En un solitario páramo, cerca de donde antes floreciera el huerto del extinto Quirón, dos jóvenes recostados el uno al lado del otro intercambiaban sentidas impresiones:
—¿Llevarás tu máscara mañana? —preguntó el muchacho con ánimo inquieto y sombrío.
—Sí y no... —respondió ella, divertida, con una cadencia cantaril en la que se traslucía una intensa emoción.
Él, extrañado, se incorporó apenas lo justo para mirarla de frente.
—¡Claro que sí! Debo llevarla, pero no podré ponérmela... —añadió la muchacha, rozándole la punta de la nariz con un dedo juguetón.
El joven se sintió agraviado por aquel ademán pueril e intentó mudar a un asunto grave que, supuso, forzaría a su compañera a deponer su inexplicable júbilo:
—Aquí fue donde Cástor asesinó al maestro Quirón…
Como era de esperar, la sonrisa de la joven se extinguió al punto y un denso silencio cayó entre ambos. Para no prolongar aquella incómoda quietud, él insistió:
—¿Acaso no temes a lo que va a ocurrir?
Ella, sin embargo, ya no lo escuchaba. Parecía navegar lejos, sumida en su propio ensueño.
—¡Responde! —apremió él, exasperado.
La muchacha se volvió para mirarlo con los ojos rebosantes de ternura. Una cálida sonrisa afloró de nuevo en sus labios mientras extendía la mano para acariciarle la mejilla, pero él se levantó de un brinco y se apartó, dándole la espalda.
—¡Te preocupas demasiado! Además, ese Cástor ni siquiera es un Basileus Sagrado, como nosotros…
También ella se puso de pie y buscó plantarse frente a él, inclinando la cabeza para atrapar su esquiva mirada; en los últimos años había espigado más, hasta aventajarlo casi por una cabeza. Pero al notar que el muchacho volvía a apartarse con aspereza, la joven desvió la vista hacia las lejanas ruinas del Gimnasio.
—Mañana estaremos reunidos los trece Basileis Sagrados. ¡Los trece! —exclamó al fin con alborozo, trazando un par de giros que hicieron ondear su rizada cabellera.
El joven se dio la vuelta resuelto a replicar, pero se quedó mudo ante una estampa idílica: ella danzaba entre la hierba y las flores, recortada sobre un lienzo límpido y violáceo que pregonaba la agonía del crepúsculo. Una punzante congoja le oprimió el pecho, arrancándole un lánguido suspiro, al tiempo que una tibia y placentera corriente, nacida en sus entrañas, comenzó a inundarlo. Se trataba de una indómita calidez que se atizaba con cada airoso movimiento de la muchacha; un fuego que crecía hasta embargarlo por completo, insuflándole un vigor tal que nada le parecía ya imposible.
Pensó entonces en Cástor, en Ares, en los temibles dioses gemelos y en la sanguinaria Enio, y descubrió que no les temía. Encararía a cualquiera de ellos con feroz denuedo, siempre que combatiese al lado de ella o por ella... Pero la joven, absorta en el éxtasis de su danza, parecía haberse olvidado por entero de él y de su presencia.
La muchacha se detuvo abruptamente y quedó suspensa, mirando al cielo donde ya empezaban a asomarse las estrellas. Fascinada, comenzó a girar sobre las puntas de sus pies buscando patrones en la cúpula celeste, mientras las estrellas, cada vez más indiscretas, derramaban su luminiscencia en el tapiz azul de la que prometía ser una noche fresca y despejada.
Entonces levantó el brazo y comenzó a trazar con la punta del dedo los contornos de las constelaciones. La noche avanzó y ennegreció totalmente el manto celeste. Para ese momento, el fuego que a él le había nacido bajo el vientre comenzó a desbocarse; aquella calidez se transformó rápidamente en una quemazón que crepitaba en sus entrañas mientras ella danzaba febrilmente bajo el cielo constelado.
De pronto, el muchacho se sintió desfallecer cuando ella, con el índice posado en la comisura de los labios, comenzó a auscultar, vacilante, los recovecos del firmamento donde reposaba la constelación del Cuervo. Con ademán lento y grácil, la joven empezó a delinear el cuerpo ondulante de la Serpiente que el ave aprisiona entre sus garras; luego cinceló en el aire, uniendo estrella tras estrella, la figura de la Crátera de agua, recostada también sobre el lomo de la sierpe. No cabía duda: ella estaba oficiando una invocación. Y no era la primera vez que lo hacía, pues ahora trazaba, con asombrosa precisión, ya con los ojos cerrados, el lazo que hermanaba a aquellas tres figuras celestes en un solo motivo ritual.
Durante todo ese tiempo transcurrido, él había forjado la íntima convicción de que sus destinos eran inseparables. Creía incluso que combatirían hombro con hombro en la brutal guerra que se avecinaba. Ahora comprendía con desolación que nada de aquello era más que un vano espejismo; su propia y solitaria ilusión…
Los ojos del muchacho se anegaron en lágrimas al evocar con prematura nostalgia una época que aún no concluía del todo, pero que él sentía ya tan remota como su primer día en el Gimnasio, cuando cruzaron miradas al ser presentados ante el sabio centauro Quirón.
Y aunque ahí estaba ella frente a él, aunque hasta hacía apenas unas horas habían correteado juntos entre las ruinas intentando atisbar a alguno de los Basileis Sagrados en medio de la agitación, como si fuesen todavía aquellos infantes que jugaban a esconderse entre lección y lección, comprendió con dolor que la joven ya no era la misma. Hacía tiempo que habían dejado de ser los cómplices de antaño, sin que él alcanzara a advertirlo.
Le fue revelada de golpe la amarga verdad de que solo en su pecho había existido aquella ilusoria plenitud: ella anhelaba ahora algo que él no poseía y que jamás podría brindarle, mientras que su propio mundo, erigido por entero sobre la imagen de ella, comenzaba a desmoronarse.
Si hasta entonces no había alcanzado a comprender por qué ella, ante el inminente choque contra las divinidades de la guerra, parecía estar cada vez más dichosa y risueña, era únicamente a causa de su propia ingenuidad: una venda que le cubría los ojos impidiéndole ver que su compañera ya no era más aquella niña de los felices días de su entrenamiento.
Todo se le reveló ahora con una hiriente nitidez. La errática y esquiva conducta que él había advertido en ella durante los últimos días respondía a la vehemente expectación por conocer a los otros Basileis Sagrados; en especial a uno de ellos, aquel que encarnaba los anhelos y desvelos de todas las mujeres del Gimnasio... Aquel a quien esa tríada celeste aludía sin sombra de duda.
Cuando la muchacha terminó de trazar el pico del Cuervo, alzó el rostro, tomó aire profundamente y se despojó del manto con el que se había cubierto, lo mismo que él, para pasar desapercibidos en su furtiva escapada hasta aquel paraje. Pero debajo, a diferencia de él, ella no vestía su panoplia divina, sino un vaporoso quitón blanco. Un estremecimiento sacudió el espinazo del joven al verse incapaz de concebir cómo, dónde o cuándo se había procurado ella semejante atuendo, cuya sola posesión estaba severamente proscrita en el Gimnasio.
Los puños del muchacho se crisparon con violencia; a su alrededor comenzaron a condensarse densas gotas de agua arrancadas a la hierba y a las corolas circundantes, las cuales se marchitaban al punto tras ser despojadas de toda su savia.
Erguida sobre las puntas de sus pies descalzos, la guerrera arqueó la espalda orientando la firme elevación del busto hacia aquel lejano pico del Cuervo, apenas entreabierto en la bóveda celeste. Cuanto más hondo aspiraba hacia las profundidades de ese estrecho resquicio del cosmos, con mayor nitidez se transparentaban bajo la tela traslúcida sus erguidos pechos, semejantes a un par de higos maduros.
