—¿Cuál de los muchos héroes que vinieron aquí, caídos en la infausta guerra de Troya, te es el más caro de todos, señor Hades?
—¿Has cruzado el inframundo entero tan solo para hacerme esta insólita pregunta, importuna Atenea?
—Razona bien lo que contestas, porque hoy vas a devolverme a uno de los héroes muertos en Ilión.
—¿Zeus te ha consentido venir aquí a reclamar tamaña insensatez? Lo que demandas es algo que trastoca por completo las leyes del mundo… —reclamó el Dios del Averno.
—No soy la primera que hasta acá ha venido a pedirte lo que pido, ni seré tampoco la última… ¿No vino Orfeo a suplicar que le devolvieras a su amada Eurídice? Así he venido yo, pero no he de suplicar… —sentenció la diosa con aire retador.
—Vino, ciertamente, el que tañe la lira, pero como podrías comprobar, si ánimo tuvieras para ello, Eurídice jamás salió de aquí… —respondió el Innombrable, tajante.
—Pues hoy es el día en que habrá de hacerse lo que nunca antes se ha hecho… Así que responde a mi pregunta: ¿a cuál de los héroes caídos en Troya aprecias más? —insistió la de Glaucos Ojos.
—¡Atenea, eres tan osada como aborrecible! En verdad que es alto el pedestal desde el cual nos miras al resto de los olímpicos… ¡Hermano, tú eres testigo del injurioso trato que tu hija ha venido a prodigarme en mis propios dominios! —vociferó el Dios de los Muertos, de ordinario sereno e impasible, pero esta vez enfurecido y con la cabellera revuelta en ardientes llamas—. Responderé ya a tu pregunta, no por saciar tu necio capricho, sino para que abandones cuanto antes mis dominios y alejes de mí tu odiosa presencia —completó el Siniestro Hades, de cuyos ojos se desprendía un amenazante fulgor.
La Portadora de la Égida soportó incólume el iracundo aspaviento del Señor Subterráneo, aunque reconocía en su fuero interno que estaba pisando terrenos sumamente peligrosos. El riesgo, sin embargo, valía la pena, porque aquella temeraria empresa era vital para sus intereses en el Gimnasio. Por su parte, el Soberano de las Sombras sabía bien que en la contienda entre aqueos y troyanos Atenea había favorecido a los primeros, y como no estaba dispuesto a dejar que marchara sin pagar por su osadía, resolvió quebrar sus planes con una ingeniosa chanza. Escogería, de entre todos los caídos en la lid, al campeón y príncipe de Ilión. De esta forma, aunque habría de concedérselo, sería muy a su disgusto, pues sin importar el propósito con que lo sustrajera de la niebla, cada vez que lo mirara, los ojos del héroe le recordarían que en Troya habían sido enemigos.
—De entre los muchos y notables héroes que murieron en Ilión, hay uno que me fue particularmente grato por su valor, dignidad y templanza. Ese es uno que, a sabiendas de que tú no le eras benévola, se dejó la vida con irreprochable nobleza al pie de los muros de la ciudad sitiada. Tú lo conoces bien, pues contra él confabulaste para consumar su muerte, y seguro estoy de que al escuchar su nombre incluso tu piel de inmortal habrá de erizarse. Elijo, de entre todos los que perecieron en el fango troyano, al Domador de Caballos, al ilustre Héctor, hijo de Príamo… —sentenció el Rey del Inframundo, esbozando una perversa sonrisa en sus helados labios.
—Héctor es, de entre los héroes de Troya, uno de los más grandes, pero no el más grande de todos… —sonrió la Hija del Crónida, quien ya había previsto el ardid que su tío habría de tenderle—. Solo hay uno que se eleva por encima de su justa nobleza, y ese es precisamente el que le arrebató la vida. Pero para que tú mismo des testimonio al resto de los olímpicos de mi generosidad, te permito conservar en tu reino al ilustre Héctor, príncipe de los troyanos, que tan caro te resulta, y a cambio he de llevarme a quien lo venció en la lid… ¡Levántate de entre los muertos, Divino Aquiles, y sigue mis pasos con tus pies ligeros fuera de este tenebroso averno! ¡Una última e imperiosa misión te tengo reservada y es necesario acometerla cuanto antes! Tenemos la obligación de repoblar este lugar, para así retribuir a Hades por el fructífero negocio que acabamos de celebrar… —proclamó Atenea, quien, tras decir esto, salió rauda del inframundo, seguida de cerca por el Pélida, el más veloz de los hombres.
No tuvo tiempo el Siniestro Hades de impedir la huida de Atenea, quien le había revirado, y con creces, el artero embuste. Furioso, el Rey del Inframundo hizo temblar los suelos a lo largo y ancho del orbe para que, dondequiera que la diosa y el héroe se hallaran, supieran que acababan de atentar gravemente contra el orden cósmico.
—¿Por qué del sueño eterno me has despertado, augusta diosa? ¿Qué es este sitio al que me has traído y con qué sabio propósito lo has hecho? —preguntó el Pélida, quien sorprendido miraba a un lado y a otro sin lograr hacer luz en su confusa mente.
—¡Ah, mi valeroso Aquiles! Aún no te he dado razón de por qué te he devuelto al mundo de los vivos y ya juzgas de sabio mi propósito. Siempre encontraste la forma de complacerme, y recién vuelto a la vida no has perdido ocasión para hacerlo de nuevo. Esto que tus ojos contemplan es mi Gimnasio. Aquí, bajo una implacable disciplina, se formarán las nuevas generaciones de guerreros que pelearán mis guerras. Y tú, por ser el más diestro e ilustre de cuantos combatientes han existido, tendrás un papel crucial en tan ardua misión.
—Con gusto haré lo que me pides, diosa de insondables designios; pero si falta hace regresar a Troya, partiré ahora mismo con tal de que me proveas de sólida égida y afilada lanza. Pues estoy convencido de que, así como tú me has devuelto el aliento, Apolo o Afrodita habrán soplado en el corazón del valeroso Héctor para obligarlo nuevamente a empuñar las armas. Mas yo te juro, soberana Atenea, que mil vidas volveré a combatirlo y mil muertes volveré a darle, hasta que Ilión sea vencida y arrasada —prometió el de los Pies Ligeros, exaltado e ignorante de los verdaderos motivos de la Hija del Crónida.
—Dejemos que al menos Héctor pueda navegar sin zozobra hacia el océano del eterno reposo, querido Aquiles. Tú, que con él contendiste, al privarlo de la vida lo libraste de presenciar con sus propios ojos la inevitable ruina de su casa y la ignominiosa caída de su pueblo. Yo te aseguro que no hay, ni habrá jamás entre los mortales, mayor pena que atestiguar la aniquilación de la propia estirpe; por lo que mejor está Héctor entre los muertos que entre los vivos —replicó la Portadora de la Égida, revelándole que la contienda de Ilión había llegado a su fin.
—¿Cuáles son entonces las guerras que habrán de librarse? No podría gozar de esta nueva vida que me has concedido ni cumplir con justicia la misión que me encomiendas sin obtener respuesta a semejante incógnita.
