El Ánax Agertes informó detalladamente a Atenea de lo sucedido; al menos de cuanto sabía con certeza, pero también de sus sospechas. Así se enteró la diosa de la traición de Cástor y de cómo los didáscalos, que aún no regresaban, y él mismo, habían partido del Gimnasio en persecución de los invasores, quienes se habían llevado a Hefesto y sus herramientas divinas.
—Así que Ares también quiere vestir a sus huestes con panoplias divinas… —murmuró la diosa, que iba atando los hilos de la conjura conforme el congregador le relataba los hechos.
Mientras el Ánax rendía cuentas, volvió Heracles, emergiendo de un cúmulo de escombros humeantes con paso lento y pesaroso. El hacedor de trabajos presentaba un aspecto terrible, pues todo su cuerpo estaba llagado por descarnadas quemaduras; la piel de león que siempre vestía, al igual que su propia cabellera, estaba completamente chamuscada. Su maza, con la que había realizado incontables hazañas, había quedado reducida a un madero inerme de carbón.
El héroe avanzó silenciosa y pesadamente, arrastrando el arma inservible por el suelo y trazando una línea hasta las ruinas a un costado de las gradas, donde finalmente se sentó, exhalando un profundo suspiro.
—¿Qué te ha ocurrido, hermano? —le preguntó Atenea. Fue solo al escuchar la voz de la deidad cuando el favorito de Zeus pareció volver a la realidad.
—Me perdí entre los árboles… —comenzó Heracles, mirando hacia el sitio por el cual había arribado, que desembocaba hacia el corazón del bosque que envolvía el ala occidental del derruido Gimnasio—. Di vueltas y vueltas sin parar, estoy seguro, hasta que divisé a la distancia las siluetas de unas veloces gimnetas…
Al escuchar mentar a las mujeres del recinto, Atenea se giró hacia el Gineceo pero no lo halló. Aquel fue el único edificio que había sido reducido totalmente a cenizas. Nada, ni una piedra, quedaba en pie.
—Decidí darles alcance, mas no pude. La diosa Enio se interpuso en mi camino. Combatimos encarnizadamente hasta ya entrada la mañana… ¡Y finalmente se marchó! Abandonó la lid, y no porque yo la estuviera venciendo… —concluyó el héroe, encorvándose y tomándose la cabeza por las sienes.
Atenea no quiso atormentar más al hacedor de trabajos, a quien aún restaban muchas más desgracias que atravesar, y lo dejó a solas con su pesar. La diosa advirtió, sin embargo, que poco a poco iban volviendo, por uno y otro flanco, gimnetas tanto o más abatidos que Heracles. No escapó a su entendimiento que, entre quienes regresaban, escaseaban considerablemente las mujeres.
De pronto, cuando la diosa estaba a punto de volver a interrogar al Ánax Agertes, Heracles se levantó violentamente de su sitio y caminó en dirección a la pira funeraria, sin soltar aquel carbón con el que surcaba el suelo. Todos voltearon a ver al héroe, incluso quienes apenas regresaban, formando un círculo alrededor de la improvisada plazuela.
Un penoso e insondable silencio inundó las ruinas del Gimnasio, quebrado solamente por los lastimeros clamores que Heracles profería al avanzar hacia el cadáver de su mentor, colocado en la cima de la pira y rodeado por los restos de las gimnetas y de los aspirantes que Anfión había conseguido rescatar de entre los escombros.
Los sobrevivientes, que buscaban afanosamente con la mirada reconocer a sus hermanas y hermanos caídos, se estremecían con cada gemido del hijo de Zeus. Algunos no pudieron soportar más y, contagiados por la profunda pena del héroe, comenzaron a sollozar; otros pasaron rápidamente al llanto, un lamento estentóreo e incontenible como nunca antes se había escuchado en aquel lugar donde las lágrimas estaban proscritas.
Atenea contempló con sus glaucos ojos aquella ominosa escena y decidió guardar silencio para permitir que Heracles, quien ya se había abrazado al cuerpo de Quirón, se desahogara libremente. Su inexorable y severa estampa, sin embargo, contuvo prontamente la emoción de los aspirantes, que de a poco recuperaron la compostura.
El propio Heracles se obligó a serenar su ánimo al descubrirse observado por los presentes; tras esto, se puso en pie, se apartó de la pira, se echó el negro carbón al hombro y se retiró discretamente buscando un sitio entre los sobrevivientes.
Por el mismo resquicio por el que había vuelto Heracles, se anunció otra amorfa figura que anticipaba su llegada con el repicar de trompicadas, desiguales y presurosas pisadas. Los gimnetas, con la mirada fija en aquel bulto que se fue perfilando conforme se acercaba, pasaron súbitamente del llanto al gozo, profiriendo sonoros alaridos de triunfo.
Era Teseo, conduciendo sujeto por la nuca al renqueante Hefesto. La diosa, al ver aproximarse al herrero olímpico suspiró aliviada, pero no se permitió ninguna otra muestra de emoción. Heracles mismo salió de su ensimismamiento y se avanzó al encuentro de los recién llegados pegando brincos, como si fuera un niño.
El vencedor de Creta llegó con su cautivo al centro de la improvisada plazuela y, después de él, arribó Perseo, que llevaba entre sus brazos los restos exánimes de la valiente Thysía. Tras los pasos del exterminador de la Gorgona entró a la plazuela, desfalleciente, una comitiva de gimnetas que portaba, con mucho cuidado y delicadeza, las estatuas de cuatro guerreras. Todos depositaron su carga al pie de la pira común, cual si se tratara de piadosas ofrendas.
Aprovechando la algarabía general, Atenea ordenó a Agertes que condujera discretamente a Hefesto a una celda, donde habría de permanecer aislado mientras los héroes le rendían los debidos informes. El congregador se aprestó a cumplir la voluntad de la diosa, pero hizo una señal a Anfión para que les siguiera.
—¿Por qué me tratan como a un criminal? —preguntó Hefesto, indignado.
—A los criminales se les ponen grilletes y se les atan las manos, y tú llevas las tuyas, prodigiosas como no las hay otras en el mundo, completamente libres…
—Y no obstante, vas a encerrarme en esa prisión…
—¡Eres un olímpico! En este mismo instante podrías consumirme con tu fuego hasta los huesos… ¿Por qué no lo haces? ¿Por qué no me aplastas y te marchas? Si te has dejado conducir hasta aquí es porque tu conciencia de inmortal te acusa… —concluyó Agertes, atrancando la puerta y echando una última mirada al divino artesano, quien se la devolvió colmada de cólera.
A una nueva señal de Agertes, Anfión acortó la distancia.
—Quédate aquí a cuidar de él. No va a escapar, lo sé, pero tañerás tu lira ante cualquier suceso extraño…
—Sea, mi señor…
Cuando Agertes volvió a la plazuela, Atenea ya conferenciaba con los didáscalos en privado, mientras los gimnetas se acomodaban donde podían para descansar sus miembros. Algunos, apenas tocaron el suelo, se quedaron profundamente dormidos bajo el cobijo de los suaves y tibios rayos de Helios que bañaban las ruinas.
—Tengo la convicción, mi señora, de que Cástor nunca planeó entregar a Hefesto… —Perseo hablaba para ser escuchado, mas su mirada parecía ausente, como si se hubiera vuelto al interior para recrear los intrincados sucesos de la infausta jornada. Todos, incluso Agertes, estaban pendientes del héroe y de sus palabras—. Cuando llegué a aquella vereda, Hefesto huía y Cástor trataba de propiciar su escape. Yo derribé al dios y, cuando lo amagué con mi espada, Cástor se interpuso. Me rogó entonces que me lo llevara de allí antes de que se presentaran Fobos y Deimos.
—¿Por qué no lo trajiste vivo, como yo lo había ordenado? —interrumpió el Ánax, con un tono de voz en el que se adivinaba cierto recelo.
—¡Yo iba a matarlo! —contestó Perseo, lanzando una mirada torva y desafiante al congregador de huestes—. Pero Hefesto amenazó con dejarse atrapar si no le perdonaba la vida a su aprendiz.
—Es cierto… Cástor suplicaba que nos fuéramos mientras las huestes enemigas se aproximaban a toda velocidad. No tuvimos más opción que partir y abandonarlo a su suerte…—. Confirmó Teseo.
—Pero entonces, ¿cuál fue el motivo que llevó a Cástor a aliarse con Ares para secuestrar a Hefesto y después liberarlo? ¡Tantas muertes en vano! —exclamó Heracles, confundido, mesándose la chamuscada melena de león.
—Me parece, mi señora, que entre Hefesto y Cástor surgió un afecto únicamente equiparable al que hay entre un padre y un hijo… —confesó al fin Perseo, causando conmoción en el hacedor de trabajos.
Heracles palideció y se echó hacia atrás, marginándose del cónclave. Ni Atenea ni los didáscalos repararon en él, que volvió a tornarse sombrío y que se alejó, discreta y silenciosamente, en dirección de la pira.
—Mi señora, vayamos ahora mismo a escuchar al dios y dejemos de elucubrar… —expresó el Ánax con vehemencia, ostensiblemente hastiado del rumbo que había tomado aquella discusión.
—No voy a tratar a Hefesto como a un traidor. Aún no sabemos si él participó en la confabulación contra el Gimnasio y solamente yo puedo habérmelas con él —respondió Atenea categóricamente, ordenándole a Perseo continuar con un leve ademán de su diestra.
—Hefesto no tomó parte en la conjura, mi señora —afirmó Perseo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó el Ánax, airado.