En aquel decisivo instante la mirada del Basileus, hasta entonces la de un inocente, fue flagelada por la mística revelación de la feminidad. Una lágrima de insondable tristeza le corrió por la mejilla al comprender que sus ojos jamás volverían a contemplar el mundo de la misma forma, al tiempo que las masas acuosas adheridas a sus puños se ensanchaban hirvientes. Y aunque el agua ceñida a sus nudillos borboteaba salvajemente, no por ello los orbes menguaron su avance, marchitando en un radio simétrico la vegetación de cuya savia se nutrían.
Se sintió estúpido al advertir cuánta pena habría sentido ella por él para no abandonarlo, durante los últimos tiempos, en sus pueriles devaneos, que contemplados ahora, en retrospectiva, le produjeron horror. Se imaginó a través de los ojos de ella, y lo que halló no fue más que un chiquillo a quien ella había debido cobijar, con su inagotable ternura, frente a un mundo desmesurado e incomprensible.
Le repugnó la humillación de concebirse desvalido y necesitado de amparo ante fuerzas que él ni siquiera imaginaba, pero que ya palpitaban salvajemente en las entrañas de ella; un ímpetu que él no poseía y ante el cual, ahora lo comprendía, no tenía ninguna defensa. Profundamente herido en su orgullo de guerrero, resolvió abandonar aquel paraje.
Conforme se alejaba, el muchacho comenzó a experimentar una imperiosa necesidad de abjurar de su panoplia, que se le antojaba ahora un ridículo juguete con el que no deseaba entretenerse nunca más. Se detuvo en seco para despojarse de la túnica que lo cubría y, aunque la armadura opuso resistencia adhiriéndose a su carne, fue arrancándosela pieza a pieza, cual si se tratara de costras secas y roñosas sobre una herida viva.
En cuanto se vio desnudo, volvió a ceñirse la capa y giró sobre sus talones para arrojar una última mirada a la silueta de quien, hasta esa misma noche, considerara su inseparable compañera…
El cuerpo entero de la muchacha se proyectaba, palpitante y jadeante, hacia aquel cúmulo de estrellas que la poseía sin siquiera desearla. Con un grácil ademán, desprendió de sus hombros los delgados lazos de aquel traslúcido quitón, que descendió silente hasta enredarse en sus tobillos. Ofrendó de ese modo su juvenil desnudez al entramado de astros y se estremeció al recibir la pálida e indiferente caricia de la luz celeste.
A aquel sobrecogimiento le sobrevino un melodioso gemido que pareció liberarla de una pesada tensión. Extasiada, echó hacia atrás la cabeza, haciendo ondear su rizada cabellera, al tiempo que repasaba con las suaves palmas de sus manos la turgente redondez de sus pechos...
Iracundo, en el fugaz parpadeo de un instante, el muchacho concentró en sus iridiscentes puños toda la humedad latente en estadios a la redonda, marchitando de un golpe pastos, flores y árboles. Expulsó luego hacia los cielos aquella colosal masa acuosa en medio de un bramido atronador que sustrajo a la guerrera de su lúbrico trance. En aquel desgarrado alarido se fundieron los lamentos de la aflicción y de la vergüenza, la agonía de un deseo incipiente e incomprensible, y un furibundo desprecio contra sí mismo. Ella se volvió hacia el sitio del que había brotado el estruendo, pero solo alcanzó a distinguir una inmensa esfera de vapor que se disipaba en la espesura de la noche.
Al punto, comenzó a llover sobre el derruido Gimnasio: una lluvia de diminutas y punzantes gotas de agua hirviente. La joven recogió el manto que yacía en el suelo y se lo echó sobre los hombros para resguardarse de la abrasadora precipitación. Echó a correr hacia los últimos jirones de aquella niebla ardiente, pero no encontró a nadie ahí; tan solo halló, esparcidas entre la maleza marchita, las piezas ensangrentadas de la panoplia divina de Deméter… El muchacho se había marchado…
En su frenética carrera hacia el exterior, Triptólemo huía, más que de su panoplia, de ella, de Ío. Estaba convencido de que jamás volverían a estar juntos ni a combatir hombro con hombro, y tampoco toleraba ya ser cobijado bajo el afecto fraterno que ella le había dispensado durante los últimos tiempos.
Una vez que atisbó lo que quedaba de las columnas antes custodiadas por la leal Esfinge, serenó su paso. Sollozando, volvió la cabeza un par de veces, como si pretendiera despedirse de la que fuera su morada o, más bien, de quien en verdad había encarnado su único hogar, pues su existencia entera se hallaba entretejida con la de Ío.
Ya a punto de trasponer el umbral, lo atajó una voz recia y familiar:
—¿Adónde vas, Triptólemo de Deméter?
La imponente figura del Ánax se recortó al emerger de las sombras. El muchacho, sobresaltado, retrocedió un par de pasos. Sintió encogérsele el ánimo al ver avanzar al soberano del recinto, recibiendo impávido la lluvia hirviente sobre los anchos hombros.
—Tú debes de ser el responsable de esto... —exclamó el caudillo, extendiendo el fornido brazo para exponerlo al agua ardiente cual si se tratase de una refrescante llovizna.
Triptólemo, sobrecogido, receló del trato benévolo que el Ánax le brindaba, pues él, como cada habitante del Gimnasio, sabía de sobra que la deserción y el abjurar de la panoplia se castigaban con la muerte. Instintivamente, el joven se puso en guardia.
—¿Acaso pretendes batirte conmigo? —lo interrogó el Piadoso, bajando el nervudo brazo sin interrumpir su pausado avance.
Abrumado por la proximidad del mayor de los guerreros atenienses, Triptólemo amagó con dar media vuelta en una vana tentativa de huida. Al girar en redondo, sin embargo, fue a toparse de bruces contra el peto dorado de la panoplia divina de Hermes.
—Autólico, escolta a Triptólemo de regreso a su celda y vigila que ahí permanezca hasta la celebración de nuestro concilio de mañana —ordenó el Ánax, midiendo al muchacho de pies a cabeza con severidad.
—Así se hará, señor... —respondió Autólico, posando la diestra sobre los enjutos hombros del joven para orientarlo luego rumbo a los lejanos barracones con un suave empujón.
Mientras marchaban, el Basileus de Hermes alzó su caduceo por encima de la cabeza del pequeño Triptólemo, forjando un escudo de luz incandescente que evaporaba al contacto cada gota de agua hirviente.
—¿No sabes que también yo soy un Basileus Divino? —vociferó Triptólemo, iracundo, apartando de un violento manotazo el caduceo de Autólico.
—¿Lo eres? ¿Y dónde está tu panoplia? —devolvió Autólico, extinguiendo al instante la incandescencia del cetro para dejar caer el agua hirviente sobre el muchacho.
Refunfuñando entre dientes, Triptólemo dejó sin respuesta la punzante pregunta y comenzó a ralentizar el paso. Autólico, en correspondencia, acompasó su andar al del joven.
—¡Yo soy el causante de esta tormenta! —proclamó Triptólemo con renovada altivez.
Apretó entonces el paso y echó a correr hacia los barracones tan aprisa como le daban las piernas, seguro de que aquel guerrero sería incapaz de seguirle el paso.
Jadeante, el muchacho se detuvo al fin frente a la entrada de los dormitorios donde, en virtud de su investidura sagrada, disponía de una celda reservada para su descanso. Oteó luego el sendero a sus espaldas para cerciorarse, henchido de orgullo, de que no se vislumbraba rastro alguno del Basileus de Hermes, a quien creía haber dejado rezagado. El cansancio de aquella funesta jornada le cayó de golpe sobre los hombros, forzándolo a arrastrar las plantas de los pies por los penumbrosos pasillos en dirección a su aposento.