—No eres el único mortal, valeroso Aquiles, que se ha atrevido a interrogarme en el inagotable transcurrir de los tiempos. Pero solo tú has sido digno, entre los muchos curiosos de impenetrables misterios, de obtener pronta respuesta; así que escucha con atención: te he traído a mi Gimnasio para que instruyas en el arte de la lucha a los gimnetas que habrán de aspirar a vestir las panoplias forjadas por el Divino Artesano. Todo aquel que, concluida su instrucción, juzgues merecedor de portar un ropaje sagrado pasará de inmediato a engrosar las filas de mis huestes. Y con este ejército habré de combatir y aplastar a todo aquel mortal o inmortal que ose atentar contra los sagrados principios de la verdad, la belleza y el bien… —contestó la Hija del Crónida antes de desvanecerse en el aire, dejando solo en la vasta arena del Gimnasio al Portador de la Cólera, sombrío y meditabundo.
—No comprendo por qué mi corazón, siempre determinado y resuelto, se oprime y marchita en este lugar… ¿Por qué, aunque acabo de recibir nueva vida, me siento tan próximo a la muerte? ¿Será que menguada se me ha entregado esta existencia que no pedí? —se preguntaba el solitario Pélida, a quien aquella vasta palestra, donde incontables vidas habrían de apagarse, le producía una abrumadora zozobra, un pesar como nunca antes experimentara, ni siquiera cuando se plantó por vez primera ante los altos muros de Ilión.
Así cavilaba el de los Pies Ligeros, sin reparar en dónde posaba sus pisadas, hasta que se halló a las puertas del recinto. Allí lo arrancó de sus hondas reflexiones la voz felina y amenazante de la Custodia del Gimnasio, apostada por la Hija del Crónida ante el umbral.
—¿Es que vas a salir del Gimnasio, valeroso Aquiles? ¿Piensas abandonarnos antes siquiera de haber comenzado? —preguntó la fiera.
—¿Cómo es que conoces mi nombre?
—No hay nadie en este mundo que no conozca tu nombre… —respondió la Monstruosa Guardiana.
—No albergo la intención de marcharme; mas ¿qué ocurriría si así fuera?
—Tendría que devorarte…
—¿Te consideras capaz de realizar semejante proeza?
—No ignoro tus muchos méritos, veloz Aquiles, pero Atenea me ha ordenado impedir la entrada al Gimnasio a todo aquel que no sea aspirante, didáscalo o guerrero; y me corresponde asimismo impedir que cualquiera de ellos cruce este umbral hacia el exterior…
—Nuestra diosa me sustrajo del Hades para que instruya a los aspirantes en el arte de la lucha… Supongo entonces que me cuentas como didáscalo y que, en tanto tal, obligada estás a impedir mi partida… —hilvanó el héroe.
—Es tal como dices, Divino Aquiles, y siendo tú el mayor de los mortales, no dejaría sin triturar ni el más pequeño de los huesos que en pie te sostienen… —sentenció la Esfinge, mientras se lamía los carrillos, enarcaba el lomo y crispaba la cola con fiereza.
—Esta vez te quedarás sin hincar el diente, Leal Esfinge, pero atesora esa hambre para que puedas saciarla, llegada la ocasión, tal como nuestra soberana te lo ha instruido… —respondió el Pélida, desandando sus pasos hacia la sombría arena.
La última vez que Zeus, el Padre de Dioses y Hombres, había convocado a un concilio olímpico fue a causa del Pélida Aquiles. En efecto, horrorizado por la saña con que el de los Pies Ligeros ultrajaba el cadáver de Héctor, arrastrándolo una y otra vez en torno a la tumba de Patroclo, el Crónida hizo llamar a los demás dioses para deliberar sobre qué hacer. Y en esta ocasión, el causante de la urgente asamblea volvía a ser el Portador de la Cólera, debido a su incomprensible e infame retorno a la vida.
El último en llegar y ocupar su trono, debido a su cojera, había sido Hefesto, que lucía preocupado y más desaliñado de lo habitual. El Divino Artesano se arrellanó en su asiento y clavó la mirada en el cuenco de néctar que le había sido servido por la hacendosa Hebe, pero que no apuró, a diferencia de los olímpicos que tenía a un lado y a otro, los cuales bebían profusamente mientras intercambiaban pícaras miradas de soslayo. A su diestra tenía a su esposa Afrodita y, a su siniestra, al Belicoso Ares, que no se dignó saludarle o siquiera mirarlo al verlo ocupar su lugar. El resto de los inmortales, al contemplar aquella tríada, se sonrió entre guiños y murmullos cómplices.
Pero había otra deidad que no solo no había ocupado su sitial, sino que tampoco bebía y mucho menos compartía la algarabía general. De pie, en el extremo opuesto del palacio, frente al magno trono del Amo y Señor del Mundo, Atenea mantenía su penetrante mirada glauca fija en la de aquel que la había hecho nacer de su propia cabeza, como si quisiera atraparla al vuelo y obligarlo a sostenerla. El Crónida, sin embargo, parecía rehuir a propósito los ojos de su hija, que a cada instante se encendía más y más.
—¿Por qué nos has hecho venir? —preguntó al fin Palas, silenciando con su estruendosa voz el jocoso murmullo y atrayendo sobre su figura recia y desafiante la vista de todos, incluida la del Crónida, quien fingió sorpresa al mirarla.
—Toma asiento, hija mía…
—No voy a quedarme, padre; me reclaman asuntos apremiantes y nada apreciaría más que volver a ellos ahora mismo… —replicó la diosa, resuelta.
—¡Solo ella tiene cosas por hacer! —sonrió la Reina de los Cielos con ironía, cruzando los brazos y echándose hacia atrás en su sitial. Zeus le acarició el dorso de la mano con suavidad, como si con ese gesto le suplicara silencio y mesura.
—Pues bien, puesto que tanto te apremia marcharte, será preciso que respondas a una sencilla pregunta… —el Crónida calló y miró a su hija con displicencia. Atenea, firme en su sitio, sacó el pecho, como si en vez de palabras esperara una puñalada. El resto de los olímpicos, también la Reina de los Cielos, quedaron suspensos de los labios de Zeus, que no se decidía a enunciar su cuestionamiento, aunque lo tenía agazapado tras el cerco de los dientes, como una fiera que aguarda el titubeo de su presa.
Como el silencio se prolongara y ni padre ni hija cedieran, el soberano redirigió su mirada inquisitiva hacia otro punto de la estancia. Y entonces las fauces de la fiera apuntaron al sitial donde Hefesto, inquieto y sudoroso, amagó torpemente con levantarse. Aparentando querer estirar sus piernas rengas, el artesano se dejó caer en el asiento y desvió los ojos hacia el perfil de su esposa, que rehuyó su vista. Desamparado, el Dios Herrero cogió por fin con su mano tosca y curtida el cuenco de néctar, y con pulso tembloroso apuró el contenido.
Antes de que Hefesto derramara la bebida sobre su deslucido quitón, el Padre de Dioses y Hombres rompió el incómodo silencio. Arrastrando con lentitud las palabras, volvió los ojos hacia su hija, quien, dispuesta a la lid, ya lo aguardaba a pie firme:
—Responde, luz de mis entrañas: ¿por qué estás conformando un ejército exclusivo para tu culto?
La sorpresa se apoderó de casi todos los convidados, excepto del atribulado artífice y del cínico Ares, cuya sonrisa socarrona parecía delatar lo mucho que se estaba divirtiendo.
