raídas vestimentas para hacerlo volver tras sus pasos.

Y eso fue justamente lo que el anciano experimentó en la carne: la violenta sacudida de quien es rescatado al borde del abismo, a medio vuelo de despeñarse por un precipicio.

—¿Quién eres? —atinó a balbucear el viejo en cuanto recuperó el dominio de sus sentidos.

Pero el Basileus no se dignó responder: se limitó a contemplar al arquitecto y a su captor con aquella sonrisa franca y apacible en la que Autólico ya no acertó a descubrir el menor rastro de amenaza. Dando media vuelta, la figura se desvaneció entre la vorágine de aspirantes que iban y venían entre los escombros del derruido Gimnasio.

—Él es Sísifo, Basileus Sagrado de Hades —sentenció Autólico con voz trémula—, y jamás, bajo ninguna circunstancia, debes osar tocarlo... o morirás en el acto.

—Mi señora, Ánax, lamento haber demorado tanto, pero he aquí, como me lo pediste, al viejo Dédalo, arquitecto de la portentosa Cámico y del insondable laberinto del barrio de los oficios... —exclamó Autólico, despojándose de su casco y doblando la rodilla ante la diosa, quien ocupaba un improvisado trono en el corazón de la arena.

A su diestra se hallaba el Ánax Agertes, con un semblante más adusto y sombrío de lo que el guerrero recordaba. Aunque su llegada había sido anunciada, Autólico comprendió de inmediato que la diosa y el soberano conferenciaban sobre graves asuntos de guerra.

Postrado, con la mirada fija en el polvo, el Basileus advirtió que el anciano a su lado temblaba como una fiera acorralada, azorado ante la tremenda presencia de la deidad olímpica. Autólico alzó el brazo y tiró de los ropajes del viejo para forzarlo a doblar las rodillas.

En cuanto tocó la tierra, Dédalo comenzó a sentir que una pesada fuerza manaba del guerrero y aletargaba sus coyunturas, entumiéndolas hasta dejarlo privado de todo movimiento; solo el corazón y los pulmones perseveraban, ajenos a la parálisis, mientras sentía cómo la sangre golpeaba de manera irrefrenable en sus sienes. El pavor se desbordó en su pecho al verse sometido a aquella súbita inmovilidad que le impedía incluso desviar las pupilas. Creyó que el pecho le estallaría y que él quedaría ahí, inerte a los pies de Atenea.

—¡Libéralo! —ordenó el Ánax.

Dédalo cayó de bruces contra el suelo al instante. Poco a poco sus miembros recobraron el pulso; logró incorporarse apoyándose en el brazo de Autólico, quien se ponía en pie al unísono.

—Has cumplido satisfactoriamente con tu encomienda. Puedes retirarte; un escolta te guiará —concluyó el Ánax con fría parquedad.

El Basileus de Hermes giró sobre sus talones para cruzar la arena, dejando ahí a Dédalo, que apenas conseguía mantener la vertical.

Al trasponer la empalizada exterior, el guerrero se topó con la figura menuda y grácil de un adolescente, casi un niño, de semblante jovial y risueño, que lo contemplaba con una mezcla de fascinación y reverencia.

—Así que tú eres Autólico, el Basileus Sagrado de Hermes... —exclamó el chiquillo, boquiabierto ante los fulgores de la panoplia sagrada—. ¡Sígueme, voy a conducirte hasta tu columna! —le indicó, echando a andar con un recio paso marcial que interrumpía, de trecho en trecho, para dar pueriles y jubilosos saltos.

—¿Quién eres? —inquirió Autólico, desconcertado por el bullicio que tenía lugar entre los escombros.

—¡Ah, olvidé presentarme! ¡Yo soy el Hoplita Celeris de Caballo! —vociferó el muchacho con orgullo, marchando de espaldas sin perder aquel singular paso marcial.