Apenas comenzaba a despojarse de la empapada capa cuando una voz pausada lo interpeló desde la oscuridad del interior:
—Pagarás tu demora durmiendo sobre las losas…
Era Autólico, quien ya reposaba tendido sobre el catre, con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas tras la nuca. Triptólemo palideció, incapaz de comprender de qué modo el basileus se hallaba ahí, cuando hacía apenas unos instantes lo había dejado plantado en el camino.
—Procura conciliar el sueño, porque mañana tendrás que rendir cuentas por esa panoplia perdida... —le aconsejó Autólico, haciendo brotar un tenue fulgor dorado de la punta de su caduceo divino para alumbrar la celda.
Abatido, el muchacho se desplomó contra el suelo, apoyando la espalda sobre la piedra gélida del muro.
Ahí, clavó una mirada hostil y sombría, que ya no era la de un niño, sobre la silueta del guerrero de Hermes. Al sentirse traspasado por aquel silente y punzante rencor, Autólico apagó el resplandor de su caduceo sagrado y se volvió de costado, de cara a la pared.
A solas en la penumbra, como bestia relamiendo sus heridas, Triptólemo se dedicó a evaporar el líquido de las muchas ampollas que había sembrado en su piel la quemante lluvia.
En ese preciso instante, al otro extremo del derruido Gimnasio, el Ánax hizo una nueva e inesperada aparición.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó a una frágil y encogida silueta que se había guarecido de la ardiente lluvia bajo una tosca cubierta formada con las piezas de la panoplia de Deméter.
—¡Ánax! —exclamó la muchacha, pudorosa, procurando cubrir con los bordes y jirones de la empapada capa los pocos resquicios donde su piel quedaba al descubierto.
—¿Por qué te resguardas con una panoplia que no te pertenece? —inquirió el Ánax, mientras escrutaba el terreno tratando de desentrañar qué había acontecido ahí.
La muchacha, asombrada de que la hirviente precipitación no causara la menor mella en el fornido cuerpo del soberano del Gimnasio, amagó con abandonar el precario refugio que ella misma improvisara con las vestiduras sagradas de Deméter. No logró, sin embargo, sostenerse a la intemperie ni un breve instante, pues el agua ardiente le abrasaba la carne.
—¡Ío de Hera, respóndeme! ¿Dónde has dejado tu panoplia? —insistió el Ánax con tono inflexible.
—¡En mi celda! —replicó Ío, presurosa, como si intentara, con su precipitación, dotar de credibilidad a sus palabras.
El Ánax, que había escuchado claramente la respuesta, no cesó en su empeño por auscultar cada detalle del páramo, persuadido de que algo le ocultaban. Y fue así, precisamente, como sus ojos dieron con el quitón de Ío, que, por hallarse empapado y reducido a un ovillo, le había parecido a primera vista apenas un despojo de tela abandonado entre la hierba marchita.
Cuando la muchacha vio que el Ánax alzaba aquel despojo con la punta de su lanza sagrada, resuelto a revelar la verdadera hechura del ropaje, intentó escabullirse presa de una insoportable vergüenza.
Apenas hubo girado sobre sus talones, sin embargo, chocó de bruces contra el frío y esculpido peto de una panoplia divina. Ío alzó la mirada y se extravió al instante, irremisiblemente, en los abismales ojos de Jacinto de Apolo, quien la recibió en sus brazos antes de que se desplomara inconsciente sobre el fango.
—Llévala de vuelta a su celda y, si efectivamente está ahí su panoplia sagrada, confíscala —ordenó el Ánax.
El Congregador de Huestes dio media vuelta sin pronunciar palabra alguna y, con un mero chasquido de sus dedos, hizo que las ensangrentadas piezas de la armadura de Deméter levitaran en pos de sus pasos, flotando dóciles y ligeras en la penumbra.
Alertada por el estruendo, Helena de Afrodita se atrevió a asomarse fuera de la tienda donde Dédalo trabajaba afanosamente, poseído por un súbito arrebato de inspiración. Con premura, sin embargo, regresó la basilissa al sentir sobre la piel la quemante lluvia.
—¿Qué ocurre? ¿Acaso nos atacan? —preguntó Dédalo a la luz de una lámpara de aceite, sin alzar la mirada del tablero donde trazaba líneas con febril meticulosidad.
—No lo sé... —respondió ella desde el umbral, escrutando el firmamento donde brillaban, frías y lejanas, las estrellas que apenas se insinuaban tras una densa cortina de vapor.
La tremenda detonación, seguida por la lluvia ardiente, produjo una agitación inaudita en el derruido Gimnasio, semejante a la vivida durante la fatídica noche en que Cástor se plantó en mitad de la arena con su falsa panoplia divina para rebelarse contra el Ánax y Atenea. Por ello, muchos de los aspirantes que aún no lograban reponerse de la honda conmoción causada por la devastación del asalto corrían despavoridos bajo el agua hirviente, temerosos de un nuevo ataque.
—¡Aún no he concluido! ¡No he terminado y me niego a perecer en medio de una batalla! —repetía el anciano maquinalmente, cual si el pánico aguijoneara su pulso para trazar con mayor presteza.
—¡Sosiégate! Mientras permanezcas conmigo, nada debes temer... —le replicó Helena, apostada a la entrada al tiempo que examinaba el tumulto exterior.
«Solo es agua», concluyó la basilissa, incapaz de advertir en aquel insólito fenómeno una verdadera amenaza. De cualquier modo, prefirió no confiarse; a una seña de su delicada mano, brotó en el interior de la tienda una tibia efervescencia de luz pálida y rosada: era el fulgor que despedía su armadura sagrada de Afrodita.
El anciano se vio forzado a despegar el rostro de la mesa de trabajo, asaetado por aquel resplandor cuya intensidad menguó a medida que Helena fue ciñendo las piezas metálicas, una a una, sobre sus voluptuosas formas.
La guerrera vigilaba, mientras se vestía, todo cuanto acontecía en el exterior; y aunque la lluvia arreciaba implacable, los dispersos aspirantes pasaban de largo ante ella, teniéndola por una severa e inconmovible centinela: nadie osaba tan siquiera amagar con franquear el umbral de la tienda.
Al cabo de unos instantes, Helena alcanzó a distinguir, proveniente de un oscuro y lejano paraje, la silueta de un hombre cuyo andar reposado proyectaba una inconmovible autoridad. Era el Ánax Agertes, quien se dirigía hacia la tienda y ante quien todos se detenían, incluso los más alterados, para ejecutar un respetuoso saludo marcial. A sus espaldas flotaba la panoplia sagrada de Deméter, perfectamente ensamblada, siguiéndolo en vilo cual si fuese su propia sombra. El Congregador de Huestes respondía sin mirar a nadie, apenas con una leve inclinación de cabeza en la que aun los muchachos más despavoridos hallaban un poco de consuelo. A su paso, expuesto al azote de las aguas hirvientes que se desplomaban del cielo, el Ánax fue restableciendo la disciplina en el devastado recinto.
—¿Se encuentra bien el anciano? —preguntó el Piadoso, antes de trasponer el umbral.
La armadura de Deméter penetró tras él y fue a posarse sola en un rincón en penumbra. Helena asintió, y a punto estaba de inquirir sobre el origen de la tormenta cuando ambos fueron sorprendidos por la voz juvenil y serena de alguien a quien ninguno de los dos había visto aproximarse:
—La muchacha ya se encuentra custodiada en su celda, y aquí traigo su panoplia... —dijo Jacinto, depositando a los pies del soberano el pesado hato que resguardaba las vestiduras sagradas de Hera.
El Ánax advirtió, con velada inquietud, la turbación y el embeleso que la radiante estampa del Basileus de Apolo acababa de sembrar en los ojos de Helena de Afrodita.
—¿Qué pudiste averiguar? —preguntó el Congregador de Huestes.
Antes de responder, Jacinto se despojó del yelmo en señal de respeto. Helena contempló, extasiada, el rebelde entramado de mechas escarlatas que coronaban la altiva cabeza del Basileus.