—En vez de confrontarme, como habíamos acordado, ¿preferiste venir a llorar sobre las rodillas de nuestro padre? —exclamó Atenea, furiosa, dirigiéndose al Belicoso Dios, como si hubiera sido él y no el Crónida quien formulara la pregunta.
El Dios de la Guerra, sin embargo, al verse interpelado con semejante aspereza, pareció más asombrado que quienes escuchaban por primera vez la noticia sobre una hueste privada.
—No fue por tu hermano, sino por el mío, que me enteré de lo que has estado urdiendo, como si de una escrupulosa telaraña se tratara, sin que en ello mediaran mi anuencia ni el beneplácito de los presentes. Y ahora, mientras nosotros aquí departimos, allá abajo, en la Hélade, pulula tu Agertes reclutando fieles…
Al escuchar mentar al siempre ausente de las asambleas celestes, los rostros de los convidados se tornaron graves. Varios voltearon a comprobar el semblante de Deméter, quien jamás recibía de buen grado las menciones al Innombrable, y Atenea misma, desconcertada, tardó en asimilar aquella revelación. Ahora comprendía que, antes de la convocatoria, Hades en persona había denunciado ante Zeus el rapto del Pélida. No cabía otra explicación.
—¿Es que ahora te abandonan las palabras, hilandera de discursos? —la increpó la Reina de los Cielos, inclinándose hacia ella; aquel dardo la arrancó de su ensimismamiento.
—¡Es cierto! —respondió la de Glaucos Ojos, recobrando la compostura y levantando el mentón—. Estoy conformando una hueste para defender lo bueno, lo bello y lo verdadero… —concluyó, ufana.
—¿Y hace falta un ejército para defender lo bueno, lo bello y lo verdadero? —musitó el Luminoso Tañedor de la Lira, sin mirar a su hermana, mientras acariciaba las cuerdas de su instrumento para templarlo.
La agudeza de su pulla provocó la risa de los felices, a excepción de la propia Palas y de Hefesto, en cuya faz parecía leerse la urgencia de huir.
—Tanto como necesario era arrebatarle a una obtusa pero inofensiva madre sus catorce hijas e hijos… —replicó la Portadora de la Égida con implacable firmeza.
Entonces la Cazadora, que hasta ese instante había sido testigo silente de la disputa que escalaba de tono, al verse aludida, no tuvo más opción que intervenir.
—¿Cómo te atreves tú a juzgar la desmesura de nuestros actos? ¿No es cierto, acaso, que convertiste en gorgona a una de las sacerdotisas de tu culto? ¿Por qué no nos dices cuál fue su crimen, para que se lo hicieras pagar con tanta crueldad?
Ya estaba a punto Atenea de contestar cuando Poseidón atrajo la atención sobre sí, golpeando el regatón de su tridente contra el mármol del palacio. Aclarándose la voz, el que Sacude la Tierra, con ánimo conciliador pero culpable, exclamó:
—¡Hermano mío! ¿Vas a permitir que nos flagelemos entre nosotros con fútiles y remotas acusaciones? ¿Para eso nos has hecho venir? Trae la armonía a nuestra asamblea; pues si no es para eso, ¿para qué nos gobiernas?
Zeus esquivó sin siquiera mover la cabeza la resentida súplica de su hermano y, dando a su voz un tono grave, semejante al rugido de las negras nubes antes del estallido, inquirió:
—Ya es censurable la conformación de una hueste a hurtadillas, pero lo que es verdaderamente impío, es que te hayas atrevido a violar el orden cósmico que tanto nos ha costado imponer a mí y a los que te antecedimos, devolviendo la vida a un muerto… —el Crónida calló abruptamente, brindando a su hija la ocasión de replicar; pero Atenea permaneció en silencio, con actitud adusta, casi defensiva, por lo que el Padre de Dioses y Hombres prosiguió—: Y no solo no has escogido a cualquier mortal, sino que has elegido, para servirte de él como modelo de tu sacrílega hueste, al más belicoso de los hombres… Contesta, dolor de mis sienes: ¿por qué le has arrebatado a la Estigia los huesos del veloz Aquiles?
—También tú, padre mío, eliges con sumo tiento a tus presas, ¿no es verdad? —respondió la de Glaucos Ojos, señalando con su diestra al copero Ganímedes, quien solícito rellenaba la copa de Ares.
Al saberse mirado por Hera, el muchacho abandonó el salón a toda prisa, dejando a su paso salpicaduras de néctar sobre el lustroso mármol.
—No es lo mismo conceder la inmortalidad a quien aún no ha perecido que devolver el aliento a quien ya ha descendido a las sombras… Además, no estamos aquí para examinar mis actos, sino para que tú expliques los tuyos; porque, no conforme con revivir al Pélida, has ordenado la forja de panoplias divinas. Y en ello no te encuentras sola, sino que cargas sobre tus orgullosos hombros con la torcida complicidad de uno de nosotros…
Ante estas palabras, Hefesto dio un respingo en su trono, dispuesto ahora sí a abandonar la estancia. Pero fue refrenado por el oceánico mirar de su esposa Afrodita, quien por primera vez en incontable tiempo le dirigió la palabra:
—¿Así que a eso te dedicabas todo este tiempo lejos de casa? —clamó la Nacida de la Espuma, teatral, volviéndose hacia él con una fingida indignación que desató la risa de Ares, ya encendido por los vapores de la bebida.
—¡Esposa mía, no es lo que parece! —se excusó el Divino Artesano en el fallido ademán de arrodillarse; pero Afrodita se lo impidió alzando la palma de su mano nívea, sin dignarse a rozarlo, y le dio la espalda para no mirarlo más.
—Has preferido el yugo de esta, que libra sus batallas en el fango, al mío, que libro las mías en el lecho… ¡Hazte cargo de tu elección! —concluyó la diosa, arrojando una mirada fulminante a Atenea.
La Hija del Crónida no se inmutó un ápice ante el hielo de aquellos ojos, en los que no leyó más que malicia y doblez. Todos en el gran salón, salvo el propio Hefesto, sabían que la que Somete a Dioses y Mortales fingía su ultraje; mas ya no hubo espacio para burlas ni murmullos, pues la acusación formulada por Zeus entrañaba una gravedad insólita. A ninguno de los olímpicos agradó saber que Palas organizaba una hueste para su culto exclusivo y que el Señor de la Fragua era el artífice de su armamento. Un denso silencio se apoderó del recinto.
—Lo que no alcanzo a comprender es por qué tú, al parecer el primero en tener noticia de esta clandestina e inconfesable alianza, no acudiste de inmediato a prevenirme… —dijo el Crónida, encarando ahora a Ares, quien al verse señalado apartó la copa y se revolvió en su sitial.
—¡No lo creí necesario, padre! —exclamó el Dios de la Guerra, y sus palabras sonaron sinceras a oídos de Zeus, quien no juzgaba a su hijo dotado de suficientes luces para urdir intrigas de tal calado.
—No sería esta la primera vez que se teje una confabulación en mi contra —barruntó el soberano, posando sus ojos sucesivamente en la Reina de los Cielos, en el Agitador de los Mares y en el Luminoso Tañedor de la Lira, quienes rehuyeron el encuentro con sus flamígeras pupilas—; pero te advierto que aplastaré cualquier nueva conjura sin miramiento alguno, y que seré implacable si descubro que la traición ha germinado en mi propia sangre… —amenazó por fin Zeus, poniéndose en pie y haciendo restallar en su diestra el rayo que estremece los cielos.