—Hefesto no era, a mi juicio, el motivo de la traición de Cástor, aunque sí su medio. Yo me inclino a pensar que el objetivo principal del aprendiz era destruir el Gimnasio… —concluyó el héroe, presentando un argumento que sorprendió a la divina Palas.
—¿Por qué Cástor habría de querer tal cosa? —preguntó Atenea, contrariada.
—Supongo, mi señora, que por la dura vida que tuvo aquí.
—¡Todos aquí llevamos una vida difícil, no solo él! —replicó el Ánax, y todos, incluso Perseo, callaron ante la contundente evidencia que se manifestaba en los cuerpos vencidos, heridos, quemados y llagados de los gimentas sobrevivientes y, más aún, en los cadáveres apilados en la pira coronada por Quirón.
—Pero solamente él había perdido la esperanza… —formuló Teseo, que hasta entonces había permanecido en silencio. Su afirmación resonó con fuerza y nadie replicó; el ateniense entonces se sintió obligado a dar libre curso a sus ideas—. Cástor debió unirse a Hefesto como aprendiz con el expreso propósito de forjarse una panoplia falsa para poder salir de aquí. Representó muy discretamente su papel para ganarse la confianza del dios, pero no contaba con que terminaría cogiéndole afecto, y mucho menos con que Hefesto también iba a encariñarse con él… ¡Todo sucedió día tras día, ante nuestros ojos! ¡Y ninguno de nosotros, ni el extinto Aquiles, fuimos capaces de darnos cuenta!
Perseo agachó la cabeza, avergonzado, pero asintió a cada una de las palabras pronunciadas por el ateniense. Agertes, por el contrario, se fue agriando y endureciendo, como si aquella sentencia le doliera más que las heridas recibidas durante la última noche. Atenea era la única que permanecía inconmovible.
—¡Perdóname, mi señora, pues me encuentro náufrago en este tormentoso océano de especulaciones! —concluyó Teseo, al darse cuenta de que, quizá, se había sobrepasado al dudar del juicio de los Ánax.
—Nada tengo que perdonarte. De no ser por ti, por ustedes, no tendríamos al hábil artesano de vuelta… —dijo Atenea, conciliadora.
—Eso no es verdad, mi señora… —se atrevió a confesar el ateniense, para consternación del Ánax y, esta vez sí, de la propia diosa, cuyo asombro lo obligó a continuar—. Si no fuera por aquella muchacha y por sus aliadas, habríamos perdido irremisiblemente a Hefesto.
—¿Qué muchacha? —preguntó Atenea.
—Aquella que Perseo dejó a los pies de la pira… —Atenea distinguió el cuerpo de la guerrera flanqueado por las cuatro estatuas de piedra—. Ella fue la primera en salir del Gimnasio en persecución de los enemigos y nos dejó un rastro seguro a seguir…
—¿Qué rastro? —inquirió la hija de Zeus.
Entonces Perseo extendió el brazo hacia la diosa para mostrarle una marmórea lasca sobre la palma de la mano.
—La Esfinge…
La hija del Crónida encaminó sus pasos hacia la pira, donde Heracles iba de un lado para otro, agachándose para prodigar cariñosas palabras y caricias de despedida a los caídos.
—Heracles, deposita a esta muchacha allá arriba, junto al centauro… —ordenó la diosa y el héroe acudió presto a recoger el cuerpo.
—¡Ah, valiente Thysía! ¡Eras tú, estoy seguro, a quien alcancé a divisar antes de que Enio me cortara el camino! —Heracles besó la frente de la muchacha y, con una ternura insospechada para sus voluminosos músculos, acomodó el cuerpo a un costado del de su maestro Quirón.
La diosa se volvió y con paso firme, veloz incluso, regresó al sitio donde se hallaban el Ánax y los didáscalos.
—Agertes, llévame ante Hefesto…
Sentado sobre una fría piedra de su improvisada prisión, Hefesto se resistía a aceptar la magnitud del desastre provocado por su aprendiz. No lograba comprender cómo alguien a quien había llegado a querer tanto —alguien tan gentil, dedicado y afable— había sido capaz de propiciar aquel baño de sangre.
El dios de la fragua sabía que Cástor lo había utilizado para dar cumplimiento a sus abominables propósitos, imposibles de anticipar tras un trato tan respetuoso y reverente. Pero si aquel comportamiento había sido fingido para conspirar contra el Gimnasio, no había razón para prolongarlo una vez iniciado el asalto.
Hefesto repasaba una y otra vez distintos momentos de su convivencia cotidiana en el taller, intentando hallar, infructuosamente, un signo, una señal, un pequeño indicio que le hubiera permitido atisbar en Cástor el detestable sello de un traidor; pero no encontraba nada.
Durante su ajetreado regreso al recinto y su breve estancia en la celda, el herrero olímpico se había remontado afanosamente a la época de la instrucción, que había sido sin duda el periodo más dichoso de su estancia allí. Durante ese tiempo, había logrado equipararse a los orgullosos didáscalos de los que todos hablaban; efectivamente, los aspirantes, entre los pasillos, celebraban la sabiduría de Quirón, la fuerza de Heracles, el arrojo de Perseo, la tenacidad de Teseo o la dignidad de Aquiles, pero nadie hablaba jamás de la habilidad del dios para forjar y reparar las divinas panoplias. Fue solo cuando compartió sus saberes con Cástor cuando Hefesto contempló, a través de la admiración y el reconocimiento de su aprendiz, la enorme valía de su arte, del que dependía el Gimnasio entero e incluso la propia Atenea.
Y de ello no se habría enterado nunca si Cástor no le hubiera referido lo cerca y, a la vez, lo lejos que estuvo de vestir la panoplia divina de Dioniso, o lo mucho que le habría gustado vestir una armadura, aunque fuese de hoplita, aunque fuera tan solo por un instante. Aún resonaban en sus oídos las maravilladas palabras de su pupilo al sostener un relumbrante yelmo restaurado con tanta maestría que parecía recién salido del yunque: «Si tan poderosas son, como dejan constancia en las muchas e inenarrables batallas que los guerreros enfrentan, es sin duda por el empeño y virtuosismo que les prodigas, maestro…». Palabras de reconocimiento a su labor que lo conmovieron profundamente por provenir de un humilde muchacho.
De cualquier manera, y sin absolverlo de su horrible felonía, el dios ya comprendía las razones que habían impulsado a Cástor. Condenado a la vida en el Gimnasio, el joven pasaba los días viendo ir y venir a guerreros que obtenían grande gloria, aunque ninguno de ellos lo superara en poder. Aquello debió haber sido muy difícil de asimilar para su fogoso espíritu, rebosante de virtudes.
—¿Por qué forjaste una panoplia para Cástor? —Atenea abrió de un solo golpe la puerta de la celda e interrogó directamente y sin ambages al dios, quien, pese al cúmulo de terribles experiencias, se plantó ante ella con aplomo y dignidad.
—Yo jamás hice tal cosa…
—¿De dónde sacó entonces Cástor la panoplia que vestía?
—Se la forjó él mismo…
—¿Cómo pudiste consentirlo? ¿No sabías que eso era una traición al Gimnasio y a mí?
—Yo no consentí nada… —replicó Hefesto con molestia, girándose para eludir la mirada de la diosa.
—Solo con tu consentimiento pudo Cástor fraguarse una armadura; y yo, con el del Crónida, habré de imponerte el castigo que mereces, que será severo, pues no hay falta mayor que la traición… —sentenció la juiciosa Palas.
—Yo no traicioné a nadie. Culpa tengo en la fragua de la panoplia de Cástor, ciertamente; pero en su traición tienen más culpa tú y tus didáscalos… —devolvió Hefesto, encendido, pero reanimado y dispuesto a discutir.
—¿Cómo podemos nosotros tener culpa? —cuestionó la hija del Crónida con incredulidad.
—¡Sí! ¡Tú, tus didáscalos y la despiadada disciplina del Gimnasio! Ustedes orillaron a Cástor a hacer lo que hizo, y si no era él, otro lo habría intentado tarde o temprano…
—¿Te atreves a culparnos de la locura de ese infeliz?
Hefesto salió de la celda y comenzó a andar el camino hacia la plazuela. Anfión y Agertes, que esperaban afuera, amagaron con cortarle el paso, pero Atenea, a una señal, se los impidió.
—¿A dónde vas, artesano? —Atenea lo seguía, no muy de cerca, dando pasos cortos.
—Para ti el Gimnasio es solamente una fábrica de guerreros. ¿Sabes los nombres de tus muertos? ¡Míralos, ahí apilados! Esos hombres y mujeres habrán de irse al Hades como anónimos despojos… —dijo el dios, mirando primero con tristeza la enorme pila de cadáveres que rodeaban la pira y luego a la diosa—. Ahora ya no sé por qué acepté someterme voluntariamente al interminable trabajo de forjarte y repararte panoplias… —concluyó el artesano, manoteando y dándole la espalda a Atenea.
—Sí lo sabes —lanzó la diosa con determinación.
—¿Vas a recriminarme aquel episodio ya tan lejano? ¿No crees que me he resarcido suficientemente con todas las panoplias que para ti forjé y con las que ya he reparado no una, sino dos y hasta tres o cuatro veces? —reclamó el dios—. ¡Ya no te debo nada!