—Nada, Ánax, la muchacha seguía inconsciente cuando la recosté en su lecho…
Un leve e involuntario gemido brotó de los labios de Helena, cortando de tajo la relación del Basileus. Avergonzada y risueña, la Basilissa se cubrió la boca con ambas manos, sin apartar los ojos de la salvaje cabellera del emisario de Apolo.
—Juzgué que lo prudente era entregarte de inmediato, tal como demandaste, su panoplia sagrada... —concluyó al fin Jacinto, depositando a los pies del Ánax el hato con las piezas de la armadura de Hera, sin conceder mayor importancia a aquella inquieta observadora a quien apenas midió con el rabillo del ojo.
—Bien. Puedes retirarte y permanece atento a mi llamado —lo despachó el Ánax.
Antes de desvanecerse en la penumbra, el Basileus ofrendó una respetuosa reverencia al señor del Gimnasio, seguida de otra, más leve pero igualmente marcial, dirigida a Helena. La joven, entre nerviosa y complacida, suspiró alzándose de puntillas, al tiempo que entrelazaba los dedos a la altura del pronunciado busto.
—Jacinto de Apolo… —murmuró Helena para sus adentros, saboreando cada una de las palabras mientras robaba al vaho candente del aire los últimos efluvios que el cuerpo del Basileus Divino dejara tras de sí.
A punto estaba el Ánax de reprender semejante ligereza cuando otra voz varonil, más aguda y meliflua que la de Jacinto, resonó desde la dirección opuesta a la que tomara el Basileus de Apolo para marcharse.
—Todo en orden, Ánax…
Era Sísifo de Hades, a quien el soberano había encomendado reconocer el perímetro del Gimnasio y traerle con vida a quienquiera que hallase.
—¿Entonces nada encontraste? —preguntó el Ánax, advirtiendo de inmediato que Helena ya dirigía incisivas miradas al recién llegado y que este, a diferencia de Jacinto, distaba de mostrarse indiferente hacia la Basilissa Divina.
—Nada... —replicó Sísifo, clavando una mirada franca y resuelta en Helena, quien contemplaba fascinada la lacia cabellera plateada que caía sobre el pecho del Basileus.
Un estrépito de artefactos metálicos rodando por el suelo provino del interior de la tienda, atrayendo la atención del Ánax y de los dos guerreros. Fue el Piadoso, no obstante, quien acudió solícito al interior para constatar lo ocurrido. Ahí, a un costado de la mesa, halló a Dédalo de rodillas, afanándose por recoger los instrumentos que se le habían caído en un descuido.
—Tú debes de ser Helena de Afrodita... —musitó Sísifo con una sonrisa desafiante.
—¿Acaso me conoces? —replicó Helena, entre sorprendida y halagada, cubriéndose el rostro con ambas manos antes de entreabrir los dedos para asomar sus vivaces ojos, cual par de pajarillos prisioneros en una jaula dorada.
—Ahora te conozco, aunque no debiera, pues tú tendrías que portar una máscara... —respondió Sísifo, inclinando su espigada figura para apreciar más de cerca las facciones que ella pretendía ocultar; un rostro que gozaba de la fama de ser aún más peligroso que la careta investida con los poderes de Medusa.
—Aunque hayas visto mi rostro, no me conoces en lo más mínimo… —susurró Helena, abriendo la jaula que mantenía presas sus cautivantes pupilas, para alargar luego el índice de su diestra hacia los delgados labios de Sísifo.
En ese instante, la grácil sonrisa del Basileus de Hades mutó en una mueca siniestra e irresistible que despojó a Helena de toda voluntad. Aterrorizada, sintió cómo se sumergía en las negras e insondables fosas en que se habían convertido, súbitamente, los ojos inteligentes y chispeantes de Sísifo.
Quiso Helena, desesperadamente, hacer uso de su poder para liberarse, pero su cuerpo entero, a excepción de aquel dedo extendido, estaba totalmente paralizado. Sintió ganas de gritar, de llorar, de borrar al menos la estúpida sonrisa en la que se había congelado su rostro, pero fue incapaz de moverse. Con el corazón a punto de estallarle en el pecho, Helena veía cómo el índice de su propia mano la arrastraba, lenta pero inexorablemente, hacia lo que temía sería su total extinción.
—¡Sísifo! —bramó el Ánax.
Aquella voz de trueno quebró al punto el hipnótico embeleso que mantenía posesa a Helena, cuya uña ya casi rozaba el fino labio del Basileus Divino.
Entonces, las pupilas de Sísifo se contrajeron, devolviéndole a sus ojos el color y vivaz aspecto; su tez pálida, casi verdosa, recuperó la textura suave y el tono rosado; sus labios, contraídos en una mueca tenebrosa, recuperaron la sonrisa afable; su torso inclinado se enderezó y su cuerpo entero se viró presto hacia el Ánax, quien asomaba el rostro severo por la abertura de la tienda.
Al recuperar el dominio de su cuerpo, Helena, víctima de un violento vértigo, cayó de rodillas. Su frondoso pecho resoplaba con desesperación tratando de aspirar un poco de aire fresco que aún escaseaba en el derruido Gimnasio. La asfixia, sin embargo, no le impidió alzar una última mirada, entre fascinada y desafiante, hacia el Basileus Sagrado de Hades, quien se la devolvió con mayor franqueza y soltura antes de dar media vuelta y perderse en las tinieblas del recinto.
—¡Ah, desdichada! ¡Tu insaciable apetencia habrá de ser tu perdición! —le reprochó el Ánax, mientras la sujetaba del brazo para ayudarla a incorporarse.
Helena, lejos de mostrarse abatida o avergonzada por el ultraje, sonreía en un arrebato febril. Sabía de memoria las muchas leyendas de los otros Basileis Sagrados, pero jamás, hasta esa noche, había conocido a ninguno y nunca imaginó, ni en sus fantasías más desbordadas, que tuvieran tan inmenso poder. Aquella era la primera vez en su vida que caía derrotada ante un adversario, y este no había precisado más que mirarla para doblegarla. Si Sísifo hubiera tenido la oportunidad, pensó extasiada, la habría engullido por entero en el abismo de su ser.
—¡No alcanzas a comprender, impúdica, cuán cerca has estado de la muerte! —le reprochó el Ánax, sacudiéndola por los hombros con aspereza.
—¡Sí lo sé! —replicó ella, alborozadamente.
Asqueado de tan escandalosa sensualidad, el Ánax rechazó a la muchacha, empujándola con sus fornidos brazos al interior de la tienda.
—Lo único que te exijo es que veles por Dédalo hasta que concluya su cometido... ¿Te consideras capaz de cumplir esta encomienda?
—¡Soy capaz, lo sabes bien! —contestó Helena, esforzándose por serenar su ánimo.
—¿Cuándo estimas concluir, anciano? —le preguntó el Congregador de Huestes a Dédalo, suavizando el tono de su habla.
Helena, solícita y cautelosa, comenzó a devolver a la mesa los pocos instrumentos que aún yacían sobre el suelo, como temerosa de alterar algún orden arcano e indescifrable a sus ojos. El Ánax contempló aquel cuadro con sordo recelo y, tras soltar un refunfuño entre dientes, se retiró a grandes zancadas.
La noche avanzaba inexorable y la lluvia ardiente comenzaba por fin a amainar.
Nunca antes Helena había visto a nadie asumir su trabajo con tanta gravedad y determinación. No comprendía que se pudiera vivir de esa manera; simplemente no cabía en su entendimiento que alguien pudiera entregarse enteramente a una tarea tan técnica. Algo, sin embargo, en la industriosidad del anciano, atraía fuertemente su atención.