Todos retrocedieron en sus sitiales y las columnas del palacio temblaron como si fueran a venirse abajo. Atenea, erguida y a pie firme, permaneció impávida, sosteniendo la mirada centelleante de su progenitor.
—¡Solamente los tiranos consumidos por el recelo temen a las conjuras, padre mío! No así quien rige con mano justa y benévola… —sentenció Palas, tomando entre sus firmes dedos el cuenco de néctar para libar por vez primera y alzarlo en honor del Crónida.
Entonces todos, incluso Ares, brindaron con semblante complacido. Zeus esbozó una leve sonrisa en la comisura de los labios y volvió a tomar asiento en su trono.
—No cabe duda, querido padre, hermana, felices inmortales, de que prima la armonía en nuestro concilio y en el vasto mundo… —exclamó Hermes, levantándose de su sitial y concitando sobre sí las miradas—; excepto por un pequeño, casi nimio detalle: pervive el hecho, totalmente inédito, de que tu hija está armando con panoplias divinas una hueste para su propio servicio, y de que el Hábil Artista, capaz de prodigios sin nombre, se las está forjando… —insistió el de los Pies Alados señalando a Hefesto, más atento a auscultar la reacción de Zeus que a la incomodidad de su propia alusión—. Se trata, a todas luces, de un proyecto innecesario, según se deduce de lo aquí expuesto; ya que, siendo tú, padre, el Amo y Señor del Mundo, eres también el garante de todo lo que es bueno, bello y verdadero…
Zeus asintió complacido y, con un dejo de irónica curiosidad, volvió los ojos hacia su hija para animarla a responder.
—La razón te asiste, Conductor de Almas; pero no podemos ignorar que al reverso de toda armonía late siempre el negro Caos, y que incluso el más próspero de los reinos precisa de una bien pertrechada guarnición. Si así se hubiera dispuesto en el pasado, tal vez algunos de los que hoy aquí comen y beben con tanta complacencia, entre ellos tú mismo, no habrían tenido que huir a Egipto bajo la denigrante figura de un animal…
Zeus sonrió ante la puntillosa respuesta de su hija, que ya no obtuvo réplica por parte de Hermes, quien volvió a ocupar su sitial, notablemente turbado al verse obligado a recordar aquel lejano y vergonzoso pasaje.
—¿Crees, entonces, que no seremos capaces de vencer una nueva conflagración de fuerzas insospechadas y oscuras? —interrogó Poseidón a su sobrina, con quien jamás había tenido relaciones que se distinguieran por su cordialidad.
—¿No intentaron tus desmesurados hijos, Instigador de Tempestades, asaltar este palacio amontonando montañas? ¡Sí, este mismo recinto en el que se me está sometiendo cruel e injustamente a comparecer como si fuera culpable de algún crimen! —devolvió Palas al Agitador de los Mares, quien solía cosechar de ella respuestas altivas, mas nunca falaces—. Las fuerzas que tú llamas insospechadas no están ni han estado nunca ocultas en los recovecos del mundo, pues en aquella ocasión nos vinieron por ti, y por esa habitual desmesura que te asimila a otros de los que en esta mesa ocupan hoy un sitial, investidos con la dudosa dignidad de jueces impolutos…
Entonces Dioniso, que hasta ese instante no había experimentado la menor urgencia de terciar en un pleito que juzgaba ajeno, tomó por fin la palabra. Apuntando a Atenea con su oscilante tirso, le espetó sin ambages:
—¿Así que le temes a la desmesura? ¿Estás conformando una hueste custodia de umbrales?
Dioniso, a diferencia de los otros olímpicos, formuló su inquietud con una preocupación legítima que Atenea supo advertir pero que no anticipó. Por primera vez en aquel aciago concilio, vaciló. Con su glauca mirada prendida a la bamboleante e hipnótica danza de la piña que corona el tirso del Dos Veces Nacido, la Hija del Crónida, luego de reflexionar detenidamente sus palabras, contestó:
—Reconozco tus dominios, pero debes saber que no es para difuminar o afianzar fronteras para lo que estoy reclutando fieles. Tu culto está a salvo, porque a través suyo nos viene el equilibrio al mundo…
—¿Y nuestros cultos peligran? ¿Es que te parece que el culto al resto de nosotros le sobra al mundo? —vociferó la Reina de los Cielos, hastiada ya de la dialéctica de Palas.
—Dime, Conductora de Ejércitos, y procura serme franca, como sin duda lo has sido con el de Andar Errante —interrumpió Deméter, evitando que Atenea replicara a su madrastra—: ¿te parece que mi culto es prescindible?
—¡No, por los hados! —exclamó Atenea, desconcertada, pues nunca imaginó en su vasta sabiduría que su iniciativa, juzgada justa y necesaria antes de emprenderla, habría de ser interpretada por los demás olímpicos como una amenaza.
—Si no es así, a mí también me gustaría tener un séquito de fieles… —dijo la Infalible Cazadora, mirando a su padre como si le pidiera venia para algo que, se lo concedieran o no, estaba resuelta a conseguir.
—¡Ya lo tienes! ¡La mayoría de ustedes posee cortejo! ¿O es que esperan que yo me haga seguir por ninfas, musas, silenos, palomas o delfines? Muy pocos de esos seres podrían sostener un escudo y blandir una lanza… —respondió la de Glaucos Ojos, enfática—. Cada cual debe tener su propio séquito. ¿O no es cierto que ninfas provistas de arco y flechas te acompañan en tus incansables correrías por bosques y montañas? ¿Cuándo tu padre, que es también el mío, te ha reprochado tu comitiva y sus pertrechos?
Ante aquellas veraces palabras Artemisa no tuvo otra opción que callar.
—Y tú, Diseminador de la Locura, ¿no te haces seguir acaso de ménades, sátiros, silenos y bestias salvajes? ¿No es verdad que tu cohorte lleva ya sus propias armas fundidas en sus cuerpos? —Dioniso, que no podía ni quería refutar aquellas aseveraciones, serenó la expresión del rostro, dispuesto a seguir escuchando a la diosa—. ¿Y qué me dices tú, que incluso mientras hablo no cesas de pulsar las cuerdas de tu lira? ¿No te haces seguir por las Musas? ¿Y no son portadoras de saberes que solo ellas custodian? ¿Por qué no habríamos de recelar los demás de ti y de tu séquito, que se reservan conocimientos para iniciados?
El Luminoso apartó la diestra del instrumento y fijó toda su atención en Palas, que ya enfilaba su elocuencia hacia otro de los tronos.
—Y qué hay de ti, hermano, a quien admito haber señalado con ligereza —agregó Atenea, suavizando el tono pero volviéndolo al mismo tiempo más grave, casi solemne—; ¿tú no tienes un séquito leal? ¿No es cierto que, adondequiera que desatas tu cólera, marchan a tu lado tu hermana Enio y los hijos que engendraste en la que está sentada a un lado tuyo: Fobos y Deimos? ¿Y no acude siempre tu estirpe bien armada para la lid?