Celeris, un muchacho de hirsuta y negra melena, de ojos aún más negros, grandes y chispeantes, y de sonrisa franca y contagiosa, portaba una ligera y hermosa panoplia jaspeada que parecía haber sido labrada en cuarzo y no en bronce. La suya, como todas las de su rango, era austera, pero no por ello menos bella o poderosa. Todos en el Gimnasio asimilaban, entre sus primeras lecciones, que el poder supremo de una panoplia no dimana, en última instancia, de su rango o de la nobleza del metal, sino del espíritu y la destreza de quien la viste.

Autólico aminoró la marcha, procurando descifrar el orden que gobernaba semejante agitación. Advirtió así nutridas cuadrillas de aspirantes entregadas a la remoción de escombros. Entre la multitud en faena, alcanzó a distinguir los inconfundibles destellos de lo que debían ser armaduras de hoplita: saetas infatigables que, al igual que el chiquillo que abría la marcha, marcaban la cadencia de las pesadas labores.

—¡Celeris de Caballo, detén el paso! —ordenó Autólico, frenando en seco ante una estampa inverosímil.

El chiquillo, que había apurado el tramo a propósito, sintió un gélido escalofrío correrle por la espalda. Era verdad lo que decía: a un Basileus Sagrado resultaba imposible ocultarle nada. Resignado, Celeris se volvió y regresó sobre sus pasos, transido de miedo, hasta el punto donde el guerrero de Hermes se había plantado.

—¿Es él? —inquirió Autólico sin desviar la mirada de aquella figura colosal que descollaba a lo lejos, solitaria y sombría en medio del bullicio.

—¿De qué hablas? —balbuceó Celeris con fingida inocencia, evitando a toda costa clavar los ojos hacia donde apuntaba el basileus; la sola evocación de aquella presencia funesta le helaba la sangre.

La colosal panoplia de aquel gigante repelía los rayos del sol con violencia. Y aunque el aire vibraba viciado por el polvo y el calor, resultaban evidentes los relieves de una titánica musculatura bajo las placas de metal. Aquel coloso permanecía inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho, semejando una atalaya inexpugnable.

—¡Debemos continuar! —le apremió Celeris, tomándolo de la mano para tirar de él; pero no logró moverlo ni un palmo.

Autólico entornó los ojos, buscando penetrar la densa penumbra que enmarcaba el rostro bajo el yelmo, coronado por un penacho de plumas tan rojas como la lumbre de una fragua ardiente. Ansiaba descifrar las facciones de aquel ser inaudito, a quien no lograba concebir investido con una panoplia sagrada.

Entonces, como si el gigante pudiese oír sus pensamientos, exhaló un furibundo resoplido que rasgó el espacio: el aire comprimido levantó una marea de polvo y escombros que barrió cuanto halló a su paso, arrojando por los aires a algunos aspirantes desprevenidos.

—¡Miserable! —exclamó el Basileus de Hermes, plantando los pies para encajar el inminente embate.

La violenta ráfaga azotó su rostro y su pecho, obligándolo a retroceder sobre la arena. Celeris se despegó del suelo, liviano como era, y habría salido despedido como una brizna seca de no haber sido porque Autólico lo aferraba con firmeza de la muñeca. El guerrero sagrado resistió a pie firme la embestida hasta que la ventolera menguó.

Depositó entonces al maltrecho Celeris en el suelo, ajustó las alas de su yelmo y enfiló sus veloces pasos hacia su atacante, que lo miraba impávido y desafiante.

«¿En verdad pretendes encarar tú solo a Erecteo de Hefesto?», escuchó Autólico a su lado, tan próximo que creyó que la voz brotaba del fondo de su propio pensamiento, mientras devoraba el surco dejado por la ráfaga a velocidad de impacto. «Aunque a mí también me indigna, bien sabes que ninguna panoplia se confiere sin la anuencia de Atenea; y tú no posees la autoridad ni el poder para despojar a Erecteo de la suya...».