Intrigada, retrocedió un par de pasos para guarecerse en las sombras de la tienda y pasar inadvertida. Ahí, esforzándose por acallar aun el leve murmullo de su aliento, la guerrera quedó presa de los movimientos rigurosos, matemáticos y casi hipnóticos que ejecutaba Dédalo. No alcanzaba a vislumbrar las líneas que el artífice trazaba sobre el pergamino, pero en su mente, hechizada por el ir y venir de aquellas manos nudosas, comenzaron a perfilarse arquitecturas magníficas y extraordinarias. A cada trazo de Dédalo, la febril imaginación de Helena se estremecía cual hoja a merced del viento, concibiendo osadas estructuras que la anegaban de un júbilo hasta entonces desconocido. La basilissa se dejó mecer por aquel deleite insospechado, prolongado a lo largo de toda la noche y la madrugada.
Los primeros rayos del alba se filtraban ya por la abertura de entrada de la tienda cuando Dédalo dejó caer el compás y la tiza que sostenía, uno en cada mano. Aspiró hondo, contuvo el aliento mientras abarcaba con una sola mirada de conjunto la totalidad de su obra, y soltó después un ronco gemido de desahogo. Alzó entonces la frente, buscando tocar con su mirada uno de aquellos tibios hilos de luz matutina…
Las viandas que le habían provisto permanecían intactas en sus bandejas, y sobre algunas comenzaban a rondar ya las moscas. En el breve curso de aquella noche, Dédalo había envejecido hasta los límites de lo irreconocible: sus ojos, ambarinos y secos, reposaban en el fondo de dos cuencas tenebrosas; de sus pómulos afilados pendían pliegues de pellejo acartonado; su nariz huesuda parecía haberse estrechado hasta clausurar las ventanas del aire; sus labios, marchitos y agrietados, temblaban con un espasmo incontrolable; su cabellera y su barba lucían lacias, mustias, teñidas de un tono apagado como fría ceniza. Su estampa ya no era la de un afanoso maestro de obras, sino la de una sombra errante. Lo que sea que hubiese plasmado sobre aquella mesa, casi le había arrebatado hasta la última gota de vida.
—Acabé... —alcanzó a murmurar con sus postreras fuerzas.
No había terminado de despuntar el alba cuando Triptólemo e Ío ya comparecían ante el Ánax en el corazón de la arena. Repartidos en distintos peldaños del graderío circundante se hallaban Autólico de Hermes, Jacinto de Apolo y Sísifo de Hades.
Triptólemo permanecía cabizbajo y con los hombros hundidos, sumido en un mutismo impenetrable, cual si su espíritu vagara en otro confín; tal vez allá, en el páramo marchito donde acababa de sepultar su infancia. Las panoplias de ambos, envueltas en sendos hatos, habían sido dispuestas en el centro de la palestra.
Ío dirigía miradas furtivas e inquietas hacia Autólico y Sísifo, basileis a quienes contemplaba por vez primera y cuya sola cercanía le causaba desasosiego. Era Jacinto, sin embargo, quien en verdad turbaba su espíritu, por más que el guerrero no le dispensase atención alguna. Jacinto se incorporó a medias, apoyando un pie en la grada superior para recibir de lleno los primeros resplandores del día; su melena ondeó al compás de la brisa marina y sus pupilas, de un oro azafranado, reflejaron el fulgor de la alborada.
Al verlo de cara al oriente, Ío tuvo la certeza de que la última noche no había sido un delirio: al menos una parte de aquel, el sueño más febril de su vida, guardaba visos de verdad. «¿Pero qué parte?», se interrogaba en silencio, sin atreverse a aventurar una respuesta. Su cuerpo entero se estremeció al recordar la forma en que había despertado: tendida en el lecho de su celda, desnuda y arropada por una tibia y suntuosa capa escarlata.
En su persistente y angustiado esfuerzo por hilar los hechos, la memoria de Ío encallaba siempre en un mismo vacío. Ignorar lo acaecido durante aquella laguna de tiempo la atormentaba, y el suplicio se agudizaba ante la impenetrable indiferencia de Jacinto. Fuese lo que fuese lo acontecido en aquellos breves pero cruciales momentos, jamás lo sabría por boca de él, quien era, además, el único de los tres basileis apostados en la tribuna que carecía de manto.
El guerrero de Hermes llevaba una tersa capa azulada que evocaba el firmamento, en tanto que el Basileus de Hades vestía una ligera y satinada prenda de púrpura imperial. La de Jacinto debía ser sin duda aquella perfumada capa roja en cuyo cobijo ella había dormido plácidamente, hasta que las emisarias del Ánax la arrancaron del lecho. En aquel manto escarlata debía hallarse la respuesta de lo sucedido; pero ahora ninguno de los dos la poseía: debió de quedar abandonada sobre el camastro cuando la conminaron a vestir a toda prisa sus viejas ropas de aspirante.
Presa de un lacerante desconcierto, Ío se sentía desnuda pese a vestir aquellos burdos trapos, y su indefensión crecía ante la hiriente indiferencia de Jacinto. Se recordó entonces, con vívida claridad, instantes antes de desfallecer ante el fatídico hechizo de las pupilas del Basileus de Apolo. Apenas concebía que sus ofrendas nocturnas al firmamento hubiesen conseguido invocar al legendario Basileus, haciendo realidad la enloquecida fantasía que inundaba todos sus pensamientos desde hacía ya largo tiempo.
Le parecía un prodigio haber sido ella, y no otra de entre tantas guerreras que habitaron el extinto Gimnasio, quien cayera en los brazos de Jacinto. La asaltó un irrefrenable impulso de correr hacia el graderío para mirarlo de nuevo a los ojos y desentrañar en su fondo el enigma de la noche anterior.
Tales cavilaciones bullían en el pecho de Ío cuando la voz atronadora del Ánax quebró el silencio del recinto, arrancando al propio Jacinto de su baño de Sol.
—¡Provocaron un tremendo alboroto anoche con sus juegos de niños!
Ío, asustada por el tono severo del Ánax, se aproximó a Triptólemo y lo tomó de la mano. El muchacho se dejó hacer, pero a ella le extrañó el tacto gélido y ausente de aquella pequeña diestra a la que se había aferrado infinidad de veces. Jamás la había sentido de ese modo: parecía la extremidad de un extraño, la de un anciano decrépito o la de un cadáver. Volteó para mirarlo de frente, pero él permaneció inmóvil, con la cerviz doblada y los ojos fijos en el suelo.
De pronto, un griterío comenzó a escucharse, creciendo y aproximándose desde una de las alamedas que desembocaban en la arena. A los alaridos sucedieron chasquidos secos de golpes y el estrépito de cuerpos desplomándose con violencia.
—¡No puedes interrumpir al Ánax! —gritó una de aquellas voces, que enmudeció al instante tras ser silenciada por un certero y contundente golpe asestado por Helena.
Aquel centinela era el último miembro de la guardia cuya misión consistía en custodiar los actos solemnes, ceremonias y concilios convocados por Atenea y el señor del Gimnasio.
—¿Qué locura es esta? ¿Por qué has abandonado la tienda? —inquirió el Congregador de Huestes, dando un paso al frente.
—¡Dédalo terminó! —respondió Helena.
El Ánax se irguió de golpe, perplejo, mudando el semblante a una gravedad absoluta. Sin dilación alguna, tomó sus armas y echó a andar a grandes zancadas, pasando a un costado de Ío y de Triptólemo sin concederles siquiera una mirada. Parecía marchar al encuentro de Helena, pero también a ella la dejó plantada en su sitio, sin detenerse tampoco ante el sembradío de escoltas derribados en el suelo. Las pisadas del Ánax se hicieron cada vez más veloces conforme se distanciaba de la arena, hasta que su regia figura se desvaneció por completo en la solitaria alameda.
Helena, desconcertada por la insólita escena que se abría ante sus ojos, paseó la mirada por los Basileis apostados en las gradas, intentando comprender lo que sucedía.