Afrodita, al verse señalada como madre de la descendencia de Ares, se revolvió en su sitial, pues sintió sobre la nuca la mirada torva y ofendida de su esposo, a quien había humillado hacía apenas unos instantes. El Divino Artesano recorrió la espalda de su cónyuge con ojos rezumantes de celos y pesar; mas la Diosa de Blancos Tobillos, aunque tensada por el tirón del anzuelo, procuró resistir el embate con cuantas fuerzas le quedaban.
—¡Basta! —exclamó Afrodita cuando no pudo soportar más—. ¿Vas a enumerar ahora a los seres que me acompañan? ¿Cuáles serían, según tú, orgullosa Palas, las ventajas de mis Cárites o de mis cisnes en el fragor de la batalla? Si tú y yo nos batiéramos ahora mismo en esta sala, como sin duda has anhelado tantas veces, ¿crees que mi cortejo le sacaría ventaja al tuyo? A ese basileus que se arrastra por toda la Hélade, el primero a quien has ceñido con una panoplia forjada por mi desleal marido, le bastaría una tosca flecha para ensartar a cualquiera de mis delicadas palomas, y se la comería luego asada en un fuego igualmente infiel.
—¿Qué pretendes probar, hija mía? —intervino por fin Zeus, atajando la creciente discordia—. ¿Acaso te mueve la envidia hacia los demás olímpicos que, a diferencia de ti, de mí o de mis hermanos, carecen de séquito armado? Jamás creí que fueras vulnerable a una pasión tan vulgar…
Atenea resintió hondo en el pecho las palabras de su progenitor, pero sofocó el impulso de replicarle. No podía permitirse un solo asomo de debilidad ante la asamblea divina.
—No hay nada que ustedes posean, ni tú, padre, que yo pueda desear. Pero ya veo que todos ustedes, incluso tú, que te bastas a ti mismo, desean algo que yo poseo: mi humilde basileus, que podría ser aplastado sin mayor esfuerzo por cualquiera de ustedes. ¿No es eso cierto, hermano? —interpeló Atenea a Ares, que la contempló boquiabierto sin atreverse a negar o afirmar—. ¿No tuviste bajo tu pie el cuello del hombre que yo elegí para encabezar esa que llaman mi hueste personal? ¿Tan endeble se ha vuelto su ánimo, acostumbrado a los simposios, que ahora temen a un simple mortal? —concluyó la diosa, abarcando con sus brazos la amplitud del salón del palacio.
—Yo no temo a tus basileis, y bien sé que tú tampoco temes a ninguno de los seres que pueblan mi séquito… —comenzó a decir Dioniso—. ¿Por qué no, bajo este principio, intercambiamos fieles? Dame a tu basileus para que me escolte en mis andanzas y recibe de mí a cambio un sátiro o incluso al viejo Sileno, lo que prefieras, para engrosar tus filas.
La de Glaucos Ojos frunció el ceño ante la insólita propuesta de Dioniso, quien se arrellanó en su sitial a la espera de una respuesta. Todos, excepto Hefesto, posaron en ella sus miradas inquisitivas.
—¿De qué te serviría a ti un soldado? ¿Cómo podría cualquiera de ustedes, salvo mi belicoso hermano, sacar provecho para su culto de un guerrero? ¿No comprobamos ante las murallas de Ilión que nuestros afectos no pueden torcer lo decretado por los hados? ¿Por qué ahora, cuando reclamo únicamente lo que me corresponde por derecho de nacimiento, me cercan con sus infundadas sospechas?
—¡Conságrame un basileus! —insistió Dioniso, volviendo a apuntar a Atenea con su tirso, que esta vez revistió la firmeza de un cetro.
—¡No! —respondió la diosa, inflexible, apuntando su lanza contra Dioniso.
Y entonces, entre la vara ritual y el venablo sagrado se espesó una ominosa niebla de discordia que forzó al Amo y Señor del Mundo a intervenir.
—¡Escúchame, hija mía, y atiende bien! Te permito conservar tu ejército, a condición de que consagres un basileus a cada uno de nosotros… —decretó el Crónida, tajante.
—¡Pero padre! —Atenea no lograba asimilar en sus lúcidas mientes que le hubieran tendido una celada semejante para obligarla a claudicar de una obra en la que tanto empeño había puesto.
—¡Es la única vía! Si no consientes en ello, fulminaré en este mismo instante a ese Agertes tuyo, y tu empresa bélica será borrada no solo de la faz de la tierra, sino también de la memoria de mortales e inmortales —sentenció Zeus, apuntando con el rayo hacia un blanco móvil sobre la anchurosa Hélade.
El silencio volvió a adueñarse del magno salón. Afrodita y Ares contemplaban a la Portadora de la Égida con altivez, casi con sorna. No así el resto de los olímpicos, cuyos ánimos se dividían: Dioniso lucía satisfecho, pero no soberbio; a su juicio, la resolución de su padre era justa y necesaria. Los hijos de Leto parecían preocupados, recelosos de los oscuros trances que desencadenaría sobre el mundo la proliferación de guerreros investidos con semejante poder; el Señor del Oráculo, de hecho, se tornó taciturno, pues en su clarividencia vislumbró ya, como una sombra que empañaba sus pensamientos, el inexorable advenimiento de trágicos sucesos.
Hera y Poseidón, que habrían preferido revocar por entero la iniciativa de Palas, debieron acatar en silencio el mandato del Crónida; a ninguno de los dos seducía contar con un devoto de su culto en el seno de una milicia comandada por quien tenían por franca enemiga. Deméter, por su parte, mostraba un semblante apesadumbrado al verse envuelta, sin buscarlo ni temerlo, en una reyerta que involucraba al Rey del Inframundo, tan odioso a su sentir; pero sobre algo abrigaba plena certeza la Diosa Nutricia: se encargaría con inflexible rigor de hacer valer ante Atenea, desde el corazón mismo de su naciente ejército, el cariz irrenunciable de su culto.
—Sea, padre… —aceptó Atenea, resignada, al comprobar que la saeta retenida entre los nudillos de su padre seguía con total precisión los veloces pasos de su preciado basileus sobre la tierra.
Satisfecho por la anuencia de su hija, el Padre de Dioses y Hombres desmenuzó el rayo entre sus dedos, tomó el cuenco de néctar, derramó unas gotas sobre el mármol y proclamó:
—¡Alégrense, inmortales, y celebremos la nueva concordia que hoy hemos sellado!
Puestos en pie, los olímpicos libaron al unísono. Solo Hermes, fiel a su índole curiosa, se atrevió a arrojar un último dardo:
—Antes de que volvamos a nuestros quehaceres, padre, puesto que hay aquí a quienes los suyos reclaman con singular apremio, me resta una duda, y pido perdón si en el curso de nuestro debate ya se dio respuesta…
—¡Habla! —Lo apresuró Zeus, que ya veía venir una nueva controversia.
—¿Cómo es que habrán de habitar nuestros cultos en la hueste de la Portadora de la Égida?
—Es justo que tu pregunta obtenga respuesta… —respondió Zeus, quien se volvió, no hacia su hija, como todos esperaban, sino hacia el Divino Artesano, que no esperaba ser confrontado. —¡Tú, cuyo silencio te incrimina aún más que tu cojera! ¿Crees que no he reparado en ti porque no te has atrevido a hablar? ¡Tú, y nadie más que tú, serás el responsable de preservar la dignidad de nuestro culto en la hueste de Atenea!