—¡Basta! ¿Quién eres? ¿Dónde te ocultas? —exclamó Autólico, forzado a frenar en seco su vertiginosa acometida.

Escrutaba ya el Basileus Sagrado a diestra y siniestra, arriba y abajo, cuando de súbito, ante sus ojos perplejos, comenzó a tomar cuerpo una exquisita panoplia, en cuyo yelmo destacaba un tocado primorosamente cincelado con hojas de hiedra y racimos de vid.

—¡Polideuces! —exclamó al reconocer por fin las facciones finas y angulosas de su antiguo camarada y amigo.

Autólico se sobrecogió al rememorar lo difícil que le resultaba distinguir, en los días en que recién se conocieron, aquel semblante del de su gemelo Cástor, por quien llegó a profesar con los años un afecto más íntimo y fraterno. Recordó con nostalgia cómo Cástor fue el último en despedirlo cuando Atenea le confirió la panoplia divina de Hermes y lo envió a acometer su primera encomienda. Tras aquella jornada, jamás regresó al Gimnasio sino para hallarlo en escombros a causa de una infame traición consumada por su entrañable amigo. Era imposible que Polideuces ignorase lo sucedido y la turbación lo obligó a agachar la cabeza.

—Sé lo que estás sintiendo…

Un incómodo silencio se impuso entre los dos Basileis Sagrados.

—Escucha, será mejor que volvamos... —dijo Polideuces mientras le sujetaba con suavidad el brazo, disuadiéndolo de su empeño de encarar al Basileus de Hefesto, quien continuaba inmóvil y desafiante.

Desandaban ya el camino cuando percibieron unas ligeras y presurosas pisadas aproximarse.

—¡Vaya que son veloces los Basileis sagra...! —se interrumpió Celeris al descubrir que junto a Autólico marchaba un guerrero a quien jamás había visto.

La regia estampa de aquel recién llegado dejó atónito al muchacho, que permaneció inmóvil mientras la pareja pasaba de largo. Fue entonces cuando el chiquillo se supo observado; al despertar de su estupor, se dio de bruces con la colosal y espeluznante figura de Erecteo a la distancia. Los cabellos de Celeris se erizaron y de su garganta brotó un apagado quejido de espanto.

Presa del pánico, el Hoplita comenzó a arrastrarse torpemente con pies y manos hacia atrás, incapaz de apartar la mirada del yelmo flamígero, tras cuyas sombras creía distinguir, con febril delirio, las facciones de aquel temible Basileus, célebre en todo el Gimnasio por su desmedido poder y su crueldad sin freno.

Al escuchar los forcejeos y sollozos del muchacho, ambos Basileis frenaron el paso y volvieron la vista. Autólico se aproximó con presteza, le cubrió los ojos con una mano y lo alzó en vilo para llevarlo en brazos durante el resto del trayecto.

Mientras los Basileis Sagrados intercambiaban palabras que le parecían ininteligibles, Celeris pudo sentir cómo Autólico le transmitía una tibia serenidad que disipaba de su mente la espantosa visión del yelmo llameante. Aquella calidez fue despejando sus sentidos hasta que, poco a poco, las frases de los guerreros cobraron claridad.

Una vez que el muchacho estuvo repuesto, Autólico lo depositó en el suelo y le ofreció la mano; y así marcharon, como si fueran hermano mayor y menor, hasta adentrarse de nuevo en el populoso bullicio entre los escombros.

Al alcanzar el punto de partida, los Basileis Sagrados se despidieron con un solemne saludo y Autólico se inclinó ante Celeris para decirle:

—Hoplita de Caballo, perdóname por haber entorpecido tu cometido. Condúceme ahora adonde debías llevarme.

El muchacho, al verse interpelado con semejante dignidad por uno de los más poderosos guerreros de Atenea, se hinchó de orgullo y le soltó la mano de inmediato, oteando alrededor para cerciorarse de si alguien los observaba; pero todos parecían enteramente absortos en sus extenuantes faenas.