Primero observó a Autólico, quien escoltó con la vista los pasos del Ánax hasta que este se perdió en el horizonte; dirigió luego su atención hacia Ío, escrutándola con descarada curiosidad. Helena se permitió un ondulante quiebre de caderas para que la Basilissa de Hera, cuyos ojos se habían clavado en ella, apreciara con mayor holgura la sinuosidad de su figura. Su mirada tropezó enseguida con la de Sísifo de Hades, a quien ya conocía de sobra; el guerrero del Inframundo le obsequió una sonrisa cómplice que ella devolvió, divertida.
Más lejos se hallaba Jacinto, quien ya descendía por las gradas con el áureo yelmo entre las manos, ajeno a cuanto acontecía a su alrededor. Cual rayo de luz que surca la llanura, el Basileus Sagrado de Apolo abandonó la arena, perseguido por el anhelo angustioso de Ío y los ojos lascivos de Helena.
En la desierta palestra quedaron únicamente Ío y Triptólemo: él, sumido en una rigidez de piedra; ella, aturdida y sin acertar qué rumbo tomar. La Basilissa rompió a llorar en silencio al comprender que, aun sosteniendo la mano de su otrora inseparable compañero, se hallaba en el mundo irremediablemente sola.
Al entrar en la tienda, Helena descubrió a Dédalo recostado en el lecho, sosteniendo sus planos con manos trémulas, y al Ánax junto a él, hincada una rodilla en tierra, escuchando atentamente.
Por momentos el anciano soltaba un extremo del pergamino, y el Ánax deslizaba la palma tras la ancha hoja para evitar que se doblase; entonces, con la mano libre, Dédalo señalaba algún punto o recorría una línea que el Piadoso seguía con fijeza, asintiendo en silencio.
Helena arrastró suavemente sus pasos, intentando no perturbar la solemnidad de aquella escena, movida por un vivo interés en la salud del anciano, a quien había abandonado en un estado deplorable. No logró, sin embargo, aproximarse, pues el Ánax, sin apartar los ojos del plano, le hizo una señal con la mano para que se detuviera.
Ahí se quedó Helena, suspensa, mientras Dédalo exponía al soberano la traza de la que habría de ser su obra póstuma.
El viejo arquitecto se mostraba prolijo y minucioso en sus advertencias, si bien semejante empeño devoraba con rapidez sus agónicas fuerzas. De tanto en tanto, el Ánax le palmeaba el pecho o apoyaba suavemente una mano sobre su hombro, invitándolo a una pausa para recobrar el aliento. Dédalo callaba entonces, resoplaba largamente hasta serenar su entrecortada respiración y se mojaba los labios con la copa de vino que el Ánax le acercaba.
Finalmente, luego de una explicación que pareció extenderse y animarse más que las anteriores, los brazos del arquitecto cedieron de golpe, dejando caer el plano sobre el antebrazo del Ánax. La cabeza del anciano se desplomó hacia el pecho y sus piernas se vencieron hacia un costado, inertes.
El Ánax se puso en pie, enrolló con parsimonia el pergamino y, en tono solemne, proclamó:
—Verdaderamente has sido tocado por los dioses y no has faltado a tu palabra. Seguro estoy de que nuestra señora sabrá mostrarse complacida y pagará, tal como te prometió, tu deuda ante Hades…
Dédalo, desmadejado sobre el lecho, escuchaba las palabras del Ánax anegado en amargas lágrimas. Incapaz de mover ya ninguno de sus miembros, dirigió sus pupilas cenicientas hacia la imponente figura del Piadoso, quien pudo descifrar, en el exiguo brillo de aquellos ojos moribundos, un hondo agradecimiento.
—Hoy serás liberado, noble arquitecto. Siempre se te recordará entre los guerreros atenienses... —le dijo el Ánax, inclinándose con marcial reverencia en señal de despedida, para volverse después y avanzar hasta donde aguardaba Helena.
La basilissa de Afrodita, comprendiendo al fin lo que se avecinaba, apretó los párpados, negándose a mirar el rostro del Piadoso.
—Hazlo... —ordenó el soberano, antes de emprender el camino hacia la arena con los planos de Dédalo bajo el brazo.
El rostro de Helena se contrajo en un rictus de pena y, al abrir los ojos, se halló a solas en la penumbra con el viejo arquitecto.
Helena se aproximó con sigilosa suavidad al lecho donde yacía el anciano, mientras se despojaba una a una de las piezas de su panoplia, procurando colmar con sus voluptuosas formas el estrecho margen visual al que estaban confinados aquellos ojos marchitos.
Se apostó frente a él y lo escuchó gemir débilmente; se puso entonces en cuclillas para buscar su mirada y leyó en sus facciones una acuciante súplica.
—No temas… —le susurró Helena, sujetando entre sus manos la enjuta cabeza del viejo.
El llanto del arquitecto se tornó más hondo, pero ya no había sufrimiento en su expresión. Intercambiaron miradas de complicidad y ella intentó ocultar con un leve parpadeo la tristeza que le producía semejante encomienda.
Helena lo envolvió con todo su cuerpo y Dédalo alcanzó a percibir sobre sus ateridos miembros un peso tibio y uniforme que lo arropaba. El aire alrededor de sus labios comenzó a enrarecerse, tornándose denso, cálido y más difícil de respirar. Aquel vaho era el aliento embriagador de Helena, quien precipitó sus turgentes labios sobre la cavidad reseca y balbuceante en que se había convertido la boca del anciano. Dédalo cerró los párpados, dejándose anegar por aquel numen tibio y dulzón, mientras la Basilissa sellaba con un beso sagrado la promesa empeñada por el Ánax.
En su postrer estertor, Dédalo reunió fuerzas para abrir una vez más sus hundidas cuencas, en cuyo fondo Helena reconoció el atávico espanto ante la muerte, que tantas veces había contemplado en vigorosos enemigos. La Basilissa cerró entonces sus ojos garzos y exhaló hondo en la boca del anciano. El cuerpo del arquitecto se tensó con violencia, vibró un instante suspendido en el trance y se distendió después, despojándose de la vida con un último y leve suspiro.
Entre tanto, el Congregador de Huestes comparecía en la arena, donde ya lo esperaba Atenea presidiendo su trono de piedra —Aquí tienes los planos diseñados por Dédalo.
El Ánax hincó una rodilla en tierra y extendió el pliego con ambos brazos.
—Debes saber, mi señora, que en esta obra dejó la vida el viejo arquitecto.
Atenea tomó el rollo y, sin siquiera desplegarlo, se puso en pie. El Ánax, desconcertado por el desapego de la diosa, se incorporó a su vez y la vio enfilar sus pasos hacia la tienda donde yacía el cuerpo del artista.
—¿Es que no deseas examinarlos, mi señora?
—¿Acaso los has visto tú? —preguntó la diosa deteniéndose apenas.
El Ánax asintió en silencio.
—¿Y quedaste satisfecho?
El Congregador de Huestes volvió a asentir con gravedad.
—Con eso es suficiente... —concluyó la hija del Crónida, reanudando la marcha.
—¿Partes ahora?
—Dédalo ha cumplido su palabra. Voy a conducirlo yo misma ante el trono de Hades y, frente a los jueces del inframundo, saldaré sus deudas... Tú, entre tanto, convoca a los Basileis Sagrados para esta misma tarde: hoy definiremos el rumbo de la guerra contra nuestros enemigos…
Dicho esto, la diosa se desvaneció en el aire gélido de la mañana.
El Ánax aguardaba inmóvil en el corazón de la arena mientras los Basileis Sagrados cerraban un círculo solemne sobre las gradas. Helios estaba a punto de ser engullido por el Ponto y, en su agonía crepuscular, había teñido de color sangre el lejano horizonte. Entonces, una diáfana y atronadora voz resonó desde el centro mismo del recinto, haciendo vibrar los muros derruidos, las losas y las columnas.