Hefesto, incrédulo, abrió los ojos desmesuradamente, incapaz de replicar pero más aún de comprender las palabras del Crónida, que dirigió una mirada de soslayo a su hija solamente para comprobar si tenía alguna objeción, pero Atenea, que se sabía derrotada, se limitó a escuchar.
—En cada una de las panoplias que forjes, plasmarás, con el virtuosismo que distingue tu arte, los atributos que nos identifican. De esta manera, aunque los basileis te estén subordinados, hija mía —se volvió Zeus para dirigirse, ahora sí, a la nacida de su testa—, serán custodios y practicantes de nuestra devoción. ¿Ha quedado suficientemente claro? —inquirió el Padre de Dioses y Hombres, señalando con su diestra a Atenea, con su siniestra a Hefesto.
—Se hará según tu voluntad, padre mío… Doce panoplias divinas serán forjadas en total, contando la primera, que habré de permitirme consagrar a mi propio culto, si tú y los presentes no lo consideran demasiado ambicioso… —elaboró Palas, irónica y ansiosa por dar fin a aquella infausta jornada para volverse al Ática.
—No, doce no… ¡Serán doce y una más! —completó Zeus.
—¿Una más? —preguntó Atenea, incrédula.
—Sí, una más… Puesto que es el primero de nosotros al que has agraviado abiertamente en la consecución de este impío y necio propósito tuyo, y puesto que te has permitido además hacerlo en su propia casa, quebrantando su ley y su orden, consagrarás también una panoplia divina a mi hermano ausente…
Los murmullos se propagaron, ininteligibles. Atenea sintió que el yelmo sobre su cabeza se derretía. Zeus mismo alcanzó a ver cómo la diestra de su hija se aferraba con fiereza al asta de su venablo. La diosa, cuyos glaucos ojos se habían tornado azulados y chispeantes, asintió ejecutando una leve inflexión ante su padre, y dio media vuelta para abandonar el magno palacio a toda prisa, apretando la mandíbula. Tras ella, uno a uno, se marcharon el resto de los felices.
Cuando Atenea volvió al Gimnasio, halló a Aquiles solo y meditabundo, tal como lo había dejado, en el corazón de la palestra, donde tendría lugar el agón consagrado a la obtención de las panoplias divinas forjadas por Hefesto.
—Gobernarás en este Gimnasio con potestad sobre la Esfinge, gimnetas, guerreros y didáscalos, con la autoridad de tu gloria inmortal —le dijo la diosa al Portador de la Cólera, pensando que tal vez no había sido acertado revivirlo, pero convencida de que, puesto que habría de pagar un precio tan elevado por él, aprovecharía al máximo sus virtudes.
—Será como tú lo ordenes, mi señora, aunque sabes bien que yo ofrendaría gustoso esta nueva vida que me has concedido en tus futuras batallas.
—No pienses más en las guerras venideras, Aquiles, porque no serás tú quien habrá de librarlas, sino los que aquí prepares para ganarlas. Sígueme ahora para que juntos demos la bienvenida a los didáscalos y aspirantes —exclamó Atenea, haciéndose seguir de cerca por el héroe hasta las columnas del pórtico, donde aguardaba la fiera sobre su pedestal—. ¡Repliega tus alas y apártate, Leal Esfinge! Permite ya el paso de los didáscalos, del basileus Agertes y de los gimnetas, porque hoy da inicio la disciplina de la que saldrán templados mis guerreros.
Así dispuso la diosa, haciendo que Aquiles se parara a un lado suyo, expectante. La Esfinge, sin dilaciones, encogió sus tupidas alas y descendió de su pedestal para dejar el camino y la vista libres.
Aquiles experimentó entonces una felicidad como no la había sentido desde su lejana infancia. En la primera fila de quienes se disponían a ingresar al Gimnasio descubrió al centauro Quirón, quien fuera su propio didáscalo e hiciera incluso, durante sus primeros años, las veces de padre severo pero amoroso. Había sido justamente Quirón quien lo crió, después de que su padre, Peleo, se lo entregara para salvarlo de los rigores con que su madre, Tetis, lo sometía al truncado propósito de hacerlo inmortal.
A la diestra del centauro, Aquiles distinguió la imponente figura de Heracles, quien también fuera alumno de Quirón en su juventud. El forzudo héroe estaba condenado a realizar una serie de arduos trabajos en penitencia por haber dado muerte a sus hijos en un ataque de locura inducido por Hera. Perseguido, según se decía, por las implacables Erinias, que jamás dejaban sin castigo la muerte de los inocentes, Heracles pasaba de un infausto trabajo a otro aún más penoso, sin que por ello mermara su natural jovialidad. Su estancia en el Gimnasio como didáscalo era para el Alcida, sin duda, una nueva expiación que debía afrontar, pero esta vez en compañía de notables personajes y queridos parientes y amigos.
A la izquierda de Quirón, Aquiles reconoció al bisabuelo de Heracles, al atrevido y esforzado Perseo, quien en un arrojado lance decapitó a la gorgona Medusa. Solícito, Perseo entregó la abominable cabeza a Atenea para que la diosa pudiera ostentarla en su égida. De esta manera, y con únicamente apuntarla, Atenea dio muerte a incontables enemigos, convirtiéndolos en siniestras estatuas de piedra. Y ahora el héroe, nacido de la lluvia dorada, también habría de compartir sus saberes y habilidades con los gimnetas.
Finalmente, detrás de Quirón surgió la alta y regia figura de Teseo, natural del Ática, quien había sido elegido por la hija del Crónida por sus innumerables hazañas, pero también, particularmente, para que comunicara a los gimnetas amor y fidelidad por los valores atenienses. Estos, nada menos, eran los connotados didáscalos del Gimnasio que el Pélida tendría bajo su mando, para formar a los futuros guerreros.
—¡Quirón, Heracles, Perseo, Teseo! No habría tiempo suficiente, entre la ilusoria paz que nos envuelve y las nefastas guerras que nos acechan, para ensalzar sus proezas. ¡Bienvenidos sean al Gimnasio! Los he convocado porque requiero de sus saberes y virtudes. Vayamos todos hasta la arena, donde habremos de inaugurar nuestra disciplina.
Atenea avanzó al frente de la comitiva para ocupar su lugar privilegiado en la tribuna, detrás de ella iba el Pélida Aquiles y, detrás de ambos, el centauro y los héroes. En las afueras del Gimnasio, formados en trece columnas simétricas, cada una con veinte muchachos, aguardaban la orden de avance los primeros doscientos sesenta aspirantes a guerreros.
—¡A mi voz, iniciarán su ingreso al Gimnasio en ordenada marcha! —gritó Agertes, investido en su reluciente panoplia crisoelefantina, con la mano en alto y parado junto a la Esfinge en las columnas de entrada—. Los primeros en avanzar serán los que integran la columna de Atenea. Marcharán recto hasta ocupar el segmento norte de las gradas de la arena —indicó Agertes, cortando el aire con un golpe de su brazo para darles entrada.
Después les dio acceso, en este orden, a las columnas de Zeus, Hera, Poseidón, Deméter, Hades, Afrodita, Ares, Hefesto, Apolo, Artemisa, Hermes y Dioniso. Cada columna encontró su espacio en el graderío de la arena hasta que estuvo por completo colmada.