El chiquillo reemprendió la marcha con renovados bríos y guió a Autólico hasta el sitio donde se afanaba una nutrida cuadrilla de aspirantes, ocupados todos en despejar los escombros.

—¡Este es tu sitio y aquí habrás de quedarte, Autólico de Hermes! Gobernarás entre estos aspirantes y, llegada la noche, como el resto de los guerreros, descenderás a los barracones, donde tienes reservada una celda... —exclamó Celeris, ufano, en su papel de emisario del Ánax.

Los aspirantes que ahí trajinaban abandonaron sus faenas y clavaron sus inquisitivas miradas en el Basileus Sagrado. Autólico, desconcertado, vacilaba sin saber qué hacer y comenzó a impacientarse, hasta que Celeris le hizo una discreta seña apremiándolo a dirigir unas palabras a la muchedumbre.

Nervioso como jamás lo estuviera en su azarosa vida, ni aun en la víspera de sus más cruentas batallas, el guerrero de Hermes se vio forzado a hacer algo que jamás había hecho. Trastabillando, con las sienes ardiendo y las palmas empapadas en sudor, Autólico alzó la voz ante aquel corro expectante:

—¡Aspirantes! Mi corazón se contrae de pesar al contemplar la devastación del que, para todos nosotros, fue nuestro hogar…

Autólico carraspeó; sentía la boca y la garganta secas, más aún que durante su travesía por el laberinto de Cámico.

—Ignoro qué nos depara el destino, pero lo que sea que de mí demanden el Ánax y la soberana Atenea, lo haré orgulloso al lado de ustedes… —concluyó el Basileus, conmovido al advertir los rostros fatigados de aquellas muchachas y de aquellos jóvenes tan duramente castigados por la desdicha.

Sus toscas pero sinceras palabras surtieron un inmediato efecto vivificante. Los aspirantes sonrieron, cruzaron miradas de asentimiento y rompieron en un clamoroso aplauso, henchidos de renovados bríos.

La angustia de Autólico de Hermes se evaporó al calor de aquella ovación, y el guerrero mismo se dejó embargar por el júbilo de sus nuevos protegidos. Celeris sonrió complacido y, dando por consumada su misión, emprendió el regreso hacia la arena dando alegres saltos, pero cuidándose esta vez de elegir una senda apartada de aquella donde pudiera toparse con Erecteo de Hefesto.

Al recobrar el sentido, Dédalo se descubrió recostado entre mullidos cojines. El viejo lo ignoraba, pero aquel era un deleite del que nadie, ni el mismísimo Ánax, había gozado jamás en el Gimnasio, donde todo debía ser duro y penoso. Hundido en aquel improvisado lecho, contempló a Atenea inclinarse sobre él. Por un instante, creyó que sería devorado por el verde abismal de los ojos de la diosa.

—¿Sabes por qué estás aquí?

—Me has traído a expiar las muertes de mi sobrino y de mi hijo... —respondió Dédalo con voz trémula.
Atenea exhaló un leve suspiro y buscó la mirada del Ánax, quien presenciaba la patética escena de pie, con los brazos cruzados y el semblante adusto e imperturbable.

—¿Y de qué modo imaginas que habré de cobrarme esas muertes? —inquirió Atenea.

—Lo ignoro, pero seguro estoy de que pretendes valerte de mis malditas artes... —respondió Dédalo, clavando los ojos en el suelo.

—¿Por qué reniegas de tu virtud? —intervino el Ánax con aspereza.

—También tú abominarás de la tuya, y ruego que tal desengaño te alcance antes de llegar a mis años... —sentenció Dédalo con amargura.

Aquellas palabras calaron hondo en el ánimo del Congregador de Huestes, quien retrocedió un par de pasos, presa de la conmiseración, pero también de un vivo repudio hacia el anciano y su porte, vencido sin remedio ante un destino ineludible. Tras escuchar aquel presagio, que parecía tender una sombra sobre su propio porvenir, el Ánax resolvió ya no pronunciar palabra alguna.