Hefesto hacía alusión a aquella ocasión anterior a la guerra de Troya e incluso a las expediciones de los argonautas, cuando Atenea acudió a su taller para solicitarle la forja de unas armas y él la acometió torpemente en un arrebato de incontrolable lascivia. La diosa lo había rechazado violentamente y, desde entonces, ninguna relación había mediado entre ambos, hasta que Atenea de nueva cuenta fue a buscarlo, pero esta vez a la morada donde Hefesto habitaba con su esposa, Afrodita. Allí, tomándolo por sorpresa, le pidió que se le uniera en una empresa como no había habido otra desde que Zeus se instalara en el Olimpo: le pidió que forjara las panoplias de sus guerreros. Hefesto, quien creía desde aquel infortunado episodio que Atenea solo podía sentir por él asco y desprecio, quedó pasmado ante tan inesperada solicitud. Viendo en ello una oportunidad no solo de resarcirse, sino de hacerse grato a la vista de la favorita del Crónida, aceptó la encomienda y puso en ella, desde el primer día que pisó el Gimnasio, el mayor de los empeños. Nadie, estaba seguro, podía reprocharle la calidad y excelsitud de su arte, ni siquiera la augusta diosa.
Pero ahora su sentir había cambiado por completo. Hacía tiempo que no se sentía complacido con su labor en el Gimnasio y su cercanía con Cástor le permitió tomar conciencia de ello. Durante todo aquel periodo, la diosa había mantenido un trato respetuoso pero distante. Si bien Hefesto no distinguió jamás señal alguna de menosprecio o repulsión, tampoco vio que en ella naciera el menor atisbo de aprecio o de simple simpatía. El artesano sentía que había trabajado afanosamente, echando mano de sus más altas dotes, sin que su posición respecto a la diosa hubiese cambiado un ápice. Tenía claro que, para Atenea, él valía exactamente lo mismo que antes de haberle forjado panoplias divinas. Aquella certeza lo hería profundamente, tanto que la enajenante fascinación que alguna vez sintiera por ella se fue transformando en desprecio. Y ahora, al estar parado ante la deidad, obligado a dar explicaciones, comprendía que de aquel embeleso no quedaba nada.
—Deberías cuidar tus palabras… —lo amenazó Atenea.
—Todos esos muertos no significan nada para ti —respondió Hefesto, señalando la pila de cadáveres a los que se les iban a tributar las honras fúnebres, sin reparar en la advertencia de la diosa—. Estoy seguro de que ni siquiera sabes sus nombres.
—No estoy obligada a saber el nombre de todos los aspirantes que entran al Gimnasio, y segura estoy de que tú tampoco los sabes…
—¡No, pero yo no los traje aquí para aprovecharme de ellos! Fuiste tú quien los mandó traer, a ellos y a todos, incluyéndome a mí, para servirte a ti y a tus nobles causas, sostenidas en atroces medios. —El artesano, que hasta entonces no había querido mirar, recorrió con lánguida mirada los rincones del devastado recinto.
—¿Atroces medios?
—¡Sí, atroces! En el Gimnasio han muerto ya más hombres y mujeres de los que seguramente han perecido en tus justas guerras… Y todos ellos en la flor de la juventud, llenos de sueños y esperanzas, aferrados a la cándida ilusión de convertirse en guerreros de Atenea. ¡Qué insensatez! Ahora me alegro de que Cástor haya destruido este infame lugar… —celebró el dios con una mueca de burla mezclada con tristeza.
—¡Insensato! No me parece que estés hablando cuerdamente, y si así fuera, lo haces sin medir las consecuencias de tu necedad… —replicó la diosa, sumamente indignada ante la insolencia de Hefesto.
—Jamás hablé tan cuerdamente como ahora, y me alegro de ver lo lejos que han llegado mis palabras, pues compruebo que han calado hondo en tu orgullo.
—No temes a nada, ¿verdad, artesano? —replicó la diosa encarándolo, amenazante.
—Le temo a la dureza del corazón, ¡a eso le temo! Y el mío habría permanecido duro como el mármol, impenetrable como el tuyo, si Cástor no lo hubiera ablandado.
—Te dejaste ablandar el corazón por un traidor…
—Concedo que Cástor sea un traidor; pero ahora dime: ¿todos ellos qué son, según tú? —señaló el dios la pira.
—Son dignos aspirantes que murieron en la defensa del Gimnasio…
—¡Ven! ¡Ven conmigo, venerable Palas, para que miremos directamente a los ojos de los dignos aspirantes! —exclamó Hefesto, intentando sujetar de la muñeca a Atenea, quien apartó la mano con violencia—. ¿No vienes? ¿A qué le temes? —insistió el dios, encaminando sus renqueantes pasos hacia los muertos.
Hefesto avanzó la mitad del camino, hizo una pausa para girarse y clavo sus ojos en Atenea, quien le sostuvo la mirada para hacerle saber que no cedería a su provocación.
—¿Es acaso que estos jóvenes, a quienes de hoy en adelante deberemos llamar los «mártires del Gimnasio», no son dignos de tus divinos ojos? —gritó Hefesto tan fuerte como pudo, para asegurarse de que su voz retumbara en cada rincón del recinto.
Entonces los gimnetas que dormían despertaron y los que estaban por hacerlo se desperezaron. Al ver que Hefesto se encontraba en la plazuela y que detrás de él se hallaba Atenea, se formaron en columnas, anticipando alguna instrucción. Los didáscalos, Agertes y Anfión también se aproximaron, pero ningún mortal se atrevió a intervenir en el trance que mantenía suspensos a los dos olímpicos.
—¡Ven a reconocer a tus mártires! —insistió el dios a voz en cuello.
Todos los ojos se posaron en Atenea, quien se volvió hacia las columnas de aspirantes, de las que se desprendió una ola de vivaces murmullos. Al contemplar los abatidos rostros de los sobrevivientes, Atenea comprendió que debía acercarse para animarlos con su presencia y se reprochó el haber caído en la artimaña del dios herrero. Resolvió aproximarse primero a la pila de cadáveres para satisfacer la ilusión de los sobrevivientes, quienes no concebían dicha más grande que la bendición de su diosa a los compañeros caídos.
—Te desprecio. Y aunque tú no hayas conspirado en mi contra con tu inefable aprendiz, te aseguro que esto vas a pagarlo… —le murmuró la diosa al artesano, una vez a su lado.
—¿Así que ahora me odias? ¡Vaya! ¡Pues mucho hemos ganado hoy tú y yo, aunque el precio haya sido tan alto! —exclamó Hefesto, orgulloso ante la inesperada reacción de la soberbia hija del Crónida. Imitó luego con su contrahecho cuerpo las genuflexiones que tantas veces vio ejecutar a Aquiles y al propio Agertes, y le ofreció el brazo.
—Lo único bueno que hay en ti son tus artes… Fuera de eso, eres un ser ruin y miserable… —musitó Atenea, colocando su delicada mano sobre el nervudo antebrazo de Hefesto.
—Desprecias injustamente a quien te trajo al mundo… —respondió el dios entre dientes, mientras ambos, entrelazados, reemprendían el camino hacia la pira. A Atenea le molestó terriblemente aquel incisivo comentario, pues era cierto que Hefesto, además de su acosador y su forjador, había sido también su partero—. Camina y procura disimular el odio que en este momento sientes por mí… —le aconsejó el herrero, intentando emparejar sus torcidas pisadas al caminar recto y altivo de la diosa—. Venga, avanza y no titubees. Vamos a darles a estos sufridos muchachos la satisfacción de que su soberana despida a los caídos, aunque no pueda llamarlos por su nombre…
Atenea, reprimiendo una furia y un asco jamás experimentados, avanzó sujeta al brazo del dios.
—¡He aquí a tus mártires!
Los restos de los aspirantes caídos habían sido dispuesto en círculo, formando un cinturón alrededor de la pira sobre la que yacían los cuerpos de Quirón y Thysía. Hefesto condujo a la diosa por los márgenes del circuito hasta hacerla completar una vuelta.
—Pasa tu divina mano sobre ellos, soberana del Gimnasio, para que partan al Hades bendecidos por ti… —reconvino Hefesto a Atenea, que hacía duros esfuerzos por mantener extendido su brazo. Los ojos de la hija del Crónida contemplaron un espectáculo atroz: cuerpos desmembrados, rostros congelados en horrorizadas muecas, torsos abiertos en canal, trozos amorfos de carne carbonizada y pestilente. Aquellos despojos ya no tenían el aspecto de haber sido humanos.
—¡Ya ha sido suficiente! —exclamó la diosa, apartándose de la pira con paso apremiante.
—¡No, aún no! ¿Es que no tienes ni siquiera unas palabras para los sobrevivientes? ¡Míralos ahí, formados, anhelantes de tu voz! —insistió Hefesto, intentando conducirla por el brazo.
—¡Basta! ¿Qué quieres probar? —gritó Atenea, soltándose colérica de la áspera manaza del artesano.
—Sería muy alentador que te acercaras y, llamándolo por su nombre, reconfortaras al malherido, al cansado, al hambriento, al agobiado por las imágenes de la espantosa masacre que aquí tuvo lugar en tu ausencia, mientras conducías a tu favorito Aquiles de regreso al Hades.
—Ya no voy a consentir más de tus maliciosas jugarretas…
—Y yo ya no voy a servirte más…
—¿Te rebelas ante mí?
—Yo podría ahora mismo, si quisiera y para desdicha tuya, entregarme al mismísimo Ares…
—¿Y qué te lo impide?
—El respeto al sacrificio de Cástor… Pero podría también, si me apetece, y me apetece mucho, ir a tocar a la puerta de cualquier otro olímpico…
—¿Y cómo sabes que habrán de recibirte?
—¡Ah! ¿Dónde quedó tu prodigiosa sapiencia? ¿Tan ciega eres que no te das cuenta de que destruyeron tu Gimnasio para apoderarse de mí?
