Canto primero
Agertes

Al término de la guerra de Troya, cuando Odiseo y sus hombres emprendieron el viaje que los llevaría de regreso a Ítaca, hicieron su primera escala en la ciudad de Ísmaro, donde volvieron a blandir las armas. Por orden de su rey, los soldados itacenses asesinaron a los hombres, raptaron a las mujeres y repartieron las riquezas. solo hubo un soldado que no participó del reparto, se trataba del más joven de ellos, Agertes, quien estaba cansado de los horrores de la guerra y cuyo único deseo era volver cuanto antes al hogar.

—¿Qué ocurre, querido Agertes? ¿No quieres disfrutar del abundante botín que acabamos de ganar a los cicones?

—Odiseo, te venero como al soberano que deseo ver de nuevo en el trono de Ítaca y te amo aún más que al padre que vi morir antes de zarpar en las naves rumbo a Troya… Perdóname si desprecio estas riquezas, pero no deseo manchar más mis manos de sangre, y menos aún de sangre inocente. Este pueblo no era nuestro enemigo, y yo no quiero ni puedo beneficiarme de su desgracia…

Así habló Agertes, sin atreverse a mirar a los ojos a su señor. Conmovido ante la entereza del joven, el Ingenioso Odiseo exclamó alzando la voz:

—¡Escuchen, compañeros! Nuestro querido Agertes, el piadoso, el más joven de nosotros, el que llevamos a Troya siendo todavía un niño, el que cuidamos y criamos al fragor de la guerra, volverá a Ítaca siendo el más hombre de nosotros. Hoy me ha enseñado que no hay honor en la victoria si la lid que se libra carece de justicia y necesidad… ¡Mañana mismo izamos las velas y navegamos de vuelta a la patria! No mancillaremos más esta tierra ni afligiremos con nuevos tormentos a sus habitantes. De entre los bienes, tomaremos únicamente lo indispensable para abastecernos en la larga travesía que nos aguarda. Dejaremos que las mujeres regresen a sus hogares, junto a sus hijos, y partiremos de aquí inmolando una res a Atenea, para aplacar su ánimo y evitar que castigue con dureza nuestra iniquidad.

Entonces Agertes se atrevió por fin a alzar la mirada hacia su rey, quien le prodigó una afectuosa caricia en la mejilla. 

—Te has vuelto sabio, hijo mío… Cuando estemos en Ítaca, reinarás conmigo, junto a Telémaco, sangre de mi sangre…

Tras pronunciar estas palabras, Odiseo se encaminó pensativo y cabizbajo hacia su tienda.

Entonces un pesado silencio se impuso sobre el campamento. Cesaron de golpe las risas, las canciones y el bullicio de los itacenses, que aún conservaban las manos, los aceros y los lienzos teñidos con la sangre de los cicones. Incapaces de contravenir la firme voluntad de su rey, los hombres serenaron sus ánimos y dejaron en libertad a las cautivas. Ellas corrieron presurosas en busca de sus hijos pequeños, revolviendo con llanto la arena para hallar, entre la masa de los cadáveres, a sus esposos, padres y hermanos.

Ares, el Dios de la Guerra, que había contemplado y escuchado todo con indecible estupor desde las sombras, no lograba concebir que el Laertíada renunciara al sagrado frenesí de la victoria y a los laureles de la carnicería. Sintiéndose afrentado por semejante conducta, el Belicoso Dios resolvió cobrar una cruenta venganza contra Odiseo y sus huestes.

—No puedo permitir que se me deshonre de semejante manera. Renegar de la sangre derramada no es propio de los guerreros y no puedo favorecer a quien es incapaz de celebrarme. Mañana mismo, los que hoy se arrepienten de haber desenvainado la espada, por ella serán abatidos… —masculló entre dientes Ares, contemplando a la distancia el campamento donde reinaba la paz, para internarse luego en la espesura del bosque que bordeaba la ciudad.

Atenea, la Diosa de la Sabiduría, había escuchado los designios de su hermano; entendida ella misma en las artes bélicas, se propuso permanecer junto al Rey de Ítaca, a quien siempre había prodigado un trato privilegiado y debía proteger hasta su retorno.