—Es cierto, sabio arquitecto, que deseo aprovecharme de tus artes. Y te he mandado traer porque quiero que me construyas una fortaleza inexpugnable. Poderosos enemigos querrán atacarnos y no podemos exponernos a que vuelvan a destruir nuestra base. Esto que ves era el Gimnasio, donde impartíamos instrucción a los futuros guerreros, pero fue totalmente arrasado por los hijos de Ares, por su hermana Enio y por un traidor salido de nuestras propias filas. Ahora quiero levantar, sobre las ruinas de este lugar, un recinto consagrado a los más nobles principios, donde no haya cabida para tramas ni conjuras…

Atenea calló de improviso, sondeando el semblante del viejo Dédalo, quien nada reveló de su íntimo sentir.

Lo cierto era que Dédalo se hallaba completamente anonadado: de entre los muchos castigos o designios que imaginara en labios de la diosa, aquel le resultaba inconcebible. No lograba asimilar que la mismísima hija de Zeus le encomendase la traza de un fuerte. Aquello solo podía ser testimonio de una conflagración sin precedentes en la memoria del mundo: una guerra entre dioses Olímpicos, un cataclismo del que él jamás saldría con vida. El anciano sonrió para sus adentros ante la ironía de su destino.

—Quiero que diseñes una fortaleza que no pueda ser conquistada jamás... —concluyó Atenea.

Tras unos prolongados instantes en los que Dédalo permaneció mudo, clavando la mirada en un punto incierto entre los escombros del Gimnasio, el viejo respondió:

—Es mucho lo que demandas para confiárselo a un simple mortal…

Al pronunciar estas palabras, sin embargo, ya bullía en su inquieta mente el modo de satisfacer el ruego de la diosa.

—Dime, ¿quién forjó las panoplias que visten tus guerreros?

—Hefesto… —contestó Atenea con firmeza. Y fue justo en ese instante cuando la diosa sospechó que el viejo taimado tenía el propósito de negociar.

Dédalo, sin embargo, halló en aquella respuesta una revelación fulgurante: nadie sobre la Tierra habría sido capaz de forjar semejantes portentos, salvo el dios Olímpico que encarnaba su propio oficio. Se juzgó insensato por no haber vislumbrado antes una verdad tan palmaria, pero al unísono experimentó una íntima dicha; pues, tal como se lo anticipara Autólico, tendría la ocasión de conocer a Hefesto y aprender de él todo cuanto a sus fatigados años le restaba por descubrir.

—Me someteré a tu servicio y al dios Hefesto, patrono soberano de mi oficio... —exclamó Dédalo, esbozando una pálida sonrisa, mientras Atenea y el Ánax cruzaban miradas de perplejidad.

—Hefesto no está aquí. ¿Qué te hace pensar que habrías de trabajar a su lado? —preguntó Atenea con frialdad.

—Tu emisario, Autólico de Hermes, me aseguró que aquí conocería al forjador de las panoplias... —replicó Dédalo, desilusionado.

Atenea comprendió al punto el origen de las vanas ilusiones del anciano: Autólico ignoraba por completo su ruptura con el Dios de la Fragua. En efecto: en cuanto el Basileus Sagrado hubo pisado el devastado Gimnasio, la diosa lo comisionó para partir en busca del artífice. No tuvo tiempo el guerrero de yelmo alado de enterarse de nada más allá de la traición de Cástor y del asalto perpetrado por las Deidades de la Guerra. Tan pronto como entró en el recinto, partió de nuevo, habiendo bebido apenas un trago de agua para mitigar la sed del camino.

—Hefesto no está ni estará aquí. Deberás trabajar tú solo —sentenció Atenea con rotunda firmeza.