—¿En tan alta estima te tienes?
—¡En tan alta estima me tienes tú y todos los que desean aprovecharse de mi arte!
—Puedes irte hoy mismo si así lo deseas, pues nunca te retuve en el Gimnasio en contra de tu voluntad…
—Así será, pues no he de servir nunca más a una causa como la tuya… —respondió Hefesto, emprendiendo el camino hacia el bosque.
—Tendrás que atenerte a las consecuencias… —amenazó Atenea.
—¡Nada puedes tú contra mí, insulsa deidad! —sonrió Hefesto con ferocidad, alejándose con su paso renqueante.
—¿Tendrás el mismo engreimiento cuando te veas obligado a comparecer ante Zeus?
—¡Ah! ¿Entonces vas a acusarme con tu padre? ¿Y de qué vas a acusarme? —preguntó Hefesto burlonamente, mirándola apenas de reojo.
—¡De traición!
—¿A quién? ¿A qué? ¿A ti? —soltó el dios con desprecio, reanudando la marcha.
—Tu falta es gravísima y enfrentarás la cólera de Zeus…
—Gustoso aceptaré mi condena, porque culpable soy de haberme traicionado a mí mismo y de haberle fallado a un joven que depositó en mí todo su amor y confianza… —concluyó el dios, perdiéndose de vista entre la espesura del bosque.
Todos miraban, con los ojos colmados de angustia, cómo el forjador de panoplias se alejaba. Entonces Atenea hizo una señal al congregador de huestes para que se acercara a ella.
—Sigue su rastro. Que no se entere de que vas tras sus pasos y, cuando hayas comprobado cuál es su último destino, vuelve para informarme.
—Sea, mi señora…
Entonces Atenea, alzando su venablo, obligó a todos a concentrar sus miradas en ella. Solo unos cuantos vieron salir después al Ánax, quien también, como el dios, se internó en el tupido bosque. La ruptura entre los olímpicos era definitiva.
—¡Gimnetas! ¡Hemos sido víctimas de un cobarde atentado! Cástor, hermano gemelo de Polideuces, basileus divino de Dioniso, quien al servicio estaba en el taller de Hefesto, se atrevió a forjar para sí mismo una panoplia y se valió de ella para conspirar contra el Gimnasio en alianza con Ares —comenzó la diosa, a la que todos escuchaban atentamente—. El propósito de este deleznable ataque era apoderarse del dios artesano, pero nuestros valerosos didáscalos lo frustraron, al rescatarlo de las garras del enemigo. Y ahora, para reponerse de este amargo episodio, el dios ya parte a su hogar, custodiado por nuestro digno Ánax.
Todos miraron en dirección del bosque, por donde las siluetas del dios y del Ánax se habían internado, una tras otra.
—Aunque tres dioses y un impostor nos atacaron, esperando alevosamente a que yo condujera a Aquiles al Hades para aprovechar nuestras ausencias, no lograron vencernos. Tuvimos muchas pérdidas, pero fuimos capaces de repelerlos y de recuperar a nuestro forjador de panoplias. Y ahora, como saldo de su osadía, nuestros enemigos solo tienen en su posesión unas inútiles herramientas más la certeza de nuestra valentía, nuestra tenacidad y fraternidad—. Proclamó la diosa, iluminando las ruinas del recinto con una luz que emanó de su venablo.
Todos los aspirantes, incluso quienes ya no podían mantenerse en pie a causa del cansancio o de sus heridas, la escuchaban fascinados.
—Nos han atacado porque nos temen. Le tienen horror a nuestra disciplina, a nuestra fuerza, a nuestra convicción inquebrantable por defender la virtud. Por eso, y porque son incapaces de vencernos en justa lid, prefirieron venir hasta acá a destruir el Gimnasio. Y lo que encontraron, para su desgracia, fue un ejército de arrojados gimnetas que luchó digna y valientemente con no más que sus manos desnudas.
Los sobrevivientes fueron recuperando el brío ante aquel exaltado discurso.
—Sí, perdimos a la guardiana Esfinge y mucho nos duele, es preciso reconocerlo, la muerte de nuestro amado Quirón… —La diosa guardó silencio y caminó hacia la pira, donde depositó dos óbolos sobre los ojos del centauro y uno sobre la frente de Thysía.
Los gimnetas, conmovidos, veían a su diosa rendir los honores.
—¡Anfión! ¡Tú, que también luchaste con pundonor, ven aquí, a mi lado! ¡Tañe tu lira e interpreta un treno en honor de nuestros mártires!
El joven hoplita avanzó hacia la pira, saludó a la diosa con una discreta genuflexión, se colocó a su diestra y comenzó a tañer su instrumento, cuyas notas se esparcieron lenta y suavemente a través de las ruinas, confundiéndose con la bruma de la mañana.
Atenea tocó la base de la pira con la punta de su venablo y los troncos empezaron a arder. Las llamas se elevaron altas, cual si la tierra hubiera querido besar el cielo con una abrasadora lengua de roja lumbre. Los sollozos ahogados de los gimnetas comenzaron a mezclarse, por uno y otro lado, con la fúnebre música interpretada por Anfión. Hubo quienes, incapaces de soportar más aquel melodioso tormento, prorrumpieron en sonoros y doloridos lamentos. Muy pronto, ante el estímulo de los conmovedores acordes de la lira, el derruido recinto volvió a inundarse de amargos llantos.
Entonces Heracles se abrió paso hasta los pies de la pira y comenzó a bailar. Nadie, ni la diosa, se atrevió a interrumpir aquella danza tosca y pesada con la que el hacedor de trabajos parecía vaciarse de una pena que lo desbordaba. Era como si el hijo de Zeus cargara sobre sus hombros con todo el dolor de la destrucción, porque fue solo al verlo dar tumbos cuando los gimnetas hallaron por fin un poco de amargo consuelo.
—¡Gimnetas! El día de hoy lo dedicaremos a los funerales, y mañana celebraremos juegos en honor de nuestros muertos.
Heracles, al escuchar la promesa de los juegos, salió súbitamente de su trance fúnebre y comenzó a bailar y a reír jubilosamente, provocando la hilaridad de los abatidos gimnetas.
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Perseo llegó primero al taller y lo iluminó con su antorcha. Los aspirantes se agolparon en la entrada, tratando de distinguir en los sombríos recovecos alguna señal, algún movimiento.
—¡Se han ido! Pero puedo ver, por estas huellas, que el dios Herrero ha arrastrado sus pasos en aquella dirección… —exclamó Teseo desde el exterior de la fragua, alumbrando el suelo para seguir el rastro de las torcidas pisadas sobre el fango—. ¡Vayamos tras ellos, no debemos dejarlos escapar!
Entonces, los héroes corrieron tras el rastro, internándose en la espesa negrura del bosque, seguidos por los gimnetas que también se abrían paso con teas encendidas.
—¡Déjalos que se vayan, hermano! Ocupémonos de confiscar las herramientas de Hefesto… —dijo Fobos a Deimos.
Los dioses gemelos habían seguido furtivamente los pasos de los defensores. Así, sin que nadie se opusiera, sustrajeron las divinas herramientas del Gimnasio.
A través del humo que desprendían las brasas incandescentes de los escombros, a considerable distancia, alcanzó el Ánax Agertes a distinguir una amorfa figura de tamaño colosal que se aproximaba. Conforme se acercaba, reconoció una complexión monstruosa y musculosa, como si el ser tuviera cuatro brazos. Agertes se puso en guardia al escuchar que aquella silueta profería espantosos alaridos.
—¡Mira, Ánax, el infausto hallazgo con el que me he tropezado! ¡Iba yo en busca de los cobardes dioses que nos atacan, cuando a mis pies encontré, envuelto en una hiedra sangrante que parecía querer devorar sus restos, al que fuera mi maestro, y también el de Aquiles, y el de todos los que aquí comieron alimento y recibieron panoplias!
Era Heracles, que traía el cadáver de Quirón exangüe entre sus fornidos brazos.
—¡Ah, por Zeus! ¡Aparta de mi vista ese cuerpo, desdichado Heracles! —vociferó Agertes, rasgándose las vestiduras y prorrumpiendo un grito desgarrador.
—¡Ánax! ¡Los dioses gemelos se han llevado las herramientas del dios Hefesto! —advirtió un valeroso gimneta que regresó malherido desde un punto imposible de precisar—. Seguíamos los pasos de Perseo por el bosque, pero lo perdimos. De pronto, escuchamos que algo se movía como si arrastrara trastos viejos y descubrimos a Fobos y Deimos con los instrumentos. Atacamos, pero nos aplastaron. Solamente yo logré salir con vida… —alcanzó a balbucear el muchacho, a quien el piadoso Agertes cogió entre sus brazos antes de que se derrumbara.
En un último esfuerzo, el gimneta intentó señalar con el dedo la dirección en la que huían los ladrones, pero la negra noche veló sus ojos.
Thysía y las otras gimnetas serpenteaban ágilmente entre los árboles, siguiendo un rastro de dos pares de pisadas, uno de los cuales se adivinaba sinuoso y renqueante. La gimneta escuchó que a la zaga, a una velocidad inaudita, se aproximaban otras cuatro patas. Cuando volteó, vio emerger de entre las penumbras la feroz silueta de la Esfinge con las fauces abiertas de par en par. La muchacha cerró los ojos, anticipando la dentellada que le cercenaría la cabeza, pero solo sintió una ráfaga de viento que le agitó los cabellos y que a punto estuvo de apagar el fuego de su tea. La Esfinge pasó de largo, siguiendo el mismo rastro que perseguían ellas, y se perdió en la espesura, veloz, como un destello marmóreo.