—¡Agertes, el primero de todos mis guerreros, consagrado ahora a la defensa y preservación de mi culto! ¡Acércate y ocupa un sitio entre nosotros! Agradecida estoy por este racimo de nobles aspirantes que me has traído recorriendo la anchurosa Hélade. Y sé muy bien que, voluntarioso, habrás de duplicar o triplicar tus viajes para traernos nuevos aspirantes, porque muchos de los que ahora pueblan las gradas no sobrevivirán a la dura disciplina que aquí les vamos a impartir, y porque serán pocos, muy pocos, los elegidos que conseguirán vestir una panoplia sagrada forjada por Hefesto —advirtió la diosa, mientras Agertes ocupaba un sitio en el palco junto a ella, Aquiles y los didáscalos.
—Aquí, jóvenes discípulos, aprenderán de estos ilustres mentores las artes de la lucha, que son indispensables para vencer en la batalla, pero también cultivarán virtudes sin las cuales la fuerza, la habilidad y la valentía no tienen mayor valor que un navío sin velas. Aprenderán sobre el honor, la justicia y la templanza, pues no espero de ustedes que se conviertan en obtusos asesinos. Mis combatientes deben ser tan nobles y juiciosos como fuertes y temibles. Su bondad debe ser proporcional a su poder, pues entre más calamidades pueda un guerrero desatar, más íntegro deberá comportarse —proclamó Atenea, mientras los gimnetas la escuchaban en suspenso.
—Didáscalos, confío en su sapiencia y dedicación para que me entreguen a los guerreros que habrán de vestir las panoplias sagradas forjadas por Hefesto y consagradas ahora a cada una de las deidades olímpicas —exclamó Atenea, quien con un ademán de sus dedos hizo que se abrieran las puertas del taller, comunicado con la arena por un largo y amplio sendero de guijarros de mármol, al parecer sobrantes de la construcción de los edificios del Gimnasio.
Del penumbroso interior, para sorpresa de todos, emergió el artesano divino, renqueante, tiznado, malhumorado y con algunas de sus herramientas en mano. Se podía apreciar en su semblante que el trabajo de edificar y forjar, incluso para él, resultaba extenuante.
—Gimnetas, las trece columnas en que los formó Agertes el convocador, corresponden a los dioses olímpicos que rigen los destinos de los mortales. Las panoplias fraguadas por Hefesto estarán indisolublemente ligadas al culto de cada divinidad olímpica; como custodios de su devoción, velarán por sus ritos, para preservar la armonía del mundo, pero es a mí, y solo a mí, a quien deben su total fidelidad.
Atenea calló abruptamente y su silencio se extendió por la arena y las pobladas gradas sin réplica.
—Así, el más alto galardón al que puede un guerrero aspirar es a vestir la panoplia consagrada a una divinidad olímpica, para convertirse en basileus custodio de culto —concluyó la diosa soberana, cuya voz se expandió diáfana y solemne en la quietud del recinto.
Las miradas de Aquiles, didáscalos y gimnetas se volvieron entonces hacia Hefesto, que trabajosamente había completado el camino hasta el corazón de la arena. Con un movimiento de su diestra, en la que sostenía una pesada maza, el Divino Artífice hizo salir del taller una centelleante panoplia de azulados contornos que voló liviana por los aires hasta plantarse al pie de las gradas, justo delante de la columna dedicada al Crónida. Era la panoplia consagrada al Padre de Dioses y Hombres, cuyas piezas parecían haber sido fundidas en una aleación imposible de cobalto y oro. Todos contemplaron extasiados aquella armadura celeste, incluso la orgullosa Palas, como si miraran al azul profundo e insondable del firmamento.
Las grebas tenían cinceladas, con exquisito detalle, dos inconfundibles escenas: en la pierna derecha, la penosa imagen de un desvalido suplicante, acompañado en su trayecto por una nube guardiana; en la pierna izquierda, la de un benévolo anfitrión, coronado por la misma nube, bajo la que se asoma, amenazante, apenas la punta de un rayo, en recuerdo de que no hay nada más impío que traicionar a quien generosamente abre las puertas de su hogar.
El cinturón había sido tejido con hebras cuya superposición, al toque de la luz, anunciaban la silueta clara y definida de un trono, el trono del dios padre, amo y señor del mundo. Tal era la fineza del cincelado, tan sutil y no obstante definido, que parecía como si la panoplia misma estuviera sentada en el trono. Así, la panoplia de Zeus llevaba el trono olímpico integrado al cinturón.
La coraza tenía en el centro del pecho una negra nube, alargada de pectoral a pectoral y desgarrada en el centro. De aquella herida que el divino artesano había impreso, no manaba sangre, sino luz. Era un rayo que se expandía, ramificándose, para luego estallar en el ombligo con una sola punta. La centella, que palpitaba con un pulso luminiscente pero siniestro, parecía el arañazo de un león en el metal. Esa hendidura lumínica, sin embargo, no denotaba debilidad, sino potencia. Aquella era la impronta del Padre de los Dioses en el mundo.
En el brazal de la diestra, Hefesto se había permitido cincelar una imagen que Atenea no vio con buenos ojos: era el Crónida, sentado en su trono, ordenándole que le abriera la cabeza con el filo de su hacha. Al reconocer aquel motivo el rostro de la diosa se endureció; con altivez, casi con recelo, volteó a mirar el brazal izquierdo. Y sí, ahí encontró, exquisitamente cincelada, su propia figura emergiendo de la herida que el divino artesano propinó al Crónida en plena testa. Atenea se indignó, porque le pareció que, con aquella imagen compuesta entre ambas piezas, Hefesto quería reconciliarse con Zeus. Y aunque algo de verdad había en aquella presunción, la diosa se contuvo. No podía permitirse una desavenencia con su forjador el primer día del Gimnasio ante el resucitado Aquiles, ante su basileus Agertes, ante los nobles didáscalos y los inocentes gimnetas. La diosa respiró profundo y asimiló que, aquellos brazales, habrían de recordarle siempre su verdadero lugar en el cosmos.
Las hombreras eran otras piezas muy dignas de ver, porque en cada una de ellas había tallado el divino artífice un águila de alas iridiscentes extendidas en pleno vuelo. Las regias aves estaban surcando el firmamento, según se apreciaba por sus miradas fijas y sus picos afilados, para encontrarse en el corazón del mundo. Y así lo harían, lo sabían bien Atenea y Hefesto, porque el centro en el que habrían de confluir no estaba en Atenas. La hija del Crónida jamás imaginó que habría de padecer, en plena inauguración de su Gimnasio y celebrando la primera panoplia prometida, todo el rigor de las tiránicas resoluciones del reciente concilio olímpico.
El yelmo era una estructura que, sin ser tosca, parecía demasiado pesada, como si concentrara el peso entero de la justicia y de la cúpula celeste. Bajo la cresta de plumas blancas, plateadas y azules, a la altura de la frente, el casco tenía un ojo permanentemente abierto regurgitando truenos y centellas. De aquella pupila incapaz de parpadear emanaba la voz gruñente y amenazadora que anticipa el trueno. Atenea intentó penetrar con su glauca mirada al interior del tempestuoso abismo pero apartó sus pupilas al instante, al percibir, con una certeza superior a todo vínculo filial, que incluso ella misma podía ser fulminada si se atrevía a contravenir de nuevo el orden cósmico.
