Canto undécimo
Dédalo

El Ánax se detuvo al escuchar el murmullo de una voz dulce y meliflua que se mezclaba con el lejano borboteo del agua. Temiendo ser descubierto, se desplazó sigilosamente entre los tupidos árboles de caídas ramas, de las que colgaban frondosos frutos, hasta divisar las voluptuosas formas de un cuerpo flotando en el ojo de agua. Agertes, el congregador de huestes, se arrastró lenta pero decididamente hasta un extremo de aquel lago de color turquesa, donde espumaba la catarata que le hacía coro al jubiloso canto de mujer. Ya no albergaba dudas: quien se bañaba en las tibias aguas era Helena, la basilissa de Afrodita.

El Ánax intentó calcular cuánto tiempo había transcurrido desde que descubrió a Helena chapoteando en la orilla de aquel mismo estanque, antes de conducirla al Gimnasio para iniciar su formación. Su voz y la tonada parecían las mismas, con la salvedad de que ya no evocaban una cándida copla infantil. Aquella melodía incomprensible ya no era el canto risueño de la niña que salpicaba el agua con sus diminutos pies; la canción, aun siendo la misma, se había transformado en el reclamo apremiante de una mujer que había madurado como los higos que cubrían el suelo en torno al remanso.

Oculto entre los troncos, el Ánax alcanzó a distinguir, a un costado de la cascada, el brillo rosado de la panoplia sagrada de Afrodita y, sobre ella, el diáfano fulgor de la máscara divina. Aquello le pareció una negligencia imperdonable, y resolvió hurtar las sagradas vestiduras para darle un severo escarmiento. Procuró obrar con extrema cautela, pues Helena era una guerrera de poderío formidable; si ella lo atacaba, se vería forzado a defenderse y ambos, con certeza, saldrían malheridos.

En su silencioso avance hacia la panoplia divina, el Ánax fue tropezando con restos humanos bullentes de gusanos. Para su asombro, aquel sinuoso rastro de despojos no hedía, sino que despedía un aroma cada vez más intenso y penetrante a los lirios que florecían en las márgenes del torrente. Cuanto más se aproximaba, reptando por senderos cenagosos y estrechos, más limpios y pulcros se mostraban los cráneos y las osamentas. De pronto, el Ánax se halló vadeando un lecho de huesos blancos y sonoros, por lo que debió frenar su avance para no delatarse.

Mientras meditaba el modo de alcanzar la panoplia, comenzó a sentirse obnubilado. Una tibia lasitud se apoderó de sus miembros al entregarse a la escucha de la dulce melodía, y comprendió que aquellos restos pertenecían a hombres temerarios pero incautos que acaso se habían propuesto la misma empresa. El Ánax advirtió que, de permanecer inmóvil, sus propios huesos acabarían nutriendo aquel húmedo osario. Hurgó entonces entre los esqueletos hasta dar con una mano, de la que arrancó las falanges de los dedos medio y anular, y con ellas se taponó los oídos. Al fin inmune al hechizo del enigmático canto, el Ánax cobró impulso, dio un salto ágil y, suspendido en lo alto, eclipsó por un instante el sol que acariciaba la tersa silueta de Helena, precipitándose velozmente hacia la panoplia de Afrodita hendiendo el aire a su paso.

El canto de la basilissa cesó de golpe. La guerrera, desconcertada, emergió del agua con presteza, descubriendo sus exuberantes formas, y corrió hacia su panoplia; pero al alcanzar el sitio donde la había dejado, ya no la encontró. Aún temblaban sus pechos y sus muslos cuando escuchó la voz del Ánax, erguido en la cima de la cascada sosteniendo las sagradas vestiduras:

—Debes presentarte cuanto antes en el Gimnasio, por mandato de nuestra señora Atenea…

—¡Eres tú! —exclamó Helena, exhalando un suspiro de alivio mientras se protegía los ojos del sol para contemplar con mayor claridad a su asaltante.

—Si hubiese sido el enemigo, además de las divinas vestiduras habrías perdido la vida… —sentenció el Ánax con aspereza.

—Tienes razón, basileus de Atenea… Devuélveme ahora mi panoplia y también mi máscara… —reclamó Helena, entornando los ojos para divisar mejor al atrevido ladrón.

—Como Ánax has de dirigirte a mí. Esta panoplia, al igual que la máscara, quedan decomisadas en castigo por tu imprudencia.

—¿Tú, Ánax? ¿Y qué fue del valeroso Aquiles? —preguntó Helena, intrigada.

—Parte ya, que de eso y mucho más habrás de enterarte al comparecer ante nuestra señora…

—¿Y esperas, Ánax, que me presente en el Gimnasio desnuda? —preguntó Helena, adoptando una sugestiva postura que acentuó la tortuosa sinuosidad de sus formas.

El congregador reflexionó por un instante y comprendió que aquello no representaba escarmiento alguno para Helena, y sí un suplicio para quien tuviera la desdicha de mirarla. Dejó caer las vestimentas sagradas y se marchó con tanta presteza como le fue posible. Cruzó montes y collados a una velocidad inaudita; casi volaba con desesperación, como si la premura le permitiese dejar atrás sus inconfesables pensamientos, hasta que, entrada la noche, alcanzó un elevado peñasco sobre una tierra ignota y un mar embravecido.

Absorto en la contemplación de la luna y las estrellas, que trazaban un manto lechoso de un confín al otro de la cúpula celeste, halló al fin reposo para recobrar el aliento. Pero fue allí, expuesto a la inmensidad del cosmos, donde lo asaltó un anhelo aún más intenso y apremiante que aquel del que acababa de huir: el Ánax sintió el deseo irrefrenable de despeñarse y ser devorado por el rugiente abismo del océano. Sentía el llamado irresistible de la negra eternidad, en cuyas aguas deseaba sumergirse tan solo para averiguar si también allí imperaba la inapelable voluntad de Atenea.

Horrorizado ante la impiedad que acababa de concebir, el Ánax admitió que la fatiga nublaba ya su juicio. Había perdido la cuenta de los días y las noches consagrados a recorrer el orbe en pos de los guerreros atenienses, y sintió de golpe cómo el peso de cuanto había vivido desde la infausta noche del asalto al Gimnasio se agolpaba en sus sienes.

Aún restaba un guerrero por hallar, pero ya no le quedaban fuerzas para ir en su busca: era el hoplita de Lobo, a quien Atenea encomendara una crucial misión más allá de las tierras hiperbóreas, y de quien jamás se volvió a tener noticia tras su partida. Carente ya de arrestos para emprender una travesía tan remota, el Ánax, con pasos lentos y desfallecientes, tomó la senda de regreso al Gimnasio.

Una esbelta saeta cubierta de pies a cabeza por un manto se abrió paso por las oscuras y solitarias calles de Cámico. Era una noche plácida, silenciosa y sin luna, que ponía al descubierto el impecable trazo de la ciudad, así como su moderno sistema de iluminación, único en toda la Hélade. La extraña saeta andaba sin prisa pero con resolución, cual si recorriese un camino transitado incontables veces; a su espalda, llevaba colgado un escudo grabado con la forma del caduceo y en la diestra, usándolo a ratos como bastón, un caduceo exquisitamente tallado. Cruzó el ágora, que era perfectamente circular y se hallaba bordeada por cuatro arcos de gruesas columnas enfrentadas en forma de cruz.

Al dejar la plaza, ascendió por una alta escalinata interrumpida por amplios descansos, custodiados a cada lado por magníficas estatuas de imponentes bestias. En el primer rellano, un par de soberbias águilas desplegaban sus tupidas alas, que en días soleados prodigaban refrescante sombra a los camicenses. En el segundo descanso reposaban dos toros membrudos con los morrillos erguidos y la testuz apuntando al horizonte; su estampa serena e indiferente rayaba en la regia solemnidad. En el tercer descanso, dos leones de semblante sobrio y alargado, recostados sobre el vientre, se miraban como si se reflejaran en un espejo, celebrando, uno en los ojos del otro, su indiscutible señorío.

Desde ahí, al volverse, la saeta divisó, en el confín oriental más distante, la silueta recia y ondulante del acueducto que abastecía de agua a la polis: semejaba el lomo terso de una serpiente ciclópea ciñendo la ciudad. Hacia el poniente, coronando la acrópolis, se erguía el palacio del soberano: un edificio compacto, sólido y bien iluminado, orientado hacia el anchuroso mar y flanqueado por nutridas hileras de altos abedules. Tras recrear la vista en la majestuosa arquitectura de Cámico, el caminante reanudó la marcha.