—¡Pensé que iba a devorarnos por haber salido del recinto! —balbuceó una de las gimnetas, con la voz entrecortada y tragando saliva.
—¡Ya no hay más recinto! —respondió Thysía, recuperando el aliento—. ¡Sigamos!
—¡No avanzarás más, desdichado impostor! —rugió la Esfinge, desarmando a Cástor de un violento zarpazo.
—¿Qué haces, obtuso animal? —clamó Hefesto, sorprendido ante el furioso ataque de la fiera, que se había interpuesto en su camino.
—¡Hefesto volverá conmigo al Gimnasio! ¡Y tú, infeliz, entre mis fauces expiarás tu traición! —bramó la celosa bestia, sacudiendo a Cástor con un violento mordisco para luego lanzarlo lejos, lo que provocó que se desprendieran varias piezas de su falsa armadura.
Dando un par de ágiles saltos, la Esfinge llegó a donde Cástor había caído, y este tuvo que revolverse entre la hierba para esquivar las mortales dentelladas. Entonces Enio, que había estado siguiendo a Cástor de cerca, descendió en forma de ligera nube, tomó con precaución la máscara divina y la puso al alcance del muchacho, haciéndole una discreta señal. Al distinguir a la deidad y divisar el artefacto, Cástor sintió renovados bríos; rodó hasta donde la diosa se encontraba y, en un veloz movimiento, se colocó la siniestra pieza de forja.
Al instante, la Esfinge se transformó en una amenazante estatua de tupidas alas, erizado lomo, feroces fauces y brutales zarpas. Cástor se dejó caer, exhalando un suspiro de alivio.
—¡Marchen pronto, porque los guerreros se acercan! —susurró Enio a Cástor ante la mirada incrédula de Hefesto, quien ya iba comprendiendo lo que en realidad sucedía—. ¡Váyanse! Yo extraviaré las pisadas de sus perseguidores… —insistió la deidad, desvaneciéndose en el aire.
Entonces, Cástor se incorporó trabajosamente y caminó hacia donde se encontraba su maestro, recogiendo al paso las piezas de la panoplia con las que se topaba.
—Tú te has aliado con ellos… —dijo al fin el dios herrero, que miraba fija y desesperadamente a Cástor, intentando hallar en su rostro algún gesto, algún ademán que le permitiera desmentir aquella terrible revelación—. ¡Esa era Enio, la hermana del perro Ares!
—¡La misma que dices! Y en una sola noche, me ha salvado ya dos veces la vida… —respondió Cástor, obligando a su maestro a reemprender la huida, al tiempo que Zeus desataba una copiosa lluvia.
—¡Oh, padre, qué tarde nos mandas esta lluvia! ¡Y como ya no ha de servir para apagar las llamas que devoraron el Gimnasio, al menos que sirva para limpiar la sangre de los caídos! —se lamentó Heracles, mientras se abría paso entre la tupida fronda a golpes de maza.
El hacedor de trabajos ya había inspeccionado todos los rincones del recinto sin encontrar a los enemigos. Entonces se propuso penetrar al bosque, por donde sin duda alguna, pensó, deberían haber huido. El hijo de Zeus lo ignoraba, pero, al igual que Perseo, Teseo y los gimnetas, erraba por los entreveros del negro bosque siguiendo rastros tan falsos como sinuosos; Enio torcía sus senderos, haciéndoles creer en todo momento que estaban próximos a dar alcance a su presa. No ocurrió así con Thysía y su comitiva, quienes por fin alcanzaron el claro donde la Esfinge se había batido en desigual lid contra Cástor.
Al contemplar la pétrea efigie de la bestia, Thysía comprendió que el traidor portaba una máscara y que gozaba de protección divina; lo que no atinaba a descifrar era qué deidad favorecía al aprendiz. Y aunque todo apuntaba a que debía ser Hefesto, porque nadie más habría podido proveerle la máscara gorgónica, advirtió, por la profundidad de las pisadas, que el dios, a partir de ese punto, caminaba en contra de su voluntad.
—¡Perdóname, celosa guardiana! —musitó la gimneta, apoyando la diestra sobre el pronunciado pecho de la Esfinge, tras lo cual profirió un grito de guerra acompañado de un contundente golpe con la siniestra, reduciendo la estatua a pequeños y desiguales fragmentos.
Las muchachas que la seguían contemplaron la escena sin comprender su proceder, mas se aproximaron a ella sin vacilar cuando les hizo una seña.
—¡Iremos tras este rastro, aunque ignoro si seremos capaces de recuperar al divino forjador! Por ello, sembraremos el camino de piedras para que quienes vienen detrás sigan una senda segura… —exclamó la gimneta, emprendiendo la carrera.
El resto de las muchachas partió tras ella, dejando a su paso una fina línea de pedacería marmórea que ya relumbraba al contacto con los rosados hilos de Eos.
Entretanto, en lo que había sido la arena del recinto, Anfión, el hoplita, había conseguido despejar ya una espaciosa plazuela. Y aunque las ascuas todavía crepitaban al contacto de la llovizna, el fuego estaba próximo a extinguirse.
Anfión se tomó un momento para respirar, y entonces se dio cuenta de que, entre los escombros que había apilado cuidadosamente, se asomaban los rostros, las piernas, los pies, los brazos de sus hermanas y hermanos gimnetas abatidos en el asalto.
Con lágrimas en los ojos, y aunque habría podido tañer su lira para extirpar los cuerpos, se dispuso a rescatarlos, uno a uno, con sus propias manos, para reunirlos en la plazuela, donde había decidido construir una pira funeraria común.
Ya había dejado paso Eos a su hermano Helios cuando un rayo de luz blanca y espesa descendió de lo más alto de los cielos. En ese haz, que todos pudieron ver dentro y fuera del Gimnasio, viajaba Atenea. Entonces, el Ánax puso fin a su búsqueda y regresó al recinto, pues sabía que la diosa iba a reclamarle cuentas de lo sucedido. Él habría querido continuar la búsqueda, pues en ello le iba la vida, pero no podía permitir que Atenea se hallara sola en el Gimnasio devastado.
También Teseo le ordenó a los suyos detener la búsqueda y emprender el camino de regreso para atender las instrucciones de la deidad; así lo hicieron, hasta que el héroe distinguió a la distancia, a través de la fría y densa neblina matinal, un hilo luminoso que se abría paso entre los árboles, como si fuera un riachuelo de agua cristalina. Al acercarse con la intención de saciar su sed, comprobó el ateniense que aquello no era agua, sino trozos de mármol. Cogió uno y advirtió que tampoco eran guijarros comunes; lo que sostenía en las manos parecía ser una nariz.
—¡Alto! —gritó el héroe, y los gimnetas se reunieron en torno suyo, atraídos también por aquel río de piedras.
—¿Pero qué es esto?
—¡Esto es una garra!
—¡Un ojo, por Zeus! —se escuchaba exclamar a los gimnetas a lo largo del sendero que se internaba en el corazón del bosque.
—¡Todo cuanto podríamos perder ya lo hemos perdido! ¡Sigamos, y veamos si podemos rescatar algo! —sentenció el matador del Minotauro, dejándose guiar por aquel pétreo lazo que alguien, venturosamente, les había tendido.
Otro que también había dado con el rastro de piedras era Heracles, quien estuvo a punto de dar alcance al traidor, de no ser porque Enio se interpuso en su camino. El hijo de Zeus y la diosa de ropas sangrientas combatieron ferozmente, mano a mano y cuerpo a cuerpo, sin que ninguno pudiera inclinar a su favor la contienda.
Estadios más adelante, Cástor se detuvo abruptamente; era evidente que los seguían a gran velocidad. El muchacho escuchó agudos gritos belicosos que provenían de todas partes y, antes de que pudiera ponerse en guardia, recibió un primer golpe en pleno abdomen; a aquel, le siguieron más golpes contundentes, veloces, certeros. El osado aprendiz rodó por el suelo y, en un ágil contragolpe, logró convertir, casi al unísono, a tres gimnetas en estatuas de piedra.
De lo alto de un frondoso pino cayeron sobre él dos pares de largas y musculosas piernas que hicieron tenaza alrededor de su cuello, asfixiándolo. Diez afiladas uñas le arañaban el rostro para arrancarle la careta, abriéndole pronunciados surcos en la piel. La máscara finalmente salió volando, pero ni así pudo Cástor liberarse de aquellos torneados muslos que lo sofocaban. Tanteando con la punta del tirso por encima de su cabeza, logró tocar a su agresora, que cayó al suelo envuelta en una maraña de hiedra roja como la sangre.
—¡Thysía! —gritó Cástor al reconocer a la férrea gimneta, que se revolvía para quitarse de encima los hierbajos.
Las muchachas, seis en total contando a Thysia, rodearon al traidor, expectantes de sus movimientos. Hefesto, a unos cuantos pasos, contemplaba la escena, con los ojos desorbitados.
—¡Thysía, debes volver al Gimnasio! —exclamó Cástor; pero no había en su voz la imperiosidad de una orden.
—¡Ya no hay más Gimnasio! —rugió la guerrera, mirándolo con ojos amenazantes e inyectados en sangre.
La muchacha resoplaba como una fiera salvaje y todos los músculos de su torneado cuerpo lucían tensos y listos para el ataque.
—¡No lo entiendes! ¡Debes dejarnos partir, te lo imploro! —clamó Cástor, juntando los brazos ante la guerrera, que permanecía ciega y sorda a sus súplicas.