—¡Ha llegado nuestro momento! —exclamó Atenea, materializándose en medio de la arena junto al Ánax, empuñando su venablo sagrado.
La hija del Crónida recorrió con sus glaucos ojos el cerco trazado por sus Basileis Sagrados, la estirpe de guerreros más poderosa de su hueste, para reconocerlos y admirarlos uno a uno. Los contempló colmada de orgullo, pues aquella era la primera vez que se congregaban en su totalidad.
El primero en la formación era Sísifo de Hades: un guerrero espigado, de presencia grácil y casi etérea, cuya luenga cabellera plateada caía sobre hombros de oro. Sus ojos, abismales y cristalinos, delataban un espíritu audaz e indómito. Quienes lo conocían de antiguo lo apreciaban por su lealtad inquebrantable y su franqueza acaso despiadada, pero temían en él la espantosa potestad de abatir a los contrincantes sin necesidad de tocarlos. Acercarse a él, rozar su cuerpo o sostenerle la mirada desataba un letargo que arrastraba a la víctima, de manera irremediable, hacia el umbral del Inframundo. Y poco importaba si quien caía en la trampa no era propiamente un adversario: una vez traspuesto aquel lindero tenebroso, Sísifo le devoraba el alma.
A corta distancia, fascinada ante la imponente presencia de los Basileis, a algunos de los cuales no conocía sino por las fábulas que corrían de boca en boca, Helena de Afrodita permanecía sentada de costado, acentuando la sinuosa redondez de sus caderas. Ella misma, y lo sabía de sobra, se hallaba envuelta en su propia aura de misterio; pero en su caso, la leyenda no distaba de la verdad: la Basilissa consagrada a la Nacida de la Espuma poseía un apetito insaciable que la volvía tan irresistible como mortífera. Dueña del don de encender las más turbias y enloquecidas pasiones, su sola cercanía constituía una sentencia. Los demás guerreros, incluidas sus hermanas Basilissas, la contemplaban con reverencia y temor; y nadie, a excepción del Ánax y, más recientemente, del propio Sísifo, osaba entablar trato cercano con ella por temor a sucumbir irremediablemente en sus redes.
Seguíale Erecteo de Hefesto: una mole descomunal de la que emanaba un hálito denso, ominoso y amenazante. Bajo la visera de su macizo yelmo, apenas se vislumbraban una espesa y cerrada barba negra y unos labios finos, inertes, que conferían a su rostro un aspecto siniestro. Se murmuraba entre las huestes que era un hombre despiadado y cruel; por ello, y no obstante su descomunal potestad para gobernar el fuego a su antojo, muchos entre las filas lo juzgaban indigno de ceñir una panoplia sagrada. El coloso, a quien los presentes medían con ostensible recelo, resoplaba en su puesto cual toro embravecido, mientras en el fondo de sus ojos ardía la lumbre de una fragua incandescente.
A continuación se alzaba Polideuces de Dioniso, cuya estampa resultaba idéntica a la de su hermano, el traidor Cástor. El Basileus era un combatiente templado, seguro de sí mismo y de sus facultades sobre el campo de batalla. Se sabía escrutado y comprendía que era blanco de miradas suspicaces, pero no permitía que su semblante delatara la más leve señal del pesar insondable que le causaban los crímenes perpetrados por su gemelo. Encarnaba a un guerrero dotado de todas las virtudes de Cástor, que no eran pocas, pero exento de sus defectos; o al menos así lo había juzgado el sabio Quirón al promoverlo para vestir la panoplia sagrada. Polideuces, capaz de transmutarse a placer y de diluir cualquier frontera, estaba firmemente resuelto a limpiar el honor de su sangre.
En el siguiente escaño se hallaba Atalanta de Artemisa, Señora de los Bosques y de las Fieras. Saetera implacable cuya flecha dorada jamás erraba el blanco, poseía además la más consumada destreza en el combate cuerpo a cuerpo entre todos los Basileis de Atenea. Férrea e indomeñable, la hija del Crónida le había encomendado las batallas más feroces, y de cada trance había regresado invicta. Obligada a comparecer despojada de su máscara, la cazadora había dejado caer su tupida melena sobre su faz, pues no toleraba exhibir el rostro a la mirada pública. Pero, por encima de aquel retraimiento virginal, los presentes sabían bien que bastaba un solo ademán de sus manos para abatir a cualquier contrincante, con o sin el rostro velado, e incluso desprovista de su sagrada panoplia.
El puesto contiguo lo ocupaba Autólico de Hermes, combatiente de afiladas facciones enmarcadas por una espesa cabellera negra que parecía agitarse perpetuamente al viento. Poseía una voluntad indomeñable, capaz de acometer las empresas más arduas e inverosímiles; era un guerrero que ignoraba el significado de claudicar y que hallaba siempre la senda para salir airoso aun cuando todo se juzgase perdido. Quienes habían tratado con él sabían que era el mejor camarada no solo para combatir en la guerra, sino también para encarar la muerte. Autólico, el más veloz entre los Basileis de Atenea, era maestro del disimulo y la celada; pero, por encima de tales ardides, encarnaba el modelo más acabado de héroe forjado por los didáscalos del Gimnasio.
Seguía en turno Jacinto de Apolo, un gallardo y apuesto efebo de ígnea cabellera que contemplaba al resto de sus compañeros con reserva y respeto. Jacinto era un arquero infalible, capaz, además, de condensar en sus puños el fulgor viviente del Sol. Siempre se conducía con intachable rectitud, pero tal decoro se veía ensombrecido por la insólita leyenda que se había tejido en torno a sus dotes como amante; fábula que él mismo ignoraba y que constituía la causa de las miradas lascivas e incisivas que no cesaban de asediarlo. El Basileus tenía por máxima mantenerse ajeno a cualquier vanidad terrenal, pues su única razón de ser estribaba en consagrarse, con ciega devoción, al mandato de Atenea.
A su lado se hallaba Amaltea de Zeus, la primera en vestir una panoplia sagrada. El Gimnasio, en los albores de su mayor gloria, la había acogido siendo apenas una niña, pero el curso de los años la había transformado en una mujer de belleza apabullante. Sus facciones, transidas de una pálida melancolía que conmovía el ánimo, no permitían adivinar la magnitud de su fuerza. Quienes la conocían, sin embargo, y en especial aquellos que habían atestiguado el rito de su investidura, sabían muy bien que tras aquella triste pero sobrecogedora femineidad latía el don más devastador e ingobernable de cuantos poseía el ejército ateniense: la potestad de desatar sobre la Tierra el trueno mismo del Crónida. Amaltea permanecía sentada con la cerviz erguida, los ojos clavados en la presencia de Atenea y las piernas juntas, resguardando sobre el regazo, bajo la quietud de sus delicadas manos, la máscara forjada por el Dios Hefesto.
Venía luego Pentesilea de Ares: una guerrera esbelta y de considerable estatura, cuya cabellera de tono vinoso se entrelazaba en torno al amenazante penacho escarlata que coronaba su yelmo sagrado. Pentesilea poseía un temperamento esquivo y taciturno, pero se la reverenciaba en el Gimnasio por haber domeñado ella sola a las indómitas urbes mineras de la Hélade, sometiéndolas al cetro de Atenea. Se le reconocía, pues, por tan notable proeza en favor de la causa común, aunque constituía un secreto a voces que sus ardides de campaña solían rozar la más despiadada crueldad. Apostada con insolente desparpajo sobre la grada, cruzadas sus largas y estilizadas piernas, no parecía prestar la menor atención a sus pares; se entretenía, más bien, balanceando con displicente tedio, ensartada en la aguda moharra de su lanza infalible, la máscara de Medusa forjada por Hefesto.