Calles más adelante, la saeta se encontró ante las recias y elevadas columnas de un templo. Al rodearlo, pensó en lo mucho que aquel pueblo debía venerar a su arquitecto, quien con sus prodigios le había procurado una creciente prosperidad. La saeta se asomó con discreción al interior del santuario de alta techumbre tan solo para distinguir, en el frontis del patio, la orgullosa y magnífica figura de Atenea, esculpida en un mármol blanquísimo donde parecía concentrarse la débil luz de las lejanas estrellas. Una sonrisa de complacencia se dibujó en los labios del viajero, que se apresuró a continuar su camino.

Apenas comenzaba Helios a asomar su corona dorada cuando la ágil saeta descendía hacia el extremo oriental de la urbe, cruzando largas avenidas flanqueadas de viviendas. Las calzadas comenzaron a animarse con el bullicio de toda gran ciudad y pronto le fue imposible avanzar en línea recta. Empezó a zigzaguear entre las gentes que iban y venían sin prestarle mayor atención, pese a su inocultable porte de extranjero, pues en Cámico todos parecían habituados a los forasteros. La saeta se detuvo al alcanzar el arco donde nacía el barrio de los oficios: el más apartado hacia el levante y el único, entre todos los distritos de la populosa ciudad, vertebrado por una sola calle, la más ancha y dilatada de todas. Lo que Atenea le había encomendado buscar en aquella remota polis aguardaba ahí, en medio de aquel hervidero humano.

La saeta cruzó el umbral y se adentró en la bulliciosa vía.

La saeta comprobó que las personas que acudían a los primeros locales a adquirir bienes o requerir servicios provenían de las zonas más acaudaladas de Cámico, no solo por la ostentación de sus vestiduras, sino porque los precios, en aquel tramo inicial, eran considerablemente elevados. Clientes menos pudientes procuraban internarse algo más en la ancha avenida, hasta el sector donde las tarifas comenzaban a menguar.

Al alcanzar este punto, la saeta se vio forzada a aminorar el paso: no había modo de cruzar con holgura a través de aquel hervidero humano que examinaba, hurgaba y regateaba con afán. Le tomó toda la mañana y parte de la tarde sortear el trecho donde los precios se mantenían estables. Oscurecía ya cuando la silueta pudo al fin recobrar ritmo y ligereza, a partir de una linde indefinible donde tanto los costes como los viandantes comenzaban a decrecer lenta pero constantemente.

Helios concluía su recorrido celeste cuando, cual si obedecieran a su postrer destello, se encendieron todas las farolas de la ciudad, incluidas las que trazaban con pálida luminiscencia las dos líneas convergentes en el distante confín del barrio de los oficios. La saeta se maravilló ante semejante portento de ingeniería.

La noche avanzó enfriando el ambiente, y el emisario advirtió con extrañeza que los comercios no cerraban y que aún transitaban sombras por la calzada. Los locales de aquel sector, sin embargo, eran todos miserables, y las figuras que en ellos comerciaban parecían arrastrar su penuria con torpe desvarío. La saeta, que de nuevo tenía la vía expedita, se detuvo aquí y allá a observar desde lejos aquellas escenas de indigencia, que le resultaron no solo repulsivas, sino también sospechosas.

Se aproximó con cautela a una de aquellas patéticas conferencias para averiguar en qué términos negociaban quienes ya nada poseían para ofrecer. Pronto notó que ninguno reparaba en su presencia; de modo que, sin vacilar, avanzó veloz, como un dardo, internándose en la interminable avenida. Se detuvo al azar bajo el cono de luz de una mortecina farola, donde todavía descubrió parejas regateando a ambos lados del camino. La saeta se volvió y comprobó que desde aquel punto ya no se divisaba edificio alguno de la urbe, ni siquiera la alta techumbre del templo de Atenea.

Avanzó con paso lento pero precavido hacia los tratantes más cercanos. Pisó fuerte, levantando el polvo de la calzada yerma; respiró hondo y exhaló con estruendo; carraspeó e incluso tosió con fuerza, pero nadie se dignó a mirarlo. Apuntó entonces el caduceo hacia la farola que alumbraba a los comerciantes y la pulverizó con un rayo fulgurante; ni aun así aquella pareja, sepultada en la penumbra, interrumpió su regateo.

La saeta se interpuso entre ambos cuerpos, que, aún teniéndolo en medio, continuaron gesticulando y balbuceando simulacros de palabras. Posó la punta del caduceo en la frente de uno de ellos, que no cesaba en sus rítmicos ademanes, y le destrozó la cabeza en un chispazo incandescente; el tronco descabezado prosiguió imperturbable sus autómatas movimientos. El caduceo ardiente cayó entonces sobre el pecho del otro individuo y lo hizo estallar en mil pedazos.

La detonación fue tan violenta que horadó el suelo, dejando al descubierto, bajo el sitio donde habían estado los pies de ambas figuras, un intrincado engranaje de cuerdas, ruedas dentadas y poleas que no cesaban de oscilar con acompasada armonía. La saeta comprendió que había caído en un insondable laberinto: un ingenio que ocultaba sus trampas bajo la apariencia de una recta infinita, donde los viandantes del último tramo eran meros artefactos animados por la maquinaria subterránea. La treta no era descabellada tratándose del singular artífice a quien había ido a buscar.

Súbitamente, su pecho se contrajo presa de una emoción que hasta entonces le era desconocida: angustia.

La saeta se detuvo, extenuada. Había corrido durante una jornada entera sin descanso y sin alcanzar destino alguno. Al frente, la avenida parecía prolongarse indefinidamente, aunque ya no habían más farolas ni autómatas; la última pareja de muñecos mecánicos había quedado atrás hacía uno, dos o quizá tres días: había perdido ya la noción del tiempo transcurrido desde que cruzara el arco del barrio de los oficios.

Resollando, agobiado por una vorágine de negros pensamientos, el emisario procuró situarse en el centro exacto de la calzada. Justo allí, clavó la base del caduceo en el piso, como si fuera una estaca. Cerró los ojos y, guiado por su instinto, reemprendió la carrera a una velocidad inaudita, irreal, procurando sostener una trayectoria recta inmutable.

Así avanzó durante el resto del día, abriendo un surco en el pavimento que estallaba arrojando afiladas esquirlas; su propósito era descubrir si existía alguna curvatura imperceptible en la avenida. Al frenar en seco, comprobó que la hendidura no se aproximaba más a ninguna de las dos aceras. Entonces no albergó duda alguna: se hallaba atrapado en un laberinto tan funesto como fantástico.

La noche caía pesada sobre sus fatigados hombros. El estrecho surco a sus espaldas se perdía donde la vista ya no alcanzaba la luz, y, hacia adelante, no parecía aguardar más que aquel insondable vacío flanqueado de muros blancos. La desesperación se apoderó de su juicio de forma despiadada, arrancándole un estridente alarido.

Con aquel grito, su cuerpo estalló en una llamarada abrasadora que redujo a cenizas su discreto manto, dejando al descubierto el fulgor de una panoplia divina. Había llegado la hora de tomar una decisión irrevocable: retroceder o continuar.

Podía volver y reiniciar el rastreo partiendo otra vez del arco donde nacía el barrio de los oficios. Desandar lo andado, sin embargo, significaba perder aún más jornadas, incluso si regresaba al límite de sus fuerzas y sin concederse tregua. Pensó entonces que, al no existir desvíos en la avenida, tal vez alguno de entre las decenas de miles de locales de los primeros tramos ocultaba el acceso a un pasadizo que lo conduciría a su destino. No había manera, sin embargo, de comprobarlo salvo registrando cada establecimiento, empresa que habría demandado el empeño no de una, sino de incontables vidas. Volver no suponía otra cosa que abdicar de la misión urgente que le había encomendado Atenea.

La senda estaba trazada: debía seguir avanzando.

Al decidir continuar, se propuso moderar su paso, pues no podía dilapidar en ráfagas furiosas toda su energía. Así, avanzaba con presteza y constancia, y lo hacía, aún con mesura, a una velocidad jamás vista en mortal alguno. Tres, cuatro y hasta cinco veces le habría dado ya la vuelta a la tierra, pensó, pero todavía no vislumbraba el final de aquella nefasta avenida. Se detuvo al contemplar los tenues hilos rosados de Eos anunciándose en el horizonte; echó un vistazo al camino recorrido, respiró hondo y reemprendió la marcha.

Parecía una estrella fugaz cruzando veloz la amplia calle y dejando tras de sí una estela dorada. Ya no quedaba desesperación en su pecho, ni angustia o desasosiego; su espíritu entero se hallaba inflamado de una férrea e indómita determinación. Pero no era su moral la que iba a ceder, sino su cuerpo: cuando volvió a detenerse para tomar aliento, el sol implacable del mediodía caía a plomo sobre su panoplia sagrada.