Thysía amagó con lanzarse sobre él, quien le apuntó su tirso, instintivamente. La guerrera miró la piña y reculó.
—¡No quiero matarte! ¡A ninguna de ustedes! —advirtió Cástor, endureciendo al fin su tono de voz y su postura —. ¡Pero lo haré si me obligan! Por última vez, ¡déjennos ir!
No había terminado de enunciar su advertencia cuando dos de las gimnetas ya se habían abalanzado contra él. A la primera la degolló de un certero tajo con el dorso de su mano izquierda, mientras que a la segunda la atravesó por la garganta con el tirso; al caer, del cráneo de la muchacha comenzó a brotar una hiedra sangrante que se esparció por el suelo. Hefesto, dolorido, prefirió dar la espalda a aquel espantoso espectáculo.
No duró mucho la contienda; unos instantes, apenas, durante los cuales el dios herrero escuchó golpes ejecutados con absoluta precisión, quejidos ahogados después de cada impacto, el ruido opaco y pesado de cuerpos al caer y, finalmente, un terrible silencio.
—Sigamos, maestro… —le dijo Cástor, tocándole el codo para animarlo a reanudar la marcha.
Hefesto notó que su aprendiz caminaba con dificultad, inclinado hacia su derecha y presionándose el costado, de donde le manaba copiosa la negra sangre. El dios sintió el impulso de voltear, mas temiendo lo que vería, resignado, prefirió continuar.
Atenea peinaba con sus glaucos ojos los despojos humeantes de la devastación. Anfión, de pie en el centro de la plazuela improvisada en la que había dispuesto los cuerpos de los caídos, permanecía en silencio, con la cabeza gacha, abrumado por la presencia de la deidad. Solo se escuchaba el sonido de las últimas gotas de lluvia y el crepitar de las moribundas hogueras. Finalmente, aquel tétrico silencio fue roto por la propia Atenea, quien preguntó con voz severa:
—¿Dónde está Agertes?
—Tras los pasos del traidor, mi señora… —respondió Anfión con firmeza, pero sin atreverse a mirar a la diosa.
—¿Traidor? ¿A quién acusas?
—A Cástor, hermano de Polideuces, basileus sagrado de Dioniso. Fue el aprendiz de Hefesto quien inició el ataque.
—Quirón… —murmuró la diosa, lamentándose al contemplar el cuerpo del centauro en la cima de la pira y como si no hubiera escuchado el nombre del perpetrador del asalto.
Anfión volvió a mirar el cadáver de su maestro y no pudo evitar sollozar otra vez. El hoplita se mordía los labios porque, cuanto más intentaba serenarse, más convulsivamente le brotaba el llanto. La diosa se acercó a él con paso regio; sin dejar de llorar, el muchacho adoptó una postura marcial, esperando el castigo que él, y todos en el Gimnasio, merecían por la aplastante derrota.
Atenea, sin embargo, apoyó su diestra compasivamente en el hombro del guerrero. Al contacto con la divinidad, Anfión sintió al fin un poco de paz, pero también la certeza de que se avecinaban sufrimientos peores que los de la última jornada.
—¿Dónde está Hefesto?— inquirió la diosa; pero ante esa pregunta Anfión se quedó sin habla—. ¿Dónde está el dios herrero? —insistió Atenea, auscultando el rostro demacrado del hoplita de Lira, que ya no lloraba, pero que proyectaba una insondable tristeza.
—Hefesto ha sido secuestrado por Cástor, quien perpetró el ataque al Gimnasio coludido con los dioses de la guerra… —respondió Agertes, el infausto Ánax, abriéndose paso hasta la plazuela mientras se despojaba de las armas de Aquiles—. Si no es que el mismo herrero olímpico también participó en esta cobarde conjura… —completó sin detener sus pasos.
Atenea lo vio venir, impávida, casi indiferente.
—¿Dónde están los demás didáscalos?
—Tras el rastro de nuestros agresores…
Cuando Agertes al fin llegó ante ella, se arrodilló y posó ceremoniosamente las armas del Pélida a sus pies.
—No soy digno de estas armas, mi señora…
—¿Por qué vas tan callado, querido maestro? ¿No te das cuenta de que ya nadie nos sigue? ¡Ya eres libre! —exclamó Cástor, a quien mucho le inquietaba la actitud silente y maquinal del dios.
—¿Libre? —replicó Hefesto, taciturno y sin dejar de avanzar.
—¿Pero es que lo dudas? —reviró Cástor, dándose la vuelta para encarar a su mentor—. ¡Esa mirada tuya me desnuda, maestro! —se lamentó el aprendiz, que en vez de encontrar agradecimiento, halló pena en los ojos del olímpico.
—Pero no estás desnudo. Ahora que la lluvia te ha limpiado de la sangre inocente, compruebo que eso que llevas puesto no son retazos de panoplia… —masculló Hefesto con una gravedad que a Cástor le heló el corazón.
—¡Maestro…! —titubeó el traidor.
—Te aprovechaste de mi confianza para forjarte esa armadura… —articuló el dios con insondable pesar. Cástor no supo qué contestar—. Ya sé a dónde me conduces… Haz lo que debas hacer.
—¡Juro que, mientras yo viva, jamás te pondrá Ares un dedo encima! —bramó Cástor, temblando de vergüenza; Hefesto se limitó a avanzar, arrastrando sus maltrechos pies por el fango.
«Pero si todo se ha hecho para liberarlo, ¿por qué no simplemente lo dejas ir?», se preguntaba Cástor sin apartarse del sendero fijado cuando se trazó el plan del asalto. «¡Déjalo ir!», se repetía una y otra vez, golpeándose el pecho y los muslos al caminar, cada vez más fuerte, sacando incluso al dios de su triste ensimismamiento.
—Estás a punto de alcanzar la brecha en la que Fobos y Deimos ya te esperan… —le susurró Enio al oído, mientras comenzaba a corporizarse en su presencia.
La diosa lucía agitada, sus llameantes cabellos estaban aún más revueltos y sus ropas tenían nuevos desgarros por los que se insinuaban sus sinuosas formas. Enio sonreía frenética, extasiada por la vorágine de violencia y muerte.
Sobresaltado por tener nuevamente ante sí a la terrible deidad, el traidor detuvo de golpe sus pasos. Hefesto, que jamás había visto a su antiguo pupilo tan afectado, se limitó a contemplar el encuentro.
—¡Debes ser muy cuidadoso porque los héroes se acercan! Pero ten por seguro que hallarás la muerte si completas el camino… Ares dio a sus hijos la orden de asesinarte en cuanto les entregues a este… Si es que realmente vas a entregarlo… —deslizó la diosa con una sonrisa divertida, señalando a Hefesto, quien la escuchaba mirándola fijamente.
—¡Yo no voy a entregar a mi maestro! —gritó Cástor, furioso, provocando el vuelo estrepitoso de las aves que se acicalaban en las copas de los árboles.
—¡Lo imaginaba! —sonrió la diosa, complacida—. ¡Toma! Puesto que los dos son herreros, la forma hallarán de encadenarse el uno al otro… —exclamó Enio, poniéndole a Cástor una gruesa y fría cadena entre las manos—. Dile a los gemelos que tú personalmente vas a entregar a Hefesto ante Ares. Tratarán de impedirlo, pero tú vas a amenazarlos con cortarle la mano a este. Ellos no tendrán más opción que aceptar, pues jamás se atreverían a llevar ante su padre a un herrero manco. Eso te dará tiempo para pensar qué hacer… —concluyó Enio con una risa lasciva que hizo hervir la sangre del traidor.
—¿Por qué me ayudas? ¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó el muchacho con un hilo de voz patético y suplicante.
—Quiero ver hasta dónde eres capaz de llegar… —le contestó Enio, otra vez al oído, casi mordiéndole el lóbulo de la oreja.
El osado aprendiz se estremeció ante las perversas caricias de la diosa, y Hefesto, que los contemplaba en silencio, sintió lástima por él. Aquello enturbió aún más su corazón de inmortal, porque jamás, ni una sola vez, ni siquiera el primer día en que Cástor se presentó al taller para solicitar el puesto de aprendiz, había sentido compasión por él.
—¡La máscara! Pídele al herrero la máscara, la vas a necesitar… Él la recogió y la lleva oculta entre sus ropas… —concluyó Enio antes de desaparecer de nuevo, dejando una estela vaporosa y rojiza tras de sí.
Cástor se dio media vuelta, caminó hacia Hefesto y, sin necesidad de que le pidiera las manos, el dios se las ofreció. Entonces, el traidor fundió los cabos de la cadena en su muñeca y en la de su mentor con solo apretarlos entre la palma de su mano libre. El dios se dejaba hacer, sin chistar, y aquella actitud laceraba el corazón del muchacho.
—Maestro, la máscara…
Hefesto hurgó entre sus ropas con la mano libre y le tendió la careta a su aprendiz, teniendo el cuidado de dársela boca abajo. Cástor, al advertir ese gesto, se contrajo de dolor; cogió el artefacto con mano temblorosa y se lo colocó, no tanto por previsión de lo que vendría, como por ocultar sus copiosas lágrimas.
—Andando, maestro, tenemos que seguir… —alcanzó todavía a pronunciar.
—Me dijiste, aquella primera noche que te dejé a cargo del taller, que nada sabías de mujeres… Bueno, pues hoy, sometiéndote al capricho de una, lo has aprendido todo… —le dijo Hefesto, sin siquiera mirarlo, antes de reanudar la marcha.
Siguiendo el rastro de piedras, llegaron Teseo y su comitiva al punto donde Cástor se había batido con las valientes gimnetas. El héroe contempló, horrorizado, las estatuas petrificadas en poses de combate, así como los cuerpos mutilados que yacían esparcidos por el fango.