A la primera hora, cuando Helios anunciaba su corona de fuego, el Dios de la Guerra emergió de la espesura encabezando un nutrido batallón de cicones vecinos. Iba resuelto a devastar las tiendas itacenses, pero la de Glaucos Ojos le salió al paso:

—Bien sabes, hermano, que yo misma intercedí ante los dioses en el concilio por Odiseo. Es mi voluntad que vuelva a su hogar y así será, por más que te opongas…

—¡Apártate, orgullosa hermana! Lo que aquí va a suceder escapa a tus designios…

—¿No te bastó con toda la sangre que bebiste durante diez años en Troya? ¿Tanta es tu sed que ahora pretendes lamerla de la arena de Ísmaro como un perro?

—Nunca estoy saciado de sangre, y deberías saberlo. Lo que exijo ahora es castigar la afrenta del Laertíada por renegar de mi favor. Jamás se habrían adueñado de Ísmaro si yo mismo no les hubiera otorgado la victoria…

—Cuida bien tus actos, no sea que por pretender que Odiseo te rinda honores, quebrantes los altos designios de los olímpicos —advirtió Atenea antes de desvanecerse con presteza entre las rosadas nubes.

Apenas la vio perderse, el Iracundo infundió en el pecho de los cicones un ardor incontenible de un solo soplo. Lanzando alaridos feroces, sus huestes invadieron el campamento y comenzaron a acribillar a los desprevenidos itacenses. Guiadas por el aliento de Ares, las armas enemigas no erraban golpe. Entre la carnicería, el dios buscaba afanosamente al Ingenioso Odiseo para derribarlo con sus propias manos y enrostrarle su ingratitud. 

Hasta la playa, abriéndose paso a punta de espada, llegó Agertes lo más pronto que pudo. Él era el único de los itacenses que no había dormido esa noche en el campamento. Había sido convidado a dormir a la casa de un anciano cicon en agradecimiento a su intervención para que Odiseo ordenara la liberación de las mujeres. En aquel humilde hogar el joven Agertes comió, bebió y escuchó del anciano las más sentidas y agradecidas palabras. Y ahí mismo, también, el héroe fue bendecido por Afrodita, la Nacida de la Espuma, que le abrió el lecho de la más joven de las hijas del anciano. Apenas percibió los primeros estruendos y clamores del combate, Agertes se levantó, empuñó sus armas y corrió en busca de su rey. «Volveré», prometió a la muchacha, ignorando que el destino jamás le permitiría cumplir su palabra.

Dos eran, entonces, los que buscaban a Odiseo en el fragor de la lucha. Ares con el deseo de aniquilarlo y Agertes con el propósito de protegerlo, pero ambos tenían grandes dificultades para encontrarlo. Al ver cómo los soldados de Odiseo caían uno tras otro, Atenea hizo descender una densa bruma al campo de batalla, de manera que nadie podía ver con claridad. Odiseo, que había tratado de abrirse paso hacia las naves, al verse envuelto en aquella neblina decidió esconderse tras un peñasco. Ahí, dispuesto y resignado a morir, escuchó cómo se acercaban unas ligeras y sigilosas pisadas. Empuñando con fuerza la espada con la que había conquistado los altos muros de Troya, giró rápido para enfrentar al que ya de cerca le acechaba.

—¡Agertes, hijo mío! Triste es nuestro destino cuando sobrevivimos a Troya y morimos en Ísmaro. Los dioses nos han castigado por haber subyugado a este pueblo inocente. Y de entre todos los que aquí vinimos a obrar la ignominia, solo tú te mantuviste íntegro y justo. Toma, sujeta mi espada, viste mis ropas y ábrete paso hasta las naves. Tal vez aún haya algún dios que te favorezca y te permita sobrevivir a esta masacre. Los nuestros que queden, al pensar que quien avanza soy yo, devotos sacrificarán sus vidas en el intento de lograr tu huida. Si alguien merece vivir, ese eres tú. ¡Ahora vete! Yo te bendigo como al hijo que jamás volveré a ver…

—Odiseo, rey y padre, no puedo dejarte aquí ni tampoco hacerme pasar por ti. Bien sé que ya nada podrá salvarnos, así que permíteme morir contigo, ya que los dioses no quieren vernos volver a Ítaca.

Nadie, sin embargo, contestó a la súplica de Agertes, quien de un empujón que le diera Odiseo quedó solo y desorientado, con los pies hundidos en la grumosa arena.