De nuevo se abatió la noche y la saeta frenó en seco. Todo en torno suyo era completa y absoluta oscuridad. Aquella era, como la anterior, una noche sin luna, y solo un escaso racimo de pálidas estrellas tachonaba el firmamento. El emisario apuntó al frente con el yelmo, de cuya punta emergió una pálida luz: ante sus ojos avistó el mismo abismo interminable, pero con el negro vértice de las aceras paralelas un poco más próximo. Incrementó la luminosidad del cetro y el vértice oscuro pareció replegarse; convirtió entonces la punta del caduceo en un globo de luz para proyectar la sombra más lejos y reanudó la marcha.

La saeta lo ignoraba, pero su ritmo había mermado no solo por la dificultad de marchar en penumbra, sino por el desgaste energético que le exigía aquel fulgor. Sospechaba, y razón no le faltaba, que aquella espesa tiniebla formaba parte de las trampas del laberinto.

Al contemplar de nuevo los primeros rayos de la dorada cabellera de Helios despuntando por el oriente, la saeta se detuvo. Su mente comenzó a divagar y, de improviso, imaginó que Atenea ya no lo esperaba más. Pensó que, ante su prolongada ausencia, la diosa habría dado por sentado su fracaso, o algo peor, encomendando la misión a un emisario más capaz. Su orgullo sufrió un golpe indecible ante semejante conjetura, pues su soberbia se negaba a concebir la existencia de alguien superior.

Durante su monótona y extenuante travesía, recordó la conversación sostenida con Atenea al retornar al devastado Gimnasio. Las palabras de la divinidad aún resonaban con fuerza en su cerebro embotado; se las había proferido en la arena, desde donde pudo contemplar en su espantosa magnitud la inaudita saña del asalto perpetrado por los dioses de la guerra y por el traidor Cástor, con quien antaño compartiera instrucción en la primera generación de aspirantes reclutados por Agertes.

Ahí, Atenea le había revelado la trascendencia del personaje que le ordenaba traer desde Cámico para su estrategia bélica frente a Ares y ante cualquier otro mortal u olímpico que osara desafiarla. Aquel a quien buscaba en el interminable barrio de los oficios constituía una pieza crucial, indispensable e insustituible para la supervivencia de la causa divina.

Por ello, cuanto más avanzaba, más naufragaba su pensamiento en un piélago de sombríos presagios que desembocaban invariablemente en una misma escena: su cadáver exánime tendido en un punto perdido de aquella infinita avenida, y su panoplia remontando el vuelo de regreso al Gimnasio. Abatido, aturdido, se dejó caer de rodillas y posó la frente contra el frío pavimento. Con el cuerpo y el espíritu quebrantados, su voluntad, antaño audaz e indómita, comenzó a desmoronarse.

Todo era silencio y oscuridad. La saeta volvió la cabeza y apoyó una mejilla en el pavimento: estaba fresco. A la lúgubre estampa de la panoplia divina abandonando su cadáver le sucedió otra que lo sobrecogió todavía más. Aquella visión cobró vida propia en su febril imaginación; pudo incluso escucharla y se sintió envuelto por ella, pero no lograba asirla. Allí estaba, próxima, casi al alcance, latiendo dentro de él, pero completamente esquiva, vacía, intangible. La desesperación lo hizo sucumbir y quedó inmóvil, con el pecho aplastado contra el suelo. Antes de perder el sentido, sus marchitos labios apenas alcanzaron a susurrar:

—Agua…

Hefesto recorría frenético el camino de regreso al mundo sin ser visto por ninguna de las ánimas que pululaban por los Campos Elíseos. Estaba henchido de valor y determinación, y nada deseaba tanto como enfrentarse cuanto antes a Ares, su odiado enemigo, para rescatar a Cástor. Impaciente, aguardó en la orilla del Aqueronte la barcaza de Caronte, que al arribar descargó una nueva y nutrida comitiva de espíritus.

Abordó con sigilo, sin que el barquero lo advirtiera, y ocupó un rincón en la popa, donde meditó durante todo el trayecto en las infinitas posibilidades que le brindaba portar aquel yelmo. Al alcanzar la otra orilla del río, echó a correr hacia la superficie, ansioso por poner a prueba su audacia: estaba hambriento de luz y de aire.

Afuera resplandecía un día espléndido. Las corolas abiertas recibían a las abejas que libaban el néctar y partían luego, trazando erráticas y difusas líneas en busca de pétalos más frescos y coloridos. Las ramas de un frondoso y solitario naranjo, enraizado en la cumbre de una verde ladera, se inclinaban hacia el suelo vencidas por el peso de frutos redondos y maduros. El caudal cristalino y cantarín de un estrecho riachuelo engullía las naranjas que se desprendían del ramaje, arrastrándolas hacia un entramado de lozanas colinas que parecía no tener fin.

El dios herrero, atónito ante aquella frescura, dudaba si era este el mismo paraje por el que se había adentrado en las negras regiones del averno. «¿Cuánto tiempo ha pasado?», se preguntó, consciente de que la percepción del transcurrir del tiempo era diferente en el mundo de los mortales respecto a las moradas eternas como el Olimpo o el Hades, del cual acababa de emerger. De pronto, la belicosa euforia del dios mutó en una punzante inquietud.

Incapaz de precisar cuánto tiempo había transcurrido durante su estadía en el inframundo, Hefesto se preguntaba si Castor vivía aún, mientras contemplaba al naranjo desprenderse de sus frutos sin empobrecerse. «¿Cuánto tiempo ha pasado?», volvió a preguntarse, atraído por el trayecto que recorrían las naranjas al caerse, hasta ser engullidas por la corriente del riachuelo que se las llevaba cuesta abajo. El dios se acercó a la orilla del arroyo y cogió al paso uno de los frutos maduros. Lo miró detenidamente y en la cáscara creyó distinguir el tejido de una tersa y aceitada piel.

Se despojó del casco de invisibilidad y clavó los dientes en el fruto para anegar su boca con el néctar. Apenas probó el dulce jugo, el icor de sus venas comenzó a hervir, forzándolo a escupir los tiernos gajos. Arrojó con violencia lo que quedaba del fruto contra la tierra, temblando de rabia mientras sus ojos relampagueaban furiosos. Su pretérita resolución de acudir en rescate de Cástor se transformó, de improviso, en una calcinante llamarada de celos que desvió su rumbo.
Hefesto se lavó la boca en las frías y rápidas aguas del riachuelo para despojarse del empalagoso dulzor de la naranja. Se ciñó de nuevo el yelmo de Hades y, olvidándose de Cástor, por quien había emprendido su descenso al inframundo, marchó a toda prisa hacia su morada, en la que ansiaba irrumpir oculto bajo el velo de invisibilidad…

Era de noche cuando la saeta abrió los ojos. Intentó levantarse, pero la panoplia le pesaba; se sentía muy débil y frágil. Al levantar la cara creyó divisar, a la distancia, algo que parecía ser una tenue mancha, ubicada justo en el lejano vértice del horizonte en el que debían converger ambas aceras. Arrastró una mano hasta su rostro, se talló y entornó los ojos, y la mancha seguía ahí, solo que ahora parecía parpadear, muy tenuemente, como la más lejana de las estrellas del firmamento. Se levantó, sacando fuerzas del frescor de la noche que lo envolvía y avanzó, tambaleante, apoyándose en su caduceo. Cuanto más avanzaba, más próxima se apreciaba aquella mortecina luz. Llegado el momento, se convenció de que sus exangües ojos ya no podían mentirle: algo, sin duda, palpitaba allá lejos, en el fondo de la ancha avenida.

Ya amanecía cuando logró distinguir claramente el final: la fachada de una austera casa cerraba el camino de acera a acera. La luz provenía de dos amplias ventanas, una a cada lado de la puerta. Era una luz amarillenta que inspiraba calor y tras la cual no se alcanzaba a percibir movimiento alguno; parecía que algún tipo de velo translúcido las cubría desde adentro.

Cuanto más se aproximaba, arrastrando con penoso esfuerzo su existencia, más le extrañaba que el artífice de aquel laberinto infernal y de la portentosa polis habitase una construcción tan tosca y rústica. Un pensamiento aterrador nubló su juicio: «¿No será esta la verdadera entrada al laberinto?».

El alba despuntó por completo y las luces de aquella sobria morada se extinguieron. Supo entonces, con certeza inequívoca, que alguien aguardaba en su interior. Presa de una indescriptible sensación de irrealidad, descargó el puño contra la sólida puerta de encino. Instantes después, el batiente se abrió.

—¿Quién eres? ¿Qué eres?