—¡Silencio! —gritó el ateniense, poniendo fin a los murmullos de los gimnetas y aguzando el oído.
Entonces, el vencedor de Creta se precipitó hacia un sitio donde proliferaba de forma inusual una hiedra roja como sangre sacrificial; ahí encontró, convulsa en un agónico estertor, a Thysía. De su pecho, atravesado por el tirso del traidor, brotaba la planta maldita, que ya se había enroscado por todos sus miembros.
—¡Eres tú! ¡Son ustedes! —exclamó Teseo, más avergonzado que sorprendido.
Thysía carecía de voz para responder, pero con sus postreras fuerzas logró liberar la mano temblorosa para apuntar en la dirección por donde había escapado Cástor con su cautivo.
—¡En marcha! ¡Continúen! —ordenó Teseo a los gimnetas, que emprendieron la carrera, presurosos y convencidos de que pronto darían alcance al traidor.
La guerrera, que se asfixiaba en su propia sangre, giró entonces los ojos para mirar al héroe. Parecía instarlo a partir él también, cuanto antes, a detener al criminal.
—¡Resiste! ¡Tienes que resistir! —le suplicó el héroe, tomándola por las mejillas—. ¡Aguanta, volveré por ti para llevarte al Gimnasio! —añadió al incorporarse, desprendiéndose de la hiedra sangrante que ya había empezado a enredarse en sus pies y a trepar por sus piernas.
Thysía lo miró y parpadeó; no de forma casual, como lo hacen los mortales tantas veces al día, sino de manera deliberada y firme, apremiando al héroe a partir.
—¡Perdóname, mujer! ¡Las juzgue injustamente! —se lamentó el ateniense, antes de perderse entre la maleza en persecución del traidor.
Nutridos contingentes de guerreros tracios llenaban la estrecha vía donde Fobos y Deimos aguardaban a Cástor. Aunque Ares podía disponer de estos bárbaros, conocidos en toda la Hélade por su ferocidad en la lid, temía que, al enfrentarse cuerpo a cuerpo con los combatientes entrenados expresamente por su hermana para la guerra, fueran derrotados; y no quería, bajo ninguna circunstancia, concederle semejante satisfacción. Por ello había dispuesto que fueran sus hijos y su hermana, llegada al último, quienes perpetraran el ataque, tal como había sucedido, al parecer, de manera exitosa.
Ya habían ordenado Fobos y Deimos a los tracios que cargaran un carro con las herramientas de Hefesto y habían preparado otro, a modo de celda, en el que habrían de conducirlo a él. Los bárbaros se agrupaban en compactos escuadrones alistándose para partir hacia la morada de Afrodita, donde los esperaba Ares desde la noche anterior. Solo aguardaban la llegada de Cástor con su prisionero para emprender la marcha, pero su retraso causaba inquietud entre los dioses gemelos.
—¿Y si Cástor no lo logró? No podemos regresar y sustraer a Hefesto, pues Atenea ya está allí… —reflexionaba Fobos, marchando de un extremo a otro de la estrecha vereda.
—Si Cástor no consiguió sacar a Hefesto, estamos perdidos. ¿Qué cuentas vamos a entregarle a nuestro padre? —completó Deimos con desesperación.
—¡Mira eso, hermano! —exclamó Fobos, señalando hacia un punto lejano del sendero del que emergió Cástor y, detrás de él, encadenado, el renqueante Hefesto.
—¡Lo logró! Pero ¿qué es eso que trae en el rostro? ¿Una máscara? ¡¿Cómo te atreves a presentarte ante nosotros sin darnos la cara?! —vociferó Deimos, ordenando a uno de los bárbaros que tenía a mano que despojara a Cástor de la misteriosa careta.
El tracio, un hombre corpulento y de aspecto intimidante, no pudo ni siquiera aproximarse: en cuanto quedó ante el rango visual de Cástor, se convirtió en estatua.
—Esta máscara es testimonio vivo de la insuperable maestría de Hefesto. La fraguó con la égida de Atenea, aquella en la que estaba estampada la cabeza de Medusa. ¡Todo aquel que ose atacarme correrá la misma suerte que este hombre! —sentenció Cástor, señalando la efigie y sin detener su avance. Los tracios que bloqueaban su paso se apartaron a las orillas del camino, asustados.
—¡Ah, perro vanaglorioso! —bramó Deimos, iracundo, mientras hacía una señal a otro guerrero para que fuera a arrancarle la careta.
El tracio, tanto o más corpulento que el anterior, se acercó titubeante al osado aprendiz, quien incluso a considerable distancia lo transformó en una pétrea estatua.
—¿Ya comprenden la magnitud de este poder? ¿O es que alguno de ustedes, incrédulo, quiere venir aquí mismo a terminar de convencerse mirándome a la cara? —replicó Cástor sin dejar de avanzar, con paso resuelto que el dios herrero apenas seguía, trastabillando.
—¡Alto ahí, te creemos! ¡No te acerques más! ¡Entréganos a Hefesto para que podamos iniciar la marcha! ¡Tardaste mucho en llegar y ya vamos retrasados! —ordenó Fobos, fingiendo un tono de voz más conciliador y mesurado, pero apremiante.
—¡Seré yo quien presente a Hefesto ante Ares! ¡Y hasta que eso suceda, no voy a despojarme de esta máscara divina! —amenazó Cástor con firmeza, tal como se lo había indicado Enio.
—Ya hemos tardado demasiado. No podemos acercarnos para matar a Cástor y tampoco podemos quedarnos aquí, porque los esbirros de Atenea o ella misma podrían darnos alcance —dijo en secreto Fobos a Deimos, quien temblaba lleno de cólera.
—¡Yo no pienso dejarme manipular por un mísero mortal!
—¿Y qué hemos de hacer? ¿Deseas convertirte también en piedra? Partamos ya, porque no quiero ser objeto de la ira de nuestro padre. El trabajo está hecho, tenemos a Hefesto y sus herramientas. Ya veremos qué hacemos después con ese mortal.
Deimos, con los ojos inflamados de rabia, asintió sin decir palabra para montar luego un magnífico caballo.
—¡Sea! ¡Suban tú y el dios a ese carro! ¡Partimos enseguida! —gritó Fobos, señalando al muchacho el transporte que habían habilitado como celda. No habían terminado Cástor y Hefesto de abordar, cuando ya Deimos había espoleado a su corcel, echando a andar a toda velocidad.
—¡Quédate tú a cuidar a esos dos! —aulló Deimos, levantando una densa polvareda al salir al galope.
—¡Ah, miserable! ¡Pretendes llegar primero para llevarte todo el crédito ante nuestro padre! —replicó Fobos, tronando los dedos para que le llevaran de inmediato su propia montura. Así lo hicieron los devotos tracios, a quienes, antes de salir en persecución de su hermano, el joven dios dio escuetas instrucciones.
Allá iban los dioses gemelos en frenética carrera. Detrás de ellos, a un ritmo mucho más lento y pesado, comenzó a avanzar la caravana. El carro de las herramientas iba a la vanguardia y el de los prisioneros en la retaguardia, custodiados por nutridas columnas de bárbaros.
—¡Este es tu momento! Fobos y Deimos están lejos, compitiendo entre sí por llegar primero ante su padre… —escuchó Cástor susurrar a Enio a través de la reja del carro—. Yo voy a escabullirme entre los guerreros que custodian la retaguardia, pero tú tendrás que hacerte cargo de los que caigan desde la avanzada. ¡Vamos, no esperes más! —insistió la diosa de sangrantes ropas, en cuyo rostro no dejaba de brillar una sonrisa perversa.
Cástor rompió entonces las cadenas que lo unían a su maestro, quien no lograba comprender por qué Enio, habiendo participado en el asalto al Gimnasio, los ayudaba ahora a escapar. El osado aprendiz arrancó la puerta del transporte y comprobó que, entre ellos y el tropel final, se había extendido una espesa nube rojiza que cerraba el paso a los bárbaros. Se despojó de las piezas de la panoplia que aún vestía, se las colocó a su maestro y le ofreció también la divina máscara.
—¡No me arrepiento de lo que hice! ¡Vete y jamás regreses a ese infame Gimnasio! —le dijo Cástor al herrero olímpico, empujándolo para que cayera del carro.
El muchacho bajó de un brinco y avanzó hacia las hordas de tracios que ya irrumpían por el frente. Hefesto, confundido, se quedó plantado en mitad de la vía, contemplando cómo Cástor se batía ferozmente. Uno de aquellos bárbaros, que gozaba de capacidad de mando, al notar que una fuerza sobrenatural se les oponía, instruyó a una comitiva para que diera alcance a los dioses gemelos con el propósito de hacerlos volver de inmediato.
—¡Vete! ¡Escapa ahora, maestro! —gritó Cástor, haciendo señas a su mentor al tiempo que intentaba contener a los tracios, que no dejaban de acometerlo en gruesos bloques.
En grotesca y trompicada carrera, Hefesto echó a andar desandando el camino, pero fue poco lo que logró avanzar. De entre la maleza por la que ellos mismos habían llegado al sendero, le salieron al paso rápidas y delgadas siluetas que lo rodearon. Eran los gimnetas de la avanzada de Teseo. El dios miró a su alrededor para reconocer a quienes lo cercaban, y así convirtió al instante a los aspirantes en estatuas de piedra. Tras ellos llegó Teseo quien, al percatarse de lo que ocurría, se dio la vuelta de inmediato, evitando los ojos extraviados pero mortales del dios.