—¡He ahí a nuestro rey que aún vive! ¡Itacenses, procuremos todos, los que aún quedamos, que Odiseo pueda volver a reinar justamente sobre nuestros hijos y nietos! ¡Si solo él ha de regresar a Ítaca, que así sea! —gritó el mismísimo Odiseo.

Al escuchar eso, Atenea presurosa disipó la pesada bruma para ver ella misma el lugar donde se encontraba el héroe. Ciones e itacenses se batieron entonces en terrible batalla, creyendo todos que al que perseguían o protegían era al propio Odiseo. Favorecidos por la Hija del Crónida, los itacenses lograron allanar el camino de Agertes hacia las naves, creyendo que lo hacían por su rey. Solo unos pasos separaban al héroe del navío, cuando Ares, amenazante, le impidió el paso.

—¿A dónde vas, ingrato Odiseo? No permitiré que de aquí te escabullas y habré de enterrarte en esta playa, junto a todos tus coterráneos. Nadie, jamás, sabrá en Ítaca que fue gracias a tus artificios que los aqueos conquistaron Troya. ¡Vamos, empuña la espada y peleemos, para que puedas decir, al llegar al Hades, que fue un dios quien te arrebató la vida!

—¡Tú, quien el paso me impide, eres Ares! Te reconozco bien del campo de batalla en Troya… Dime, ¿qué te debo para que con mi vida quieras cobrarte? —preguntó Agertes, quien comprendió que las hordas de cicones habían adquirido tan desmesurada belicosidad porque estaban comandadas por el terrible dios de la guerra.

—¿Aún preguntas? Fue por mi gracia que sometieron Ísmaro, ¿y qué hiciste tú? ¡Impusiste una paz vergonzosa y devolviste a las cautivas a sus lechos! ¡Comportamiento indigno de un aqueo! ¡Ahora probarás lo que vale tu piedad! 

El belicoso dios descargó un golpe de espada que el Piadoso apenas pudo contener con su escudo. Al escuchar aquellas torvas palabras, el corazón de Agertes se heló, pues acababa de entender que aquella matanza, en la que seguramente habrían de morir él, Odiseo y todos sus compatriotas, era completamente culpa suya. Había sido por su negativa a mancharse más las manos de sangre inocente que Odiseo había ordenado detener la barbarie. Resignado a perecer a manos de Ares, pero sin sentir arrepentimiento por lo que había hecho, Agertes se dispuso a morir dignamente combatiendo por la paz que había elegido y que tanto había indignado al dios de la guerra.

—No hay forma de que un mortal venza a un inmortal. Seguro será mi fin, pero prefiero morir por la paz antes que seguir viviendo en la ignominia de la sangre y la violencia… —respondió Agertes, con la remota esperanza de que, al enfrentarse al poderoso dios, pudiera conseguir que Odiseo se salvara.

—No vaciles más, Ingenioso Odiseo, y avanza, pues solo yo me he percatado de la treta que urdiste. Bordea la batalla entre Agertes y Ares y, a hurtadillas, aborda la nave que aguarda para llevarte a Ítaca… —susurró la de Glaucos Ojos al oído del héroe.

—¡Eres tú, mi señora! —exclamó el Laertíada, sobrecogido ante la súbita presencia divina—. ¡No puedo hacer lo que me pides! Me resisto a abandonar a su suerte a mis hombres y a mi amado Agertes.

—Sígueme sin temor, que ni cicones ni itacenses habrán de advertir que hacia la nave encaminas tus pasos. Anda sin miedo, pues tampoco Ares ha comprendido que no eres tú contra quien lucha, sino Agertes… —insistió Atenea, cubriendo con su peplo al receloso caudillo.

—¿Es entonces Ares quien nos hostiga? ¿Por qué el Dios de la Guerra resolvió segarnos la vida a mí y a mis hombres? —preguntó el Rey de Ítaca, invisible bajo el velo sagrado ante los ojos de mortales e inmortales.

—Fue él quien propició la toma de Ísmaro y se sintió deshonrado ante tu empeño de no consumar la victoria, permitiendo que las cautivas regresaran a sus hogares… —respondió la Hija del Crónida, arrastrando a Odiseo, que aún pugnaba por detener el paso.