—Yo soy Autólico, basileus sagrado de Hermes, servidor de Atenea, y tú eres Dédalo, el arquitecto. Vengo por ti para llevarte ante mi señora… Ahora, dame agua… —alcanzó a pronunciar el guerrero, tras lo cual se desplomó sin sentido a los pies del viejo arquitecto.

Dédalo contemplaba, embelesado, el exquisito detalle con el que estaba forjada la panoplia de su insólito huésped. Intentaba averiguar, examinándola a través de una lente que amplificaba la visión de los objetos, si el metal con que fuera fundida era oro puro o producto de alguna insospechada aleación; mucho le habría complacido, incluso, verter sobre las piezas algún ácido para deducir su composición, pero temía la reacción que la sustancia pudiese provocar en su portador.

El muchacho se zafó violentamente, dejándole un mechón de pelo entre las uñas y se apartó, encaminando sus pasos hacia la superficie.

—Cuando me des la máscara, me entregaré a ti… —le prometió al fin Enio.

Cástor se detuvo en seco, recorrido por un escalofrío. Se volvió entonces y la vio allí plantada: seductora, sonriente, perversa, y la sangre bulló en sus venas; se abalanzó precipitadamente sobre ella, pero la diosa se esfumó en una estruendosa carcajada, dejando tras de sí una bermeja nube que se deshizo entre sus dedos anhelantes.

El joven herrero salió del socavón con paso titubeante y las manos trémulas, turbado por la promesa que acababa de hacerle la deidad. Así llegó hasta el sitio donde sus antiguos compañeros habían sido masacrados y no pudo evitar sentir lástima por ellos. Recogió con sus propias manos los despojos y los arrojó al fuego; después tomó el fuelle y avivó las brasas para no prolongar más el tormento de aquellas panoplias sagradas.

Encandilados por el chisporroteo que desprendía el bronce al fundirse con la carne y los huesos de quienes fueran sus portadores, nadie reparó en el delgado hilo de agua que avanzaba serpenteando hacia el exterior; nadie, excepto Cástor, que reconoció en aquel cristalino líquido el postrer hálito de Faetón: «Ve con bien y encuentra tu camino», enunció el jóven artesano, transmitiendo su mensaje a aquella corriente que ya se escurría fuera del campamento, en dirección al río más cercano.

Jacinto, el basileus sagrado de Apolo, se postró respetuosamente a los pies de Atenea.

—Levántate… —lo conminó la diosa, y el guerrero, solícito, se puso de pie—. Te he hecho venir, como a los demás, para tener a todas mis fuerzas reunidas, pero he de pedirte que partas de nuevo a cumplir un encargo muy especial.

—Estoy a tus órdenes, mi señora —respondió Jacinto, inclinando la cabeza.

—Desde aquel lejano día en que Hefesto partió del Gimnasio, nada hemos sabido de él. Necesitamos averiguar su paradero, lo que hace y a quién sirve ahora…

—Pensé, mi señora, que se había retirado a su morada, con su esposa Afrodita.

—Así fue, pero después abandonó el hogar y no hemos vuelto a saber de él. Si ha estado sirviendo a otro olímpico, a Ares, por ejemplo, tendríamos que estar prevenidos.

—Sería una desgracia que Hefesto sirviera a nuestro enemigo —completó Jacinto, pensativo.

—No podemos darnos el lujo de especular. Es preciso saber dónde se halla y qué está haciendo.

—Sea, pues —asintió Jacinto—. ¿Qué debo hacer cuando lo encuentre? ¿Debo traerlo a comparecer ante ti, mi señora?

—Debes limitarte a conocer su paradero y su conducta; cuando me informes al respecto, decidiré cómo proceder… —Jacinto asintió de nuevo e hizo el ademán de retirarse—. Debes realizar esta misión con absoluta discreción. Y, sin importar qué descubras, no te expongas a una confrontación con Hefesto, ¿has comprendido?

—He comprendido, mi señora. Parto ahora mismo para dar cumplimiento a tu voluntad.

Jacinto de Apolo atravesó las ruinas del Gimnasio atrayendo miradas de sorpresa y fascinación. Pese a su juventud, el basileus sagrado era dueño de una leyenda que él mismo ignoraba, pero que alimentaba el anhelo y la fantasía de guerreras, guerreros y gimnetas por igual. Atenea e incluso el Ánax conocían aquella leyenda, y fue quizá en virtud de ella por lo que la diosa lo eligió para consumar tan delicada tarea.

Muy lejos de Tracia, en la populosa Naxos, Ate, maca de la Ruina, se abrió paso lentamente hasta el ágora, causando conmoción entre los ciudadanos que se habían reunido a los pies de la estatua de Atenea para dirimir una grave cuestión.

La gigantesca y amenazante figura de Ate contrastaba con su paso sereno y estilizado. Nunca las gentes de Naxos habían visto a alguien semejante, y aunque les provocaba un hondo sobrecogimiento, también les intrigaba saber qué buscaba aquella entidad que a todas luces parecía divina. Ate llegó hasta la estatua de Atenea en medio de un silencio sepulcral. Posó entonces su enorme mano sobre la cabeza de la diosa y la pulverizó de un solo apretón; la efigie entera se desmoronó instantes después, desencadenando un rumor generalizado de asombro y espanto. Aquella imagen de la hija de Zeus representaba para los habitantes de la región el testimonio vivo de su desgracia.

Naxos, como muchas otras ciudades poseedoras de yacimientos minerales, había sido conquistada mucho tiempo atrás por una emisaria de Atenea que se había presentado como Pentesilea, basilissa de Ares. Pentesilea había devastado comarcas y ejércitos enteros para imponer el culto a Atenea y un tributo exorbitante de metales destinado al taller de Hefesto en el Gimnasio. En cada sitio, como custodio, Pentesilea había dejado a un hoplita de su hueste para asegurar el pago puntual del tributo, y ella misma, de cuando en cuando, aparecía para vigilar la marcha de las cosas, descubrir conjuras o aplastar revueltas. Pero ahora no quedaban custodios, ni en Naxos ni en ninguna otra ciudad de la Hélade, pues todos los guerreros atenienses habían regresado al derruido Gimnasio atendiendo el llamado de su diosa. Cuando Ate apareció en el ágora, los principales de Naxos debatían si debían o no continuar con el pago del tributo que había convertido a su reino, antes próspero y pujante, en una empobrecida colonia de Atenas.

—Ya pueden adorar de nuevo a Dioniso… —exclamó Ate con una voz femenina y espectral que sobrecogió a mujeres, ancianos y niños—. Vengo en nombre de Ares, el señor de la guerra, a liberarlos del yugo ateniense. Les permitiremos restituir su antiguo culto, sus leyes y costumbres, a cambio de la mitad del tributo que entregaban a la hija del Crónida.

Los murmullos de extrañeza se convirtieron, al instante, en sonoros aplausos y vítores.

Y así como en Naxos, en muchos otros rincones de la Hélade se repetía la misma escena. Las macas e hismas primordiales, por orden de Ares, demolieron los templos consagrados a Atenea y todas sus efigies, prometiendo a los lugareños la restitución de sus antiguos cultos, la disminución del tributo en minerales y la protección ante posibles represalias de Atenea. En los yacimientos dejaban una comisión de tracios en calidad de custodios y después partían a liberar otras ciudades. Ni una sola gota de sangre fue derramada en esta campaña, porque los pueblos preferían someterse voluntariamente a los emisarios de Ares, que les permitían congraciarse con sus divinidades tutelares y les garantizaban mejores condiciones de vida, antes que seguir bajo el yugo infame de Atenea y su brutal embajadora, Pentesilea, basilissa divina. En apenas unos cuantos días, Ares, valiéndose de unas cuantas macas e hismas, se hizo con el control de los territorios que antes habían pertenecido a su orgullosa hermana.

Muy pronto, Cástor dispuso de buena materia prima para trabajar. Con el oro recibido forjó una hermosa panoplia que al fin fue del agrado de Ares; para los dioses gemelos fraguó bruñidas panoplias de plata, mientras que a cada una de las macas e hismas las revistió con armaduras en las que ensayó innovadoras aleaciones. El ejército de Ares era poderoso y lucía imponente. Había algo, sin embargo, en lo que Cástor no lograba progreso alguno por más que se esforzaba: la máscara que Enio le había encomendado.

El joven herrero había puesto en práctica infinidad de recursos, pero no conseguía producir una máscara que tuviese el poder de convertir en piedra a quien la contemplase. Cada vez que concluía una careta, Cástor salía a las inmediaciones del campamento para ponerse frente a alguno de los ciervos que ahí solían pastar; los animales lo miraban con desdén y huían luego a la carrera, internándose en la espesura del bosque. Nunca antes, ni en sus lejanos tiempos de aspirante en el Gimnasio, se había sentido tan frustrado y abrumado.