Y en aquel cruce de miradas se disiparon todas las dudas entre el mortal y la deidad. Dédalo comprendió que la diosa lo había convocado por carecer de una alternativa mejor para resolver su predicamento; de suerte que decidió valerse de aquella debilidad para acelerar su propio desenlace, hastiado ya de servir como instrumento de los caprichos de los poderosos.

—Nada puede este anciano, mi señora, contra tu supremo poder. ¿No juzgas, sin embargo, que mis muchas canas merecen un ápice de compasión? Sé que mis deudas son enormes, pero la encomienda a la que pretendes atarme excede con creces mis menguadas fuerzas. Me juzgas con desmedida dureza al condenarme a una labor propia de un dios... Un dios del que ya no dispones; un dios a quien pretendes suplantar con este despojo de mortal…

Dédalo se señaló el pecho con ambas manos, encorvando la espalda en señal de derrota.

—¡Constrúyeme lo que te pido y yo misma descenderé a guiarte al Inframundo cuando llegue tu hora, para saldar con mi propia gloria, ante Hades y sus jueces, tu deuda por las almas de Pérdix y de Ícaro! —exclamó Atenea, magnánima.

Los apagados ojos de Dédalo brillaron de súbito, cual si durante aquel fugaz instante hubiesen sido poseídos por el fuego de su remota juventud.

—¿Pueden proveerme de una tienda para mí solo, provista de luz inextinguible, mesa para trazar, pliegos en blanco, instrumentos, mapas de la región y estimaciones precisas de las fuerzas enemigas...? —preguntó el viejo, arremangándose las túnicas con renovado afán.

—¡Atención! —gritó el Ánax.

Al instante, una cuadrilla de solícitos aspirantes se postró a sus pies. El soberano impartió precisas órdenes y los muchachos salieron disparados de la arena en distintas direcciones.

En apenas unos momentos quedó montada una amplia tienda a la que condujeron al anciano. El recinto se hallaba provisto no solo de los pertrechos y vituallas que este había reclamado, sino de un caudal muy superior: había herramientas e ingenios de bronce que Dédalo jamás había visto y cuyo uso apenas lograba conjeturar, pues el Ánax le había hecho trasladar cuanto alcanzaron a rescatar del taller de Hefesto. Halló asimismo cántaros de agua fresca en abundancia, cestas colmadas de frutos maduros, quesos, legumbres y hortalizas tiernas.

Y, por si fuera poco, en un rincón en penumbra de la tienda el anciano descubrió a una hermosa y lozana doncella, callada y expectante, que parecía prometerle en su sumisa mirada una entera disposición para satisfacer cualquier anhelo, sin importar cuál fuese, en el instante y del modo que él dispusiera.

No había terminado Dédalo de examinar los extraños instrumentos dispuestos sobre la mesa cuando el Ánax penetró en la tienda con aquel paso firme y severo que le era propio. Una vez en el interior, el Congregador de Huestes hizo una seña a la muchacha, conminándola a retirarse.

La joven, cubierta apenas con unas vaporosas gasas, enfiló hacia la salida contoneando sus voluptuosas formas, soltando una risa pícara y melodiosa que semejaba una abierta provocación al Ánax. Aquella mujer no era otra que Helena, la Basilissa de Afrodita, a quien la propia Atenea ordenara custodiar y complacer los desvelos del arquitecto, resuelta a colmarlo de favores con tal de que trabajase con la mayor rapidez y eficiencia posible.

—Te hemos dado cuanto has pedido, e incluso más. Aquí hay bienes cuya existencia nadie en el Gimnasio sospechaba; vino y viandas que ningún guerrero, y mucho menos un aspirante, ha probado ni paladeará en su austera vida; incluso deleites proscritos por nuestra férrea disciplina… —exclamó el Ánax con velado desprecio, señalando hacia la entrada de la tienda, por donde acababa de salir Helena, la Basilissa de Afrodita.

El anciano escuchaba boquiabierto a aquel hombre que mandaba sobre todos los demás, incluido el formidable Basileus que lo condujera hasta aquel confín.