—No tendría dignidad, mi señora, para estrechar de nuevo a mi esposa y abrazar a mi hijo si abandonara en esta playa a mis mermadas huestes y al joven Agertes, que desafía a Ares suplantando mi nombre. Ahora que sé que es mi cabeza la que el Dios de la Guerra reclama por haberle ofendido con mi clemencia, soy yo quien debe dejar los huesos en esta maldita arena —replicó el Laertíada, intentando zafarse del lazo divino.

—No es la voluntad de los olímpicos que aquí perezcas, Odiseo. Esta no es la última de las penalidades que te aguardan. Apresúrate, sube a la nave y cumple con tu aciago destino… —reviró la Hija del Crónida, escoltando los pasos del héroe hacia la embarcación.

—¿De qué aciago destino me hablas? ¿Por qué me obligas, anunciándome oscuros presagios, a abandonar al Piadoso Agertes? —se dolió el Vencedor de Troya, negándose a dar un solo paso más.

—¡No te atrevas, osado Odiseo, a retar el mandato de los inmortales! Muchas desgracias te aguardan aún y no te está permitido evadirlas ofrendando aquí tu vida. Anda, continúa tu camino, leva anclas y busca con todas tus fuerzas volver al trono de tu reino y al lecho de tu esposa… —concluyó la de Glaucos Ojos, conduciéndolo ella misma y depositándolo en la cubierta del navío, donde ya algunos de los itacenses que habían logrado escapar a la masacre empuñaban los remos.

Impulsadas por una brisa que combó sus velas y que el propio Eolo, guardián de los vientos, había liberado a petición de Atenea, las naves comenzaron a alejarse con presteza. El Rey de Ítaca se apresuró a subir al mástil para observar desde lo alto a Agertes y al resto de sus hombres, quienes, cercados sin escape, teñían con su sangre la orilla. Vio entonces que Ares y el Piadoso muchacho combatían encarnizadamente en el centro de una improvisada arena, flanqueada por los cuerpos de los soldados caídos que los cicones apilaban con saña. Amargas lágrimas brotaron de los ojos del Laertíada al contemplar a Agertes batirse solo y en desigual lid contra el más terrible de los olímpicos.

—No te aferres más a lo que aquí dejas, Odiseo. El destino de Agertes está sellado, lo mismo que el tuyo. Mira bien, porque hoy, al separarse, comienza la gesta que a cada uno habrá de granjearles inmortal gloria… —le dijo Atenea al compungido guerrero.

De pronto, un trueno colosal desgarró la bóveda celeste ante el golpe furioso del venablo de la diosa. Todos, incluido Ares, que ya pisaba el cuello del moribundo Agertes, volvieron la vista hacia aquel prodigio. De la rasgadura del firmamento, entre regurgitantes remolinos de nubes oscuras, emergió una reluciente panoplia de apariencia crisoelefantina. La armadura descendió veloz surcando los aires hasta posarse a los pies del muchacho. El propio Ares debió retroceder ante el fulgor que desprendía aquel metal sagrado.

—Este que ha resistido con inusitada valentía tu enloquecida furia no es Odiseo, obtuso hermano. El Vencedor de Troya es aquel que en las naves se aleja… —sonrió la Portadora de la Égida, señalando los restos de la flota que raudos se internaban en altamar. Después, volviéndose hacia el yaciente soldado, exclamó—: ¡Agertes, toca presto esta flamante panoplia! Desde hoy te nombro el primer basileus de mi ejército sagrado. Combatirás bajo mi mando para defender la verdad y la justicia, fiel a las nobles virtudes que en Troya y en esta playa te distinguieron.

Agertes, próximo a exhalar su último aliento, posó la mano trémula y mutilada sobre el borde de la lustrosa égida, en cuyo centro resplandecía un soberbio mochuelo cincelado en oro. Atenea golpeó la ensangrentada arena con su asta, provocando un estallido de luz que envolvió al guerrero y cegó a cicones y al propio Ares. Al disiparse el resplandor, el Belicoso Dios contempló estupefacto al recién investido basileus. Incrédulo, no atinaba a comprender cómo aquel muchacho a quien estaba a punto de arrancar la cabeza no solo había recobrado el aliento, sino que, égida en mano, se erguía imponente y majestuoso.