—Ya forjaste panoplias para mi hermano y sus hijos… Incluso a las macas e hismas les diste sus propios ropajes, pero de mí te has olvidado por completo…

Cástor, inclinado sobre la fragua llameante, se volvió para descubrir a la diosa Enio, quien lo miraba con expresión de reproche.

—Un simple mortal, como yo, no podrá igualar jamás las artes de un eterno… —respondió Cástor con tono sombrío.

—Y sin embargo aspiras a yacer con una inmortal… —sonrió Enio, acercándose a él mientras le alargaba los brazos, contoneaba sus caderas y enarcaba las cejas.

Cástor, trémulo de deseo, extendió también sus brazos quemados por la fragua y cerró los ojos para recibir a la diosa; pero esta lo atravesó, desvaneciéndose en una bermeja nube en medio de una sonora carcajada. Cástor apretó los puños y una amarga lágrima le rodó por la mejilla.

El joven herrero sabía que su maestro había forjado las máscaras de las guerreras atenienses al fundir la égida de Atenea, aquella en la que se hallaba esculpida la cabeza de la gorgona Medusa. Era plenamente consciente de que el siniestro poder de las máscaras procedía de aquella égida legendaria y de que no existía en el mundo materia alguna capaz de sustituirla.

En su desesperación, el aprendiz urdió un osado plan: forjar una máscara idéntica a la que poseía Ares, cambiarla sin que este lo advirtiese y entregar luego la pieza original a Enio. El verdadero dilema, sin embargo, radicaba en consumar el intercambio, pues Ares jamás se desprendía de la careta, que llevaba siempre oculta entre sus ropas… Sumido en estas oscuras reflexiones, Cástor regresó a la fragua para comenzar a modelar la réplica de la máscara divina.

Lélape, hoplita de Can, volvía al Gimnasio en una travesía que duraba ya muchos días. Al distinguir a la distancia un afluente del río Estrimón, decidió hacer una pausa para mitigar su sed. Apenas tragó el primer sorbo de agua, se incorporó como impulsada por un resorte. En aquel cristalino líquido había un mensaje que le heló la sangre: eran las últimas palabras de Faetón, advirtiendo de las renovadas y brutales fuerzas de Ares.

Lélape siguió el rastro dejado por Faetón y llegó al campamento del dios de la guerra, en Tracia. Helios brillaba pleno en el cielo cuando la hoplita cruzó el umbral, ciñéndose su máscara para avanzar por la vía principal del campamento, sembrando el camino con las estatuas de los tracios que corrían a cerrarle el paso.

—¿Quién eres? —resonó una voz potente, grave y espectral. Era Algos, maca de los Dolores.

—¡Yo soy Lélape de Can, hoplita de Atenea!

—¡No la miren! —gritó Pentos, hisma de la Aflicción; y el resto de los tracios, así como de macas e hismas que se iban congregando, se cubrieron los ojos con el dorso de las manos.

Pronto llegaron también Ares y los dioses gemelos, quienes cercaron a la temeraria hoplita.

—¿A qué has venido? —preguntó Fobos, enternecido por la menuda y esbelta estampa de la muchacha.

—A vengar la muerte de Faetón de Erídano…

Un murmullo de burlonas risas brotó entre las macas e hismas, pero no así entre los tracios, que miraban con azoro aquel sembrado de estatuas.

Entonces Ares, con un ademán, ordenó a un contingente de tracios atacar frontalmente a la hoplita. La guerrera convirtió en piedra a la mitad de ellos y a la otra la abatió con rápidos y certeros movimientos. Un nuevo grupo, ahora más nutrido, se abalanzó sobre ella a una señal de Deimos; la guerrera se revolvió con fiereza, haciendo añicos a muchas de las estatuas que habían resultado de la refriega. Resoplando y en posición de guardia, Lélape quedó erguida sobre una montaña de escombros y cuerpos mutilados.

Otra comitiva, todavía mayor que la anterior, le fue arrojada por Ares. El estruendo del combate y la algarabía que provocaba la carnicería entre las macas e hismas alcanzaron los oídos de Cástor, que se hallaba trabajando afanosamente en el socavón. Cuando al fin emergió a la improvisada arena, no pudo reconocer a aquella joven, pero sí los rasgos inequívocos de su panoplia divina.

—Dime, señor Cástor: ¿conoces también a esta valiente guerrera? —preguntó Pseudologos de las Mentiras, con aquel tono sardónico que tanto irritaba al herrero.

Cástor se limitó a negar con la cabeza, mientras la observaba lidiar contra hordas interminables de resignados tracios. Era notorio cómo menguaban las fuerzas de la hoplita, que no cesaba de apilar piedras y cadáveres a sus pies.

De pronto, mientras Lélape daba cuenta de un nuevo contingente, se escuchó un espantoso rugido que hizo retumbar la tierra. Era Homados, maca del Fragor, que había caído a espaldas de la hoplita, aplastándola con su mano descomunal, semejante a una maza. Homados presionó contra el suelo y trituró con su manaza de un lado a otro; todos escucharon el crujir de la panoplia divina y de los huesos, y vieron cómo brotaba la negra sangre bajo su palma. Cuando la maca del Fragor levantó la mano, solo quedaba un informe amasijo de carne y bronce untado a la tierra.

Homados volteó los despojos y apartó los cabellos del rostro de la guerrera, cuya máscara, aunque magullada, conservaba aún sus facciones. Se escuchó entonces un agónico estertor y Homados quedó petrificado en el acto. La máscara de la hoplita resbaló e intentó acomodarla con sus postreras fuerzas, pero Ares, desenfundando su propia careta, saltó hacia donde agonizaba la joven para mirarla y convertirla en piedra.

Cástor se aproximó a la estatua de Homados, le puso una mano en el pecho y luego de unos instantes, durante los cuales el dedo índice fue acumulando una luz blanca y grumosa, la hizo estallar en pequeños pedazos. De aquella arenilla se desprendió un vaho verde que se disipó en el aire, no sin antes emitir un quejido grave y ronco.

—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó Ares, atónito.

—Lo he liberado de su cárcel de piedra… —murmuró Cástor, disponiéndose a descender de nuevo al taller subterráneo, no sin antes dirigir una mirada lastimera a la estatua de Lélape, que yacía destrozada en el polvo.

Esa misma tarde, Ares bajó a la caverna. Hacía tiempo que no lo hacía, pues el muchacho había cumplido rápida y satisfactoriamente con la forja de armaduras para él, sus hijos y las macas e hismas primordiales. El dios estaba complacido con el desempeño de su maestro forjador, aunque jamás se lo hubiese manifestado; pero esta vez venía a exigir un nuevo prodigio. Su tono de voz, a diferencia de todas las ocasiones anteriores, fue franco, sereno e incluso respetuoso, lo cual desconcertó al joven artesano.

—Necesitamos máscaras… Es preciso que nos forjes máscaras…

—¡No puedo! —respondió Cástor, golpeándose la cabeza con los puños.

—¿Es que lo has intentado? —preguntó Ares, extrañado.

Cástor calló, consciente de la imprudencia cometida.

—¡Eres previsor! Pero ahora dime: ¿por qué no puedes?

Cástor suspiró al comprender que Ares no había advertido su íntimo predicamento.

—Esas máscaras fueron fundidas con la égida de Atenea… —explicó el aprendiz, repitiendo la sentencia que se recitaba tras cada frustrado ensayo.

Ares permaneció en silencio, meditabundo, marchando de un lado a otro frente al horno ardiente.

—A menos que… —musitó Cástor, cuya mente se iluminó con una temeraria idea.

—¿Qué? ¡Habla!

—A menos que me entregues esa máscara… —exclamó el osado aprendiz, sin poder evitar que una mustia sonrisa se asomara por las comisuras de sus labios.

Ares lo escuchó, pero no lo miró; no parecía sorprendido por aquella propuesta.

—No concibo que esa miserable rata haya sido capaz, ella sola, de petrificar y matar a tantos de los nuestros… —Ares hablaba más para sí mismo que para responder a Cástor—. Incluso en su agonía, pudo convertir en piedra a Homados…

El dios seguía paseándose frente a las brasas, meditabundo, mientras Cástor lo observaba ansioso y con los ojos inyectados en sangre.

—¡Sea pues! —exclamó Ares, tras instantes que a Cástor parecieron interminables—. ¡Funde esta máscara y equilibra nuestras fuerzas!

El dios extrajo la careta de entre sus ropas y la arrojó sin vacilar a las entrañas del fuego.

La máscara sagrada clamó dolorosamente al ser devorada por luengas llamaradas que lamieron en jirones la techumbre de roca. Cástor, perplejo, contempló cómo aquel fuego devoraba también su última esperanza de ganarse los favores de Enio, la de sangrantes vestidos.