«No puedo creer que nuestro destino dependa de este senil manojo de nervios», se lamentó el Ánax, acercándose poco a poco a Dédalo, que temblaba ante su presencia.

Las grises pupilas del anciano se dilataron ante la proximidad del Ánax, quien a través de ellas observó un alma hastiada de la vida y de la existencia entera. El piadoso se avergonzó de sí mismo y de su dureza, al comprender que aquel artífice se hallaba ahí en contra de su voluntad, obligado a realizar una empresa que parecía imposible incluso para un dios. Sintió pena por él y vislumbró de pronto su propio porvenir: encanecido y quebrado como Dédalo, encadenado sin remedio al capricho de una deidad Olímpica.

El Ánax se estremeció y se apartó rápidamente hasta un rincón de la tienda, donde adoptó una actitud silente y reflexiva. Tras unos momentos que a Dédalo se le antojaron un suplicio interminable, el Piadoso Congregador de Huestes se volvió hacia el viejo:

—Veo que hace mucho quieres librarte del pesar que te produce la vida, y podrás lograrlo sin demora si satisfaces con presteza la encomienda que Atenea te ha impuesto —dijo el Ánax, templando la voz con un tono afable pero tajante.

—¿Qué pretendes decir?

—Cumple tu labor, y yo mismo hallaré el modo de concederte el reposo definitivo —ofreció el Ánax, aun a sabiendas de que con semejante pacto rebasaba los linderos de su investidura.

—Pero Atenea ha prometido llevarme ella misma al Hades… —replicó el anciano.

—¿Y cuándo crees que será eso? ¿Acaso no comprendes que, en la ausencia de Hefesto, Atenea te retendrá indefinidamente para servirse de tus artes? ¿De verdad quieres cargar sobre tus cansados hombros con las responsabilidades de un dios?

El rostro del anciano se contrajo en una dolorosa mueca de pesadumbre.

—¡Hazme llamar cuando termines! —sentenció el Ánax, plantándose frente a la salida—. Si considero que tu obra es lo que necesitamos, yo mismo te otorgaré el fin que tanto anhelas. Si no alcanzas a convencerme, te abandonaré al designio de la diosa…

El Congregador de Huestes traspuso el umbral de la tienda, dejando al viejo arquitecto a solas con sus temores.

—¡Avísame en cuanto concluya! —le ordenó a Helena, que aguardaba apostada a la entrada custodiando el acceso, antes de desvanecerse entre la multitud de aspirantes que iban y venían removiendo los escombros.

Perturbado, enloquecido, Hefesto abandonó su morada desgarrándose las vestiduras con uñas y dientes, pues sentía como si las telas le abrasaran la piel. Pero no era de las ropas de lo que en verdad ansiaba despojarse, sino del zumo viscoso de Afrodita que se le había adherido a los dedos, tejiendo densas hebras. El Dios Artesano bramó entre dientes, agitando las manos con violencia; pero con aquel torpe aspaviento lo único que consiguió fue esparcir sobre su velludo torso filamentos más sutiles del espeso flujo. Pronto, y para su propia vergüenza, Hefesto se descubrió a sí mismo a la intemperie, batido en una mezcla informe de su acre sudor y del dulce mosto expulsado por su esposa.

Pegadas de nuevo las espaldas al alto muro de su hacienda, el dios sintió bullir a sus pies un enjambre de voraces sabandijas que comenzaron a treparle por los talones, los dedos y los empeines. Las reptantes alimañas lamían, chupaban y mordisqueaban su piel invisible, produciéndole una insoportable comezón. En un instante, el Herrero Divino se descubrió cercado por una marabunta de afanosos insectos que lo forzaron a escapar tan rápido como se lo permitieron sus torcidos miembros.