—¡Pérfida hermana! ¿Qué malas artes son estas? Compruebo que he sido víctima de las mañas del cobarde Odiseo, quien por salvar el pellejo prefirió dejar en su lugar a un impostor… En cuanto a ti, mortal, reconozco tu arrojo. Me has plantado una digna batalla. Por tu destreza te perdono la vida, aunque seguro estoy de que volveremos a medirnos. Y ahora parto tras aquel, pues no he de descansar hasta empalar su cabeza en una ominosa playa —sentenció Ares, encaminando sus férreas pisadas hacia la rompiente.

—¡No des un paso más, impetuoso hermano, si no quieres que te cruce las sienes con mi venablo! —le advirtió Atenea.

—¿Te atreverías a alzar tu mano contra mí, que desencadeno las más horrendas desgracias?

—Me atrevería, y sabríamos al fin a cuál de los dos prefiere el padre Zeus… ¡Y ahora tú, Piadoso Agertes, impide que esos cicones den alcance a Odiseo, para que avance sin estorbos hacia el hado que los dioses le han trazado!

Entonces el recién investido basileus tomó el venablo que, clavado en la arena, aguardaba el pulso de su dueño. Lo arrojó con tal violencia que el proyectil astilló las cubiertas de las barcas que los cicones botaban en persecución de los itacenses, enviándolas una tras otra al fondo del ponto. Cumplida su encomienda, la lanza retornó por sí sola a su mano; bastó que el Crisoelefantino extendiera el brazo para recibirla en el aire.

—¡Necia! No será aquí donde midamos fuerzas. Dejaré que otro dios entreteja los hilos del destino de Odiseo y me marcho, no sin antes advertirte que he de enseñarte, llegado el día, el verdadero arte de la guerra —vociferó el Iracundo, apuntando su pica encendida a los glaucos ojos de su hermana.

—Por mí los hombres se ilustran en todas las artes, y la lid me es gozosa. Si algo nuevo se ha de aprender en ella, mis guerreros lo aprenderán de mí y no de ti —reviró la Diosa de la Sabiduría con orgullo.

—¡Hablas como si rigieras el mundo, pero yo también soy un olímpico! ¡Sea como quieres, y que la sangre de futuras batallas testimonie quién es el más diestro! —sentenció Ares, lanzando una última mirada de odio al Crisoelefantino antes de esfumarse en una roja llamarada.

—Escúchame, Agertes, ahora que el Dios de la Guerra se ha marchado. Cruentas contiendas nos aguardan. Si te he apartado de Odiseo es porque sus destinos están reservados a inenarrables penas, pero también a elevadas glorias. Tú y tu linaje, atados desde ahora a mi culto, encabezarán las huestes que yo comande en las guerras venideras. Me servirás con más devoción de la que profesaste a tu señor, y para ello ceñirás tu panoplia forjada por el mismísimo Hefesto. Tu primera misión consiste en recorrer la Hélade anchurosa para reclutar a los aspirantes de mi ejército. ¡Parte sin demora!

—Sabia diosa, que nos libraste de una muerte atroz, comprendo la magnitud del encargo y marcho a cumplirlo. Solo espero que una chispa de tu nítida sapiencia me asista al elegir a cada aspirante.

—¡Parte ya, basileus! Conduce a los elegidos a mi Gimnasio. Noble y justo, sé que tu corazón hallará la senda…

Ísmaro
En Ísmaro, tierra de los cicones, Atenea invistió a Pegálides como su primer basileus, salvándolo de una muerte segura a manos de Ares, dios de la guerra, y encomendándole la misión de reclutar gimnetas para formar su ejército sagrado.


Fuente:
En la Odisea, canto IX (vv. 39–61), Odiseo relata que, tras abandonar Troya, arribó con sus hombres a Ísmaro, ciudad de los cicones, donde saquearon el asentamiento, dieron muerte a sus habitantes, se apoderaron de sus mujeres y repartieron el botín. Este episodio constituye una clara manifestación de hybris, cuyo castigo no tarda en llegar: pese a la advertencia de Odiseo de retirarse de inmediato, sus compañeros permanecieron en el lugar, lo que permitió que los cicones reunieran refuerzos del interior, más numerosos y experimentados en el combate. Al amanecer, los cicones contraatacaron el campamento aqueo, causando la muerte de seis hombres por nave y obligando a los sobrevivientes a huir. Así, el relato del retorno de Odiseo se inaugura con una primera experiencia de pérdida y abandono.

Continúa en Canto segundo, Aquiles...