Jacinto de Apolo recorrió toda la Hélade en busca del dios Hefesto, pero no pudo encontrar ningún indicio de su paradero. Como último recurso, decidió apostarse en las inmediaciones de la morada del dios, a la que, estaba seguro, debería volver más temprano que tarde llevado por los celos. Tenía plena certeza de que Hefesto no se hallaba ahí, porque había descubierto que el dios Hermes le hacía furtivas visitas a Afrodita, quien, incapaz de resistir por más tiempo las privaciones del amor, recibía cada dos o tres noches al de los pies alados. Hermes echaba mano de sus muchos artilugios para pasar desapercibido, y así habría sido a los ojos de cualquiera, excepto a los del basileus de Apolo, cuyo instinto y perspicacia eran casi infalibles. Hermes, pensaba Jacinto, jamás se habría atrevido a profanar el lecho de Hefesto corriendo el riesgo de ser descubierto; y como las visitas eran cada vez más frecuentes, la ausencia del herrero no podía prolongarse por mucho más tiempo. Razón no le faltaba al guerrero ateniense, pues en su travesía infernal Hefesto había conseguido llegar al fin ante el trono de Hades.

—¿Tiene algo que ver tu inesperada visita con el aluvión de almas que se han precipitado a mi reino?

El rey de los avernos estaba acompañado por Perséfone, su esposa, de pie tras su trono, y por los dioses de la muerte y del sueño, Tánatos e Hipnos, quienes ocupaban sitiales menores a cada lado del suyo. El artesano se sintió abrumado por la fastuosidad de aquel amplio palacio, y más aún por la majestuosa estampa que le ofrecían aquellas lúgubres deidades. Al escudriñar sus rostros, no logró distinguir ninguna expresión; parecían, por la palidez e imperturbabilidad de sus facciones, efigies de cera finamente talladas.

—Algo tengo que ver con todas las almas que aquí han llegado, y con las que aún quedan por llegar… —respondió Hefesto con soberbia.

Hades fijó sus abismales pupilas en la figura maltrecha del herrero, quien se sobrecogió al ser recorrido de pies a cabeza por aquel frío mirar. Por más que quiso adivinar en qué pensaba el señor del inframundo al observarlo, nada logró advertir, y eso le produjo una incómoda sensación de desasosiego.

—¿A qué has venido? —preguntó al fin el oscuro Hades.

—¡Vengo a ofrecerte mis servicios!

Aquellas palabras, pronunciadas con tal firmeza, sustrajeron de su pétrea impavidez a las otras deidades infernales, de modo que Hefesto al fin pudo distinguir un dejo de sorpresa en sus fantasmales rostros.

—¿Tú, servirme a mí? —Hades no comprendía la insólita propuesta.

—Así es… —respondió Hefesto, hinchando el pecho.

—¿De qué forma? —inquirió nuevamente el señor del averno.

—¡Como forjador de panoplias!

—¿Y para qué querría yo un forjador de panoplias? —devolvió Hades con una franqueza que desarmó al dios herrero, quien ya tenía lista, en la punta de la lengua, una elocuente y persuasiva arenga, que elucubró durante su travesía por el Aqueronte.

Entonces todo cambió abrupta e imprevisiblemente para Hefesto. El dios cayó en la cuenta de que había recorrido el inframundo con una convicción que solo tenía sentido y validez en sus enfebrecidas mientes. Se sintió ridículo, expuesto, y lo hería el mirar abúlico, casi despectivo, de aquellas deidades abisales. Hades notó el creciente desasosiego del olímpico y enarcó levemente las cejas; a su señal respondió un espectral sirviente que emergió de entre las sombrías columnas portando una bandeja con ambrosía y néctar para el dios artesano. Hefesto bebió con premura el dulce néctar, que relajó al instante sus tumefactos miembros, e hincó el diente a la generosa ambrosía que avivó su apetito.

Otros sirvientes, a un nuevo gesto del soberano del inframundo, le acercaron un mullido asiento donde lo recostaron para frotarlo con humeantes paños húmedos. Incapaz de resistirse, Hefesto se dejó llevar por aquellas espectrales manos que limpiaron cada miembro de su cuerpo con un cuidado y una delicadeza inauditas para él. En un momento de postrera lucidez, subyugado por la molicie con que lo agasajaban los siervos del averno, que lo ungían con perfumados aceites, Hefesto supuso que Hades lo cebaba para entregarlo al Crónida. Cerró los ojos, respiró profundo y exhaló con resignada placidez, al tiempo que el rostro vivaz de Cástor se dibujaba en su mente.

En su nebulosa remembranza, lo vio trabajando con entrega tras el aire enrarecido del horno en el que recocían las piezas de las panoplias dañadas en batalla. Cástor, concentrado en la delicada maniobra, se secó el sudor de la frente con el antebrazo y levantó el enrojecido rostro; buscó la mirada del dios y le sonrió, con aquella sonrisa amplia, franca y casi infantil en la que no había forma de adivinar el más mínimo rastro del sufrimiento que veladamente lo atormentaba. Luego, apartándose de la frente los negros cabellos, su pupilo volvió a las rigurosas labores de la forja. En el Gimnasio Hefesto había sido feliz, aunque entonces no lo sabía. El dios herrero sonrió con tristeza, presa de una añoranza que no pasó inadvertida para la pareja infernal. Perséfone apretó ligeramente la mano de su esposo y este intervino para rescatar a Hefesto de sus recuerdos.

—¿Por qué me ofreces tus servicios como forjador de panoplias? ¿No era esa la labor que realizabas para Atenea?

—Así era, pero no serviré más a la hija del Crónida… ¡Todas las almas que aquí han llegado son el precio de mi libertad!

—¿Tu libertad?

—Atenea vino en mi busca hace ya mucho tiempo para pedirme que le forjara panoplias. Yo acepté y me encomendó entonces edificar el Gimnasio, donde congregó a los más ilustres héroes de la Hélade para instruir a los jóvenes que habrían de vestir los ropajes divinos. Con ellos conformó su ejército de guerreras y guerreros…

—Lo sé. Aquí vino para llevarse, en contra de mi voluntad y con una astuta artimaña, el alma del veloz Aquiles —interrumpió Hades.

—A Aquiles lo convirtió en Ánax del Gimnasio, y a quienes se hicieron merecedores de una panoplia les encomendó misteriosas misiones, de las que muchos regresaban malheridos y otros ya no volvían. Tan solo regresaban sus armaduras, que yo estaba obligado a reparar…

Hefesto hizo una pausa para respirar. Tras exhalar un hondo suspiro, prosiguió:

—Cierto día llegó a mi taller quien habría de ser mi emancipador: ¡Cástor! Fue mi aprendiz, yo le enseñé el arte de la forja. Fue él quien, en alianza con los dioses de la guerra, devastó el Gimnasio de Atenea. Esa es la razón por la cual tu reino se halla inundado de almas inocentes. ¡Es por Cástor que estoy aquí!

El rostro de Hefesto se ensombreció.

—Sigo sin entender con qué propósito te ofreces a mí como forjador.

—Necesito a un aliado poderoso para liberar a Cástor de las garras de Ares.

Hades, con una sutil inclinación de la cabeza, lo instó a continuar.

—Al destruir el Gimnasio, Cástor me liberó de Atenea; después, para salvar mi morada y proteger a mi esposa, se entregó al servicio de Ares. Se ofreció a él como forjador, ¡pero yo no puedo permitir que ese salvaje se aproveche de las artes de mi pupilo! ¡Y tampoco voy a consentir que Atenea lo capture y lo someta a su juicio! Ahora soy yo quien debe salvarlo. Si tú me ayudas, si tú me proteges de esos dos, ¡yo seré tu forjador!

—Yo no necesito un maestro forjador… —devolvió Hades, extrañado.

Los ojos de los otros dioses infernales parecieron brillar de curiosidad, a la espera de la réplica de Hefesto.

—Tanto Atenea como Ares tendrán su propio ejército de guerreras y guerreros. ¿No deseas acaso tener tú el tuyo? Yo forjaré sus panoplias —insistió Hefesto, angustiado. Ya sabía que su propuesta carecía de sentido, pero no tenía nada más que ofrecer. Se hallaba al borde de la desesperación.

—Solo quienes tienen interés en los asuntos de los mortales necesitan ejércitos. Yo no albergo el menor interés en semejantes vanidades, pues no importa cómo vivan, qué hagan o dejen de hacer: al final todos, sin excepción alguna, terminan aquí.

Hefesto no supo qué contestar. Hizo memoria y, efectivamente, no pudo recordar una sola ocasión en que el rey del inframundo se hubiera involucrado en los asuntos de los mortales para tomar o defender partido alguno.