El siguiente Basileus apostado en las gradas de la derruida arena era Telémaco de Poseidón, quien no conocía a ninguno de sus pares, y a quien los demás escrutaban por vez primera con viva curiosidad. El vástago de Odiseo, que poco a poco había ido desentrañando las potestades de su sagrada panoplia para domeñar las aguas del océano y cimbrar la tierra con furia telúrica, se sabía un extraño entre aquellos guerreros de deiforme estampa. Aun así, conservó una serena dignidad; y aunque su espíritu zozobraba al anticipar los horrores del conflicto inminente, se aferraba con entereza a la determinación de combatir hasta el fin, codo a codo, junto a aquellos extraños a los que, al igual que a Belerofonte en Ítaca, consideraba ya sus legítimos hermanos.
Cerraban el cerco los dos caídos en desgracia. Primero, Triptólemo de Deméter, quien permanecía sentado, en absoluta rigidez, cual si hubiese sido petrificado por alguna de las guerreras presentes. Era el más joven entre los Basileis, apenas un niño; y para escarmentar su insensatez, el Ánax lo había forzado a comparecer ante la asamblea desprovisto de armadura, vistiendo únicamente sus antiguas ropas de aspirante. El muchacho siempre había sido retraído y taciturno, pero era poseedor de un dominio inigualable sobre los elementos germinales y las entrañas de la tierra. Al Ánax le turbaba el abismo que se abría en el fondo de aquel espíritu inmaduro y apasionado, pues a juzgar por los desastrosos sucesos de la noche anterior, su impulsiva juventud lo tornaba peligroso incluso para sí mismo. Con todo, resultaba imposible prescindir de su presencia: su papel se perfilaba decisivo en la guerra que estaba a punto de estallar.
A su lado se encontraba Ío de Hera, a quien el Ánax también había forzado a comparecer desprovista de panoplia, vistiendo los humildes sayales de sus días de aspirante. A la doncella le hervían las entrañas de humillación y rabia al contemplar a las demás guerreras luciendo con orgullo sus resplandecientes armaduras sagradas, mientras que la suya reposaba ahí, frente a sus pies, arrumbada en un burdo costal junto a la de Triptólemo. Ío albergaba un poderío comparable tan solo al de Amaltea, si bien insospechado para ella misma; una investidura otorgada demasiado pronto, según juzgaba ahora con amargura el noble Congregador de Huestes. Capaz de trastornar el juicio de los hombres e infundir la más delirante locura en el corazón de sus adversarios, la joven Basilissa destacaba por ser sagaz, calculadora y meticulosa, aunque ahora se hallaba presa de sentimientos mundanos y turbios, propios de su inmadura edad.
Presidía el concilio de Basileis el propio Agertes de Atenea, ahora ungido como Ánax soberano. Su armadura sagrada reposaba en el palco de la arena, pues el Congregador de huestes vestía las armas del difunto Aquiles. Satisfecha, Atenea cruzó una mirada de entendimiento con él y volvió a recorrer las gradas con sus glaucos ojos. Cuando terminó de abarcar el círculo guerrero, exclamó henchida de orgullo, ensanchando su regio pecho:
—¡Renaceremos de entre nuestras ruinas! Aquí, sobre este macizo de roca, edificaremos, conforme a las trazas del insigne artífice, el fallecido Dédalo, una Acrópolis inexpugnable —exclamó la diosa, alzando ambos brazos e iluminando el recinto entero con el refulgir divino de su venablo.
La diosa hizo una pausa para escrutar en los semblantes de los Basileis Sagrados el efecto de sus palabras. Nada halló en ellos salvo asentimiento fervoroso y la firme resolución de entregarse de inmediato a las obras.
Inundada por aquella luz sobrenatural, la devastación del Gimnasio se reveló ante los ojos de los Basileis con una crudeza jamás contemplada. De algún modo, todos comprendieron en aquel solemne instante que la hora de la expiación y la justicia había llegado. Incluso Ío y Triptólemo cayeron subyugados por la magnitud de aquel momento decisivo.
Atenea estaba convencida de que, si lograban materializar en roca viva lo que Dédalo había concebido en virtuosos trazos, no habría ninguna potencia capaz de doblegarles, con la sola excepción, desde luego, de su soberano padre. La expectación entre los Basileis crecía por instantes; algunos se habían puesto ya en pie sobre las gradas, y la hija del Crónida apresuró su arenga.
—Una vez que la Acrópolis haya sido edificada, lo cual debe consumarse cuanto antes, estaremos al fin en condiciones de hacerle pagar a Ares, a su linaje y a su sanguinaria hermana la infame devastación de nuestro santuario, y de sojuzgar a cualquiera que, de aquí en adelante, ose atentar contra nuestro orden supremo de belleza, verdad y la virtud... —concluyó Atenea.
Al instante, un aura radiante y sonora comenzó a emanar del venablo de la diosa, encendido en un fulgor tan puro como el de un astro naciente. Tocadas por aquel hálito de luz y resonancia, las panoplias de Deméter y de Hera rompieron las ataduras de sus burdos costales y volaron por el aire para ceñir de nuevo, en un abrazo de metal bruñido, los cuerpos de sus legítimos dueños. Luego, transfiguradas por aquella emanación divina, las doce armaduras de los congregados, junto con la panoplia de Atenea resguardada en el palco, empezaron a refulgir y a entonar un himno coral consagrado a la memoria de todos los guerreros y gimnetas caídos.
Aunque cada armadura vibraba con su propio timbre y matiz de luz, el conjunto se ensamblaba en una sinfonía perfecta e inquebrantable. La arena del arrasado Gimnasio se transformó en un vórtice cósmico, donde se fundían en torbellino los resplandores y los cánticos de todas las panoplias sagradas consagradas a los Olímpicos.
Daba comienzo la era de Atenea…
Acrópolis
Atenea ha decidido reunir sus fuerzas antes de actuar contra los perpetradores del mortífero asalto al Gimnasio. Por primera y única vez, los trece basileis sagrados se congregan en el mismo tiempo y espacio.
Sobre las ruinas del recinto, la hija del Crónida edificará una fortaleza inexpugnable, una Acrópolis, siguiendo las trazas del viejo Dédalo, el más grande artista de la Hélade. Es el nacimiento de la era de Atenea y la víspera de la Guerra Olímpica.
Fuentes:
La acrópolis constituyó el núcleo defensivo de la polis griega, pues se levantaba sobre la altura más fuerte y fácilmente defendible del territorio urbano. Al describir la Atenas primitiva, Tucídides señala que la ciudad antigua estaba concentrada en torno a la Acrópolis y a las laderas inmediatas de la roca sagrada (Historia de la guerra del Peloponeso II.15.3-6). La referencia al antiguo recinto del Pelárgico (Pelargikón) y a las murallas que rodeaban el promontorio (II.17.1) permite reconocerla como una ciudadela fortificada, capaz de servir como centro político y refugio en caso de invasión. Además de constituir un espacio religioso o ceremonial, la acrópolis garantizaba el control efectivo de la comunidad, de sus magistraturas y de sus recursos estratégicos.
La función militar de la acrópolis se aprecia con especial claridad en el relato de Heródoto sobre la invasión persa. Después de la evacuación de Atenas, un grupo de defensores permaneció en la Acrópolis confiando en la solidez de sus defensas y en los accesos abruptos de la roca (Historias VIII.51-53). Los persas tuvieron que buscar una vía de ascenso difícil y poco vigilada para penetrar en la fortaleza, lo que muestra que la acrópolis era concebida como el último reducto de resistencia de la polis. De manera semejante, numerosos episodios recogidos por Jenofonte y Polibio muestran que la toma de una acrópolis equivalía prácticamente a la conquista de toda la ciudad, pues desde ella se dominaban las comunicaciones, las defensas y el gobierno local. En la historiografía griega, por tanto, la acrópolis aparece como la expresión material de la seguridad y de la soberanía de la ciudad-estado.