Pronto, también los animales silvestres comenzaron a seguir su rastro, atraídos por los efluvios de la Nacida de la Espuma. Pero lo que verdaderamente produjo horror en el Dios Herrero fue comprobar cómo, a través de la maleza, se destacaba entre sus perseguidores la imponente silueta de Jacinto de Apolo, a quien conocía bien y por cuyo temple profesaba un hondo respeto.

Jacinto se aproximaba a una velocidad vertiginosa, guiado tanto por la huella invisible que Hefesto estampaba en la tierra como por su penetrante aroma. Aquel humor, impregnado de los fluidos de Afrodita, iba sembrando a su paso una violenta e intempestiva primavera. De golpe, enormes girasoles se irguieron de cara al Sol por el camino que el dios trazaba en su huida. Las inmensas corolas cubrieron la tierra con su sombra, pero Jacinto se abrió paso talando los robustos tallos de un tajo con el filo de su diestra.

«Este maldito olor será mi perdición», pensaba Hefesto, que ya sentía el aliento del basileus de Apolo en la nuca.

Entonces, en un lance desesperado, el dios se detuvo en seco, se volvió sobre sus talones y arrojó su hacha contra el guerrero ateniense. La pesada herramienta cobró forma visible en cuanto abandonó la mano del Olímpico y hendió el aire zumbando, segando a su paso los colosales tallos. Jacinto, que la vio venir, frenó el hacha en pleno vuelo aferrándola por el astil; el ímpetu de aquella herramienta divina era tan descomunal que detuvo de golpe la impetuosa carrera del Basileus.

Hefesto aprovechó aquel fugaz instante para precipitarse hacia una pequeña laguna cuyas aguas relumbraban a poca distancia. Se internó presuroso en el remanso azul, lavando con furia su cuerpo para desprenderse al fin de la persistente esencia de Afrodita.

Jacinto, por su cuenta, sabía bien que había quebrantado las órdenes de Atenea, quien expresamente le había prohibido confrontar al dios, pero ahora ya no tenía dudas: aquella presencia invisible que se revolvía en las cristalinas aguas era el mismísimo Hefesto. Con el hacha sagrada en las manos, el Basileus de Apolo dio media vuelta y emprendió el camino de regreso hacia el Gimnasio.

Dédalo
El viejo arquitecto se ha recluido en Cámico, oculto dentro de un insondable laberinto, con la esperanza de acabar en paz el resto de sus días, libre por fin del capricho de mortales e inmortales. Fatua ilusión.

Autólico de Hermes, basileus sagrado de la hueste ateniense, atravesará el laberinto imposible para conducir al anciano artífice hasta Atenas, donde la Hija del Crónida habrá de encomendarle una última y desesperada misión: construir una fortaleza inexpugnable.

Dédalo aceptará a cambio de que la diosa pague su deuda por las muertes de Pérdix e Ícaro ante Hades.


Fuentes:
Apolodoro refiere (Biblioteca, III.15.8) que Dédalo dio muerte a Pérdix, su sobrino y discípulo, incapaz de soportar que el talento del joven eclipsara el suyo. El crimen lo condenó al exilio en Creta, donde levantaría para Minos el célebre laberinto del Minotauro (Biblioteca, III.1.3-4). Sin embargo, ni la fama ni el favor de los reyes lograron liberarlo de las consecuencias de sus actos: obligado a huir de la isla, vio perecer a su hijo Ícaro en las aguas del mar. Así, la vida del más grande de los artífices quedó marcada por una sucesión de pérdidas que parecían inseparables de su genio.

Tras la muerte de Ícaro, Dédalo llegó a Sicilia y halló refugio en la corte de Cócalo, rey de Cámico. Apolodoro cuenta (Biblioteca, Epítome 1.12-15) que el artífice permaneció oculto allí mientras Minos recorría el mundo en su busca. Tras el exilio, el crimen y la pérdida de su hijo, aquel remoto rincón de Sicilia se convirtió en el último refugio del más célebre de los artífices griegos.

Continúa en Canto Duodécimo, Acrópolis...