—¿Cómo puedes permanecer imperturbable ante los horrores que sacuden al mundo? ¿Es que no te conmueve la avalancha de almas que se precipita sobre tu reino? Si yo tuviera palabras para describirte los suplicios de los que fui testigo en el Gimnasio, estoy seguro de que abandonarías ese frío desdén… —vociferó el dios artesano.

—Tú no debes temer a los hijos del Crónida. No me necesitas como aliado, ni a mí ni a nadie; pero no consentiré que te marches de aquí con las manos vacías… —sentenció Hades, cuyas palabras reanimaron el abatido corazón del dios de la forja—. Voy a permitir que te lleves el casco con el que combatí en la Titanomaquia… —añadió el soberano de las sombras, mientras hacía levitar el divino yelmo desde el otro extremo de su oscuro palacio, suspendido sobre una fúlgida bandeja.

Hefesto no podía concebir que Hades le ofreciera aquella primigenia reliquia, que ahora flotaba ante sus incrédulos ojos.

—Este es el yelmo de la invisibilidad, forjado en el fuego de los extintos cíclopes, quienes te precedieron en el dominio de esas artes que hoy son tu condena.

Hefesto contemplaba, extasiado, aquel tosco y vetusto casco. En él creyó vislumbrar el arquetipo primordial de los incontables cascos que él mismo había forjado y esculpido hasta convertirlos en exquisitas obras de arte, capaces tanto de deleitar la vista como de decidir cruentas batallas. Pero aquel yelmo, burdo y elemental, encerraba más poder que cuanto él hubiera creado jamás, incluidas sus extraordinarias panoplias. En las abolladuras de aquella testa metálica se hallaba inscrita una parte viva de la historia antigua del cosmos.

—Tómalo, vete y sácale provecho contra esos dos. Ya tendrás ocasión de devolverlo —concluyó Hades, volviéndose para posar los ojos en su esposa, quien le devolvió una mirada complacida y condescendiente.

Hefesto soltó su hacha y sujetó el casco entre sus manos. Con temor, cual si estuviese a punto de desencadenar una fuerza indómita, levantó la pesada pieza por encima de su cabeza. Confundido, pues la oquedad por la que debía introducir la testa era demasiado ancha, temió que el casco resbalara hasta sus hombros. Trémulo, indeciso, sostenía suspenso sobre su coronilla aquel yelmo que hacía vacilar a sus vigorosos brazos, avezados a los rigores de la forja. El dios creyó desfallecer al sentir sobre su espalda el peso entero de toda una era, remota, incomprensible y aún más brutal que la presente.

Tras respirar hondo, dejó caer sus trémulos brazos; al instante, su visión se nubló en un torbellino vertiginoso, tiñéndose de un tono azulado y cobrizo que fue atenuándose poco a poco hasta alcanzar una nitidez indescriptiblemente definida de las cosas. Sus oídos zumbaron con un silbido agudo y sordo que le taladraba la cabeza, pero la molestia se disipó en cuanto advirtió que las cosas a su alrededor parecían manifestarse a través de aquella sorda vibración. Tanteando con los brazos a un lado y a otro, el dios herrero intentó habituarse a esa nueva dimensión de la realidad que lo envolvía con apabullante claridad.

En cuanto logró domeñar el vértigo, una angustia incontenible se apoderó de él: había llegado el momento de mirarse a sí mismo, de volver los ojos, si aún los conservaba, hacia donde suponía que debía alzarse su propio cuerpo, la carne que lo sostenía en pie. Ajeno a su corporeidad, pero dueño de su voluntad, Hefesto alzó con lentitud la diestra hasta introducirla en el campo visual de sus ojos, que todo lo percibían con inusitada agudeza. Los músculos, las venas, los tendones y los ligamentos de su brazo se tensaron, cruzando el ángulo de su atenta mirada; pero el dios comprendió que la extremidad ya había avanzado demasiado sin que lograra distinguir nada.

Sobrecogido, Hefesto agitaba el brazo ante sus ojos y, aun sin verlo, sabía que allí estaba. Sonrió fascinado, y aquella sonrisa se transformó pronto en una estruendosa y siniestra carcajada que rasgó la habitual solemnidad de aquel lúgubre palacio.

—No tientes a tu suerte, artesano —lo atajó Hades—. Sé cauto y prudente; no desperdicies, en un fogoso arrebato, el inmenso poder que se te acaba de conceder…

Hefesto serenó su ánimo y volvió la mirada hacia el hacha, que parecía llamarlo mediante una extraña resonancia de luz y sonido. Los contornos de la herramienta se dibujaban con una definición asombrosa, como si acentuaran su separación de todo cuanto la rodeaba. Animado por una irresistible curiosidad, extendió la mano hacia aquel fardo de madera y metal. Ignoraba si sus dedos chocarían contra el suelo, pues temía errar la trayectoria del agarre. De pronto, sintió en la palma la textura áspera y astillada del mango, y al instante el hacha se desvaneció ante su vista.

Aquello era formidable: aunque no podía contemplar la herramienta ni la mano que la empuñaba, sentía el peso del hacha perfectamente acoplado a su cuerpo, como si fuese una prolongación natural de su brazo. La blandió en lo alto y, aferrándola con ambas manos, la descargó con violencia, hendiendo el aire en un silbido cortante.

—¿Cómo podré agradecerte esto que has hecho por mí? —exclamó Hefesto, quien no se sentía tan henchido de entusiasmo desde las remotas vísperas de sus fallidas nupcias con Afrodita.

En los pálidos labios de Hades, apenas en la comisura, se dibujó la sombra de una tenue sonrisa. Hefesto dio media vuelta y avanzó con paso firme por donde había venido. Una vez fuera del palacio, contempló los respaldos de los estrados de los tres jueces del inframundo y cruzó entre ellos sin ser visto.

Telémaco observaba desde lo alto de un médano a su querido hermano Belerofonte dirigiendo las arduas labores del campo. Eran días de bonanza y de una paz que al menos Telémaco no conocía, pues no se había experimentado en Ítaca desde los tiempos anteriores a la guerra de Troya. El príncipe disfrutaba la sensación de la brisa marina en el rostro, el aroma a uvas recién desprendidas del sarmiento y el dulce canto de las mujeres que parecían danzar entre los frondosos viñedos, cuando una voz grave a sus espaldas lo arrancó de su ensueño.

—Telémaco de Poseidón…

Hacía años que no escuchaba aquella voz. El príncipe se volvió con la certeza de que los días de paz habían llegado a su fin.

—¡Agertes!

El más digno de los guerreros de Atenea iba cubierto por un sayal sencillo que ocultaba su cuerpo y su rostro. Con parsimonia, como si le pesara, dejó en el suelo el fardo en el que llevaba su panoplia sagrada, apoyó la lanza en la arena y se acomodó el escudo que portaba a la espalda, mientras aspiraba hondo el aire perfumado de Ítaca.

—Cuánto ha cambiado esta tierra…

—¿Qué te trae de vuelta? —preguntó Telémaco, sin ceremonias.

—¿Quién es él?

Parecía que el Ánax no había escuchado la pregunta, pues tenía toda su atención fija en Belerofonte.

—Es mi hermano —respondió Telémaco, cortante—. Ven. Hablemos en otro sitio…

Guió entonces al Ánax hasta la orilla de la playa.

—Debes volver de inmediato al Gimnasio…

—No puedo; mi misión me lo impide.

—Todos los guerreros de Atenea deben regresar.

—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?

—Nos han atacado… —Ambos callaron durante incómodos instantes—. Es una orden inapelable.

—¿Y mi misión?

—¿Qué misión es esa?

—Debo velar por la dicha de mi padre hasta el fin de sus días… —respondió Telémaco, quien al pronunciar aquellas palabras ya no sintió el pesar de antaño, cuando en sus noches de angustia las mascullaba una y otra vez apretando los dientes.

—Eso es lo que te ha encomendado Atenea… —musitó el Ánax, clavando los ojos en la fina arena.

Su semblante, de ordinario severo, se tornó melancólico, pues por primera vez en su infausta existencia sentía envidia. «A mí también me habría gustado acabar mis días plácidamente en esta tierra», pensó, recorriendo con lánguida mirada los montes y collados de Ítaca.

—Han sido tiempos difíciles en Ítaca, Agertes…

Entonces Telémaco pasó a relatar al Ánax sus tribulaciones en el gobierno del reino y sus temores ante las conjuras de los hijos de Eupites, pero también la forma en que todo cambió merced a la iniciativa de su hermano, quien con astucia y templanza había sabido desarticular las amenazas al trono para instaurar al fin la paz.