Enio se percató de que el vencedor de Creta ya se hallaba en la vía y rápidamente creó un cerco de fuego para aislarlo de la brutal contienda. De esta manera, la diosa de ropas sangrantes se batía en dos frentes, atajando a los tracios de la retaguardia y al héroe ateniense. Esa fue la razón por la que no pudo evitar el arribo implacable de un nuevo contendiente.
Detrás de Teseo saltó al camino el mismísimo Perseo, con el rostro cubierto por su sólida égida, con la que golpeó fuertemente al dios artesano, haciéndolo caer y perder la máscara, así como los restos de la falsa panoplia. El héroe caminó hacia el herrero olímpico de espaldas, utilizando el bronce de su escudo como espejo y con la espada empuñada por lo alto. Hefesto, aturdido, distinguió las amplias espaldas del exterminador de la Gorgona, así como el filo de su hoja que ya caía sobre su cuello.
Cástor, que contempló aquella escena con horror, abatió a los tracios que lo cercaban y se precipitó con una velocidad inaudita sobre el cuerpo de su maestro.
—¡No es el suyo, sino el mío, el cuello que debes cortar! —vociferó el aprendiz, interponiendo su cabeza entre la espada de Perseo y el cuerpo de su mentor.
El héroe, sin comprender lo que acababa de suceder, plantó su pie sobre el pecho del joven y hundió en su garganta la punta de la hoja.
—¡Gimnetas, contengan a esos bárbaros! —ordenó Perseo, y los jóvenes acudieron presurosos a hacerles frente para bloquear el paso.
Hefesto aprovechó aquel instante para ponerse en pie.
—¿Por qué secuestraste al dios y aquí lo liberas? ¡Responde! —inquirió el héroe a Cástor, quien hacía grandes esfuerzos por respirar. Perseo le quitó el pie de encima y, tras aspirar profundamente, el traidor contestó:
—¡Yo solo quería destruir el Gimnasio! ¡Nunca fue mi intención entregar a mi maestro!
El ceño de Perseo se frunció, oscurecido por la duda. A lo lejos se alcanzó a escuchar, e incluso a sentir en la tierra, el retumbar de las hordas de tracios que regresaban, encabezadas sin duda por los dioses gemelos.
—¡Váyanse! ¡Fobos y Deimos regresan y ustedes no son adversarios para ellos! —clamó Cástor, pero Perseo lo obligó a callar, clavándole la punta de su espada en la garganta. Hefesto, al ver a Cástor sangrar, hizo un ademán de querer intervenir, pero lo detuvo la torva mirada del héroe—. ¡Vas a morir por haber traicionado a Atenea!
Hefesto no pudo soportar más y se abalanzó contra Perseo, obligándolo a apartar el bronce del cuello de su aprendiz. El héroe, confuso, retrocedió.
—¡Si lo matas, me quedaré aquí a velar su cadáver! —amenazó el dios, decidido.
—¡No! ¡No, maestro! ¡Tienes que irte! ¡No debes caer en las garras de Ares! —suplicó Cástor con la cara inundada en llanto.
Entonces, la bruma que Enio había esparcido comenzó a desvanecerse. Todos pudieron percibir el creciente temblor del suelo e incluso escucharon los frenéticos gritos de guerra cada vez más cerca; un estrépito espantoso que helaba la sangre.
—¡Pérfido! ¡Traicionaste al Gimnasio secuestrando al dios, y ahora traicionas a tus cobardes cómplices devolviéndolo! Estás a punto de tener el final que mereces… Pero si sobrevivieras y yo volviera a verte, ¡juro que, sin mediar palabra, habré de matarte! —sentenció Perseo, tomando a Hefesto por la nuca para internarse de nuevo en la maleza.
—¡Espera, espera! —clamó Hefesto, deshaciéndose de la gruesa mano del héroe para correr al encuentro de Cástor, quien lo miraba con mortal angustia—. Comprendo tu rabia contra el recinto, hijo mío. No sé qué va a sucederte ahora, pero si hallaste la forma de destruir el Gimnasio, hallarás también la manera de salir de esto… —expresó el olímpico, profundamente conmovido, sujetando por los hombros a su joven aprendiz.
—¡Vete ya, maestro! —sollozó Cástor, estrechándole las manos en actitud suplicante, mientras miraba con desesperación hacia el camino por donde temía divisar a los gemelos.
Teseo, libre por fin de las llamas con que lo acosara Enio, se acercó a grandes zancadas y con los brazos extendidos, resuelto a atrapar al traidor. Perseo no le permitió ni siquiera aproximarse; lo detuvo interponiendo violentamente su espada.
—¿Qué haces? ¡El Ánax Agertes nos ordenó llevarlo vivo al Gimnasio! —gruñó Teseo, contrariado; pero el exterminador de la Gorgona lo miró de tal modo que, sin decir palabra, lo convenció de emprender la retirada.
El ateniense cogió a Hefesto por el brazo y, echando un último vistazo a la distancia, alcanzó a divisar los penachos que coronaban los yelmos de Fobos y Deimos.
—¡Cástor, yo te encomiendo al padre de los olímpicos! ¡Y te aseguro, hijo mío, que no volveré a servir a Atenea jamás! —prometió Hefesto, mientras era arrastrado violentamente por el ateniense. Justo antes de ser engullidos por la maleza, le lanzó la máscara divina, que había alcanzado a recoger momentos atrás al ponerse de pie. Cuidando la retirada marchaban Perseo y el puñado sobreviviente de gimnetas.
Cástor se incorporó, se ciñó la máscara y, en tan solo un par de precisos movimientos, convirtió en piedra a los tracios con los que habían estado combatiendo los gimnetas. Lo que hizo después fue observar atentamente la espeluznante escena, eligió el lugar que le pareció más indicado y ahí mismo se rajó el cuello, justo donde Perseo le había hundido la espada. Se desplomó al instante y su negra sangre comenzó a manar, profusa, formando un charco alrededor de su cabeza.
Cuando los dioses gemelos llegaron al lugar y contemplaron la escena, comprendieron que habían perdido, irremisiblemente, al dios herrero. Fobos recorrió el sitio, zigzagueando entre los cadáveres y las estatuas, intentando reconstruir lo sucedido.
—No podemos presentarnos ante nuestro padre sin Hefesto… —chilló al fin el dios, anticipando ya la cólera de Ares.
—¡Ahí alguien aún vive! Parece que la vida lo abandona. ¡Que nos diga, con su último aliento, lo que aquí ocurrió! —exclamó Deimos, acercándose rápidamente al agonizante—. ¡Es Cástor! Responde, infeliz, ¿dónde está Hefesto? —El dios pateó con furia el cuerpo exánime del muchacho.
—¿No ves, imbécil, que se ahoga en su sangre? Si quieres respuestas, será preciso impedir que ponga los pies en el Hades… —reprochó Fobos.
—¡Aprovechemos para despojarlo de esa maligna máscara! —Deimos alargó la mano hacia el rostro de Cástor, pero no alcanzó a tocar la careta—. ¡Ay, por Zeus! ¡Maldito seas tú y esa abominable máscara! —bramó el dios, retrocediendo, horrorizado al contemplar cómo los dedos de su diestra comenzaban a convertirse en piedra.
Fobos, cubriéndose el rostro con su égida, se agachó a un costado de Cástor y extendió la mano hacia su cuello para cauterizar la herida por la que se vaciaba su vida.
—Solo Cástor puede explicar lo que pasó aquí. Espero, por nuestro propio bien, que no haya muerto todavía… ¡Partamos ahora! ¡Andando, a toda velocidad!
Fobos echó su capa sobre el rostro de Cástor y ordenó que lo montaran en el carro de las herramientas. La caravana reanudó la marcha, pero esta vez los dioses gemelos avanzaron junto a lo único que aún conservaban del asalto, temerosos de que Atenea y sus huestes les dieran alcance.
Asedios
Si bien el Gimnasio no constituye una ciudad o una polis en sentido estricto, funciona como una unidad territorial dotada de una delimitación propia, aunque mítica e imprecisable, dentro del Ática. En ese espacio tiene lugar un asedio brutal y devastador encabezado por el traidor Cástor, en alianza con las divinidades de la guerra: los gemelos Fobos y Deimos, así como Enio, hijos y hermana de Ares, respectivamente.
El objetivo del asalto consiste en apoderarse del dios Hefesto, forjador de las panoplias divinas, para someterlo al servicio de Ares y contrarrestar así el creciente poder de Atenea. El Gimnasio, en efecto, terminará por sucumbir; sin embargo, Hefesto nunca caerá en manos de Ares. En el último instante, Cástor decidirá dejarlo escapar, en el que constituye su último acto de amor y gratitud hacia el dios.
Fuentes:
Las historias de asedios, sitios y asaltos constituyen uno de los motivos centrales de la mitología griega. El ejemplo más célebre es, sin duda, el prolongado asedio de Troya, cantado en el ciclo troyano; sin embargo, no es el único. También destacan el ataque de los Siete contra Tebas y diversos episodios en los que la caída o la desestabilización de una comunidad depende de la intervención de alguien perteneciente a su propio interior.
Un caso particularmente significativo es el de Polinices, quien, tras ser privado del trono por su hermano Eteocles, conduce un ejército extranjero contra su propia ciudad. Este conflicto ocupa un lugar central en la tradición tebana y puede seguirse, entre otras fuentes, en Siete contra Tebas de Esquilo y en las Fenicias de Eurípides (vv. 446–637 y 663–690), donde se desarrolla el enfrentamiento entre los dos hermanos y el asedio de la ciudad.