La panoplia tenía apoyada una lanza que parecía más un cetro real. La punta de aquel regio venablo crepitaba echando chispas y las nubes encima del Gimnasio comenzaron a arremolinarse como si quisieran precipitarse sobre aquella pica centelleante. A la espalda del pecho, reclinado sobre él, se hallaba el magnífico escudo, en cuya cara externa estaba grabada la figura del águila olímpica con las alas extendidas, sujetando el trueno en sus férreas garras. El águila, el rayo y el friso eran dorados, tanto como la lluvia con la que Zeus cubrió a Dánae, mientras que el fondo era de un azul profundo, como cielo nublado. Pero la pieza, en su conjunto, daba la impresión de ser tan sólida como la piedra misma sobre la que estaba asentado el monte Olimpo. Atenea no pudo recordar, a excepción de la panoplia ya consagrada a Agertes, haber visto otra muestra tan exquisita y refinada de la genialidad del divino artesano, que miraba orgulloso su creación. Y aunque la panoplia atraía la vista de todos, poco fueron los que pudieron soportar el refulgir de las piezas metálicas sin taparse los ojos; entre ellos estaba Aquiles, que miraba el ojo del yelmo con fascinación, casi como si un anzuelo estuviera tirando de él hacia su interior. Y quizá el de los pies ligeros se habría precipitado contra aquel ojo, para ser fulminado al instante, de no ser porque Atenea rompió el silencio con su estentórea voz.
—Muy pocos serán los que consigan vestir una panoplia, porque están reservadas a los mejores guerreros, a los más justos y juiciosos. Todo aquel que deshonre su panoplia con infames conductas, será despojado de su investidura como guerrero y sometido a juicio para recibir castigo ejemplar. Dedicarán sus vidas a servirme como custodios de la panoplia divina y del culto al que esté vinculada. Aunque los símbolos de sus armas sagradas representen a otras divinidades, deben saber que no toleraré traiciones, infamias ni abusos. De entre quienes ocupamos un trono en el alto Olimpo, ustedes me deben fidelidad solo a mí —promulgó Atenea, quien hizo un gesto hosco al divino artífice.
Hefesto comprendió inmediatamente la señal y con un nuevo movimiento de su diestra, hizo salir del lejano taller unas imponentes y preciosas armas de aspecto más tosco y antiguo. Aquella panoplia, en la que se adivinaban las heridas de guerras pasadas, fue a posarse a los pies de Atenea.
—¡Aquiles, aquí están las magníficas armas que portaste en Troya! Las mismas que forjó Hefesto a petición de tu madre, Tetis. Esas, con las cuales te ganaste la inmortal gloria por la que te he devuelto al mundo para que formes a mis guerreros. A tu muerte, Odiseo y Áyax se las disputaron, ganándolas el itacense para desgracia del salamino. Luego, yo misma las recuperé de la tienda de Odiseo, cuando fueron reducidas sus huestes en Ísmaro por el embate de mi brutal hermano. Yo te las devuelvo ahora, divino Aquiles, para que con ellas, como Ánax, gobiernes en mi Gimnasio… —pronunció la diosa, ofreciendo las armas a Aquiles, quien las tomó con una respetuosa reverencia—. Una última cosa debo decirte, soberano Aquiles. Una vez que todas las panoplias divinas hayan sido asignadas, yo misma, tomándote de la mano, te llevaré de vuelta al Hades, para que reposes al fin en el sueño eterno que con toda justicia te has ganado —sentenció la diosa, tocando con su venablo los hombros de su digno Ánax.
El Hades
Atenea descendió al Hades para reclamar el alma del Pélida Aquiles. Al guerrero por antonomasia de las huestes aqueas, de final trágico y prematuro en Troya, le concedió la diosa una segunda vida para convertirlo en el Ánax de su Gimnasio, donde habrían de formarse, bajo férrea disciplina, sus futuros guerreros.
Fuentes:
Las historias de descensos al Hades para devolver al mundo de los vivos a alguien que ha fallecido, aunque no son muchas y no todas culminan con éxito, se distinguen con claridad por la enorme popularidad que han alcanzado. Mortales y dioses emprendieron el camino hacia las entrañas de la tierra para intentar quebrantar el orden cósmico:
En Alcestis (vv. 1010–1160) de Eurípides, Heracles, el más grande de los héroes míticos griegos, se enfrenta a la Muerte para arrebatarle a la devota mujer que entregó su vida a cambio de preservar la de su marido, Admeto. Y no solo eso: en un gesto de generosidad, se la devuelve para que ponga fin a su duelo.
Orfeo, según se narra en la Biblioteca (1.3.2) del llamado Pseudo Apolodoro, descendió al Hades con el propósito de recuperar a su amada esposa, Eurídice, muerta por la mordedura de una serpiente. Con su ruego persuadió el cantor a Plutón (Hades) para que le permitiera regresar a la vida, a condición de que, durante el camino de salida, no se volviera hasta haber llegado a su casa. Orfeo, sin embargo, se volvió para mirarla, y Eurídice retornó de inmediato al Hades.
Un dios, Dioniso, también se internó en el Hades, según refiere Diodoro Sículo en su Biblioteca histórica (4.25.4), a fin de recuperar a su madre, la mortal Sémele. Y lo consiguió al compartir con ella su inmortalidad.
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El Gimnasio
En el Gimnasio, Atenea reunió a Aquiles y a otros grandes héroes, para que formaran a los guerreros que habrían de ser investidos con las panoplias sagradas forjadas por Hefesto, el dios artesano.
Fuentes:
En su diálogo Anacarsis (1-3; 9), Luciano de Samosata refiere, con lujo de detalles, la intimidad de los gimnasios, que deben pensarse como verdaderas instituciones para la formación ciudadana. Describe a los jóvenes varones desnudos, ungidos con aceite, realizando lances y ejercicios que destacan por su dureza: pancracio, disco, salto, pugilato, entre otro tipo de agones o competencias. El gimnasio es un recinto público para una disciplina del cuerpo casi ritual, ya que el ejercicio reviste un significado que trasciende el plano de lo meramente lúdico, para abarcar lo pedagógico, lo político e incluso lo religioso.
Por su parte, Filóstrato, en su Gimnástico (1-3), define la disciplina del cuerpo como un saber, comparable a la poesía, la música, la astronomía e incluso a la organización de ejércitos. Ahí menciona, entre los atletas destacados del tiempo mítico, a Peleo, padre de Aquiles, a Teseo y al mismísimo Heracles. Y entre las actividades atléticas que se practican en el Gimnasio enumera la carrera, el pancracio, el pugilato, la lucha y el lanzamiento de jabalina.
En la Grecia antigua, el gimnasio no constituía un ámbito accesible para las mujeres. No obstante, Platón sostuvo que una ciudad bien ordenada debía incorporarlas también al proceso de formación de la ciudadanía. En Leyes (7, 806a), al examinar el modelo lacedemonio o espartano, afirma que las mujeres han de participar en la educación física y musical en beneficio de la polis, lo que supone un reconocimiento, al menos implícito, de su relevancia en la vida pública.