—¡Heredó el ingenio de Odiseo! —confirmó Agertes, tan asombrado como complacido al escuchar cómo aquel vástago de su antiguo señor había urdido y consumado la caída de sus adversarios.

—¡Hermano! —se escuchó la jubilosa voz de Belerofonte, que se aproximaba a galope sobre su brioso corcel—. ¿Qué haces aquí? —preguntó, desmontando de un salto y dejando entrever un cuerpo delgado y curtido por las arduas labores de la campo.

Ya sobre la arena, el joven inclinó la cabeza con un respetuoso saludo ante el extraño viajero, de quien apenas se adivinaban los ojos bajo la sombra del manto. Era imposible no mirar el voluminoso escudo que el viajante cargaba a la espalda y la soberbia lanza que empuñaba en su diestra. Agertes bajó el escudo, para descansar de él, y lo colocó a sus pies, con lo que Belerofonte pudo distinguir la imagen del mochuelo exquisitamente grabada en su cara convexa.

—He venido a tratar en privado con este hombre, que es un digno emisario de Atenas —respondió Telémaco, procurando dar a sus palabras un acento severo y solemne que obligara a Belerofonte a marcharse; pero obtuvo el efecto contrario.

—¿Ocurre algo malo, hermano? —preguntó Belerofonte, intrigado, con los ojos fijos en el saco que el forastero tenía a sus pies, en el cual distinguió los afilados perfiles de una panoplia.

Al muchacho le resultaba desconcertante que aquel misterioso caminante, que al parecer venía solo y a pie desde tan lejos, permaneciera encubierto bajo un grueso sayo a pesar del inclemente calor del verano. Pero, al advertir que su hermano lo trataba con tanta deferencia, casi con devoción, refrenó su natural curiosidad.

—Nada. Si has concluido la faena, regresa al palacio. Te alcanzaré más tarde…

Esta vez la orden de Telémaco sonó categórica, y Belerofonte, tras dedicar una discreta reverencia al viajero, montó de nuevo su caballo para alejarse por donde había venido.

—¡Es un joven extraordinario! —sonrió el Ánax, incapaz de concebir que tantas virtudes cupieran en aquella estampa menuda, ágil e imberbe—. ¿Qué edad tiene? —preguntó, maravillado.

—¡La suficiente! —atajó Telémaco con sequedad, resuelto a no dar más pormenores sobre Belerofonte al Ánax, su verdadero progenitor.

Ninguno de los dos debía conocer jamás la verdad, pues sobre aquel secreto se había cimentado la paz presente de Ítaca y la serena vejez de Odiseo.

—No puedo partir sin más. He de darle una explicación a mi padre, pues mi súbita ausencia lo mortificaría…

—No has de faltar a tu mandato. Pero me parece que ya nada debe inquietarte aquí, pues tu hermano se ha hecho cargo de todo… —replicó el Ánax, mientras contemplaba al diestro jinete perderse entre los médanos, camino del palacio.

—Hermano, debo partir de inmediato…

El tono grave en la voz de Telémaco parecía anticipar que no estaba dispuesto a responder pregunta alguna. Belerofonte lo miró detenidamente, intentando descifrar algo en la pétrea expresión de su rostro; y, al no descubrir nada, preguntó con timidez:

—¿Adónde? ¿Y qué he de decirle a nuestro padre?

Un incómodo silencio se prolongó durante tortuosos instantes. Telémaco, temeroso de revelar más de lo debido si se atrevía a pronunciar una sola palabra, rehuyó la mirada escrutadora de su hermano y se volvió hacia la ventana, derramando sus ojos entristecidos sobre el vinoso manto de las aguas del mar Jónico.

—¿Etolia? —preguntó Belerofonte, apresurándose a apoyarse en el alféizar para escrutar con insistente curiosidad el horizonte, como si buscase aquello que reclamaba la presencia urgente de su hermano—. No… No es a Etolia adonde te marchas… ¡Atenas! —exclamó el muchacho, girándose bruscamente para encararlo.

Telémaco no pudo soportar aquella mirada inquisitiva y, de un suave empellón, lo apartó de la ventana; se aferró al marco con ambos brazos y asomó la cabeza para aspirar hondo el aire húmedo y salitroso de la isla. Un nuevo silencio, más lastimero que el anterior, se alzó entre los dos como un muro ciclópeo, una muralla infranqueable.

—¿Es a causa de ese hombre que vino a verte, no es cierto? ¿Qué está ocurriendo? ¿Cuándo volverás?

Belerofonte tomó del brazo a su hermano, quien se volvió para quedar frente a él. Telémaco posó las manos sobre sus hombros, se inclinó levemente para mirarlo directo a los ojos y, con voz firme, le dijo:

—Que Zeus bendiga el día en que llegaste a esta casa… Has sido una dicha para nuestra familia y para Ítaca. En tus manos encomiendo el cuidado y la prosperidad del reino de Odiseo. A partir de ahora serás el custodio de la felicidad de nuestros padres y de nuestro pueblo…

Belerofonte se estremeció al escuchar aquel encargo que, en labios de su hermano, sonaba a condena.

Sin mediar más palabras, Telémaco abandonó la estancia y echó a andar. Belerofonte percibió cómo su hermano mayor aceleraba el paso, hasta apurar a la carrera el último tramo del largo corredor que conducía al patio del palacio.

Belerofonte se quedó solo en la habitación, con la vertiginosa sensación de que el techo y las paredes se desplomaban sobre sus hombros, precipitándolo en un insondable abismo de dudas, hasta que el graznido de una gaviota sobre las plácidas olas lo arrancó de su estupor. Atardecía…

Apenas se extinguiera el último destello del sol en la espuma del mar, el joven príncipe tendría que reunirse con Odiseo y Penélope para cenar, como acostumbraban desde su llegada, solo que ahora no serían cuatro, sino tres. Belerofonte arrastró los pasos, pensativo, deseando no llegar jamás, buscando con desesperación las palabras que habría de pronunciar… ¿Cómo explicar a Odiseo la ausencia de su hermano, no ya el primer día, sino una jornada tras otra? Días, semanas, meses o acaso años, pues albergaba el funesto presentimiento de que Telémaco no regresaría a Ítaca jamás.

Macas e hismas
Las macas (<μάχη, mákhē; pl. <μάχαι, mákhai>) y las hismas (<ὑσμίνη, hysmínē; pl. <ὑσμῖναι, hysmînai>) son divinidades primordiales de la guerra. Las primeras nacen del brazo de Deimos, cercenado por Cástor; las segundas, de la herida que Hefesto inflige a Fobos en la cabeza. Son seres monstruosos que encarnan los horrores de la guerra, pero devienen en combatientes antropomorfos al beber de la sangre que el joven herrero les prodiga, abriéndose generosamente las venas. Como no pueden morir, ningún guerrero de Atenea, ni siquiera los basileis sagrados, es rival para estas entidades. La Guerra Olímpica habrá de inclinarse en favor de Ares cuando macas e hismas irrumpan en el campo de batalla.

Estas divinidades son veinte en total. Las macas, hijas de Deimos, son: Adicia, de la injusticia; Algos, de los dolores; Androctasias, de los homicidios; Ate, de la ruina; Disnomia, de la anarquía; Homados, del fragor; Ioke, de la persecución; Manías, de las locuras; Polemos, del conflicto; y Pseudologos, de las mentiras.

Las hismas, hijas de Fobos, son: Horcos, del juramento; Pentos, de la aflicción; Alke, del coraje; Cidoimos, de la confusión; Proioxis, de la embestida; Alala, del grito de guerra; Fonos, del asesinato; Neikea, de la disputa; Anfilogias, de la controversia; y Lisa, de la furia.

Fuentes:
En la Odisea, cuando Homero, en boca de Odiseo, describe el cinturón de Heracles, menciona, como parte de su decoración, escenas de ὑσμῖναι, μάχαι, φόνοι (phónoi) y ἀνδροκτασίαι (androktasíai) (Odisea, XI, v. 612). Esta constituye una de las referencias más antiguas, aunque sumamente breve, a estas manifestaciones de la violencia bélica, presentadas como motivos iconográficos y no todavía como divinidades dotadas de genealogía propia.

Hesíodo desarrolla posteriormente esta enumeración al presentar a Éride, la Discordia, como madre de una prolífica descendencia integrada por personificaciones de los males que afligen a la humanidad. Entre ellas se encuentran las mákhai, los phónoi, las androktasíai, los neíkea (disputas), las amphilogíai (controversias), la dysnomía (ilegalidad), la atē (ruina) y las hysmînai (batallas) (Teogonía, vv. 226–232). Se trata de entidades de origen divino responsables de sembrar entre los mortales la violencia, el conflicto y la desgracia.

Continúa en Canto undécimo, Dédalo...